EN LA LUZ
DE LA VERDAD







Mensaje del Grial

de
Abdrushin




















¡Quien
no se esfuerza por
comprender correctamente
la Palabra del Señor
se torna culpable!


¡Para orientación!

La venda cae y la creencia se torna convicción. ¡Solamente en la convicción residen liberación y redención!

Hablo solamente para aquellos que buscan con sinceridad. ¡Ellos deben estar capacitados y dispuestos a examinar esto objetivamente! Los religiosos fanáticos y entusiastas volubles que permanezcan a la distancia, puesto que son nocivos para la Verdad. En cuanto a los malévolos e incoherentes, deben encontrar en las propias palabras su juicio.

El Mensaje alcanzará solamente a aquellos que traen abierta en sí una chispa de la Verdad y el anhelo de ser realmente seres humanos. Para todos esos ella también se tornará un lucir y un firme apoyo. Sin rodeos ella conducirá hacia afuera de toda caótica confusión actual.

La palabra que viene a continuación no trae una nueva religión, sino que deberá ser la antorcha para todos los oyentes o lectores sinceros, a fin de que encuentren el camino correcto que los conduzca hacia la anhelada altitud.

Sólo quien se mueve por sí mismo puede progresar espiritualmente. El necio, que se sirve para eso de las formas listas de las concepciones ajenas, como medio de auxilio, sigue su senda como que si fuese apoyándose en muletas, mientras que sus propios miembros sanos permanecen inactivos.

Sin embargo, tan pronto cuando utilice todas las facultades, que yacen dormidas en él a la espera de su llamado, valientemente, como medio para la escalada, él aprovecha las dádivas que le fueran confiadas de acuerdo con la voluntad de su Creador, y superará, como si de un juego se tratase, todos los obstáculos que quieran cortar su camino, distrayéndole la atención.

¡Por lo tanto, despertad! ¡Solamente en la convicción reposa la verdadera creencia, y la convicción sólo viene a través de exámenes y análisis irrestrictos! ¡Sed seres vivos en la maravillosa Creación de vuestro Dios!

Abdruschin

1. ¿Qué buscáis?

¿Qué buscáis? ¿Decid, qué significa ese impulso impetuoso? Como un bramido él atraviesa el mundo, y oleadas de libros se derraman sobre todos los pueblos. Eruditos buscan en las antiguas escrituras, investigan, cavilan hasta el agotamiento espiritual. Profetas surgen para advertir, prometer… ¡de todos los lados se quiere de repente, como en estado febril, propagar nueva luz!

Así se pasa en la actualidad, como una tormenta, por el alma humana alborotada, sin nutrir ni refrescar, pero sí chamuscando, consumiendo, y absorbiendo las últimas fuerzas que le quedaron a la dilacerada alma humana, en estas sombras de la actualidad.

También aquí y allá, se manifiesta un susurro, un murmullo de expectación creciente, por algo que está por venir. Inquieto está cada nervio, tenso por un anhelo inconsciente. Palpita, burbuja y paira sobre todo, de modo latente y sombrío, una especie de atontamiento. Generando desgracia. ¿Qué habrá de nacer de eso? Confusión, desaliento y ruina, si no es rasgada con vigor la camada oscura que ahora envuelve espiritualmente el globo terrestre, la cual, con la viscosidad de los charcos inmundos, absorbe y sofoca, antes de que se torne fuerte cada libre pensamiento luminoso que surge, la cual, con el silencio lúgubre de un pantano, ya reprime, descompone y destruye en el germen cada buena voluntad, antes de que pueda surgir desde ahí una acción.

El grito de los que buscan la Luz, sin embargo, que contiene fuerza para romper el fango, es desviado, y su sonido se pierde contra una bóveda impenetrable, erigida con empeño justamente por aquellos que suponen ayudar: ¡Ellos ofrecen piedras en lugar de pan!

Examinad los innumerables libros:

¡A través de ellos el espíritu humano solamente se cansará, no se vivificará! Y eso es la prueba de la esterilidad de todo lo que es ofrecido. Puesto que lo que cansa al espíritu nunca es lo cierto.

¡Pan espiritual refresca inmediatamente, Verdad tonifica, y Luz vivifica!

Personas sencillas tienen que desanimarse, al ver que muros están siendo levantados alrededor del más Allá, por la así llamada ciencia del espíritu. ¿Quién, de entre los sencillos, puede entender las frases eruditas, las extrañas expresiones? ¿Está el más Allá destinado solamente para los científicos del espíritu?

¡Se habla ahí de Dios! ¿Es acaso de menester erigir una universidad, para en ella adquirir primeramente las capacidades de reconocer el concepto de la divinidad? ¿Adónde conduce esa manía que en la mayor parte está arraigada solamente en la ambición?

Como ebrios titubean los lectores y los oyentes, desde un lugar a otro, inciertos, tullidos en sí mismos, unilaterales, pues fueron desviados del camino sencillo.

¡Escuchad, oh desalentados! Erguid la mirada, vosotros que buscáis con sinceridad: ¡El camino hacia el Altísimo se encuentra listo, delante de cada ser humano! ¡Erudición no es el portal hacia allá!

¿Acaso Cristo Jesús, ese gran ejemplo en el verdadero camino para la Luz, eligió a sus discípulos entre los cultos fariseos? ¿Entre investigadores de las escrituras? Los ha cogido de lo sencillo y de lo simple, porque ellos no tenían que luchar contra este gran error, lo de que el camino hacia la Luz es difícil de aprender y debe ser arduo de seguir.

¡Este pensamiento es el mayor enemigo de las criaturas humanas, pues es mentira!

¡Por eso, distanciaos de toda y cualquier sabiduría vana, allí donde se trate de lo que hay de más sagrado en el ser humano y que requiere ser plenamente comprendido! Alejaos, porque la ciencia, como obra mal hecha del cerebro humano, es fragmentaria, y como tal tiene que permanecer.

Meditad, ¿cómo habría de poder la ciencia, penosamente aprendida, conducir hacia la divinidad? ¿Qué es el saber, en realidad? El saber es lo que el cerebro puede comprender. Cuan estrictamente limitada es, sin embargo, la capacidad de comprensión del cerebro, que permanece atado firmemente a espacio y tiempo. Sin embargo, la eternidad y el sentido del infinito no logra un cerebro humano alcanzar. Precisamente eso, que se halla atado inseparablemente de la divinidad. Silencioso, sin embargo, permanece el cerebro, ante esa fuerza inaprensible que penetra todo lo que existe y de la cual él mismo agota su actividad. La fuerza que todos sienten día tras día, hora tras hora, en cada momento, como algo evidente, que incluso la propia ciencia siempre ha reconocido como algo existente, y que con el cerebro, por lo tanto con el saber y el intelecto, busca en vano asimilar y comprender.

Tan defectuosa es, pues, la actividad de un cerebro, de la piedra fundamental e instrumento de la ciencia, y esa limitación se hace sentir lógicamente también a través de las obras que construye, por lo tanto, a través de todas las propias ciencias. Por consiguiente, la ciencia es útil como complemento, para una comprensión mejor, para subdividir y clasificar todo cuanto ella recibe ya listo desde la fuerza creadora precedente, sin embargo, ella tiene que malograr incondicionalmente, si pretende ella misma arrogarse a guía o critica, mientras se prenda, como hasta ahora, tan firmemente al intelecto, es decir, a la facultad de comprensión del cerebro.

¡Es por esa razón que la erudición, y también la humanidad que por ella se rige, permanecen siempre presas a pormenores, mientras cada ser humano trae en si el gran, inaprensible todo como regalo, que lo capacita totalmente, sin aprendizaje agotador, a alcanzar lo que hay de más noble y sublime!

¡Por eso, acabad con ese innecesario tormento de una esclavitud espiritual! No es en vano que el gran Maestro exclame: ¡Sed como los niños!

¡Quien posee en sí la firme voluntad para el bien y se esfuerza por emplear pureza a sus pensamientos, ése ya encontró el camino hacia el Altísimo! Y así, todo lo demás le será concedido. Para eso, no necesita de libros ni de esfuerzo espiritual y de una penitencia o aislamiento. Se torna sano de cuerpo y alma, libre de toda la presión de sofismas malsanos; pues cualquier exagero perjudica. ¡Debéis ser criaturas humanas, y no plantas de invernadero, que debido al desarrollo unilateral sucumben a las primeras ráfagas de viento!

¡Despertad! ¡Mirad al alrededor! ¡Escuchad vuestro interior! ¡Solamente eso es capaz de abriros el camino!

No prestéis atención a las disputas entre las iglesias. El gran portador de la Verdad, Cristo Jesús, la encarnación del amor divino, no ha preguntado por religión alguna. ¿Qué son, además, las confesiones religiosas hoy? Ataduras del libre espíritu del ser humano, esclavización de la chispa de Dios que habita en vosotros; dogmas *(Doctrinas de las iglesias) que buscan restringir la obra del Creador y también Su inmenso amor en las formas estrechas del sentido humano, lo que corresponde al rebajamiento de la divinidad, devaluación intencional. ¡Todo investigador sincero es rechazado por ese procedimiento pues a través de él jamás podrá vivenciar la gran realidad, con lo que se tornará cada vez más sin esperanza su anhelo por la Verdad, haciéndole por fin desesperarse de sí mismo y del mundo! ¡Por lo tanto, despertad! Destruid los muros dogmáticos de dentro de vosotros, extirpad la venda para que la Luz pura del Altísimo pueda penetrar en vosotros. Vuestro espíritu se alzará entonces, jubiloso, hacia las alturas, sentirá, regocijándose, el gran amor del Padre, quien desconoce cualquier límite del intelecto terreno. ¡Sabréis finalmente que sois una parte de él y lo comprenderéis sin esfuerzo y completamente, os uniréis a él, y luego ganaréis diariamente, hora tras hora, nueva fuerza, como una dádiva, que os tornará evidente la ascensión hacia fuera de la confusión!


2. ¡Despertad!

¡Despertaos, vosotros seres humanos, del sueño de plomo! Reconoced el fardo indigno que cargáis y que pesa con una indecible y tenaz presión sobre millones de criaturas. ¡Echadlo fuera! ¿Acaso merece ser cargado? ¡Ni siquiera un solo segundo!

¿Qué contiene él? Paja vacía que se desvanece temerosa al soplo de la Verdad. Desperdiciasteis el tiempo y la fuerza en vano. ¡Reventad, por lo tanto, las cadenas que os prenden abajo, tornaos finalmente libres!

El ser humano que permanezca encadenado interiormente será por toda la eternidad esclavo, aunque sea un rey.

Vosotros os atáis con todo lo que os esforzáis en aprender. Reflexionad: con el aprendizaje os comprimís siempre en formas ajenas que otros concibieron, os adherís con buena voluntad a convicciones extrañas, solamente os apropiando de aquello que otros vivenciaron en ellos, para sí mismos. Considerad: ¡una misma cosa no vale para todos! Lo que es útil para uno puede perjudicar a otro. Cada cual tiene que recorrer por sí mismo su propio camino hacia el perfeccionamiento. Su aparato para ello son las facultades que trae en sí. ¡De acuerdo con ellas debe orientarse, y sobre ellas edificar! Si no lo hace, permanecerá un extraño dentro de sí mismo, y siempre se encontrará al lado de aquello que estudió, y que jamás logrará tornarse vivo dentro de él. Así, cada provecho para él está descartado. Vegeta, y un progreso le es imposible.

Tened en cuenta, vosotros los que os esforzáis con sinceridad por la Luz y por la Verdad:

El camino hacia la Luz cada cual debe vivenciarlo en sí, debe descubrirlo personalmente, si desea caminar con seguridad sobre él. ¡Solamente aquello que el ser humano vivencia en sí mismo, intuyendo en todas las modificaciones, es lo que ha comprendido plenamente!

El dolor y también la alegría golpean continuamente a la puerta, estimulando, agitando hacia un despertar espiritual. Durante segundos permanece entonces el ser humano ahí muchas veces liberado de todas las futilidades de la vida diaria y, tanto en la felicidad como en el dolor, presiente la ligazón con el espíritu que sobrepasa todo lo que es vivo.

¡Pues todo es vida, nada está muerto! Feliz de aquél que comprende y retiene tales momentos de ligazón, elevándose con eso hacia lo alto. No debe ahí asirse a formas rígidas, pero sí desarrollarse por sí mismo, a partir de su interior.

Tened lástima de los burladores y de todos aquellos que aún desconocen la vida espiritual. No os enojéis con ellos, cuando se vuelvan sarcásticos; pues éstos son apenas dignos de pena. Como ebrios, como enfermos se encuentran ante la gran obra de la Creación, que tanto nos ofrece. ¡Como ciegos que pasan, palpando, por la existencia terrena, y no ven todo el esplendor que los rodea!

Los pobres están confusos, duermen; ¿pues cómo puede un ser humano, por ejemplo, todavía afirmar que solamente existe lo que él ve? Que más allá, donde él con sus ojos nada logra distinguir, no haya vida alguna. ¿Que, con la muerte de su cuerpo, también él deja de existir, solamente porque hasta ahora, en su ceguera, no pudo convencerse con sus ojos de lo contrario? ¿No sabe él que ahora, ya por muchos hechos, cómo es de estrechamente limitada la capacidad del ojo humano? ¿No sabe él también que ella está ligada a las capacidades de su cerebro, sometidas a tiempo y espacio? ¿Y que, por esa razón, todo cuanto está por encima de espacio y tiempo él no puede reconocer con sus ojos? ¿Ninguno de esos burladores comprendió aún tal fundamentación lógica del intelecto? La vida espiritual, llamémosla también del más Allá, es, sin embargo, solamente algo que se halla enteramente encima del concepto terreno de espacio y tiempo, y que requiere, por lo tanto, un camino idéntico para ser reconocido.

