En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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50. La separación entre la humanidad y la ciencia

Esa separación no necesitaba existir; pues la humanidad entera tiene pleno derecho a la ciencia. Ésta solamente busca tornar más comprensible la dádiva de Dios, la Creación. La verdadera actividad de cada ramo de la ciencia se encuentra en el intento de examinar más de cerca las leyes del Criador, a fin de que esas, por su conocimiento más apurado, puedan ser mejor utilizadas para el bien y el provecho de la humanidad.

Todo eso no es nada más de lo que un querer someterse a la voluntad divina.

Visto que la Creación y las leyes de la naturaleza o de Dios, las cuales la sostienen, son tan extremamente nítidas y sencillas en su perfección, debía ser dada, por la consecuencia lógica, también una explicación simple y sencilla por aquél que realmente las haya reconocido.

Se establece aquí, sin embargo, una diferencia sensible que, por su naturaleza malsana, abre un abismo cada vez más ancho entre la humanidad y los que se denominan discípulos de la ciencia, por lo tanto, discípulos del saber o de la Verdad.

Éstos no se expresan de modo tan sencillo y natural como correspondería a la Verdad, por lo tanto, al verdadero saber, sí, como la Verdad, además, requiere como consecuencia natural.

Tiene eso dos causas, en la verdad tres. Por el esfuerzo del estudio, según su opinión, especial, ellos esperan una posición de destaque. Prefieren no querer reconocer que tal estudio constituye también solamente un préstamo tomado junto a la Creación lista, semejante a lo que hace un simples campesino con la serena observación de la naturaleza, para él necesaria, o como otras personas lo deben hacer en sus trabajos prácticos.

Además de eso, en cuanto un discípulo de la ciencia, en su saber, no se aproxime realmente de la Verdad, habrá, por la naturaleza de la cosa, siempre que expresarse sin clareza. Solamente cuando hubiera comprendido realmente la propia Verdad, se tornará, también por la naturaleza de la cosa, necesariamente sencillo y natural en sus descripciones. No es, pues, secreto alguno que exactamente a los que nada saben, en sus fases transitorias para el saber, les gustan hablar más de los que los propios entendidos y habrán ahí de servirse siempre de la falta de clareza, porque de otra manera no son capaces, si aún no tuvieren delante de si la Verdad, es decir, el real saber.

En tercer lugar, existe realmente el peligro de que la mayoría de las criaturas humanas daría poco aprecio a la ciencia, si ésta quisiese mostrarse con el manto natural de la Verdad. Los seres humanos la encontrarían entonces “demasiado natural” para poder darle mucho valor.

No raciocinan que exactamente eso es lo único cierto, proporcionando incluso el padrón para todo cuanto es legitimo y verdadero. Tan solamente en la evidencia natural reside la garantía de la Verdad.

Pero para tanto los seres humanos no pueden ser convencidos tan fácilmente, pues tampoco quisieron reconocer en Jesús el Hijo de Dios, porque él les vino “demasiado sencillo”.

Los discípulos de la ciencia desde siempre conocían ese peligro muy bien. Por lo tanto, se cerraron, por prudencia, cada vez más a la sencillez natural de la Verdad. A fin de dar más prestigio a si mismos y a su ciencia, crearon, en sus reflexiones cismadoras, obstáculos cada vez más difíciles.

El cientista, que se fue destacando de la masa, despreciaba por ultimo expresarse de modo sencillo y comprensible a todos. Muchas veces solamente por el motivo, por él propio mal conocido, de que seguramente no le restaría mucho de destaque, si no formase un modo de expresión que hubiera que ser aprendido especialmente en largos años de estudio.

El hecho de no tornarse comprensible a todos le proporcionó con el tiempo una primacía artificial, que fue conservada a cualquier precio por los alumnos y sucesores, porque si no, para muchos, el estudio de años y los sacrificios monetarios a eso atados realmente habrían sido en vano.

Se llegó así hoy a tal punto que a muchos cientistas ni es más posible expresarse ante personas sencillas de modo claro y comprensible, es decir, de manera sencilla Tal empeño, ahora, exigiría seguramente lo más difícil estudio y llevaría más tiempo de lo que una generación entera. Antes de todo, sin embargo, produciría el resultado, para muchos desagradable, de que entonces solamente sobresaldrían aún aquellas personas que con real capacidad tendrían algo a dar a la humanidad, estando con eso dispuestas a servirla.

Actualmente, la mistificación por incomprensibilidad es, para el publico en general, una característica especialmente marcante del mundo de los cientistas, como semejantemente ya se torno habito en asuntos eclesiásticos, donde servidores de Dios nombrados terrenalmente como guías y conductores solamente hablaban en latín a todos cuantos buscaban devoción y elevación, lo que éstos no entendían y, por lo tanto, tampoco podían abarcar ni asimilar, de lo que únicamente conseguirían obtener algun provecho. Los servidores de Dios, en la ocasión, podrían haber hablado igualmente en siamés, con el mismo malogro.

El verdadero saber no debe necesitar tornarse incomprensible; pues encierra en si al mismo tiempo la facultad, sí, la necesidad de expresarse con palabras simples. La Verdad es, sin excepción, para todas las criaturas humanas; pues éstas se originan de ella, porque la Verdad es viva en el espíritu-enteal, el punto de partida del espíritu humano. Eso permite concluir que la Verdad, en su simplicidad natural, también puede ser comprendida por todas las criaturas humanas. Apenas cuando, sin embargo, al ser transmitida, se torna complicada e incomprensible, no más permanece pura y verdadera, o entonces las descripciones se pierden en cosas secundarias que no tienen aquél sentido como el núcleo. Ese núcleo, el autentico saber, tiene que ser comprensible a todos. Algo artificialmente arquitetado, por su distancia de la naturalidad, puede contener en si solamente poca sabiduría. Quién no es capaz de transmitir el verdadero saber de modo sencillo y natural no lo comprendió, o entonces busca involuntariamente encubrir algo, o se presenta como un muñeco adornado y sin vida.

Quien en la consecuencia lógica aún deje lagunas y exija creencia ciega, reduce el Dios perfecto a un ídolo defectuoso y prueba que él propio no está en el camino cierto, no pudiendo, por lo tanto, guiar con seguridad. ¡Esto sea una advertencia a cada investigador sincero!

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