En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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Contenido


16. ¿Es aconsejable el aprendizaje del ocultismo?

A esta pregunta ha de responderse con un rotundo “no”. El aprendizaje del ocultismo, que en general engloba ejercicios destinados a la adquisición de la clarividencia, clariaudición, etc., es un obstáculo para el libre desarrollo interior y para la verdadera escalada espiritual. Los que de ese modo puedan ser formados son los que en tiempos pasados eran comprendidos como los llamados magos, *(Hechiceros) siempre y cuando el aprendizaje haya resultado más o menos favorable.

Es un tanteo unilateral, de abajo hacia arriba, sin poder nunca ser sobrepasada la denominada área terrenal. Siempre se tratará, en todos esos eventos alcanzables, solamente de cosas de especie inferior y muy inferior, que no son capaces de elevar interiormente a los seres humanos, pero sí de inducirles a errores.

El ser humano logra con ello solamente penetrar en el ámbito de materia fina que le esté más cercano, cuyas inteligencias muchas veces son incluso más ignorantes de que las de los propios seres humanos terrenos. Lo único que con eso logra alcanzar es abrirse a peligros por él desconocidos, de los cuales permanece protegido exactamente por el hecho de no abrirse.

Quién, por medio del aprendizaje se haya tornado clarividente o clariaudiente verá o escuchará, en ese ámbito inferior, muchas veces también cosas que tienen apariencia de ser algo elevado y puro, y que, sin embargo, están muy lejos de serlo. A ello contribuye también la propia fantasía, sobreexcitada por los ejercicios, la cual crea un ambiente dónde el aprendiz, de ese modo, ve y oye efectivamente, dando lugar a la confusión. Tal persona, no estando firme en sus pies, debido al aprendizaje artificial, más no puede diferenciar ni, a pesar de su mejor voluntad, puede trazar un límite claro entre la verdad y la ilusión, como tampoco puede diferenciar la multiforme fuerza formadora en la vida de la materia fina. Por último, se agrega también las influencias inferiores, absolutamente nocivas para él, a las cuales él mismo, voluntariamente y con mucho esfuerzo, se ha abierto camino, siendo incapaz de oponerles una fuerza superior, convirtiéndose rápidamente en una nave sin timón sobre un mar desconocido, constituyendo un peligro para todo lo que se cruce con él.

Es idéntico a una persona que no sabe nadar. Cuando se encuentra protegida en una barca, puede perfectamente atravesar con toda la seguridad el elemento que no le es familiar. Eso es comparable a la vida terrena. Si, sin embargo, durante el trayecto, arranca una plancha de la barca protectora, romperá una brecha en el abrigo, por donde entrará el agua, privándole de su protección y arrastrándole al fondo. Por no saber nadar, tal persona será solamente una víctima del elemento desconocido para él.

Tal es el proceso del aprendizaje del ocultismo. ¡Así la persona sólo arranca una plancha de su embarcación protectora, pero no aprende a nadar!

Sin embargo, existen también nadadores que a sí se denominan maestros. Los nadadores en ese sector son aquellos que ya llevan consigo un don preparado, y lo complementan mediante determinados ejercicios, a fin de ponerlo en evidencia, buscando también ampliarlo cada vez más. En tales casos, por lo tanto, una predisposición más o menos evolucionada será conectada a un aprendizaje artificial. Pero hasta al nadador mejor preparado siempre tiene impuestos límites muy estrechos. Si osa alejarse demasiado, sus fuerzas se tornan débiles, y terminará por perderse de la misma forma que uno que no sabe nadar, si... si no recibe socorro al igual que el que no sabe.

Este socorro, sin embargo, en el mundo de materia fina, sólo puede venir de las alturas luminosas, de lo espiritual puro. Y esa ayuda, a su vez, sólo puede acercarse, si la persona que se halla en peligro ya ha alcanzado un cierto grado de pureza en su desarrollo anímico, que pueda servirle de punto de apoyo. Y esa pureza no podrá ser conseguida mediante el aprendizaje del ocultismo con el propósito de experiencias, sino que sólo puede venir a través de la elevación de la legítima moral interior, en el constante mirar hacia la pureza de la Luz.

