En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


1.LIBRO ◄ ► 2.LIBRO
Deutsch
English
Francais
Português
Русский
Український
Magyar
Česky
Slovensky
Contenido


15. El misterio del nacimiento

Cuando los seres humanos dicen que existe una gran injusticia en la manera por la cual se presenta la distribución de los nacimientos, ¡entonces no saben lo qué con eso hacen!

Con gran insistencia afirma uno: “Si existe una justicia, ¡cómo puede nacer un niño ya con el peso de una enfermedad hereditaria! El niño inocente tiene que cargar consigo los pecados de los padres.”

U otro: “Un niño nace en la riqueza, otro en amarga pobreza y miseria. Con eso no se puede surgir cualquier creencia en la justicia.”

O aún así: “Suponiéndose que los padres son los que deban ser castigados, no es cierto que ello se cumpla mediante la enfermedad y la muerte de un niño. El niño, de ese modo, tendría que sufrir inocentemente.”

Millares de estas y otras observaciones se multiplican entre la humanidad. Hasta los buscadores sinceros a veces se rompen la cabeza con ello.

Con la simple declaración de que “éstos son los inescrutables caminos de Dios, que todo conducen hacia lo mejor” no se quita del mundo el anhelo del saber el “por qué”. Quién con eso se satisfaga tendrá que concordar apáticamente, o reprimir inmediatamente como injusto cualquier pensamiento indagador.

¡Pero eso no es lo deseado! Es preguntando que uno encuentra el camino correcto. La apatía o vehemente represión sólo traen a la memoria la esclavitud. ¡Pero Dios no quiere esclavos! No quiere obediencia apática, sino un mirar libre y consciente hacia las alturas. ¡Sus maravillosas y sabias disposiciones no necesitan estar envueltas por la oscuridad mística, sino al contrario, ganan en su sublime e inalcanzable magnitud y perfección, cuando están expuestas abiertamente ante nosotros! De forma inmutable e incorruptible, en una seguridad y serenidad uniforme, ejecutan continuamente su eterno actuar. No se preocupan por el rencor ni por el reconocimiento de los seres humanos, ni tampoco por su ignorancia, sino que restituyen a cada uno, incluso en los más ínfimos matices, en frutos maduros, de lo que ellos hayan sembrado.

“Los molinos de Dios muelen despacio, pero seguros”, dice la voz del pueblo tan acertada con respecto a ese tejer de incondicional reciprocidad que se haya en toda la Creación, cuyas leyes inmutables traen en si la justicia de Dios, ejecutándola. Emana, fluye y discurre, y se vierte sobre todos los seres humanos, quieran o no, quienes, sometiéndose o sublevándose, habrán de recibirla como castigo justo y como perdón, o como recompensa en la elevación.

Si uno de los que protestan o un escéptico pudiese solamente arrojar una única mirada hacia el flotante y tejedor movimiento en la materia fina, sobrepasado y soportado por el riguroso espiritual, que traspasa y envuelve toda la Creación, y en el cual ésta se halla, siendo incluso una parte de él, vivo como un telar de Dios en eterno funcionamiento, pronto silenciaría lleno de vergüenza y reconocería, asustado, la arrogancia contenida en sus palabras. La serena sublimidad y seguridad que observa, le obligarían a postrarse, pidiendo perdón. ¡Cuán mezquino, pues, se había imaginado a su Dios! Y, aún así, que increíble grandeza encuentra en Sus obras. Reconocerá entonces que, con sus más elevadas conceptuaciones terrenas, sólo podría haber tratado de disminuir a Dios y restringir la perfección de la gran obra con el vano esfuerzo de querer contenerla en el limitado ámbito, que el cultivo del intelecto ha creado, el cual jamás podrá elevarse por encima de espacio y tiempo. El ser humano no debe olvidarse de que él se encuentra en la obra de Dios, que él mismo es una parte de la obra y que, por consiguiente, está incondicionalmente también sujeto a las leyes de esa obra.

Sin embargo, esta obra no alcanza solamente las cosas visibles a los ojos terrenos, pero también el mundo de materia fina que contiene en sí la mayor parte de la verdadera existencia y actividad humana. Las respectivas vidas terrenas son solamente pequeñas partes de eso, pero siempre importantes puntos de transición.

