Resonancias del Mensaje del Grial 1

de Abdrushin


1.LIBRO ◄ ► 2.LIBRO
Deutsch
English
Francais
Português
Русский
Український
Magyar
Česky
Contenido


10. La herramienta torcida

¡El mayor fardo del alma humana, con lo cual se ha cargado y que le impedirá cualquier posibilidad de ascensión, es la vanidad! Trajo desgracia para toda la Creación. La vanidad se ha convertido en el más fuerte veneno del alma, porque el ser humano terminó apreciándola como escudo y manta para todas sus faltas.

Como un narcótico, ella ayuda a pasar siempre de nuevo fácilmente por las conmociones del alma. Que solamente es ilusión, eso para los seres humano terrenos no desempeña papel alguno, bajo la condición de que ahí solamente sientan satisfacción y alcancen, entonces, un albo terreno, aunque muchas veces sean solamente pocos minutos de ridícula vanidad. No necesita ser legitima, la apariencia basta al ser humano.

Se habla de esa vanidad, de la presunción, de la arrogancia espiritual, de la alegría maliciosa y de tantas propiedades de todos los seres humanos terrenos de modo benevolente, atenuante, como siendo trampas del principio de Lucifer. Todo eso, sin embargo es solamente una débil auto excusa. Lucifer tampoco necesitaba empeñarse tanto. Le bastaba haber levado los seres humanos al cultivo unilateral del intelecto terreno, en la tentación de que se deleiten con el fruto del “árbol del conocimiento”, por lo tanto, de que se entreguen al placer del conocimiento. Lo qué sucedió después de eso, el propio ser humano lo hizo.

Como la mayor excrecencia del intelecto preso a la Tierra y obteniendo predominancia, debe ser considerada la vanidad, que lleva en su sequito tantos males, como la envidia y el odio, la difamación, la ansia por placeres terrenos y bienes de toda la especie. Todo cuanto es feo en este mundo, en la verdad, está anclado en la vanidad, que se presenta de tantas maneras.

¡El deseo por la apariencia externa ha creado la “caricatura del ser humano” hoy predominante! El fantoche, que tampoco merece ser llamado de “ser humano”, porque en su vanidad, a causa de la apariencia, ha aplastado la posibilidad para la indispensable ascensión espiritual, ha obstaculizado obstinadamente todos los caminos naturales de ligazón, que le han sido dados para actuación y la madurez de su espíritu los soterrando completamente, afrontando la voluntad de su Criador.

Solamente el hecho de elevar el intelecto, atado a la Tierra, a ídolo ha sido el suficiente para cambiar todo el camino del ser humano, que el Criador le ha designado en Su Creación.

Lucifer registró para si el triunfo de que el alma del ser humano terreno haya osado una intervención en el cuerpo terreno de materia gruesa, que tornó totalmente imposible su actuación deseada en la Creación. A fin de aguzar el intelecto, entró en actividad febril el cultivo unilateral de aquella parte del cerebro, que sólo debe actuar para la materia gruesa: el cerebro anterior. Por si sólo, la parte espiritualmente receptiva del cerebro humano quedó de esa manera reprimida e impedida en su actividad. Con eso, también era dificultada cualquier comprensión del espiritual y, a través de milenios, incluso un comprender espiritual completamente perdido para el ser humano terreno. Este, pues, se encuentra con eso solitario e imprestable en la Creación. ¡Desligado de la posibilidad de un reconocer espiritual y de una ascensión y, ahí, desligado también de Dios!

Ésa es la obra de Lucifer. Aún más, él no necesitaba hacer. Podía entonces dejar el ser humano terreno entregue a si mismo y verlo caer de escalón en escalón, alejándose así cada vez más de Dios, en consecuencia de ese único paso.

Observar eso, pues, no es difícil para las personas que se empeñan sinceramente, por lo menos una vez, en pensar objetivamente. Que la actividad del intelecto también contiene en si un querer saber mejor, la obstinada persistencia en todo, que una tal actividad considera cierto, es fácilmente comprensible; pues, con eso, la persona “ha pensado” lo que era capaz de pensar. Alcanzó su limite supremo en el pensar.

Que ese limite es bajo, debido al hecho de que el cerebro anterior esté preso a la Tierra, que , por eso, el ser humano no puede ir más allá con el intelecto, él no consigue saber, y por ese motivo siempre pensará y afirmará haber alcanzado con su limite también lo cierto. Si alguna vez oír algo diferente, colocará entonces siempre en lugar más elevado aquél por él pensado, lo considerando cierto. Esa es la característica de cada intelecto y, con eso, de cada criatura humana de intelecto.

