En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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Contenido


53. ¡Yo soy el Señor, tu Dios!

¿Dónde están los seres humanos que realmente colocan en practica este más alto de todos los mandamientos? ¿Dónde está el sacerdote que lo enseña de modo puro y verdadero?

“¡Yo soy el Señor, tu Dios, tu no deberás tener otros dioses a Mi lado! ¡Esas palabras son dadas de modo tan claro, tan absoluto, que ni debería ser posible un desvío! También Cristo señaló reiteradamente para eso, con gran clareza y severidad. Tanto más lastimoso es, pues, que millones de personas pasen por eso sin atención, adhiriendo a cultos que se hallan en brusca oposición a ese más alto de todos los mandamientos. ¡Lo peor en todo eso es que no respetan ese mandamiento de su Dios y Señor con crédulo hervor, en la ilusión de honrar a Dios y de Le ser agradable en esa manifiesta violación de Su mandamiento!

Este gran error sólo puede persistir dentro de una creencia ciega, donde cualquier examen es excluido; pues creencia ciega nada más es de lo que falta de reflexión y pereza espiritual de tales personas, que, tal como los perezosos y dormidos, buscan evitar, lo cuanto posible, el despertar y el levantar, pues resulta en obligaciones, cuyo cumplimiento temen. Cualquier esfuerzo les parece un horror. Es, pues, mucho más cómodo que otros trabajen y piensen en su lugar.

Sin embargo, quien deja que los demás piensen en su lugar les da poder sobre si, se rebaja él propio a lacayo y se torna así dependiente. ¡Dios, sin embargo, dio al ser humano una fuerza de libre resolución, le dio la facultad de raciocinar, de intuir y, para tanto, tendrá que recibir, evidentemente, como prestación de cuentas, todo aquello que esa facultad de libre resolución resulta! ¡Con eso, Él quería criaturas humanas libres, no lacayos!

Es triste cuando un ser humano, por pereza, se torna terrenalmente esclavo, pero terribles son las consecuencias cuando él espiritualmente se devalúa de tal manera, que se torna un adepto tosco de doctrinas que contradicen los mandamientos precisos de su Dios. De nada les sirve se buscan sofocar los escrúpulos, que aquí y allá despiertan, con la excusa de que, por último, habrán que asumir con la mayor responsabilidad aquellas personas que introducieron engaños en las doctrinas. Eso en si ya está cierto, pero, además de eso, cada uno, individualmente, aún es especialmente responsable por todo aquello, que él propio piensa y hace. Integralmente, nada de eso le puede ser perdonado.

¡Aquél que no pone en practica las facultades del intuir y del raciocinar a él regaladas, en toda la amplitud que le es posible, se torna culpable!

No es pecado, sino deber, que cada uno, con el despertar de la madurez, cuando asume plena responsabilidad por si mismo, también comience a reflexionar sobre aquello que hasta ahí le fue enseñado. No pudiendo colocar sus intuiciones en consonancia con algo de eso, entonces tampoco debe aceptarlo ciegamente como cierto. Con eso solamente perjudica a si propio, como en una compra mal hecha. Lo que no le es posible mantener por convicción, debe dejar; pues en el contrario su pensar y su actuar se tornarían hipocresía.

Aquél que omite esto o aquello de realmente bueno, porque no puede comprenderlo, de lejos aún no es tan abyecto como aquellos que, sin convicción, adhieren a un culto que no comprenden totalmente. Todo el actuar y pensar proveniente de tal incomprensión es vacío, y de tal vacuidad no puede resultar, por si solo, ningún efecto recíproco bueno, porque en la vacuidad no se encuentra ninguna base viva para algo de bueno. Así se torna una hipocresía, que equivale a una blasfemia, porque con eso se busca engañar a Dios con algo que no existe. ¡Ausencia de intuiciones vivas! ¡Eso torna aquel que actúa de esa manera despreciable, un expulsado!

Los millones de seres humanos, pues, que impensadamente dan aprecio a cosas que contrarían manifiestamente los mandamientos divinos, a pesar de algun eventual hervor, se encuentran incondicionalmente maniatados y totalmente excluidos de una escalada espiritual.

¡Solamente la convicción libre es viva, y, por consiguiente, puede también crear algo vivo! Una tal convicción, sin embargo, sólo puede despertar ante análisis rigurosa y profundo intuir. Donde haya la menor incomprensión, sin hablar en duda, nunca puede surgir convicción.

¡Solamente el comprender pleno y sin lagunas equivale a la convicción, la cual únicamente posee valor espiritual!