El nacimiento terreno constituye siempre solamente el principio de una etapa importante en toda la existencia de una criatura humana, pero no su comienzo propiamente dicho.

Cuando empieza su peregrinación por la Creación, el ser humano como tal se halla libre, sin hilos del destino, éstos parten hacia el mundo de materia fina, convirtiéndose cada vez más fuertes en el camino debido a la fuerza de atracción de la igual especie, cruzándose con otros, entretejiéndose y actuando retroactivamente sobre el autor, con quien hayan permanecido conectados, conduciendo consigo el destino o karma. Los efectos de los hilos que regresan simultáneamente se mezclan entre si por lo que los colores, originalmente definidos de un modo nítido, reciben otras tonalidades, produciendo nuevos cuadros combinados. *(Disertación Nro. 6: Destino) Los hilos individuales constituyen el camino de los efectos de retorno hasta que el autor no ofrezca ningún punto de apoyo más en su íntimo para los elementos de la igual especie, por lo tanto, cuando por su parte no cuida más de este camino, ni lo conserve, por lo que esos hilos ya no pueden atarse más o engancharse, secándose y cayendo, tanto para el bien como para el mal.

Cada hilo del destino es, por lo tanto, formado en la materia fina por el acto de voluntad en la decisión para una acción, emigra, pero permanece, pese a eso, anclado en el autor y constituye así el camino seguro para especies iguales, tornándolas más fuertes, pero también, simultáneamente recibiendo fuerza de éstas, la cual regresa al punto inicial por ese camino. A partir de ese proceso se produce la ayuda que llega a los que se esfuerzan por el bien, tal y como fue prometido, o sin embargo, la circunstancia por la que “el mal continua generando el mal”. *(Disertación Nro. 30: El ser humano y su libre arbitrio)

Los efectos recíprocos de esos hilos en curso, a los cuales, diariamente, el ser humano se ata a otros nuevos, llevan así, a cada ser humano su destino, creado por él mismo y bajo el cual está sujeto. Toda arbitrariedad queda ahí excluida, por lo tanto, también toda injusticia. El karma que una persona lleva consigo y que se parece a una predestinación unilateral es de hecho solamente la consecuencia indiscutible de su pasado, siempre que ésta no haya sido redimida a través de la reciprocidad.

El verdadero inicio de la existencia de una persona es siempre bueno, y para muchas también el fin, a excepción de aquellas que se pierden por si solas, por haber, voluntariamente, a través de sus resoluciones, tendido la mano hacia el mal, lo cual, por su parte, les hundió completamente hacia la miseria. Las vicisitudes ocurren siempre solamente en el intervalo de tiempo que va desde la época de formación hasta la madurez interior.

El propio humano, por lo tanto, siempre es quien produce su vida futura. Él suministra los hilos y así determina el color y la forma del ropaje que el telar de Dios le teje a través de la ley de la reciprocidad.

Frecuentemente, yacen muy lejos las causas que actúan de modo determinante para las circunstancias en las que un alma nacerá, así como la época bajo cuyas influencias el niño vendrá al mundo terreno, para que éste entonces influya continuadamente durante su peregrinación en la Tierra, y logre lo que es necesario para la remisión, el pulimento, la eliminación del karma y el desarrollo justamente de ese alma.

Tampoco eso, sin embargo, se cumple unilateralmente solamente para el niño, sino que los hilos se tejen naturalmente, de forma que establecen también un efecto recíproco en lo terrenal. Los padres proporcionan al hijo precisamente lo que éste necesita para su desarrollo continuo y, de modo inverso, el hijo en relación a los padres, sea algo bueno o malo; pues al desarrollo continuo y a la elevación pertenece también, naturalmente, la liberación del mal al agotarlo, con lo que es reconocido como tal y rechazado. Y la oportunidad para ello siempre lleva la reciprocidad. Sin ésta, no podría jamás, realmente, el ser humano liberarse de su pasado. Por lo tanto, se halla en las leyes de la reciprocidad, como una gran dádiva de gracia, el camino hacia la libertad o la ascensión. Por consiguiente, no se puede hablar, de ninguna manera, de castigo. Castigo es una expresión errada, ya que precisamente en ello reside el gran amor, la mano que el Creador extiende para el perdón y la liberación.

