Resonancias del Mensaje del Grial 2

de Abdrushin


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33. El abismo de los deseos personales

Dondequiera que sean presentadas palabras oriundas desde la Luz a un ser humano terreno, él, al querer comprenderlas, adapta el sentido a las costumbres terreno-humanas, arrastrando así esas palabras hacia el circulo restricto de sus esperanzas y deseos. Aunque no modifique el contenido de esas palabras, las rebaja, sin embargo, porque olvida que tales palabras no provienen del sentido humano, pero sí de aquella altura, inaccesible a su comprensión.

No se esfuerza, sin embargo, por lo menos en esos casos, en modificar su modo de pensar, en intentar seguir, más o menos, aquél camino por donde las palabras bajan a él, o al menos en colocar eso como base de su voluntad de comprender, pero sí, en su presunción, espera simplemente que Dios tenga que hablar con él, partiendo del punto de vista humano, si quiera comunicarle algo destinado a su salvación.

¡De nada sirve oponerse a ese hecho, pues así lo es, como se muestra diariamente, de modo constante!

Sin embargo, precisamente eso se torna la ruina para el ser humano, pues de esa forma nunca aceptó la mano que le fue extendida para la ascensión, y tiene que vivenciar ahora en si mismo, a través de la manifestación de los últimos efectos recíprocos, que la mano, que hasta entonces dejara de lado, sin dar atención, pasando vanidosamente por ella, en la ilusión de su propio querer saber, fue retirada.

¡Precisamente entonces, cuando le gustaría tomarla, en la hora de su aflicción, no más la encontrará!

Es, sin embargo, de tal forma incisivo para cada ser humano, y tan importante, abandonar esa comodidad y esa presunción, que siempre de nuevo tengo que hablar al respecto, a fin de buscar explicarlo a los seres humanos, de tal manera que me comprendan, pues sin esa modificación, desde la base, no son capaces de que se eleven espiritualmente de nuevo, a pesar de que busquen iludirse de muchas formas.

Las formas, que ellos propios imaginaron, son todas erradas y tienen ahora que ser destruidas. ¡Ahí los seres humanos caerán en desespero, pereciendo, luego, enfermos de cuerpo y de alma, caso no se dignen sujetarse antes, obedientes como los niños, a la Palabra de la Verdad, y, con toda la fuerza que les resta, subir de nuevo, penosamente, escalón tras escalón, por los cuales, en la porfía del querer saber mejor, resbalaron desapercebidamente!

¡El pensar errado causado por la torsión del raciocinio terreno!

Es indeciblemente triste que por toda la parte precisamente ese defecto principal de los seres humanos se coloque tanto en evidencia en todo su pensar, turbándoles la clareza de la visión.

Lo que quiera que piensen, dondequiera que examinen, su presunción no los deja llegar a la Verdad, porque ellos mismos se hallan en terreno errado, a partir de lo cual nunca podrán pensar acertadamente, aun cuando se esfuercen sinceramente en pro de eso.

Y así, la mayor parte de todos los seres humanos caerá en abismo, sin pensar en eso y sin apercibirse de eso en el comienzo de la caída.

Ese momento, sin embargo, ya está presente, no está todavía por venir. La mayoría de los seres humanos, desde algun tiempo, ya se halla en la caída, no más pudiendo impedirla, porque llegaron demasiado tarde al reconocimiento, pues no dieron oídos a aquello que todavía en tiempo los podría haber llevado a la salvación, porque dirigieron la mirada hacia el lado errado, en la expectativa y en la esperanza correspondiente a su vanidad.

Cuando, sin embargo, finalmente quieran cambiar, no más podrán alcanzar la salvación, pues se habrá abierto en ese ínterin un abismo intraspasable, en cuanto ellos mismos ya fueron arrastrados demasiado lejos, en dirección hacia el remolino aniquilador, que no más los suelta de su correntosa absorbente.

Así, grandes masas serán victimas de los errores provenientes de la propia voluntad, porque en la realidad siguieron fielmente solamente deseos personales, poca atención dando a todo lo demás.

Y ese desear personal, que ya reina hace milenios, que el ser humano trató y cultivó con grande cuidado, se halla tan arraigado debido al trato, penetrando en todo de tal modo, que incluso toda la mejor voluntad, ya al nacer, se halla entrelazada por el mal, sin que el propio ser humano perciba algo de eso.

Él no lo cree, ni siquiera que le sea mostrado; lo juzga imposible, sin embargo ahí está, siempre acechando, irrumpe de repente, imponiendo valía muchas veces, justamente cuando se trata de ser abnegado, como lo exige el servir a Dios.