Francamente es doloroso presenciar, cuando en las iglesias multitudes se persignan, se curvan y se arrodillan irreflexionadamente. Tales robots no deben ser contados entre las personas que raciocinan. ¡La señal de la cruz es el signo de la Verdad, y con eso el signo de Dios! Se carga de culpa aquél, que se utiliza de ese signo de la Verdad, en cuanto al mismo tiempo su intimo, en el momento de la practica, no es verdadero en todos los sentidos, si todas sus intuiciones no están totalmente sintonizadas con la absoluta Verdad. Para tales personas seria cien veces mejor que dejasen esa persignación, la reservando para momentos que tengan toda su alma sintonizada con la Verdad, por lo tanto, con eso también con el propio Dios y Su voluntad; pues Dios, su Señor, es la Verdad.

¡Sin embargo, es idolatría y transgresión abierta de lo más sagrado de todos los mandamientos de su Dios, cuando prestan honras a un símbolo, las cuales caben solamente a Dios!

“¡Yo soy el Señor, tu Dios, tu no deberás tener otros dioses a Mi lado!”, está dicho expresamente. Conciso, nítido y claro, sin permitir siquiera el mínimo desvío. También Cristo señaló de forma muy especial para esa observancia necesaria. Intencionalmente y de manera significativa la nombró, justamente ante los fariseos, de ley suprema, es decir, aquella ley que en circunstancia alguna debe ser quebrada o de alguna forma alterada. ¡Esa designación dice, al mismo tiempo, que todas las demás cosas buenas y todas las demás creencias no pueden ganar valor total, si esa ley suprema no sea cumplida de modo integral! ¡Que todo incluso depende de eso!

¡Contemplemos entonces, por ejemplo, totalmente libres de prejuicios, la veneración de la custodia! Se encuentra en eso, en muchas personas, una contradicción al mandamiento claro y supremo.

¿Espera el ser humano que Dios baje hacia esta hostia transmutable, como explicación para el hecho de que él presta a ella honrarías divinas? ¿O que Dios, con la consagración de tal hostia, sea forzado a bajar? Una cosa es tan inimaginable cuanto la otra. Tampoco, sin embargo, puede ser criada una ligazón directa con Dios ante una tal consagración; pues el camino hacia Allá no es tan simple tampoco tan fácil. Por seres humanos y por espíritus humanos él, sin embargo, ni puede ser recorrido hasta el fin.

¡Si, pues, una persona se prostra delante una figura esculpida en madera, una otra delante del Sol y una tercera delante de la custodia, entonces cada una peca contra la suprema ley de Dios, bajo la condición que vea en eso algo divino, por lo tanto, el propio Dios vivo y, por lo tanto, espere de eso inmediata gracia y bendición divinas! ¡En tal errada presuposición, esperanza e intuición se encontraría la verdadera transgresión, idolatría abierta!

Y tal idolatría es practicada muchas veces con hervor por los adeptos de muchas religiones, aunque de maneras diversas.

Cada persona que ejercita su deber de raciocinar sincero, oriundo de sus facultades, tendrá que ahí quedar en duda, la cual sólo conseguirá sofocar temporalmente y de modo forzado ante el error de una creencia ciega, igual que un desocupado negligencia sus deberes cotidianos por el sueño de la indolencia. ¡La persona sincera, sin embargo, intuirá impreteriblemente que tendrá que buscar en primer lugar clareza en todo cuanto se le deba tornar sagrado!

Cuantas veces Cristo explico que los seres humanos debían vivir conforme sus enseñanzas, a fin de obtener lucro de eso, es decir, por lo tanto, a fin de poder llegar a la escalada espiritual y a la vida eterna. En la expresión “vida eterna” ya se patenta la vivacidad espiritual, pero no la indolencia espiritual. Con la indicación hacia el vivir conforme sus enseñanzas, él advirtió, expresa y nítidamente, al respeto de una aceptación tosca de esas enseñanzas, por ser errada e inútil.

Un vivenciar, naturalmente, puede darse siempre solamente a través de la convicción, jamás de modo diferente. Convicción, sin embargo, condiciona plena comprensión. Comprensión, por su parte, un reflexionar intenso y un examinar propio. Se debe evaluar las enseñanzas con las propias intuiciones. Desde ahí se deprende, por si sólo, que una creencia ciega es totalmente errada. Todo cuanto es errado, sin embargo, fácilmente puede llevar a la ruina, a la decadencia, jamás, sin embargo, hacia la escalada. Escalada equivale a la liberación de toda la presión. En cuanto exista aún dondequiera una presión, no se puede hablar de una liberación o redención. El incomprendido, sin embargo, es una presión que no se deshace antes que el lugar de la presión o laguna sea alijado por la comprensión plena.

