En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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Contenido


62. La fuerza sexual en su significación hacia la ascensión espiritual

Yo llamo una vez más la atención para el hecho de que toda la vida en la Creación consiste de dos especies. Del conciente y del inconciente. El conciente es el progreso de todo el inconciente. Solamente al tornarse conciente, uno moldea también el imagen del Criador, que comprendemos como la forma humana. El molde se procesa uniforme y concomitantemente con la concientización.

En la primera Creación verdadera, entonces, que, por estar más próxima del Espíritu criador, también sólo puede ser espiritual, se encuentra al lado del ser humano espiritual conciente, criado por primero, también el espiritual todavía inconciente. En ese inconciente, con las mismas propiedades del conciente, reside naturalmente el impulso para el desenvolvimiento continuo. Éste sólo se puede dar, sin embargo, con el aumento progresivo de la concientización.

Cuando, por lo tanto, en ese espíritu inconciente el impulso para la concientización haya aumentado hasta cierto grado, se da, en el desenvolvimiento más natural, un fenómeno que corresponde a un nacimiento terreno. Necesitamos solamente prestar atención al nuestro ambiente. Aquí, el cuerpo de materia gruesa expele naturalmente cada fruto madurado. En el animal y en la criatura humana. También cada árbol expele sus frutos. El fenómeno es la repetición de un desenvolvimiento continuo, cuyo fundamento se encuentra en la primera Creación, en el así denominado Paraíso.

De igual modo sucede también allá, en una determinada madurez del inconciente que anhela por la concientización, una repulsión, una separación del inconciente o también denominada expulsión. ¡Esas partículas espirituales inconcientes, así expelidas, forman entonces los gérmenes espirituales de futuros seres humanos!

Este es el acontecimiento de la expulsión del Paraíso, que también fue reproducido en imagen en la Biblia.

Ese fenómeno tiene que ocurrir, porque en el inconciente reside irresponsabilidad, mientras con la concientización madura concomitantemente la responsabilidad.

La separación del inconciente en maduración es, por lo tanto, necesaria para el espiritual, que por impulso natural quiere desenvolverse hacia el conciente. ¡Es un progreso, no un retroceso!

Una vez que eses gérmenes vivos no pueden ser expelidos hacia arriba, hacia la perfección, les resta entonces el único camino hacia bajo. Ahí, sin embargo, penetran en el reino del enteal de más peso, lo cual nada contiene de espiritual.

Así, el germen espiritual que anhela por la concientización se encuentra de súbito en un ambiente de especie diferente de la de él, por lo tanto, extraño, y con eso como si estuviese descubierto. Como siendo espiritual, él se siente descubierto y desnudo en la entealidad más densa. Si quiera permanecer ahí, o proseguir, se le torna una necesidad natural cubrirse con un envoltorio enteal, que tenga la misma especie de su ambiente. De otra manera, no consigue actuar ahí, tampoco mantenerse. Por lo tanto, no siente solamente la necesidad de tapar su desnudez en el camino hacia el reconocimiento, conforme figuradamente la Biblia describe, pero también aquí se trata de un proceso evolutivo necesario.

El germen del espíritu humano en desenvolvimiento es entonces conducido a la materialidad, por caminos naturales.

Aquí lo envuelve una vez más un envoltorio necesario, de la misma constitución de su nuevo ámbito material.

Se encuentra él ahora en el borde más extremo de la materia fina.

La Tierra, sin embargo, es aquel punto de materia gruesa, donde se reúne todo cuanto existe en la Creación. Confluye para aquí desde todos los sectores, los cuales de otro modo se hallan rigurosamente separados, debido a sus características especificas. Todos los hilos, todos los caminos convergen hacia la Tierra, como que hacia un punto de encuentro común. ¡Se atando aquí y también generando nuevos efectos, son lanzados hacia el Universo corrientes de energía en poderoso mar de llamas! De tal modo, como de ninguna otra parte de la materialidad.

Por sobre esta Tierra se procesa el más intenso vivenciar a través de la conglomeración de todas las especies de la Creación, para lo que la materialidad contribuye. Sin embargo, siempre otra vez, puede darse solamente por la conglomeración de todas las especies de la Creación, no de algo del divinal y nada del espíritu Santo, que paira arriba y afuera de la Creación. —

Las ultimas manifestaciones de ese vivenciar en la Tierra afluyen, pues, hacia el encuentro del germen espiritual, apenas cuando él entra en la materia fina. Es envuelto por eses efectos. Son ellos que lo atraen, lo ayudando, sin embargo, a despertar con eso su concientización, y llevarlo hacia el desenvolvimiento.

