En la Luz de la Verdad

Mensaje del Grial de Abdrushin


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Contenido


2. ¡Despertad!

¡Oh, hombres, despertad del pesado sueño! Daos cuenta de la indigna carga que lleváis a cuestas y que, con inenarrable presión, lastra a millones de seres humanos. ¡Arrojadla! ¿Acaso merece la pena llevarla? ¡Ni por un segundo!

¿Y qué es lo que contiene? Paja huera que ante el soplo de la Verdad se dispersa espantada. Habéis malgastado tiempo y fuerzas para nada. ¡Así que romped las cadenas que os retienen y liberaos de una vez!

El ser humano que permanece atado en su ser interior siempre será un esclavo, así sea rey.

Vosotros os atáis con todo aquello que os afanáis por aprender. Considerad: siempre que os dais al aprendizaje de algo, os estáis constriñendo en formas ajenas que otros han ideado, os estáis adhiriendo por voluntad propia a convicciones ajenas, estáis haciendo vuestro no más que lo que otros han vivido en su interior y para sí mismos. Reflexionad: ¡Lo que es para uno no es para todos! Lo que a uno le trae provecho puede perjudicar al otro. Cada cual tiene su propio camino que ha de recorrer para alcanzar la perfección. Su herramienta al efecto son las facultades que lleva en su interior. Por estas es que ha de regirse y sobre ellas es que ha de edificar. De no hacerlo, su ser interior siempre le será un extraño y él siempre permanecerá al margen de lo aprendido, que jamás podrá cobrar vida en su interior. Toda ganancia para él queda así totalmente descartada. No hace más que vegetar, y el progreso resulta imposible.

Vosotros que aspiráis seriamente a la Luz y la Verdad, tened bien presente lo siguiente:

Cada cual debe vivir el camino de la Luz en su interior y debe encontrarlo por su propia cuenta, si es que quiere recorrerlo de manera segura. Solo aquello que el hombre ha vivido en su interior y que ha experimentado en todas sus facetas, solo eso habrá comprendido cabalmente.

El sufrimiento, como también la alegría, llaman constantemente a nuestra puerta con el objeto de animarnos y estimularnos a un despertar espiritual. En tales ocasiones, el hombre, a menudo, se desprende de toda nimiedad de la vida cotidiana y, tanto en la alegría como en el dolor, siente y barrunta la conexión con el espíritu que atraviesa todo lo viviente.

¡Y todo es vida!; ¡nada está muerto! Bienaventurado aquel que no deje escapar esos instantes de conexión y los retenga para, sirviéndose de ellos, remontarse a las alturas. Al hacerlo, no debe aferrarse a formas rígidas, sino que cada cual debe desarrollarse por sí mismo, tomando su ser interior como base y punto de partida.

Compadeceos de los burlones y de todos aquellos a quienes la vida espiritual les resulta ajena. No os enojéis con ellos cuando se pongan sarcásticos, puesto que no son más que dignos de lástima. Como borrachos, como enfermos contemplan esa gran obra que es la Creación y que tanto nos ofrece. Como ciegos que se mueven por la existencia terrenal a tientas y atropelladamente, sin alcanzar a ver todo el esplendor que los rodea.

Los pobres, están confundidos, sumidos en un sueño; puesto que, ¿cómo puede alguien, por ejemplo, sostener que solamente existe lo que él puede ver, que allí donde sus ojos no puedan percibir nada, no hay vida, que, con la muerte de su cuerpo, él también deja de existir, solo porque, producto de la ceguera de sus ojos, no ha podido convencerse de lo contrario? ¿Acaso no sabe ya, a raíz de muchas cosas, cuán estrechamente limitada es la facultad del ojo? ¿Acaso no sabe aún que ésta guarda relación con la facultad del cerebro, la cual está atada a tiempo y espacio, viéndose así incapacitada de reconocer la más mínima cosa de todo lo que está por encima de tiempo y espacio? ¿Acaso ninguno de esos burlones ha entendido todavía ese razonamiento intelectual tan lógico? La vida espiritual, la que también podemos llamar el «más allá», es, al fin y al cabo, aquello que está completamente por encima de la definición terrenal de tiempo y espacio y que, por tanto, requiere de una vía de la misma especie para poder ser comprendido.