¡Creencia ciega equivale siempre a la incomprensión, por lo tanto, jamás podrá ser convicción y, consecuentemente, no puede traer ninguna liberación, ninguna redención! Personas que se restringieron en la creencia ciega no pueden ser vivas espiritualmente. Se igualan a los muertos y no tienen ningún valor.

¡Si una persona empieza a raciocinar correctamente, a acompañar serenamente y con atención todos los acontecimientos, los coordinando de modo lógico, entonces llegará por si a la convicción de que Dios, en Su pureza perfecta y de acuerdo con Su propia voluntad criadora, no puede llegar a la Tierra!

La absoluta pureza y perfección, por lo tanto, justamente lo divinal, excluye una bajada a la materia. La diferencia es demasiado grande para que, a propósito, sea posible una ligazón directa, sin que se lleve exactamente en cuenta las necesarias transiciones, que condicionan las especies enteales y materiales, que se encuentran en intermedio. ¡El tomar en cuenta de esas transiciones, sin embargo, solamente puede efectuarse por la encarnación, como se passó con el Hijo de Dios!

Pero como este ahora “ha regresado al Padre”, por lo tanto, de vuelta a su origen, así también él se encuentra otra vez en el divinal, estando por eso de idéntico modo separado del terrenal.

Una excepción en eso significaría una torsión de la divina voluntad criadora y eso, por su parte, manifestaría una falta de perfección.

Como, sin embargo, la perfección es inseparable de la divinidad, no resta ninguna otra posibilidad pero que también Su voluntad criadora sea perfecta, lo que tiene que ser considerado equivalente a inmutable. Si los seres humanos fuesen igualmente perfectos, cada uno debía y podía, por la naturaleza de la cosa, andar siempre exactamente en el mismo camino del otro.

¡Solamente imperfección puede permitir diversidades!

Exactamente en cumplimiento a las perfectas leyes divinas es que es sacada del Hijo de Dios, después del “regreso al Padre”, igual como a Éste mismo, la posibilidad de estar personalmente en la materialidad, por lo tanto, de bajar a la Tierra. ¡No sin encarnación, de acuerdo con las leyes de la Creación!

Por esas razones, toda la adoración divina de cualquier objeto material en la Tierra tiene que equivaler a la transgresión de la ley suprema de Dios; porque únicamente al Dios vivo pueden ser prestadas honras divinas, y Éste no puede estar presente en la Tierra, justamente debido a Su divinidad.

Por su parte, sin embargo, el cuerpo de materia gruesa del Hijo de Dios, debido a la perfección de Dios en Su voluntad criadora, hubo que ser igualmente puramente terreno, no debiendo, por eso, ser denominado o considerado como divino. *(Disertación Nro. 58: Resurrección del cuerpo terreno de Cristo)

¡Todo lo que está en contradicción a eso demuestra lógicamente dudas en la absoluta perfección de Dios, y debe, por consiguiente, ser también errado! Eso es incontestablemente una medida infalible para la verdadera Fe en Dios.

Algo diferente es con el puro simbolismo. Cada símbolo cumple su finalidad buena de modo estimulante, en cuanto sea seriamente considerado como tal; pues su contemplación ayuda muchas personas a una meditación mayor y más concentrada. Para muchos será más fácil, al contemplar los símbolos de su religión, dirigir sus pensamientos hacia el Criador sin turbación, no importando con cual nombre Él les es comprensible. Seria, por lo tanto, errado dudar del elevado valor de las practicas religiosas y del simbolismo, es indispensable, solamente, que ahí nada llegue al punto de adoración y veneración de objetos materiales.

Una vez que el propio Dios no puede llegar a la Tierra, a la materia gruesa, cabe únicamente al espíritu humano subir el camino hasta el espíritu-enteal, de lo cual se origina. Y a fin de mostrar ese camino, ha bajado algo desde el divino ante encarnación, porque solamente en el divinal se encuentra la fuerza primordial, de la cual puede fluir la Palabra Viva. Pero el ser humano no debe suponer que algo de divino ha permanecido en la Tierra, a fin de que cada persona, apenas cuando le surja el deseo, pueda inmediatamente ser absuelta de modo muy especial. ¡Para la obtención de la absolución se encuentran las leyes férreas de Dios en la Creación, y solamente el incondicional cumplimiento de las mismas puede traer absolución! ¡Que se oriente según ellas, quien quiera llegar a las alturas luminosas!

