En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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Contenido


61. Errores

Más de una persona alza la vista buscando la Luz y la Verdad. Su anhelo es grande, pero en muchos casos no hay una voluntad seria. Mas de la mitad de todos los buscadores no son auténticos. Estos arrastran consigo su propia opinión ya definida. En caso de que tengan que cambiarla tan siquiera un poco, prefieren mil veces rechazar todo lo que es nuevo para ellos, así eso nuevo encierre la Verdad.

Miles habrán de hundirse por causa de ello, toda vez que, al enmarañarse en una convicción errónea, han impedido esa libertad de movimiento de la que precisan para, a través del despegue a las alturas, alcanzar la salvación.

De entre esos siempre hay una parte que ya cree haber entendido todo correctamente. Esos no tienen intención alguna de además someterse a sí mismos a un riguroso examen de conciencia tomando como referente lo escuchado y lo leído.

¡Naturalmente que para esos no es para quienes hablo!

Tampoco estoy hablando para iglesias o partidos, ni para órdenes, sectas o asociaciones, sino que me estoy dirigiendo meramente al ser humano mismo, única y exclusivamente a él. Lejos está de ser mi intención el echar abajo algo existente; ya que yo construyo... yo construyo y doy respuesta a preguntas sin resolver hasta ahora, preguntas que toda persona está obligada a hacerse apenas piense un poco.

Eso sí, para todo oyente existe un requisito básico que resulta indispensable: la seria búsqueda de la Verdad. El oyente está obligado a examinar las palabras en su interior y a hacer que estas cobren vida en su ser, y ello sin fijarse en quién las dice. De lo contrario, no obtendrá provecho alguno. A todos aquellos que no se pongan este objetivo se les puede decir ya desde ahora que todo sacrificio de tiempo será en vano.

Es increíble cómo la gran mayoría de las personas quiere desesperadamente permanecer en la ignorancia y el desconocimiento en lo concerniente a su origen, su esencia y su meta final.

El nacimiento y la muerte, los dos polos indisociables de toda existencia terrenal, no deberían constituir ningún enigma para los hombres.

Las opiniones que pretenden aclarar la esencia del hombre encierran solo discordia. Esa es la consecuencia del enfermizo delirio de grandeza de los pobladores terrenales, que tienen la osadía de jactarse de que la esencia de su ser es divina.

El hombre no lleva ni una pizca de esencia divina en su ser.

Semejante opinión no es más que enfermiza vanagloria, la cual tiene por única causante el convencimiento de no poder entender. ¿Dónde está la persona que honestamente pueda decir que, en su caso, semejante creencia se ha convertido en convicción? Quien verdaderamente se examine por dentro no podrá menos que negarlo. Ese sentirá con claridad que solo se trata de un anhelo, de un deseo de llevar divinidad en su interior, y no de una certeza. Se habla de que el hombre lleva en su interior una chispa de Dios, lo cual es completamente correcto. Dicha chispa de Dios, empero, es espíritu. No es parte de lo divino.

La expresión «chispa» es una designación muy correcta. Una chispa se forma y salta sin llevarse consigo nada de la constitución de lo que la generó. Así es en este caso también. Una chispa de Dios, que es divino, no es divina.

Allí donde ya en lo concerniente al origen de una existencia se pueda encontrar semejantes errores, el fracaso en el desarrollo resultará inevitable también. Si uno ha construido sobre bases falsas, algún día la estructura habrá de comenzar a tambalearse y acabará viniéndose abajo.

A fin de cuentas, el origen proporciona el sostén para toda existencia y devenir en el caso de toda persona. Aquel que, como es costumbre hoy día, trate de ir mucho más allá del origen, estará extendiendo la mano hacia algo que se encuentra fuera del alcance de su comprensión, y, como es perfectamente natural, perderá así todo sostén.

Si yo, por ejemplo, extiendo mi mano hacia la rama de un árbol, la cual, por razón de su constitución terrenal, guarda similitud de especie con mi cuerpo terrenal, obtengo en dicha rama un sostén y, por consiguiente, me es posible subirme sirviéndome de ella.

