En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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59. Concepto humano y voluntad de Dios en la ley de la reciprocidad

Cuando se deba hablar en concepto humano y en concepción humana, la que también se encuentra conectada a la justicia terrena, no debe esperarse que eso corresponda a la justicia divina o que siquiera se le acerque. En el contrario, uno debe lamentablemente decir que en la mayor parte de los casos existe incluso una distancia tan grande como el cielo. En esa comparación, la expresión popular “tan grande como el cielo” es apropiada en el más verdadero sentido. Esa diferencia podría ser explicada, muchas veces, con el intelecto de la humanidad, limitado a espacio y tiempo, lo cual en su estrechez no consigue reconocer lo errado propiamente y separarlo del cierto, una vez que eso raramente es reconocible de modo claro por exterioridades, pero reside exclusivamente en lo más intimo de cada persona, para cuya análisis párrafos rígidos de ley y sabiduría teórica no bastan. Es entristecedor, sin embargo, que por ese motivo tantos juicios de las cortes terrenas hayan que estar en oposición brusca a la justicia divina.

No es el caso de hablarse de los tiempos de la Edad Media, tampoco de las épocas tristes de torturas crueles, ni de las nombradas incineraciones de brujas y de otros crímenes de la justicia. Tampoco deben ser mencionadas las innumeras incineraciones, las torturas y asesinatos que deben ser llevados en la cuenta de culpas de las comunidades religiosas y que en sus efectos recíprocos deben alcanzar los practicantes de modo doblemente pavoroso, porque abusaron ahí del nombre del Dios perfecto, cometiendo en Su nombre todos aquellos crímenes, como supuestamente agradables a Él y, con eso, Lo acuñando ante los seres humanos como responsable por aquello. Abusos y barbaridades, que no deberían ser olvidados tan rápidamente, sino que debía hacerse volver a la memoria como advertencia, siempre de nuevo, también en los juicios de hoy, principalmente porque los que antaño así hacían cometían diligentemente tales transgresiones con la apariencia de lo más pleno derecho y de la mejor buena fe.

Mucho ha cambiado. Y, sin embargo, evidentemente vendrá el tiempo en que se volverá a mirar con semejante horror para la justicia actual, como nosotros, hoy, encaramos los tiempos aquí referenciados, los cuales, según nuestro actual reconocimiento, encierran tanta injusticia. Ese es el curso del mundo y un cierto progreso.

Mirándose más profundamente, sin embargo, el aparentemente grande progreso entre el tiempo de antaño y lo de hoy se encuentra solamente en las formas externas. El poder absoluto de uno sólo, sin responsabilidad personal para éste en la Tierra, profundamente incisivo en la existencia entera de tantas personas, continua frecuentemente aún lo mismo. Tampoco han cambiado mucho los seres humanos, ni los muelles propulsoras de sus acciones. Y dondequiera la vida interior aún sea la misma, son iguales también los efectos recíprocos que traen en si el Juicio divino.

Si la humanidad súbitamente se convirtiese vidente a tal respecto, la consecuencia solamente podría ser un único grito de desespero. Un horror que se extendería sobre todos los pueblos. Nadie levantaría la mano contra su semejante con recriminaciones, toda vez que cada uno, individualmente, sentiría sobre si de alguno modo el peso de idéntica culpa. Él no tiene ningún derecho de enfrentar al otro de modo reprensible en eso, toda vez que hasta entonces cada cual ha juzgado erróneamente solamente según las apariencias externas, no dando importancia a toda la verdadera vida.

Muchos se desesperarían consigo mismos en la primera antorcha de luz, si ésta pudiese penetrar en ellos sin estar preparados, mientras otros, que hasta ahora jamás se han dado tiempo para reflexionar, deberían intuir inconmensurable exasperación por haber dormido durante tanto tiempo.

¡Por eso es, pues, oportuno el estimulo para la reflexión serena y para el desenvolvimiento de la justa capacidad de juicio propio, la cual rechaza cualquier inclinación ciega a opiniones ajenas y solamente asimila, piensa, habla y actúa de acuerdo con su propio intuir!

