En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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Contenido


80. ¡Era una vez...!

Son solamente tres palabras, sin embargo, son como una formula mágica; pues llevan en si la propiedad de despertar en cada ser humano inmediatamente alguna intuición fuera del común. Raramente esa intuición es siempre igual. Es semejante al efecto de la música. Tal como la música, estas tres palabras también encuentran su camino directamente hasta el espíritu del ser humano, su verdadero “yo”. Naturalmente, solamente en aquellos, quienes no mantienen el espíritu enteramente cerrado y, que con eso, ya perdieron la verdadera naturaleza humana aquí en la Tierra.

Cada persona, sin embargo, ante estas palabras, involuntariamente pronto se recordará de alguna vivencia del pasado. Ésta se levanta viva delante ella y, con la imagen, también una intuición correspondiente.

Ternura nostálgica para unos, felicidad melancólica, también deseos silenciosos irrealizables. Para otros, sin embargo, orgullo, cólera, horror u odio. El ser humano siempre piensa en algo que antaño vivenció, que le ha producido una impresión fuera del común, pero que él presumía desde hace mucho ya extinta dentro de si.

Sin embargo, en él nada se ha borrado, nada ha quedado perdido de lo que él realmente ha vivenciado antaño. Todo eso puede nombrar aún de algo suyo, como realmente adquirido y, por consiguiente, que no perece. ¡Pero también solamente aquello que ha sido vivenciado! Otra cosa no podrá surgir con tales palabras.

El ser humano debe prestar mucha atención en eso, con cuidado y con el sentido alerta, entonces pronto reconocerá lo qué está realmente vivo dentro de él y lo que puede ser denominado muerto, como involucro sin alma de recordaciones inútiles.

Finalidad y provecho para el ser humano, donde no debemos considerar el cuerpo, solamente tiene lo que durante su existencia terrena haya actuado de modo suficientemente profundo, para imprimir en el alma una marca, que no desvanece, que no se deja borrar nuevamente. Solamente tales marcas tienen influencia sobre la formación del alma humana y, así, prosiguiendo, también sobre la evolución del espíritu en su constante desenvolvimiento.

En la realidad, por lo tanto, solamente es vivenciado y con eso tornado propiedad, lo que deja una impresión de tal manera profunda. Todo lo demás pasa sin efecto o, en el máximo, contribuye como medio auxiliador para preparar acontecimientos, que son aptos a causar impresiones tan grandes.

Feliz aquél que puede denominar tantas y tan fuertes vivencias como siendo suyas, hayan ellas sido provocadas por alegría o dolor; pues ésas impresiones serán un dia lo que de más valioso un alma llevará consigo en su camino hacia el más Allá. —

La actuación puramente terrena del intelecto, conforme es usual hoy, sirve, cuando bien empleada, solamente para facilitar la existencia corporal terrena. ¡Esto es, raciocinando con nitidez, el verdadero albo de cada actuación del intelecto! En ultima análisis, no hay nunca otro resultado. En toda la sabiduría teórica, no importa cual sea el campo, así como en toda la actuación, tanto en la esfera del Estado o en la familia, cada persona individual o en las naciones, bien como, por ultimo, en toda la humanidad. Lamentablemente, todo terminó por someterse incondicionalmente solamente al intelecto y, por consiguiente, se encuentra con eso atado a pesadas corrientes de la restricción terrena de la capacidad de comprensión, lo que lógicamente hubo que causar y causará aún consecuencias funestas en todo el actuar y en todos los acontecimientos.

En relación a eso, existe solamente una excepción en toda la Tierra. ¡Sin embargo, la excepción a nosotros no es ofrecida por acaso por la Iglesia, como tantos han de pensar y como también hubiera que ser, pero sí por el arte! En ella el intelecto ejerce función estrictamente secundaria. Sin embargo, dondequiera que el intelecto alcance supremacía, el arte pronto es degradada a oficio; baja directamente y también de modo totalmente incontestable muy hacia abajo. Se trata de una consecuencia que, en su sencilla naturalidad, ni puede ser diferente. Ni una excepción puede ser ahí comprobada.

¡La misma conclusión también debe ser sacada de todo lo demás! ¿Y éso, entonces, no da en lo qué pensar a los seres humanos? Hay que ser como se les cayese una venda de los ojos. ¡Para aquél que piensa y compara, queda muy claro que, en todo lo demás que es dominado por el intelecto, él sólo puede recibir un sucedáneo, cosa de poco valor! ¡Ante esa constatación, el ser humano debía reconocer a que lugar, por naturaleza, pertenece el intelecto, si deba surgir algo cierto y valioso!

Solamente el arte ha nacido, hasta ahora, aún de la actuación del espíritu vivo, de la intuición. Solamente ella tuvo un origen y un desenvolvimiento natural, es decir, normal y sano. El espíritu, sin embargo, no se manifiesta en el intelecto, pero sí en las intuiciones, y se muestra solamente en aquello que de un modo general se denomina “alma”. Precisamente aquello, de lo que al actual ser humano de intelecto, desmedidamente orgulloso de si mismo, le gusta escarnecer y hacer ridículo. ¡Mofa así de lo que hay de más valioso en el ser humano, sí, exactamente de aquello que hace del ser humano realmente un ser humano!

Es espíritu nada tiene que ver con el intelecto. Si el ser humano finalmente quiera mejora en todo, tiene que observar las palabras de Cristo: ¡Por sus obras los reconoceréis! Es llegado el tiempo en que eso acontecerá.

Solamente obras del espíritu traen en si, por su origen, la vida y, con eso, duración y constancia. Todo lo demás, una vez pasado su tiempo de florescencia, habrá que colapsar por si mismo. ¡Apenas cuando los frutos deban llegar para eso, quedará patente el vacío!