Sin ligazón todavía, por lo tanto, sin culpa, en ese umbral de toda la materialidad, él intuye las manifestaciones de las vibraciones de fuertes experiencias vivenciales, que se desenrollan en la evolución y en la descomposición de todo cuanto es material. Ahí le adviene entonces el anhelo de un mejor conocimiento. Pero apenas cuando forme en eso un deseo, se sintoniza voluntariamente, al formular ese deseo, con cualquier vibración, sea ella buena o mala. Y, inmediatamente, debido a la actuante ley de la fuerza de atracción de la igual especie, será atraído entonces por una especie igual, que es más fuerte de lo que la suya. Es impelido hacia un punto donde la especie anhelada es venerada de modo más vehemente de lo que era su propio deseo.

Con tal anhelo intimo, su envoltorio de materia fina se condensa pronto de modo correspondiente a ese anhelo, y la ley de la gravedad lo deja ahondar aún más.

¡El verdadero vivenciar, sin embargo, del anhelo en él latente, sólo le ofrece por fin la Tierra de materia gruesa! — —

Se siente, por eso, impelido a proseguir hasta el nacimiento terreno, porque quiere pasar del picar también al probar y degustar. Cuanto más intensos se tornan los deseos por placeres terrenos del espíritu que despierta en el picar, tanto más espeso se forma también el envoltorio de materia fina que lleva consigo. Con eso adquiere también más peso y ahonda vagarosamente en dirección al plano terreno, donde únicamente se encuentra la oportunidad para la realización de los deseos. Habiendo, sin embargo, llegado hasta ese plano terreno, se tornó con eso también madurado para el nacimiento terreno.

En eso, la ley de la fuerza de atracción de la igual especie también se manifiesta más nítidamente. Cada uno de los espíritus inmaturos, exactamente de acuerdo con el deseo o pendiente que lleva en si, es atraído como que magnéticamente por un punto, donde el contenido de su deseo llega a la realización a través de seres humanos terrenos. Si tenga, por ejemplo, un deseo de dominar, no nacerá acaso en un ambiente donde él propio entonces pueda vivir en la realización de su deseo, al contrario, será atraído por una persona con acentuada tendencia para dominar, que, por lo tanto, intuye del mismo modo como él, y así por delante. Expía de esa forma, en parte, también ya lo errado, o encuentra la felicidad en lo cierto. Por lo menos tiene oportunidad para tanto.

¡Debido a ese fenómeno se supone, pues, erróneamente, transmisión hereditaria de propiedades o de facultades espirituales! ¡Eso es errado! Externamente, sin embargo, puede aparentar así. En la realidad, sin embargo, una criatura humana no puede transmitir a los hijos nada de su espíritu vivo.

¡No existe ninguna hereditariedad espiritual!

¡Persona alguna se encuentra en condiciones de ceder siquiera una reducidísima partícula de su espíritu vivo!

¡En ese punto se ha cultivado un error que lanza sus sombras estorbadoras y perturbadores sobre mucha cosa. Ningún hijo puede ser grato a los padres por cualquier facultad espiritual, tampoco, sin embargo, censurarlos por defectos! ¡Seria erróneo y una injusticia condenable!

¡Nunca esta maravillosa obra de la Creación es tan falla y imperfecta, a punto de permitir actos arbitrarios o casuales de hereditariedad espiritual!

Esa fuerza de atracción de todas las especies iguales, tan importante en el nacimiento, puede partir del padre, también como de la madre, así como de cada uno que este en la proximidad de la futura madre. Por eso una futura madre debía ser cautelosa en relación aquellos que ella permite quedar en su proximidad. Cumple ponderar ahí que la fuerza interior reside predominantemente en las debilidades, y no acaso en el carácter exterior. Las debilidades traen períodos importantes de vivenciar interior, que resultan en vigorosa fuerza de atracción.

