En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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Contenido


26. El derecho del hijo respecto a los padres

Muchos hijos viven respecto a los padres en una suposición infeliz, que se les revierte en el mayor perjuicio. Creen poder lanzar sobre los padres el motivo de su propia existencia terrena. A menudo se escucha la observación: “Es lógico que mis padres tengan que cuidar de mí; pues ellos son los que me trajeron al mundo. No tengo la culpa de estar aquí.”

No hay nada más insensato que pueda decirse. ¡Cada persona está aquí en esta Tierra por su propio pedido o por su propia culpa! Los padres solamente ofrecen la posibilidad de la encarnación, nada más. ¡Y cada alma encarnada debe estar agradecida de que se le haya concedido tal posibilidad!

El alma de un niño no es nada más que un huésped de sus padres. ¡Ya sólo en esa evidencia yace el esclarecimiento suficiente como para que quede explícito que un hijo, de hecho, no puede querer imponer cualquier derecho respecto a los padres! Derechos espirituales relacionados a los padres, ¡él no los tiene! Los derechos terrenos, sin embargo, se han originado solamente del orden social, puramente terrenal, de lo que el Estado establece, para que él mismo no necesite asumir cualquier obligación.

¡El niño es, espiritualmente, una personalidad individual por sí solo! A excepción el cuerpo terreno, que es necesario como instrumento para actuar en esta Tierra de materia gruesa, nada ha recibido de los padres. Por consiguiente, solamente un alojamiento que el alma, previamente independiente, puede utilizar.

Sin embargo, con la procreación, asumen los padres la obligación de alimentar ese alojamiento así formado y de conservarlo, hasta que el alma, que de él ha tomado posesión, sea capaz de asumir por sí misma su manutención. La época para ello es mostrada por el propio desarrollo natural del cuerpo. Todo lo que se haga después de ahí es un regalo de los padres.

Los hijos deberían, por lo tanto, parar de contar de una vez con los padres, y preferir pensar en firmarse, lo antes posible, sobre sus propios pies. Evidentemente, es independiente si ejercen actividades en la casa paterna o fuera de ella. Pero actividad ha de existir, sin que consista en las diversiones y cumplimientos de los llamados compromisos sociales, sino en un determinado cumplimiento de un deber real y útil, en el sentido de que la respectiva actividad haya de ser ejecutada por otra persona especialmente contratada para ese fin, en caso de que el hijo no la realice más. ¡Solamente así se puede hablar de una existencia útil en la Tierra, lo que resulta en la madurez del espíritu! Si un hijo cumple en la casa paterna con tales tareas, sea cual fuere su sexo, masculino o femenino, debería recibir de los padres también aquella recompensa que le correspondería igualmente a una persona extraña, empleada para tal finalidad. En otras palabras: el hijo, que cumple con sus obligaciones, debe ser considerado y tratado como una persona realmente independiente. Si lazos especiales de amor, confianza y amistad unen a padres e hijos, entonces será un tanto más bello para ambos; ¡puesto que entonces es una unión voluntaria, resultado de la íntima convicción y, por consiguiente, mucho más valiosa! Es entonces legítima, y les mantiene unidos incluso en el más Allá para mutuo beneficio y alegría. Imposiciones y costumbres familiares, sin embargo, son insanas y condenables, en cuanto un determinado límite en la edad de los niños sea ultrapasado.

Naturalmente, tampoco existen los denominados derechos de parentesco, en los cuales principalmente tías, tíos, primas, primos y todos los demás que todavía tratan de presentarse como parientes, se apoyan tantas veces. Precisamente esos derechos de parentesco constituyen un abuso condenable, que siempre producirá repugnancia en aquellas personas en sí ya maduradas.

Lamentablemente, debido a las tradiciones, eso ya se ha transformado en una costumbre, hasta el punto de que, generalmente, la persona tampoco intenta pensar de otra forma y se adapta a ello en silencio, aunque con aversión. Pero quién, sin embargo, ose dar el pequeño paso y reflexione sobre ello libremente, sentirá en el fondo de su alma todo tan ridículo, tan repugnante que, indignado, terminará alejándose de tales petulancias así establecidas.

¡Se debe terminar un dia con este tipo de cosas tan antinaturales! Una vez que despierte en sí una nueva y sana especie humana, tales abusos no serán soportados más, por ser opuestos a todo y cualquier sentido sano. De tales distorsiones artificiales de la vida natural, no podría surgir nunca nada de realmente grandioso, porque con ello los seres humanos permanecen demasiado tullidos. En esas cosas aparentemente secundarias existe un gigantesco atamiento. ¡Aquí tiene que ser establecida la libertad, al desprenderse cada individuo de sus costumbres indignas! ¡La verdadera libertad solamente existe en el correcto reconocimiento de las obligaciones, lo que permanece ligado al cumplimiento voluntario de los deberes! ¡Únicamente el cumplimiento del deber otorga derechos! Esto también concierne a los hijos, a los cuales, igualmente, solamente con el cumplimiento más fiel de los deberes, pueden resultar derechos. —

Pero existe toda una serie de deberes muy severos para todos los padres, que no están relacionados con los derechos de los hijos.

