Resonancias del Mensaje del Grial 2

de Abdrushin


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26. El puente destruido

Hablé en la ultima disertación sobre la falta de aquél puente, en la mayor parte de la actual femineidad terrena de la raza blanca, solamente con la cual ésta se torna femineidad de hecho.

Lamentable es ver como el ser humano terreno se empeña con diligencia para su retroceso y, con eso, para su caída, en la creencia errónea de que con eso camina hacia arriba.

¡El ser humano terreno! Al nombre de esa criatura se asocia un gusto amargo para todo lo que se realiza en la Creación dentro de la voluntad de Dios, y para los seres humanos seria aparentemente mejor si no más fuese proferido, pues que en cada mención de ese nombre prepasa, simultáneamente, a través de la Creación entera, una indignación y un malo estar, lo que se extiende como un peso por sobre la humanidad terrena, pues esa indignación, el mal estar, es una acusación viva que se forma automáticamente y tiene que colocarse hostilmente en contra toda la humanidad terrena.

Así, el ser humano terreno, a través de su acción errada, que se tornó perceptible en esta Creación como obstructiva, estorbadora y continuamente perjudicial, se tornó hoy, por fin, un proscrito por si mismo, en su ridículo querer saber todo mejor. Él forzó, con porfía, su expulsión, pues que se tornó incapaz de todavía recibir simplemente y con humildad las dádivas de Dios. Él quiso tornarse criador, perfeccionador; quiso someter la actuación del Todo-Poderoso a su voluntad terrena.

No existe palabra que pueda designar acertadamente tal presuntuosa arrogancia en su ilimitada ignorancia. Profundizaos en ese comportamiento increíble; imaginad el ser humano terreno, como él, con ares de importancia, quiere colocarse por sobre el engranaje de la obra maravillosa de esta Creación de Dios, para él hasta ahora desconocida, a fin de dirigirla, en lugar de ajustarse a ella obedientemente, como una pequeña parte de ella... ¡luego, no sabréis si debéis reír o llorar!

Un sapo, que se halla ante una roca alta y la quiere ordenar que ella ceda ante sus pasos, no parece tan ridículo como el ser humano actual en su megalomanía ante su Creador.

La imaginación sobre eso debe tener un efecto repugnante también para cada espíritu humano que ahora llega al despertar en el Juicio. Un horror, un calofrío y un pavor se adueñarán de él, cuando, repentinamente, al reconocer la luminosa Verdad, alcance a ver todo ante si así como realmente fue ya desde hace mucho, a pesar de que él hasta ahora no haya podido observar de esa manera. Con vergüenza, le gustaría entonces huir para los confines de todos los mundos.

Y el velo tapador ahora se rasgará, será despedazado en trapos grises, llevados por el viento, hasta que la irradiación de la Luz pueda fluir integralmente hacia dentro de las almas profundamente torturadas por el remordimiento y que, en humildad nuevamente despierta, quieran inclinarse ante su Señor y Dios, a quien no más pudieron reconocer en las confusiones que el raciocinio, preso a la Tierra, provocó en todos los tiempos en que le fue permitido dominar irrestrictamente.

Sin embargo, tenéis que vivenciar profundamente el asco ante el actuar y el pensar de los seres humanos terrenos, primeramente junto a vosotros y también dentro de vosotros, antes que la liberación de eso pueda venir. Tenéis que experimentar el asco de la misma forma, como la humanidad terrena siempre hizo con todos los enviados de la Luz, en su hedionda infamia, hostil a la Luz. ¡No podréis alcanzar la liberación de otra forma!

Es el único efecto recíproco libertador de vuestra culpa para con los enviados de la Luz, que ahora vosotros propios tenéis que vivenciar, porque de otra forma ella no os puede ser perdonada.

Ingresaréis en ese vivenciar ya en tiempo muy próximo, y mientras más temprano eso os alcance, tanto más fácil se tornará para vosotros. Que al mismo tiempo se abra, para vosotros, el camino hacia las alturas luminosas.