La venida terrena del ser humano se compone, pues, de generación, encarnación y nacimiento. La encarnación, es decir, la entrada del alma, ocurre en el medio del período del embarazo. El creciente estado mutuo de maduración, tanto de la futura madre, como del alma a punto de encarnación, lleva también aún a una ligazón especial más terrena. Es esa una irradiación que es provocada por el mutuo estado de maduración, y por fenómeno natural se buscan recíprocamente de modo irresistible. Tal irradiación se va tornando cada vez más intensa, atando el alma y la futura madre, una a otra, cada vez más fuerte y de manera exigente, hasta que por ultimo, en determinada madurez del cuerpo en desenvolvimiento en el vientre materno, el alma es literalmente absorbido por lo mismo.

Ese momento de ingreso o de absorción causa también, naturalmente, los primeros temblores del pequeño cuerpo, lo que se manifiesta por contracciones, que son denominados de los primeros movimientos del niño. Con eso se procesa en la futura madre, muchas veces, una transformación de sus intuiciones. De modo bien-aventurado u opresor, conforme la especie del alma humana que ingresó. —

Con el pequeño cuerpo, el alma humana desenvuelta hasta tal punto veste entonces el mando de la materia gruesa, que es necesario para, en la materia gruesa terrena, poder vivenciar, oír, ver y sentir todo, de modo pleno, lo que sólo se torna posible a través de un envoltorio o de un instrumento de la misma materia, de la misma especie. Sólo entonces podrá pasar del picar para el degustar propiamente y, con eso, para el discernimiento. Es comprensible que el alma haya que aprender primero a servirse de ese nuevo cuerpo como instrumento, y a dominarlo.

Ahí resumidamente el proceso evolutivo del ser humano hasta su primer nacimiento terreno.

Pues ya desde mucho tiempo, por fenómeno natural, alma ninguna puede venir más a la Tierra para la primera encarnación, al contrario, los nacimientos trajeron almas que ya habían pasado, en lo mínimo, por una vida terrena. Por eso, ya en el nacimiento se encuentran estrechamente enlazadas por varios karmas. La fuerza sexual propicia la posibilidad de que se liberten de eso.

Debido al envolvimiento por el cuerpo de materia gruesa, el alma de un ser humano queda aislada, durante todos los años de la infancia, de los influjos que desde del lado de fuera buscan alcanzar el ama. Todas las tinieblas, todo el mal, que vivifican el plano terreno, encuentran su camino hacia el alma impedido por el cuerpo térreo de materia gruesa. Por eso, tampoco pueden obtener ninguna influencia sobre el niño, no pueden causarle daño. El mal, sin embargo, que el alma nuevamente encarnada trajo consigo del vivenciar anterior, le permanece mantenida naturalmente de idéntico modo durante la infancia.

El cuerpo constituye esa pared divisoria, en cuanto se encuentre aún incompleto e inmaturo. Es como si el alma tuviese se retirado hacia un castillo, estando el puente levadizo erguido. Así, durante esos años, hay un abismo infranqueable entre el alma infantil y la Creación de materia fina, donde viven las vibraciones de materia fina de culpa y expiación. Queda así el alma acogida en el envoltorio terreno, madurando para la responsabilidad y aguardando el momento que lleva la bajada del puente levadizo erguido, hacia la verdadera vida en la materialidad.

El Criador inculcó a través de leyes naturales el instinto imitativo en cada criatura, en lugar de un libre arbitrio allá, donde todavía ningún libre arbitrio actúa. Se lo denomina en general de “receptibilidad infantil-juvenil”. ¡El instinto de imitación debe preparar el desenvolvimiento para la vida terrena, hasta que, en los animales, él sea enriquecido y amparado por experiencias, en los seres humanos, sin embargo, elevado por el espíritu en el libre arbitrio para el actuar autoconsciente!

Hace falta, pues, al espíritu encarnado en el cuerpo del niño, un puente de irradiación que sólo podrá formarse en la época de la maduración corpórea, con la fuerza sexual. Al espíritu falta ese puente para la actuación plenamente efectiva y realmente laboriosa en la Creación, actuación que solamente puede ser efectuada por la posibilidad de irradiación sin lagunas a través de todas las especies de la Creación. Pues solamente en las irradiaciones se encuentra la vida, y solamente de ellas y a través de ellas surge movimiento.

Durante ese tiempo el niño, que sólo puede actuar de modo pleno sobre su ambiente a partir de su parte enteal, no, sin embargo, a partir del núcleo espiritual, tiene, ante las leyes de la Creación, un poco más de responsabilidad de lo que un animal en desenvolvimiento máximo.

