En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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3. El silencio

Cuando te venga un pensamiento, retenlo; no lo verbalices de inmediato, sino aliméntalo. Pues al retenerlo en silencio, se condensa y y cobra fuerza, como el vapor a presión.

La presión y la condensación generan la propiedad de atraer magnéticamente, en conformidad con la ley de que todo lo que es más fuerte atrae a lo débil hacia sí. De ese modo, formas mentales afines son atraídas de todos lados y retenidas. Éstas aumentan cada vez más la fuerza del pensamiento inicial que uno tuvo y, no obstante, actúan de tal manera que la forma engendrada originalmente se va puliendo mediante la adhesión de estas formas ajenas, sufre modificaciones y va asumiendo formas cambiantes hasta alcanzar la madurez. Tú sientes ciertamente todo esto en tu interior, pero crees en todo momento que se trata de tu propia volición exclusivamente. Pero no hay cuestión en la que des únicamente tu volición y nada más; siempre habrá algo ajeno tomando parte también.

¿Qué te dice este fenómeno?

Que solo con la unión de muchos elementos aislados se puede crear algo perfecto. ¿Crear? ¿Estará correcto eso? ¡No, crear no, sino formar! Puesto que en realidad no hay nada que crear; en todo caso se trata meramente de un nuevo formar, dado que todos los elementos aislados ya existen de antemano en la gran Creación. Solo hay que poner dichos elementos aislados en función de alcanzar la perfección, lo cual supone la unión.

¡La unión! No pases esto por alto; antes bien, trata de profundizar en el concepto de que la madurez y la perfección se alcanzan por medio de la unión. Esta frase reposa en toda la Creación cual tesoro a desenterrar. La misma está estrechamente ligada a la ley de que solo dando se puede recibir. ¿Y qué es menester para entender correctamente esta frase, o sea, para vivirla? ¡Amor! ¡Y por eso constituye el amor la fuerza más excelsa, un poder sin límites en los misterios de la gran Creación!

Así como, en el caso de un pensamiento, la unión configura, talla y da forma; de igual modo sucede con el hombre mismo, y con la Creación entera, que, en un interminable proceso de unión de formas aisladas ya existentes, producto de la fuerza volitiva, adquiere nuevas formas; y así se va forjando el camino de la perfección.

Un solo individuo no puede ofrecerte perfección, pero sí la humanidad entera con su diversidad de caracteres. Cada individuo tiene algo que es absolutamente necesario en el todo. Y he aquí también por qué alguien de un grado avanzado de perfección, que ya no conoce ningún apetito terrenal, amará a la humanidad entera, y no a un solo individuo; puesto que solo la humanidad entera puede hacer que las cuerdas de su alma madura, ya liberadas por medio de purificaciones, entonen acordes de armonía celestial. Ese lleva la armonía consigo, ya que todas las cuerdas vibran.

Regresemos al pensamiento que atrajo las formas ajenas y que, con ello, fue cobrando cada vez más fuerza: Este, por último, trasciende de ti como ondas de fuerza concentradas y, atravesando el aura de tu persona, ejerce una influencia sobre tu entorno inmediato.

La gente llama a esto magnetismo personal. Los no iniciados dicen: «¡Tú irradias un no sé qué!». En dependencia de su naturaleza, será agradable o desagradable, atrayente o repelente. ¡Es algo que se siente!

¡Mas tú no irradias nada! El proceso que acaba generando en el otro esa sensación tiene su origen en el hecho de que tú atraes magnéticamente todo aquello que guarde afinidad espiritual contigo. Y esta atracción se les hace patente a tus semejantes. Mas también aquí está presente el efecto recíproco. Por medio de la conexión, el otro siente claramente tu fuerza y, de ese modo, despierta la simpatía.

Tened siempre presente lo siguiente: Todo lo espiritual es –expresado según nuestros conceptos– magnético, y ya sabes también que lo débil siempre sucumbe a lo más fuerte por medio de la atracción, de la absorción. Es así como «al pobre (débil) se le quita lo poco que aún le queda»; éste acaba volviéndose dependiente.

En ello no hay injusticia alguna, sino que se consuma de conformidad con las leyes divinas. La persona no tiene más que espabilarse y ejercer debidamente su facultad volitiva, y estará protegida contra ello.

Ahora quizás te preguntes: ¿Qué pasa entonces cuando todos quieran ser fuertes y ya no haya nadie a quien quitarle nada? Entonces, caro amigo, tendrá lugar un intercambio voluntario, basado en la ley de que solo dando se puede recibir. No se produce estancamiento alguno por esa razón, sino que todo lo mediocre resulta eliminado.