Conforme yo ya he dicho una vez, cabe a una parte de la masa cerebral la tarea de captar lo que es espiritual, como una antena, mientras la otra parte, que produce el intelecto, transforma entonces el captado para utilización en la materia gruesa. De la misma forma, en sentido inverso, debe el cerebro anterior, que produce el intelecto, captar de la materia gruesa todas las impresiones, transformarlas para la posibilidad de recepción del cerebro posterior, a fin de que las impresiones de este puedan servir para el desarrollo posterior y madurez del espíritu. Ambas las partes, sin embargo, deben hacer trabajo en común. Así está en las determinaciones del Criador.

Como, sin embargo, a causa de la intervención de los cultivos unilaterales del cerebro anterior, éste terminó convirtiéndose demasiado dominante en su actividad, perturbó así la armonía indispensable del trabajo conjunto de ambos los cerebros y, con eso, el actuar sano en la Creación. La parte receptora del espiritual quedó hacia tras en el desarrollo, mientras el cerebro anterior, en su actividad cada vez más aumentada debido al aprendizaje, ya hace mucho no recibe más las vibraciones puras de las alturas luminosas a través del cerebro posterior para su trabajo y para la retransmisión a la materia gruesa, pero absorbe lo material para su actividad, en la mayor parte solamente del ambiente material y de las formas de pensamientos, para retransmitirlas, transformadas, como producto propio.

Son solamente pocas aún las criaturas humanas, en quién la parte receptora del cerebro se encuentra más o menos en colaboración harmoniosa con el cerebro anterior. Esas personas sobresalen del padrón común, se destacan por grandes invenciones o por impresionante seguridad en su capacidad intuitiva, que permite captar rápidamente mucha cosa, a que otras sólo pueden alcanzar ante penosos estudios.

Son aquellas, de las cuales se dice, con envidia, que ellas “reciben durante el sueño”, que constituyen la confirmación del dicho: “¡A los Suyos el Señor regala durante el sueño!”

Se entiende como los “Suyos” personas que aún utilizan sus herramientas de tal manera como deben trabajar según la determinación del Criador, por lo tanto, que aún están de acuerdo con Su voluntad y que, como las vírgenes prudentes, conservaron en orden el aceite de sus lamparillas; pues sólo esas pueden “reconocer” el novio cuando él venga. Solamente esas están realmente “acordadas”. Todas las demás “duermen” en su auto-restricción, se han convertido incapaces para el “reconocer”, porque no mantuvieron en orden las “herramientas” necesarias para eso. Cual una lamparilla sin aceite es el cerebro anterior sin la colaboración harmoniosa de la parte receptora del espiritual.

No se debe incluir entre ésas, sin más ni menos, las personas dotadas de facultades mediúnicas. Seguramente también en éstas la parte receptora del cerebro debe trabajar más o menos bien, sin embargo, en las personas mediúnicas el cerebro anterior, destinado a la retransmisión terrena, se cansa durante la recepción, porque el proceso, debido a determinada voluntad de alguien del más Allá, presiona el cerebro receptor de modo especialmente fuerte y, por lo tanto, es necesario ahí un mayor dispendio de contrapresión de éste. Eso sustrae muy naturalmente sangre del cerebro anterior, es decir, calor de movimiento, por lo que éste, por su parte, se torna inactivo parcial o totalmente. Colabora solamente con pereza o de manera ninguna. Esa substracción de sangre no sería necesaria si el cerebro receptor no hubiese sido tan debilitado por la opresión.

Este es el motivo porque la retransmisión de un medium por la palabra o por la escrita no se evidencia moldada a la comprensión terrena de tal manera, como habría que ser, caso deba ser comprendida exactamente con nociones terrenas y calculo de espacio y tiempo.

Ahí reside también el motivo por lo cual los médiums tantas veces divisan acontecimientos que se aproximan de la Tierra, catástrofes o algo semejante, y sobre eso hablan o escriben, sin embargo, raramente logran éxito en corresponder correctamente su época terrena.