En ese intervalo va madurando el cuerpo joven y, poco a poco, en él despierta la fuerza sexual, que se encuentra solamente en la materia gruesa. Ella es la más fina y la más noble flor de toda la materia gruesa, lo más elevado que la Creación de materia gruesa puede ofrecer. En su delicadeza ella constituye el ápice de todo cuanto es de materia gruesa, es decir, terrenal, que más se aproxima de la entealidad, como ramificación viva más extrema de la materialidad. La fuerza sexual es la vida pulsátil de la materialidad, y sólo ella puede constituir el puente para la entealidad que, por su parte, proporciona la continuación para el espiritual.

Por ese motivo, el despertar de la fuerza sexual en el cuerpo de materia gruesa es como el proceso del bajar del puente levadizo de un castillo hasta entonces cerrado. Con eso podrá, entonces, el habitante de ese castillo, es decir, el alma humana, salir plenamente preparada para la lucha, en la misma medida, sin embargo, podrán llegar a ella también los amigos o enemigos que cercan ese castillo. Tales amigos o enemigos son, antes de todo, las corrientes de materia fina de especie buena o mala, pero también los del más Allá que aguardan solamente que se les extienda la mano ante alguno deseo, con lo que tienen condiciones de agarrarse firmemente y ejercer influencia de igual especie.

Las leyes del Criador, sin embargo, en intensificación la más natural, permiten entrar, desde afuera hacia dentro, siempre sólo la misma fuerza que desde dentro pueda ser contrapuesta, de manera a quedar totalmente excluida una lucha desigual. – En cuanto ahí no se peque. Pues todo y cualquier impulso sexual antinatural, que sea despierto por estimulo artificial, abre prematuramente ese fuerte castillo, por lo que el alma todavía no fortalecida uniformemente queda desamparada. Tendrá que sucumbir a las corrientes malas de materia fina, que vienen se precipitando, las cuales de otro modo estaría absolutamente en condiciones de enfrentar.

En una maduración normal puede haber, debido a fenómeno natural, siempre solamente la misma fuerza en ambos los lados. La decisión ahí, sin embargo, es dada por la voluntad del habitante del castillo y no por la de los sitiadores. Así, con buena voluntad, él siempre vencerá en la materia fina. Es decir, en los acontecimientos del mundo del más Allá, lo cual el ser humano mediano no puede ver mientras se encuentre en la Tierra, y lo cual, sin embargo, está estrechamente atado a él y de modo mucho más vivo de lo que su ambiente de materia gruesa a él visible.

Si el habitante del castillo, sin embargo, espontáneamente, es decir, por deseo propio o libre resolución, extienda la mano a uno amigo o enemigo de materia fina que se encuentra al lado de afuera, o también a corrientes, entonces evidentemente es algo completamente diferente. Visto que, a través de eso, él se sintoniza con una determinada especie de los sitiadores que esperan del lado de fuera, éstos pueden así, fácilmente, desenvolver contra él una fuerza diez y hasta cien veces mayor. Siendo ella buena, recibirá auxilio, bendiciones. Siendo, sin embargo, mala, cosechará destrucción. En esa libre elección se encuentra la actuación de su propio libre arbitrio. Una vez que se decidió a eso, entonces queda sujeto a las consecuencias, incondicionalmente. Para esas consecuencias su libre arbitrio queda entonces excluido. Según la propia elección, se ata a él karma bueno o malo, al cual evidentemente está sujeto, en cuanto no se modifique interiormente. —

La fuerza sexual tiene la tarea y también la capacidad de “encandecer” terrenalmente toda la intuición espiritual de un alma. Sólo así puede el espíritu recibir una ligazón cierta con la materialidad toda, sólo así también se torna de pleno valor, terrenalmente. Solamente entonces consigue abarcar todo lo que es necesario para hacerse valer plenamente en esta materialidad, a fin de estar seguro en ella, influenciar de modo incisivo, tener protección y, equipado de todo, ejercer victoriosa resistencia.

Hay algo grandioso en la ligazón. ¡Esa es la finalidad principal de ese enigmático y inmensurable impulso natural! ¡Debe ayudar el espiritual a desenvolverse en esta materialidad a plena fuerza de actuación! Sin esa fuerza sexual eso seria imposible, por falta de una transición para la vivificación y el dominio de toda la materialidad. El espíritu permanecería demasiado extraño a la materialidad, para en ella poder manifestarse bien.