Y otra vez la femineidad tendrá que sentir primeramente la vergüenza, pues que su decadencia la obliga ahora a exponerse a esas cosas. Ella misma, livianamente, se colocó en un escalón, que la obliga a someterse a los pies de una masculinidad embrutecida. Con ira y desprecio la masculinidad terrena mirará ahora irritada para todas aquellas mujeres que no más son capaces de dar aquello a que fueron destinadas por el Creador, y de lo que el hombre tanto necesita para su actuación.

¡Eso es auto-respeto, que hace, de cada verdadero hombre, un hombre! Auto respeto y no auto ilusión. ¡Auto respeto, sin embargo, el hombre sólo podrá tener, levantando la mirada hacia la dignidad de la mujer, la cual, al protegerla, le proporciona y mantiene el respeto ante si mismo!

Éste es el grande, hasta ahora no expreso misterio entre mujer y hombre, que es capaz de incentivarlo a grandes y puros hechos aquí sobre la Tierra, que encandece todo el pensar de modo purificador y, con eso, extiende sobre toda la existencia terrena un sagrado vislumbre de la elevada nostalgia por la Luz.

Todo eso, sin embargo, fue quitado del hombre por la mujer, la cual sucumbió deprisa a los artificios de Lucifer, ante las ridículas vanidades del raciocinio terreno. Con el despertar del reconocimiento de esa gran culpa, el hombre considerará la femineidad apenas como aquello que ella realmente tuvo que tornarse por su propia voluntad.

Pero ese ultraje doloroso es, por su parte, solamente un gran auxilio para aquellas almas femeninas que, bajo los justos golpes del Juicio, todavía ven, despertando y reconociendo, que enorme robo cometieron en relación al hombre, con su errada vanidad, pues emplearán toda su fuerza a fin de que recuperen la dignidad así perdida y que ellas propias lanzaron de si como un bien sin valor que las embarazaba en el camino elegido hacia abajo.

Y ese querer encuentra ahora el más fuerte apoyo en las corrientes de fuerza de la pureza divina, que fueron enviadas en la solemnidad del Lirio Puro para auxilio de todas aquellas de la femineidad terrena, que se empeñan sinceramente para elevarse con toda la fuerza que todavía les resto, para finalmente cumplir alegremente la voluntad sacrosanta de Dios en la Creación.

A pesar de mi ultima disertación, todavía no quedasteis bien aclarados al respecto de la impetuosidad de las consecuencias perjudiciales que hubieron que caer por sobre la humanidad terrena entera, cuando la femineidad terrena buscó, en su erróneo comportamiento, romper diligentemente la mayor parte de los puentes que la ligaban a las corrientes de la Luz.

Las consecuencias perjudiciales se presentan bajo centenas de formas y bajo múltiple configuración, actuando por todos los lados. Apenas os necesitéis buscar colocar en el curso de los inevitables efectos de las leyes de la Creación. El reconocer, luego, no será, en absoluto, difícil.

Pensad una vez más en el sencillo acontecimiento que se procesa en la severa regularidad de la ley:

Apenas cuando la mujer busque masculinizarse en su pensar y actuar, esa voluntad ya se efectúa correspondientemente. Primeramente, en todo lo que de la parte de ella esté íntimamente ligado con la entealidad; después también con las materias finas, así como, tras un bien determinado tiempo, en la parte más fina de la materia gruesa.

La consecuencia es que en los intentos de un actuar positivo, en oposición a la misión de una mujer terrena, todos los componentes más finos de su especie femenina, por que son pasivos, son rechazados y, por fin, se desligan de ella, porque éstos, perdiendo poco a poco en fuerza, debido a la inactividad, son quitados de la mujer por la igual especie básica.

Así, queda luego destruido el puente que capacita la mujer terrena, en su especie pasiva, a recibir irradiaciones más elevadas y retransmitirlas a la materia más gruesa, en la cual ella, ante su cuerpo, está anclada a través de una bien determinada fuerza. Sin embargo, eso es también aquel puente de que un alma necesita para la encarnación terrena en el cuerpo de materia gruesa. Haciendo falta ese puente, queda imposibilitado el ingreso a cada alma en el cuerpo en formación, pues ella misma no consigue transponer el abismo que así tuvo que surgir.