¡Mirad, pues, la historia! Solamente la obra del espíritu, es decir, el arte, sobrevivió a los pueblos, que ya colapsaron por la actuación de su intelecto frío y sin vida. Su alto y tan pregonado saber no pudo ofrecerles salvación de eso. Egipcios, judíos, grecos, romanos siguieron este camino, más tarde también los españoles, franceses y ahora los alemanes, – ¡sin embargo las obras de la verdadera arte sobrevivieron a todos ellos! Tampoco nunca podrán venir a perecer. Sin embargo, nadie ha fijado la regularidad severa en la ocurrencia de esas repeticiones. Criatura humana alguna ha pensado en investigar la verdadera raíz de ese grave mal.

En lugar de buscarlas y poner fin de una vez a esa decadencia, que se repite siempre de nuevo, el ser humano se ha rendido ciegamente, se sometiendo con lamentaciones y rencor a esa grande “fatalidad”.

¡Ahora, sin embargo, alcanza por ultimo la humanidad toda! Mucha miseria ya quedó tras nosotros, miseria mayor aún está por venir. Y un profundo sufrimiento prepasa las densas hileras de los que en parte ya son alcanzados por eso.

Pensad en los pueblos todos, que ya tuvieron que naufragar, apenas cuando alcanzaron su florescencia, el punto más alto de su intelecto. ¡Los frutos resultado de esa florescencia fueron por toda la parte los mismos! Inmoralidad, indecencia y gula en múltiples aspectos, a lo que se siguió inevitablemente la decadencia y la ruina.

¡La absoluta igual especie es de llamar la atención de cualquier persona! Y también cada uno que piense ha que encontrar en tales fenómenos una muy determinada especie y lógica de leyes las más severas.

Esos pueblos, uno tras otro, hubieron que reconocer por ultimo que su grandeza, su poder y magnificencia han sido solamente aparentes, mantenidos solamente por la violencia y por la presión, no fortalecidos en si mismos por salud.

¡Abrid, pues, vuestros ojos en lugar de desanimar! Mirad alrededor de vosotros, aprended con lo que pasó, comparadlo con los mensajes que ya hace milenios os han llegado desde la esfera divina, y habréis que descubrir la raíz del mal que corroe, que constituye exclusivamente el estorbo para la ascensión de la humanidad entera.

Solamente después que el mal hubiera sido extirpado de todo, es que estará abierto el camino hacia general ascensión, no antes. Y ese camino entonces será estable, porque puede llevar en si algo de vivo del espíritu, lo que hasta ahora estuvo excluido. —

Antes de que entremos en pormenores, quiero aclarar lo que es espíritu, como siendo el único realmente vivo dentro del ser humano. ¡Espíritu no es destreza tampoco intelecto! Tampoco es sabiduría aprendida. Por eso se llama erradamente de “espirituosa” a una persona, que ha estudiado mucho, leído, observado y sabe platicar bien sobre este tema. O cuando luce por buenas ideas y por perspicacia del intelecto.

El espíritu es algo muy diferente. Se trata de una constitución autónoma, oriunda del mundo de su especie igual, que es diferente de la parte a que pertenece la Tierra y, por lo tanto, el cuerpo. El mundo espiritual se encuentra más alto, constituye la parte superior y más ligera de la Creación. Esa parte espiritual en el ser humano, debido a su constitución, lleva en si la incumbencia de volver hacia el puro espiritual, apenas cuando se hayan desconectado de ella todos los envoltorios materiales. El impulso para eso está liberado en un muy determinado grado de maduración, y lo conduce entonces hacia arriba, hacia su igual especie, por cuya fuerza de atracción es elevado. *(Disertación Nro 63: Yo soy la resurrección y la vida, etc.!)

El espíritu nada tiene que ver con el intelecto terreno, y si solamente con la propiedad que denominamos como “corazón”. Espirituoso tiene, pues, la misma significación que “dotado de corazón”, y no que dotado de intelecto.

A fin de más fácilmente descubrir tal diferencia, que el ser humano se sirva entonces de la frase: “¡Era una vez!” Muchos de los que buscan ya encontrarán una explicación a través de ella. Si observen con atención a si mismos, podrán reconocer todo lo que fue útil a su alma en la vida terrena de hasta ahora, o lo que ha servido solamente para hacerles fácil el pasaje y su trabajo en el ámbito terreno. Por lo tanto, lo que no solamente posea valores terrenos, pero también lo del más Allá, y lo que sirva únicamente para finalidades terrenas, permaneciendo, sin embargo, sin valor para el más Allá. El primero, él puede llevar consigo hacia el más Allá, el otro, sin embargo, deja hacia tras, en el desenlace, como algo valido solamente aquí, ya que más adelante de nada le puede servir. Lo que deja hacia tras, se convierte en solamente el instrumento para los acontecimientos terrenos, medio auxiliar para la época terrena, nada más.

Si un instrumento no es utilizado solamente como tal, y si ajustado mucho encima de su capacidad, lógico es que no es adecuado para esa altitud, se encuentra en lugar errado, resultando con eso también faltas de varias especies que, con el decurso del tiempo, traerán consecuencias muy nefastas.

A esos instrumentos pertenece, como lo más elevado, el intelecto terreno que, como producto del cerebro humano, tiene que llevar la restricción en si, bajo a la cual todo cuanto es de materia gruesa corporal queda siempre sujeto, por su propia constitución. Y el producto tampoco puede ser diferente del origen. Ése permanece siempre atado a la especie del origen. Del mismo modo, las obras que surgen a través del producto.

Desde ahí resulta para el intelecto, naturalmente, la más restricta capacidad de comprensión solamente terrena, estrechamente atada a espacio y tiempo. Como él desciende desde la materia gruesa, por si muerta, la cual no lleva en si vida propia, él tampoco posee fuerza viva. Esa circunstancia se manifiesta, lógicamente, en todos los actos del intelecto, lo cual, por lo tanto, permanece imposibilitado de inserir algo vivo en sus obras.

En ese acontecimiento natural inmutable se encuentra la llave para las ocurrencias sombrías durante la existencia del ser humano sobre esta pequeña Tierra.

¡Tenemos que aprender finalmente a distinguir entre el espíritu y el intelecto, entre el núcleo vivo del ser humano y su instrumento! Si ese instrumento es colocado por sobre el núcleo vivo, como ocurrió hasta ahora, resulta algo insano que hay de llevar en si ya en el origen el germen de la muerte, y luego, aquello que es vivo, lo más sublime, lo más precioso, será sofocado, atado y separado de su indispensable actividad, hasta que, inacabado, yérgase libremente de los escombros en el inevitable colapsar de la construcción muerta.