Ahora, si extiendo mi mano más allá de esta rama, no me es posible entonces encontrar un punto de apoyo en el aire, que es de una constitución diferente, y por tanto... no puedo subirme. Eso está claro.

Exactamente lo mismo sucede con la constitución interior del hombre, la cual la gente llama «alma» y a su núcleo, «espíritu».

Si este espíritu quiere tener el necesario sostén que le proporciona su origen y que le resulta imprescindible, la lógica dicta que no debe tratar de buscar un asidero en lo divino. Eso sería antinatural, puesto que lo divino se encuentra muy por encima de su origen y es de una constitución completamente diferente.

Y sin embargo, en su engreimiento, el hombre busca conexión en ese lugar que jamás podrá alcanzar e interrumpe, de esa manera, el acontecer natural. Como una defensa, ese incorrecto deseo suyo se interpone entonces a manera de obstáculo entre él y ese flujo de fuerza que dimana del origen y que le es necesario. Él mismo se aísla de dicho flujo.

¡Así que despojaos de semejantes errores! Sólo entonces podrá el espíritu humano desarrollar esa fuerza suya en su plenitud –fuerza que hoy día pasa por alto descuidadamente– y se convertirá en aquello que puede y debe ser, en señor de la Creación. Pero –y esto es importante tenerlo presente– sólo en la Creación, y no situado por encima de Ésta.

Sólo lo divino se encuentra por encima de todas las Creaciones. –

Dios en particular, el origen de toda existencia y toda vida, es, como ya la palabra lo indica, divino. Ahora, el hombre, como ya se conoce, ha sido creado por Su Espíritu.

De modo que el hombre no es directamente de Dios, sino de Su Espíritu. Lo divino y lo espiritual no son una y la misma cosa: el Espíritu es la voluntad de Dios. Es únicamente de esta voluntad que surgió la primera Creación, y no de lo divino. Sigamos el hilo que nos da esta simple realidad, la cual ofrece la posibilidad de una mejor comprensión.

A modo de comparación, imaginaos no más vuestra propia voluntad. Esta es un acto, no una parte del hombre; de lo contrario, el hombre habría deshacerse, con el tiempo, en sus numerosos actos volitivos. Al final nada quedaría de él.

Lo mismo sucede en el caso de Dios también. Su voluntad creó el Paraíso. Esa voluntad suya, empero, es el espíritu que la gente llama «Espíritu Santo». El Paraíso fue, a su vez, meramente la obra de este Espíritu, y no una parte de Él. Ahí hay ya una nueva gradación en sentido descendente. El Espíritu Santo creador, es decir, la voluntad viva de Dios, no se disolvió en Su Creación. Tampoco dio parte de Sí en la creación de esta obra Suya. Al contrario, Él personalmente permaneció completamente fuera de dicha obra. De hecho, la Biblia lo da a entender de manera bien clara y patente con las palabras, «El Espíritu de Dios se movía sobre las aguas», y no Dios en persona. Está claro que no es la misma cosa. De modo que el hombre no lleva tampoco nada del Espíritu Divino en su ser, sino sólo de ese espíritu que es una obra, un acto del Espíritu Divino.

Ahora bien, en vez de ocuparse con este hecho, la gente ya aquí pone todo su empeño en crear una laguna. ¡Pensad tan solo en el concepto conocido sobre la primera Creación, pensad en el Paraíso! Éste tenía que estar en la Tierra, a como diera lugar. El mezquino intelecto humano comprimió así un suceso que necesitó millones de años en ese círculo suyo estrechamente limitado por tiempo y espacio y se imaginó a sí mismo como eje y centro de todo suceso cósmico. Ello trajo como consecuencia que el hombre perdiera, así sin más, el camino que lo conduce al punto de partida de toda vida. A falta de ese camino claro que ya a él le era imposible de ver en toda su extensión, había que buscar algo que sirviera de reemplazo en sus concepciones si es que no quería calificarse a sí mismo de artífice de toda existencia y toda vida y, por ende, de Dios. Ese reemplazo se lo ha ofrecido hasta ahora la expresión «fe». Y de la palabra «fe» adolece desde entonces la humanidad entera. Y digo más, esa palabra, que no ha sido comprendida en su significado y con la que se perseguía suplir todo lo perdido, se convirtió en un escollo para ellos, escollo que ha provocado el fracaso total.