Nadie debe comparar el Dios perfecto con un soberano terreno, que en su criterio imperfecto y humano puede efectuar actos arbitrarios de amnistía, a través de sentencias proferidas por sus jueces de igual especie. ¡Algo así no es posible en la perfección del Criador y de Su voluntad, una con Él!

El espíritu humano necesita por ultimo acostumbrarse al pensamiento de que él mismo tiene que moverse y de modo muy enérgico, a fin de obtener absolución y perdón, y en eso finalmente cumplir su deber que indolentemente ha negligenciado. ¡Él debe animarse y trabajar en si propio, si no quiera caer en la tinieblas de los condenados! Deber confiar en su Salvador significa confiar en las palabras de él. ¡Tornar vivo por la acción lo que él dijo! ¡Nada de diferente consigue ayudar! De nada le sirve la creencia vacía. ¡Creer en él no significa otra cosa sino darle crédito. Irremediablemente perdido está todo aquel que no trabaja con diligencia para alzarse por aquella cuerda que le fue colocada en la mano por la Palabra del Hijo de Dios!

Si la criatura humana quiera realmente tener su Salvador, tiene que finalmente cobrar animo para la vivacidad y actividad espiritual, las cuales no visan exclusivamente ventajas y placeres terrenos, y tiene que empeñarse hacia arriba, al encuentro de él. No puede arrogantemente esperar que éste baje hacia ella. La Palabra le ofrece el camino hacia allá. Dios no corre tras de la humanidad, mendigando, cuando ella forma un imagen errada de Él, alejándose por eso y siguiendo caminos errados. Tan cómodo no es. Pero como tan absurda concepción se instalo en muchas personas, debido a la comprensión errónea, la humanidad, antes de todo, tendrá que aprender nuevamente a temer su Dios, al reconocer en la reciprocidad inevitable de una creencia cómoda o muerta que la voluntad de Él se encuentra firme en la perfección y no se deja torcer. ¡Quién no adaptarse a las leyes divinas será herido o aún triturado, conforme tendrá que suceder por fin a los que se entregan a tales idolatrías, prestando honras divinas al que no es divino! El ser humano tiene que llegar al reconocimiento: ¡el Salvador lo aguarda, pero no lo busca!

¡La creencia, o, más acertadamente dicho, la ilusión, que la mayor parte de la humanidad trae hoy en si, tenia que faltar, conduciendo incluso a la miseria y a la ruina, por ser muerta, y no contener en si verdadera vida!

¡Igual como Cristo, antaño, purifico el templo de los vendedores, del mismo modo, antes de todo, los seres humanos deben ser fustigados, a fin de salir de toda la indolencia de su pensar e intuir en relación a su Dios! Que siga, pues, durmiendo tranquilamente, quien otra cosa no quiera, y se deleite cómodamente en el almohadón blando de la auto-ilusión de que sea acertado pensar muy poco y de que cismar finalmente sea pecado. Horroroso será su despertar que se encuentra más prójimo a él de lo que presume. ¡De acuerdo con su pereza le será entonces medido el quiñón!

Como puede una persona que cree en Dios, que ha reflexionado sobre Su esencia y Su grandeza, que sabe, por sobre todo, como la voluntad perfecta de Dios se encuentra en la Creación en la forma de leyes de la naturaleza actuantes, esperar que le puedan ser perdonados sus pecados ante cualquier penitencia, impuesta de modo absolutamente contrario a esas leyes divinas de imprescindible reciprocidad. Incluso al Criador eso no sería posible, porque las leyes de la Creación y de la evolución emanadas de Su perfección traen en sus efectos, por si sólo y actuando de modo totalmente natural, recompensa o castigo por el madurar y cosechar de buena o mala sembradura del espíritu humano con inamovible justicia.

Sea lo que sea que Dios quiera, cada uno de Sus nuevos actos de voluntad tienen que contener en si, siempre de nuevo, la perfección, no puede, por lo tanto, presentar lo mínimo desvío con relación a los actos de voluntad anteriores, al contrario, debe estar en conformidad con éstos en todos sus sentidos. Todo, pero todo mismo, tiene que seguir, siempre de nuevo, los mismos caminos, debido a la perfección de Dios. Un perdón diferente de aquel obtenido por el cumplimiento de las leyes divinas, que residen en la Creación y por las cuales cada espíritu humano tendrá que pasar obligatoriamente en su trayecto, si quiera llegar al Reino de Dios, es, pues, cosa imposible, por lo tanto, tampoco cualquier perdón directo.