Imaginemos ahora en vez de “Era una vez” la pregunta: “¿Cómo era antiguamente?” Cuán diverso es su efecto. Pronto se observa la gran diferencia. La primera frase habla para la intuición, que está en ligazón con el espíritu. Ya la segunda se dirige al intelecto. Imágenes muy diferentes surgen con eso. Son de antemano limitadas, frías, sin calor de vida, porque el intelecto no tiene otra cosa para dar.

La mayor culpa de la humanidad, sin embargo, desde el principio, ha sido haber colocado ese intelecto, que solamente puede formar cosas incompletas y sin vida, sobre un alto pedestal, lo adorando literalmente y danzando a su alrededor. Le ha sido dado un lugar que sólo debía ser reservado para el espíritu.

Tal emprendimiento se halla, en todo, en oposición a las determinaciones del Creador y, por lo tanto, contra la naturaleza, ya que éstas yacen ancladas en la actividad de la naturaleza. Por consiguiente, tampoco nada puede conducir a un verdadero albo, al contrario, todo ha que colapsar en el punto en que la cosecha deba comenzar. No es posible de otro modo, pero si un acontecimiento natural, previsible.

Solamente es diferente en la mera técnica, en cada industria. ¡Ésta alcanzó un alto nivel a través del intelecto y progresará aún mucho más en el futuro! El hecho, sin embargo, sirve como prueba de la veracidad de mis declaraciones. La técnica es y siempre permanecerá, en todas las cosas, puramente terrena, muerta. Como el intelecto, pues, también pertenece a todo lo que es terrenal, consigue, en lo que se refiera a la técnica, desenvolverse admirablemente, realizar hechos realmente grandes. ¡Él se encuentra ahí en el lugar cierto, en su verdadera incumbencia! ¡Sin embargo, allá donde es necesario tomar en consideración también lo que es “vivo”, es decir, esencialmente humano, el intelecto no basta en su especie y por lo tanto tiene que faltar, apenas cuando no sea conducido ahí por el espíritu! Pues sólo el espíritu es vida. Éxito en una muy determinada especie puede llevar siempre solamente la actuación de la igual especie. ¡Por esta razón, el intelecto terreno jamás podrá actuar en el espíritu! Por este motivo constituyó una grave falta de esa humanidad, el hecho de haber colocado el intelecto por sobre la vida.

Con eso, el ser humano cambió su tarea, la puso, a bien decir, de cabeza para bajo, contra la determinación criadora, es decir, totalmente natural, al conferir al intelecto, que viene en segunda posición, solamente terrenal, el lugar más alto, que pertenece al espíritu vivo. Con eso, por su parte, se torna muy natural que ahora sea obligado a buscar penosamente desde abajo hacia arriba, en lo que el intelecto, puesto arriba, con su restricta facultad de comprensión, impide cualquier visión más amplia, en lugar de poder ver, a través del espíritu, desde arriba hacia abajo.

Si quiera despertar, entonces el ser humano es obligado, antes de eso, a “invertir las luces”. Colocar lo que ahora está arriba, el intelecto, en el lugar que le ha sido destinado por naturaleza, y llevar el espíritu otra vez al lugar más elevado. Esa inversión necesaria no más es tan fácil para el ser humano de hoy. —

El acto inversor de antaño de los seres humanos, que se colocó tan incisivamente en contra la voluntad del Creador, por consiguiente, contra las leyes de la naturaleza, ha sido el “pecado original” propiamente dicho, cuyas consecuencias nefastas nada dejan a desear; pues éste entonces se ha transformado en el “pecado hereditario”, porque la elevación del intelecto a dominador único trajo, por su parte, también la natural consecuencia de que el cuidado y la actuación tan unilateral fortaleciese con el tiempo también el cerebro unilateralmente, de modo que ha crecido solamente la parte que tiene que ejecutar el trabajo del intelecto, y la otra tuvo que debilitar. Por eso, esa parte atrofiada por negligencia sólo consigue hoy actuar aún como un cerebro de sueños poco confiable, que además está bajo la poderosa influencia del así nombrado cerebro diurno, que acciona el intelecto.

La parte del cerebro, que debe constituir el puente hacia el espíritu, mejor dicho, el puente del espíritu hacia todo lo que es terreno, fue, por lo tanto, paralizada con eso, una ligazón rota, o por lo menos bastante aflojada, con lo que el ser humano impidió para si toda la acción del espíritu y con él también la posibilidad de tornar su intelecto “animado”, espiritualizado y vivificado. Ambas las partes del cerebro deberían haber sido desenvolvidas muy uniformemente, para una actividad común y armónica, como todo en el cuerpo. El espíritu conduciendo y el intelecto ejecutando aquí en la Tierra. Se torna así evidente que debido a eso toda la actividad del cuerpo, y incluso éste, nunca puede ser así como él debe ser. ¡Ese acontecimiento se manifiesta naturalmente a través de todo! ¡Porque con eso hace falta el esencial para todas las cosas terrenas!

Es un hecho fácil de comprender que con el impedimento estaban atados concomitantemente también el alejamiento y la alienación del divino. Pues no más había camino hacia allá.

Eso tuvo, por ultimo, nuevamente la desventaja que ya desde hace milenios todo cuerpo de niño, que nace, lleva hacia la Tierra el cerebro anterior del intelecto tan grande, a causa de la herencia de alcance cada vez mayor, que de antemano todo niño, debido a esa circunstancia, será otra vez fácilmente subyugado por el intelecto, apenas cuando ese cerebro entre en plena actividad. El abismo entre las dos partes del cerebro se tornó ahora tan grande, la relación de las posibilidades de trabajo tan desiguales que, sin una catástrofe, en la mayor parte de los seres humanos no más se consiga una mejora.