Cada adulto tiene que estar consciente de aquello que realmente se relaciona con la procreación. La imprudencia y la irreflexión de hasta ahora a ese respeto, tanto como los conceptos errados, se han vengado de manera muy nefasta.

Solamente tened claro para vosotros que en el más Allá más próximo existe un gran número de almas que ya se hallan listas y a la espera de una posibilidad para la reencarnación en la Tierra. Se trata, en su mayoría, de aquellas almas humanas que, presas de los hilos kármicos, buscan cualquier rescate en una nueva vida terrena.

En cuanto se les ofrezca una posibilidad para ello, se apegan a los lugares en donde se haya realizado un acto de procreación, a fin de acompañar, esperando, el desarrollo del nuevo cuerpo humano para alojamiento. Durante esa espera, se van tejiendo hilos de materia fina desde el cuerpo en formación hacia el alma, que se mantiene obstinadamente muy cerca de la futura madre, y en sentido contrario, hasta un cierto grado de madurez, tales hilos sirven así de puente facilitando el ingreso del alma extraña procedente del más Allá en el nuevo cuerpo, del cual toma posesión también inmediatamente. ¡Ingresa, por consiguiente, un huésped extraño que puede causar, debido a su karma, muchas aflicciones a los educadores! ¡Un huésped extraño! ¡Que incómodo pensamiento! Esto el ser humano debería tenerlo siempre ante los ojos y jamás olvidarse que puede co-decidir en la elección del alma que permanece a la espera, mientras no deje pasar livianamente el tiempo para ello. La encarnación se halla, sin duda, sujeta a la ley de la atracción de la igual especie. Sin embargo, no es absolutamente necesario que para ello la especie afín de uno de los progenitores le sirva de polo, sino que, a veces, de alguna persona que se encuentre frecuentemente en la proximidad de la futura madre. Cuánto infortunio puede entonces ser evitado, en cuanto el ser humano conozca correctamente todo el proceso y de él se ocupe conscientemente. Sin embargo, pasan el tiempo livianamente, frecuentan diversiones y bailes, ofrecen recepciones y no se preocupan mucho por lo que se está preparando de importante entretanto y que más tarde habrá de influir poderosamente durante toda su vida.

En la oración, la cual siempre tiene como base el ardiente deseo, deberían conscientemente dirigir muchos factores, debilitar el mal, fortalecer el bien. ¡El extraño huésped que entonces ingresa como un hijo en su hogar, se presentaría de tal modo, que sería bien-venido en todos los sentidos! Se dicen muchos disparates sobre la educación prenatal, en la habitual semicomprensión o en la comprensión errada de los muchos efectos que resultan exteriormente perceptibles.

Pero, como frecuentemente, aquí también las conclusiones humanas de tales observaciones son erradas. ¡No existe ninguna posibilidad de educación prenatal, pero sí una absoluta posibilidad de influir en la atracción, cuando sucede durante el tiempo oportuno y con la debida seriedad! Esta una diferencia, en la que en las consecuencias alcanza más lejos de lo que la supuesta educación prenatal jamás lograría alcanzar.

Quienquiera que, por lo tanto, esté esclarecido a tal respecto y todavía realice de manera irreflexiva ligazones imprudentemente no merece nada más que ingrese en su círculo un espíritu humano que solamente le cause desasosiego y, tal vez, incluso desgracia.

La procreación debe ser para un ser humano, espiritualmente libre, nada más allá de lo que la prueba de su buena voluntad para acoger a un espíritu humano extraño como huésped permanente en la familia, ofreciéndole la oportunidad de redimirse en la Tierra y de madurar. Solamente cuando en ambas partes exista el íntimo deseo hacia esa finalidad, es que se debe realizar la oportunidad de procreación. Contemplad ahora una vez a los padres e hijos, desde esas realidades, entonces mucha cosa cambiará por si sola. El trato mutuo, la educación, todo recibirá otras bases, más serias de lo que hasta ahora ha sido usual en innumerables familias. Habrá más consideración y más respeto mutuo. Consciencia de independencia y esfuerzos de responsabilidad se harán sentir, lo que trae como consecuencia la natural ascensión social del pueblo. Los hijos, sin embargo, pronto se olvidarán de querer arrogarse derechos que nunca existieron. —

Mensaje del Grial de Abdrushin


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