Con eso , sin embargo, el espíritu humano recibe entonces también la fuerza plena, su calor y su vitalidad. Solamente con ese proceso se torna terrenalmente preparado para la lucha.

¡Por eso principia aquí, pues, la responsabilidad! Un serio punto de transición en la existencia de cada ser humano.

¡La sabia justicia del Criador otorga al ser humano, sin embargo, en ese importante momento, también simultáneamente, no solamente la posibilidad, pero sí incluso el impulso natural para desenredarse con facilidad y sin esfuerzo de todo el karma con que hasta entonces sobrecargó su libre arbitrio!

Cuando el ser humano negligencia el tiempo, entonces la culpa es de él. Reflexionad una vez sobre eso: ¡con la entrada de la fuerza sexual se manifiesta de modo preponderante un impulso poderoso hacia arriba, hacia todo lo que es ideal, bello y puro! Eso pude ser observado nítidamente en la juventud incorrupta de ambos los sexos. Ahí el entusiasmo de los años de la mocedad, lamentablemente muchas veces ridicularizado por los adultos. Por eso también en esos años las intuiciones inexplicables y ligeramente melancólicas.

No son infundadas las horas en que parece que un joven o una joven tendría que cargar todo el dolor del mundo, cuando les surgen presentimientos de una profunda seriedad. También el no sentirse comprendido, que tan frecuentemente ocurre, contiene en sí, en la realidad, mucho de verdadero. ¡Es el reconocimiento temporal de la conformación errada del mundo alrededor, lo cual no quiere tampoco puede comprender el sagrado inicio de un vuelo puro hacia las alturas, y sólo está satisfecho cuando esa tan fuerte intuición exhortadora en las almas en madurez es arrastrada hacia bajo, hacia lo “más real” y sensato, que le es más comprensible y que considera más adecuado a la humanidad, juzgando, en su sentido intelectual unilateral, como lo único sano!

¡La gracia misteriosamente irradiante de una joven o de un joven incorruptos no es otra cosa sino el puro impulso ascendente, intuido conjuntamente por su ambiente, de la fuerza sexual que despierta, visando lo que es más elevado, más noble, en unión con la fuerza espiritual!

Cuidadosamente, el Criador dispuso que eso ocurra en el ser humano solamente en una edad en que pueda tener plena conciencia de su voluntad y de su acción. Entonces, es llegado el momento en que él puede y debía libertarse como que jugando de todo el pasado, en ligazón con la fuerza plena en él ahora existente. Caería hasta por sí, si la persona mantuviese la voluntad hacia el bien, a que ella es impulsada continuamente en ese período. ¡Podría, entonces, como indican muy acertadamente las intuiciones, escalar sin esfuerzo aquel escalón al cual ella pertenece como criatura humana! ¡Contemplad el estado soñador de la juventud incorrupta! No es otra cosa sino la intuición del impulso ascendente, del querer libertarse de toda la impureza, el anhelo ardiente por lo que es ideal. La inquietud impulsadora es, sin embargo, la señal para no negligenciar el tiempo, y sí para libertarse enérgicamente del karma y principiar con la escalada del espíritu.

¡Es algo maravilloso estar en esa fuerza concentrada, actuar dentro de ella y con ella! Sin embargo, solamente en cuanto la dirección que la persona elija sea buena. Además, nada hay de más miserable de lo que malbaratar esas fuerzas unilateralmente en ciego delirio sensual, paralizando con eso su espíritu.

Pero, lamentablemente, lamentablemente el ser humano negligencia en la mayoría de los casos ese tan precioso período de transición, se deja conducir por el ambiente “aclarado” para caminos falsos que lo retienen y, en seguida, lo llevan hacia bajo. Así no consigue libertarse de las vibraciones turbadores que desde él penden, al contrario, éstas solamente reciben nueva provisión de fuerzas de su especie igual y con eso el libre arbitrio del ser humano es enredado más y más, hasta que no consigue más reconocerlo, a causa de tantos sofocamientos desnecesarios. Así como en las hiedras, a las cuales un tronco sano ofrece en el inicio apoyo auxiliador, y que por fin lo quitan la vida, tapándolo enteramente y lo estrangulando.

Si el ser humano diese más atención a si propio y a los fenómenos en toda la Creación, karma alguno podría ser más fuerte de lo que su espíritu que llega a la plenitud de su fuerza, apenas cuando reciba, a través de la fuerza sexual, ligazón sin lagunas con la materialidad, a la cual, pues, pertenece el karma.