Y, sin embargo, nuestros ojos no ven ni siquiera aquello que puede ser categorizado en tiempo y espacio. No hace falta más que pensar en la gota de agua, de cuya absoluta pureza puede atestiguar todo ojo y que, observada a través de un lente de aumento, contiene millones de seres que se combaten y se aniquilan implacablemente unos a otros. ¿Acaso a veces no hay bacilos en el agua, en el aire, que tienen poder para destruir un cuerpo humano y que no pueden ser percibidos por los ojos? Y, sin embargo, se hacen visibles con la ayuda de potentes instrumentos. En vista de ello, ¿quién se atrevería todavía a sostener que, al aumentar la potencia de estos instrumentos, no veréis nada nuevo y desconocido hasta ese momento? Aumentad su potencia miles, millones de veces, que no por ello alcanzará un fin lo que podáis ver; al contrario, ante vuestros ojos se irán revelando cada vez más mundos desconocidos que antes no habíais podido ver ni sentir, pese a que ya existían. La lógica dice que ese mismo razonamiento ha de aplicarse a todo lo que las ciencias han compilado hasta ahora. Existen perspectivas de un desarrollo continuo, pero jamás de un fin.

Ahora bien, ¿qué es el más allá? A muchos estas palabras les crean confusión. El más allá es simplemente todo aquello que no puede ser percibido con medios terrenales. Los medios terrenales, empero, incluyen los ojos, el cerebro y todas las demás partes del cuerpo, así como los instrumentos que ayudan a dichas partes a desempeñar su función de forma más acertada y precisa y que hacen dicha función más abarcadora. Así que se podría decir que el más allá es aquello que está más allá de la capacidad de percepción de nuestros ojos corporales. ¡Mas no existe ninguna línea divisoria entre este mundo y el más allá!; ¡como tampoco separación alguna! Todo es una sola cosa, como la Creación en su integridad. Es una sola la fuerza que atraviesa tanto este mundo como el más allá; todo vive y realiza su actividad gracias a esta sola corriente vital, y se encuentra así indivisiblemente ligado. De ello se desprende lo siguiente: Cuando una de las partes enferma, ello se hace sentir en la otra parte, como sucede con un cuerpo. Elementos enfermos de esta otra parte fluyen entonces hacia la parte enferma debido a la atracción de las especies afines, con lo cual la enfermedad se agrava aún más. Ahora bien, si semejante enfermedad se torna incurable, ello trae consigo obligadamente la necesidad de desprender violentamente el miembro enfermo, si es que no se quiere que el todo se vea afectado de forma permanente. El peligro hace imperativo un efecto recíproco de sana naturaleza, lo que, debido a la errónea postura, resulta difícil y, muchas veces, impensable.

Por esa razón, cambiad de postura. No hay una vida en este mundo y otra en el más allá, sino que todo es una sola existencia. El concepto de la división lo ha inventado el hombre y nadie más, producto de que él no alcanza a verlo todo y se cree el foco y centro del entorno que le resulta visible. Mas su campo de acción es mucho mayor. Con el error de la división, empero, no hace sino limitarse violentamente a sí mismo, impedir su progreso y dar cabida a una imaginación intemperante que engendra ideas disparatadas. ¿Puede haber motivo para sorprenderse entonces cuando, como resultado de ello, muchos muestran una sonrisa incrédula, y otros, una enfermiza adoración que se vuelve servil o que degenera en fanatismo? ¿A quién puede en tal caso extrañarle el tímido pavor, se podría decir miedo y terror incluso, que es alimentado en el caso de muchos? ¡Fuera con todo eso! ¡¿A son de qué ese martirio?! ¡Echad abajo esas barreras que el error de los hombres ha tratado de levantar, y que jamás han existido! La errónea posición mantenida hasta ahora os da asimismo una base falsa, base esta sobre la que en vano os esforzáis por levantar la fe verdadera, o sea, la convicción interior, sin tener para cuando acabar. En el intento os tropezáis con puntos y escollos que por fuerza han de haceros titubear y dudar, o que os obligan a echar abajo la estructura entera, para quizás acabar abandonándolo todo, desesperanzados y resentidos. Pero con ello os perjudicáis única y exclusivamente a vosotros mismos, ya que ello no constituye ningún avance para vosotros, sino un estancamiento o retroceso. El camino que, a fin de cuentas, alguna vez tendréis que recorrer se os hace así más largo.

Cuando acabéis de concebir la Creación como el todo que es, sin ver división entre este mundo y el más allá, entonces tendréis el camino correcto; la verdadera meta se os hará cada vez más cercana y la ascensión os traerá alegrías y os dará satisfacción. Entonces podréis percibir y entender mucho mejor los efectos recíprocos que atraviesan, pulsantes y llenos de calor vital, el todo unitario, puesto que toda actividad es impelida y mantenida por esta sola fuerza. Y con ello la Luz de la Verdad despuntará para vosotros.

