En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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Contenido


76. La lucha en la naturaleza

Necios, vosotros que siempre de nuevo preguntáis si es cierta la lucha en la Creación, vosotros que la consideráis solamente como crueldad, ¿no sabéis vosotros que con eso os designáis como débiles, como nocivos para cualquier posibilidad actual de ascensión?

¡Despertad finalmente de esa flojedad inaudita, la cual sólo deja el cuerpo y el espíritu hundir lentamente, jamás, sin embargo, elevarse!

¡Mirad a vuestro alrededor, observando, reconociendo, y tendréis que bendecir la gran fuerza impulsiva que impele hacia la lucha y, con eso, hacia la defensa, hacia la cautela, hacia el estar alerta y para la vida! ¡Ella protege la criatura del envolvimiento por la indolencia mortífera!

¿Acaso podrá un artista alcanzar un punto culminante y mantenerlo, si no se ejercite constantemente, y luche por eso? No importa con qué se ocupe, cuan fuertes sean las capacitaciones que posea. La voz de un cantor pronto se debilitaría, perdería su firmeza, si no pudiese obligarse a ejercitar y aprender siempre de nuevo.

Un brazo sólo puede fortalecerse cuando se esfuerce continuamente. ¡En el desanimar ahí, tiene que debilitar. Y así también cada cuerpo, cada espíritu! Voluntariamente, sin embargo, persona alguna se deja llevar hacia eso. ¡Alguna presión debe existir!

Si tu quieras ser sano, entonces cuida de tu cuerpo y de tu espíritu. ¡Es decir, lo mantenga en rigurosa actividad!

Lo que el ser humano hoy y desde siempre tiene en la cuenta de “cuidar” no es lo cierto. O entiende bajo “cuidar” un dulce ocio, en lo cual, ya por si sólo, se encuentra lo que es debilitador, paralizante, o practica el “cuidar” solamente de modo unilateral, como en cada deporte, es decir, el cuidar se convierte en “deporte”, exceso unilateral, y con eso se transforma en abusos imprudentes, ambiciosos, que son indignos de un humanismo serio. Verdadero humanismo debe, pues, tener delante de los ojos el último albo, que con salto en altura, natación, corridas, equitación, manejar insensatamente no se puede alcanzar. ¡La humanidad y la Creación entera no lucran cosa alguna con semejantes hazañas individuales, para las cuales tantas personas sacrifican muy frecuentemente, la mayor parte de sus pensamientos, de su tiempo y de su vida terrena!

Que tales abusos pudiesen formarse muestra como es falso el camino que la humanidad sigue, y como ella nuevamente también ha direccionado esa grande fuerza impulsora en la Creación solamente hacia carriles errados y con eso la malbarata en juego fútil sino incluso en un perjuicio debido a la obstrucción del progreso sano, para lo cual todos los medios reposan en la Creación.

El curso de las fuertes corrientes del espíritu, las cuales deben favorecer el impulso ascendente, ellos tuercen en su presunción humana de tal modo que, en lugar del beneficio deseado, surgen estagnaciones que actúan como obstáculos, los cuales, retro-actuando, aumentan el impulso hacia la lucha y, por ultimo, reventando, arrastran todo consigo hacia las profundidades.

Es eso con que el ser humano se ocupa hoy predominantemente en sus vacíos juegos y fútiles ambiciones consideradas por ellos científicas. ¡Como perturbador de la paz en toda la armonía de la Creación!

¡Ya hace mucho él habría caído en el sueño indolente de la ociosidad, al cual debe seguir la podredumbre, si no existiese en la Creación felizmente aún el impulso para la lucha, que lo obliga, sin embargo, a moverse! Por en contrario, ya hace mucho tiempo tendría llegado a la arrogancia de que Dios debe cuidar de él a través de Su Creación, como en los sueños del país de las delicias. ¡Y si, para tanto, expresa su agradecimiento en una oración, sin participación del espíritu, entonces su Dios está con eso altamente recompensado, pues existen muchos que ni Le agradecen por eso!

¡Así es el ser humano, y de hecho nada diferente!

¡Él habla de crueldad en la naturaleza! No le ocurre la idea de, antes de todo, examinarse una vez a si mismo. Sólo quiere siempre solamente criticar.

También en la lucha entre los animales sólo existe bendición, ninguna crueldad.