Si ese puente, sin embargo, es apenas parcialmente destruido, lo que depende de la especie y de la intensidad de la masculinización deseada en la actividad de una mujer, pueden, sin embargo, encarnarse almas que del mismo modo no son completamente masculinas tampoco enteramente femeninas, constituyendo, por lo tanto, mezclas sin armonía y sin belleza, las cuales, más tarde, encierran todo tipo de ansiedades insatisfechas, sintiéndose constantemente incomprendidas en su existencia terrena, y viviendo, por eso, en constante inquietud y descontentamiento con si mismas y con su ambiente.

Para tales almas, así como para su posterior ambiente terreno, seria mejor si no hubiesen encontrado oportunidad para una encarnación, pues se cargan de esa forma apenas de culpa y jamás redimirán algo, porque en la realidad no pertenecen a la Tierra.

El anhelo y la posibilidad para tales encarnaciones, no deseadas por la Creación, y, por consiguiente, por la voluntad de Dios, solamente los ofrecen aquellas mujeres quienes, en sus caprichos y en su vanidad ridícula, así como en su indigna manía de un falso valor, se inclinan para una cierta masculinización. No importa de qué especie sea.

Almas delicadas, legítimamente femeninas, nunca alcanzan la encarnación a través de tales mujeres masculinizadas y así, poco a poco, el sexo femenino en la Tierra va siendo completamente envenenado, porque esa aberración se desparramó cada vez más, atrayendo siempre nuevas almas de esa especie, que no pueden ser completamente mujer tampoco enteramente hombre, desparramando así algo de ilegítimo y sin armonía sobre la Tierra.

Felizmente, las propias y sabias leyes de la Creación delinearon, también en esas cosas, un límite bien definido, pues con un tal desvío, violentamente forzado por la voluntad errada, surgen, primeramente, partos difíciles o prematuros, hijos enfermizos y nerviosos, con desequilibrio de los sentimientos y, por fin, ocurre tras un bien determinado tiempo la esterilidad, de manera que un pueblo que permite a su femineidad anhelar por la masculinización, a ella impropia, está condenado a una lenta extinción.

Naturalmente, eso no ocurre de hoy para mañana, de modo a tornarse visible así de sopetón a los seres humanos contemporáneos, pero sí un tal acontecimiento también tiene que seguir el camino del desenvolvimiento.

¡Aunque despacio, sin embargo seguramente! Y ya es necesario el pasaje de algunas generaciones, antes que las consecuencias de un tal mal, de crimen tan incisivo de la femineidad puedan ser retenidas o remediadas, a fin de que conduzca nuevamente un pueblo de la decadencia al saneamiento y salvarlo de la completa extinción.

Es la ley inabalable que allá donde el porte y la fuerza de ambas las barras de la Cruz de la Creación no logren vibrar en completa armonía y pureza, donde, pues, el positivo masculino así como el negativo femenino no estén igualmente fuertes y sin torsión, torciéndose de esa forma también la Cruz isósceles, se seguirá la decadencia y por fin también el descalabro, para que la Creación nuevamente se torne libre de tales absurdos.

Por esa razón pueblo alguno puede tener una ascensión o ser feliz, si no presente la legitima y genuina femineidad, en cuyo sequito, tan solamente, puede y tiene que desenvolverse la autentica masculinidad.

De mil formas son las cosas que en ese sentido estragan la legitima femineidad. Por esa razón también todas las consecuencias de eso se presentan completamente diferentes, más o menos incisivas en sus efectos perjudiciales. ¡Pero de cualquier forma se presentarán siempre!

No quiero hablar aquí todavía de las imitaciones livianas, por parte de las mujeres, de las malas costumbres de los hombres, los cuales se cuenta, sí, en primera línea el fumar, pues esa es una epidemia completamente a parte, que constituye un crimen en relación a la humanidad, que un ser humano mientras tanto siquiera osa imaginar.