Con la fe se dan por conformes solo los perezosos. Es esa misma fe también lo que le da pie a los burlones. Y la palabra «fe», malinterpretada, constituye la barrera que le bloquea a la humanidad el camino del avance.

La fe no tiene por qué ser ese manto que encubre magnánimamente toda pereza en el pensar y que, cual enfermedad soporífera, se deposita sobre el espíritu de los hombres, trayéndoles una placentera parálisis. La fe, en realidad, debe convertirse en convicción. La convicción, empero, exige vida, exige el más agudo análisis.

Allí donde halla tan siquiera una laguna o un enigma sin resolver, la convicción resultará cosa imposible. De modo que ninguna persona puede tener verdadera convicción mientras tenga una pregunta para la que no haya encontrado respuesta.

Ya de por sí la palabra «fe ciega» permite reconocer lo malsano que encierra.

La fe tiene que ser viva, como ya Cristo exigió una vez; de lo contrario, de nada sirve. La vitalidad, empero, implica el mantenerse en actividad, el sopesar y también el examinar. No es la abúlica aceptación de ideas ajenas. A fin de cuentas, es obvio que el creer ciegamente significa no entender. Ahora, aquello que el hombre no entiende no puede tampoco traerle provecho espiritual alguno, ya que, al no entenderlo, le es imposible lograr que cobre vida en su interior.

Aquello, empero, que él no viva en su interior a plenitud jamás se convertirá en algo suyo. Y sólo lo que se ha convertido en su propiedad lo lleva a las alturas.

Al fin y al cabo, nadie puede recorrer un camino o avanzar por él si en este hay grandes grietas. El hombre está obligado a detenerse allí donde su falta de saber le impide seguir su progreso. Este hecho es irrebatible y, seguramente, fácil de entender. Así que aquel que quiera avanzar espiritualmente, ¡que despierte!

Dormido jamás podrá el hombre recorrer el camino de la luz de la Verdad. Como tampoco con una venda o un velo sobre los ojos.

El Creador quiere que sus seres humanos en la Creación sean capaces de ver. Ver, empero, significa saber. Y la fe ciega no tiene nada que ver con el saber. La misma encierra solo pereza, indolencia; nada de grandeza.

El privilegio de poseer la facultad de razonamiento le trae al hombre también el deber de examinar.

Para eludir todo eso, la gente, por comodidad, ha empequeñecido al gran Creador a tal punto que le atribuyen actos arbitrarios como evidencia de Su omnipotencia.

Aquel que quiera razonar tan solo un poco no puede menos que encontrar en ello un gran error. Un acto arbitrario presupone la posibilidad de torcer las leyes naturales existentes. Ahora, allí donde cosa tal pueda suceder, falta también la perfección. Ya que allí donde hay perfección, no puede ocurrir ninguna alteración. Por ende, una gran parte de la humanidad está, erróneamente, presentando la omnipotencia de Dios de tal manera que para alguien que razone con profundidad ello ha de constituir una prueba de imperfección. Y en ello radica la raíz de muchos males.

¡Concededle a Dios el honor de la perfección! Y entonces encontraréis ahí la llave del irresoluto enigma de toda existencia. –

Mi deseo es llevar hasta ahí a aquellos que buscan en serio. Y entonces un suspiro de alivio recorrerá las filas de los buscadores de la Verdad. Al final, se percatarán, alegres, de que en todo el acontecer cósmico no hay ni enigmas ni lagunas. Y entonces... verán ante sí con claridad el camino de la ascensión. Tan solo necesitan seguirlo. –

El misticismo no tiene razón de ser en ninguna parte de la Creación. En Esta no hay sitio para él; ya que todo tiene que yacer ante el hombre de manera clara y sin lagunas, todo, llegando hasta ese origen suyo de donde ha partido. Y la región que ese trecho encierra abarca toda la Creación. Sólo aquello que está por encima de esta Creación, sólo lo divino, habrá siempre de ser para todo espíritu humano el más sagrado enigma, toda vez que se encuentra por encima de su origen, el cual radica en la Creación. De modo que lo divino jamás será comprendido por él. Ni siquiera con la mayor voluntad y el más grande saber. Ahora, esa incapacidad de comprender lo divino encierra lo más natural para el hombre que uno pueda imaginarse; puesto que, como ya se sabe, nada puede irse por encima de la constitución de su origen. Ni siquiera el espíritu del hombre. La diferencia de constitución implica en todo caso una barrera. Y lo divino es de una constitución completamente diferente a la constitución de lo espiritual, de donde proviene el hombre.