Basta que se observe bien cualquier animal. Tomemos, por ejemplo, el perro. Cuanto más cuidadosamente es tratado tal perro, tanto más comodista se tornará, más perezoso. Si un perro vive en la sala de trabajo de su dueño y éste pone atención, diligentemente, para que el animal jamás sea pisado, o solamente empujado, aunque se acueste en lugares donde constantemente esté en peligro de poder ser machucado sin intención, como junto a la puerta, etc., eso redunda solamente en perjuicio del animal.

En muy poco tiempo el perro perderá su propia vigilancia. ¡Personas “de buen corazón” dicen, atenuando “afectuosamente”, tal vez hasta conmovidas, que con eso él muestra una “confianza” indecible! ¡Sabe que nadie lo machucará! En la realidad, sin embargo, nada más es de lo que una grave disminución de la capacidad de “vigilancia”, un acentuado retroceso de la actividad anímica.

Si, sin embargo, un animal haya que estar constantemente alerta y en prontitud de defensa, él no solamente se torna y permanece anímicamente vigilante, pero progresará continuamente en inteligencia, lucra de toda manera. Permanecerá vivo en todos los sentidos. ¡Y eso es progreso! ¡Así se da en relación a cada criatura! O entonces sucumbe; pues en eso también el cuerpo debilita poco a poco, se torna más fácilmente accesible a las enfermedades, no tiene más resistencia alguna.

Que el ser humano, también en eso, tiene y ejerce en relación al animal una actitud totalmente errada, en varios sentidos, no sorprenderá un observador atento, una vez que el ser humano, sí, se ha sintonizado contra todo, también contra si mismo y contra toda la Creación, de modo totalmente erróneo, causando espiritualmente solamente perjuicio en toda parte, en lugar de traer beneficio.

Si hoy no más existiese el impulso hacia la lucha en la Creación, lo cual tantos indolentes denominan como cruel, hace mucho tiempo la materialidad ya se encontraría en putrefacción y en descomposición. Actúa aún como algo anímico y físicamente conservador, jamás como algo destruidor, conforme superficialmente solamente aparenta. ¡De otra manera, nada más mantendría esa inerte materia gruesa en movimiento y, con eso, en el saneamiento y en el vigor, después que el ser humano, debido a su desvío, ha torcido de modo tan ignominioso el efecto reparador, a eso específicamente destinado, de la fuerza espiritual que todo prepasa, de modo que ella no puede actuar así como realmente debía! (Compare disertaciones anteriores.)

¡Si el ser humano no hubiese malogrado tanto en su destinación, mucha cosa, todo mismo, se presentaría hoy de modo diferente! Incluso la así llamada “lucha” no se encontraría en esta forma en que se presenta ahora.

El impulso hacia la lucha seria ennoblecido, espiritualizado por la voluntad ascendente de las criaturas humanas. El efecto, primitivamente bruto, en lugar de aumentar como se da ahora, se hubiera modificado con el tiempo debido a la influencia espiritual y correcta, para un impulso común y alegre del desenvolvimiento mutuo, que requiere la misma intensidad de energía que la más violenta lucha. Solamente con la diferencia de que de la lucha sobreviene cansancio, del desenvolvimiento, sin embargo, en efecto retroactivo, mayor intensificación aún. ¡Por fin, se hubiera establecido a través de eso, también en la copia de la Creación, donde la voluntad espiritual del ser humano constituye la influencia más fuerte, el estado paradisíaco de la verdadera Creación, para todas las criaturas, donde no más es necesaria lucha alguna y ninguna aparente crueldad! ¡El estado paradisíaco, sin embargo, no es acaso ociosidad, pero, al contrario, corresponde a la más energética actividad, a la vida real, personal y plenamente conciente!

¡Que eso no pudo ocurrir es culpa del espíritu humano! En eso, vuelvo siempre de nuevo al incisivo pecado original, que describo detalladamente en la disertación “¡Era una vez...!”.*(Disertación Nro 80)

¡Solamente el total fallar del espíritu humano en la Creación, con el empleo abusivo de la fuerza espiritual a él concedida, a través del desvío de los efectos hacia bajo, en lugar de en dirección a las alturas luminosas, ha conducido a los abusos errados de hoy!