¿Cómo puede una persona, raciocinando un poco, esperar cualquier variaciones? ¡Seria, si, una disminución expresa de su Dios perfecto! Cuando Cristo, en su existencia terrena, dijo a uno o otro: “Tus pecados te están perdonados”, eso estaba absolutamente cierto; pues en el rogar sincero y en la Fe firme se encuentra la garantía de que la respectiva persona pasaría a vivir en el futuro de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, y de esa forma tendría que encontrar el perdón de los pecados, porque se colocaría si de acuerdo con las leyes divinas de la Creación, no más procediendo en contra las mismas.

¡Cuando, pues, una persona impone penitencia a otro, según criterio propio, a fin de entonces declarar sus pecados como quitados, está iludiendo de esa forma a si y a los que de ella solicitan auxilio, no importando si conciente o inconcientemente, y se pone, sin escrúpulos, mucho arriba de la propia divinidad!

¡Si los seres humanos, pues, por ultimo quisiesen considerar su Dios de modo más natural! Él, cuyos actos de voluntad crearon la naturaleza viva. De esa manera, sin embargo, en su creencia ciega e ilusoria, hacen de Él solamente una imagen ilusoria, de Él, que es todo, excepto eso. Justamente en la perfección natural o naturalidad perfecta, como fuente primordial de todo el existir, como punto de partida de todo cuanto es vivo, la magnitud de Dios es tan colosal e inconcebible para un espíritu humano. Pero en las enseñanzas de muchas doctrinas se encuentran frecuentemente torsiones y complicaciones forzadas, por lo que cualquier Fe pura es dificultada sin necesidad al ser humano y a veces se torna de todo imposible, porque en eso tiene que hacerle falta cualquier naturalidad. ¡Y cuantas contradicciones increibles están contenidas en varias doctrinas!

¡Traen, por ejemplo, frecuentemente, como pensamiento fundamental, la omnisciencia y perfección de la voluntad y de la Palabra de Dios de ella originada! En eso, sin embargo, naturalmente, se debe encontrar también una inmutabilidad indesviable, ni siquiera por un hilo de cabello, porque perfección no se puede imaginarse diferentemente. ¡Sin embargo, las actuaciones de muchos representantes de religiones demuestran dudas sobre la propia doctrina, visto encontrarse en directa contradicción con la misma, negando sus bases fundamentales evidentemente por los actos! Confesiones auriculares con subsecuentes penitencias, por ejemplo, el comercio de indulgencias por dinero o oraciones que deben resultar en inmediato perdón de pecados, y otras costumbres similares a éstas, constituyen, pues, analizándose serenamente, una negación de la voluntad de Dios, que reposa en las leyes de la Creación. Quién no conduce los pensamientos, de modo saltador, para cosas fluctuantes inconsistentes, otra cosa no encontrará ahí sino una absoluta disminución de la perfección de Dios.

Es totalmente natural que la errónea presuposición humana de poder ofrecer perdón a los pecados, y otras investidas semejantes contra la perfección de la voluntad divina, hubiera que llevar a groseros excesos. ¡Cuanto tiempo perdurará aún la tontería de suponer que se pueda hacer negocios tan sucios con el Dios justo y Su inmutable voluntad!

Si Jesús, como Hijo de Dios, dijo antaño a sus discípulos: “A quién perdonáis los pecados, a éstos ellos serán perdonados”, entonces eso no se refería a un derecho de actuación general y arbitraria.

Eso incluso hubiera sido equivalente a un desmantelamiento de la voluntad divina en la inamovible fuerza de los efectos recíprocos que, actuando vivamente, encierran en sí recompensa y castigo con justicia incorruptible, es decir, divina y, por lo tanto, perfecta. Una interrupción consentida.

¡Eso Jesús jamás podría y tampoco hubiera hecho, él que vino para “cumplir” las leyes, no para tumbarlas!

¡Con esas palabras se refería él al hecho inherente a la voluntad del Criador y de acuerdo con las leyes de que una persona puede perdonar la otra persona aquello que de mal le ha sido hecho por ésta personalmente! Ella, como siendo la alcanzada, tiene el derecho y el poder de perdonar aquello; porque con el perdón sincero será quebrada, desde ya, la punta del karma que, al contrario, infaliblemente hubiera se formado para la otra en la reciprocidad, sacándole desde pronto la fuerza, siendo que en ese proceso vivo se encuentra también, simultáneamente, real perdón.

Eso, sin embargo, también solamente puede partir de la propia persona alcanzada en relación al causador o autor, no de otra forma. Por lo tanto reside tanta bendición y liberación en el perdón personal, bajo la condición que éste sea intencionado e intuido de modo sincero.