El actual ser humano de intelecto no más es una criatura humana normal, pero a él le hace falta todo el desenvolvimiento de la parte principal de su cerebro, perteneciente al ser humano completo, debido a la atrofia procesada desde milenios. ¡Todo ser humano de intelecto, sin excepción, tiene solamente un cerebro normal lisiado! Por consiguiente, dominan la Tierra, hace milenios, lisiados de cerebro, consideran los seres humanos normales como enemigos y buscan subyugarlos. ¡En atrofiarse se consideran capaces de realizar mucho y no saben que la criatura humana normal tiene condiciones de realizar diez veces más y producir obras que poseen duración y que son más perfectas de lo que los emprendimientos actuales! ¡El camino para obtener tal capacitación está abierto a cada investigador verdaderamente sincero!

¡Sin embargo, un ser humano de intelecto no más podrá estar tan fácilmente en condiciones de comprender algo que hace parte de la actividad de esa parte atrofiada de su cerebro! Él simplemente no es capaz de comprender, aunque si lo quisiera, y solamente debido a su estrechez voluntaria es que mofa de todo lo que no está a su alcance y que nunca más podrá ser comprendido por él, en consecuencia de su cerebro en verdad retrogrado, anómalo. Ahí reposa exactamente la parte más terrible de la maldición de esa aberración antinatural. La cooperación armoniosa entre las dos partes del cerebro humano, que es absolutamente necesaria para una criatura humana normal, es algo definitivamente imposible para los actuales seres humanos de intelecto, que denominamos materialistas. —

Ser materialista no es acaso un elogio, pero si la legitimación de un cerebro atrofiado.

Domina, por consiguiente, hasta ahora en esta Tierra el cerebro antinatural, cuya actuación, por ultimo, evidentemente, tiene que traer la ruina inevitable de todo, pues todo aquello, lo cuanto él también quiera traer, ya contiene en si desde el principio, naturalmente, desarmonía y enfermedad, debido a la atrofia.

En esto ahora nada más hay para cambiar, pero se debe aguardar tranquilamente el desmoronamiento que se procesa de forma natural. ¡Entonces, sin embargo, viene el dia de la resurrección para el espíritu, y también una nueva vida! ¡Con eso estará aniquilado para siempre el esclavo del intelecto que, desde hace milenios, tiene la palabra! Nunca más él podrá elevarse, porque la prueba y la vivencia propia por ultimo lo forzarán a someterse voluntariamente, como enfermo y pobre de espíritu, a lo que era incapaz de comprender. Nunca más a él le será dado la oportunidad de levantarse contra el espíritu, sea con escarnio, sea con aparente derecho, usando violencia, como también ha sido practicado contra el Hijo de Dios, que tuvo que luchar contra eso. Antaño, aún hubiera sido posible evitar muchas desgracias. Pero ahora no más; pues en ese intervalo se tornó imposible reatar la debilitada ligazón entre las dos partes del cerebro.

Habrá muchos seres humanos de intelecto, que una vez más querrán mofar de las explicaciones en esta disertación, sin embargo, sin ahí, como siempre, además de lugares comunes vacíos, poder presentar siquiera una contraprueba realmente objetiva. Sin embargo, todo aquél que busca sinceramente y que raciocina tiene que tomar ese alboroto ciego solamente como nueva prueba de lo que aquí aclaré. Tales personas simplemente no pueden, aunque se empeñen para tanto. Las consideremos, por lo tanto, de hoy en adelante, como enfermos que pronto necesitarán de auxilio y... aguardemos calmamente. No hay necesidad de lucha tampoco de ningún acto de violencia para forzar el progreso necesario; pues el fin vendrá por si mismo. También ahí se efectúa el acontecimiento natural de forma totalmente inexorable y también puntual en las leyes inamovibles de todas las reciprocidades. — —

Una “nueva generación” debe surgir entonces, de acuerdo con tantas predicciones. Esa no será constituida, sin embargo, solamente de nuevos nacimientos, tenidos como dotados de un “nuevo sentido”, conforme ya fue observado ahora en California y también en Australia, pero sí principalmente de personas que ya viven en la Tierra, que en tiempo próximo se tornarán “videntes” debido a muchos acontecimientos que están por venir. Tendrán, entonces, el mismo “sentido” que los actuales recién-nacidos; pues ese sentido nada más es de lo que la capacidad de estar en el mundo con el espíritu abierto y libre, lo cual no más se deja subyugar por las restricciones del intelecto. ¡Con eso, el pecado hereditario será finalmente extinguido!

Todo eso, sin embargo, nada tiene que ver con las propiedades denominadas hasta ahora de “facultades ocultas”. ¡Se trata solamente de la criatura humana normal, como debe ser! El “tornarse vidente” no tiene relación alguna con la “clarividencia”, pero si significa el “examinar”, el reconocer.

Los seres humanos estarán entonces en condiciones de distinguir todo sin ser influenciados, lo que nada más significa de lo que formar un juicio propio. Ellos ven el ser humano de intelecto tal cual es realmente, en su tan peligrosa restricción, tanto para él como para su ambiente, de la cual concomitantemente se originan la arrogancia de dominar y la manía de querer tener siempre razón, que, en la verdad, hace parte de eso.

¡Verán también, como desde milenios, en severa consecuencia, la humanidad entera ha sufrido bajo ese yugo, una vez de esa, otra vez de otra forma, y como esa afección cancerosa, cual enemigo hereditario, siempre se dirigió contra el desenvolvimiento del espíritu humano libre, la principal finalidad en la existencia de la criatura humana! Nada les escapará, ni mismo la amarga certeza de que la aflicción, todos los sufrimientos, cada una de las caídas, habían que originarse de ese mal, y que la mejora nunca pudo ocurrir, porque cada reconocimiento más amplio estaba excluido de antemano debido a la restricción de la facultad de comprensión.

Como el despertar, sin embargo, también habrá cesado toda la influencia, todo poder de esos seres humanos de intelecto. Para todos los tiempos; pues se inicia entonces una nueva y mejor época para la humanidad, donde el antiguo no más puede mantenerse.