Sin embargo, nuestro ojo ni siquiera ve aquello que se deja clasificar en el tiempo y en el espacio. Imagina la gota de agua, cuya incondicional pureza cada ojo puede dar testimonio y que, observada a través de un microscopio, encierra miles de seres vivos, que en su interior, sin piedad, luchan y se destruyen. ¿No hay, a veces, bacilos en el agua, en el aire, que poseen fuerza para destruir cuerpos humanos, y que no son perceptibles para los ojos? Sin embargo se tornan visibles a través de instrumentos perfeccionados. ¿Quién, después de eso, osará todavía afirmar que no encontraréis cosas nuevas hasta el momento desconocidas, después de que perfeccionéis mejor tales instrumentos? Perfeccionadlos mil veces, millones de veces, aún así la visión no tendrá fin, pero sí, delante de vosotros se desvendarán siempre mundos nuevos que antes no podíais ver ni sentir y que, sin embargo, ya existían. El pensamiento lógico conduce a idénticas conclusiones también sobre todo aquello, que las ciencias hasta ahora lograron reunir. Se da la expectativa de permanente desarrollo y jamás, sin embargo, de un fin.

¿Qué es, entonces, el más Allá? Muchos se confunden con esa palabra. El más Allá es simplemente todo aquello que no se deja reconocer por medios auxiliares terrenos. Medios auxiliares terrenos, sin embargo, son los ojos, el cerebro, y todo lo demás del cuerpo, así como los instrumentos que ayudan a esas partes a realizar sus actividades de modo más claro y exacto, expandiéndolas. Se podría decir, por lo tanto: el más Allá es lo que se encuentra más allá de las facultades de reconocimiento de nuestros ojos corpóreos. ¡Una separación, sin embargo, entre este mundo y el más Allá no existe! ¡Ni tampoco ningún abismo! Todo es homogéneo, como la Creación entera. Una fuerza fluye tanto en el Aquí como en el más Allá, todo vive y actúa desde esa única corriente de vida y, por eso, es completa e indisolublemente interconectado. A partir de eso, se torna comprensible lo que sigue. Cuando una parte de ese todo se enferma, debe el efecto hacerse sentir en la otra parte, como en un cuerpo. Partículas enfermas de esa otra parte fluyen entonces hacia las ya enfermas, a través de la atracción de la igual especie, reforzando más aún la enfermedad. Si dicha enfermedad, sin embargo, se torna incurable, surge entonces la indispensable contingencia de apartar a la fuerza el miembro enfermo, con el fin de que el conjunto no sufra permanentemente. Y el peligro condiciona efecto recíproco saludable que, debido a la sintonización errada, es dificultado, a veces, de forma inimaginable.

Por ese motivo, cambiad vuestra forma de pensar. ¡No existe un Aquí y un más Allá, pero solamente una existencia una! La noción de separación fue inventada solamente por el ser humano, por no poder ver todo y por considerarse el punto central y principal del ambiente que a él le es visible. Pero su campo de actuación es mayor. Con el error de la separación, él solamente se restringe, vehementemente, impide su progreso, y da lugar a fantasías desenfrenadas, originando imágenes monstruosas. ¿Es de sorprenderse, entonces, si, como consecuencia, muchos solamente tienen una sonrisa incrédula, otros una adoración malsana que se convierte en esclavitud o degenera en fanatismo? ¿Quién puede ahí todavía sorprenderse con el miedo tímido, sí, aflicción y pavor que son criados en muchos seres humanos? ¡Arrojad fuera todo eso! ¿Por qué ese tormento? ¡Derribad esa barrera que el error de los seres humanos ha buscado levantar, y que, aun así jamás existió! La sintonización equivocada de hasta ahora os da también una base falsa sobre la cual os esforzáis inútilmente en edificar sin fin la verdadera fe, es decir, la convicción interior. Por eso, os chocáis con puntos, con rocas que os tornan vacilantes o dudosos, u os obligan a destruir de nuevo el edificio entero, para en seguida, tal vez abandonar todo con desaliento o rencor. En eso, el perjuicio es solamente vuestro, pues para vosotros no existe progreso, sino solamente parada o retroceso. El camino, sin embargo, que tenéis que recorrer, se torna, de esta forma, aún más largo.

Cuando hayáis por fin comprendido la Creación como un todo, tal cual es, y cuando no hagáis ninguna separación entre el Aquí y el más Allá, luego tendréis el camino recto, la meta verdadera estará más cerca, y la ascensión os causará alegría, os dará satisfacción. Podréis entonces sentir y comprender mucho mejor los efectos de la reciprocidad que pulsan, llenos de vida, a través del conjunto, del homogéneo, pues toda la actuación es impulsada y mantenida por aquella fuerza única. ¡La Luz de la Verdad irrumpe así para vosotros!

Reconoceréis pronto que, para muchos, solamente la comodidad y la pereza es la causa de burlas, solamente porque les costarían esfuerzos para derribar lo que fue aprendido y considerado hasta el momento, y construir algo nuevo. Y a otros eso les a cambiará la habitual rutina, y por eso se les torna incómodo. Dejad a esos tales, no peleéis; sin embargo, ofreced con servicial voluntad vuestro saber para aquellos quienes no estén contentos con los placeres pasajeros y que buscan algo más en la existencia terrena, no siendo como los animales, que solamente buscan satisfacer su cuerpo. Dad a ellos el reconocimiento que estáis obteniendo, no enterréis el tesoro, pues con el dar, vuestro saber también se vuelve, recíprocamente, aún más rico y más fuerte.

En el Universo, gobierna una ley eterna: ¡Que solamente en el dar también puede haber un recibir, cuando se trata de valores que son permanentes! Eso penetra muy profundo, traspasa la Creación entera, como un legado sacrosanto de su Creador. ¡Dar sin interés, ayudar donde sea necesario, y tener comprensión para el sufrimiento del prójimo como para sus debilidades, significa recibir, pues éste es el camino sencillo y verdadero hacia el Altísimo!

¡Y el querer eso seriamente redunda en vuestro inmediato auxilio y fuerza! Un solo deseo intuido sincera y profundamente hacia el bien, y ya será destrozada, como por una espada de fuego, por el otro lado ahora todavía invisible para vosotros, la muralla que vuestros propios pensamientos hasta ahora habían erguido como obstáculo; pues vosotros sois, sí, uno solo con el más Allá, tan temido, negado o deseado por vosotros, sois atados a él estrecha e inseparablemente.

Intentadlo; pues vuestros pensamientos son los mensajeros que enviáis, y que a vosotros regresan sobrecargados con lo que fue intencionado por vosotros, sea algo bueno o malo. Así es como sucede. Recordad que vuestros pensamientos son algo que se forma espiritualmente, tornándose frecuentemente configuraciones que sobreviven a la existencia terrena de vuestro cuerpo, y luego mucho se os esclarecerá. Evidenciará así la precisión de lo que fue dicho: ¡Pues sus obras os seguirán! ¡Las creaciones de pensamientos son obras que habrán de esperaros! Que forman anillos claros u oscuros a vuestro alrededor y que tendréis que transponer para penetrar en el mundo espiritual. Ninguna protección, ninguna interferencia puede ayudaros ahí, porque tenéis la autodeterminación. El primer paso hacia todo, por lo tanto, tiene que partir de vosotros. No es difícil, reside solamente en la volición que se manifiesta por los pensamientos. De esta suerte, lleváis en vosotros mismos tanto el cielo como el infierno.

¡Podéis decidir, pero estáis sujetos a las consecuencias de vuestros pensamientos y de vuestro querer, de forma incondicional! Las consecuencias, vosotros mismos las creáis, por eso os clamo: ¡Conservad puro el foco de vuestros pensamientos, con ello estableceréis la paz y seréis felices!

No os olvidéis que cada pensamiento por vosotros creado y enviado atrae, durante el trayecto, a todos los de la misma especie o se adhiere a otros, con eso se va volviendo fuerte, cada vez más fuerte y por fin alcanza también una meta, un cerebro que tal vez se haya distraído durante algunos segundos solamente, dando así lugar a tales formas flotantes de pensamientos, para que entren y actúen. ¡Imaginad qué responsabilidad recae entonces sobre vosotros, si el pensamiento un día se transforma en acción por una persona en quien logró actuar! Dicha responsabilidad se manifiesta ya por la circunstancia de que cada pensamiento conserva una unión incesante con vosotros, como a través de un hilo inquebrantable, para entonces regresar con la fuerza adquirida durante el trayecto, para sobrecargaros o tornaros felices, según la especie que generasteis.

Así nos encontramos en el mundo de los pensamientos, y damos también lugar, con el respectivo modo de pensar, a formas de pensamientos semejantes. Por eso, no desperdiciéis la fuerza del pensar, al contrario, concentradla para la defensa y para una forma de pensar agudizada que salga como lanzas, actuando sobre el todo. ¡Cread así con vuestros pensamientos la lanza sagrada que combate por el bien, que cicatriza heridas y beneficia a toda la Creación!

¡Por eso, para el actuar y el progresar, sintonizad en eso el pensar! Para hacerlo, tendréis que tambalear muchas columnas que soportan concepciones tradicionales. Muchas veces se trata de un concepto equivocadamente absorbido, que no permite encontrar el verdadero camino. Hay que retroceder al punto desde donde partió. ¡Un vislumbre de luz pone abajo la construcción entera, que él penosamente construyó durante decenios, y entonces empieza nuevamente la obra después de un mayor o menor atontamiento! Él es obligado, ya que en el Universo no existe estagnación. Tomemos, por ejemplo, la noción del tiempo:

¡El tiempo pasa! ¡Los tiempos cambian! Así se escucha hablar por todas partes a los seres humanos decir, y con eso surge involuntariamente en nuestro espíritu un cuadro: ¡vemos tiempos mutables pasando por nosotros!

Ese cuadro se convierte en costumbre, y para muchas personas forma una base sólida por donde van edificando, orientando todas sus investigaciones y reflexiones según eso. No tardarán mucho, sin embargo, hasta que choquen entonces con obstáculos, que se encuentren en contradicción los unos con los otros. Ya nada se ajusta, ni siquiera con la mejor buena voluntad. Se pierden y se dejan lagunas, que, pese a todo el cavilar, no pueden más ser rellenadas. Muchas personas creen entonces que en tal contingencia se debe recurrir a la fe, como sucesión, cuando el pensamiento lógico no encuentra ningún amparo. ¡Pero eso es errado! ¡El ser humano no debe creer en cosas en las cuales no pueda comprender! Debe buscar comprenderlas; de lo contrario abrirá completamente la puerta a los errores, y con los errores siempre también se desvaloriza la Verdad.

¡Creer sin comprender es solamente indolencia, pereza mental! Eso no lleva al espíritu hacia las alturas, al contrario, lo oprime. Por consiguiente, yergamos la mirada, debemos examinar e investigar. No es sin razón que dentro de nosotros tengamos el impulso para ello.

¡El tiempo! ¿Pasará realmente? ¿Cuál es la razón por la que chocamos con obstáculos los cuales se refieren a ese principio, cuando ahí se quiere seguir en el pensar? Muy simple, porque el pensamiento básico es falso; ¡pues el tiempo permanece parado! ¡Nosotros, sí, somos los que marchamos hacia su encuentro! Invertimos el tiempo nadando hacia adentro, que es eterno, buscando en su interior la Verdad. El tiempo permanece parado. ¡Sigue siendo el mismo hoy, ayer, y en un millar de años! Solamente son las formas las que varían. ¡Nos sumergimos en el tiempo, para buscar en el regazo de sus registros, a fin de fomentar nuestro saber con las colecciones que él encierra! Pues nada se perdió, todo él preservó. No cambió, porque es eterno. ¡Tú también, oh ser humano, eres siempre solamente el mismo, parezcas joven o anciano! ¡Permaneces aquél que eres! ¿Tu propio ya no lo percibisteis? ¿No fijas nítidamente una diferencia entre la forma y tu “yo”? ¿Entre el cuerpo, que está sujeto a alteraciones, y tu, el espíritu, que es eterno?

¡Vosotros buscáis la Verdad! ¿Qué es la Verdad? ¡Lo que hoy todavía admitís como Verdad se os patentará ya mañana como errores, para más tarde descubrir otra vez que en esos errores se encuentran granos de Verdad! Pues también las revelaciones cambian sus formas. ¡Sigue así para vosotros con incesante investigación, pero en la modificación madurareis!

La Verdad, sin embargo, permanece siempre la misma, no cambia; ¡pues es eterna! ¡Y siendo eterna, jamás podrá, ante los sentidos materiales que sólo distinguen mutaciones de formas, ser comprendida real y claramente! ¡Por eso, espiritualizaos! Libres de todos los pensamientos terrenos, poseeréis la Verdad y estaréis en la Verdad, a fin de bañaros en ella, irradiados constantemente por su límpida luz; pues ella os envuelve totalmente. Nadareis en ella, después que os espiritualicéis.

¡Entonces no tendréis más necesidad de aprender arduamente las ciencias tampoco temer cualquier error, por lo que ya tendréis para cada pregunta la respuesta en la propia Verdad, además, no tendréis entonces más preguntas, porque, sin que lo penséis, lo sabréis todo, lo abarcaréis todo, porque vuestro espíritu vive en la Luz límpida, en la Verdad!

Por consiguiente, ¡tornaos libres espiritualmente! ¡Reventad todas las cadenas que os detienen abajo! Si con eso se presentan obstáculos, seguid alegres hacia su encuentro; ¡pues significan para vosotros el camino hacia la libertad y hacia la fuerza! Consideradlos como una dádiva, donde surgen beneficios para vosotros y, fácilmente, iréis transponiéndolos.

