En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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Contenido


68. Especies de clarividencia

Por mucho tiempo he hesitado en contestar las diversas preguntas sobre clarividencia, porque cada ser humano, que haya leído bien mi Mensaje del Grial, tiene que estar perfectamente informado a tal respeto. Bajo la condición, naturalmente, que no haya leído el Mensaje como mera lectura, como pasatiempo o con prejuicio, pero en él haya se profundizado seriamente y haya considerado importante cada frase, cuyo profundo sentido en sí, así como el hecho de que ella pertenece incondicionalmente a todo el Mensaje, él al menos tiene que esforzarse en examinar; pues así lo es deseado de antemano.

En eso, el espíritu tiene que estar despierto. Personas superficiales deben, de esa manera, ser automáticamente excluidas.

He repetido varias veces que una especie sólo puede ser reconocida siempre por la misma especie. Por esas especies se entiende naturalmente especies de la Creación.

Visto desde abajo hacia arriba, existe la especie de materia gruesa, la especie de materia fina, la especie del enteal y, como más elevada, la especie del espiritual. Cada una de esas especies se subdivide, por su parte, en muchos escalones, de modo a existir fácilmente el peligro de confundir los escalones finos de la materia gruesa con los escalones gruesos de la materia fina. Prácticamente imperceptibles son las transiciones, las cuales en los efectos y fenómenos no son acaso firmemente unidas, al contrario, solamente se engranan unas en las otras.

En cada uno de eses escalones se manifiesta vida de especie diversa. El ser humano dispone de un envoltorio de cada especie de la Creación que se encuentra abajo del espiritual. El núcleo en sí es espiritual. Cada envoltorio corresponde a un cuerpo. El ser humano es, por lo tanto, un núcleo espiritual, que en desenvolvimiento de la autoconciencia adquiere forma humana, la cual, con el desenvolvimiento continuo rumbo a la Luz, se torna cada vez más ideal hasta la más perfecta belleza, con un desenvolvimiento hacia abajo, sin embargo, adquiere cada vez más el contrario de eso, hasta las deformaciones más grotescas. A fin de excluir aquí cualquier equivoco, quiero mencionar especialmente que el envoltorio de materia gruesa o cuerpo no pasa por ese desenvolvimiento. Solamente tiene que cooperar durante corto período y, en el plan terreno de materia gruesa, puede estar sujeto solamente a muy reducidas variaciones.

El ser humano por sobre la Tierra, es decir, en la materia gruesa, lleva consigo los envoltorios de todas las especies de la Creación al mismo tiempo. Cada envoltorio, por lo tanto, cada cuerpo de las diversas especies, tiene también sus propios órganos sensoriales. Los órganos de materia gruesa, por ejemplo, sólo pueden actuar en la misma especie, es decir, en la especie de materia gruesa. Uno desenvolvimiento más refinado ahí provee, en el caso más favorable, la posibilidad de conseguir ver hasta un cierto grado de materia gruesa más fina.

Esa materia gruesa más fina es denominada “astral” por las personas que con ella se ocupan, un concepto, además, que en la verdad tampoco es conocido bien por aquellos que han criado esa expresión, mucho menos aún por los que la repiten. Empleo esa terminología conceptual por ya ser conocida. Además, esa denominación vale, como es usual en investigaciones ocultistas, solamente como una especie concepto colectivo de todo aquello que se conoce, sí, y que se lo presiente como existente, pero que todavía no se puede comprender bien, y menos aún fundamentar. Todo el querer saber de los ocultistas, hasta ahora formulado, nada más es de lo que un grande laberinto de ignorancia criado por ellos propios, un montón de escombro de arrogancias del raciocinar intelectivo, insuficiente para tales cosas. Sin embargo, quiero quedar con la designación “astral”, tan utilizada. Sin embargo, lo que los seres humanos ven y entienden como “astral” no pertenece siquiera a la materia fina, pero tan solamente a la fina materia gruesa.

¡Los investigadores imbuidos de ilusiones humanas todavía tampoco salieron de los parajes de la materia gruesa, pero sí permanecieron en la especie más inferior de la Creación posterior, y hacen por eso tanto alarde con extranjerismos los más “sonantes” posibles! Ni siquiera divisan con los ojos de materia fina, pero tan solamente con la intuición de transición de los ojos de materia gruesa para los de materia fina. Uno podría llamar eso de una visión adquirida ante ejercicio o semi visión.