¡Jamás el ser humano debe olvidarse de que él, completamente sólo, tiene que responsabilizarse por todo aquello que él intuye, piensa y hace, aunque lo haya acepto de otro de modo incondicional!

Feliz aquél que alcanza ese nivel elevado, yendo al encuentro de cada parecer de modo criterioso, para entonces actuar según sus propias intuiciones. Así no co-participa de la culpa, como millares que muchas veces se sobrecargan con karmas pesados, solamente por falta de reflexión y sensacionalismo, por prejuicios y difamación, que los llevan a regiones cuyos sufrimientos y dolores jamás necesitarían conocer. Con eso, frecuentemente, ya en la Tierra dejan retenerse de mucho de lo que es realmente bueno, perdiendo con eso no solamente mucho en beneficio propio, pero ponen en juego así tal vez todo, su existencia entera.

Así fue con el odio inflamado e insensato contra Jesús de Nazaret, cuyo verdadero motivo solamente pocos de los malévolos vociferadores conocían, mientras que los demás se entregaban simplemente a una furia totalmente ignorante y ciega, gritando en conjunto, sin que jamás tuviesen, personalmente, estado en contacto con Jesús. No menos perdidos están también todos aquellos que, basados en opiniones erróneas de otros, se alejan de él y ni siquiera oyeron sus palabras, y mucho menos aún se han dado al trabajo de un examen criterioso, con lo que, por ultimo, aún podrían haber reconocido el valor.

¡Solamente así pudo madurar la desvariada tragedia que puso bajo acusación de blasfemia exactamente el Hijo de Dios, lo llevando hacia la cruz! ¡Él, el único que venía directamente de Dios y les anunciaba la Verdad acerca de Dios y Su voluntad!

El hecho es tan grotesco, que en él se patenta con ofuscadora claridad toda la estrechez de las criaturas humanas.

Y desde ahí hasta hoy la humanidad no progresó interiormente, al contrario, solamente retrocedió aún más, a pesar de todos los otros descubrimientos e invenciones.

Solamente lo que progresó, y eso a causa de los éxitos exteriores, fue la presunción de siempre querer saber más, la cual genera y cultiva exactamente la estrechez, la cual, en la verdad, es la característica especifica de la estrechez.

Y desde ese suelo, que durante dos milenios se fue convirtiendo cada vez más fértil, es que brotaron las concepciones humanas actuales, que actúan de modo decisivo y devastador, en cuanto las criaturas humanas, sin presentir, se enredan a si mismas en eso, cada vez más, para su propia horrible fatalidad.

Quién en todo eso, a través de falsas concepciones, atrae hacia si, muchas veces de buena fe, efectos malos de una corriente recíproca, actuando, por lo tanto, contra las leyes divinas, eso hasta ahora raras veces se ha tornado claro a alguien. El numero es grande, y muchos, en su vanidad, sin presentirlo, están incluso orgullosos sobre eso, hasta que un dia habrán que ver la Verdad con angustioso pavor, la cual es tan diferente de aquello que su convicción los dejó imaginar.

Pero entonces será demasiado tarde. La culpa con que se sobrecargan habrá que ser redimida en lucha penosa consigo mismos, muchas veces por decenios.

Largo y difícil es el camino hasta el reconocimiento, cuanto una persona perdió la oportunidad favorable de la existencia terrena y se sobrecargó, incluso intencionalmente, o por ignorancia, aún con nueva culpa.

Excusas, ahí, jamás son tomadas en cuenta. ¡Cada uno puede saberlo, si lo quiera!

Quién sentir el anhelo de reconocer una vez la justicia divina en el decurso de los efectos recíprocos, en contraste con concepciones terrenas, éste que se esfuerce en observar por sobre algun ejemplo de la vida terrena, examinando ahí de que lado se halla realmente lo cierto y lo errado. Muchos a él se le presentarán, diariamente.

A la brevedad su propia capacidad de intuir se desarrollará de forma más acentuada y más viva, para botar afuera, por ultimo, todos los prejuicios aprendidos de concepciones fallas. Surge así una intuición de justicia, que puede confiar en si misma, porque, en el reconocer de todos los efectos recíprocos, acoge la voluntad de Dios, está y actúa en ella.

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