Incluso aún la capacidad de reconocer el error, el ser humano ya ha desperdiciado, la perdió. Así, yo solamente predicaría a oídos sordos, si quisiese hablar aún más a tal respecto. ¡Quién realmente quiera “oír” y pueda buscar con sinceridad, encuentra en mi Mensaje todo cuanto necesita! Por toda la parte ha sido dada también aclaración sobre el grande fallar, que causó tan indecible desgracia en tan múltipla configuración. Quién, sin embargo, es espiritualmente sordo, como tantos, tiene, pues, solamente el riesgo inexpresivo de la incomprensión, que debe aparentar saber, pero preconiza, en la realidad, solamente imprudente superficialidad, correspondiente a la máxima estrechez mental. A quién hoy el riesgo idiota de los que son espiritualmente restrictos aún causa alguna impresión, éste, él mismo, nada vale. En este puesto cabe la palabra de Cristo: “¡Dejad, pues, que los muertos entierren a sus muertos!” ¡Pues quien es espiritualmente sordo y ciego, corresponde a espiritualmente muerto!

¡El espíritu humano podía, con su capacidad, transformar el mundo terreno como copia de la Creación, en un Paraíso! No lo hizo y por lo tanto ve ahora el mundo ante sí así como él lo deformo, debido a su influencia errada. ¡En eso se encuentra todo! ¡Por consiguiente, no insultéis por falsa blandura un fenómeno tan importante como la lucha en la naturaleza, que necesariamente aún equilibra algo que el ser humano negligencia! ¡No oséis designar vuestra blandura dulce-sofocadora aún con la expresión “amor”, en la cual criatura humana busca, de tan buen agrado, enfilar sus debilidades! ¡La falsedad y la hipocresía habrán que vengarse amargamente!

¡Por eso ay de ti, criatura humana, como obra corroída de tu arrogancia! ¡Caricatura de lo que deberías ser!

¡Fijad vosotros una vez con calma lo que soléis llamar de naturaleza: las montañas, lagunas, bosques, prados! En todas las estaciones del año. Los ojos pueden saciarse con la belleza de todo aquello que fijan. Y luego reflexionad: ¡lo que tanto os consigue alegrar y proveer reestablecimiento son los frutos de un actuar de todo cuanto es enteal, que se encuentra en la Creación abajo del espiritual, cuya fuerza os ha sido proporcionada!

Después buscad los frutos de vuestro actuar, vosotros que sois espirituales y en eso denomináis como siendo vuestras mucho más aptitudes, pero, por eso, también habríais que efectuar algo más elevado de lo que el enteal que os antecede.

¿Qué veis ahí? ¡Solamente una imitación sin vida de todo aquello, que el enteal ya hizo, pero ningún desenvolvimiento continuo en dirección hacia la altura ideal en lo que es vivo y, con eso, en la Creación! ¡Con instintos criadores simplemente atrofiados, busca la humanidad imitar formas sin vida, en la manera más baja, en cuanto, de espíritu libre y conciente, con la mirada vuelta hacia el divinal, seria capaz de formar algo absolutamente diferente mucho más grandioso!

De la grandiosidad, que sólo proviene del espíritu libre, los seres humanos se privaron criminosamente, y por eso, más allá de imitaciones infantiles, consiguen solamente hacer aún... maquinas, construcciones, técnica. Todo, como ellos mismos: ¡preso a la Tierra, inferior, vacío y muerto!

Ésos son los frutos que los seres humanos ahora, como siendo espirituales, pueden contraponer a la actuación del enteal. ¡Así cumplieron la misión espiritual en la Creación posterior regalada a ellos para tanto!

¿Cómo quieren ahora subsistir en la prestación de cuentas? ¿Puede ahí entonces causar espanto, que el elevado Paraíso haya que permanecer cerrado para las criaturas humanas con el péndulo por lo que es inferior? ¿Debe aún causar sorpresa, si ahora, en el fin, el enteal, reaccionando, destruye completamente la obra tan erradamente conducida por el espíritu humano? —

¡Cuando todo venga a colapsar sobre vosotros, en consecuencia de vuestra incapacidad manifiesta, entonces cubrid vuestro rostro, reconoced envergonzados la inmensa culpa, con que os sobrecargasteis! ¡No intentad, a causa de eso, acusar nuevamente vuestro Criador o llamarLo de cruel, de injusto!

¡Tu, sin embargo, examinador, examina a ti con sinceridad, sin piedad, y entonces busca sintonizar todo tu pensar e intuir, sí, todo su ser, de modo nuevo sobre base espiritual, la cual no más vacilará como la base hasta ahora intelectiva y por eso muy restricta! ¡Quién de eso no sea capaz, éste estará condenado por toda la eternidad! —

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