Cuando una persona se deshace del cuerpo de materia gruesa por la muerte terrena, son abandonados con eso, naturalmente, también los órganos sensoriales de la materia gruesa, porque ellos pertenecen exclusivamente al respectivo envoltorio. La muerte terrena nada más es sino, por lo tanto, el abandono del envoltorio más externo o cáscara, que le hacia posible ver y actuar en la materia gruesa. Pronto después de ese desnudar, se encuentra ella en el así nombrado otro mundo o, mejor dicho, en las planicies de la materia fina. Aquí podrá, nuevamente, solamente actuar con los órganos sensoriales del cuerpo de materia fina, que ahora le quedó como cáscara más externa. Ve, por consiguiente, con los ojos del cuerpo de materia fina, oye con los oídos de éste, etc.

Es natural que el espíritu humano, al entrar en la materia fina, necesite aprender a servirse adecuadamente de los órganos sensoriales del envoltorio de materia fina, que son así de repente obligados a entrar en funcionamiento, como antes los órganos del cuerpo grueso-material en la materia gruesa. Correspondiendo a la materialidad de especie diferente, no tan pesada, el aprendizaje de utilización correcta de los órganos ocurre también de modo más rápido, más ligero. Y así es con cada especie siguiente.

A fin de facilitar ese aclimatarse en las diferentes especies, es proveída la visión de transición o semi visión de los planos intermediarios. Los ojos de materia gruesa consiguen, con ciertos esfuerzos, a través de estados extraordinarios del cuerpo, ver, presintiendo, el plano de interligazón entre la materia gruesa y la materia fina, mientras el ojo de materia fina, en el inicio de sus actividades, alcanza retrospectivamente también el mismo plano de modo semivisual, donde la parte fina de la materia gruesa toca la parte gruesa de la materia fina. Esa semivisión provee al espíritu humano un cierto apoyo durante su transitar, de modo que nunca necesita sentirse completamente perdido. Así ocurre en cada limite entre dos especies diferentes. Para que las dos especies diferentes de materia puedan mantenerse interconectadas y no formen acaso un abismo, por jamás poder mezclarse, se encargan olas de fuerzas enteales que, con su capacidad de atracción magnética, actúan atando y uniendo.

Después de pasar por los diversos sectores de la materia fina, dejando también el cuerpo fino-material, el ser humano entra en la entealidad. Le resto entonces el cuerpo enteal como envoltorio más externo, a través de cuyos ojos tiene ahora que mirar y a través de cuyos oídos tiene que oír, hasta que le sea posible también dejar los envoltorios enteales e ingresar en el reino del espíritu. Solamente aquí él es únicamente él mismo, sin envoltorios, y tiene que ver, oír, hablar, etc., con sus órganos espirituales.

Estas mis explanaciones deben ser analizadas rigorosamente por los lectores, a fin de que puedan hacer para si un imagen correcta de eso. Materializaciones de personas terrenalmente fallecidas no son más de lo que fenómenos donde, a través de la utilización de un medium, los fallecidos terrenalmente, que portan el cuerpo de materia fina, se cubren aún con un envoltorio de la fina materia gruesa. Esa seria, probablemente, la única excepción donde las criaturas humanas terrenas de hoy serian capaces de ver una vez nítidamente la fina materia gruesa con sus ojos de materia gruesa y también abarcarla con sus otros sentidos de materia gruesa. Ellos lo pueden, porque, a pesar de toda la sutileza, se trata siempre aún de la misma especie de sus órganos sensoriales, por lo tanto, aún de materia gruesa.

Por lo tanto, el ser humano debe poner atención que la materia gruesa sólo puede ser “percibida” por la materia gruesa, la materia fina sólo por la materia fina, lo que es enteal sólo por lo que es enteal y lo que es espiritual sólo por lo que es espiritual. En eso no hay mezclas.