No tardaréis en daros cuenta de que, en el caso de muchos, son la comodidad y la pereza las únicas causantes de sus burlas, solo porque les costaría trabajo echar por tierra lo que han aprendido y concebido hasta entonces y levantar una nueva estructura. A otros les interfiere en su acostumbrado modo de vida y, por ende, les resulta inconveniente. A esos dejadlos y no discutáis; ahora, ofreced, serviciales, vuestro saber a aquellos que no se conforman con placeres efímeros y que buscan más en la existencia terrenal que solamente llenar sus estómagos como los animales. A esos dadles de los conocimientos que alcanzáis y no enterréis el tesoro, puesto que con el dar, vuestro saber, por medio del efecto recíproco, se hará más rico y más sólido.

En el universo opera una ley eterna: Que solo dando se puede recibir cuando se trata de valores imperecederos. Bien grande es el alcance de esta ley, que atraviesa la Creación entera cual sacro legado de su Hacedor. Dar desinteresadamente, ayudar donde haga falta y tener comprensión con el sufrimiento del prójimo, así como con sus flaquezas, equivale a recibir, puesto que es el camino que de forma simple conduce verdaderamente al Altísimo.

Y el querer esto con seriedad os trae de inmediato ayuda, os da fuerza. Basta un sincero y profundamente sentido deseo de hacer el bien y, como con espada de fuego, es rasgada desde ese otro lado aún invisible para vosotros la pared que vuestros propios pensamientos han levantado de obstáculo; puesto que, al fin y al cabo, vosotros sois uno con ese más allá tan temido, negado o anhelado por vosotros, y estáis estrecha e indisolublemente ligados con él.

Haced el intento; pues vuestros pensamientos son como emisarios que enviáis y que regresan bien cargados de lo que ha sido pensado por vosotros, ya se trate de algo bueno o malo. Es así de verdad. Tened presente que vuestros pensamientos son cosas que cobran forma espiritualmente y que a menudo devienen en entes de más larga existencia que la vida terrenal de vuestros cuerpos, y entonces entenderéis muchas cosas. De ahí la certeza del dicho: «Ya que sus obras los seguirán». Las creaciones mentales son obras que aguardan por vosotros y que forman anillos, o bien luminosos, o oscuros, en vuestro derredor, anillos que estáis obligados a atravesar para entrar en el mundo espiritual. Ninguna protección ni ninguna intervención puede ser de ayuda aquí, puesto que vosotros contáis con la libre resolución. Por lo tanto, el primer paso para todo debe venir de vosotros. No es difícil; reside únicamente en la voluntad, la cual se manifiesta por medio de los pensamientos. De modo que lleváis en vosotros mismos tanto el paraíso como el infierno.

Decidir podéis, pero quedáis irremediablemente sujetos a las consecuencias de vuestros pensamientos, de vuestra volición. Vosotros mismos habéis traído dichas consecuencias; por eso os hago la siguiente exhortación: ¡Mantened puro el hogar de vuestros pensamientos, que así sembraréis la paz y seréis felices!

No olvidéis que todo pensamiento generado y emitido por vosotros atrae por el camino a todas las especies que le sean afines o se ve atraído por ellas, con lo cual va cobrando una fuerza cada vez mayor, hasta que acaba encontrando un objetivo, algún cerebro que quizás se ha descuidado por tan solo unos segundos y le ha dado así a estas formas mentales flotantes margen para que se infiltren y trabajen. Imaginaos cuánta responsabilidad entonces recae sobre vosotros si el pensamiento en algún momento deviene en acción, a través de alguien en quien ha podido trabajar. Esta responsabilidad se activa gracias al solo hecho de que todo pensamiento, sin excepción, se mantiene de forma permanente conectado a vosotros, como por un hilo irrompible, para retornar con la fuerza que ha ganado por el camino, a fin de lastraros o traeros alegrías, todo dependiendo de la naturaleza de lo que habéis engendrado.

Es esa nuestra posición en el mundo de los pensamientos, donde, con nuestra forma de pensar, les damos margen a las formas mentales de naturaleza similar. Así que no desperdiciéis la fuerza del pensar; al contrario, haced acopio de ella para emplearla en la defensa y en ese pensar aguzado que sale cual lanza y ejerce su acción sobre todo. Haced así de vuestros pensamientos la lanza sagrada que lucha por el bien, sana las heridas y ayuda a la Creación entera.

