En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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Contenido


El primer mandamiento
¡Yo soy el Señor, tu Dios! ¡No tendrás otros dioses aparte de Mí!

Quien pueda leer estas palabras como es debido, seguramente, verá en ellas la sentencia de muchos que no hacen caso de este mandamiento, el más eminente de todos.

«¡No tendrás otros dioses!». Son muchos los que se forman una idea demasiado restringida al oír o leer estas palabras. Y es que se han ido por la vía fácil. Puede que la palabra «idólatras» les haga pensar, más que nada, en esas personas que se arrodillan ante una hilera de figuras de madera, de las que cada una representa un dios específico, quizás piensen también en adoradores del diablo y en descarriados de ese tipo, por los cuales, en el mejor de los casos, sienten compasión, pero en ellos mismos sí que no piensan. Fijaos en vosotros mismos ecuánimemente y someteos a un examen de conciencia, a ver si por casualidad no resulta que vosotros también formáis parte de este grupo.

Está el que tiene un hijo que, en realidad, es lo primero para él y por el cual es capaz de hacer cualquier sacrificio y se olvida de todo lo demás. El otro pone los placeres terrenales por encima de todo y, en última instancia, no podría, ni con la mejor voluntad, renunciar por nada del mundo a dichos placeres si se le hiciera una exigencia en este sentido que dejara en sus manos el decidir como estimara conveniente. Un tercero, por su parte, ama el dinero; un cuarto, el poder; un quinto, a una mujer; otro, los honores terrenales; y en todas esas cosas todos ellos, en un final, solo se aman a sí mismos.

Eso es idolatría en el sentido más fiel de la palabra. Y es sobre ello que advierte el primer mandamiento, el cual, de hecho, prohíbe este tipo de cosas. ¡Y ay de aquel que no lo cumpla al pie de la letra! La transgresión de este mandamiento pasa factura de inmediato en el hecho de que semejante individuo siempre va a quedar atado a la Tierra cuando pase al reino etéreo. En realidad, empero, ha sido el mismo quien se ha atado, por medio de su apego a algo que está en la Tierra. De esa manera, se ve impedido de seguir ascendiendo, con lo cual pierde el tiempo que se le ha concedido para ello y corre el riesgo de no salir a tiempo del reino etéreo en una resurrección hacia el reino luminoso de los espíritus libres. En tal caso, es arrastrado a la ineludible desintegración de toda la materia, desintegración que sirve de purificación con miras a la resurrección de dicha materia y a la nueva formación de ésta. Ello, empero, constituye la muerte etérea y espiritual de toda conciencia personal ganada por el alma humana y, con ello, la aniquilación de su forma y de su nombre por toda la eternidad.

El acatamiento de este mandamiento tiene por finalidad servir de protección contra este terrible destino. Se trata del más inminente de los mandamientos, ya que es el más necesario para el hombre. Desgraciadamente, éste propende con demasiada facilidad a entregarse a algún apego que termina esclavizándolo. Ahora, al él dejar que algo se convierta en un apego, esta así haciendo de ello un becerro dorado, al que, como ídolo o fetiche, coloca en el lugar más alto, a la par de su Dios; muchas veces, incluso por encima de Él.

De estos «apegos» que el hombre se ha creado y que con la mayor despreocupación gusta de hacer suyos hay muchísimos, por desgracia. Un apego es la predilección por algo terrenal, como ya he señalado. De ellos, naturalmente, hay muchísimos más. Quien adquiere un apego, empero, se queda pegado, como la palabra bien lo indica. Semejante individuo se queda así pegado a lo físico-material cuando pasa a lo etéreo para continuar su desarrollo, y no le es fácil volver a quedar libre de ello, de modo que se ve obstaculizado, se ve retenido. A ello, de hecho, se le puede calificar de maldición que pesa sobre su cabeza. El suceso viene siendo el mismo, independientemente de cómo uno lo exprese en palabras.

Sin embargo, si en su existencia terrenal pone a Dios por encima de todo, no sólo en su mente o en sus palabras, sino en el sentir intuitivo, o sea, de manera verdadera y genuina, en un amor devoto que lo ata cual apego, entonces semejante atadura traerá consigo, a través del mismo efecto del operar de las leyes, que el individuo en cuestión se eleve inmediatamente a lo alto cuando pase al más allá; ya que esa veneración por Dios se la lleva consigo al otro lado, y la misma lo sostiene y acaba transportándolo a Su proximidad, al Paraíso, a la Creación Primordial, que es la morada de los espíritus puros, de los espíritus que se han liberado de todo lastre y cuya atadura solo conduce a la luminosa Verdad de Dios.

¡Así que acatad estrictamente este mandamiento! Con ello os guardaréis de muchos golpes del destino de naturaleza desfavorable que, por falta de tiempo, ya no podríais saldar.

Mensaje del Grial de Abdrushin


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