Hay, sin embargo, algo: una criatura humana terrena puede ver, aquí y allá, con los ojos de materia gruesa y durante su existencia terrena también ya abrir sus ojos de materia fina, por lo menos temporalmente. Es decir, no acaso al mismo tiempo, pero consecutivamente. Cuando ve con los ojos de materia fina, los ojos de materia gruesa permanecen fuera de acción, totalmente o en parte, y viceversa. Jamás estará apto a ver bien con los ojos de materia gruesa aquello que es realmente de materia fina, tampoco con los ojos de materia fina lo que sea de materia gruesa. Esto es imposible. Afirmaciones contrarias se basarían solamente en errores resultantes del desconocimiento de las leyes de la Creación. Son ilusiones, bajo las cuales tales personas se someten, cuando afirman poder reconocer con los ojos de materia gruesa lo que es de materia fina, o con los ojos de materia fino lo que es espiritual.

Quién considera bien todo eso busca tener una noción clara, reconocerá qué confusión indescriptible tiene que existir ahora en el juicio sobre la clarividencia, hasta que quede imposible conseguirse informaciones seguras al respecto, en cuanto no sean dadas a conocer las leyes sobre eso, lo que no puede ocurrir a través de inspiraciones o manifestaciones en círculos espiritas, una vez que los que se hallan en el más Allá, inspirando y también se manifestando, no poseen, ellos mismos, una visión general, pero si, cada uno tiene que moverse siempre en los limites a los cuales pertenece su respectivo estado de madurez.

Una autentica orden en las aclaraciones de la maravillosa tela de la Creación posterior sólo puede ser dada cuando un saber abarcar todo. Del contrario es imposible. Las criaturas humanas, sin embargo, en su conocido y malsano querer ser sabias, jamás reconocen tal, pero desde pronto se oponen hostilmente a las aclaraciones.

Prefieren proseguir arrogadas en sus mediocres investigaciones y, justamente por eso, jamás pueden llegar a una concordancia, jamás a un resultado real. Si solamente una vez muestreasen una grandiosidad tal y, al vencer su presunción, tomasen realmente en serio el Mensaje del Grial como aclaración universal, sin prejuicios, excluyendo de los estudios todo el querer saber propio, se les abrirían pronto perspectivas que, en consecuencia lógica, aclaran todos los fenómenos incomprendidos y nivelan con grande ímpetu los caminos hacia el hasta entonces desconocido.

Sin embargo, ya es conocido que justamente la porfía es solamente una de las más infalibles señales de verdadera estupidez y estrechez. Todas esas personas ni suponen que precisamente con eso imprimen en sí la señal de su absoluta inutilidad, la cual ya en tiempo próximo las quemará de manera vergüenzaza y excluyente, porque entonces no podrá más ser escondida o negada.

Para el juicio de una clarividencia debía ser conocido, como base, con qué ojos el clarividente ve de cada vez, a qué región, por lo tanto, pertenece su videncia y hasta que punto él está desarrollado en este sentido. Sólo entonces otras conclusiones pueden ser tomadas. En eso, quién conduce tales investigaciones debía, personalmente, de modo absoluto, estar muy claramente informado al respecto de cada escalón de las diferentes especies, bien como al respecto del efecto variado y de la actuación que ahí se desencadenan. Y de eso sufre la época de hoy, donde exactamente aquellas personas se consideran instruidas, que en general nada entienden.

Es lamentable leer la avalancha de publicaciones en folletos y libros sobre toda la suerte de observaciones y experimentos ocultistas, con intentos de aclaración más o menos ilógicas e insostenibles, que, en la mayoría de los casos, aún reciben arrogantemente impreso el sello de cierto saber, en cuanto ellos, sin excepción, no solamente quedan lejos de los hechos, pero incluso traen el contrario. Y como el bando de tales inteligencias se encoleriza hostilmente, cuando, en sencilla secuencia, les es presentada la estructuración de la Creación posterior, sin cuyo conocimiento exacto, en general, nada podrán comprender. De la Creación primordial aquí tampoco queremos hablar.