Un medium recibe la impresión fino-material y la retransmite por escrito o verbalmente, poco o siquiera transformada para la materia gruesa. Eso debe entonces resultar errores para aquellas personas, que ahí cuentan exclusivamente con la materia gruesa. La impresión fino-material es diferente del efecto grueso-material, que se presenta después. Pues en la materia fina los contrastes se muestran más nítidos, más substanciales y se realizan también correspondientemente. Sin embargo, ocurre con frecuencia el hecho de médiums que describen inalteradamente solamente lo que es de materia fina, porque ahí el cerebro anterior, en su actividad transformadora, no puede acompañar y queda inactivo. Entonces, tanto la imagen de un acontecimiento como las épocas son diferentes, toda vez que también los conceptos fino-materiales de tiempo son diferentes de los de la Tierra.

De esa forma, las descripciones y las previsiones de un mismo hecho serán interpretadas de forma diferente por casi cada una de las personas mediúnicas, de acuerdo con la menor o también mayor colaboración posible de su cerebro anterior, que solamente en los casos más raros puede proporcionar una transformación completa para conceptos terrenos.

Cuando, sin embargo, los del más Allá ahora se empeñan en restablecer la ligazón entre la materia fina y la materia gruesa, interrumpida por los seres humanos terrenos, no debe más ser tolerada ninguna exigencia y ningún ridículo querer juzgar de ignorantes y de personas de intelecto, al contrario eses trabajos exigen absoluta seriedad, para que sea restablecido lo que por presuntuosa vanidad ha sido roto.

También, deben ser excluidos de ese trabajo conjunto también todos los fantasistas, fanáticos y místicos, que en la realidad son aún más nocivos ahí de lo que las personas de intelecto.

Si ambas las partes del cerebro de los seres humanos terrenos pudiesen trabajar juntas, de modo harmonioso, conforme está en las determinaciones del Criador, las transmisiones de los médiums serian entonces dadas en conceptos de tiempo adecuados a la materia gruesa. Así, sin embargo, debido a mayor o menor substracción de sangre del cerebro anterior, ocurren alteraciones y desfiguraciones. Para corregírselas, se torna necesario un cuidadoso estudio en la observación, no merecen, sin embargo, ser hechas ridículas o incluso que sean alegados motivos deshonestos, según sucede con predilección por parte de personas espiritualmente indolentes.

Naturalmente, habrá también ahí, como en todas las cosas, siempre personas que, dándose por entendidas, flotan en esas cosas con una sensación de bien estar tornándose así realmente ridículas, así como aquellas, que visan pretensiones deshonestas. Eso, sin embargo, se encuentra por toda parte y no hay justificativa alguna para, por esa razón, mancillar de manera tan visible el hecho en si, o aquellos, quienes sinceramente con eso se ocupan.

Esa conducta de mancillación de todo aquél, que todavía no puede ser comprendido, es, por su parte, solamente una expresión de ridícula vanidad, una señal de irresponsable estupidez, que se ha instalado entre eses seres humanos. ¡No existe, además, nada de grande, nada de sublime, que en el principio no haya sido hostilizado por la humanidad terrena! Incluso con aquello, que Cristo Jesús dijo antaño, y con él propio, no se ha pasado, pues, de manera diferente.

Tales mofadores solamente muestran con eso, muy nítidamente, que caminan a las ciegas por la vida o entonces con visible mediocridad.

¡Miremos al nuestro rededor: quién hoy trota su camino, mofando de las anunciaciones y previsiones de acontecimientos terribles, que aumentan por toda parte, que no quiere ver que mucho de aquello ya está se realizando y que de semana para semana aumentan las catástrofes naturales, ese es ignorante, o por algun miedo nada quiere reconocer todavía!

¡Son mediocres o cobardes, que no osan encarar los hechos! En todos los casos, sin embargo, nocivos.

Y aquél, que aún no quiere reconocer como siendo un sinistro golpe del destino la inmensa calamidad económica que aumenta irresistiblemente en todos los países de esta Tierra, y la confusión y el desamparo de ahí resultante, sólo porque él tal vez aún disponga de lo suficiente para comer y beber, tal ser humano no merece más ser llamado de ser humano; pues debe estar corrompido por dentro, embotado ante el sufrimiento ajeno.

“¡Todo eso ya ha ocurrido!” es su comentario imprudente. ¡Sin duda, todo ya ocurrió aisladamente! ¡Pero no en las circunstancias de hoy, no con ese saber de que hoy se vanagloria, no con los recursos de que hoy se puede lanzar mano! ¡Esa es una diferencia como el dia y la noche!