Con eso, vendrá la necesaria, ya hoy deseada por centenas de millares, victoria del espíritu por sobre el intelecto que falla. Muchas de las masas, hasta ahora inducidas a error, aún reconocerán con eso que hasta entonces habían interpretado de modo completamente errado la expresión “intelecto”. La mayoría, sin examinar, lo aceptó simplemente como un ídolo, sólo porque también los demás lo presentaban así, y porque todos sus adeptos siempre sabían presentarse, por la violencia de las leyes, como dominadores absolutos y infalibles. Muchos, debido a eso, ni se esfuerzan por descubrir la verdadera vacuidad y las fallas que se ocultaban tras de eso.

Sin embargo, existen seguramente también otros que, desde hace decenios, vienen luchando contra ese enemigo con tenaz energía y convicción, oculta y, en parte, también abiertamente, expuestos a veces también a los más pesados sufrimientos. ¡Sin embargo, lucharon, sin conocer el propio enemigo! Y eso dificultaba, lógicamente, el éxito. Lo ha tornado de antemano imposible. La espada de los luchadores no era muy afilada, porque la iban gastando constantemente al golpear en hechos secundarios. Con esos hechos secundarios, sin embargo, golpeaban también siempre al acaso, desperdiciando las propias fuerzas, y provocaron solamente desunión entre si, que hoy aumenta cada vez más.

Hay en la realidad solamente uno enemigo de la humanidad al largo de toda la línea: ¡el dominio, hasta ahora irrestricto, del intelecto! Eso ha sido el grande pecado original, la más grave culpa del ser humano, que trajo todos los males. Eso se tornó el pecado hereditario, y eso también es el anticristo, sobre lo cual ha sido anunciado, que levantará su cabeza. En términos más claros, el dominio del intelecto es su instrumento, bajo lo cual los seres humanos a él le están sumisos. A él, el enemigo de Dios, al propio anticristo... ¡Lucifer! *(Disertación Nro 89: El anticristo)

¡Nos encontramos en el medio de esa época! Él habita hoy en cada ser humano, listo para destruirlo, pues su actividad causa el inmediato alejamiento de Dios, como consecuencia totalmente natural. Él intercepta el espíritu, apenas cuando pueda reinar.

Ahí por que debe el ser humano mantenerse en constante vigilancia. —

No debe, por eso, acaso disminuir su intelecto, pero si transformarlo en instrumento, que él es, y no tornarlo una voluntad determinante. ¡No tornarlo señor!

La criatura humana de la generación venidera podrá contemplar los tiempos de hasta ahora solamente aún con asco, horror y con vergüenza. Semejante a lo que se pasa con nosotros, cuando entramos en una antigua cámara de tortura. También ahí vemos los malos frutos del frío dominio del intelecto. ¡Pues es incontestable que una persona con sólo un poquito de corazón y consecuente actividad espiritual jamás hubiera inventado un tal horror! En el general, sin embargo, hoy esto no es diferente, solamente algo disfrazado, y las miserias de las masas son idénticos frutos podridos, como la antigua tortura individual.

Cuando el ser humano lance una mirada retrospectiva, entonces no más cesará de menear la cabeza. Él preguntará a si mismo como ha sido posible soportar tales errores en silencio durante milenios. La respuesta es, evidentemente, muy sencilla: por la violencia. Para dondequiera que se mire, se puede reconocerlo bien nítidamente. Excluyendo los tiempos de la remota antigüedad, basta que entremos en las ya citadas cámaras de tortura, que aún hoy pueden ser vistas por toda parte, y cuya utilización no está tan lejos así de la época presente.

Sentimos escalofríos, cuando contemplamos eses antiguos instrumentos. ¡Cuanta brutalidad fría hay en eso, cuanta bestialidad! Seguramente, ninguna persona del tiempo actual tendrá dudas de que tales practicas constituyeron pesados crímenes. Se ha cometido con eso, en los criminosos, un crimen aún mayor. Pero también muchos inocentes fueron arrancados de la familia y de la libertad, y lanzados con brutalidad en aquellas mazmorras. Cuántos llantos, cuántos gritos de dolor se hacían oír de los que estaban allí enteramente a merced de sus verdugos. Seres humanos tuvieron que sufrir cosas, ante de las cuales, en pensamiento, sólo se puede sentir rechazo y pavor. Cada uno pregunta a si mismo, involuntariamente, si de hecho ha sido humanamente posible haber pasado todo eso con esos indefensos, y además bajo la apariencia de todo el derecho. Uno derecho que antaño sólo se arrogó por la violencia. Y ahora nuevamente, a través de dolores físicas, se ha forzado confesiones de culpa de sospechosos para que, de esa forma, sin percances, pudiesen ser asesinadas. Aunque tales confesiones de culpa sólo fueron obtenidas a la fuerza y prestadas solamente para huir a esos impiedosos malos tratos corporales, ellas eran suficientes a los jueces, que necesitaban de tales confesiones para cumplir la “palabra” de la ley. ¿Supondrían esos individuos mediocres realmente que con eso podían lavarse también ante la voluntad divina? ¿De librarse de la acción inexorable de la ley fundamental de una reciprocidad?

O todas esas criaturas humanas eran escoria de los más endurecidos criminosos, que se arrogaron el derecho de someter otros a juicio, o queda demonstrado a través de eso, tan nítidamente, la estrechez malsana del intelecto terreno. No puede haber un medio termino.

Según las leyes divinas de la Creación, todo dignatario, todo juez, no importa cual oficio ejerzca aquí en la Tierra, no debería nunca quedar, en su actuación, bajo la guarida del oficio que ejerce, pero sí, sólo y de forma puramente personal, sin protección como cualquier otra persona, hubiera que asumir él mismo con la plena responsabilidad, por todo cuanto haga en su oficio. Y no sólo espiritualmente, sino también terrenamente. Así cada cual tomaría las cosas mucho más en serio y con más cuidado. Y los así llamados “errores” con toda la certeza no más se repetirán tan fácilmente, cuyas consecuencias jamás pueden ser reparadas. Sin mencionar los sufrimientos físicos y anímicos de las personas alcanzadas y de sus familiares.

