Resonancias del Mensaje del Grial 2

de Abdrushin


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37. ¡No caigáis en tentación!

¡Velad y orad para que no caigáis en tentación! Esa advertencia venida desde la Luz fue considerada por los seres humanos hasta ahora solamente como un consejo bondoso del Hijo de Dios, Jesús, en virtud de la manera blanda que se atribuyó al Hijo de Dios, como consecuencia de la tan pronunciada presunción humana.

¡La tengo que repetir hoy!

Sin embargo, es más de lo que apenas un consejo, pues es una exigencia de Dios para vosotros, oh seres humanos, si todavía os queráis salvar de los frutos venenosos de vuestras opiniones y nociones erradas.

No pensáis que ahora, sin más ni menos, seréis sacados por Dios hacia afuera del lodazal asqueroso, que os segura con tamaña tenacidad, con la misma tenacidad que usasteis para formar tal lodazal, con obstinada porfía contra la voluntad de Dios.

¡Dios no os sacará como gratitud, por el hecho de que tal vez ahora queréis finalmente; oh no, vosotros mismos os tenéis que esforzar para salir, de la misma forma que os dejasteis hundir!

Vosotros es quienes os tenéis que empeñar, de manera sincera y con grande aplicación, a fin de que podéis subir nuevamente para tierra sana. Si hacéis eso, sólo entonces os será dada la fuerza para tanto, pero siempre en la misma medida de vuestro querer; eso exige inexorablemente la justicia que está en Dios.

Y en eso reside la ayuda que os está prometida y que se realiza en el mismo momento en que vuestro querer se transforma finalmente en acción; no antes.

¡Como regalo de Dios os es dada la Palabra, la cual me fue permitido traer, que os indica con toda la claridad el camino que tenéis que seguir, si os queréis salvar! En la Palabra está la gracia por vosotros no merecida, que Dios otorga en Su inconmensurable amor, conforme ya pasó una vez a través de Jesús.

La Palabra es el regalo. El grande sacrificio de Dios, sin embargo, es el acto de traer la Palabra hasta las materialidades gruesas, para vosotros, seres humanos, lo que siempre está ligado a grande sufrimiento, debido a la actitud hostil de los seres humanos para con la Luz, producto de la presunción. Y nadie más puede dar a los seres humanos la Palabra verdadera, que no sea una parte de la propia Palabra. ¡El portador de la Palabra viva, debe, por lo tanto, ser también, él mismo, la Palabra!

Si, sin embargo, tras la ya principiada oscuridad entre los seres humanos en la Tierra, no les hubiese sido dada la Palabra, todos ellos estarían perdidos y tendrían que sucumbir en la descomposición, junto con las tinieblas que os envuelven densamente.

Y a causa del pequeño numero de aquellos quienes todavía traen en si la nostalgia de la Luz, pese la oscuridad que los seres humanos formaron, una vez más Dios, en Su justicia y amor, envió la Palabra viva para esa oscuridad, a fin de que los pocos, a causa de la justicia, no tengan que perderse con los demás, pero aún puedan salvarse por el camino que la Palabra les indica.

Para que la Palabra, sin embargo, pudiese indicar el camino que conduce hacia afuera de la oscuridad, había primero que aprender a conocer esa oscuridad y vivenciarla en si, había que profundizarse en ella, a fin de primeramente seguir el camino hacia afuera y con ello abrir pasaje a los seres humanos que quisiesen seguirla.

¡Solamente en la medida que la Palabra seguía el camino hacia afuera de esa oscuridad, podía ella también explicar el camino y hacer con que los seres humanos comprendiesen mejor!

Por si sólo, sin esa ayuda, los seres humanos nunca habrían logrado eso. ¡Comprended, por lo tanto, oh seres humanos, que tal decisión, que se ha vuelto necesaria solamente a causa de un pequeño numero de personas, fue efectivamente un grande sacrificio de amor, que únicamente Dios, en Su inabalable justicia, puede realizar!

Ese fue el sacrificio que había que cumplirse, enteramente en acuerdo a la ley, a causa de la justicia y del amor, en la perfección intangible e inflexible de la voluntad de Dios.

Pero eso no es ninguna excusa para los seres humanos, pues tal sacrificio solamente se tornó necesario debido al fallar de la humanidad que se aleja de la Luz.

Si, por lo tanto, el sacrificio se pasó también dentro de las leyes de la sagrada voluntad de Dios, ni por eso disminuye la culpa de la humanidad, al contrario, es todavía mayor, porque ella criminosamente forzó la realización al torcer y confundir todo aquello que le fue confiado por Dios.

Queda, por lo tanto, el grande sacrificio totalmente aislado, como una consecuencia de la perfección de Dios, de la sacrosanta voluntad.

Si, sin embargo, todavía os queráis salvar realmente, es tema vuestro exclusivamente, pues esa perfección divina, de la cual resultó el grande sacrificio de Dios, como algo incondicional, exige también la destrucción de todo cuanto en la Creación entera no sea capaz de adaptarse voluntariamente en acuerdo a las leyes de Su voluntad.

A tal respecto no existe misericordia tampoco fuga, ninguna excepción tampoco desvío, pero sí solamente la efectuación conforme las leyes de la Creación, en el primer circulo final de todo el actuar de hasta entonces.