¡Y toda vez que en el Reino del Milenio solamente deberá persistir el servir a Dios, como base para toda la actuación, como condición fundamental del poder existir, así podéis imaginar lo que habrá que resultar de eso, lo que aguarda tal humanidad! Es algo que incluso lo más serio entre los que buscan o entre aquellos que pretenden ya haber encontrado, no es capaz de imaginar. ¡Y, sin embargo, se tornará acción, incluyendo ampliamente, seleccionando, juzgando!

Todos vosotros estáis incluidos, pues también vosotros no reconocisteis todavía la seriedad de los acontecimientos venideros y de las exigencias que Dios os impone a vosotros.

Por ese motivo, trato hoy una vez más detalladamente de ese tema, pues es llegado el tiempo en que habréis que os comprobar en todo, incluso en eso.

Para mí de hecho ya es desoladora la siempre repetida necesidad de exhortar, pues apenas raras veces encuentro alguna comprensión, y vosotros, seres humanos, os habituáis a eso. Por ocurrir tan frecuentemente, os parece demasiado conocido, y debido a eso juzgáis ya haberlo comprendido. Esas palabras, sin embargo, yacen inaprovechadas en un rincón muy escondido de vuestra alma, esperando la resurrección.

No les dais importancia, porque podéis tenerlas siempre de nuevo, por lo menos así pensáis, y, principalmente, porque ellas no os agradan. Ellas os son incomodas, por eso parece como se os cansasen o como se nada de nuevo os pudiesen dar, y, por ese motivo, permaneciendo vacíos, pasáis por ellas, para que rápidamente os desviáis a otros pensamientos. Bien sé de ello. Sin embargo, quiero ocuparme una vez más con esta necesidad de modificación, tan importante e indispensable para vosotros, aunque creéis ya saber exactamente a ese respecto.

¡No lo sabéis! Pues de ese desconocimiento fornecéis siempre de nuevo pruebas infalibles.

¡Tomemos primeramente la Palabra, el Mensaje! No elijo casos aislados entre vosotros, pues en el fondo, en todos los seres humanos, siempre de nuevo, con mayores o menores alteraciones, es exactamente igual, aunque las formas exteriores se muestren ahí, a veces, esencialmente diferentes. Esas son entonces adaptadas apenas a las respectivas condiciones terrenas de cada uno, a su grado de cultura y a sus experiencias.

Excluyamos de ahí, por completo, los mofadores presuntuosos y los indolentes de espíritu, pues esos de cualquier forma ya se juzgan por si mismos y, para el futuro, no más entrarán en consideración. De esos, por lo tanto, siquiera necesitamos hablar.

Tomemos, por eso, los que buscan sinceramente la Luz y los que todavía son espiritualmente activos.

Imaginad que uno de esos seres humanos entre en contacto con la Palabra del Mensaje. Ella obligatoriamente tendrá que tocarlos de alguna manera, porque ni es posible diferentemente con relación al espíritu, así que la Palabra, que proviene de la Luz, llegue hasta él. Cada espíritu la oirá, si no esté demasiado enclaustrado o ya dormido.

El ser humano intuye entonces alegría o pavor, se profundizará en la Palabra y ahí, tal vez, reconocerá. Consideremos, pues, aquellos quienes, en favor de su salvación, reconocen.

Con la penetración de la Palabra quedan profundamente emocionados, se sienten libertos, elevados. Dispuestos a reconocer los errores, a corregirse, piden consejos y fuerza, y les gustan mencionar sus dificultades, sea ahí verbalmente o por escrito. Dificultades, en la mayoría, de orden terrena y solamente muy raras veces de orden espiritual. Dificultades de las cuales ellos mismos son culpables, a que ellos mismos dieron la causa.

¡Y fijad bien, esos son los buenos, son aquellos que aceptan la Palabra y quieren cambiarse! Ved vosotros mismos: ¡cuando reconocen ya vienen con pedidos, en los cuales vibra la esperanza de la realización! ¡Es lo que llaman querer servir a Dios!

Según su opinión poseen la grande “buena voluntad”, y el resto la fuerza de la Luz debe ahora hacer. O... ¿tiene que hacer? ¡Sí, según su opinión, la expresión “tiene” seguramente está correcta, es decir, conforme la opinión más intima! ¡Y también según su expectativa, la Luz tiene que auxiliar de la manera como ellos desean e imaginan! Sus pensamientos, además, son deseos y sus deseos silenciosos son pensamientos mal definidos, no expresos.

Lo mejor y lo máximo que el ser humano juzga poder dar al Creador y Conservador es ponerse de rodillas ante de Él y exclamar con sumisión:

“Aquí tenéis mi alma, Señor. ¡Disponga de ella a Tu agrado!”

Eso es el máximo que el ser humano es capaz de hacer, es al mismo tiempo lo más humilde y mejor, también lo cierto... ¡según su opinión terrena!