Es así como, por pereza, muchos se vuelven dependientes espiritualmente y, a veces, acaban prácticamente perdiendo la facultad de tener pensamientos propios.

Hay que destacar que solo lo afín resulta atraído. De ahí el refrán: «Cada oveja con su pareja». De modo que los bebedores siempre se van a encontrar, los fumadores se tienen «simpatía», al igual que los charlatanes, los jugadores, y así sucesivamente; pero también las personas nobles se encuentran para ir juntas en pos de una elevada meta.

Mas la cuestión no termina ahí: lo que opera en lo espiritual acaba repercutiendo en lo físico también, dado que todo lo espiritual trasciende a lo físico-material, con lo que nos vemos obligados a tomar en cuenta el efecto retroactivo, ya que un pensamiento siempre mantiene la conexión con su origen, y es a través de dicha conexión que la irradiación retroactiva trabaja.

Aquí solo estoy hablando de pensamientos de verdad, de pensamientos que contienen la fuerza vital del sentir del alma. No hablo del desperdicio de la sustancia cerebral que os ha sido confiada como instrumento y que no forma sino pensamientos fugaces que, en loca confusión, se revelan como difusa nebulosa que afortunadamente no tarda en deshacerse. Semejantes pensamientos no hacen más que costarte tiempo y energías, con lo que no haces sino disipar un bien que te ha sido confiado.

Si, por ejemplo, meditas sobre algo con seriedad, ese pensamiento tuyo adquiere gran magnetismo por medio del poder del silencio y atrae todo lo que le sea afín, resultando así fecundado. Ganando en madurez, acaba trascendiendo del marco de lo usual, con lo que incluso llega a penetrar en otras esferas, para recibir de ahí la afluencia de pensamientos más elevados,... la inspiración. De ahí que en el caso de la inspiración el pensamiento inicial tenga que partir de ti mismo; a diferencia de lo que sucede con los médiums, hay que tender un puente al más allá, al mundo espiritual, a fin de beber de sus fuentes con conocimiento de causa. Así que la inspiración no tiene nada que ver con el ejercicio de facultades mediumnísticas. De ese modo, ese pensamiento que has tenido alcanza su plena madurez. Tú te acercas a su realización y, mediante el efecto condensador de tu fuerza, llevas a ejecución aquello que ya flotaba en el universo en la forma de entes mentales constituidos de incontables elementos aislados.

De esa manera, mediante la unión y la condensación, te sirves de algo que ya hace mucho existía espiritualmente para crear una nueva forma. De modo que en la Creación entera sólo cambian las formas, ya que todo lo demás es eterno e indestructible.

Guárdate de pensamientos confusos, de toda superficialidad en el pensar. La ligereza se paga caro; pues no tarda en hacer de ti un juguete de influencias extrañas, con lo que bien fácil te vuelves huraño, antojadizo e injusto con tu entorno.

Si tienes un pensamiento de verdad y lo retienes firmemente, la presión de la fuerza acumulada ha de acabar llevándolo a su realización; ya que el devenir de todo acontecer se desarrolla completamente en el plano espiritual, dado que toda fuerza es exclusivamente espiritual. Lo que entonces se te hace visible no son más que los últimos efectos de un suceso espiritual-magnético que ya ha tenido lugar y que siempre se consuma uniformemente y de conformidad con un orden firmemente establecido.

A fin de cuentas, toda acción, incluyendo el más mínimo movimiento de una persona, es siempre producto de una volición espiritual que le ha precedido. Ahí el único papel que desempeñan los cuerpos es el de instrumentos animados espiritualmente, cuya existencia misma vino a ser posible gracias a la acción condensadora de la fuerza del espíritu. Ese es el caso también con los árboles, las piedras y la Tierra entera. Todo es animado, permeado y movido por el Espíritu Creador.

Ahora, como la materia en su totalidad, o sea, aquello que es terrenalmente visible, no es más que el resultado de la vida espiritual, no te resultará difícil concebir que, en dependencia de la vida espiritual de nuestro entorno inmediato, así se formarán las circunstancias terrenales. De ello se desprende claramente lo siguiente: gracias a la sabia disposición de la Fuerza de la Creación, a los hombres les es dado el darles forma a las circunstancias ellos mismos, sirviéndose de la mismísima fuerza del Creador. ¡Bienaventurado sea aquél que la use para el bien! ¡Pero ay de quien se deje inducir a emplearla en lo malo!