¡Examinemos una vez aún el capitulo también perteneciente a este tema de los procesos de las nombradas “brujas”!

Quién tuvo alguna vez acceso a los autos de tales procesos, a él le gustaría de, enrojecido de vergüenza, desear para sí, nunca haber hecho parte de esta humanidad. Bastaba, antaño, un ser humano poseer conocimientos sobre plantas terapéuticas, sea ante experiencia practica o adquirida por tradición, y con eso prestar ayuda a personas enfermas que se lo requiriesen, luego era arrastrado sin piedad a esa tortura, de que por fin sólo se lo libraba la muerte en la hoguera, si su cuerpo no sucumbiese antes a ésas crueldades.

Incluso la belleza corporal podía servir antaño de motivo para eso, principalmente la castidad que no se subyugaba.

¡Y entonces aún las atrocidades horrendas de la Inquisición! *(Corte del Santo Oficio) ¡Relativamente pocos son los años que nos separan de ese “antaño”!

De la misma forma que hoy reconocemos esa injusticia, también las reconocían antaño el pueblo. Pues éste no estaba aún tan restringido por el “intelecto”, en él aún repuntaba aquí y allá el sentimiento, el espíritu.

¿No se reconoce hoy una total estrechez en eso todo? ¿Una estupidez irresponsable?

Se habla sobre eso con superioridad y encojer de hombros, sin embargo, en el fondo nada se ha cambiado ahí. ¡Aún se conserva intacta la presunción estrecha delante de todo lo que no ha sido comprendido! Sólo que en lugar de esas torturas se recorre actualmente a la burla publica en todo lo que, debido a la propia estrechez, no se comprende. Que cada cual golpee en el pecho y piense primero sobre eso, sin ahí preservarse. Toda la persona, que posee la capacidad de saber lo que para los demás es inaccesible, que tal vez pueda ver, con los ojos de materia fina, también el mundo de materia fina como un fenómeno natural, lo que a la brevedad no provocará más dudas, mucho menos ataques brutales, será de antemano considerada como impostora por los héroes del intelecto, es decir, por criaturas humanas no completamente normales, y tal vez también ante la justicia.

Y ay de aquél, que no sabe lo que hacer con eso y que con la mayor inocencia habla de esas cosas que ha visto y oído. Habrá que sentir miedo, como los primeros cristianos bajo el dominio de Nero con sus auxiliares siempre listos para cometer asesinatos.

Caso esa persona aún posea otra facultades, que nunca podrán ser comprendidas por los pronunciados seres humanos de intelecto, entonces ella será implacablemente y sin piedad perseguida, calumniada y puesta al margen, si no se someta bajo a la voluntad de todos; si es posible, será tornada “inocua”, conforme se suele expresar tan hábilmente. Nadie siente remordimientos a causa de eso. Un tal ser humano vale aún hoy como caza libre de cualquier individuo a veces interiormente muy poco limpio. Cuanto más restricto un ser humano, mayor también la ilusión de perspicacia y el pendiente hacia la arrogancia.

¡No se ha aprendido nada con esos acontecimientos de los viejos tiempos, con sus torturas y hogueras, y ridículos autos de los procesos! Pues aún hoy cualquier persona puede impunemente macular y ofender lo que es fuera del común y no comprendido. En eso no es diferente de lo que ha sido antaño.

Peor todavía de lo que con la justicia, ha sido en las inquisiciones criadas por la Iglesia. Aquí, los gritos de los martirizados eran sobrepujados por oraciones beatas. ¡Era un escarnio en relación a la voluntad divina en la Creación! Los representantes eclesiásticos de aquellos tiempos demostraban con eso que no tenían la minima noción de la verdadera enseñanza de Cristo, tampoco de la divinidad y de su voluntad creadora, cuyas leyes reposan de modo inmoble en la Creación y ahí actúan, homogéneamente desde el principio hasta el fin de los tiempos.

Dios dio al espíritu humano, en su constitución, el libre-arbitrio de la decisión. Solamente en él es que él puede madurar así como debe, lapidarse y desenvolverse plenamente. Sólo ahí encuentra la posibilidad para tanto. Si, sin embargo, esa voluntad libre sea reprimida, se torna un obstáculo, cuando no un retroceso violento. Sin embargo, las iglesias cristianas, también muchas religiones, combatían antaño esa determinación divina, se oponiendo a ella con la mayor crueldad. Querían, por medio de torturas, y por fin por la muerte, obligar las personas a enveredar y seguir por caminos, hacer confesiones que eran contra sus convicciones, es decir, contra su voluntad. Con eso, pecaban contra el mandamiento divino. Sin embargo, no solamente eso, pero impedían también las personas en la evolución de su espíritu, y las tiraban centenas de años hacia tras.

¡Si solamente una chispa de verdadero sentimiento, por lo tanto, del espíritu, hubiese se manifestado en eso, entonces tal hecho jamás debería y podría haber ocurrido! Solamente la frialdad del intelecto trajo así ese procedimiento deshumano.

Es comprobado por la historia que incluso muchos papas mandaron trabajar con puñal y con veneno para realizar sus deseos puramente terrenos, sus objetivos. Eso sólo se podía pasar bajo el dominio del intelecto, que en su marcha triunfal todo subyugaba, sin detenerse delante cosa alguna. —

Y sobre todo eso pairaba y paira, con hecho inamovible, la voluntad férrea de nuestro Criador. Al pasar hacia el más Allá, cada persona queda desnuda del poder terreno y de su protección. Su nombre, su posición, todo quedó hacia tras. Solamente una pobre alma humana traspasa hacia el más Allá, para ahí recibir, usufructuar lo que sembró. ¡No es posible siquiera una excepción! Su camino la conduce a través de toda el engranaje de la incondicional reciprocidad de la justicia divina. ¡Allá no existe ninguna Iglesia, ningún Estado, pero sí solamente almas humanas individuales, que tienen que prestar cuentas, personalmente, de cada uno de los errores que cometieron!