La venida terrena del ser humano se compone de generación, encarnación y nacimiento. La encarnación es el ingreso, propiamente dicho, de la criatura humana en la existencia terrena. *(Disertación Nro. 7: La creación del ser humano)

Por lo tanto, millares son los hilos que contribuyen en la determinación de una encarnación. Hay siempre, sin embargo, también en esos fenómenos de la Creación una justicia sintonizada hasta en los más mínimos detalles, la cual se efectúa e impulsa hacia el beneficio de todos los ahí involucrados.

Así, el nacimiento de un niño se torna algo mucho más sagrado, más importante y más valioso de lo que, en general, es supuesto. Ocurre, pues, de esa forma, simultáneamente al niño, a los padres, y también a los posibles hermanos y otras personas que tendrán contacto con el niño, con su ingreso en el mundo terreno, una nueva y especial gracia del Creador, con lo que todos reciben la oportunidad de avanzar de alguna manera. A los padres les puede ser dada, por el cuidado necesario en el tratamiento de una enfermedad, o por grave preocupación o sufrimiento, la oportunidad para el lucro espiritual, sea como remedio, como simple medio para un fin o también como verdadera redención de una culpa antigua, tal vez, incluso como expiación anticipada de un karma amenazador. Pues ocurre muchas veces que, con la ya iniciada buena voluntad, la propia enfermedad grave de una persona, que debía alcanzarla según la ley de la reciprocidad como karma, sea anticipadamente redimida por la gracia, en consecuencia de su buena voluntad al dispensar, por libre resolución, cuidados abnegados a otro o a su propio hijo. Una verdadera redención sólo puede suceder mediante la intuición, a través del vivenciar pleno. En la ejecución de un cuidadoso tratamiento con verdadero amor, el vivenciar, frecuentemente, es todavía más grande que la propia enfermedad. Es más profundo en la ansiedad, en el dolor durante la enfermedad de un hijo o de alguien a quien realmente se le considera como un prójimo querido. Igual de profunda es también la alegría ante su recuperación. Y ese fuerte vivenciar por si sólo imprime sus marcas indelebles en la intuición, en el ser humano espiritual, cambiándolo con eso y cortando con esa transformación los hilos del destino que de otra forma aún le habrían alcanzado. Debido a ese corte o abandono, los hilos regresan como gomas estiradas hacia el lado opuesto, a las centrales de materia fina de igual especie, por cuya fuerza de atracción son entonces atraídos de modo unilateral. Así queda excluido cada efecto subsecuente sobre el ser humano transformado, por la falta de camino de conexión para ello.

Por lo tanto, existen millares de maneras de rescates bajo esa forma, cuando una persona voluntariamente y de buen agrado toma hacia si algún deber ante otra por amor o por misericordia, que es similar al amor.

En cuanto a eso Jesús mostró los mejores ejemplos en sus parábolas. Tanto en su Sermón de la Montaña, así como en todas las demás predicaciones, indicó muy claramente los buenos resultados de semejantes prácticas. Siempre hacía referencia al “prójimo”, y mostraba así, en la forma más sencilla y más clara, el mejor camino para la expiación del karma y para la ascensión. “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, exhortó, brindando con eso la clave hacia el portal de toda escalada. No es necesario que se trate siempre de una enfermedad. Los niños, su necesario trato y educación, ofrecen de la forma más natural tantas oportunidades, que contienen en si todo lo que se puede considerar como expiatorio. ¡Por eso mismo los niños traen bendiciones, sin importar como nacieron y se desarrollaron!

Lo que vale para los padres, es válido también para los hermanos y para todos los que se relacionan con niños. También ellos tienen la oportunidad de lucrar con el nuevo habitante de la Tierra, cuando se esfuerzan, sea también solamente para liberarse de malos hábitos o de algo similar, con la tolerancia, de los cuidadosos auxilios de la más variada especie.

Para el niño mismo, el auxilio no es menor. ¡Cada cual, a través del nacimiento, es colocado ante la posibilidad de escalar una inmensa parte del camino! Donde eso no suceda, la propia persona es la culpable. Significando que no lo quiso hacer de ese modo. Se debe, por consiguiente, considerar a cada nacimiento como un bondadoso regalo de Dios que es distribuido proporcionalmente. Tampoco para aquél que no tiene hijos y adopta un niño de otro la bendición queda reducida, sino al contrario, es todavía más grande por el acto de adopción, siempre que ésta suceda a causa del niño y no por satisfacción personal.