O éstos son colocados en vuestro camino para que aprendáis con ello y os desarrolléis, con lo que aumentaréis vuestros recursos para la ascensión, o son efectos retroactivos de alguna culpa, que con ello redimiréis y de la cual os podréis liberar. En ambos casos os llevarán adelante. ¡Por lo tanto, seguid adelante, es por vuestra salvación!

Es tontería hablar de golpes del destino o probaciones. Cada lucha y cada sufrimiento es un progreso. Con ello es ofrecida al ser humano la oportunidad de anular sombras de faltas anteriores; pues ni un sólo centavo puede ser perdonado a cada uno, porque el circular de las leyes eternas en el Universo también es inexorable respecto a eso, leyes en las cuales se revela la voluntad creadora del Padre, que así nos perdona y deshace todas las tinieblas.

El más mínimo desvío en eso reduciría el mundo a escombros, tal es la claridad y sabiduría en la que todo está dispuesto.

Quién, sin embargo, tenga mucha cosas anteriores que saldar, ¿no deberá tal persona desalentarse entonces, aterrorizándose ante el rescate de las culpas?

¡Puede comenzar con ello eso seguro y alegre, libre de cualquier preocupación, apenas cuando quiera con sinceridad! ¡Pues una compensación puede ser creada a través de la corriente contraria de una fuerza de buena voluntad, que en el espiritual se convierte viva igual que otras formas de pensamientos y una potente arma capaz de alejar cada lastre de las tinieblas, todo peso, y conducir el “yo” hacia la Luz!

¡Fuerza de voluntad! ¡Un poder no presentido por tantos, que como un imán que nunca falla atrae hacia sí mismo las fuerzas iguales, para con ellas crecer como una avalancha, y atado a otros poderes espirituales semejantes, actúa retroactivamente, alcanzando nuevamente el punto de partida, por lo tanto, el origen o, mejor dicho, el progenitor, llevándolo hacia lo alto hacia la Luz o hundiéndolo aún más profundamente en el lodo y la mugre! Según la especie que el propio causante deseó anteriormente. ¡Quién conoce esa acción recíproca que se realiza de forma permanente e infalible, existente en toda la Creación, que en ella se deflagra y desenvuelve con inamovible certeza, éste ya la sabe utilizar, teniendo que amarla, teniendo que temerla! Para él se torna vivo gradualmente el mundo invisible que lo rodea; pues siente sus efectos con tal nitidez, que se quita cada duda. ¡Tiene que intuir las fuertes olas de actividad infatigable que actúan sobre él, procedentes del gran Universo, apenas cuando fije solamente un poco su atención para ello, sintiendo, por fin, que él es el foco de fuertes corrientes, cual un lente que capta los rayos solares y los hace convergir sobre un punto generando una fuerza que actúa inflamando, pudiendo quemar y destruir, así como curar y vivificar, traer bendiciones, y la cual también es capaz de encender un fuego abrasador! Tales lentes también somos nosotros, capaces de, ante nuestra voluntad, enviar esas corrientes invisibles de fuerza que nos alcanzan, concentradas en un potencial, hacia finalidades benéficas o maléficas, llevando bendiciones o también destrucción a la humanidad. ¡Un fuego abrasador podemos, debemos encender con eso en las almas, el fuego del entusiasmo para el bien, para lo que es noble, para la perfección!

Para ello es menester solamente de una fuerza de voluntad que torna al ser humano de cierta forma el señor de la Creación, para la determinación de su propio destino. ¡Su propia voluntad le resulta la destrucción o la redención! Crea, con inexorable certeza, la recompensa o los castigos.

No temáis, pues, que este saber os aleje del Creador, u os debilite la fe de hasta ahora. ¡Al contrario! ¡El conocimiento de esas leyes eternas, que podemos utilizar, hace con que toda la obra de la Creación nos parezca aún más sublime, obligando al investigador perspicaz a postrarse de rodillas, lleno de devoción, ante su grandeza!

Y después de eso jamás el ser humano querrá el mal. Se agarrará con alegría al mejor apoyo que existe para él: ¡al amor! ¡Amor por toda la Creación maravillosa, amor por su prójimo, a fin de también conducirlo hacia arriba, a la magnificencia de ese usufructuar, de esa conciencia de fuerza!


3. El silencio

En cuanto surja en ti un pensamiento, cuida para retenerlo, no lo pronuncies inmediatamente, sino, nútrelo; pues él se comprime ante la contención en el silencio y gana en fuerza, como el vapor bajo la contrapresión.

La presión y la compresión generan la propiedad de una actuación magnética según la ley de que todo lo que es más fuerte atrae a lo débil hacia sí mismo. Formas de pensamientos análogas serán, a través de eso, atraídas desde todas partes, reforzando cada vez más la fuerza del propio pensamiento primitivo, y a pesar de eso actúan de modo que la primera forma generada se va moldeando por la unión de formas ajenas, se va transformando y adquiriendo formas variables, hasta alcanzar su madurez. Sientes todo dentro de ti, sin embargo, juzgas siempre que sea únicamente por tu propia voluntad. ¡Pero en cosa alguna das enteramente tu propia voluntad, tienes siempre allí algo ajeno!

¿Qué te dice ese fenómeno?

¡Que solamente en la fusión de muchas partículas algo perfecto puede ser creado! ¿Creado? ¿Es eso cierto? ¡No, sino formado! Pues de hecho no hay nada nuevo por crear, se trata en todo caso solamente de un nuevo formar, puesto que todas las partículas ya existen en la gran Creación. Cumple solamente impulsar esas partículas para que actúen hacia el camino de la perfección, lo que trae la fusión.

¡Fusión! No pases de largo por tal palabra, procura antes profundizarte en ese concepto de que la madurez y la perfección son alcanzadas por medio de la fusión. ¡Esa sentencia reposa en toda la Creación, como una joya que requiere ser descubierta! ¡Está íntimamente ligada con la ley de que solamente en el dar también se puede recibir! ¿Y qué es lo que condiciona la exacta comprensión de esas sentencias? ¿Es decir, la vivencia? ¡El amor! ¡Y por eso el amor constituye también la fuerza máxima, como poder ilimitado dentro de los misterios del gran existir!

Tal como la fusión, que en el caso de un solo pensamiento, forma, pule y moldea, así es como sucede con el propio ser humano y con toda la Creación, que en la interminable fusión de formas individuales existentes pasa por nuevas configuraciones, debido a la fuerza de voluntad, y luego se forma el camino hacia la perfección.

¡Un ser aislado no puede ofrecerte la perfección, pero sí la humanidad entera, en la pluralidad de sus características! Cada cual tiene algo que pertenece de manera incondicional al conjunto. Por eso ocurre también que una persona que ya alcanzó un amplio progreso, ya no conociendo más ningún tipo de codicia terrena, sienta amor por la humanidad entera y no por un ser aislado, pues solamente la humanidad entera consigue hacer vibrar las cuerdas de su alma madurada, liberadas a través de la purificación, en armoniosa sinfonía celestial. ¡Trae armonía en su interior, porque todas las cuerdas vibran!

Volvamos al pensamiento que atrajo hacia si las formas ajenas y que así se fue tornando fuerte, cada vez más fuerte: por fin él va más allá de ti en cerradas olas de fuerza, rompe el aura de tu propia persona y pasa a ejercer una influencia sobre un ámbito más amplio.

A eso la humanidad lo llama magnetismo personal. Los laicos dicen: “¡Irradias un no sé qué!” Conforme a la especie, es algo desagradable o agradable. Atractivo o repulsivo. ¡Pero se siente!

¡Sin embargo, no irradias nada! El fenómeno que produzco el sentimiento en esas otras personas tuvo su origen en el hecho de que atraes magnéticamente hacia ti todo lo que es espiritualmente de la misma especie. Y ese atraer se torna perceptible a las personas más próximas. Ya que en eso también reside el efecto recíproco. En el contacto, esa otra persona siente entonces nítidamente tu fuerza, naciendo a través de eso la “simpatía”.

Mantén siempre ante tus ojos que: Todo cuanto es espiritual, expresado según nuestros conceptos, es magnético, y así te es conocido que siempre lo más fuerte supera a lo débil, por la atracción y por la absorción. Por eso “se le quita al pobre (débil) hasta mismo lo poco que aún le queda”. Él se torna dependiente.

En eso no reside ninguna injusticia, sino cumplimiento según las leyes divinas. El ser humano necesita solamente animarse, querer realmente, y estará protegido de eso.

Naturalmente lanzarás entonces la pregunta: ¿Y cómo será cuando todos quieran ser fuertes? ¿Cuándo ya no haya nada que quitar a nadie? Entonces, querido amigo, será un intercambio espontáneo, subordinado a la ley según la cual solamente dando también se puede recibir. No ocurrirá paralización por eso, pero todo cuanto sea inferior estará extinto.

Así ocurre que, debido a la pereza, muchos se tornan dependientes en el espíritu, a veces, por fin, mal poseen todavía la capacidad de desarrollar sus propios pensamientos.

Debe ser subrayado que solamente la igual especie es atraída entre sí. De aquí el proverbio: “Cada oveja con su pareja”. Así se juntarán siempre los que son dados a la bebida, fumadores tienen “simpatías”, charlatanes, jugadores, etc., pero también los de índole noble se encuentran para fines elevados.

Sin embargo, aún sigue: aquello que se esfuerza espiritualmente también se efectúa finalmente físicamente, siempre que todo lo espiritual sobrepase la materia gruesa, razón por la cual cabe tener siempre en mente la ley de la acción de retorno, porque un pensamiento siempre mantiene ligazón con su origen, provocando en esa ligazón irradiaciones retroactivas.

Me refiero aquí siempre solamente a los pensamientos reales, que contienen en sí la fuerza vital de la intuición anímica. No al desperdicio de fuerzas de la substancia cerebral que a ti te fue confiada como instrumento, que forma solamente pensamientos volátiles que se manifiestan como emanaciones difusas en desordenada confusión y que, felizmente, luego se deshacen. Tales pensamientos solo te cuestan tiempo y energía, desperdiciando con ello un bien que a ti te fue confiado.

Meditas, por ejemplo, seriamente sobre determinada cosa, tal pensamiento se tornará fuertemente magnético dentro de ti por la fuerza del silencio y atraerá todos los afines, tornándose, de ese modo, fecundo. Él madura y transpone los límites de la rutina, penetra debido a eso incluso en otras esferas, recibiendo desde ahí la afluencia de pensamientos más elevados... ¡la inspiración! Por esa razón, en la inspiración, en contraste con la mediumnidad, el pensamiento básico debe partir de ti mismo, debe formar un puente hacia el más Allá, el mundo espiritual, a fin de allí beber conscientemente de una fuente. Por consiguiente, la inspiración no tiene nada que ver con la mediumnidad. De esa forma el pensamiento madurará dentro de ti. Avanzas para la realización y llevarás, comprimido por tu fuerza, a la realización de aquello que ya pairaba antes en innumerables partículas del Universo, como formas de pensamientos.

¡De esta manera creas con algo espiritual ya hace mucho tiempo existente, por medio de la fusión y de la compresión, una nueva forma! Así, en la Creación entera, siempre cambian solamente las formas, pues todo lo demás es eterno e indestructible.

Guárdate de pensamientos confusos, y de toda la superficialidad en el pensar. El descuido se venga amargamente; pues sin demora te verás rebajado a un lugar tumultuado de influencias extrañas, lo que te tornará fácilmente irritable, inconstante e injusto en comparación con tu ambiente más próximo.

¡Si tienes un pensamiento auténtico y lo retienes bien, así finalmente esa fuerza concentrada también tiene que impeler hacia la realización; pues el desarrollo de todo se desenvuelve espiritualmente, ya que toda fuerza es solamente espiritual! Lo que entonces resulta visible para ti son siempre solamente las últimas manifestaciones de un proceso magnético-espiritual ocurrido anteriormente y que se realiza siempre uniformemente según un orden predeterminado.

Observa, y cuando pienses y sientas, luego tendrás la prueba de que toda la vida real sólo puede ser en verdad la espiritual, donde únicamente se ubican el origen y también el desarrollo. Tienes que llegar a la convicción de que todo cuánto ves con los ojos del cuerpo de hecho son solamente manifestaciones del espíritu, que impulsan eternamente.

Cualquier acción, hasta aún el más pequeño movimiento de una persona, es precedida siempre de una voluntad espiritual. Los cuerpos desempeñan en tales casos solamente la función de instrumentos vivificados por el espíritu, que propiamente sólo adquirieron consistencia a través de la fuerza del espíritu. Así sucede también con los árboles, las piedras y toda la Tierra. Todo es vivificado, traspasado e impulsado por el espíritu creador.

Puesto que toda la materia, por lo tanto, lo que es visible terrenamente, sólo viene a ser el efecto de la vida espiritual, no te resultará difícil comprender que, según la especie más inmediata de la vida espiritual que nos rodea, así se formarán también las circunstancias terrenas. Lo que desde ahí uno deduce lógicamente es claro: a la propia humanidad le es dada, por la sabia disposición de la Creación, la fuerza para formar para sí misma, de modo auto-creativo, las condiciones de vida ante la propia fuerza del Creador. ¡Bienaventurado el que la utilice solamente para el bien! ¡Pero ay de aquél que se permita inducir a emplearla para el mal!