Quién actúa contra la voluntad de Dios, es decir, quien peca en la Creación, queda sometido a las consecuencias de tal transgresión. No importa quien sea y bajo qué pretexto haya sido cometido. Que sea un ser humano individual, bajo la cobertura de la Iglesia, de la justicia... ¡un crimen contra el cuerpo o contra el alma es y sigue siendo crimen! Eso no puede ser alterado de forma alguna, ni mismo a través de una apariencia de derecho, que en absoluto ni siempre es lo correcto; pues evidentemente las leyes también fueran establecidas solamente por los seres humanos de intelecto y, por consiguiente, tienen que contener restricción terrena.

Fijarse, por ejemplo, la legislación de muchos países, principalmente de la America Central y del Sur. La persona que hoy gobierna y que por eso recibe todas las honrarías puede, ya mañana, terminar en una cárcel como criminosa o ser ejecutada, caso su adversario consiga tomar ese gobierno por un golpe de fuerza. Caso malogre, en lugar de ser él proclamado regente, pasará a ser considerado como criminoso y perseguido. Y todas las autoridades constituidas sirven de buen agrado, tanto a uno como a otro. Incluso un viajero, dando vueltas al mundo, tiene muchas veces que cambiar de conciencia como quien cambia de ropa, cuando pasa de un país a otro, para poder ser considerado bueno en todas las partes. Lo que en un país es considerado como crimen, en el otro muchas veces es permitido y, además, tal vez incluso bien-visto.

Eso naturalmente sólo es posible en las conquistas del intelecto terreno, pero nunca donde el intelecto debe asumir su escalón como instrumento del espíritu vivo; pues quien escucha el espíritu jamás ignorará las leyes de Dios. Y dónde éstas sean tomadas como fundamento, allá no puede haber defectos tampoco lagunas, pero sí solamente unidad, que lleva consigo felicidad y paz. Las manifestaciones del espíritu en todas las partes, en sus líneas generales, solamente pueden ser siempre las mismas. Jamás se opondrán unas a las otras.

También la ciencia del derecho, la medicina, la política, tiene que permanecer oficio imperfecto allá, donde solamente el intelecto puede constituir la base y donde hace falta el espiritual. Simplemente no es posible de otro modo. Se partiendo en ese caso, evidentemente, siempre del verdadero concepto de “espíritu”. —

El saber es un producto, el espíritu, sin embargo, vida, cuyo valor y cuya fuerza sólo pueden ser medidos según sus conexiones con el origen del espiritual. Cuanto más intima sea esa conexión, tanto más valerosa y poderosa hay de ser la parte que se ha desprendido del origen. Cuanto más floja, sin embargo, tornarse esa conexión, tanto más lejos, extraña, aislada y débil tiene que ser también la parte salida del origen, es decir, el respectivo ser humano.

Todas esas son evidencias tan sencillas, que no se puede comprender como los seres humanos de intelecto, que erraron el camino, puedan pasar siempre y siempre de nuevo como ciegos por eso. ¡Pues lo que la raíz trae, reciben el tronco, la flor y el fruto! Pero también en eso se muestra esa desesperada auto-restricción en la comprensión. Penosamente han construido una muralla a su frente y ahora no más pueden mirar por arriba y mucho menos a través de ella.

Sin embargo, a todos los espiritualmente vivos ellos han, con su sonrisa mofadora y presuntuosa, con sus ares de superioridad y mirar de desprecio para otros aún no tan esclavizados, que asemejarse a veces a pobres tontos enfermos, los cuales, a pesar de toda la compasión, se debe dejar en su ilusión, porque su limite de comprensión deja pasar sin impresiones incluso los hechos reales de comprobaciones contrarias. Todo y cualquier esfuerzo para mejorar alguna cosa en eso debe asemejarse solamente a los intentos vanos de involucrar un cuerpo enfermo con un manto nuevo y muy vistoso, a fin de restablecer también simultáneamente la salud.

Ya ahora el materialismo está más allá de su punto culminante, y en la brevedad, fallando por toda la parte, habrá que colapsar en sí. No sin en eso arrastrar consigo mucha cosa buena. Sus adeptos ya llegaron al fin de sus posibilidades, a la brevedad quedarán confusos en relación a su propia obra y después a si mismos, sin percibir el abismo que se abrió ante ellos. En poco tiempo serán cual un rebaño sin pastor, no confiando unos en los otros, cada cual siguiendo su propio camino y, sin embargo, se elevando aún orgullosamente por encima de los demás. Irreflexionadamente, siguiendo solamente el habito anterior.

Con todas las señales de la apariencia exterior de su vacuidad ellos, por fin, también tumbarán a las ciegas en el abismo. Consideran aún como espíritu, aquello que solamente es producto de sus propios cerebros. ¿Como, sin embargo, puede la materia muerta generar espíritu vivo? En muchas cosas se muestran orgullosos por su pensar exacto y, en los temas esenciales, sin lo mínimo escrúpulo, dejan lagunas de la mayor irresponsabilidad.

Cada nuevo paso, cada intento de mejora, habrá que llevar siempre nuevamente en sí toda la aridez de la obra del intelecto, y así el germen de la decadencia inevitable.

Todo lo cuanto digo de tal naturaleza no es ninguna profecía, ninguna predicción sin base, y sí la consecuencia inalterable de la voluntad criadora, que todo vivifica, cuyas leyes ya aclaré en mis numerosas disertaciones precedentes. Quien sigue conmigo en espíritu los caminos nítidamente señalados en las mismas también tiene que abarcar con la vista el fin inevitable y reconocerlo. Y todos los indicios para eso ya están ahí.

Se lastima y se grita, se ve con asco de qué manera las excrecencias del materialismo se exhiben hoy en formas casi increíbles. Se implora y se ruega por la liberación del sufrimiento, por la mejora, por la cura de ese declive ilimitado. Los pocos, que aún pudieron salvar cualquier emoción de su vida anímica de esa tempestad de acontecimientos increíbles, que no se sofocaron espiritualmente en la decadencia general que ilusoriamente lleva con orgullo en la frente el nombre “progreso”, se sienten como expulsados, retrasados, y también como tales son considerados y ridicularizados por los seguidores sin alma de la época moderna.