Sobre todo, sin embargo, jamás hubo los acúmulos de los acontecimientos. Anteriormente, se pasaban años entre los fenómenos naturales, se hablaba y se escribía durante meses sobre tales acontecimientos que alborotaban todos los pueblos civilizados, mientras hoy ya después de horas todo es olvidado en la danza y charlas cotidianas. ¡Es una diferencia, que no se quiere ver debido al miedo, lo cual se muestra en la imprudencia! En un criminoso no querer comprender.

“¡La humanidad no debe inquietarse!” es el orden del dia. ¡No, sin embargo, por amor a la humanidad, al contrario, solamente por miedo de que las criaturas humanas pudiesen presentar exigencias, las cuales nadie más seria capaz de enfrentar!

Muchas veces, sí, los intentos de tranquilización son toscos, de forma que solamente una humanidad apática puede oírlo silenciosamente en una insensibilidad como hoy impera. Que eso, sin embargo, sea un trabajo hostil contra la excelsa voluntad de Dios, nadie se empeña por reconocer y decir.

¡Dios quiere que los seres humanos reconozcan esas advertencias que, hablando claramente, se encuentran en los acontecimientos en desenvolvimiento! Ellos deben despertarse de su imprudente siesta espiritual, a fin de que, reflexionando, tomen aún en tiempo el camino de regreso, antes de tornarse necesario que todo el sufrimiento, que actualmente aún pueden ver en su próximo, haya que alcanzarlos también. ¡Es revuelta contra Dios por parte de todos aquellos, que quieren impedirlo ante pronunciamientos tranquilizadores!

Lamentablemente, sin embargo, la humanidad es demasiado susceptible a cada palabra, que dispense de la propia actividad del espíritu, y de buen agrado permita, por eso, que se le diga las más extrañas cosas, las acepta crédulamente, sí, las quiere tener, incluso las divulga y defiende, solamente para que no sea despierta de sobresalto de su sosiego y comodísimo.

Y la querida vanidad da su compaso, es la mejor favorecedora de toda aquella maleza que, igual que ella, crece como fruto del dominio del intelecto hostil a Dios.

La vanidad jamás quiere que se reconozca la Verdad, poco importando dónde ella se encuentre. Lo que ahí ella se permite, muestra la actitud de esa humanidad terrena ya en relación a la existencia terrena del Hijo de Dios, que en su verdadera y gran simplicidad no basta al vanidoso sentido humano. ¡El fiel quiere tener “su” Salvador solamente según su interpretación! Por lo tanto, adorna el camino terreno del Hijo de Dios, Cristo Jesús, con acontecimientos imaginados.

Solamente por “humildad” ante todo lo que es divino ese Salvador tiene que ser, según el sentido humano, como Hijo de Dios, también incondicionalmente “sobrenatural”. No reflexionan ahí que el propio Dios es la perfección del natural, y que la Creación se desarrolló de esa Su naturalidad perfecta, a través de Su voluntad. Perfección, sin embargo, también lleva en si inmutabilidad. Si fuese posible una excepción en las leyes de la Creación, que son de acuerdo con la voluntad de Dios, debería haber ahí una laguna, habría hecho falta perfección.

La humildad humana, sin embargo, se eleva por sobre todo eso; pues espera, sí, exige en una existencia terrena del Hijo de Dios alteraciones de las leyes vigentes en la Creación, por lo tanto, violación. ¡Precisamente de aquél, pues, que vino para cumplir todas las leyes de su Padre, conforme él mismo ha declarado! Espera de él cosas, que tienen que ser simplemente imposibles según las leyes de la evolución natural. ¡Y precisamente con eso debe presentarse su divinidad, el divino, que de modo vivo lleva en si la base de las leyes de la naturaleza!

Sí, la humildad humana es capaz de mucha cosa. Pero su cara autentica es exigencia, y no verdadera humildad. ¡La máxima arrogancia, la peor presunción espiritual! La querida vanidad pone sobre eso solamente un pequeño manto, que se asemeja a la humildad.

Es solamente triste que también tantas veces personas realmente bien- intencionadas, inicialmente con legitima humildad, inconcientemente se excedan en su entusiasmo hasta las cosas más imposibles, como Lorber pudo vivenciar en tan gran extensión en si propio y tantos otros con él.

Han surgido imaginaciones, cuya transmisión trajo grandes daños.