El espíritu en los hombres acaba cercado y oscurecido únicamente por causa de la apetencia terrenal, que, adhiriéndose a él cual escoria, lo lastra y tira de él hacia las profundidades. Ahora bien, sus pensamientos son actos volitivos en los que reside fuerza espiritual. A criterio del hombre queda el pensar lo bueno o lo malo, con lo que puede encaminar la fuerza divina tanto hacia buenos como hacia malos fines. En ello radica la responsabilidad que pesa sobre él; puesto que la recompensa o el castigo que su proceder merezca llegarán sin falta, ya que todas las consecuencias de los pensamientos regresan al punto de partida, en virtud de ese efecto recíproco que nunca falla y que, en este sentido, es completamente inmutable, o sea, inexorable; lo que también lo hace incorruptible, estricto, justo. ¿Acaso no se dice lo mismo de Dios?

Si bien hoy día muchos renegadores de la fe ya no quieren saber nada de una Divinidad, ello no puede cambiar en nada los hechos que he alegado. La gente no necesita más que dejar a un lado la palabra «Dios» y profundizar con seriedad en la ciencia, que van a encontrar exactamente lo mismo, solo que expresado con otras palabras. ¿No resulta ridículo entonces el seguir discutiendo sobre ello? Ningún ser humano puede eludir las leyes naturales; a nadie le es posible ir en contra de ellas. Dios es la fuerza que mueve dichas leyes, la fuerza que nadie ha comprendido aún, que nadie ha visto, y cuyos efectos, no obstante, le han de ser visibles y le resultan perceptibles y observables a todo el mundo, cada día, a cada hora, incluso a cada fracción de segundo, basta con que quieran ver, en sí mismos, en todo animal, en todo árbol, en toda fibra de hoja que, hinchándose, rompe la envoltura para salir a la luz. ¿Acaso no es ceguera oponerse tozudamente a ello, cuando todo el mundo, incluido ese mismo renegador obstinado, confirma, reconoce la existencia de esta fuerza? ¿Qué les impide entonces llamarle Dios a esta fuerza reconocida? ¿Será terquedad pueril?; ¿o una cierta vergüenza de tener que admitir que todo este tiempo han tratado testarudamente de negar algo cuya existencia siempre han tenido clara?

Probablemente, nada de lo anterior. La causa debe estar en que a los hombres les han venido, de muchísimas partes, con caricaturas de la Divinidad que, al ser sometidas a una investigación seria, no pueden ser aprobadas por ellos. Pues está claro que esa fuerza de Dios que todo lo abarca y todo lo penetra no puede menos que verse empequeñecida y degradada cuando se le intenta comprimir en una imagen.

Cuando se reflexiona con profundidad, no hay imagen que pueda hacerse armonizar con ella. Y justo porque todo ser humano lleva en su interior la idea de Dios es que el hombre, como llevado por su intuición, se resiste a la constricción de esa gran fuerza inconmensurable que lo ha creado y que lo guía.

El dogma es el culpable en el caso de una gran parte de esos que en su antagonismo tratan de llegar cada vez más lejos, actuando sobradas veces en contra de la certeza que vive en su interior.

Mas no está lejos la hora en que llegará el despertar espiritual, la hora en que las palabras del Redentor serán interpretadas correctamente; ya que Cristo nos trajo la redención de la oscuridad mostrándonos el camino de la Verdad, enseñándonos, como hombre, el camino de las alturas luminosas. Y con la sangre derramada en la cruz dejó impreso el sello de Su convicción.

La Verdad nunca ha sido diferente de cómo era en aquel entonces y de cómo es hoy día, y de cómo seguirá siendo dentro de decenas de miles de años; puesto que es eterna.

Por eso aprendeos las leyes que hay en ese gran libro que es la Creación toda. Acatarlas es lo mismo que amar a Dios. Puesto que de esa manera no introduces disonancia alguna en la armonía; al contrario, contribuyes a que el fragoroso acorde alcance su máxima expresión.

Ya digas: Me someto voluntariamente a las leyes naturales existentes, puesto que es por mi bien; ya expreses: Me someto a la voluntad de Dios, que se pone de manifiesto en las leyes naturales, o a la fuerza inconmensurable que mueve las leyes naturales... ¿en qué cambia eso su efecto? La fuerza está ahí y tú la reconoces, estás obligado a reconocerla, pues no te queda alternativa alguna en el momento en que comiences a razonar... y, de esa manera, estás reconociendo a tu Dios, al Creador.

Y esta fuerza opera en tu interior también cuando piensas. ¡Así que no la desperdicies en lo malo, sino que piensa lo bueno! Nunca olvides esto: cuando engendras pensamientos, estás haciendo uso de la fuerza divina, con la que te es posible alcanzar lo más puro y excelso.

