En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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27. La oración

Si se quiere hablar de la oración, es evidente que las palabras valen solamente para aquellos que se ocupan de la oración. Quién no sienta en sí el impulso para una oración, puede abstenerse tranquilamente de ello pues sus palabras o pensamientos, finalmente, han de deshacerse en la nada. Si una oración no es intuida profundamente, entonces no tiene valor y, por lo tanto, tampoco ningún efecto. Tanto el momento de un sentimiento de gratitud transbordando en gran alegría, así como la intuición del más profundo dolor en el sufrimiento, forman la mejor base para una oración de la cual se pueda esperar efecto. En tales momentos la criatura humana está penetrada por una determinada intuición, que sobrepasa en ella todo lo demás. Así es posible que el deseo principal de la oración, ya sea un agradecimiento o un ruego, reciba una fuerza sin turbación.

Además, muchas veces los seres humanos se hacen una imagen errada de la sucesión y de la formación de una oración y su ulterior desarrollo. No todas las oraciones llegan al más elevado Dirigente de los mundos. Sino al contrario, se trata de una rarísima excepción cuando una oración realmente logra alcanzar hasta los escalones del trono. También aquí la fuerza de atracción de la misma especie, como ley básica, representa el papel más importante.

Una oración sinceramente intencionada y profundamente intuida, atrayendo por sí misma y siendo atraída por la misma especie, entra en contacto con un centro de fuerzas de aquella especie de la cual el contenido principal de la oración se halla impregnado. Los centros de fuerzas podrían también ser denominados departamentos de las esferas o tener cualquier otra designación, en el fondo, concluirá siempre en lo mismo. La reciprocidad trae entonces aquello que fue el deseo esencial de la oración. Ya sea tranquilidad, fuerza, restablecimiento, planes súbitamente surgidos en el intimo, solución a difíciles preguntas u otras muchas cosas. Siempre advendrá desde ahí algo positivo, aunque sea solamente la propia tranquilidad y concentración fortalecida, que a su vez conducen hacia una salida, hacia una salvación.

También es posible que esas oraciones emitidas, profundizadas con su fuerza por el efecto recíproco de los centros de fuerza de la misma especie, encuentren un camino fino-material hacia las personas que, debido a eso, son estimuladas para traer el auxilio de alguna forma y, con ello, el cumplimiento de la oración. Todos estos acontecimientos son fácilmente comprensibles con la observación de la vida de la materia fina. Igualmente en esto, reside otra vez la justicia en el hecho de que el factor decisivo de una oración siempre será la disposición interior de la persona que ora, la cual, de acuerdo con su profundidad, determina la fuerza, es decir, la vitalidad y la eficiencia de la oración.

En el gran acontecimiento fino-material del Universo, cada clase de intuición encuentra a su determinada especie igual, ya que no solamente no podría ser atraída por otras, sino que incluso repelida. Solamente cuando surge una especie igual es cuando se da la ligazón y, con ello, el fortalecimiento. Una oración, que contenga varias intuiciones, las cuales, debido a la gran profundidad del que ora, aún poseen cierta fuerza, no obstante su desmembramiento, atraerá, por consiguiente, diversos efectos. Si con ello sucede o no una realización, dependerá completamente de la clase de las partes individuales, las cuales pueden tener efectos que se favorezcan o se obstaculicen mutuamente. En cualquier caso, sin embargo, será mejor emitir en una oración solamente un pensamiento, como intuición, para que no surja ninguna confusión.

Así, Cristo de ninguna manera tampoco quiso que el “Padre Nuestro” fuese orado necesariamente de modo integral, sino que solamente indicó con ello, de manera concentrada, todo aquello que el ser humano, con voluntad sincera, puede pedir en primer lugar con seguridad de obtener la realización.