En los seres humanos el espíritu solamente se encuentra envuelto y oscurecido por las ambiciones terrenas que, como escoria, adhieren a él, sobrecargándolo empujándolo hacia abajo. Sus pensamientos son, pues, actos de voluntad en los cuales reposa la fuerza del espíritu. ¡El ser humano dispone de la decisión para pensar bien o mal y puede así orientar la fuerza divina tanto para el bien como para el mal! En eso reside la responsabilidad que el ser humano asume; pues la recompensa o el castigo habrá de venir, toda vez que todas las consecuencias de los pensamientos vuelvan hacia el punto de partida a través de la ley de la reciprocidad instituida, que nunca falla, y que en eso es inamovible, por lo tanto, inexorable. ¡Por eso también incorruptible, severa y justa! ¿No se dice lo mismo también a respecto a Dios?

Si muchos enemigos de la fe hoy en día no quieren saber nada más de una divinidad, todo eso no consigue alterar en nada los hechos que expuso. Basta que esas personas supriman la palabra “Dios” y que se ahonden seriamente en la ciencia, habrán de encontrar entonces exactamente lo mismo, solamente expresado en otras palabras. ¿No es, por lo tanto, ridículo discutir sobre eso? Ningún ser humano puede esquivar las leyes de la naturaleza, nadie puede nadar en sentido contrario a ellas. Dios es la fuerza que impulsa a las leyes de la naturaleza; la fuerza, que nadie todavía comprendió, que nadie vio, pero cuyos efectos cada uno, dia a dia hora a hora, incluso en las fracciones de todos los segundos, tiene que ver, intuir, observar, apenas cuando quiera ver, en sí mismo, en cada animal, en cada árbol, en cada flor, en cada fibra de una hoja cuando irrumpe del envoltorio para llegar a la luz. ¿No es ceguera oponerse tenazmente, mientras todos, incluso estos negadores obstinados, reconocen y comprueban la existencia de esta fuerza? ¿Qué es lo que les impide entonces de llamar Dios a esta fuerza reconocida? ¿Terquedad pueril? ¿O una cierta vergüenza por tener que admitir que durante todo ese tiempo buscaron negar obstinadamente algo, cuya existencia desde el principio les era evidente?

Seguramente no es nada de todo eso. La causa debe residir en el hecho de que fueron presentadas a la humanidad, desde tantas partes, caricaturas de la gran divinidad, con las cuales, en un serio pesquisar, ella no podía concordar. ¡La fuerza de la divinidad, que todo lo incluye y todo sobrepasa, ha de ser disminuida y desvalorizada ante el intento de imprimírsela en un cuadro!

¡En una reflexión profunda, ningún cuadro puede armonizarse con eso! Precisamente porque cada ser humano trae en si el concepto de Dios, es que se opone lleno de presentimientos contra la restricción de la grandiosa e inaprensible fuerza que lo generó y que lo conduce.

El dogma es el culpable por el hecho de que una gran parte de aquellos, en su conflicto, busca transponer cada meta, muchas veces incluso oponiéndose contra la certeza que vive en su interior.

¡Pero no está lejos la hora en la que vendrá el despertar espiritual! ¡En la que serán interpretadas correctamente las palabras del Redentor, se comprenderá correctamente su gran obra de redención; pues Cristo nos trajo redención de las tinieblas, el camino hacia las alturas luminosas! ¡Y con la sangre en la cruz estampó el sello de su convicción!

¡La Verdad jamás fue diferente de lo que ya ha sido antaño y de lo que todavía es hoy y que habrá de ser por decenas de milenios; pues es eterna!

Por lo tanto, aprended a conocer las leyes que se encuentran en el gran libro de toda la Creación. Someterse a ellas significa: ¡amar a Dios! Pues con eso no provocáis disonancia alguna en la armonía, sino que contribuís para que los acordes vibrantes alcancen amplitud total.

Que digas: Me someto voluntariamente a las leyes existentes de la naturaleza, porque es por mi propio bien, o que digas: Me someto a la voluntad de Dios, que se revela en las leyes de la naturaleza o a la fuerza inconcebible que impulsa a las leyes de la naturaleza... ¿hay alguna diferencia en su efecto? La fuerza ahí está y tú la reconoces, la tienes que reconocer, sí, ya que no te resta a ti otra alternativa, apenas medites un poco... ¡y con eso reconoces a tu Dios, el Creador!

¡Y esa fuerza actúa en ti también en el pensar! ¡Por consiguiente, no hagas mal uso de ella, para el mal, sino si piensa en cosas buenas! No te olvides jamás: ¡Cuando creas pensamientos, empleas fuerza divina, con la cual eres capaz de alcanzar lo que hay de más límpido y excelso!

Busca no dejar jamás de fijarte en que todas las consecuencias de tu pensar recaen siempre sobre ti, según la fuerza, la dimensión y amplitud del efecto de los pensamientos, tanto en lo bueno como en lo malo.

Y como el pensamiento es espiritual, así también las consecuencias regresan de manera espiritual. Te encontrarán, por lo tanto, sea como sea, aquí en la Tierra, o a continuación en lo espiritual, después de tu fallecimiento. Porque son espirituales, tampoco están ligadas a la materia. ¡De eso resulta que la descomposición del cuerpo no revoca el rescate! La recompensa en el efecto retroactivo ocurrirá seguramente, temprano o tarde, aquí o allá. La ligazón espiritual permanece firme con todas tus obras; pues también las obras materiales terrenas poseen, sí, origen espiritual a través del pensamiento generador, y siguen existiendo, aunque todo lo que es terreno haya desaparecido. Por eso, hay veracidad en la expresión: “Tus obras te esperan, mientras el rescate todavía no te alcanzó en el efecto de retorno”.

Si, por ocasión de un efecto retroactivo, todavía estés aquí en la Tierra, o para aquí has vuelto de regreso, así se efectúa entonces la fuerza de las consecuencias de lo espiritual, de acuerdo con la especie, para bien o para mal, a través de las circunstancias, en tu ambiente o en ti mismo directamente, en tu cuerpo.

Aquí es una vez más indicado especialmente lo que sigue: ¡La verdadera y legítima vida se procesa en el espiritual! Y ésta no conoce ni tiempo ni espacio, luego, tampoco separación alguna. Está por encima de los conceptos terrenos. Por esa razón, las consecuencias te encontrarán donde quiera estés, en el tiempo en el que, de acuerdo con la ley eterna, el efecto regresa al punto inicial. Nada se pierde, todo vuelve, eso es seguro.

Eso responde ahora también a la pregunta, ya tantas veces planteada, de cómo ocurre que personas visiblemente buenas a veces tienen que sufrir tanto en la vida terrena, y de tal forma, que es visto como injusticia. ¡Son rescates que les tienen que alcanzar!

Conoces ahora la respuesta a esa pregunta; pues tu respectivo cuerpo no desempeña en eso papel alguno. Tu cuerpo no es tu propio ser, no es tu “yo” completo, pero sí un instrumento que elegiste para ti o que tuviste que tomar según las vibrantes leyes de la vida espiritual, a las cuales puedes llamar también leyes cósmicas, por si de alguna manera así te parecen más comprensibles. La respectiva vida terrena es solamente un corto espacio de tu verdadera existencia.

Sería un pensamiento terrible, si no hubiese salida alguna, ningún poder que se contraponga protectoramente a eso. Cuántos no deberían desanimarse al despertar hacia lo espiritual, y desearían, por preferencia, seguir durmiendo en la antigua rutina. ¡Ellos no saben, pues, lo que les espera y lo que todavía les alcanzará desde antaño por el efecto recíproco! O, como dicen los seres humanos: “Lo que ellos todavía tienen que reparar.”

Sin embargo, ¡no temas! Con el despertar a ti te es mostrado, en la sabia disposición de la gran Creación, también un camino, por aquella fuerza de buena voluntad, a la cual ya me refería especialmente y que atenúa los peligros del karma que se deflagra, o los aleja totalmente afuera. También eso el espíritu del Padre puso en tu mano. La fuerza de la buena voluntad forma a tu alrededor un circulo capaz de destruir el mal que afluye o atenuarlo bastante, de la misma forma que la atmósfera también protege al globo terrestre. Sin embargo, la fuerza de la buena voluntad, esa protección eficaz, es desarrollada y beneficiada por el poder del silencio.

Por lo tanto, a vosotros que buscáis, clamo una vez más insistentemente:

Mantened puro el foco de vuestros pensamientos, y, a continuación, practicad en primer lugar el gran poder del silencio, si queréis ascender.

¡El Padre ya ha depositado en vosotros la fuerza para todo ello! ¡Necesitáis solamente emplearla!


4. Ascensión

¡No os enredéis en una red, vosotros los que anheláis por el reconocimiento, pero sí tratad de ver con claridad!

Producto de la ley eterna, una obligación de expiación inalterable pesa sobre vosotros, la cual jamás podréis pasar hacia otros. ¡Aquello con lo que os sobrecargáis ante vuestros pensamientos, palabras o acciones, nadie más, sino vosotros mismos, puede rescataros! Reflexionad bien, pues de otro modo la justicia divina sería solamente un sonido hueco, cayendo todo lo demás con ella en ruinas.

¡Por lo tanto, liberaos! ¡No desperdiciéis ninguna hora para ultimar esa obligación de expiación! ¡La sincera voluntad hacia lo bueno, hacia lo mejor, que por medio de la oración profundamente intuida adquiere una mayor fuerza, trae la redención!

Sin la voluntad sincera y firme para el bien, jamás podrá ocurrir la expiación. ¡Continuamente todo cuanto es inferior irá, entonces, a proveer siempre a si mismo nuevo alimento para seguir existiendo y con eso exigir siempre nueva expiación sin treguas, hasta el punto de parecer que lo que sigue continuamente renovándose os parezca como un único vicio o sufrimiento! Se trata, sin embargo, de toda una cadena sin fin, siempre atando de nuevo, incluso antes de que los anteriores hayan podido desconectarse. Entonces jamás ocurre la redención, por exigir continuamente expiaciones. Es como si una cadena os emplomase al suelo. Ahí el peligro de que ocurra una queda aún más profunda es muy grande. ¡Por consiguiente, animaos por fin hacia la buena voluntad, vosotros que aún permanecéis de este lado o que, según vuestras concepciones, ya os encontráis en el otro lado! Con la persistente buena voluntad sobrevendrá el remate de todas las expiaciones, ya que aquél que quiere el bien y actúe en ese sentido no concede nuevo alimento para una nueva exigencia de expiación. De esa manera llega entonces la liberación, la redención, que únicamente permite la escalada hacia la Luz. ¡Escuchad la advertencia! ¡No hay otro camino para vosotros! ¡Ni para nadie!

Con eso, cada uno adquirirá también la certeza de que nunca puede ser demasiado tarde. ¡Tal vez para el acto individual, evidentemente, vosotros mismos debéis así expiar, rescatar, pero en el momento en el que se inician con sinceridad vuestros esfuerzos hacia el bien, habréis clavado el hito para el remate de vuestra expiación, tened certeza de que entonces ese fin tiene que llegar, principiando así vuestra ascensión! Entonces podréis alegremente seguir rescatando todas vuestras expiaciones. Lo que entonces todavía va hacia vuestro encuentro ocurre a favor de vuestra salvación, se os acerca de la hora de la redención, de la liberación.

¿Comprendéis entonces el valor, cuándo yo os aconsejo iniciaros con toda la fuerza de la buena voluntad, en el pensar puro? ¿A no desistir, sino a agarraros en eso con toda la ansiedad, toda la energía? ¡Eso os eleva hacia lo alto! ¡Os transforma, así como a vuestro ambiente! Reflexionad que cada pasaje por la Tierra es una breve escuela, que no termina para vosotros con la desencarnación. ¡Viviréis continuamente o moriréis continuamente! ¡Disfrutaréis de felicidad continua o padeceréis continuamente! Quien supone que con el sepulcro terreno también para él está todo terminado, todo redimido, que se aleje y prosiga su camino; pues con eso solamente pretende engañarse a sí mismo. ¡Entonces quedará aterrorizado ante la verdad... obligado a empezar su camino de sufrimiento! Su verdadero yo, desabastecido de la protección de su cuerpo, cuya densidad lo envolvió como una muralla, será entonces atraído por su especie semejante, quedando cercado y apresado.

El ánimo del sincero querer hacia lo mejor, que podría liberarlo y elevarlo aún más, le será más difícil y por mucho tiempo imposible, porque entonces estará sujeto exclusivamente a la influencia del ambiente, que no trae en si ningún pensamiento luminoso de la especie que pudiese despertarle y apoyarle. Tendrá que sufrir doblemente con todo lo que ha creado para él.

Por esa razón, un progreso entonces es además mucho más difícil de lo que era en carne y sangre, donde el bien camina al lado del mal, lo que sólo se torna posible bajo la protección del cuerpo terreno, porque... esa vida terrenal es una escuela donde al “yo” de cada uno le es dada la posibilidad de perfeccionamiento según su propio libre albedrío. ¡Por lo tanto, animaos por fin! ¡El fruto de cada pensamiento caerá sobre vosotros, sea aquí o en el más Allá, y tendréis que degustarlo! ¡Ningún ser humano puede huir de esta realidad! ¿De qué os sirve si, como el avestruz, buscáis meter con miedo la cabeza en la arena, ante esta realidad? ¡Enfrentad, pues, los hechos, bravamente! Con eso sólo os facilitaréis todo; pues aquí podéis progresar más de prisa. ¡Empezad! Siempre con la conciencia de que todo el pasado tiene que ser saldado. No esperéis, como muchos tontos, que la felicidad os vaya a caer del cielo inmediatamente en el regazo, entrando por puertas y ventanas. Quizás tengáis todavía muchos de vosotros que rescatar una enorme cadena. Aquél que por eso se acobarde se perjudicará a sí mismo, pues nada le podrá ser descontado ni quitado. Con vacilaciones solamente torna todo más difícil para él, sino imposible por largo tiempo. Eso debería servirle de estímulo para no desperdiciar más ni siquiera una hora; ¡pues solamente con el primer paso empezará a vivir! Bienaventurado aquél que se anime a ello; eslabón tras eslabón se irán desprendiendo de él. Con pasos agigantados puede avanzar, alegrándose y agradeciendo, venciendo también los últimos obstáculos; ¡pues se tornará libre!

