En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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Contenido


4. Ascensión

¡No os enredéis en una red, vosotros los que anheláis por el reconocimiento, pero sí tratad de ver con claridad!

Producto de la ley eterna, una obligación de expiación inalterable pesa sobre vosotros, la cual jamás podréis pasar hacia otros. ¡Aquello con lo que os sobrecargáis ante vuestros pensamientos, palabras o acciones, nadie más, sino vosotros mismos, puede rescataros! Reflexionad bien, pues de otro modo la justicia divina sería solamente un sonido hueco, cayendo todo lo demás con ella en ruinas.

¡Por lo tanto, liberaos! ¡No desperdiciéis ninguna hora para ultimar esa obligación de expiación! ¡La sincera voluntad hacia lo bueno, hacia lo mejor, que por medio de la oración profundamente intuida adquiere una mayor fuerza, trae la redención!

Sin la voluntad sincera y firme para el bien, jamás podrá ocurrir la expiación. ¡Continuamente todo cuanto es inferior irá, entonces, a proveer siempre a si mismo nuevo alimento para seguir existiendo y con eso exigir siempre nueva expiación sin treguas, hasta el punto de parecer que lo que sigue continuamente renovándose os parezca como un único vicio o sufrimiento! Se trata, sin embargo, de toda una cadena sin fin, siempre atando de nuevo, incluso antes de que los anteriores hayan podido desconectarse. Entonces jamás ocurre la redención, por exigir continuamente expiaciones. Es como si una cadena os emplomase al suelo. Ahí el peligro de que ocurra una queda aún más profunda es muy grande. ¡Por consiguiente, animaos por fin hacia la buena voluntad, vosotros que aún permanecéis de este lado o que, según vuestras concepciones, ya os encontráis en el otro lado! Con la persistente buena voluntad sobrevendrá el remate de todas las expiaciones, ya que aquél que quiere el bien y actúe en ese sentido no concede nuevo alimento para una nueva exigencia de expiación. De esa manera llega entonces la liberación, la redención, que únicamente permite la escalada hacia la Luz. ¡Escuchad la advertencia! ¡No hay otro camino para vosotros! ¡Ni para nadie!

Con eso, cada uno adquirirá también la certeza de que nunca puede ser demasiado tarde. ¡Tal vez para el acto individual, evidentemente, vosotros mismos debéis así expiar, rescatar, pero en el momento en el que se inician con sinceridad vuestros esfuerzos hacia el bien, habréis clavado el hito para el remate de vuestra expiación, tened certeza de que entonces ese fin tiene que llegar, principiando así vuestra ascensión! Entonces podréis alegremente seguir rescatando todas vuestras expiaciones. Lo que entonces todavía va hacia vuestro encuentro ocurre a favor de vuestra salvación, se os acerca de la hora de la redención, de la liberación.

¿Comprendéis entonces el valor, cuándo yo os aconsejo iniciaros con toda la fuerza de la buena voluntad, en el pensar puro? ¿A no desistir, sino a agarraros en eso con toda la ansiedad, toda la energía? ¡Eso os eleva hacia lo alto! ¡Os transforma, así como a vuestro ambiente! Reflexionad que cada pasaje por la Tierra es una breve escuela, que no termina para vosotros con la desencarnación. ¡Viviréis continuamente o moriréis continuamente! ¡Disfrutaréis de felicidad continua o padeceréis continuamente! Quien supone que con el sepulcro terreno también para él está todo terminado, todo redimido, que se aleje y prosiga su camino; pues con eso solamente pretende engañarse a sí mismo. ¡Entonces quedará aterrorizado ante la verdad... obligado a empezar su camino de sufrimiento! Su verdadero yo, desabastecido de la protección de su cuerpo, cuya densidad lo envolvió como una muralla, será entonces atraído por su especie semejante, quedando cercado y apresado.

El ánimo del sincero querer hacia lo mejor, que podría liberarlo y elevarlo aún más, le será más difícil y por mucho tiempo imposible, porque entonces estará sujeto exclusivamente a la influencia del ambiente, que no trae en si ningún pensamiento luminoso de la especie que pudiese despertarle y apoyarle. Tendrá que sufrir doblemente con todo lo que ha creado para él.

Por esa razón, un progreso entonces es además mucho más difícil de lo que era en carne y sangre, donde el bien camina al lado del mal, lo que sólo se torna posible bajo la protección del cuerpo terreno, porque... esa vida terrenal es una escuela donde al “yo” de cada uno le es dada la posibilidad de perfeccionamiento según su propio libre albedrío. ¡Por lo tanto, animaos por fin! ¡El fruto de cada pensamiento caerá sobre vosotros, sea aquí o en el más Allá, y tendréis que degustarlo! ¡Ningún ser humano puede huir de esta realidad! ¿De qué os sirve si, como el avestruz, buscáis meter con miedo la cabeza en la arena, ante esta realidad? ¡Enfrentad, pues, los hechos, bravamente! Con eso sólo os facilitaréis todo; pues aquí podéis progresar más de prisa. ¡Empezad! Siempre con la conciencia de que todo el pasado tiene que ser saldado. No esperéis, como muchos tontos, que la felicidad os vaya a caer del cielo inmediatamente en el regazo, entrando por puertas y ventanas. Quizás tengáis todavía muchos de vosotros que rescatar una enorme cadena. Aquél que por eso se acobarde se perjudicará a sí mismo, pues nada le podrá ser descontado ni quitado. Con vacilaciones solamente torna todo más difícil para él, sino imposible por largo tiempo. Eso debería servirle de estímulo para no desperdiciar más ni siquiera una hora; ¡pues solamente con el primer paso empezará a vivir! Bienaventurado aquél que se anime a ello; eslabón tras eslabón se irán desprendiendo de él. Con pasos agigantados puede avanzar, alegrándose y agradeciendo, venciendo también los últimos obstáculos; ¡pues se tornará libre!

