Resonancias del Mensaje del Grial 1

de Abdrushin


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42. En la oficina de materia gruesa de los enteales

Observamos hasta ahora la actuación de los pequeños enteales en aquello, que parte desde los seres humanos terrenos, como su intuir, pensar y actuar.

Ahora igual queremos quedar cerca de los seres humanos terrenos, pero, ahí, observemos una vez la actividad de aquellos enteales, que desenvuelven su campo de actividad en dirección hacia las criaturas humanas terrenas. Por lo tanto, no aquellos, que construyen los caminos del alma, conduciendo hacia fuera de la pesada materia gruesa terrena, pero, sí, en dirección opuesta, rumbo a esta materia gruesa terrena.

Todo muestra movimiento, nada es sin forma. De esa forma, parece como a una gigantesca oficina alrededor del ser humano, en parte afluyendo hacia él, en parte divergiendo desde él, entrelazándose en eso, amarrando y desconectando, construyendo y demoliendo, en constante cambio, en un continuo crecer, florecer, madurar y descomponer, a fin de, en eso, dar a la nueva semilla oportunidad para el desenvolvimiento, en cumplimiento del desenvolver y perecer de todas las formas en la materialidad, condicionado por el circular de acuerdo con las leyes de la Creación. Condicionado por la ley del constante movimiento bajo la presión de la irradiación de Dios, del único vivo.

Brame y ondula, derrite y enfría, martilla y golpea sin interrupción. Puños fuertes empujan y tiran, manos cariñosas conducen y protegen, unen y separan los espíritus que peregrinan en esa movimiento intensa.

Sin embargo, embotado, ciego y sordo ante todo eso, tambalea el ser humano de esta Tierra en sus vestimentas de materia gruesa. Su intelecto demuestra, ávido en sus placeres y saber, solamente aquella única finalidad: alegrías terrenas y poder terreno como recompensa de su trabajo y corona de la existencia. El intelecto busca acunar los perezosos y los indolentes con imágenes de tranquilo bienestar, las cuales, como anestésico hostil al espíritu, paralizan la voluntad hacia la acción en la Creación.

¡Él no quiere encuadrarse, el ser humano de esta Tierra, porque a él permaneció la elección para el querer! Y por esa razón encadena su espíritu vivo a la forma transitoria, cuya origen ni siquiera conoce.

Continua un extraño a esta Creación, en lugar de, de modo constructivo, utilizar para sí sus dadivas. ¡Solamente el conocimiento cierto da posibilidad a un aprovechamiento conciente! Por eso el ser humano tiene que salir ahora de su ignorancia. Sólo sabiendo podrá, en el futuro, todavía actuar bajo la irradiación del nuevo astro, que separará el útil del inútil en la Creación entera.

¡El útil, no juzgado según el pensar humano, pero, sí, solamente según la sagrada ley de Dios! De acuerdo a eso, pertenece a todo el inútil en primera línea también cada ser humano, que no es capaz de recibir con humildad las bendiciones y las mercedes de Dios, lo que sólo puede conseguir con el conocimiento de toda la actuación en la Creación.

Únicamente desde la Palabra él consigue recibir todo el saber de que necesita para eso. ¡Él irá encontrarlo en ella, si busque con seriedad. Encontrará precisamente aquello, que necesita para si! Sin embargo, la Palabra de Cristo ahora más de lo que nunca es ley: “¡Buscad, entonces habréis de hallar!”

Quién no busca con verdadero ahínco de su espíritu, éste no deberá y tampoco ira recibir nada. Y, por esa razón, quién esté durmiendo o indolente de espíritu tampoco encontrará nada en la Palabra, que es viva. Ella no le dará nada.

Cada alma tiene que abrirse primeramente por sí para eso y acceder la fuente, que se encuentra en la Palabra. En eso se encuentra una ley férrea y seleccionadora, que ahora se cumple con todo rigor.

Tenéis que os convertir sabedores, al contrario perderéis todo el apoyo y tropezaréis, caeréis, cuando ahora, en el decurso de los acontecimientos universales que se desenrollan, fuereis arrastrados a fuerza hacia aquél trayecto, por donde tenéis que recorrer según la voluntad sagrada de vuestro Dios, en cuyas obras de merced hasta ahora pisasteis como animales ignorantes en el más bello jardín de flores, destruyendo en lugar de construir favoreciendo y de ayudar, desfrutando con atrevimiento presuntuoso, sin esforzarse por obtener la comprensión por qué os es permitido permanecer concientemente en la bella Creación y desfrutar de todo.