Las piedras, que su actuación errada de hasta ahora ha amontonado delante de él como una pared, las cuales tenían que impedirle el avanzar, no serán por acaso retiradas, al contrario, le son puestas delante con todo cuidado para que las reconozca y las transponga, puesto que tendrá que saldar todos los errores. Sin embargo, con asombro y admiración, pronto verá el amor que en eso actúa a su alrededor, apenas demuestre su buena voluntad. El camino le será tan facilitado con delicado desvelo, como los primeros pasos de un niño que son amparados por la madre. Si hubiera hechos de su vida de hasta ahora que, temiendo en silencio, lo amedrentaron y que preferiría dejar dormir continuamente... ¡inesperadamente será colocado justamente ante ellos! Tiene que resolverlos, actuar. Visiblemente es impelido hacia eso debido al atamiento. Si osa, entonces, dar el primer paso con confianza en la victoria de la buena voluntad, se abrirá el nudo fatal, pasará por éste y quedará libre de él.

Sin embargo, en cuanto esta culpa sea rescatada, ya le surge otra bajo cualquier tipo de forma, exigiendo de modo idéntico ser también rescatada. Así se deshará de un eslabón de la cadena tras otro, que tenían que tullirlo y oprimirlo. ¡Se sentirá muy aliviado! Y la sensación de alivio que muchos de vosotros seguramente ya vivenciasteis alguna vez no es ninguna ilusión, sino el efecto de un hecho real. El espíritu, así liberado de la opresión, se tornará liviano y ascenderá de manera rápida, según la ley de la gravedad espiritual, hacia aquella región a la que él ahora pertenece conforme a su respectiva ligereza. Así tendrá que ir avanzando siempre hacia el encuentro de la Luz anhelada. La mala voluntad comprime al espíritu hacia abajo, tornándolo pesado, pero lo que es bueno le impulsa hacia arriba.

El gran Maestro Jesús ya os mostró también el camino sencillo para ello, que lleva infaliblemente a la meta; pues una profunda verdad yace en estas sencillas palabras: “¡Ama a tu prójimo como a ti mismo!”.

¡Con eso os dio la llave hacia la libertad, hacia la ascensión! ¿Por qué? Porque es incontestable: ¡lo que hagáis por el prójimo, lo haces, en realidad solamente para vosotros! Solamente para vosotros mismos, porque todo, según las leyes eternas, recae infaliblemente sobre vosotros, el bien o el mal, ya sea aquí y ahora o en el más Allá. ¡Vendrá! Por consiguiente, con eso a vosotros os es indicado el camino más sencillo, cómo debéis concebir el paso para llegar a la buena voluntad. ¡Con vuestra manera de ser, con vuestra especie debéis de dar a vuestro prójimo! No ha de ser, necesariamente con dinero o bienes. Si así fuera los pobres estarían privados de la posibilidad de dar. Y en ese modo de ser, en ese “darse” en el convivir con vuestro prójimo, en la consideración, en el respeto que vosotros le ofrecéis voluntariamente, está el “amar” de lo cual nos habla Jesús, está también el auxilio que prestáis a vuestro prójimo, porque con eso él se torna capaz de modificarse a sí mismo o proseguir hacia las alturas, porque con ello él puede fortalecerse.

Las irradiaciones retroactivas de eso, sin embargo, os yerguen rápidamente en su reciprocidad. A través de ellas recibiréis siempre nuevas fuerzas. Con vuelo bramante lograréis, entonces, dirigiros al encuentro de la Luz…

Pobres necios, los que todavía pueden indagar y cuestionarse: “¿Qué gano yo con eso, si abandono tantas costumbres antiguas y cambio?” ¿Acaso se trata de hacer un negocio? Y si ganasen solamente como seres humanos, como tal en la forma de ser más elevados, incluso ya sería bastante grande la recompensa. ¡Sin embargo es infinitamente mucho más! Os repito: con el principio de la buena voluntad, se coloca en cada uno también el hito para el fin de su obligatoria expiación, la cual tiene que cumplir, de la cual jamás podrá escapar. Por la que nadie puede sustituirle. Con dicha resolución él coloca, por consiguiente, un fin previsible a la obligación de expiación. Se trata de un valor que ni todos los tesoros de este mundo son capaces de sobrepasar. De esa forma se libra de las cadenas de esclavo que él mismo continuamente ha forjado para sí. Por lo tanto, despertad del sueño que os enerva. ¡Dejad por fin llegar el despertar!

¡Acabad con la embriaguez que, entorpecedora, trae la ilusión de que la redención por intermedio del Salvador se tornó un salvoconducto, para que podáis pasar la vida entera con descuido, entregándoos al “egocentrismo”, bastando con que os tornéis en el último momento creyentes, retrocediendo y dejando esta Tierra creyendo en el Salvador y en su obra! ¡Que insensatos, esperar de la divinidad una tan deplorable e imperfecta obra fragmentaria! ¡Eso significaría fomentar el mal! ¡Pensad en ello, liberaos!


5. Responsabilidad

Este tema sigue siendo primordial, porque a la gran mayoría de los seres humanos les gustaría librarse de toda la responsabilidad, echándola sobre cualquier otra cosa, excepto sobre sí mismos. Que eso constituya en sí una devaluación personal no tiene ninguna importancia para ellos. A tal respecto son de hecho muy humildes y modestos, pero solamente a fin de poder entregarse a una vida aún más placentera y sin escrúpulos.

Sería, pues, tan bonito poder satisfacer todos sus deseos y entregarse a todos sus excesos, incluso ante otras personas, quedándose exentos de castigo. Las leyes terrenales pueden, en casos de necesidad, ser fácilmente burladas, evitándose así conflictos. Los más hábiles pueden incluso, cubiertos por esas mismas leyes, realizar emprendimientos astutos muy exitosos y hacer muchas otras cosas que no soportarían ningún examen más pormenorizado. Incluso muchas veces granjean con eso sobre la fama de personas excepcionalmente eficientes. Por lo tanto, con alguna habilidad, se podría llevar una vida bien agradable, según sus propias ideas, si... si en cierto sitio no existiera un algo que despierte un sentimiento molesto, si no surgiese a veces una momentánea inquietud en el sentido de que, finalmente, muchas cosas podrían resultar un poco distintas de lo que el propio desear establece para sí mismo.

¡Y así es en verdad! La realidad es seria e inexorable. Los deseos humanos no pueden, a tal respecto, provocar alteraciones de especie alguna. Férrea se mantiene la ley: “¡Lo que el ser humano siembre, lo cosechará multiplicado!”

Estas pocas palabras contienen y dicen mucho más de lo que tantos piensan. Se corresponden, con precisión y certeza absolutas, con los fenómenos reales del efecto recíproco que reside en la Creación. No podría ser encontrada ninguna expresión más adecuada para tal hecho. Así como la cosecha resulta en la multiplicación de una siembra, de la misma forma el ser humano cosechará siempre multiplicado aquello que él despertó y emitió con sus propias intuiciones, de acuerdo a la especie de su pensamiento.

La criatura humana trae, por consiguiente, espiritualmente, la responsabilidad por todo cuanto ella hace. Esta responsabilidad ya empieza con la resolución, no solamente a partir del acto consumado, que nada más es sino que una consecuencia de la resolución. ¡Y la resolución es el despertar de un querer sincero!

No existe separación alguna entre el Aquí y el nombrado más Allá, por lo que todo es un único e inmenso existir. Toda esa Creación gigantesca, en parte visible y en parte invisible a los seres humanos, actúa como un engranaje admirablemente bien hecho, jamás fallando, que se articula con precisión, sin descarrilarse. ¡Leyes uniformes soportan el todo, las cuales, como un sistema nervioso, todo lo sobrepasan y sostienen, actuando mutuamente en constante efecto recíproco!

Cuando con eso entonces las iglesias y escuelas hablan del cielo y del infierno, de Dios y del diablo, están en lo correcto. Errada, sin embargo, es la explicación sobre las fuerzas buenas y malas. Eso inducirá a cualquier indagador serio inmediatamente a errores y dudas; pues donde existen dos fuerzas, lógicamente debe haber dos soberanos, en este caso por lo tanto, dos dioses, uno bueno y uno malo.

¡Y éste no es el caso!

¡Existe solamente un Creador, un Dios, y, por lo tanto, también solamente una fuerza que fluye, vivifica y fomenta todo lo que existe!

Esa fuerza de Dios, pura y creadora, fluye constantemente a través de toda la Creación, reside en ella y es inseparable de ella. La encontramos por todas partes: en el aire, en cada gota de agua, en las rocas que se forman, en las plantas que crecen, en los animales y naturalmente también en las criaturas humanas. Nada existe donde ella no se presente.

Y así como ella todo lo sobrepasa, de la misma forma también penetra ininterrumpidamente en el ser humano. Éste, sin embargo, es constituido de tal manera, que se asemeja a una lente. Y así como la lente reúne los rayos solares que la atraviesan, conduciéndolos hacia adelante en forma concentrada, de manera que los rayos de calor, uniéndose en un punto, arden e inflaman prendiendo fuego, de la misma forma el ser humano, debido a su constitución especial, reúne por medio de su intuición la fuerza de la Creación que le atraviesa conduciéndola adelante, de forma concentrada, a través de sus pensamientos.

¡Según la clase de ese intuir y de los pensamientos que se conectan a él, el ser humano dirige la fuerza creadora de Dios, con actuación autónoma, para buenos o malos efectos!

¡Y ésa es la responsabilidad que el ser humano tiene que asumir!

Vosotros, que muchas veces buscáis de modo tan convulsivo encontrar el verdadero camino, ¿por qué tornáis eso tan difícil para vosotros mismos? Imaginad con toda la simplicidad cómo la fuerza pura del Creador fluye a través de vosotros, la cual dirigís con vuestros pensamientos en dirección buena o mala. ¡De esa manera, sin esfuerzos ni rompecabezas, tendréis todo! Considerad que depende de la simplicidad de vuestro intuir y pensar, si ahora esa fuerza prodigiosa resultase buena o mala. ¡Inmenso poder benéfico o destructivo os ha sido dado con ello!

¡En eso, no necesitáis esforzaros hasta que el sudor brote de vuestra frente, tampoco necesitáis agarraros a las denominadas prácticas ocultistas, a fin de, que ante contorsiones corporales y espirituales, posibles e imposibles, alcancéis algún escalón totalmente insignificante para vuestra verdadera ascensión espiritual!

Abandonad tales juguetes que os roban el tiempo y que ya tantas veces se transformaron en suplicios mortales, que nada más significan sino que las mortificaciones y flagelaciones de antaño en los monasterios. Representan solamente una u otra forma, las cuales tampoco os podrán traer provecho alguno.

¡Los llamados maestros y adeptos del ocultismo son modernos fariseos! En la más fiel acepción del término. Constituyen legítimas reproducciones de los fariseos del tiempo de Jesús de Nazaret.

Acordaos con alegría pura que podéis, sin ningún esfuerzo, a través de vuestro simple y bienintencionado intuir y pensar, dirigir esa fuerza única y gigantesca de la Creación. Exactamente conforme a la manera de vuestro intuir y de vuestros pensamientos son entonces los efectos de esa fuerza. Ella actúa por sí sola, bastando simplemente que la guiéis. ¡Y eso se procesa con toda la simplicidad y sencillez! Para tal caso no es necesaria la erudición, ni tampoco saber leer o escribir. ¡A cada uno de vosotros os es dada en igual medida! En eso no hay ninguna diferencia.

Así como un niño puede, jugando, encender una corriente eléctrica, al tocar un interruptor, de ahí resultando efectos increíbles, de la misma forma a vosotros os es regalado el don de guiar la fuerza divina, a través de vuestros sencillos pensamientos. ¡Vosotros podréis alegraros y estar orgullosos, en cuanto la empleéis para el bien! ¡Temblad, sin embargo, si la desperdiciáis o si la empleéis en cosas impuras! Pues no podréis huir ante la ley de la reciprocidad que está arraigada a la Creación. Aunque tuvieseis las alas de la aurora, a vosotros os alcanzaría la mano del Señor, de cuya fuerza con eso abusasteis, donde quiera que os escondieseis, y eso sucedería a través de ese efecto recíproco que actúa naturalmente.

¡El mal es producido por la misma pura fuerza divina, al igual que el bien!

Y esa manera de utilización, dejada al criterio de cada uno, de esta fuerza de Dios uniforme, contiene en si la responsabilidad de la cual nadie puede escapar. Por eso clamo a cada buscador: “¡Conserva puro el foco de tus pensamientos, con ello establecerás la paz y serás feliz!”

¡Regocijaos vosotros los ignorantes y débiles; pues a vosotros os es dado el mismo poder que a los fuertes! ¡No os dificultéis, por lo tanto, demasiado! ¡No os olvidéis de que la pura y autónoma fuerza de Dios fluye también a través de vosotros y que igualmente vosotros, como seres humanos, estáis capacitados para dar a esa fuerza una determinada dirección según la especie de vuestras intuiciones interiores, es decir, de vuestra voluntad, sea para el bien como para el mal, construyendo o devastando, llevando alegría o sufrimiento!