Si una persona sigue ese camino, el cual con el tiempo le proporcionará un cierto grado de pureza interior, que naturalmente también se reflejará en sus pensamientos, palabras y obras, obtendrá entonces, poco a poco, ligazón con las alturas más puras y desde allí, recibirá recíprocamente, una fuerza intensificada. Así, tendrá una ligazón a través de todos los escalones intermediarios, que la sostiene y en la cual puede apoyarse. No tardará mucho y le será dado sin esfuerzo personal, todo lo que los nadadores inútilmente se esforzaban en obtener. Pero con un cuidado y precaución que yacen en las rígidas leyes de la reciprocidad, de forma que siempre recibirá sólo la misma proporción de aquello cuanto puede dar de fuerza equivalente, por lo menos en la misma intensidad, con lo que de antemano queda eliminado cualquier peligro. Por último, la barrera separadora, que puede compararse con las planchas de una barca, se irá haciendo más y más delgada, hasta desaparecer por completo. Este es entonces también el momento en el que tal persona, cual el pez en el agua, se sentirá como en su propia casa en el mundo de materia fina hasta las alturas luminosas. Ese es el único camino correcto. Cualquier entrenamiento prematuro mediante el aprendizaje artificial es errado. Solamente para el pez en el agua, ésta se presenta realmente sin peligros, por tratarse de “su elemento” y para el cual lleva en sí todo el equipaje que ni siquiera un nadador experimentado jamás logrará alcanzar.

Si una persona prefiere seguir tal aprendizaje, éste se inicia a través de una previa resolución voluntaria, a cuyas consecuencias estará sometida. Por consiguiente, tampoco se puede contar con que una ayuda le deba de ser dada. Se dispone, antes, de una resolución de libre albedrío.

Aquella persona, sin embargo, que incite a otros a tales aprendizajes, exponiéndolos, por ello, a múltiples peligros, habrá de cargar con una gran parte de las consecuencias, como culpa por cada uno individualmente. Quedará encadenada a todos en la materia fina. Después de su muerte terrena tendrá que descender, irrevocablemente, hasta aquellos que la precedieron, quienes sucumbieron a los peligros, hasta aquel que haya caído más profundamente. Ella misma no conseguirá ascender, mientras no haya ayudado a cada uno de aquellos a elevarse nuevamente, mientras no haya extinguido el camino errado y, además, recuperado lo que fue perdido a su paso. Así es el equilibrio en la reciprocidad y al mismo tiempo el camino de la gracia hacia ella, a fin de corregir el mal cometido y ascender.

Además, si tal persona ha actuado no solamente a través de la palabra, sino también por la escritura, su situación será todavía peor, porque sus escritos seguirán causando daños, aún después de su propia muerte terrena. Tendrá entonces que esperar en la vida de materia fina, hasta que no llegue al más Allá ninguno más de aquellos que se dejaron desviar por los escritos, a los cuales, por ello, tendrá que ayudarles a elevarse nuevamente. Siglos podrán transcurrir hasta que eso tenga lugar.

¡Pero no quiere decirse con eso que el mundo de la materia fina deba permanecer inaccesible e inexplotable durante la vida terrena!

A los interiormente maduros eso siempre les será proporcionado en el momento oportuno, para que se sientan como en casa allí donde para los demás se ocultan peligros. Les será permitido descubrir la verdad y propagarla. Pero también tendrán una visión clara de los peligros que amenazan a aquellos que, unilateralmente, mediante el aprendizaje del ocultismo, quieren entrar en las profundidades de un terreno que les es desconocido. Tales maduros jamás inducirán a aprendizajes ocultistas.

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