¡Nunca pensasteis en una retribución necesaria, no os atentasteis a aquella grande ley de Dios, de que solamente en el dar reside el derecho de recibir, pero, sí, tomasteis impensadamente, exigisteis desmedidamente, con o sin pedir, sin ahí siquiera una vez os acordar del deber ante la Creación, en la cual vosotros, como huéspedes, os quisisteis convertir dueños inescrupulosos!

El Criador debía dar, siempre dar. Tampoco preguntasteis, en seria reflexión, por qué en la realidad merecisteis aquello, pero solamente os quejasteis en el sufrimiento adquirido por vosotros propios, rezongasteis, cuando alguna vez no se concretizaba lo que esperabais. Y siempre el esperar, el vuestro desear, visaba únicamente a la felicidad terrena. Por todo lo demás, por lo más verdadero, nunca os preocupasteis todavía bien con autentico anhelo. Dónde, sin embargo, os ocupasteis una vez con eso, ahí ha sido anhelo por saber terreno, nada más.

Quisisteis encontrar, para con eso brillar. Y cuando sucedió que en la aflicción buscasteis investigar, entonces fue tan sólo para salir de esa aflicción, quisiera fuese aflicción del alma o aflicción terrena. ¡Por la Gloria de Dios jamás ha ocurrido!

Ahora, sin embargo, aprended finalmente a conocer la construcción de esta Creación, en la cual habitáis y la cual también tenéis que recorrer en parte, para que no más continuéis en ella como un cuerpo extraño. ¡Con el reconocimiento convirtiéndose entonces cada vez más fuerte, obtendréis también aquella humildad, que necesitáis para todavía recibir el ultimo, el grande: ¡la dadiva de eterno poder existir!

Con el conocimiento, que tiene que conducir al REconocimiento, disminuiréis también el tiempo de vuestras peregrinaciones a través de la Creación en milenios y alcanzaréis mucho más rápido, más seguro a aquellos páramos luminosos, que deben permanecer el anhelo y la meta de aquel espíritu humano, que no quiera perderse como imprestable.

Continuad, pues, a seguirme hoy por los caminos a través del ambiente más cercano de vuestra existencia terrena.

Imaginad que os estuvieseis dirigiendo hacia esta Tierra, según pasa en cada encarnación, sea ella la primera o ya la quincuagésima.

En este caso no es posible que el alma, que aguarda por la encarnación, pueda deslizar sin más ni menos hacia dentro de un cuerpo terreno. La propia alma, que por su especie nunca se liga al cuerpo de materia gruesa, sino sólo es capaz de anexarse a un cuerpo terreno cuando estén cumplidos los requisitos previos para eso exigidos, no conseguiría mover el cuerpo terreno sin un puente especial, tampoco encandecerlo. Los hilos que se atan por la atracción de la igual especie no son suficientes para una tal finalidad.

A fin de proporcionar el cuadro de manera muy clara, quiero retroceder una vez más y mencionar en breves trazos algunas condiciones ya conocidas para una encarnación.

Para las encarnaciones no son decisivos, en todos los casos, los efectos de la ley de la atracción de igual especie, pero existen para eso además otras posibilidades y razones obligatorias.

La ley de la reciprocidad interviene aquí también, y a veces con una fuerza que sobrepuja todo lo demás. Un alma afuera de los cuerpos terrenos, que está fuertemente ligada por hilos de la reciprocidad a una otra alma, que se encuentra en un cuerpo terreno femenino en la Tierra, es irrevocablemente conducida por esos hilos hacia aquella mujer en la Tierra, apenas en ella se ofrezca la oportunidad para una encarnación.

Al margen de tales condiciones, que son inevitables, corre además la ley de atracción de la igual especie. Además de esos dos acontecimientos, hay todavía otras especies y posibilidades, de las cuales sólo alcanzaremos hablar en el transcurrir del tiempo, pues hoy cada desvío desnecesario solamente turbaría la clareza del cuadro necesario.

Por esa razón, por lo tanto, digamos mientras tanto solamente que todos los hilos, no importa de qué especie ellos sean, no pueden ser suficientes para posibilitar al alma mover y encandecer el cuerpo de materia gruesa.

También cuando la condición esté cumplida, de que el alma, debido a cualquier hilos, se halle en las cercanías del cuerpo en formación, y que también el cuerpo, en su irradiación, alcance el grado, que pueda asegurar el alma, conforme ya mencioné en una disertación anterior, entonces, con eso, el alma estaría, sí, ligada al cuerpo, pero por eso todavía no estaría en condiciones de mover o encandecer ese cuerpo terreno a ella ligado.