Una persona no directamente participante queda excluida de los hilos de la reciprocidad, por la naturaleza de la cosa, y tampoco puede interferir de modo vivo, es decir, eficiente, por no estar conectada. Solamente intercesión le es posible en tales casos, cuyo efecto, sin embargo, permanece dependiente del estado anímico de las personas directamente involucradas en los respectivos casos. Ella propia tendrá que permanecer de afuera, tampoco puede, por eso, proporcionar perdón. Eso reposa exclusivamente en la voluntad de Dios, que se manifiesta en las leyes de justas reciprocidades, contra las cuales Él propio jamás actuaría, porque, provenientes de Su voluntad, son perfectas desde el principio.

Reside en la justicia de Dios que, sea lo que ocurra o que haya ocurrido, solamente el perjudicado puede perdonar, en la Tierra o más tarde en el mundo de materia fina, si no el ímpetu de la reciprocidad habrá que alcanzar el causador, con cuya efectuación la culpa habrá sido, entonces, de hecho saldada. Pero esa efectuación proporcionará, concomitantemente, el perdón del alcanzado, de alguna manera, que está entrelazada en la efectuación, o el alcanzado con ésta. No es posible de otra forma, toda vez que los hilos de ligazón permanecen insolubles hasta ahí. Eso no es ventaja solamente para el causador, pero también para el alcanzado, visto que éste, sin la concesión del perdón, tampoco podría llegarse de todo a la Luz. La inflexibilidad habría que impedirlo de eso.

Así, ser humano alguno consigue perdonar pecados ajenos, por los cuales no sea él, personalmente, el alcanzado. La ley de la reciprocidad quedaría sin ser influenciada por todo aquello que no esté entrelazado en eso por un hilo vivo, lo cual solamente puede ser generado por aquel que es directamente alcanzado. ¡Únicamente la corrección es el camino hacia el perdón *(Disertación Nro. 6: Destino)!

“¡Yo soy el Señor, tu Dios, tu no deberás tener otros dioses a Mi lado!” ¡debía permanecer señalado como que con letras de fuego en el espíritu de cada ser humano, como protección natural contra toda y cualquiera idolatría!

Quien realmente reconoce Dios en Su sublimidad debe intuir como blasfemia todas las actuaciones divergentes.

Una persona puede y debe visitar un sacerdote, a fin de buscar enseñanzas, bajo la condición que esté de hecho capaz de darselas. Si, sin embargo, alguien exigir disminuir la perfección de Dios por medio de cualquier acción o modo erróneo de pensar, entonces ella debe alejarse de él; pues un siervo de Dios no es simultáneamente un plenipotenciario de Dios, que pudiese tener el derecho de, en Su nombre, exigir y conceder.

También ahí existe un aclaramiento muy natural y sencillo que, sin circunloquios, indica el camino cierto.

¡Un plenipotenciario de Dios, por la naturaleza de la cosa, tampoco puede ser un ser humano, a menos que haya venido directamente del divinal, por lo tanto, que traiga en si propio algo divino! Únicamente ahí puede haber pleno poder.

Como, sin embargo, el ser humano no es divino, entonces también es imposible que puede ser un plenipotenciario o representante de Dios. ¡El poder de Dios no puede ser transferido a ningún ser humano, porque el poder divino reside exclusivamente en el propio divinal!

Ese hecho lógico, en su sencillez absoluta y también de modo natural, excluye totalmente cualquier elección humana de un sustituto terreno de Dios o la proclamación de un Cristo. Cualquier intento en ese sentido habrá que recibir impreso el cuño de la imposibilidad.

¡Por consiguiente, en tales temas, ni puede tomar en consideración una elección o aclamación por criaturas humanas, sino solamente un envío directo del propio Dios!

Las opiniones humanas a ese respecto no son decisivas. Éstas, al contrario, conforme todo lo ocurrido hasta ahora, estuvieron siempre lejos de la realidad, no armonizándose con la voluntad de Dios. Para los que piensan es inconcebible, con qué aumento enfermizo los seres humanos buscan siempre de nuevo ultrapasar su real valor. ¡Ellos que, en su más elevada perfección espiritual, solamente consiguen alcanzar el escalón más bajo del conciente en el eterno espíritu-enteal! Sin embargo, justamente hoy, un gran numero de seres humanos terrenos, en sus intuiciones, pensamientos y esfuerzos, ni siquiera se diferencia mucho de los animales desenvolvimos al máximo, excepto por un grande intelecto.