Siempre que existe solamente esa única fuerza de Dios, queda claro también el misterio del por qué, en cada seria lucha final, las tinieblas tienen que retroceder ante la Luz, y el mal ante el bien. Si dirigís la fuerza de Dios en el sentido del bien, ella permanecerá, sin turbación, en su pureza original y desarrollará de ese modo una fuerza mucho mayor, mientras que con la turbación hacia el impuro se procesará al mismo tiempo un enflaquecimiento. Así, en una lucha final, la pureza de la fuerza tendrá siempre efectos concretos y decisivos.

Lo que viene a ser el bien y el mal, cada uno lo siente hasta en la puntas de los dedos, sin explicaciones. Cavilar a tal respecto solo traería confusiones. Entregarse a lucubraciones supone un desperdicio de energías, es como un pantano, un lodazal viscoso que, inmovilizando, envuelve y asfixia todo lo que está a su alcance. Alegría radiante, sin embargo, rompe las barreras del lucubrar. ¡No tenéis la necesidad de estar tristes y oprimidos! ¡En todo momento podéis empezar la escalada hacia las alturas y reparar el pasado, sea cual sea! No hagáis nada más que pensar en el hecho de que la pura fuerza de Dios os penetra a vosotros continuamente, entonces vosotros mismos temeréis dirigir esa pureza hacia canales mugrientos de malos pensamientos, porque sin cualquier esfuerzo podréis alcanzar de la misma manera lo más elevado y lo más noble. Necesitáis solamente dirigir, la fuerza y entonces actuará por sí sola, en la dirección por vosotros deseada.

Tenéis así en vuestras propias manos la felicidad o la tristeza. Erguid, por lo tanto, orgullosamente la cabeza y, libre y sin temor, la frente. ¡El mal no puede acercarse, si no lo llamáis! ¡Así es como elegís, lo que os sucederá!


6. El destino

Las personas hablan sobre destino merecido e inmerecido, de recompensa y castigo, de revanchas y karma. *(Destino)

Todo eso son solamente designaciones parciales de una ley que reside en la Creación: ¡la ley de la reciprocidad!

Una ley que reside en la Creación entera desde sus primeros orígenes; la ley que fue entretejida inseparablemente en el vasto proceso del eterno evolucionar, como parte indispensable del propio crear y del desarrollo. ¡Como un gigantesco sistema de delgadísimos hilos de nervios, esa ley mantiene y anima el inmenso Universo, impulsando permanente movimiento, en un eterno dar y recibir!

De forma sencilla y simple, pero con gran precisión, ya dijo el gran portador de la Verdad Cristo Jesús: “¡Lo que el ser humano siembre lo cosechará!”.

Estas pocas palabras reproducen tan brillantemente la imagen de la actuación y de la vida en toda la Creación, que difícilmente podría ser expresado de otra manera. El sentido de dichas palabras está férreamente entretejido en la existencia. De forma inamovible, intocable e incorruptible en su continuo efecto.

¡Podréis verlo, si lo queréis! Empezad por la observación del ambiente que a vosotros os es ahora visible. Aquello que llamáis leyes de la naturaleza son, pues, las leyes divinas, son la voluntad del Creador. Reconoceréis rápidamente cuán constantes son tales leyes en sus continuas actuaciones; ¡pues si sembráis trigo, no cosechareis centeno, y si sembráis centeno, no podrá surgir arroz! Esto es tan evidente a todo ser humano, que ya ni siquiera se piensa sobre el fenómeno en sí. Razón por la que tampoco se torna consciente de la severa y gran ley que ahí reside. Y, aun así, ahí se encuentra ante la resolución de un enigma, que no debería ser un enigma para él.

Esa misma ley, pues, que aquí podéis observar, actúa con la misma certeza y la misma potencia también en las cosas más delicadas que sólo sois capaces de averiguar ante el empleo de lentes de aumento y, siguiendo todavía, en la parte de la materia fina de toda la Creación, que es su parte más extensa. En cada fenómeno, ella yace inalterablemente, incluso en el desarrollo, en lo más sutil, de vuestros pensamientos, los cuales, sin embargo, son constituidos también de determinada materialidad, porque si fuese al contrario no podrían producir ningún efecto.

¿Cómo pudisteis suponer que justamente allí debería de ser diferente, donde vosotros quisierais? ¡Vuestras dudas otra cosa no son, en realidad, más que íntimos deseos no manifiestos!

En todo el existir que se os presenta de forma visible o invisible no es diferente, todo está basado en que cada especie da origen a su misma especie, sea cual sea la materia. La misma regla perdura para el crecimiento, el desarrollo y la fructificación, así como para la reproducción de la misma especie. Ese acontecimiento sobrepasa todo uniformemente, no hace diferencia alguna, no deja ninguna laguna, no se detiene delante de otra parte de la Creación, sino que conduce los efectos como un hilo inquebrantable, sin detenerse o romperse. Aunque la mayor parte de la humanidad, debido a su estrechez y arrogancia, se haya aislado del Universo, las leyes divinas o de la naturaleza no dejaron, por eso, de considerarla como parte integrante, continuando su trabajo tranquilamente de forma inalterable y uniforme.

¡La ley de la reciprocidad condiciona, también, que todo cuanto la criatura humana siembre, es decir, allí donde ella aporta una oportunidad hacia una acción o hacia un efecto, también lo tendrá que cosechar!

El humano dispone siempre solamente de la libre decisión, de la libre resolución en el principio de cada hecho, con relación a qué dirección debe ser dada, de cómo debe ser conducida esa fuerza universal que lo penetra. Tendrá entonces que asumir con las consecuencias resultantes de la fuerza activada en la dirección por él deseada. ¡Pese a eso, mucha gente se agarra a la afirmación de que el ser humano no tiene ningún libre albedrío si está sujeto a un destino!

Esa necedad sólo debe de tener como finalidad un engañarse a sí mismo o una sumisión rencorosa por algo inevitable, una resignación disgustosa, y principalmente, sin embargo, una excusa para sí mismo; porque cada uno de esos efectos, que recaen sobre él, tuvieron un inicio y en ese inicio estaba la causa, en una libre decisión anterior del ser humano, para su posterior efecto. ¡Esa libre decisión precedió a cada acción de retorno, por lo tanto, a cada destino! Con un deseo inicial el ser humano produzco y creó algo, en lo cual, más tarde, en corto o largo plazo, él mismo tendrá que vivir. Sin embargo, es muy variable cuando eso ocurrirá. Puede ser aún en la misma existencia terrenal en la que hubo el inicio de ese primer deseo, así como también puede ser después de desnudar el cuerpo de materia gruesa, por lo tanto, en el mundo de materia fina, o incluso aún más tarde, nuevamente en una existencia terrenal en la materia gruesa. Los cambios no alteran en nada, no eximen a la persona de ello. Permanentemente lleva consigo los hilos de ligazón, hasta que de ellos un día sea liberada, es decir, “desconectada”, ante el último efecto resultante de la ley de la reciprocidad.

¡El generador está atado a su propia obra, incluso cuando la haya destinado para otro!

Por lo tanto, si hoy una persona toma la deliberación de perjudicar a otra, ya sea por pensamientos, palabras o actos, con ello “pone en el mundo” algo, no importando si es visible o no, por lo tanto, ese algo de materia gruesa o fina, contiene fuerza propia y con eso vida en sí, que sigue actuando y desarrollándose en la dirección deseada.

Cómo el efecto se produce sobre la persona para quien fue destinado, depende completamente de la respectiva constitución anímica de dicha persona, pudiendo el daño a ella ocasionado ser grande o pequeño, o incluso tal vez diferente de lo que fue deseado, o tal vez no hacerle daño alguno; pues únicamente el estado anímico de la respectiva persona, por su parte, es determinante para ella misma. Por lo tanto, en tales hechos, nadie está sin protección.

De forma distinta sucede con aquél que, por su decisión y por su voluntad, dio origen a ese movimiento, es decir, aquél que fue el generador. El producto generado permanece incondicionalmente atado a él, y regresa a él, después de una corta o larga peregrinación en el Universo, reforzado, cargado como a una abeja, debido a la atracción de la especie afín. Con ello se desencadena la ley de la reciprocidad, cuando cada producto generado atrae en su movimiento a través del Universo, varias especies afines o por éstas es atraído, y debido a la fusión de esas especies surge una fuente de energía, la cual, como a partir de una central, retransmite la fuerza aumentada de la misma especie para todos aquellos que, debido a sus productos generados, son ligados como por cordones hacia el punto de concentración.

A través de esa fortificación proviene, entonces, una compresión cada vez más fuerte, hasta que finalmente a partir de ahí se origina un sedimento de materia gruesa, en el cual el generador de antaño tendrá ahora que agotarse, en la especie por él deseada aquella vez, para que finalmente sea liberado de aquello. ¡Esa es la formación y el desarrollo del destino tan temido y desconocido! Es justo, hasta la más ínfima y más sutil gradación, porque por la atracción solamente de especies iguales nunca podrá la irradiación, en su regreso, traer algo diferente de aquello que fue realmente deseado originalmente. Es indiferente si para una determinada persona, o de un modo general; pues el mismo proceso ocurre también naturalmente cuando la persona dirige su voluntad no necesariamente en dirección hacia una o varias personas, sino cuando vive en cualquier clase de voluntad.

La clase de voluntad por la cual ella se decide es determinante para los frutos que finalmente tendrá que cosechar. De esa manera innumerables hilos de materia fina están atados al ser humano o él se encuentra colgado en ellos, los cuales le hacen refluir todo cuanto alguna vez deseó seriamente. Esos flujos constituyen una mistura que, de manera continuada y fuertemente, influye en la formación de su carácter.

Así, innumerables son las cosas que en el colosal mecanismo del Universo concurren para tener influencia en la “vida” del ser humano, sin embargo, nada existe sin que el propio ser humano no haya inicialmente dado un origen.

Él suministra los hilos con los cuales, en el infatigable telar de la existencia, es tejido el manto que tendrá que usar.

De forma clara y nítida Cristo expresó el mismo hecho, al decir: “Lo que el ser humano siembre, eso él cosechará”. No dijo “puede”, pero sí “cosechará”. Es lo mismo que decir que él mismo tiene que cosechar lo que siembre.

Cuantas veces se escuchan personas, en general muy razonables, decir: “¡Que Dios permita semejante cosa es incomprensible para mí!”

Incomprensible, sin embargo, es que existan personas que puedan decir tal cosa. De que manera tan pequeña imaginan a Dios, según esa afirmación. Con eso dan testimonio de que Lo conciben como un “Dios que actúa arbitrariamente”.

¡Sin embargo, Dios no interviene, en absoluto, de forma directa en todas esas pequeñas y grandes preocupaciones humanas, guerras, miserias, y lo que todavía más existe en el terrenal! Ya desde el principio, Él entrelazó en la Creación Sus leyes perfectas que ejecutan naturalmente sus funciones incorruptibles, de modo que todo se cumple con la máxima precisión, desencadenándose de modo eternamente uniforme, con lo que queda excluida la posibilidad tanto de preferencias como de perjuicios, siendo imposible cualquier injusticia. Dios no necesita, por lo tanto, preocuparse de modo especial a ese respecto, Su obra no presenta lagunas.

Un defecto principal de tantas personas es, sin embargo, que juzguen solamente según puntos de vista de la materia gruesa y se consideren en esto como punto central, así como cuentan con una existencia terrenal, cuando en realidad ya tienen tras ellas varias vidas terrenales. Tales vidas, así como también los períodos intermedios transcurridos en el mundo de materia fina, constituyen un existir uno, a través del cual los hilos son firmemente extendidos, sin que se rompan, de tal manera que en los efectos de cada existencia terrenal solamente una pequeña parte de esos hilos se torna visible. Constituye, por consiguiente, un gran error creer que con el nacimiento comienza una vida completamente nueva, que, por lo tanto, un niño es “inocente” *(Ver disertación Nro. 15: El misterio del nacimiento) y que todos los acontecimientos deberán estar estrictos solamente al corto periodo de una sola existencia terrenal. Si así fuese la realidad, entonces, existiendo justicia, las causas, los efectos y los efectos retroactivos deberían naturalmente ocurrir integralmente a lo largo de una existencia terrenal.

Alejaos de ese error. ¡Entonces, descubriréis rápidamente en todos los acontecimientos la lógica y la justicia, las cuales ahora tantas veces echaste de menos!

Muchos se asustan con eso y temen aquello que según esas leyes aún tienen que esperar de antaño, en los efectos retroactivos.

Sin embargo, son preocupaciones desnecesarias para aquellos que toman en serio la buena voluntad; ¡pues en esas leyes naturales reside también, al mismo tiempo, la firme garantía para la gracia y para el perdón!

Sin llevarse en cuenta que con el firme empleo de la buena voluntad queda inmediatamente puesto un límite para el punto en que la cadena de los efectos retroactivos malos tiene que alcanzar un fin, donde entra también en acción otro fenómeno de inestimable valor. A través de la permanente buena voluntad en todo el pensar y actuar, fluye igualmente de modo retroactivo, producto de la fuente de fuerza de igual especie, un refuerzo continuo, de suerte que el bien se torne más y más seguro en la propia persona, rebasando desde ella, formando, en primer lugar, correspondientemente, el ambiente de materia fina, que le rodea como una envoltura protectora, semejante a la capa de la atmosfera que envuelve la Tierra, proveyéndole protección.

Cuando entonces malos efectos retroactivos de antaño regresan hacia dicha persona para su rescate, resbalarán entonces en la pureza de su ambiente o envoltorio y serán así desviados de ella.

Si ellos, todavía, a pesar de eso, penetran en ese envoltorio, entonces las malas irradiaciones o serán inmediatamente deshechas, o por lo menos quedarán bastante débiles, de modo que el efecto nocivo ni siquiera podrá realizarse, o apenas en muy reducida escala.