Por eso la exigencia: ¡velad y orad para que no caigáis en tentación!

Comprended bien esas palabras, y luego aprenderéis a reconocer la severa exigencia contenida en ellas. ¡Velad apela para la vivacidad de vuestra intuición y exige con eso el movimiento del espíritu! Solamente en eso es que reside la verdadera vigilancia. Y también en eso, nuevamente, la femineidad tiene que seguir adelante, porque le fue otorgada una sensibilidad más amplia y más fina.

La femineidad debe ser vigilante en la fuerza de su pureza, a la cual tiene que servir, si desea cumplir fielmente la misión de la femineidad en esta Creación. ¡Eso, sin embargo, ella sólo puede hacer como sacerdotisa de la pureza!

Velad y orad, dice la sentencia que os es dada una vez más por mi para el camino. El velar se refiere a vuestra vida terrena, en la cual debéis estar automáticamente preparados, a cualquier momento, para intuir cuidadosamente, así como examinar anticipadamente, con cuidado, todo lo que sale de vosotros.

El orar, sin embargo, trae la manutención de la ligazón con las alturas luminosas y el abrirse a sagradas corrientes de fuerza para utilización terrena.

Para eso se destina la oración, que os fuerza a dirigir vuestro sentido de esta Tierra hacia el alto. Por eso la exigencia, cuyo cumplimiento sólo os trae inenarrables provechos a través de fuertes auxilios, a la cuya afluencia vosotros, en caso contrario, os cerráis debido a la inobservancia de las leyes de la Creación.

¡Cumpliendo ambas las exigencias, nunca podréis caer en tentación! Interpretad también derecho esta indicación, pues si os es dicho: “para que no caigáis en tentación”, luego eso no quiere decir que si veléis y oréis ninguna tentación no más os alcanzará, que ellas quedarán alejadas, que, por lo tanto, no cariéis en tentaciones, sin embargo debe significar: ¡si permanezcáis siempre vigilantes y oréis, luego nunca podréis sucumbir a las tentaciones que vengan a vuestro encuentro; ¡podréis enfrentar victoriosamente todos los peligros!

Acentuad cierto la frase, conforme es intencionado. Por eso, no coloquéis acentuación en la palabra “tentación”, pero sí en la palabra “caigáis”, luego, sin más ni menos, habréis comprendido el sentido cierto. Es dicho: “¡Velad y orad para que no caigáis en tentación!” Velar y orar es, por lo tanto, una protección ante la queda, pero no excluye aquí en el medio de las tinieblas la aproximación de las tentaciones, que, si vuestra disposición esté cierta, sólo os pueden fortalecer e inflamar vuestro espíritu par un mayor ardor, debido a la presión de la necesaria resistencia, os trayendo, por lo tanto, grande provecho.

Todo eso, sin embargo, no más se tornará un peligro para la humanidad, pero sí una alegría, un bienvenido movimiento espiritual, que solamente trae progreso en lugar de embargar, apenas la femineidad cumpla fielmente su misión, que a ella le fue concedida por el Criador y para la cual fue preparada especialmente.

Si ella finalmente quiera con sinceridad, luego no le será difícil cumplir realmente. ¡Su misión reposa en el sacerdocio de la pureza!

Eso ella puede realizar por toda la parte, a cualquier momento, sin que necesite para tanto de compromisos especiales; puede cultivar eso, sin más ni menos, en cada mirada y en cada palabra que sale de su boca, incluso en cualquier movimiento; eso tiene que tornarse enteramente natural para ella, pues vibrar en la Luz de la pureza es su verdadero elemento, a lo cual ella se conservo cerrada hasta ahora por mera liviandad y por vanidad ridícula.

¡Despertad, oh señoras y jóvenes señoras! ¡Proseguid el camino en el cumplimiento de vuestra femineidad humana, que el Creador os trazó nítidamente y que, además, es la razón de que podéis estar en esta Creación!

¡Luego no tardará en revelarse ante vosotros milagro tras milagro, pues con eso florecerá todo, para dondequiera que vuestra mirada se vuelva, porque la bendición de Dios os perfluirá ricamente, apenas la pureza de vuestro querer allane para eso el camino y abra los portales dentro de vosotros!

¡Felicidad, paz y alegría, como jamás hubo, cubrirán radiantemente esta Tierra, cuando la femineidad formar el puente hacia los paramos luminosos, conforme está previsto en la Creación, y cuando ella, ante su existencia ejemplar, conserve despierta la nostalgia de la Luz en todos los espíritus y se torne la guardiana de la llama sagrada!

¡Oh mujer, lo qué a ti fue dado, y cómo desperdiciasteis criminosamente toda la preciosidad de la sublime gracia de Dios!

¡Reflexiona bien y tórnate sacerdotisa de la pureza en el amago de tu intuición, a fin de que podáis caminar bienaventuradamente a través de una región florida, donde los seres humanos, de ojos brillantes, agradecen jubilosamente a su Creador por la gracia de la vida terrena, de la cual se sirven como escalones hacia los portales de los jardines eternos!

¡Encarad vuestra misión, oh señoras y jóvenes señoras, como futuras sacerdotisas de la pureza divina aquí en la Tierra, y no descansáis mientras no hayáis alcanzado aquello que os falta para eso!

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