¡Sin embargo, no es así! ¡En ese su proceder reside solamente comodidad y pereza de su espíritu, que así se expresan!

¡No es Dios que quiere ahí ser obligado a actuar en favor del ser humano, pero sí siempre solamente el propio ser humano tiene que hacer eso para si! ¡Tendrá que hacer todos los esfuerzos para cumplir finalmente las leyes de Dios! Recorrer el camino que la Palabra de la Verdad, una vez más, le indica.

Como son tontos los seres humanos y, a pesar de eso, tan hábiles en iludir a si mismos cuanto a aquello que tiene que ser y permanecer para ellos lo que hay de más precioso, si quieran poder seguir a usufructuar las gracias de su Dios.

Son tan horribles los errores y desvíos en todo el proceder y pensar de esos seres humanos terrenos, que, temiendo por ellos, seria de desesperar, si no supiese del temporal purificador que ahora soplará con la fuerza de la Luz, para salvación de aquellos quienes todavía conserven prendida una pequeña chispa de su espíritu, escondida debajo de los escombros venideros de todo el errar humano.

Tal chispa será inflamada o apagada por el temporal, conforme el anhelo y la voluntad de tal chispa.

¡Y, a pesar de la gravedad de esa época, el ser humano busca todavía intrometer sus insignificantes deseos personales y su saber personal en el engranaje de la grande actuación de la Creación, a fin de moldar, según su mentalidad, incluso aquellas realizaciones que provienen de la omnipotencia de Dios!

¡Todo eso, sin embargo, jamás quieren confesar a si propios, por precio alguno! Al contrario, se apegan firmemente al pensamiento de que su falso proceder ya es el primer paso para la transformación. Y a ese paso nombran de humildad, se enorgullecen de su confianza en la ayuda proveniente de la Luz, que solicitan y por la cual esperan.

¡En la realidad, sin embargo, el nefasto desear personal nuevamente ya se inmiscuyó en el primer paso, deturpandole en mucho la voluntad ascensional!

Los seres humanos nada de eso perciben. ¡Quedan decepcionados, cuando el auxilio no se les presenta inmediatamente de modo visible, a pesar de que hayan lanzado en la balanza solamente su “voluntad” y nada más! La “voluntad” ya era, para ellos, la acción, que, sin embargo, sólo daba para formar un “pedido”, lo que ya consideran algo especialmente grandioso.

¡Seguramente la “buena voluntad” en eso ya es, en la desvirtuación actual, algo grandioso y también raro, pero no es suficiente para el cumplimiento de la exigencia que Dios hace ahora a la humanidad, para su salvación! Solamente el más severo exigir, sin indulgencias, todavía podrá traer salvación para la humanidad, pues del contrario no despertaría, cayendo pronto nuevamente el lo que es viejo, en lo errado y en la comodidad espiritual.

¡Y Dios exige! ¡Él exige ahora de vosotros, antes de conceder nuevamente algo, porque espontáneamente no os quisisteis decidir usar Sus caminos que Él mandó tejer para vosotros en la Creación! Y que son constituidos únicamente en acuerdo a Su voluntad.

La buena voluntad de la humanidad de nada sirve, si esa voluntad no sea transformada en acción. ¡Transformada en acción por los propios seres humanos, antes de que se presenten con nuevos pedidos ante Dios!

Eso está muy explicito en el Mensaje como condición fundamental. ¡Los propios seres humanos tienen que probar, ahora, a través de sus esfuerzos activos, lo cuanto llevan en serio su propia salvación!

Solamente entonces el Señor los aceptará una vez más en Su gracia. ¡Es, sin embargo, decididamente algo diferente, muchísimo diferente, de cómo buscan imaginar, incluso los seres humanos de buena voluntad! Y más de una vez ya llamé expresamente la atención para eso en el Mensaje.

¡Quién no quiera cumplir, esforzarse por si mismo, y luchar en causa propia, ese tampoco merece auxilio no más!

Solamente en la lucha y en los esfuerzos sinceros es que viene el auxilio, a través de la fuerza; al contrario, deja de venir.

Solamente en la lucha, en la acción, cada ser humano se abre acertadamente, de forma que le pueda fluir la fuerza y con eso el auxilio.

¡La fuerza es auxilio, si él la aprovecha, es decir, la utiliza! ¡Sin embargo, nunca de manera diferente de lo que en sus acciones! Los seres humanos deben transformarse y en seguida venir; ¡y no deben venir, a fin de que se dejen transformar!

¡Cómo el ser humano debe se transformar, lo qué tiene él que hacer para eso, se halla explicado exactamente en mi Mensaje!