En una encarnación ordinaria, por lo tanto, la fuerza de atracción de la igual especie espiritual juega un papel predominante en cooperación con los efectos recíprocos. Características que son consideradas como hereditarias, en realidad, no son transmitidas por herencia, sino que deben ser atribuidas simplemente a esa fuerza de atracción. Nada se halla ahí de heredado espiritualmente de la madre o del padre, pues el niño también es una persona individual, al igual que ellos, llevando en si solamente especies iguales, por las cuales se sintió atraído.

Sin embargo, no es solamente esa fuerza de atracción de la igual especie la que actúa de modo determinante en la encarnación, sino que también cooperan otros hilos del destino en su curso, a los cuales el alma a ser encarnada se halla conectado y que tal vez estén de alguna forma atados a un miembro de la familia al cual es conducida. Todo ello colabora conjuntamente, se atrae mutuamente y, por último, conduce a la encarnación.

Pero es distinto cuando un alma acepta voluntariamente una misión *(Envío, incumbencia) para ayudar a determinados seres humanos terrenos o para colaborar en una obra de ayuda para toda la humanidad. En estos casos el alma acepta ya desde pronto y voluntariamente sobre sí lo que se va a encontrar en la Tierra, con lo que tampoco se puede hablar aquí de injusticia alguna. Por lo que la recompensa tiene que sobrevenirle como resultado del efecto de la reciprocidad, siempre que todo suceda por amor incondicional, que por su parte no pregunta por recompensa. En las familias en las cuales hay enfermedades hereditarias, se encarnan las almas que necesitan tales enfermedades, para conseguir a través de la reciprocidad, la liberación, la purificación o el progreso.

Los hilos conductores y sostenedores no permiten en absoluto que ocurra una encarnación equivocada, es decir, injusta. Excluyen con eso todo error. Sería intentar nadar contra una corriente que sigue su curso bajo unas reglas con fuerza férrea e imperturbable, excluyendo de antemano cualquier resistencia, de manera que ni siquiera sea factible intentarlo. Sin embargo, bajo la rigurosa observancia de sus propiedades, no ofrece nada más que bendiciones.

Y todo es tomado en cuenta, incluso en los casos de encarnaciones voluntarias, cuando las enfermedades son asumidas espontáneamente para alcanzar una cierta finalidad. Si, por un casual, el padre o la madre han atraído la enfermedad sobre sí mismos, a causa de una culpa, aunque producida solamente por la inobservancia de las leyes naturales que exigen una atención incondicional para la preservación de la salud del cuerpo a ellos confiado, entonces el dolor de reproducir nuevamente esa enfermedad en el hijo ya lleva en si una expiación que conducirá a la purificación, siempre y cuando ese dolor sea verdaderamente intuido.

Mencionar ejemplos específicos de poco serviría, ya que cada nacimiento individual brindaría un nuevo cuadro, debido a los hilos del destino múltiplemente entrelazados, divergiendo de los demás, y aún cada especie igual tendría que presentarse en millares de variaciones, debido a los delicados matices de las reciprocidades de sus mezclas.

Pero pongamos solamente un ejemplo sencillo: una madre ama tanto a su hijo, que le impide por todos los medios que él la deje para casarse. Manteniéndole atado a ella por un tiempo indeterminado. Ese amor es errado, puramente egoísta, egocéntrico, aun cuando la madre, según su propia opinión, ofrezca todo para tornar la vida terrena del hijo lo más agradable posible. Debido a ese amor egoísta, se ha interpuesto injustamente en la vida del hijo. El verdadero amor jamás piensa en sí mismo, sino que siempre quiere el bien de la persona amada y actúa en ese sentido, aunque esté vinculado con un renunciamiento personal. La hora en la que la madre sea llamada para partir al más allá llegará. El hijo está sólo ahora. Para él se ha tornado demasiado tarde, para que todavía logre dar el impulso alegre para la realización de sus propios deseos, el impulso brindado por la juventud. A pesar de todo, él todavía ha lucrado algo con eso; porque con la renuncia circunstancial, algo redime. Puede tratarse de una especie igual que se originó en su vida anterior, con lo que simultáneamente se desvió del aislamiento interior por un matrimonio lo cual, con el matrimonio, tendría que sobrevenirle de algun modo, o de cualquier otra cosa. En dichas circunstancias, sólo existe beneficio para él. La madre, sin embargo, ha llevado consigo su amor egoísta. La fuerza de atracción de la especie igual espiritual la arrastra irresistiblemente hacia las personas con propiedades idénticas, porque en sus cercanías está la posibilidad de poder intuir conjuntamente una pequeña parte de su propia pasión en la vida intuitiva de tales personas, cuando ejerzan su amor egoísta sobre otro. De esa forma, permanece ligada a la Tierra. Sin embargo, cuando ocurra una procreación en una de las personas con quien esté constantemente próxima, ella misma se encarnará debido a la ligazón de ese entrelazamiento espiritual existente. Cambiándose así los papeles. Ahora, como niño, bajo idéntica característica paterna o materna, sufrirá lo mismo que antaño impuso a su hijo. No podrá liberarse de la casa paterna, a pesar de sus deseos y de las oportunidades que se ofrecen. Así su culpa quedará redimida, cuando ella, a través de sus propias vivencias, reconozca tales maneras de proceder como injustas siendo así liberada de ello.