El animal, por ejemplo, ni habiendo alcanzado el más completo desarrollo de su alma podrá jamás convertirse en ser humano. De su sustancialidad no puede florecer lo espiritual que engendra al hombre... bajo ninguna circunstancia. En la constitución de todo lo sustancial falta la especie espiritual básica. Ahora, el hombre, que proviene de la parte espiritual de la Creación, no podrá jamás volverse divino, toda vez que lo espiritual no tiene la especie de lo divino. Cierto es que el espíritu humano puede desarrollarse al máximo y alcanzar la perfección, pero siempre habrá de seguir siendo espiritual. Le es imposible ir más allá de su origen y llegar a lo divino. Aquí también la diferencia de constitución constituye, como es natural, una barrera infranqueable para lo que viene de abajo. La materia no es digna de consideración aquí, ya que no encierra vida alguna, sino que solo sirve de envoltura, una envoltura que es movida y conformada por lo espiritual y lo sustancial.

El inmenso dominio de lo espiritual atraviesa toda la Creación. Es por eso por lo que el hombre tiene la facultad, el deber y la obligación de comprenderla y entenderla por entero. Y con ese saber suyo regirá en Ella. Ahora, incluso en su forma más estricta, el regir, cuando se ha entendido bien, no es otra cosa que servir.

En ninguna parte de la Creación entera, llegando hasta lo más alto de lo espiritual, se da algo que se aparte del acontecer natural. Ya de por sí este detalle hace todo mucho más familiar; al mismo tiempo que ese temor malsano y soterrado y esas ganas de esconderse ante tantas cosas que, por lo pronto, resultan aún desconocidas se vienen abajo por sí solos. Con la naturalidad, una corriente de aire fresco penetra el sofocante entorno de lúgubres maquinaciones cerebrales de esos que gustan de hablar y hablar. Esas formaciones mentales suyas que se han originado en su fantasía enfermiza, y que resultan tenebrosas para los débiles y objeto de burla de los fuertes, se revelan como ridículas y puerilmente tontas a ojos de ese que va ganando en claridad y cuya visión acaba abarcando con frescura y alegría la espléndida naturalidad de todo acontecer, el cual se mueve en una sola línea recta que resulta fácil de reconocer.

De punta a cabo de la Creación se pone de manifiesto una uniformidad, en la más estricta regularidad y concierto. Y ello le facilita a todo buscador el obtener una visión despejada y abarcadora del todo, llegando hasta el punto de donde verdaderamente proviene.

Para ello no requiere ni de arduo investigar ni de fantasía. Lo importante es que se mantenga lejos de todos esos que en turbio secretismo pretenden darle a un mezquino saber fragmentario el aspecto de ser más grande de lo que en realidad es.

Los hombres tienen todo delante de ellos de manera tan simple que muchas veces no llegan a alcanzar la comprensión justo por razón de esa simpleza, ya que de antemano asumen que la Creación tiene que ser mucho más difícil y complicada.

Esto hace tropezar a miles que, armados de la mejor voluntad, dirigen la vista a lo alto, buscando, y no sospechan que tan solo necesitan mirar hacia adelante y en derredor suyo, sin necesidad de esfuerzo alguno. Entonces verían que con su sola existencia terrenal ya se encuentran en el camino correcto, y que no necesitan más que marchar tranquilamente adelante. Sin prisa y sin afán, pero eso sí, con mirada abierta y despejada y con una mente ajena de constricciones. El hombre tiene que aprender de una vez que la verdadera grandeza solo reside en el más simple y natural acontecer, y que la grandeza presupone esa simpleza.

Así es en la Creación, y lo mismo es válido para él también, que es parte de la Creación.