Así que serviros del pensar para actuar y avanzar. A tal efecto, estáis obligados a sacudir unos cuantos pilares que sostienen opiniones añejas. A menudo se trata de algún concepto que, mal entendido, no permite encontrar el camino correcto. Y la persona se ve obligada a regresar al punto de donde ha partido. Una observación iluminada echa abajo toda la estructura que ha levantado trabajosamente durante décadas, y, tras el estupor inicial, el individuo en cuestión pone manos a la obra de nuevo. Está obligado a hacerlo, puesto que en el Universo no hay estancamiento. Tomemos como ejemplo el concepto del tiempo:

¡El tiempo pasa! ¡Los tiempos cambian! Eso es lo que uno oye decir a la gente por doquier, e, involuntariamente, surge ante el espíritu una imagen: Vemos los tiempos pasar ante nosotros vicisitudinariamente.

Esta imagen se hace costumbre y, en el caso de muchos, sienta bases firmes sobre las que continúan edificando y por las cuales rigen todo su investigar y cavilar. Sin embargo, no tardan mucho en tropezar con obstáculos que están en oposición unos con otros. Por mucho que quieran, ya no todo encaja. Quedan entonces perdidos y dejan lagunas que, por más que cavilen, ya no pueden ser rellenadas. Más de uno cree en tal caso que en esas partes donde el razonamiento lógico no encuentra sostén, la fe ha de servir de sustituto. ¡Pero eso está mal! El ser humano no debe creer en cosas que no puede comprender. Está obligado a comprenderlas, ya que, de lo contrario, les está abriendo la puerta de par en par a los errores, y, con los errores, quedará siempre desvalorizada la Verdad también.

Creer sin comprender no es más que pereza e indolencia en el pensar. Eso no encumbra al espíritu; al contrario, lo oprime. Así que alzad la mirada, que es nuestro deber examinar e investigar. No por gusto llevamos en nuestro interior las ansias de hacerlo.

¡El tiempo! ¿Será verdad que transcurre? ¿A qué se debe que, ante este axioma, uno tropieza con obstáculos al querer llevar su análisis un poco más allá? Muy sencillo, porque la idea inicial es falsa; puesto que el tiempo no se mueve. Nosotros, en cambio, corremos a su encuentro. Nosotros irrumpimos en el tiempo, que es eterno, y buscamos en él la Verdad. El tiempo no se mueve. Es y será siempre el mismo, hoy, mañana y dentro de mil años. Las formas son lo único que cambia. Nosotros nos sumergimos en el tiempo para beber del seno de sus memorias, para, por medio de sus anales, aumentar nuestro saber. Puesto que no ha perdido nada; todo ha quedado guardado en él. Y no ha cambiado, dado que es eterno. Tú también, oh, hombre, eres siempre el mismo, ya tu aspecto exterior sea el de un joven, o el de un anciano. Tú sigues siendo el que eres. ¿Acaso no lo has sentido tú mismo? ¿No notas claramente la diferencia entre la forma y tu «yo»; entre el cuerpo, que está sujeto a los cambios, y tú, el espíritu, que es eterno?

¡Vosotros buscáis la Verdad! ¿Qué es la Verdad? Lo que hoy percibís como Verdad ya mañana lo veréis como un error, para más adelante descubrir en los errores granos de Verdad. Puesto que también las revelaciones cambian sus formas. Así os acontece cuando buscáis sin cesar, mas con los cambios ganáis en madurez.

La Verdad, empero, se mantiene igual, no cambia; puesto que es eterna. Y como es eterna, no podrá jamás ser comprendida de forma pura y verdadera con los sentidos terrenales, que solo conocen el cambio de formas. ¡Así que volveos espirituales! Liberaos de todo pensamiento terrenal y tendréis la Verdad, estaréis en la Verdad, para, estando ya rodeados constantemente de su luz pura, bañaros en ella; dado que os rodeará por completo. Nadaréis en ella tan pronto os volváis espirituales.

Entonces ya no precisaréis de estar aprendiendo ciencias trabajosamente, no necesitaréis temer ningún error, sino que para toda pregunta que surja ya tendréis la respuesta en la Verdad misma, y digo más, ya no tendréis más preguntas, puesto que, sin pensar, lo sabréis todo, lo aprehenderéis todo, ya que vuestro espíritu vive en la Luz pura, en la Verdad.

¡Por eso volveos espiritualmente libres! ¡Romped todas las ataduras que os retienen! Si al hacerlo, se presentan obstáculos, id jubilosos a su encuentro; ya que estos representan para vosotros el camino a la libertad y la fuerza. Vedlos como un obsequio que os aporta ventajas, y los superaréis fácilmente.