De esa forma, ya el niño Jesús habría que haber hecho las mayores maravillas. Incluso en los juegos más infantiles, que hacía como todo niño, cuando sana y espiritualmente atento. Los pequeños pájaros que, jugando, moldaba en pura arcilla, se tornaban vivos y volaban cantando alegremente por el aire, y muchas otras cosas semejantes. ¡Son procesos simplemente imposibles, porque contradicen todas las leyes de Dios en la Creación!

¡Entonces Dios-Patre podría haber colocado Su Hijo ya listo en la Tierra! ¡Para qué era necesaria una madre humana! ¡Los trastornos del nacimiento! ¿No pueden los seres humanos por lo menos una vez raciocinar de modo sencillo? Dejan de hacerlo por vanidad propia. Según su opinión, el trayecto terreno del Hijo de Dios tiene que ser diferente. Ellos lo quieren así, para que “su” Salvador, “su” Redentor no estuviese de forma alguna sometido bajo a las leyes de Dios en la Creación. ¡Además, eso de hecho, según su pensar, no habría sido demasiado pequeño para él, el Hijo de Dios, pero para todos aquellos, que quieren reconocer en él su Redentor! ¡Vanidad humana, y nada más!

No raciocinan que para Jesús ha sido aún mucho más grandioso el hecho de haberse sometido voluntariamente a esas leyes a través de su encarnación, solamente para llevar la Verdad en la Palabra para aquellas criaturas humanas que, injuriando, debido al retorcimiento de su instrumento terreno, habían se convertido incapaces de todavía asimilar la Verdad por si propias, de reconocerla. Eran demasiado vanidosas para ver como cumplida la misión de Cristo en la propia Palabra. ¡Para ellos, vanidosos seres humanos, había que ocurrir algo más grandioso!

¡Y cuando el Hijo de Dios sufrió la muerte terrena en la cruz y murió, como cualquier persona en la cruz tiene que morir, por corresponder de esa forma a las leyes de Dios en la Creación, cuando el cuerpo humano no pudo simplemente bajar de la cruz, ileso, entonces, para la vanidad, no ha restado otra cosa sino la suposición de que el Hijo de Dios tuvo que morir así, no quiso bajar de la cruz, para a través de eso sacar los pecados de los pobres hombrecitos, a fin de que éstos entonces fuesen recibidos alegremente en el reino de los cielos!

Y así se ha creado el fundamento para la ulterior concepción de la necesidad de la muerte en la cruz, lo que trajo el triste y grande engaño entre los cristianos de hoy, producto solamente de la vanidad humana.

Si ninguna persona más quiera llegar al reconocimiento de que tal pensamiento sólo es capaz de brotar de la desvergonzada presunción, para desfrute de Lucifer, que ha dado al ser humano la vanidad para su destrucción, entonces, la humanidad tampoco puede más ser ayudada y todo queda en vano, incluso las mayores y más fuertes advertencias de la naturaleza no pueden despertarla del sueño espiritual. ¡Por qué el ser humano no piensa más lejos!

Si Cristo pudiese haber resucitado carnalmente, sería también absolutamente lógico esperar que él tuviese la posibilidad de también bajar de allá a esta Tierra ya listo en carne, para donde él, en la resurrección, habría subido carnalmente. Que eso, sin embargo, no haya ocurrido, que él, por el contrario, desde el principio, tuvo que vivenciar los caminos como cualquier cuerpo humano a partir del nacimiento, con todas las pequeñas y grandes penurias, habla, junto con muchas otras necesidades de su existencia terrena, muy claramente contra eso, sin considerarse que sólo así podía ser y no de otro modo, toda vez que también el Hijo de Dios había que adaptarse a las leyes perfectas de su Padre en la Creación.

Quién quiera llegar hasta la Creación, hasta la Tierra, está sujeto a las leyes inmutables de la Creación.

El contrario es imaginación, formada por el entusiasmo de los propios seres humanos y después legada como verdad. Lo mismo se pasó con todas las tradiciones, poco importando si éstas tuvieron su transmisión oral o por escrito. La vanidad humana desempeña ahí un gran papel importante. Raramente sale algo de una mano humana o de una boca humana, incluso del cerebro humano, sin que sea agregado algo. Notas de segunda mano jamás constituyen pruebas, en las cuales una posteridad debiese basarse. El ser humano necesita solamente observar bien en el presente. Tomemos solamente uno ejemplo, que se ha tornado conocido en todo el mundo.