Si quiera hallar dentro de ella, encontrará, de cualquier manera. Mi Palabra no deja sin aclaraciones a los que buscan, en cualquier situación de vida, sea ella cual sea.

Quién entonces venga con preguntas no comprendió el Mensaje, no se enteró de ella de modo suficientemente profundo y serio. ¡Éste, por consiguiente, tampoco es suficiente serio en su buscar! No emplea aquel esfuerzo que es condición, si le deba venir auxilio. Por eso, habrá que esperar también en vano por auxilio.

¡Gravad eso, vosotros que os nombráis buscadores! Encontraréis en eso una medida para la actividad de vuestro espíritu, con la cual no os podéis engañar.

El preguntar constituye comodidad de aquel que tiene el Mensaje en las manos. No es suficientemente activo, pues del contrario no le restaría ninguna pregunta.

¡Buscad y habréis que hallar lo que necesitáis para vosotros! Sin embargo, buscar, es decir, os esforzar, debéis hacerlo de hecho.

¡Y cuando os esforcéis, encontraréis la vivencia espiritual que necesitáis, si queráis sacar provecho de mi Palabra! ¡Pues si yo os quisiera explicar continuamente todas vuestras preguntas, si yo enseñara cada ser humano durante cien años, él no podría tener ningún provecho, pues, sin embargo, nada vivenció!

Avanzando continuamente en el querer saber, jamás podrá llegar a vivenciar lo que aprendió. ¡Cada palabra aprendida tiene que tornarse primeramente acción! ¡Solamente por la actividad, aunque sea apenas espiritual, ella se puede tornar propiedad de cada uno!

Por ese motivo no sirve querer, siempre y siempre de nuevo, oír cosas nuevas de mi. ¡Yo ya hablé lo bastante, tanto, que toda vuestra existencia terrena no será suficiente para concretizar lo pronunciado dentro de vosotros, mucho menos externamente!

¡Actuad, pues, primeramente en acuerdo a lo que yo ya os dije hasta ahora! Sin embargo, ahí hesitéis, en la opinión de querer primero conocer mucho más, posiblemente saber todo, antes que imprimáis un verdadero inicio con vosotros mismos.

De esa manera siempre tenéis que grabar en vuestra mente lo que es nuevo. Para vivenciar aquello que ya fue dicho, no os resta tiempo alguno. ¡Y así perdéis todo!

Dejad ahora la correría por la búsqueda de cosas nuevas, pues solo podéis empezar con las pequeñas cosas, si queráis cumplir todo plenamente, así como tiene que ser.

En toda esta Creación no hay ninguna realización sin un comienzo, al cual se sigue un constante crecimiento, que impele hacia el florecimiento y hacia la fructificación, que, por su parte, encierra un nuevo proceso creativo.

¡Así, como os mostráis ahora, os puede solamente resultar como sucede con el cuerpo terreno, que tiene que tornarse indolente, apenas sea superalimentado! No es posible de forma diferente. ¡Empezar con buen animo, pequeño y humildemente, y solamente entonces, despacio, pero seguramente, hacia delante en el saber!

De forma diferente nada podréis alcanzar, porque todo en el Mensaje es nuevo para la humanidad terrena, aunque alguna cosa en ella os parezca conocida. Sin embargo, solamente parece así, porque buscáis tratar de eso con demasiada superficialidad.

¡Si observéis bien, en el esfuerzo asiduo de un espíritu activo, es nuevo!

Moveos, vosotros propios, y no vengáis pronto con preguntas al respecto de impedimentos y fardos, bajo los cuales tenéis que sufrir en el momento. ¡Asimilad primero de modo cierto mi Palabra y buscad vivenciarla dentro de vosotros, luego todo se modificará con acierto!

Por eso observaos rigurosamente y cuidad para que, en el servir, os tornéis capaces de dejar el pendiente para los deseos personales, lo que naturalmente sólo alcanzaréis, cuando logréis reconocer esa falta, para vosotros tan funesta.

No es difícil, apenas cuando os observéis, a partir de la Palabra del Mensaje, con aquella implacabilidad que todo el buscador sincero, y que se esfuerza por las alturas luminosas, tiene que emplear contra si mismo, si él toma en serio su búsqueda y sus esfuerzos.

Este es el primer y difícil paso que, siendo cumplido, tornará entonces todos los otros más fáciles. Reunid solamente la fuerza y también el coraje para darlo, luego os florecerán auxilios por toda parte, sin que todavía tengáis que pedir por ellos especialmente.

Llegaréis luego a un punto en que, balbuceando, solamente agradeceréis siempre y siempre de nuevo a vuestro Dios, en cuanto todo el pedir se tornará, por si propio, desnecesario.

¡Id y actuad así, para que a la brevedad la paz y la alegría puedan estar con vosotros!

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