Tal cuales insectos, revolotean y hormigan en confusión, como si valiese, en su hirviente ajetreo, bullicio y correría, alcanzar el albo máximo. Apenas cuando, sin embargo, sus albos sean examinados más de cerca y con mayor atención, pronto se muestra lo vacío y la nulidad de ese febril esfuerzo, que realmente no es digno de tal dedicación. Y del caos de ese alboroto se eleva la presunción de poder eligir, reconocer o rechazar un enviado de Dios. Ahí habría una evaluación de aquello que ellos jamás serian capaces de comprender, si Aquél, que se halla más arriba, no inclinarse hacia ellos, se les tornando comprensible. Se hace alarde ahora por toda parte de la ciencia, del intelecto y de la lógica, y se acepta en eso las más toscas paradojas, que se encuentran en tantas corrientes contemporáneas.

Para miles no sirve desperdiciar palabras a ese respeto. Se hallan de tal manera imbuidos de su saber, que acabaron perdiendo toda la capacidad para raciocinar sobre algo con simplicidad y de modo sencillo. Se destinan solamente a los que aún consiguieron conservar suficiente naturalidad para desarrollar una sana capacidad de discernimiento propia, apenas cuando les sea dada la línea direccional para tanto. A los que no se juntan ciegamente una vez a ésta, otra vez hacia aquella corriente de la moda, para en seguida y de idéntica manera abandonarla rápidamente ante la primera duda manifiesta por ignorantes.

No es necesario mucho para, en una reflexión serena, llegar al reconocimiento de que desde una especie no puede originarse una otra, la cual no tenga nada en común con la primera. Para verificarse eso, bastan los conocimientos más elementares de las ciencias naturales. Una vez, sin embargo, que las ramificaciones de las leyes de la naturaleza en el mundo de materia gruesa vienen de la fuente primordial viva de Dios, claro se torna que ellas deban ser encontradas con idéntica e inhallable lógica y inflexibilidad también en el camino ulterior en dirección hacia Él, incluso aún más puras y más claras, mientras más próximas se encuentren del punto de partida.

Tampoco el espíritu humano puede ser transplantado para un animal en la Tierra, para que, con eso, un animal vivo deba tornarse un ser humano, tampoco puede algo divino ser implantado en un ser humano. Jamás podrá desarrollarse algo diferente de lo que aquello que el origen trajo consigo. El origen hasta permite, en el desarrollo, diferentes tipos y formas de composición, como se puede conseguir por medio de injerto de árboles o por cruzamiento en las procreaciones, pero incluso los resultados más extraordinarios tendrán que permanecer dentro de las materias básicas constituidas por el origen.

Una mezcla entre ser humano y animal puede mantenerse solamente dentro de los limites de los cuerpos grueso-materiales, a causa de que éstos tengan su origen en la misma materialidad. No puede ser establecido un puente entre el origen interior del ser humano y del animal. *(Disertación Nro. 49: La diferencia en el origen entre el ser humano y el animal)

Es imposible introducir o sacar algo que esté arriba del propio origen, lo que en él, por lo tanto, no estaba contenido, como ocurre con la diferencia entre el origen espiritual del ser humano y el del divinal.*(Disertación Nro. 51: Espíritu)

Cristo, como Hijo de Dios, vino del divino-inenteal; él traía lo divinal en sí de su origen. A él le hubiera sido imposible, sin embargo, transferir ese divinal vivo a uno otro ser humano, que solamente puede promanar del espíritu-enteal. Consecuentemente, tampoco podía dar plenos poderes a nadie para acciones que corresponden únicamente al divinal, como por ejemplo el perdón de los pecados. Esto solamente puede ocurrir como consecuencia de los efectos recíprocos que se equilibran exactamente en los fundamentos de la voluntad divina que se encuentra en la Creación, en la cual la justicia inmutable del Criador vive por si en la perfección, inaprensible al espíritu humano.

¡Un poder de plenos poderes del Hijo de Dios ante los seres humanos podía referirse, por lo tanto, solamente aquellas cosas que, de acuerdo con el origen del espíritu humano, fuesen humanas, jamás al divinal!

Evidentemente, también el origen del ser humano puede, por ultimo, ser reconducida de modo lógico hasta Dios, pero él no está en el propio Dios, pero si afuera del divinal, por lo tanto el ser humano desciende solamente indirectamente de Dios. En eso está la gran diferencia.

Plenos poderes, como, por ejemplo, los que corresponden al oficio de un administrador, podrían existir solamente, por si, en el mismo origen inmediato. Eso puede ser fácilmente comprensible a cada uno, porque un plenipotenciario debe poseer todas las facultades del otorgante de esos poderes, a fin de poder actuar en el lugar de él en una actividad o en un oficio. Uno plenipotenciario, por lo tanto, debía venir directamente desde el divino-inenteal, como lo ha sido Cristo.