Hace falta para eso todavía un puente. En lugar de puente también podemos decir instrumento, de lo cual el alma todavía necesita de modo especial. ¡Y ese puente, a su vez, tiene que ser construida por los pequeños enteales!

Eso ocurre también, como todo, dentro de las leyes del preciso encuentro de muy determinadas irradiaciones, en que en este caso coparticipan: la masculinidad terrena y la femineidad terrena, así como diversos hilos del destino que corren hacia esos dos seres humanos y también hacia el alma que entra en cogitación. También ese proceso necesitará más tarde de una explicación especial. Por hoy, que sea suficiente la indicación de que todo eso forma el punto de partida determinante para la actividad de aquellos pequeños enteales, que construyen para las almas los puentes hacia sus encarnaciones.

Y esos puentes son aquello, que hoy ya por muchos es nombrado de el “cuerpo astral”.

El cuerpo astral consiste de materia gruesa mediana. Él tiene que ser formado por los pequeños enteales precediendo directamente el pesado cuerpo terreno de materia gruesa, de manera que casi parezca como si fuese formado simultáneamente. Pero así no lo es, pues el cuerpo astral – quiero, debido a la simplicidad, todavía seguir con esa denominación conocida hasta ahora – ¡tiene que preceder todo lo que debe formarse en la pesada materia gruesa!

Existen muchas personas que alcanzaron el saber de la existencia de las así nombradas cosas astrales. Pero ellas no conocen ni su finalidad efectiva tampoco el real proceso de la formación.

Aquellos, que hasta ahora sabían de cosas astrales, contemplaban todo, a su vez, solamente desde su punto de vista y, por eso, originado como que partiendo desde la materia gruesa pesada. En la mayoría de los casos ellos ven en eso copias de la materia gruesa pesada, porque también cada planta, cada piedra, en fin, todo cuanto es de materia gruesa pesada tiene, aparentemente, en el mundo astral su copia.

¡Éstas, sin embargo, no son copias, pero, sí, modelos de las cosas en la materia gruesa pesada, sin los cuales, además, nada se formaría, tampoco podría formarse en la materia gruesa pesada! En eso reside la diferencia.

A ese campo de la materia gruesa mediana se podría mejor nombrar, según conceptos terrenos, de oficina de los modelos. Así como un artista forma antes un modelo, del mismo modo surge el así nombrado cuerpo astral antes del cuerpo terreno pesado. Sólo que, en la Creación, nada existe que, como ocurre con el ser humano terreno, sirviese solamente a una finalidad de esa especie, para entonces ser colocado al margen, pero todo, incluso el aparentemente más ínfimo, tiene en la Creación un múltiplo valor de necesidad.

En la actuación de los enteales, cada cosa individual pertenece al todo como pieza necesaria. Ella es también uniformemente traspasada y animada por el todo y con el todo.

Así, pues, cada pieza en la Tierra, incluso la propia Tierra, tiene un modelo co-actuante. Algunos, a quienes es permitido ver, lo nombran de la “penumbra”; otros, conforme ya fue dicho, de “cuerpo astral”. Existen para eso todavía otras denominaciones menos conocidas, pero todas ellas indican la misma cosa. Ninguna de ellas, sin embargo, retrata el cierto, porque de nuevo fue observado desde el lado errado, mientras que sobre el origen no existe saber alguno.

¡Nada existe en la Tierra que los pequeños enteales ya no hayan formado antes en la materia gruesa mediana y todavía mucho más bello, más perfeccionado!

Todo cuanto ocurre en la pesada materia gruesa, incluso la habilidad de los artesanos, el trabajo de los artistas, etc., es solamente sacado de ya precedida actividad de los pequeños enteales, que ya tienen eso, y mucho más, listo en la materia gruesa mediana y más fina. Y allá todo eso es todavía mucho más perfeccionado en su forma, porque los enteales actúan directamente en las leyes de la voluntad de Dios, que es perfecta y, por eso, también sólo puede dar expresión a algo perfecto.

Cada invención, aunque la más sorprendente, es solamente préstamo de cosas ya puestas en practica por los enteales en otros planes, de las cuales muchísimas todavía se hallan listas para ser agotadas por los seres humanos, para que puedan ser transmitidas para la pesada materia gruesa aquí en la Tierra.