A él sólo le será posible obtener claridad con un pensar y sentir simple; tan simple como los niños aún lo poseen. Si reflexiona con ecuanimidad, podrá darse cuenta de que, en lo referente a la capacidad comprensiva, la simpleza es sinónimo de claridad y también de naturalidad. La una es completamente impensable sin la otra. Se trata de un trítono que expresa un concepto. Aquel que lo tome como la base de su búsqueda no tardará en disipar la nebulosa confusión. Todo lo armado artificiosamente se viene entonces abajo por sí solo.

El hombre se da cuenta de que en ningún lugar se puede dejar fuera el acontecer natural y que éste no se ve interrumpido en ninguna parte. Y en ello se manifiesta también la grandeza de Dios; y la inmutable vitalidad de las autoactiva voluntad creadora. Ya que las leyes naturales son las diamantinas leyes de Dios, las cuales son constantemente perceptibles a los ojos de todos los hombres, y hablándoles con insistencia a éstos, atestiguan de la grandeza del Creador y de Su imperturbable regularidad, regularidad esta que no admite excepciones. Ya que de la semilla de avena solo puede salir avena, de la de maíz solo maíz, y así sucesivamente.

Lo mismo es válido para esa primera Creación que, por ser obra del propio Creador, es la que más cerca está de Su perfección. Allí las leyes básicas están ancladas de tal manera que, movidas por la vitalidad de la Voluntad, no podían menos que, en el acontecer más natural, acabar trayendo consigo el surgimiento de la Creación ulterior en sentido descendente, Creación que se extiende hasta estos cuerpos celestes. Sólo que esta Creación fue adquiriendo un carácter cada vez más basto a medida que, en la continuación del desarrollo, se iba separando cada vez más de la perfección del origen. –

Pero ahora analicemos la Creación.

Imagínense que toda vida en Ella consta de dos especies, no importa en qué parte de la Creación se encuentra la vida en cuestión. Una especie es la que está consciente de sí misma y la otra es la que no tiene conciencia de sí misma. El tener presente la diferencia entre estas dos variantes es de suma importancia. Ello guarda relación con el «origen del hombre». Dicha diferencia es también lo que estimula a la continuación de la evolución y a la aparente lucha. Lo inconsciente es la base y el comienzo de todo lo consciente; en su composición, empero, lo primero es exactamente de la misma naturaleza que lo segundo. El volverse consciente constituye progreso y desarrollo para lo inconsciente, que, en su convivencia con lo consciente, recibe constantemente la estimulación a volverse consciente también.

La primera Creación en particular ha traído, con su desarrollo en sentido descendente, tres grandes divisiones básicas: como la suprema y más alta está la espiritual, la Creación Primordial, a la que le sigue la sustancial, de una naturaleza más densa y, por ende, más pesada que la primera. Por último, viene la división más inferior y más pesada, el gran reino de la materia, el cual, desprendiéndose gradualmente de la Creación Primordial, acabó hundiéndose a regiones más bajas. Con ello sólo quedó atrás, como la división suprema, lo puramente espiritual, toda vez que, con su pura naturaleza, personifica lo más ligero y más luminoso. Se trata del tan mentado Paraíso, la corona de toda la Creación.

Con el hundimiento de lo que se vuelve más denso ya estamos tocando la ley de la gravedad, la cual no está anclada únicamente en lo material, sino que ejerce su actividad en la Creación entera, empezando en el Paraíso y llegando hasta nosotros.

La ley de la gravedad es de una importancia tan decisiva que toda persona debería grabársela bien; ya que la misma constituye la palanca principal en todo el devenir y el proceso evolutivo del espíritu humano.

Ya decía que la susodicha gravedad no es solo válida para la constitución terrenal, sino que opera de la misma manera en esas partes de la Creación que el hombre ya no alcanza a ver y que, por consiguiente, llama simplemente el «más allá».

En aras de un mejor entendimiento, me veo obligado a dividir la materia en dos subdivisiones, la subdivisión de lo etéreo y la de lo físico-material. La materia etérea es esa materia que no puede hacérsele visible al ojo humano, debido a su naturaleza diferente. No obstante, sigue siendo materia.