Al hacerlo, no dejes jamás de tener presente que todas las consecuencias de tu pensar siempre se revierten sobre ti, conforme a la fuerza, la magnitud y la envergadura del efecto de los pensamientos, ya sean buenos o malos.

Ahora, como el pensamiento es espiritual, las consecuencias se manifiestan en el plano espiritual. De ahí que te alcanzarán como quiera que sea, ya sea aquí en la Tierra o, después de tu fallecimiento, en el plano espiritual entonces. Pues está claro que, al ser espirituales, no pueden estar atadas a la materia. De ello se desprende que la descomposición del cuerpo físico no deja inoperante el cierre de un ciclo. La retribución por medio del efecto recíproco llegará sin falta; más tarde o más temprano, aquí o allá, pero llegará. La conexión espiritual con todas tus obras permanece irrompible; pues está claro que también las obras de índole terrenal y material tienen origen espiritual, a través de los pensamientos que las han generado, y continuarán existiendo aun cuando todo lo terrenal haya fenecido. De ahí la certeza del dicho: «Tus obras aguardan por ti en la medida en que el cierre del ciclo por medio del efecto recíproco aún no te haya alcanzado».

Si a la hora de un efecto recíproco te encuentras aún aquí en la Tierra, o estás de vuelta en Ella, la intensidad de las consecuencias provenientes de lo espiritual se manifestará en tus circunstancias, tu entorno o en tu persona directamente, en tu propio cuerpo, y de conformidad con la naturaleza de dichas consecuencias ‒ya sea buena o mala‒.

Aquí cabe señalar una vez más y de manera expresa lo siguiente: Lo que es vida como tal se desarrolla espiritualmente. Y lo espiritual no conoce ni tiempo ni espacio, como tampoco separación alguna: está por encima de todo concepto terrenal. Esa es la razón por la que las consecuencias te van a alcanzar con seguridad, independientemente de dónde te encuentres en el momento en que, de conformidad con la ley eterna, el efecto retorne al punto de partida. Nada de ello se pierde, y de que llega puedes estar convencido.

Esto también viene a dar respuesta a esa pregunta tantas veces hecha de cómo es posible que personas evidentemente buenas tengan a veces que sufrir tremendamente en su vida terrenal, de manera que es percibido como una injusticia. Se trata de cierres de ciclos que han de alcanzarlos.

Ya tienes la respuesta a esa pregunta; puesto que tu cuerpo físico de turno no juega ningún papel en la cuestión. A fin de cuentas, tu cuerpo físico no eres tu mismo, no es todo tu «yo», sino un instrumento que has escogido o que te viste obligado a aceptar, todo dependiendo de las leyes de la vida espiritual que flotan en la Creación, a las que también les puedes llamar leyes cósmicas si así te resultan más comprensibles. La vida terrenal de turno no es más que una breve etapa de tu verdadera existencia.

Qué pensamiento más deprimente si a la misma vez no hubiera ninguna escapatoria, ningún poder que ofreciera protección contra ello. ¡¿Cuántos, en ese caso, no habrían de desesperar al despertar a lo espiritual, y no podrían menos que desear seguir sumidos en el sueño de siempre?! A fin de cuentas, no saben qué les puede estar esperando, qué les ha de alcanzar aún en el operar del efecto recíproco producto de su pasado o ‒como dicen los hombres‒ «qué tienen que enmendar».

Mas ¡no tienes por qué preocuparte! Gracias al sabio orden de la gran Creación, con el despertar, se te muestra también un camino, a través de esa fuerza de la buena voluntad a la que ya he hecho referencia de manera expresa y que mitiga los peligros del karma operante o los desvía por completo. Eso también ha puesto el Espíritu del Padre en tus manos. La fuerza de la buena voluntad va formando a tu alrededor un círculo que es capaz de disgregar el mal que se te avecina o, si no, de debilitarlo en gran medida, exactamente de la misma manera que la capa atmosférica protege al globo terráqueo. Ahora, la fuerza de la buena voluntad se cultiva y potencia a través del poder del silencio.

Es por eso por lo que vuelvo a exhortaros con urgencia a vosotros que buscáis:

Mantened puro el hogar de vuestros pensamientos, y, como segunda cosa más importante, ejercitad el poder del silencio, si es que queréis ascender.

El Padre ya ha puesto en vosotros la fuerza necesaria para todo. ¡Sólo tenéis que hacer uso de ella!

Mensaje del Grial de Abdrushin


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