Por la ligazón con el cuerpo de materia gruesa, es decir, con la encarnación, una venda es puesta en cada persona, que les impide ver su existencia anterior. También eso, como todo acontecimiento en la Creación, sólo sirve como una ventaja de la respectiva persona. En ello, una vez más, se halla la sabiduría y el amor del Creador. Si cada uno recordase exactamente su existencia anterior, permanecería en su nueva vida terrena solamente como un pasivo observador, quedándose al margen, en la convicción de conquistar con eso un avance o de redimir algo, en lo que igualmente sólo reside progreso. Precisamente debido a eso, sin embargo, no habría para él avanzo alguno, sino, al contrario, correría un gran peligro de resbalar hacia bajo. La existencia terrena debe ser vivenciada realmente, si es que tiene una finalidad. Solamente lo que es vivenciado en el intimo en todos sus altos y bajos, por lo tanto, intuido, se torna algo propio. Si una persona siempre supiese con anticipación claramente la dirección exacta que le sería útil, no existiría para ella reflexión ni decisión alguna. De esa forma, tampoco podría recibir fuerza alguna ni autonomía alguna, lo que es absolutamente indispensables para ella. De esa forma, sin embargo, toma cada situación de su vida terrena de forma más real. Todo lo que es realmente vivenciado graba firmemente impresiones en la intuición, en el eterno, que el ser humano en su metamorfosis lleva consigo hacia el más Allá como algo suyo, como parte de él mismo, moldeándolo de forma nueva de acuerdo con sus impresiones. Pero también solamente aquello que es realmente vivenciado, todo lo demás desaparece con la muerte terrena. ¡Lo vivenciado, sin embargo, permanece su lucro como contenido principal purificado de la existencia terrena! No todo lo que fue aprendido es parte de lo vivenciado. De lo que fue aprendido, sin embargo, restará solamente aquello lo que el ser humano absorbió para sí mismo a través de la vivencia. Toda la acumulación restante de cosas inútiles de lo que ha sido aprendido, a que tantas personas sacrifican la existencia terrena entera, se quedará atrás como paja. Por eso, cada instante de la vida jamás puede ser tomado de modo suficientemente serio, a fin de que a través de los pensamientos, palabras y acciones fluya el fuerte calor vital, evitando así decaer en hábitos vacíos.

El niño recién nacido por eso parece, debido a la venda que le es impuesta ante los ojos en el acto de la encarnación, totalmente ignorante, por eso también es tomado equivocadamente como inocente. No es raro que lleve consigo un gran karma, que le dé la oportunidad de redimir caminos errados anteriores, con el agotamiento vivencial. El karma es, en la predestinación, solamente la consecuencia necesaria de hechos pasados. En las misiones, es una aceptación voluntaria, con la finalidad de alcanzar con ello la comprensión y la madurez terrena para el cumplimiento de la misión, a no ser que sea parte de la misma.

¡Por esa razón, el ser humano no debería lamentarse más de la injusticia en los nacimientos, sino que debería alzar su mirada con gratitud hacia el Creador, el cual con cada nacimiento individual, solamente ofrece nuevas bendiciones!

Mensaje del Grial de Abdrushin


Contenido

[Mensaje del Grial de Abdrushin]  [Resonancias del Mensaje del Grial] 

contacto