No se debe confundir lo que la gente llama el «más allá» con el anhelado Paraíso, el cual es puramente espiritual. Por espiritual no se debe entender «mental». Antes bien, lo espiritual es una modalidad, de igual modo que lo sustancial es una modalidad, así como lo material también. O sea, uno llama «más allá» a esta modalidad etérea simplemente porque la misma está más allá de la capacidad visual terrenal. Lo físico-material, empero, es este mundo, es todo lo terrenal, que le resulta visible a nuestros ojos físico-materiales debido a la similitud de especies.

El hombre debería de perder la costumbre de considerar las cosas invisibles como incomprensibles y antinaturales. Todo es natural, incluso el llamado «más allá», y también el Paraíso, para llegar al cual partiendo de ese más allá es necesario cubrir todavía una inmensa distancia.

Así como aquí nuestro cuerpo físico-material es sensible a su entorno, que es de la misma especie que él y que, por esa razón, puede ser visto, oído y sentido por él, de igual modo sucede en las otras partes de la Creación cuya constitución no es similar a la nuestra. El hombre etéreo en el llamado más allá siente, oye y ve únicamente el entorno etéreo, el cual es de su misma especie; por su parte, el hombre espiritual, que se encuentra en planos más altos, solo puede sentir su entorno espiritual.

Así, se da el caso en que una que otra vez más de un poblador terrenal ve y oye la materia etérea con su cuerpo etéreo –el cual, después de todo, lleva consigo– antes de que, con su muerte, tenga lugar la separación de su cuerpo físico-terrenal. Ello no tiene nada en absoluto de antinatural.

Junto a la ley de la gravedad tenemos, como su colaboradora, a la ley de las especies afines.

Ya he mencionado antes que una especie solo puede comprender a su misma especie. Los adagios «cada oveja con su pareja» y «de tal palo tal astilla» parecen sacados de esta ley primordial. La misma vibra en toda la Creación conjuntamente con la ley de la gravedad.

Junto a estas dos leyes ya mencionadas hay una tercera ley primordial en la Creación: la ley del efecto recíproco. Esta hace que el hombre tenga que recoger lo que ha sembrado, en todo caso. No va a recoger maíz se siembra centeno, ni trébol cuando ha plantado cardos. Exactamente lo mismo ocurre en el mundo etéreo. No va a acabar cosechando cosas buenas cuando ha sembrado odio, ni va a recoger alegría donde ha alimentado la envidia en su interior.

Estas tres leyes primordiales constituyen hitos de la voluntad divina. Son solo ellas las que, con su operar, le traen a un espíritu humano de manera automática la recompensa o el castigo, y ello con una justicia inexorable; de una manera tan incorruptible y calibrado en las más maravillosas y sutiles gradaciones que en el gigantesco acontecer cósmico resulta imposible pensar en la más mínima injusticia.

El efecto del operar de estas simples leyes lleva a todo espíritu humano al lugar exacto que le corresponde de acuerdo a su actitud interior. Un error resulta imposible aquí, ya que el operar de dichas leyes puede ser activado únicamente por la más íntima condición del ser humano; eso sí, en todo caso es activado sin falta. De modo que el operar requiere, como palanca de activación, la fuerza puramente espiritual que se halla en el interior del hombre, la fuerza de los sentimientos intuitivos de éste. Todo lo demás resulta ineficaz aquí. Por esa razón es por la que única y exclusivamente la verdadera volición, el sentir intuitivo del hombre, resulta determinante para lo que se habrá de desarrollar para él en ese mundo invisible a sus ojos en el que está obligado a entrar tras su muerte terrenal.

Ahí de nada sirve la simulación o el autoengaño. Y entonces tendrá que cosechar sin falta aquello que él ha sembrado con su volición. E incluso según y conforme cuán fuerte o débil sea su volición, así pondrá ésta en marcha, en un mayor o menor grado, las corrientes afines del otro mundo, da igual si la volición de turno es odio, envidia o amor. Se trata de un acaecer completamente natural que tiene lugar con la mayor simpleza y que, no obstante, es un resultado del férreo operar de la diamantina justicia.