Al reconocer mejor las leyes de la Creación, la arrogancia injustificada e impensada del fumador de entregarse a su vicio, incluso al aire libre, por lo que queda envenenada la dádiva de Dios del aire fresco y constructivo, que debe permanecer accesible a cada criatura, muy rápidamente desaparecerá, notadamente cuando haya que saber que esa mala costumbre forma los focos de varias enfermedades, bajo cuyo flagelo la humanidad de hoy gime.

Sin llevar en consideración los propios fumadores, la imposición de aspirar tal humo del tabaco impide en los bebes y en los niños el desenvolvimiento normal de algunos órganos, principalmente la indispensable consolidación y el fortalecimiento del hígado, que es especialmente importante para cada persona, porque con el funcionamiento cierto y sano él puede impedir fácilmente el foco del cáncer, como el medio más seguro y mejor para el combate de ese flagelo.

La mujer de hoy eligió en la mayoría de los casos un camino errado. Sus esfuerzos enveredan para la desfeminilidad, sea en el deporte, en los excesos o divertimientos, principalmente en la participación de los círculos de actividad positiva, que corresponden a la masculinidad y con ella deben permanecer, si es que deba haber verdadera ascensión y paz.

Así, básicamente todo sobre la Tierra ya se desvío, salió del equilibrio. También las siempre crecientes discordias, así como los malogros, deben ser derivados de las obstinadas mezclas del actuar positivo y negativo, condicionado por la Creación como permanentemente puro, entre todos los seres humanos terrenos, lo que debe tener como consecuencia la decadencia y el descalabro en la confusión así forzada.

Como sois tontos, seres humanos, porque no queréis aprender a reconocer la simplicidad de las leyes de Dios, que en su consecuencia lógica son fácilmente observables.

Tenéis, sí, sabios dichos, que de buen agrado hacéis oír. Solamente esta sentencia ya os dice mucho: ¡Pequeñas causas, grandes efectos! Sin embargo, no os seguís. En todo lo que ocurre alrededor de vosotros, que os amenaza, aflige y oprime, ni siquiera pensáis en buscar primero la pequeña causa, para evitarla, a fin de que los grandes efectos siquiera puedan surgir. ¡Esto es demasiado sencillo para vosotros! ¡Por esa razón preferís primeramente atacar los efectos graves, si posible con gran alarde, para que el hecho sea plenamente evaluado y os traiga gloria terrena!

¡Así, sin embargo, nunca alcanzaréis la victoria, aunque juzguéis estar sobremanera preparados para ello, si no os dignéis a buscar con toda la simplicidad las causas, a fin de, evitando todas las causas, expulsar también las graves consecuencias para siempre!

Y, por su parte, no podréis encontrar las causas, si no aprendéis a reconocer con humildad las gracias de Dios, Quién os dio en la Creación todo aquello que os puede preservar de cualquier sufrimiento.

Mientras os falte la humildad para que recibáis, agradecidos, las gracias de Dios, permaneceréis enmarañados en vuestro errado actuar y pensar, hasta la última caída, que os habrá que llevar a la condenación eterna. Y ese último momento está ante vosotros: con un pie ya os encontráis pasando la puerta. El próximo paso os hará caer en profundidades insondables.

Reflexionad bien sobre eso, volved y dejad hacia atrás de vosotros la insípida existencia terrena, sin forma y sin calor, que hasta ahora habéis preferido llevar. Tornaos finalmente aquellos seres humanos que la voluntad de Dios todavía quiere tolerar en el futuro en la Creación. ¡Con eso lucharéis para vosotros mismos, pues vuestro Dios, que en gracias os concedió la realización de vuestro impulso para una existencia conciente en esta Creación, no necesita de vosotros! ¡Acordaos de eso en todos los tiempos y agradeced a Él con cada aliento que os es permitido ejecutar debido a Su indecible amor!

AMÉM.

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