Y, sin embargo, a pesar de los modelos tan fácilmente alcanzables por investigadores serios, pero solamente por los humildes, mucha cosa fue nuevamente torcida por el intelecto aquí en la Tierra, porque hacia falta a los para tanto agraciados, en la mayoría de los casos, la humildad necesaria para un agotar puro, y, además de él, los habitantes de la Tierra, en su presunción que todo dificulta, hasta ahora no pusieron atención a las leyes divinas en la Creación. Solamente por el conocimiento exacto de ellas, el inventar, o, mejor dicho, el encontrar en los otros planes, y con eso también la acertada transmisión hacia la pesada materia gruesa de la Tierra, se convertirá mucho más fácil y más exacta de lo que hasta ahora, también mucho más amplia.

¡Por lo tanto, el plan astral no es un espejo de la materia gruesa! En primer lugar, él propio consiste todavía de materia gruesa, sólo que de especie un poco más fina de lo que la de la Tierra, y, en segundo lugar, eso también ocurre en sentido inverso: la pesada materia gruesa terrena es la reproducción de la materia gruesa mediana, del así nombrado plan astral.

Existen, sin embargo, dos caminos hacia el plan astral y con eso también dos grandes divisiones básicas. Una, que conduce hacia la materia gruesa pesada, y una otra, que desde ella nuevamente se aleja! La parte que conduce para ella es el puente necesario para la construcción en el terrenal, y la parte que se aleja es, a su vez, la expresión formada del pensar y actuar de los espíritus humanos, que se hallan sobre la Tierra en vestimentas terrenas.

El saber de hasta ahora de los seres humanos a este respecto es solamente fragmentario, en lo cual estos pocos fragmentos, además, fueron caóticamente mezclados por desconocimiento, sin conexión real. Fue trazado de esa manera solamente un cuadro fantásticamente compuesto, pairando en el aire, que parece una fata morgana *(miraje, ilusión) y ejerce, tal vez por eso, una fascinación especial sobre tantas personas en si inestables. Pues en eso es posible deleitarse tan bien en su irresponsabilidad. El ser humano puede permitirse establecer en eso suposiciones audaces, que él, naturalmente, desea de buen grado ver consideradas como siendo saber y seguridad, conciente de que ahí nadie podrá responsabilizarlo si en eso errar. Le es dada oportunidad, según su opinión, de una vez representar algo sin tener responsabilidad.

¡Sí, ante los seres humanos! ¡Pero no ante las leyes de Dios! ¡Ante ellas, cada uno es totalmente responsable por todo cuando dice! ¡Por cada palabra! ¡Y todos los que siguen sus concepciones falsas, incluso también aquellos, que él solamente estimula con sus falsas enseñanzas a nuevas fantasías propias, todos quedarán firmemente encadenados a él, y él tendrá que ayudar cada uno a libertarse nuevamente, antes de poder pensar en si propio y en su ascensión!

Después de que, con eso, hemos tenido nuevamente una breve perspectiva, tenemos que volver para el pormenor. Por lo tanto, los pequeños enteales forman preliminarmente el cuerpo astral como puente necesario para el alma, a fin de que ella también pueda dominar, dirigir y mover el cuerpo que está madurando.

El alma pasa a ser ligada con el cuerpo astral y actúa a través de él por sobre el cuerpo terreno pesado. Y también el cuerpo terreno sólo puede, por su irradiación necesaria para tanto, ligarse realmente al alma a través del cuerpo astral como intermediario. Las irradiaciones de la materia gruesa pesada, animada por el enteal, tienen que penetrar primero a través de la materia gruesa mediana del cuerpo astral, pues que de otra forma no pueden juntarse a las irradiaciones del alma, cuyo envoltorio más externo entonces ya es constituido de la más fina materia gruesa.

Vamos distinguir por ahora tres especies básicas de materia gruesa. A partir de ellas existen, sin embargo, además, incluso diversas especies intermediarias y colaterales. Consideremos mientras tanto solamente la materia gruesa fina, la mediana y la más pesada. En ese sentido, el cuerpo terreno pertenece a la especie terrena más pesada, y el cuerpo astral a la especie de transición de la materia gruesa mediana, por lo tanto, a aquella, que se encuentra más cerca de la especie más pesada.

Ese cuerpo astral es formado primero por los enteales, cuando debe ocurrir una encarnación, inmediatamente después de él, el cuerpo terreno, de modo que parece como si ambos los acontecimientos ocurriesen simultáneamente. Pero la formación del cuerpo astral, en la realidad, precede al acontecimiento en la materia gruesa pesada, tiene que preceder, al contrario el otro no podría ser completado y, de otra manera, el alma no podría emprender nada con el cuerpo terreno.