¡Los periódicos de muchos países noticiaron sobre el misterioso “castillo” de Vomperberg, cuyo propietario seria yo! ¡Me nombraron “El Mesías del Tirol”, o también “El Profeta de Vomperberg”! Con titulares de gran destaque, incluso en los mayores periódicos, que pretenden ser levados en serio. Había reportajes de especie tan estarrecedoramente misteriosa sobre innumerables pasajes subterráneas, templos, caballeros en armaduras negras, bien como de plata, un culto inaudito, también sobre vastos parques, automóviles, cabalarías, y todo lo más que pertenece a un cerebro enfermo, capaz de relatar tales cosas. Y han sido mencionadas particularidades, a veces fantásticamente bellas, a veces sin embargo, asquerosas de tan inaudita inmundicia, que cada uno, reflexionando un poco, habría pronto que ver ahí la mentira, la intención maldosa. —

¡Y en todo no había una palabra verdadera!

Pero si de aquí a siglos o, más fácil, a milenios, una persona venga a leer tal artigo tendencioso... quién podrá condenarla, si quiera creer en eso y dice: “¡Pero aquí está relatado e impreso! ¡Uniformemente, en casi todos los periódicos e idiomas!”

¡Y todo eso nada más fue de lo que solamente un reflejo de los cerebros corrompidos de esa época! Con sus propias obras aplicaron a si mismos los timbres como prueba de la perversión. ¡Al venidero Juicio, ya!

¡Tal se pasó, por lo tanto, aún hoy, a pesar de los medios de conseguirse rápidamente y sin esfuerzos una ratificación antes de la publicación! ¡Como debe haber sido entonces, antaño, en la época de la existencia terrena de Jesús, cuando todo sólo podía correr de boca en boca! Cuán fuertemente una reproducción está, de esa forma, sujeta a alteraciones. Incluso en escritos y cartas. Se hincha cuál avalancha. En el principio, en parte ya erróneamente comprendido, surge en tal camino siempre algo distinto de lo que fue. Cuánta cosa oída ha sido escrita solamente por segunda, tercera, décima mano, y que hoy se considera como base. ¡Los seres humanos, sin embargo, debían conocer los seres humanos!

Cuando no pueden utilizar las estructuras de su propio intelecto, como ocurre en cada verdad a causa de la gran simplicidad, no es lo suficiente para ellos. La rechazan o la cambian de un modo que corresponda a la querida vanidad.

Por esa razón, se prefiere también lo “místico” a la Verdad simple. El grande anhelo por el “místico”, por el misterioso, que reside en cada criatura humana, es vanidad, no, sin embargo, anhelo por la Verdad, como se busca muchas veces presentar. La presunción construyó el camino insalubre, donde bandos de fanáticos vanidosos pueden deleitarse, y tantos indolentes de espíritu se permiten cómodamente arrastrar.

¡En todas esas cosas, la vanidad de la criatura humana desempeña un papel totalmente devastador y sinistro, que la arrastra hacia el descalabro, irremediable y tenazmente, porque ella se le tornó querida!

Pavor se apoderaría de ella, si una vez pudiese superarse a si misma para reflexionar sobre eso, objetivamente, sin presunción. Pero ahí ya existe nuevamente aquél obstáculo: ¡sin presunción, ella nada consigue! ¡Por consiguiente, seguramente habrá que permanecer así para muchas personas, hasta que ahora sucumban en eso!

¡El hecho, en toda su tristeza, es el producto, de que el impedimento del desarrollo armonioso del cerebro del cuerpo terreno, a él confiado, tuvo que resultar en su consecuencia debido al pecado original! El torcer de la herramienta necesaria en esta materia gruesa, por el excesivo cultivo unilateral, se ha vengado con eso. Ahora el ser humano se encuentra, con su herramienta de materia gruesa, su cuerpo terreno, de modo desarmonizo en la Creación, incapaz para la misión que en ella debe cumplir, imprestable por si propio para eso.

¡Sin embargo, para extirpar nuevamente esa raíz de todo el mal, es necesaria una intervención de Dios! Cualquier otra fuerza y poder, por mayor que sea, es insuficiente para eso. Es la mayor y también la más devastadora contaminación en el falso querer de la humanidad, que ya encontró entrada en esta Creación. ¡Todo, en esta Tierra, tendría que sucumbir, antes que pueda surgir una mejora ahí, toda vez que nada existe, que ya no esté irremediablemente impregnado de eso!

Resonancias del Mensaje del Grial


Contenido

[Mensaje del Grial de Abdrushin]  [Resonancias del Mensaje del Grial] 

contacto