Las piedras, que su actuación errada de hasta ahora ha amontonado delante de él como una pared, las cuales tenían que impedirle el avanzar, no serán por acaso retiradas, al contrario, le son puestas delante con todo cuidado para que las reconozca y las transponga, puesto que tendrá que saldar todos los errores. Sin embargo, con asombro y admiración, pronto verá el amor que en eso actúa a su alrededor, apenas demuestre su buena voluntad. El camino le será tan facilitado con delicado desvelo, como los primeros pasos de un niño que son amparados por la madre. Si hubiera hechos de su vida de hasta ahora que, temiendo en silencio, lo amedrentaron y que preferiría dejar dormir continuamente... ¡inesperadamente será colocado justamente ante ellos! Tiene que resolverlos, actuar. Visiblemente es impelido hacia eso debido al atamiento. Si osa, entonces, dar el primer paso con confianza en la victoria de la buena voluntad, se abrirá el nudo fatal, pasará por éste y quedará libre de él.

Sin embargo, en cuanto esta culpa sea rescatada, ya le surge otra bajo cualquier tipo de forma, exigiendo de modo idéntico ser también rescatada. Así se deshará de un eslabón de la cadena tras otro, que tenían que tullirlo y oprimirlo. ¡Se sentirá muy aliviado! Y la sensación de alivio que muchos de vosotros seguramente ya vivenciasteis alguna vez no es ninguna ilusión, sino el efecto de un hecho real. El espíritu, así liberado de la opresión, se tornará liviano y ascenderá de manera rápida, según la ley de la gravedad espiritual, hacia aquella región a la que él ahora pertenece conforme a su respectiva ligereza. Así tendrá que ir avanzando siempre hacia el encuentro de la Luz anhelada. La mala voluntad comprime al espíritu hacia abajo, tornándolo pesado, pero lo que es bueno le impulsa hacia arriba.

El gran Maestro Jesús ya os mostró también el camino sencillo para ello, que lleva infaliblemente a la meta; pues una profunda verdad yace en estas sencillas palabras: “¡Ama a tu prójimo como a ti mismo!”.

¡Con eso os dio la llave hacia la libertad, hacia la ascensión! ¿Por qué? Porque es incontestable: ¡lo que hagáis por el prójimo, lo haces, en realidad solamente para vosotros! Solamente para vosotros mismos, porque todo, según las leyes eternas, recae infaliblemente sobre vosotros, el bien o el mal, ya sea aquí y ahora o en el más Allá. ¡Vendrá! Por consiguiente, con eso a vosotros os es indicado el camino más sencillo, cómo debéis concebir el paso para llegar a la buena voluntad. ¡Con vuestra manera de ser, con vuestra especie debéis de dar a vuestro prójimo! No ha de ser, necesariamente con dinero o bienes. Si así fuera los pobres estarían privados de la posibilidad de dar. Y en ese modo de ser, en ese “darse” en el convivir con vuestro prójimo, en la consideración, en el respeto que vosotros le ofrecéis voluntariamente, está el “amar” de lo cual nos habla Jesús, está también el auxilio que prestáis a vuestro prójimo, porque con eso él se torna capaz de modificarse a sí mismo o proseguir hacia las alturas, porque con ello él puede fortalecerse.

Las irradiaciones retroactivas de eso, sin embargo, os yerguen rápidamente en su reciprocidad. A través de ellas recibiréis siempre nuevas fuerzas. Con vuelo bramante lograréis, entonces, dirigiros al encuentro de la Luz…

Pobres necios, los que todavía pueden indagar y cuestionarse: “¿Qué gano yo con eso, si abandono tantas costumbres antiguas y cambio?” ¿Acaso se trata de hacer un negocio? Y si ganasen solamente como seres humanos, como tal en la forma de ser más elevados, incluso ya sería bastante grande la recompensa. ¡Sin embargo es infinitamente mucho más! Os repito: con el principio de la buena voluntad, se coloca en cada uno también el hito para el fin de su obligatoria expiación, la cual tiene que cumplir, de la cual jamás podrá escapar. Por la que nadie puede sustituirle. Con dicha resolución él coloca, por consiguiente, un fin previsible a la obligación de expiación. Se trata de un valor que ni todos los tesoros de este mundo son capaces de sobrepasar. De esa forma se libra de las cadenas de esclavo que él mismo continuamente ha forjado para sí. Por lo tanto, despertad del sueño que os enerva. ¡Dejad por fin llegar el despertar!

¡Acabad con la embriaguez que, entorpecedora, trae la ilusión de que la redención por intermedio del Salvador se tornó un salvoconducto, para que podáis pasar la vida entera con descuido, entregándoos al “egocentrismo”, bastando con que os tornéis en el último momento creyentes, retrocediendo y dejando esta Tierra creyendo en el Salvador y en su obra! ¡Que insensatos, esperar de la divinidad una tan deplorable e imperfecta obra fragmentaria! ¡Eso significaría fomentar el mal! ¡Pensad en ello, liberaos!

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