En tales peticiones están contenidas las bases para todo cuanto la persona necesita para su bienestar corporal y su ascensión espiritual. ¡Pero ofrecen aún más! Las peticiones muestran al mismo tiempo las pautas hacia el esfuerzo que la persona debe seguir en su vida terrena. La composición de las peticiones es, por si sola, una obra maestra. El “Padre Nuestro” únicamente puede serlo todo para la criatura humana que busque, cuando en él profundice y lo comprenda correctamente. Tampoco necesitaría más que el “Padre Nuestro”. Éste le muestra todo el Evangelio de la forma más concentrada. Es la llave hacia las alturas luminosas para aquél que sepa vivenciarlo de manera correcta. ¡Puede ser para cada persona, simultáneamente, el bastón y la antorcha para el proseguimiento y la ascensión! Tal es lo inconmensurable que trae en sí. *(Disertación Nro. 28: El Padre Nuestro)

Ya esa misma riqueza indica la verdadera finalidad del “Padre Nuestro”. ¡Jesús dio a la humanidad con el “Padre Nuestro” la llave hacia el Reino de Dios! El núcleo de su mensaje. Pero él no quiso decir con esto que debería ser recitado de esa manera.

La criatura humana solamente necesita prestar atención, después de orar, y por sí misma reconocerá cuánta distracción eso le trajo y cómo se ha debilitado la profundidad de su intuición, al seguir la secuencia de las peticiones individuales, aunque éstas le resulten demasiado familiares.

¡Le es imposible pasar sucesivamente de un pedido a otro con el fervor necesario de una verdadera oración! Jesús, sin embargo, según su manera, facilitó todo a la humanidad. La expresión correcta es “tan fácil como si fuera para niños”. Él indicó especialmente: “¡Volveos como niños!” Es decir, pensando con toda sencillez y buscando el mínimo de dificultades. Jamás habría esperado de la humanidad algo tan imposible, como lo que exige el orar profundizado realmente en el “Padre Nuestro”. Este hecho debe de llevar también a la humanidad hacia la convicción de que Jesús deseaba algo diferente, algo más grande. ¡Él dio la llave hacia el Reino de Dios, no una simple oración!

La pluralidad de una oración siempre la debilitará. Un niño tampoco se dirige a su padre con siete peticiones al mismo tiempo, sino simplemente con aquella que justamente más le oprime su corazón, sea un sufrimiento o un deseo.

Así es también como una persona en aflicción debe, suplicando, dirigirse a su Dios con aquello que le oprime. En la mayoría de los casos, de hecho, se tratará solamente de un asunto en particular y no de varios seguidos. Tampoco se debe de pedir algo que no oprima por el momento. Dado que tal petición tampoco puede ser intuida con suficiente vivacidad en su íntimo, se convierte en una forma vacía y naturalmente debilita a otro pedido tal vez realmente necesario.

Por lo tanto, ¡siempre se debe pedir solamente aquello que es realmente necesario! ¡Nada de fórmulas vacías que han de dispersarse y que, con el tiempo, cultivan la hipocresía!

La oración requiere la más profunda seriedad. Se ha de orar con calma y pureza, para que, a través de la calma, la fuerza de la intuición sea aumentada y que ésta, por la pureza, obtenga aquella ligereza luminosa, capaz de elevar a la oración hasta las alturas de todo cuanto es luminoso, de todo cuanto es puro. ¡Entonces le llegará al suplicante también aquella realización que será la más provechosa y que le llevará hacia adelante en toda su existencia!

No es la fuerza de la oración lo que consigue lanzarla hacia lo alto o impulsarla, sino solamente la pureza con su correspondiente ligereza. La pureza en la oración, sin embargo, la puede conseguir cualquier persona, aunque no en todas sus oraciones, en cuanto el impulso para rogar se torne vivo en ella. Para esto no es necesario que ya se halle con toda su vida en la pureza. Eso no logra impedirlo para que, en la oración, sea temporalmente aquí y allá, se eleve por lo menos temporalmente en la pureza de su intuición.