Aquel que trate seriamente de visualizar estos sucesos etéreos se dará cuenta de la incorruptible justicia que semejante operar automático encierra, y ello le bastará para percibir la inconcebible grandeza de Dios. Éste no tiene necesidad de intervenir, habiendo ya instaurado su voluntad en la Creación en la forma de leyes, o sea, de manera perfecta.

Aquel que, con su ascensión, regresa al Reino del Espíritu, está purificado; ya que antes tuvo que pasar por los molinos autoactivos de la voluntad divina. No hay ningún otro camino que conduzca a la proximidad de Dios. Y la manera en que los molinos han de trabajar sobre el espíritu humano depende de la vida que su ser interior ha llevado hasta ese momento, depende de la volición de este espíritu. Dichos molinos lo mismo pueden transportarlo a las alturas bienhechoramente que arrastrarlo dolorosamente a la noche del horror, e incluso hacerlo pedazos hasta alcanzar su total aniquilación. –

Tened presente que, al nacer terrenalmente, ese espíritu humano ya maduro para una encarnación trae ya consigo una envoltura o cuerpo etéreo, del cual precisó en su trayectoria por la materia etérea. Dicho cuerpo lo conserva también durante su existencia terrenal, como nexo de unión con el cuerpo físico. Ahora bien, la ley de la gravedad siempre hace valer su efecto principal sobre la parte más densa y basta. O sea, en la existencia terrenal, sobre el cuerpo terrenal. Ahora, cuando éste, con su muerte, queda atrás, el cuerpo etéreo vuelve entonces a quedar libre y, en ese mismo momento, queda sometido, sin protección alguna, a la ley de la gravedad, por ser ahora la parte más basta.

Cuando se dice que el espíritu hace al cuerpo, eso es cierto si por cuerpo se entiende el cuerpo etéreo. La condición interior del hombre, sus deseos y su verdadera volición sientan las bases para ello. La volición encierra la fuerza para configurar lo etéreo. Con la sed de lo bajo o meramente de placeres terrenales, el cuerpo etéreo se vuelve denso y, por ende, pesado y oscuro, toda vez que la realización de semejantes deseos está en la materia física. Es el propio hombre quien se ata de esa manera a lo basto y lo terrenal. Su deseo tira del cuerpo etéreo, es decir, éste toma una configuración de una densidad tal que le permita acercarse a la constitución terrenal lo más posible, lo cual es lo único que encierra la perspectiva de poder participar en los placeres o pasiones terrenales una vez que el cuerpo físico-terrenal haya quedado atrás. Aquel que tenga semejantes aspiraciones tiene por fuerza que hundirse como resultado de la ley de gravedad.

No así con los hombres cuyos pensamientos van dirigidos fundamentalmente a lo que es más excelso y más noble. Aquí la volición, de manera automática, hace al cuerpo más luminoso y, por ende, más ligero, a fin de que éste pueda acercarse a todo eso que el hombre en cuestión considera el objetivo de sus más serios deseos, o sea, a la pureza de las cumbres luminosas.

Dicho con otras palabras: Por medio de la meta de turno del espíritu humano, el cuerpo etéreo en el hombre terrenal es pertrechado al mismo tiempo de tal manera que, tras la muerte del cuerpo terrenal, le sea posible ir en busca de esa meta, independientemente de su naturaleza. Aquí sí se puede decir que el espíritu forma el cuerpo a su gusto; ya que su volición, por ser espiritual, lleva consigo la fuerza que le permite servirse de lo etéreo. De este acaecer natural jamás le será imposible sustraerse. El mismo tiene lugar con toda volición, independientemente de si ello es del agrado del hombre o le resulta incómodo. Y estas formas quedan adheridas a él mientras él, con su volición y su sentir intuitivo, les proporcione sustento. Dichas formas lo ayudan a avanzar o lo retienen, todo dependiendo de su naturaleza, la cual queda sujeta a la ley de la gravedad. Ahora, si él cambia su volición y su sentir intuitivo, ello trae consigo que enseguida surjan nuevas formas, mientras que las anteriores, que, debido al cambio de volición, ya no reciben más sustento, quedan condenadas a fenecer y a desintegrarse. Con ello el hombre cambia también su destino.