Aún cuando el ser humano pierde el período, cuando se enreda más, tal vez hasta cae profundamente, a pesar de eso aún se le ofrece oportunidad hacia la ascensión: ¡a través del amor!

No el amor codicioso de la materia gruesa, pero el elevado y puro amor, que nada más conoce y visa sino el bien de la persona amada. Él también pertenece a la materialidad y no exige ninguna renuncia, ninguna penitencia, pero solamente quiere siempre lo mejor para el otro. Y ese querer, que jamás piensa en si propio, constituye también la mejor protección contra cualquier acto abusivo.

Incluso en la edad más avanzada del ser humano, tiene el amor como fundamento siempre de nuevo las intuiciones que anhelen por ideales de la juventud incorrupta, que ésta siente en el irrumpir de la fuerza sexual. Sin embargo, se manifiesta de otra forma: instila la persona madurada hasta el vigor de su capacidad total, sí, hasta el heroísmo. Sobre tal aspecto no hay limite alguno debido a la edad. La fuerza sexual persiste, aún cuando el impulso sexual inferior se encuentre excluido; pues la fuerza sexual y el impulso sexual no son una sólo cosa.

Apenas cuando una persona de guarida al amor puro, sea el del hombre por la mujer o viceversa, por un amigo, por una amiga, por los padres, por el hijo, no importa, bajo la condición que sea puro, lleva también como primera dádiva la oportunidad para la remisión del karma, que puede disolverse muy rapidamente “de modo simbólico”. “Seca”, por no encontrar más ninguna resonancia análoga, ninguna nutrícion en la criatura humana. ¡Con eso ella se torna libre! Y así empieza la escalada, la redención de las corrientes indignas que la prenden abajo.

La primera intuición que ahí despierta es el juzgarse indigno ante el ser amado. Se puede denominar ese fenómeno de principio de la modéstia y de la humildad, por lo tanto, el recibimiento de dos grandes virtudes. A eso se adjunta el impulso de mantener la mano sobre el otro, protectora, a fin de que no le pase algun mal de ninguna parte. El “querer llevar en las palmas de las manos” no es un dicho hueco, pero sí caracteriza muy acertadamente la intuición que brota. En eso, sin embargo, se encuentra una abdicación de la propia personalidad, una gran voluntad de servir, lo que, por si sólo, podría bastar para eliminar en poco tiempo todo el karma, apenas cuando esa voluntad perdure y no de lugar a impulsos puramente sensuales. Por ultimo, se manifiesta aún, en el amor puro, el deseo ardiente de poder hacer algo muy grande para el otro ser amado, en el sentido noble, de no ofenderlo o herirlo con ningún gesto, ningún pensamiento, ninguna palabra, mucho menos aún con una acción fea. Se torna viva la más delicada consideración.

Debe, entonces, buscar asegurar esa pureza de la intuición y colocarla frente todo lo demás. Nunca alguien, en ese estado, aún querrá o hará algo de mal. Simplemente no consigue, pero si, al contrario, él tiene en esas intuiciones la mejor protección, la mayor fuerza, lo más bien-intencionado consejero y auxiliador.

¡El Criador, en Su sabiduría, dio con eso un flotador de salvación, que no solamente una vez en la existencia terrena toca en cada criatura humana, a fin de que en ella se asegure y por ella se alce!

El auxilio está a la disposición de todos. Nunca hace una distinción, ni a la edad ni a sexo, ni al pobre ni al rico, tampoco al noble o al humilde. ¡Por esa razón el amor es también la mayor dádiva de Dios! ¡Quién comprende eso está cierto de la salvación de toda la aflicción y de toda la profundidad!

El amor es capaz de lanzarlo hacia arriba, con el ímpetu de la tempestad, hacia la Luz, hacia Dios, que es el propio amor. —

Apenas cuando en un ser humano se manifieste amor, que se esfuerza por proporcionar al otro luz y alegría, no degradarlo ante codicias impuras, pero sí elevarlo con protección muy alto, entonces él lo sirve, sin tornarse conciente del verdadero servir; pues así se torna antes un donador desinteresado, un alegre regalador. ¡Y ese servir lo liberta!