¡Una corona de laureles a todos cuantos tuvieron el coraje de no juntarse a las masas! ¡Que altivamente se abstuvieron de la rampa inclinada que lleva hacia bajo!

¡Es un sonámbulo aquél que por eso aún se considere hoy un infeliz! ¡Abrid los ojos! ¿No vedes, pues, que todo lo que os oprime ya es el comienzo del repentino fin del materialismo, que actualmente sólo domina de manera aparente? La construcción entera ya está para colapsar, sin la participación de los que bajo él sufrieron y aún habrán que sufrir. La humanidad de intelecto tiene ahora de cosechar lo que durante milenios genero, alimento, crió y aduló.

Para el calculo humano, un largo periodo, para las molinos automáticos de Dios en la Creación, uno breve lapso de tiempo. Para dónde vosotros miráis, en toda la parte surge el malogro. Flota retrocediendo y se represa de forma amenazadora, se elevando como un pesado dique para, en la brevedad, se precipitando y colapsando, soterrar fondo sus adoradores bajo sí. Se trata de la ley inexorable de la reciprocidad, que tiene que mostrarse de modo terrible en ese desencadenamiento, porque durante milenios, a pesar de múltiplas experiencias, nunca hubo una alteración para algo más elevado, y sí, al contrario, ha sido aumentado más aún el mismo camino errado.

¡Desalentados, el tiempo es llegado! Levantad la frente, que tantas veces tuvisteis que bajar llenos de vergüenza, cuando la injusticia y la estupidez pudieron os infligir sufrimiento tan profundo. ¡Afrontad hoy tranquilamente el adversario, que de esa manera os quiso subyugar!

La veste pomposa de hasta ahora ya está muy desgastada. A través de todos sus hoyos ya se ve finalmente la figura en su forma verdadera. Inseguro, pero ni por eso menos arrogante, el agotado producto del cerebro humano, el intelecto, que si elevar a espíritu, mira desde ella hacia fuera... ¡sin comprender!

Arrancad tranquilamente la venda y mirad más nítidamente al rededor de vosotros. Ya un vistazo en algunos buenos periódicos transmite a un mirar claro toda una serie de cosas. Se ve un esfuerzo obstinado para agarrarse aún a toda la vieja apariencia. Se busca, con arrogancia y no raro con sarcasmos groseros, tapar toda esa incomprensión que cada vez se muestra más nítidamente. Muchas veces una persona quiere, empleando expresiones insípidas, juzgar algo de lo que, en la realidad, no posee evidentemente siquiera uno vislumbre de comprensión. Incluso aún personas con calidades muy buenas se desbandan hoy desamparadas hacia caminos poco limpios, solamente para que no tengan que confesar que muchas cosas ultrapasan la capacidad de comprensión de su propio intelecto, sobre lo cual únicamente querían apoyarse hasta ahora. No perciben lo ridículo del procedimiento, no ven los puntos débiles que de esa manera sólo ayudan a aumentar. Confusos, ofuscados, se encontrarán a la brevedad delante de la Verdad y, entristecidos, lanzarán una mirada por sobre su vida fracasada, ahí reconociendo finalmente, envergonzados, que había estupidez precisamente allá, dónde se tenían como sabios.

¿Hasta que punto ya se llegó hoy? ¡El ser humano musculoso es triunfo! ¿Acaso un investigador serio, que en lucha durante decenios ha descubierto un suero que anualmente ha regalado centenares de millares de personas, adultos y menores, con protección y también ayuda contra los peligros de enfermedades fatales, pudo celebrar tamaños triunfos como un boxeador, que vence su adversario con ruda brutalidad puramente terrena? ¿O como un aviador que, con un poco de coraje, no más de lo que cada combatiente había que tener en el campo de batalla, ejecuta un importante vuelo, gracias a su excelente maquina? Es considerado casi un acontecimiento político. ¿Acaso una única alma humana saca algun provecho con eso? ¡Sólo terrenal, completamente terrenal, es decir, inferior en toda la obra de la Creación! Correspondiendo enteramente al becerro de oro de la actividad del intelecto. ¡Como triunfo de ese príncipe ficticio de barro, tan preso a la Tierra, por sobre la restricta humanidad! — —

¡Y nadie ve ese resbalar vertiginoso rumbo al abismo horrendo!

Quien intuye eso se mantiene mientras tanto aún en silencio, con la conciencia vergonzosa, de que sería ridicularizado si hablase. Se trata ya de una confusión absurda, donde, sin embargo, despunta el reconocimiento de la incapacidad. Y con el presentir del reconocimiento, todo se revoluciona aún más, ya por porfía, por vanidad, y no por último por el temor y por el pavor de lo que hay de sobrevenir. ¡No se quiere por ningún precio ya pensar en el fin de ese grande error! ¡Se torna un agarrar obstinado a la orgullosa construcción de los milenios pasados, que se asemeja en todo a la construcción de la torre de Babel y que también resultará idénticamente!

El materialismo, hasta ahora no perturbado, lleva en sí el presentimiento de la muerte que, a cada mes, se torna más evidente. —

¡En las innumerables almas, sin embargo, eso se hace sentir, por toda la parte, en toda la Tierra! Por sobre el brillo de la Verdad sólo resta aún una tenue camada de las concepciones viejas y falsas que el primer golpe de viento purificador sopla hacia lejos, de modo a así liberar el núcleo, cuyo lucir se atará a tantos otros, para ostentar su aureola radiante que se eleva como una llama de agradecimiento en dirección hacia el reino de la luminosa alegría, a los pies del Criador.

¡Esta será la época del tan anhelado Reino del Milenio, que está delante de nosotros como grande estrella de la esperanza en radiante promesa!

¡Con eso, estará remido finalmente el grande pecado de toda la humanidad contra el espíritu, que lo dejó atado a la Tierra por medio del intelecto! ¡Solamente ese es entonces el camino cierto para el regreso al natural, el camino de la voluntad del Criador, que quiere que las obras de los seres humanos sean grandes y perfluidas por intuiciones vivas! ¡La victoria del espíritu será simultáneamente también la victoria de lo más puro amor!

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