¡Quién quiera juzgar o aún condenar clarividentes tiene que conocer la Creación toda, conocer realmente! En cuanto ese no es el caso, también se debe calar a tal respeto. Tampoco, sin embargo, también como defensores fervorosos de los hechos de la clarividencia, hacer afirmaciones que, sin el conocimiento exacto de la Creación, no puedan ser comprobadas. Tan nefastos errores son propagados al respecto de todos los fenómenos fuera de la materia gruesa, que urge, finalmente, introducir orden y conformidad con la ley. Felizmente ya no está más lejos el tiempo en que una barredura sana será hecha entre las innumeras figuras, ridículas incluso, en los campos ocultistas en sí tan serios, las cuales, sí, como se sabe, más gritan y son las más importunas con sus teorías. Lástima es que precisamente esos parlanchines, a través de su conducta, ya hayan extraviado muchos entre los que buscan. La responsabilidad de eso, sin embargo, no tardará y recaerá con terrible fuerza sobre todos aquellos que buscan tratar de estos más serios dominios tan livianamente, pero los descaminados y engañados de esa forma poco lucrarán con eso, pero ellos propios tendrán igualmente que sufrir el perjuicio por haber dejado conducirse tan fácilmente a acepciones erradas. En general, se puede calmamente afirmar que exactamente en el campo ocultista, mientras tanto, el charlar aún es designado con la bella expresión “investigar”, siendo, por consiguiente, la mayoría de los investigadores solamente parlanchines.

Entre los clarividentes existe, por lo tanto, una visión de la fina materia gruesa, una visión de la materia fina y una visión de la entealidad. Todo eso con los respectivos ojos de igual especie. Una visión espiritual permaneció, sin embargo, vedada a los seres humanos, pues para eso debía ser un especialmente convocado, que es agraciado para una determinada finalidad, para que pueda abrir sus ojos espirituales ya en la existencia terrena.

Entre estos, sin embargo, no se encuentran los innumerables clarividentes actuales. La mayoría, además, consigue solamente reconocer la materia fina en uno de sus varios escalones y, con el tiempo, tal vez abarcar también más escalones. Les son abiertos, por lo tanto, los ojos de materia fina. Raras veces solamente, ocurre que los ojos del cuerpo enteal también vean.

Si, pues, en ocurrencias terrenas especiales, como, por ejemplo, en casos de crímenes u otros, deba ser utilizada una persona clarividente para fines de aclaración, entonces la parte interesada en eso necesita saber del siguiente: el clarividente ve con sus ojos de materia fina, no pudiendo, por lo tanto, ver el propio acontecimiento de materia gruesa que ocurrió. Cada acontecimiento de materia gruesa, sin embargo, tiene al mismo tiempo sus fenómenos concomitantes de materia fina, que son muchas veces idénticos a las ocurrencias de materia gruesa o, por lo menos, semejantes. Por lo tanto, el clarividente verá, en la practica de un asesinato, el fenómeno de materia fina que ocurrió al mismo tiempo, no lo real de materia gruesa, que es únicamente decisivo para la justicia, según las leyes terrenas hoy vigentes. Ese acontecimiento de materia fina, sin embargo, puede en algunos pormenores desviarse más o menos del acontecimiento de materia gruesa. Es, por consiguiente, errado hablar prematuramente del malogro de la clarividencia o de una visión errónea.

Sigamos, pues, con un asesinato o robo. El clarividente, llamado para la aclaración, verá en parte de modo astral, en parte de modo fino-material. De modo astral, por lo tanto, en la fina materia gruesa, el local de la ocurrencia, de modo fino-material, sin embargo, la propia acción. Sobreviene aún que pude ser ahí también diversas formas de pensamiento originadas en el curso de los pensamientos del asesinato bien como del asesinado o del ladrón. ¡Distinguirlo debe hacer parte de la capacidad de quién conduce las investigaciones! Sólo entonces el resultado será cierto. Pero, mientras tanto, todavía no existe un dirigente de investigaciones así instruido. Por más grotesco que pueda sonar, en virtud de no poseer en la realidad la mínima analogía, quiero citar, sin embargo, un ejemplo secundario referente a la actividad de un perro policial, que también es utilizado, sí, en la elucidación de crímenes. Con referencia a esos perros policiales, evidentemente, quién los conduce debe conocer de manera exacta el modo de actuación del perro y con él trabajar de modo directo, cooperando incluso muy activamente, como es del conocimiento de los iniciados. Se necesita imaginar, pues, esa manera y trabajar solamente de forma mucho más ennoblecida, tenemos entonces la actividad del trabajo conjunto de un dirigente de investigaciones y de un clarividente para la aclaración de crímenes. También aquí el dirigente de investigaciones debe ser quien trabaja activamente y quien calcula observando y quien asume la mayor parte de la actividad, mientras el clarividente continuará solamente como auxiliar, trabajando pasivamente. Para cada juez debe preceder un largo estudio de tal actividad, antes que pueda a eso dedicarse. Es un estudio mucho más difícil de lo que la jurisprudencia.

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