O bien os son puestos delante para que aprendáis de ellos y os desarrolléis, con lo cual vuestras herramientas para la ascensión se multiplican, o se trata de los efectos recíprocos de alguna deuda que de esa forma tenéis la oportunidad de saldar y de la que podéis liberaros. En ambos casos, os hacen avanzar. ¡Así que adelante, que es por vuestro bien!

Es una tontería hablar de pruebas o de reveses del destino. Toda batalla y todo sufrimiento es progreso. Con ello se les ofrece a los hombres la oportunidad de borrar las sombras de fallos cometidos en el pasado; ya que a nadie se le puede dejar pasar lo más mínimo, dado que también en este respecto está presente en el Universo la inmutabilidad del ciclo de las eternas leyes, leyes estas a través de las cuales se manifiesta la voluntad creadora de Dios Padre, quien de ese modo nos perdona y elimina todo lo oscuro.

La más mínima desviación de dichas leyes habría de reducir el universo a ruinas: tal es la claridad y la sabiduría con que todo ha sido instituido.

Bueno, y aquel que tenga muchísimas cosas de su pasado que saldar, ¿no tendría alguien así que desesperar y temerle al momento en que tenga que expiar sus culpas?

En el momento en que se lo proponga de verdad, puede poner manos a la obra con confianza y gozo, sin tener por qué preocuparse; puesto que se puede crear una compensación por medio de la contracorriente de la fuerza de la buena voluntad, fuerza esta que, al igual que otras formas mentales, cobra vida y deviene en fuerte arma capaz de eliminar toda carga y de conducir al «yo» a la Luz.

¡La fuerza volitiva! Un poder insospechado por tantos que, cual imán que nunca falla, atrae hacia sí las fuerzas de la misma índole, para de ese modo crecer cual avalancha y, unido con los poderes que espiritualmente le son similares, retornar al punto de partida, o sea, llegar al origen, o, mejor dicho, al artífice, encumbrándolo bien alto, en busca de la Luz, o hundiéndolo en el fango y la inmundicia. Todo dependiendo de la naturaleza de lo que el propio artífice haya deseado en primer lugar. Aquel que conoce este efecto recíproco de operar constante que nunca deja de producirse, y que, presente en toda la Creación, se activa y trabaja con inmutable certeza, sabe cómo usarlo y no puede menos que amarlo, que temerle. Para ese, el mundo invisible que le rodea va cobrando vida gradualmente; toda vez que él percibe sus efectos con una claridad que disipa toda duda. Basta con que preste un poco de atención y no podrá menos que sentir las fuertes ondas de incansable actividad que, provenientes del gran Universo, actúan sobre él, y acabará teniendo la sensación de ser el punto focal de fuertes corrientes, a semejanza de un lente que recoge los rayos solares y los concentra en un punto, generando ahí una fuerza de efecto combustible, una fuerza que puede quemar y consumir, pero que también puede traer con su flujo sanación, revitalización y efectos beatíficos, una fuerza que incluso está en condiciones de generar un fuego vivo. Y nosotros también somos como esos lentes, dotados, en virtud de la voluntad con que contamos, de la capacidad de emitir ya concentradas en un poder las invisibles corrientes de fuerza que nos alcanzan, ya sea con buenos o con malos propósitos, trayéndole así a la humanidad prosperidad o destrucción. Es así como podemos, y debemos, encender un fuego vivo en las almas, un fuego de entusiasmo por hacer lo bueno, lo noble, por buscar la perfección.

Para ello no hace falta más que la fuerza volitiva, la cual, de cierto modo, hace al hombre el señor de la Creación, lo hace dueño de decidir su propio destino. Es su propia volición la que le trae la destrucción o la redención; la que le hace merecedor de la recompensa o del castigo, y ello con una certeza inexorable.

Ahora no vayáis a temer que este saber os aleje de Dios, que debilite la fe que hasta ahora habéis tenido. ¡Todo lo contrario! El conocimiento de estas leyes eternas que nos es posible usar hace que toda la obra que es la Creación nos parezca mucho más sublime. Esta obliga a quien investiga con profundidad a hincarse de rodillas en adoración ante semejante grandeza.

Y entonces el hombre nunca deseará nada malo. Jubiloso, echará mano del mejor soporte que hay para él, ¡del amor! El amor por la maravilla que es la Creación toda, el amor por el prójimo, a fin de conducirlo a él también a la gloria de este disfrute, al deleite de sentir esta fuerza con conocimiento de causa.

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