Para la fuerza de la oración, sin embargo, no solo contribuye la calma absoluta y la así posibilitada profunda concentración, sino también cada fuerte emoción como la angustia, la preocupación, la alegría.

Sin embargo, no quiere decirse con esto que la realización de una oración corresponda siempre, incondicionalmente, a las ideas y a los deseos terrenalmente concebidos, ni que esté en concordancia con ellos. ¡La realización se extiende benéficamente para mucho más allá de eso, y conduce al todo hacia lo mejor, no al instante terreno! Muchas veces, por lo tanto, un aparente incumplimiento debe ser reconocido, más tarde, como la única correcta y mejor realización, sintiéndose así feliz la persona por que no haya sucedido según sus deseos momentáneos.

¡Ahora la intercesión! El oyente muchas veces se pregunta como la acción recíproca en una intercesión, es decir, cómo el ruego de otro, puede hallar el camino hacia una persona que propiamente no haya orado, ya que el efecto retroactivo refluye, por el camino preparado, retornando hacia aquél que ha rogado.

Tampoco hay en este caso ningún desvío de las leyes establecidas. Un intercesor piensa durante su oración de un modo muy intenso en la persona por quien ruega, que a causa de ello su desear es primeramente anclado o firmemente amarrado en aquella persona y de ese modo, desde allí, toma su camino hacia lo alto, pudiendo, por lo tanto, incluso volver hacia esa persona, hacia la cual el fuerte deseo del intercesor, de cualquier modo, ya se tornó vivo, circulando a su alrededor. Es una suposición indispensable, sin embargo, que el terreno de aquella persona, en favor de quien se ora, esté en condiciones receptivas y con la misma especie capacitado para un anclaje, y no poniendo obstáculos a ello.

En caso de que el terreno no esté en condiciones receptivas, por lo tanto, sea indigno, hay en el deslizamiento de las intercesiones, otra vez de nuevo, la maravillosa justicia de las leyes divinas, las cuales no pueden permitir que a un terreno totalmente estéril le llegue desde afuera una ayuda a través de otros. Ese rechazo o desvío del intencionado anclaje de una intercesión de una persona, objeto de ese ruego, que sea indigna a causa de su estado interior, resulta en la imposibilidad de una acción de auxilio. ¡Existe también aquí, nuevamente, algo tan perfecto en esa actuación autónoma y lógica, que el ser humano se encuentra admirado delante de la distribución integral y justa, ligada a ello, de los frutos de todo cuanto fue deseado por uno mismo!

Si eso no se procesase tan inexorablemente, entonces el engranaje de la Creación provocaría una laguna, que permitiría posibilidades de injusticia contra aquellos indignos, que no pueden tener intercesores, a pesar de que los intercesores también surgen solamente por la reciprocidad de amistades anteriores o por algo semejante.

Las intercesiones de personas, que las practican sin el propio impulso interior y absoluto de verdaderas intuiciones, no tienen ningún valor ni resultado. Son solamente paja vacía.

Existe aún una otra clase de efecto de las intercesiones legitimas. ¡Se trata de indicar el rumbo! La oración asciende directamente y señala hacia la persona necesitada. Si es enviado un mensajero espiritual, por medio de ese camino indicado, para el apoyo, entonces la posibilidad de un auxilio está sujeta bajo a las mismas leyes del valor o desvalor, por lo tanto, por la facultad receptiva o el rechazo. Si el necesitado está interiormente inclinado hacia las tinieblas, el mensajero con deseo de ayudar, basado en la intercesión, no podrá obtener contacto alguno, no logrará influir habiendo de regresar sin lograr nada. Así la intercesión, por lo tanto, no pudo ser realizada, ya que las leyes, en su vivacidad, no se lo permitieron. ¡Pero si haya el terreno adecuado, entonces una legitima intercesión tendrá un valor incalculable! Llevará auxilio, aun cuando el necesitado nada sepa de ello, o bien se unirá al deseo u oración del necesitado, proveyéndole así de un gran fortalecimiento.

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