Si, a pesar de eso, una persona emprenderlo, aunque de buena fe, resulte, nuevamente, por la naturaleza de la cosa, que su destinación no puede tener ningún valor de gran alcance y ninguna vida, que no sea puramente terrenal. Aquellos, sin embargo, que ven en ella más de lo que eso incurren en un error, que solamente después del fallecimiento se les tornará claro como tal y que los hace perder todo su tiempo terreno para una ascensión. Ovejas perdidas, que siguen un falso pastor.

Como esta ley suprema: “Yo soy el Señor, tu Dios, tu no debes tener otros dioses a Mi lado”, así también las otras leyes son muy frecuentemente violadas y no observadas debido a la incomprensión.

Y, sin embargo, los mandamientos en la realidad otra cosa no son de lo que la explicación de la voluntad divina, que se encuentra en la Creación desde los primordios, y de la cual no se puede desviar ni por la espesura de un hilo de cabello.

¡Como se torna desatinado, bajo esa consideración, el principio de tantos seres humanos, contrario a cada pensamiento divino y a cualquier perfección, de que “un fin justifica los medios”! Que confusión absurda eso no habría que causar en las leyes de la voluntad divina, si pudiesen ser así alteradas. Quien pueda formar por lo menos una pequeña noción de perfección, a él no restará otra cosa que no sea rechazar de antemano tales imposibilidades. ¡Apenas cuando una persona busque formar una imagen cierta de la perfección de Dios, entonces eso podrá servirle como guía indicador y para mejor comprensión de todas las cosas en la Creación! El saber de la perfección de Dios y el hecho de tenerla siempre en mente son la llave para la comprensión de la obra de Dios, a la cual también pertenece el propio ser humano.

Entonces reconoce la fuerza imperiosa y la severa advertencia de la sentencia: “¡Dios no se deja escarnecer!”. En otras palabras: Sus leyes se cumplen o se efectúan inmutablemente. Él deja funcionar las engranajes, conforme las ajustó por ocasión de la creación. Uno homúnculo nada alterará ahí. Si intenta, lo máximo que puede conseguir es que todos aquellos que lo sigan ciegamente sean dilacerados juntamente con él. De nada le sirve, si acredita de modo diferente.

Obtener bendiciones solamente podrá aquél que se ajuste por completo en la voluntad de Dios, que sostiene la Creación en Sus leyes de la naturaleza. Pero eso solo consigue quien las conozca acertadamente.

¡Las doctrinas, que exigen creencia ciega, deben ser condenadas como muertas y, por lo tanto, perjudiciales; solamente aquellas que, como Cristo, instan para el tornarse vivo, es decir, para el raciocinar y analizar, a fin de que pueda surgir la convicción de la verdadera comprensión, proporcionan liberación y redención!

Solamente la más condenable irreflexión puede suponer que la finalidad de la existencia del ser humano consista, principalmente, en la correría visando la obtención de las necesidades y de los placeres corpóreos, para, por ultimo, ante alguna forma exterior y palabras bonitas, dejarse libertar tranquilamente de toda la culpa y de las consecuencias de sus negligencias indolentes en la vida terrena. El trayecto por la vida terrena y el paso hacia el más Allá, por ocasión de la muerte, no son como un viaje cotidiano, para lo cual se necesite comprar el pasaje solamente en el ultimo momento.

¡Con tal creencia el ser humano duplica su culpa! ¡Pues cualquier duda en la justicia incorruptible del Dios perfecto es blasfemia! ¡La creencia en el perdón arbitrario y fácil de los pecados, sin embargo, es un testigo evidente de la duda en la justicia incorruptible de Dios y de Sus leyes, más aún, confirma directamente la creencia en la arbitrariedad de Dios, lo que equivaldría a la imperfección y a la deficiencia!

¡Pobres crédulos, dignos de lastima!

A ellos les sería mejor permanecer aún ateos, entonces podrían encontrar sin impedimentos y más fácilmente el camino que suponen ya tener.

¡Salvación reside solamente en no reprimir con miedo los pensamientos que nacen y la duda que con eso despierta en tantas cosas; pues en eso se manifiesta el sano impulso por la Verdad!

Luchar con la duda, sin embargo, es el analizar, al cual tiene que seguirse, indiscutiblemente, la condenación del lastre dogmático. ¡Solamente uno espíritu enteramente liberto de toda la incomprensión consigue elevarse, alegremente, convicto, hacia las alturas luminosas, al Paraíso!

Mensaje del Grial de Abdrushin


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