A fin de encontrar en eso el camino cierto, ponga atención el ser humano siempre solamente en una cosa. Paira sobre todos los seres humanos terrenos, de modo inmenso y fuerte, un deseo: poder ser, realmente, ante si mismos, aquello que valen ante de aquellos por los cuales son amados. ¡Y ese desear es el camino cierto! Conduce directamente hacia las alturas.

Muchas oportunidades son ofrecidas al ser humano para tomar impulso y acender, sin que de ellas se utilice.

El ser humano de hoy es solamente como un hombre, al cual fue dado un reino, y que prefiere desperdiciar su tiempo con juguetes infantiles.

Es solamente evidente y ni se puede esperar de otro modo, que las fuerzas poderosas, que son dadas al ser humano, tendrán que destrozarlo, si no sepa dirigirlas.

¡También la fuerza sexual tendrá que destruir el ser humano individual, pueblos enteros, allá, donde se abuse de su finalidad principal! La finalidad de la generación sólo viene en segundo lugar.

¡Y que medios de auxilio ofrece la fuerza sexual a cada persona, a fin de que también reconozca la finalidad principal y la vivencie!

¡Pensarse en el pudor corpóreo! Éste despierta simultáneamente con la fuerza sexual, es dado para protección.

Como en toda la Creación, hay también aquí un trítono, y, al bajar, puede ser reconocido siempre también un tornarse más grueso. El pudor, como la primera consecuencia de la fuerza sexual, debe constituir como transición para el impulso sexual el obstáculo, a fin de que el ser humano en su alto nivel no se entregue a la practica sexual de forma animal.

¡Ay el pueblo que no pone atención a eso!

¡Un fuerte pudor cuida para que el ser humano jamás pueda sucumbir a una embriaguez de los sentidos! Protege contra pasión; pues, debido a fenómeno completamente natural, jamás permitirá oportunidades para la pierda del auto control, ni siquiera por la fracción de un momento.

¡Solamente con mucha fuerza consigue el ser humano alejar, ante su voluntad, esa maravillosa dádiva, para entonces comportarse de forma animal! Tal violenta intromisión en el orden universal del Criador tendrá, sin embargo, que tornarse maldición para él; pues la fuerza del impulso sexual corpóreo así liberta no es más natural para él en su desencadenamiento.

Si hace falta el pudor, el ser humano se transforma de señor en servo, es arrancado de su escalón humano y colocado aún abajo del animal.

Reflexione el ser humano, solamente acentuado pudor impide la oportunidad de caída. Con eso le es dada la más vigorosa defensa.

Mientras mayor el pudor, tanto más noble será el impulso, y tanto más alto espiritualmente estará el ser humano. ¡Es esa la mejor medida de su valor espiritual interior! Esa medida es infalible y fácilmente reconocible por cualquier persona. Con el estrangulamiento o alejamiento del sentimiento exterior del pudor, quedan también, concomitantemente, siempre asfixiadas las propiedades anímicas más finas y más valiosas y, con eso, devaluado el ser humano interior.

¡Una señal infalible de caída profunda y de decadencia cierta es cuando la humanidad comienza, bajo la mentira del progreso, a querer “erguirse” arriba de la joya del pudor, tan favorecedora bajo todos los aspectos! Sea eso, pues, bajo el manto del deporte, de la higiene, de la moda, de la educación infantil o bajo muchos otros pretextos para eso bien-venidos. La decadencia y la caída entonces no pueden ser impedidas, y solamente un horror de la peor especie podrá llevar aún algunos a la reflexión.

Y, sin embargo, es facilitado al ser humano terreno enveredar por el camino que lleva hacia las alturas.

¡Él necesita solamente tornarse “más natural”. Ser natural, sin embargo, no significa caminar semidesnudo por ahí, o vaguear descalzo, con trajes extravagantes! ¡Ser natural significa poner atención cuidadosamente a las intimas intuiciones, y no eximirse vehementemente de las amonestaciones de las mismas! Solamente para no parecer anticuado.

Más de la mitad de todas las criaturas humanas, sin embargo, ya llegaron hoy lamentablemente a tal punto, que se tornaron demasiado toscas para aún comprender las intuiciones naturales. Para tanto ya se restringieron excesivamente. ¡Un grito de pavor y de horror será el fin de eso!

¡Feliz de aquél que entonces pueda vivificar nuevamente el pudor! Se le tornará escudo y apoyo, cuando todo lo demás se destroce.

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