Además, debido a la transformación ocurrida, también la criatura humana interior, propiamente dicha, visada por las irradiaciones de retorno, se ha tornado mucho más delicada y liviana, debido a los constantes esfuerzos hacia la buena voluntad, de modo que ella no se encuentra más de manera análoga ante la densidad mayor de malas y bajas corrientes. Semejante a la telegrafía sin hilos, cuando el aparato receptor no se encuentra sintonizado en la frecuencia del aparato emisor.

La consecuencia natural de eso es que las corrientes más densas, por ser de especie distinta, no pueden agarrarse y pasarán innocuas, sin producir efecto alguno.

¡Por lo tanto, manos a la obra! El Creador ha puesto en vuestras manos todo en la Creación. ¡Aprovechad el tiempo! ¡Cada instante encierra para vosotros la ruina o el provecho!


7. La creación del ser humano

“¡Dios creó al ser humano según Su imagen y le insufló Su aliento!” ¡Se trata de dos acontecimientos: el crear y el vivificar!

Ambos acontecimientos, como todo lo demás, estaban rigurosamente sometidos a las leyes divinas vigentes. Nada puede exceder el ámbito de las mismas. Ningún acto de la voluntad divina se opondrá a esas inamovibles leyes que contienen en sí mismas la voluntad divina. ¡Incluso cada revelación y promesa se realizan con base a esas leyes, debiendo cumplirse en ellas, y no diferentemente!

Así también con la encarnación del ser humano en la Tierra, que constituyó un progreso de la grandiosa Creación, el pasaje de la materia gruesa a un período de desarrollo completamente nuevo y más elevado.

Hablar de la encarnación del ser humano condiciona el conocimiento del mundo de la materia fina; pues el ser humano en carne y sangre es puesto como un eslabón favorecedor entre la parte de la Creación de materia fina y la de materia gruesa, mientras sus raíces permanezcan en lo espiritual puro.

“¡Dios creó al ser humano a Su imagen!” Ese crear o conformar era una extensa cadena del desarrollo que se procesaba rigurosamente dentro de las leyes entretejidas en la Creación por el propio Dios. Instituidas por el Altísimo, esas leyes actúan férreamente con ritmo continuo en el cumplimiento de Su voluntad, naturalmente, como una parte de Él, hacia el encuentro de la perfección.

Así también sucedió con la creación del ser humano, como corona de toda la obra, en la cual deberían reunirse todas las especies existentes en la Creación. Por eso, en el mundo de materia gruesa, en la materia terrenalmente visible, fue formado poco a poco, por el desarrollo continuo, el receptáculo en el cual pudo ser depositada una chispa procedente del propio espiritual, que es inmortal. Por el continuo y progresivo proceso de formar, surgió con el tiempo el animal desarrollado al máximo que, raciocinando, ya se servía de diversos medios auxiliares para la subsistencia y para la defensa. Podemos también observar hoy en día especies inferiores de animales que se valen de algunos medios auxiliares para la obtención y conservación de sus necesidades vitales y que demuestran, muchas veces, en la defensa, sorprendente astucia.

A los animales desarrollados al máximo, anteriormente citados, que con las modificaciones operadas en la Tierra, acabaron desapareciendo, los denominamos hoy como “seres humanos primitivos”. ¡Nombrarlos, sin embargo, como antepasados del ser humano es un gran error! Con el mismo derecho se podría denominar a las vacas como “madres parciales” de la humanidad, puesto que un gran numero de niños, en los primeros meses de vida, necesita directamente la leche de vaca para el desarrollo de sus cuerpos, permaneciendo, por lo tanto, con su auxilio en las condiciones para vivir y crecer. Además, ese noble y pensante animal “el ser humano primitivo” tampoco tiene nada que ver con el verdadero ser humano; pues el cuerpo de materia gruesa del ser humano no es más que el medio auxiliar indispensable que él necesita para poder actuar en todos los sentidos, en la materia gruesa terrenal, y hacerse comprender.

¡Con la afirmación de que el ser humano desciende del mono, tomándola literalmente “se bota el niño con el agua del baño”! Con eso se sobrepasa mucho el objetivo. Un proceso parcial es elevado como un hecho único y total. ¡Ahí hace falta lo esencial!

Sería acertado, si el cuerpo del ser humano fuese realmente “el ser humano”. Pero el cuerpo de materia gruesa es solamente su vestimenta, de la cual se desnuda en cuanto regresa a la materia fina.

¿Cómo se efectuó entonces la primera encarnación del ser humano?

Después de haber alcanzado el punto culminante en el mundo de materia gruesa con el animal más perfecto, tenía que procesarse una alteración a favor del desarrollo continuo, si ninguna estagnación debiese ocurrir, la cual, con sus peligros, podría tornarse una regresión. Y esa alteración ha sido prevista y sobrevino: habiendo salido como chispa espiritual, peregrinando a través del mundo de materia fina, renovando y elevando todo, se hallaba en su límite, en el momento en que el receptáculo de materia gruesa terrenal había alcanzado el punto culminante de su desarrollo, el ser humano de materia fina y espiritual, igualmente equipado para ligarse con la materia gruesa para beneficiarla y elevarla.

Así, mientras el receptáculo, madurado en la materia gruesa, había sido creado, el alma había evolucionado de tal manera en la materia fina, que poseía la fuerza necesaria para conservar su autonomía, al ingresar en el receptáculo grueso-material.

La ligazón de esas dos partes significó, entonces, una unión más íntima del mundo de materia gruesa con el mundo de materia fina, hasta encima, en lo espiritual.

¡Solamente este proceso constituyó el nacimiento del ser humano!

La procreación propiamente dicha sigue siendo aún hoy en el ser humano un acto puramente animal. Sentimientos más elevados o más bajos ahí nada tienen que ver con el acto en sí, pero causan circunstancias espirituales, cuyos efectos, en la atracción de la especie absolutamente igual, se tornan de gran importancia.

De especie puramente animal es también el desarrollo del cuerpo hasta la mitad del embarazo. Puramente animal no es propiamente el termino correcto, sin embargo, quiero designarlo como puramente grueso-material.

Solamente a mitad del embarazo, en un determinado grado de madurez del cuerpo en formación, es encarnado el espíritu previsto para el nacimiento y que hasta allí se mantuvo frecuentemente en las proximidades de la futura madre. El ingreso del espíritu provoca las primeras contracciones del pequeño cuerpo de materia gruesa que se desarrolla, es decir, los primeros movimientos del niño. En ese punto surge también la sensación particularmente bien-aventurada de la mujer que, en la que a partir de ese momento, experimenta intuiciones completamente diferentes: la conciencia de la proximidad del segundo espíritu en ella, la percepción del mismo. Según la especie de ese nuevo, de ese segundo espíritu en ella, así también serán sus propias intuiciones.

Así es el proceso en toda encarnación del ser humano. Ahora, sin embargo, volvamos a la primera encarnación del ser humano.

Había llegado, pues, el gran período de desarrollo de la Creación: en un lado, en el mundo de materia gruesa, estaba el animal desarrollado al máximo, que debía ceder el cuerpo de materia gruesa como receptáculo para el futuro ser humano; en otro lado, en el mundo de materia fina, estaba el alma humana desarrollada, que esperaba la ligazón con el receptáculo de materia gruesa, a fin de así dar a todo cuanto es de materia gruesa un impulso más amplio hacia la espiritualización.

Cuando se realizó un acto generador entre la más noble pareja de esos animales altamente desarrollados, no surgió en el momento de la encarnación, como había sucedido hasta entonces, un alma animal, *(Disertación Nro. 49: La diferencia en el origen entre el ser humano y el animal) encarnándose, sino, en su lugar, el alma humana ya preparada para ello y que traía en si la inmortal chispa espiritual. Las almas humanas de materia fina con facultades desarrolladas en sentido predominantemente positivo se encarnaron de acuerdo con la misma especie en cuerpos animales machos, aquellas con facultades predominantemente negativas, más delicadas, en cuerpos animales hembras más próximos a su especie. *(Disertación Nro. 78: Sexo)

Ese proceso no ofrece el menor punto de apoyo para la afirmación de que el ser humano, cuyo verdadero origen está en lo espiritual, desciende del animal denominado “ser humano primitivo”, que solamente pudo proveer el receptáculo grueso-material de transición. Tampoco hoy en día, a los más obstinados materialistas no se les ocurriría considerarse directamente emparentados con un animal y, sin embargo, ahora como antaño, hay un estrecho parentesco corporal, por lo tanto, existe una igual especie grueso-material, mientras que el ser humano realmente “vivo”, es decir, el “yo” propiamente espiritual del ser humano no posee ninguna especie igual o derivación del animal.

Después del nacimiento del primer ser humano terreno, se hallaba este entonces solo en la realidad, sin padres, puesto que, a pesar del elevado desarrollo de los mismos, no podía reconocer a los animales como sus padres ni tampoco ser capaz de con ellos llevar una vida en común.

Debido a sus cualidades espirituales más valiosas, la mujer debería y podría ser de hecho más perfecta que el hombre, si solamente se hubiese esforzado en aclarar de forma más y más armoniosa las intuiciones que le fueron otorgadas, con lo que a ella se le habría advenido un poder, que debería actuar de forma revolucionaria y muy benéfica en toda la Creación de materia gruesa. Lamentablemente, sin embargo, ha sido precisamente ella que ha fallado en primer lugar, convirtiéndose en juguete de las poderosas fuerzas intuitivas a ella concedidas, las cuales, además, ha turbado y contaminado a través de sentimiento y fantasía.

¡Qué sentido tan profundo se halla en el relato bíblico sobre el probar del fruto del árbol del conocimiento! Y de como la mujer, instigada por la serpiente, ofreció la manzana al hombre. En sentido figurado ni siquiera podría ser mejor expresado el acontecimiento en la materia.

La ofrenda de la manzana por la mujer representa la conciencia adquirida por ella respecto a sus atractivos ante el hombre y la utilización intencionada de los mismos. El hecho de aceptar y comer, por parte del hombre, sin embargo, fue su concordancia con eso, conjuntamente con el despertar del impulso de atraer la atención de la mujer solamente sobre sí mismo, con lo que él comenzó a hacerse codiciable por la acumulación de tesoros y por la apropiación de diversos valores.

Con eso empezó el cultivo excesivo del intelecto con sus fenómenos colaterales de codicia, mentira, opresión, a lo cual los seres humanos acabaron por someterse por completo, convirtiéndose así, voluntariamente, en esclavos de su herramienta. Sin embargo, con el intelecto como soberano, ellos se encadenaron, en consecuencia inevitable, según su constitución específica, también firmemente a espacio y tiempo, y perdieron con ello la capacidad de comprender o vivenciar algo que esté por encima del espacio y tiempo, como todo cuanto es espiritual y de materia fina. Esto constituyó la separación total del Paraíso propiamente dicho y del mundo de materia fina, provocada por ellos mismos; pues entonces era inevitable que no pudiesen “comprender” más todo lo que fuese de materia fino-espiritual, que no conoce ni espacio ni tiempo, con su facultad de comprensión de horizonte estrechamente limitado, debido a la ligazón firme del intelecto a espacio y tiempo. Así, para los seres humanos de intelecto, las vivencias y las visiones de las criaturas humanas de intuición, tanto como las incomprendidas tradiciones se han convertido en “leyendas”. Los materialistas, cuya cantidad crece cada vez más, es decir, las personas facultadas para reconocer solamente la materia gruesa, ligada a espacio y tiempo, acabaron riéndose sarcásticamente de los idealistas, a quienes, debido a su vida interior mucho más grande y más amplia, todavía no se hallaba totalmente cerrado el camino hacia el mundo de materia fina, y los rotularon de soñadores, cuando no de locos o incluso de impostores.

Hoy, sin embargo, estamos por fin, próximos a la hora en la que surgirá la próxima gran era en la Creación, que será de progreso incondicional y traerá lo que ya el primer período con la encarnación del ser humano debía traer: ¡el nacimiento del ser humano pleno y espiritualizado!

Del ser humano que actúa beneficiando y ennobleciendo en toda la Creación de materia gruesa, como es la verdadera finalidad de los seres humanos en la Tierra. Entonces no habrá más lugar para el materialista encadenado a espacio y tiempo, que retiene todo hacia abajo. Será un extranjero en todos los países, un apátrida. Se secará y desaparecerá como el tamo que se separa del trigo. ¡Fijaos para que no se os halle excesivamente ligeros en esa separación!


8. El ser humano en la Creación

El ser humano no debe, en la realidad, vivir según los conceptos de hasta ahora, pero ser más criatura humana intuitiva. Con eso constituiría una argolla indispensable al desarrollo continuo de toda la Creación.

Por reunir en sí la materia fina del más Allá y la materia gruesa del Aquí, a él le es posible enterarse de ambas y vivenciarlas al mismo tiempo. Además, aún se halla a su disposición una herramienta que le coloca en el ápice de toda la Creación de materia gruesa: el intelecto. Con esa herramienta, logra dirigir, es decir, conducir.

El intelecto es lo que existe más elevado terrenalmente y debe ser el timón durante la vida en la Tierra, mientras la fuerza propulsora es la intuición, que se origina en el mundo espiritual. El suelo del intelecto es, por lo tanto, el cuerpo, el suelo de la intuición, sin embargo, es el espíritu.

El intelecto está atado a espacio y tiempo, así como todo cuanto es terrenal, por consiguiente, solamente un producto del cerebro, que pertenece al cuerpo de materia gruesa. El intelecto jamás podrá actuar sin espacio ni tiempo, a pesar de ser en sí de materia más fina que el cuerpo, pero aún demasiado espeso y pesado como para elevarse por encima de espacio y tiempo. Está, por lo tanto, enteramente atado a la Tierra.