En el momento en que, con la muerte del cuerpo terrenal, se pierde el anclaje terrenal, el cuerpo etéreo, que entonces queda libre, se hunde o se eleva en esa materia etérea que la gente llama el «más allá». Dicho cuerpo es retenido en el lugar exacto que, según la ley de la gravedad, presenta el mismo peso que él; toda vez que de ahí no puede pasar, ni hacia arriba ni hacia abajo. Ahí encontrará, como es natural, a todos sus semejantes en cuanto a naturaleza o modo de pensar; ya que la misma especie presupone el mismo peso, y el mismo peso, como es lógico, presupone la misma especie. Según haya sido él personalmente, así habrá de sufrir o de regocijarse entre sus semejantes, hasta que vuelva a cambiar interiormente, y con él su cuerpo etéreo, el cual, bajo los efectos del cambio de peso, habrá entonces de llevarlo hacia una región más arriba o más abajo.

De modo que el hombre ni puede quejarse ni tiene por qué dar gracias; ya que, si es encumbrado hacia la Luz, es su propia constitución la que hace que dicho encumbramiento tenga que ocurrir, y si cae en la oscuridad, es una vez más su condición la que lo obliga a ello.

Pero todo hombre tiene razón para alabar al Creador a voz en cuello por la perfección que el efecto del operar de estas tres leyes encierra. Con ello el espíritu humano es convertido, en todo caso, en dueño absoluto de su propio destino. Ya que su verdadera volición, o sea, la verdadera condición de su ser interior, es lo que por fuerza ha de elevarlo o de hundirlo.

Si tratan de formarse una idea correcta del efecto de estas leyes, tanto en su operar por separado como en combinación unas con otras, encontrarán que, por cada recompensa o castigo, ello encierra, graduado con precisión matemática, la gracia o la condenación, todo según la persona de turno. Se trata del más simple acontecer y muestra la cuerda de salvamento disponible con toda volición seria de una persona, cuerda esta que jamás puede romperse o fallar. Es la grandeza de semejante simpleza lo que obliga a quien alcanza la comprensión a hincarse de rodillas ante la sublimidad del Creador.

En todo acontecer tocado en mis explicaciones no dejamos de toparnos, una y otra vez y de manera clara y ostensible, con el efecto de la actividad de estas simples leyes, cuyo maravilloso trabajo en conjunto habré de describir de manera especial más adelante.

Cuando el hombre conoce el operar entrelazado de estas tres leyes, ya tiene con ello la escalera que lo conduce al Reino del Espíritu, al Paraíso. Pero también ve entonces el camino que lleva a la oscuridad.

Él ni siquiera tiene necesidad de recorrer el camino, sino que es encumbrado a las alturas o arrastrado a las profundidades por este mecanismo autoactivo, según y conforme él, con su vida interior, ajuste el mecanismo para sí.

Siempre queda a discreción suya decidir por cuál camino él se quiere dejar llevar.

El hombre no se debe dejar confundir aquí por los burlones.

Bien mirados, el escepticismo y las burlas no son otra cosa que deseos manifiestos. Sin ser consciente de ello en absoluto, todo escéptico manifiesta aquello que él mismo desea y expone así su ser interior a la mirada escrutadora. Ya que también la negación y el rechazo encierran, de manera fácilmente perceptible, deseos profundamente ocultos. El enorme abandono o pobreza que en tales casos se pone a veces de manifiesto resulta triste o también indignante, ya que justo con ello el hombre no pocas veces se rebaja de un tirón, en lo tocante a su ser interior, a un nivel más bajo que el de cualquier ignorante animal. Uno debería sentir pena por esa gente; eso sí, sin ser indulgente. Ya que la indulgencia sería lo mismo que alimentar la pereza que evita el hacer un examen serio. Aquel que busca en serio ha de escatimar con la indulgencia; de lo contrario, acabará perjudicándose a sí mismo sin que con ello consiga ayudar al otro.

Ahora, con el aumento de su comprensión, contemplará con alborozo la maravilla que es la Creación y, con conocimiento de causa, se dejará encumbrar a esas alturas luminosas que podrá llamar patria.

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