Doy con eso solamente el imagen del acontecimiento, para que pueda surgir el concepto a partir de él. Más tarde acompañaremos tal vez paso a paso el crecer, el madurar y el descomponer con todas las divisiones e hilos a eso pertenecientes, apenas el conjunto surja en imagen ante vosotros.

El cuerpo astral está ligado con el cuerpo terreno, sin embargo no depende de él, como se ha supuesto hasta ahora. La falta de conocimiento del verdadero proceso evolutivo en la Creación tuvo como consecuencia los numerosos errores, especialmente porque el ser humano presentó el poco saber, que adquirió para sí, básicamente siempre como considerado a partir de su punto de vista.

Mientras él propio juzgue ser el punto más importante en la Creación, en la cual él en la realidad no representa ningún papel principal especial, pero simplemente es una criatura como innumeras otras, él siempre caminará erradamente, incluso en sus investigaciones.

Es cierto que, después que se desprende el alma del cuerpo terreno, el cuerpo astral se descompone conjuntamente con el cuerpo terreno. Pero eso no debe servir como prueba de que, por esa razón, él deba ser dependiente de éste. Eso no alcanza siquiera a dar una base justificada para tal suposición.

En la realidad, el proceso es diferente: al desprenderse el alma, ésta, como parte móvil, tira consigo el cuerpo astral del cuerpo terreno. Hablando figuradamente: al salir y alejarse, el alma tira consigo el cuerpo astral hacia fuera del cuerpo terreno. Así parece. En la realidad, ella solamente lo aleja, porque nunca hubo una fusión, sino solamente un encaje, como en un telescopio extensible.

Ella no tira consigo ese cuerpo astral para muy lejos, pues que éste no se halla anclado solamente en ella, sino también en el cuerpo terreno, y, además de eso, porque el alma, de la cual parte el movimiento propiamente dicho, también quiere libertarse del cuerpo astral y, por consiguiente, de él busca alejarse.

Así, el cuerpo astral, después del desenlace terreno del alma, siempre queda cerca del cuerpo terreno. Mientras más se aleja entonces el alma, tanto más débil se convierte también el cuerpo astral, y el desprendimiento cada vez mayor del alma produce, por fin, la destrucción y descomposición del cuerpo astral que, a su vez, produce inmediatamente la descomposición del cuerpo terreno, así como también ha influenciado su formación. Así es el proceso normal, de acuerdo a la ley de la Creación. Intervenciones especiales ahí producen naturalmente también circunstancias y alteraciones especiales, sin, sin embargo, poder excluir en eso lo que es de la ley.

El cuerpo astral es en primera línea el mediador, dependiente del alma para el cuerpo terreno. Lo que ocurra al cuerpo astral, de eso el cuerpo terreno también sufrirá infaliblemente. Pero los sufrimientos del cuerpo terreno alcanzan el cuerpo astral de modo mucho más débil, a pesar de estar a él estrechamente ligado.

Cuando, por ejemplo, es amputado cualquier miembro del cuerpo terreno, supongamos un dedo, no es simultáneamente amputado también el dedo del cuerpo astral, pero, sí, él, a pesar de eso, permanece sosegadamente como hasta entonces. Por eso ocurre que una criatura humana terrena aún puede a veces realmente sentir dolores o una presión allí, donde no más posea un miembro en el cuerpo terreno.

Tales casos son, pues, suficientemente conocidos, sin que el ser humano haya encontrado la explicación cierta para tanto, porque a él le hizo falta la visión global a ese respecto.

Así los enteales atan ligando todas las almas a sus cuerpos astrales, que vamos a nombrar de los cuerpos de materia gruesa mediana, mientras los cuerpos terrenos pesados, ya en la formación, se hallan en conexión directa con el cuerpo de materia gruesa mediana y, amoldándose de acuerdo con él, se desenvuelven.

Cómo sucede el modo de actuación del alma a través de ese envoltorio sobre el pesado cuerpo terreno debe quedar reservado para eventuales disertaciones posteriores, pues antes de alcanzar tal punto mucho hay que ser aún aclarado, a fin de poder presuponer la comprensión cierta para eso.

Pero también todo eso es traspasado por una única ley, que los pequeños enteales cumplen de modo diligente y fiel, sin de ella desviarse. ¡En eso ellos son ejemplos para los espíritus humanos, que con eso sólo pueden y también deben aprender, hasta que finalmente actúen de manos dadas y sin presunción con los pequeños constructores en esta Creación, para con tal actividad en favor de una armonía plena, regocijando, alabar llenos de gratitud la sabiduría y el amor de su Criador!

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