La intuición, sin embargo, (no el sentimiento) es sin espacio ni tiempo, proviene, por lo tanto, de lo espiritual.

De esta forma instrumentado, podría el ser humano estar íntimamente conectado con la parte más etérea de la materia fina e incluso tener contacto con el propio espiritual puro, aunque viviendo y actuando en el medio de todo cuanto es terrenal, de materia gruesa. Solamente el ser humano está capacitado de esa manera.

¡Solamente él debía y podía ofrecer la ligazón sana y vigorosa, como el único puente entre las alturas fino-materiales y luminosas y aquello que es terreno, de materia gruesa! ¡Solamente a través de él, debido a su característica especifica, podía la vida pura latir desde la fuente de la Luz, bajando hasta la materia gruesa más profunda y desde ella nuevamente hacia arriba, en la más armoniosa y magnífica reciprocidad! Se halla entre ambos los mundos, uniéndolos, de forma que a través de éstos se funden en uno solo.

Sin embargo, no cumplió esa misión. Separó esos dos mundos, en lugar de conservarlos firmemente atados. ¡Y eso fue entonces el pecado original!

El ser humano, debido a la característica especifica recién esclarecida, fue colocado realmente como una especie de señor del mundo de materia gruesa, porque el mundo de materia gruesa depende de su mediación, hasta tal punto que ese mismo mundo, según la especie del ser humano, fue forzado a sufrir conjuntamente, o pudo ser elevado a través de él, conforme las corrientes de la fuente de Luz y de la vida hayan o no podido fluir puras a través de la humanidad.

Pero el ser humano obstruyó el flujo de esa corriente alternada, necesario para el mundo de materia fina y para el mundo de materia gruesa. Así como una buena circulación sanguínea mantiene el cuerpo vigoroso y sano, lo mismo ocurre con la corriente alternada en la Creación. Una obstrucción tiene que resultar confusión y enfermedad, que finalmente terminan en catástrofes.

Ese funesto fallar del ser humano pudo ocurrir por él haber utilizado el intelecto, que se origina solamente desde la materia gruesa, no solo como instrumento, sino sometiéndose totalmente a él, situándolo como soberano de todas las cosas. ¡Se tornó con eso esclavo de su herramienta, convirtiéndose solamente en ser humano de intelecto, que suele orgullosamente nombrarse materialista!

Al someterse totalmente bajo el intelecto, el ser humano se encadenó a todo cuanto es de materia gruesa. Como el intelecto nada puede comprender de aquello que se encuentra más allá de espacio y tiempo, lógicamente que tampoco lo podrá quién se sometió a él por completo. Su horizonte, es decir, su capacidad de comprensión, se restringió conjuntamente con la capacidad limitada del intelecto. El enlace con el mundo de materia fina quedó así deshecho, se levantó una muralla que se tornó más y más espesa. Como la fuente de la vida, la Luz primordial, Dios, paira mucho más arriba del espacio y tiempo e incluso aún muy encima de la materia fina, es natural que, debido al atamiento del intelecto, fuese cortado cualquier contacto. Por esa razón, le es enteramente imposible al materialista reconocer a Dios.

El probar del árbol del conocimiento otra cosa no fue sino que el cultivo del intelecto. La separación de la materia fina, que a eso se conecta, fue también el cierre del Paraíso, como consecuencia natural. Los seres humanos se excluyeron por sí mismos, al pender totalmente hacia la materia gruesa a través del intelecto, por lo tanto, rebajándose, y forjaron voluntariamente o por elección propia a su servidumbre.

¿Y qué resultó de todo eso? ¡Los pensamientos del intelecto, exclusivamente materialistas, es decir, bajos y atados a la Tierra, con todos sus fenómenos colaterales de codicia, ganancia, mentira, robo y opresión etc., tenían de causar el efecto recíproco inexorable de la igual especie, que se mostró primeramente en lo espiritual, y que luego pasó de este también hacia lo grueso-material, formó todo correspondientemente, impelió a los seres humanos y finalmente se deflagrará sobre todo con… destrucción!

¿Comprendéis ahora que los acontecimientos de los últimos años tenían que suceder? ¿Que así incluso deberá seguir hasta la destrucción? Un juicio mundial que, según las leyes karmicas *(según el destino) existentes, no puede ser evitado. Como en una tormenta que se concentra y que tiene que producir finalmente descarga y destrucción. ¡Pero al mismo tiempo también purificación!

El ser humano no sirvió, como necesario, de argolla entre las partes de materia fina y de materia gruesa de la Creación, no dejó que la indispensable corriente alternada siempre refrescante, vivificante y estimuladora les atravesase, sino al contrario, separó la Creación en dos mundos, puesto que se negó a servir de argolla y se engrilló enteramente a la materia gruesa; con eso, ambas partes del Universo tuvieron que enfermarse poco a poco. La parte que fue obligada a verse totalmente privada de la corriente de Luz, o que la recibía demasiadamente débil, a través de las pocas personas que aún mantenían ligazón, fue naturalmente la que se ha enfermado más gravemente. Se trata de la parte de materia gruesa que, debido a esto, camina hacia una terrible crisis y en la brevedad será sacudida por tremendos ataques de fiebre, hasta que todo cuanto haya ahí de enfermo sea consumido y pueda por fin curarse bajo nuevo y fuerte influjo proveniente desde la fuente primordial.

¿Pero quién, con eso, será consumido?

La respuesta se encuentra en los propios acontecimientos naturales: cada pensamiento intuido obtiene de pronto, por medio de la viva fuerza creadora en él contenida, una forma de materia fina que corresponde al contenido del pensamiento y permanece siempre atado como por un cordón a su generador, siendo sin embargo, atraído y tirado hacia fuera por la fuerza de atracción de la igual especie en todo cuanto es de materia fina, e impulsado a través del Universo conjuntamente con las corrientes que laten constantemente que, como todo en la Creación, se mueven de forma oval. Así es como llega el momento en el que los pensamientos que se tornaron vivos y reales en la materia fina, conjuntamente con los de su igual especie atraídos en el trayecto, regresan a su origen y punto de partida, puesto que, a pesar de su migración, permanecen ligados a éste, para entonces ahí desencadenarse, redimiéndose.

La destrucción alcanzará, por lo tanto, en primer lugar, por ocasión de la última concentración de los efectos ahora esperados, a aquellos que con sus pensamientos e intuiciones fueron los generadores y sustentadores constantes, por lo tanto, los materialistas. Es inevitable que la devastadora fuerza de regreso incluya círculos aún más amplios, alcanzando levemente incluso a especies solamente aproximadamente iguales a estas personas.

En seguida, sin embargo, los seres humanos cumplirán con aquello que es su deber en la Creación. Habrán de ser la argolla, por su facultad de agotar de lo espiritual, es decir, se dejarán conducir por la intuición purificada, transmitiéndola hacia la materia gruesa, hacia lo que es terreno, utilizando entonces el intelecto y las experiencias adquiridas solamente como herramientas, de forma que, contando con todas las cosas terrenas, empleen tales intuiciones puras en la vida grueso-material, con lo que toda la Creación de materia gruesa será constantemente beneficiada y elevada. A través de eso, en los efectos recíprocos, puede también algo más sano refluir de la materia gruesa hacia la materia fina, surgiendo entonces un mundo nuevo, uniforme y armónico. Los seres humanos, sin embargo, se convertirán, en el cumplimiento acertado de su actuación, en los tan deseados seres completos y nobles; pues también ellos, por la sintonización adecuada en la gran obra de la Creación, recibirán fuerzas muy distintas de las que han recibido hasta ahora, que les permitirán intuir permanentemente satisfacción y felicidad.


9. Pecado hereditario

El pecado hereditario ha surgido a partir del primer pecado original.

El pecado, es decir, la actuación errada, consistió en el cultivo exagerado del intelecto, con el consecuente encadenamiento voluntario a espacio y tiempo, y a los efectos colaterales de ahí surgidos a partir del exacto trabajo del intelecto, tales como la codicia, el engaño, la opresión etc., que tienen en su sequito muchos otros, en el fondo, todos los males.

Ese hecho produjo, naturalmente, en aquellos que se desarrollaban como seres humanos de puro intelecto, poco a poco, influencias cada vez más fuertes en la formación del cuerpo de materia gruesa. Como el cerebro anterior, generador del intelecto, se fue convirtiendo unilateralmente cada vez más grande debido al esfuerzo continuo, era natural que en las procreaciones tales formas en proceso de alteración se manifestasen en la reproducción del cuerpo terreno y los niños ya naciesen trayendo consigo un cerebro anterior cada vez más fuerte y desarrollado.

En eso, sin embargo, se encontraba y se encuentra todavía actualmente la disposición o la predisposición para una fuerza del intelecto que predomina sobre todo lo demás, lo que encierra en sí el peligro de, en su total despertar, encadenar al portador del cerebro no solamente a espacio y tiempo, es decir, a todo cuanto es de materia gruesa terrena de forma que lo torne incapaz de comprender lo que es de materia fina y lo que es espiritualmente puro, sino que incluso le enrede en todos los males que son inevitables debido a la supremacía del intelecto.

¡El hecho de traer consigo ese cerebro anterior voluntariamente superdesarrollado, en lo cual se encuentra el peligro del completo predominio del intelecto con todos los males colaterales inevitables, es el pecado hereditario!

Por lo tanto, la transmisión hereditaria física de la parte actualmente designada como gran cerebro, debido a su intensificado desarrollo artificial, por lo que el ser humano trae consigo al nacer un peligro que muy fácilmente puede enredarlo en el mal.

Eso, sin embargo, no le quita ninguna responsabilidad. Ésta permanece en él; pues hereda solamente el peligro, no el pecado propiamente dicho. No es necesario, en absoluto, que permita predominar incondicionalmente al intelecto, sometiéndose a él por eso. Puede, por lo contrario, valerse de la gran fuerza del intelecto como una espada afilada para abrir camino en la agitación terrenal, mediante la cual su intuición le guía, o también la denominada voz interior.

Si, todavía, en un niño el intelecto es elevado hacia un dominio irrestricto a través de la educación y de las enseñanzas, entonces al niño le es quitada una parte de la culpa, mejor dicho, del consecuente efecto retroactivo debido a la ley de la reciprocidad, puesto que esa parte alcance al educador o maestro causador de eso. A partir de ese momento él se queda atado al niño, hasta que éste se libere de los errores y de sus consecuencias, aunque tarde siglos o milenios.

Todo, sin embargo, cuanto un niño de tal forma educado haga, después de haberle sido dada la oportunidad seria para una introspección y conversión, le alcanzará solamente a él mismo en los efectos retroactivos. Semejantes oportunidades se ofrecen por la palabra verbal o escrita, por grandes conmociones en la vida o por acontecimientos semejantes, que requieren un instante de profunda intuición. Jamás dejan de presentarse. —

Sería inútil seguir hablando más a tal respecto, pues bajo todos los aspectos se trataría solamente de continuas repeticiones, las cuales tendrían que encontrarse en ese punto. Quién reflexione sobre eso, pronto le será quitado un velo de los ojos, habrá resuelto en eso muchas preguntas en sí mismo.


10. Hijo de Dios e Hijo del Hombre

Un gran error corre ya desde milenios: ¡la suposición de que Jesús de Nazaret fue al mismo tiempo el Hijo de Dios y el tantas veces mencionado Hijo del Hombre es errada! En Jesús de Nazaret fue encarnada *(Inserida en la existencia terrena) una parte de la divinidad, a fin de extender el puente sobre el abismo entre la divinidad y la humanidad, que la propia humanidad abrió a través del cultivo del intelecto adscrito a espacio y tiempo. De esa forma, Jesús fue Hijo de Dios, como una parte de Él, que cumplió su misión entre la humanidad, lo que sólo ha podido realizar en carne y sangre. Aún con la encarnación, seguía siendo el Hijo de Dios.

Pero si era Hijo de Dios, entonces no podía ser Hijo del Hombre; pues se trata de dos. ¡Y él fue y todavía es Hijo de Dios! ¿Quién es, por lo tanto, el Hijo del Hombre? *(Disertación Nro. 60: El Hijo del Hombre)

Los discípulos ya habían percibido que Jesús hablaba en tercera persona cuando se refería al Hijo del Hombre, y cuestionaban respecto a eso. Las tradiciones fueron escritas en la propia presuposición de que Jesús, el Hijo de Dios, y el Hijo del Hombre debiesen ser una sola persona. Sobre eso todos orientaron anticipadamente sus relatos, y así, involuntariamente o inconscientemente, propagaron errores.

Cuando Jesús hablaba del Hijo del Hombre, entonces lo hacía con la visión prospectiva de la venida del mismo. Él mismo lo anunció, puesto que la venida del Hijo del Hombre se encuentra en intima conexión con la actuación del Hijo de Dios. Decía: “Cuando, sin embargo, venga el Hijo del Hombre...” etc.

Se trata de un movimiento circular, como en toda parte en la Creación. La divinidad ha bajado hacia la humanidad, en la persona de Jesús, a fin de traer la Verdad y sembrarla. La siembra germinó, los frutos maduraron para la cosecha, y ahora la humanidad, en el movimiento circular, por intermedio de la Verdad traída por el Hijo de Dios, debe elevarse, madurada, hacia la divinidad en la persona del Hijo del Hombre y, a través de éste, nuevamente religarse íntimamente con Dios.

Eso no debe ser tomado solamente de modo puramente simbólico, *(Metafórico) como muchos suponen, ya que la Palabra se cumplirá literalmente a través de una persona, como también pasó con Jesús. Entre las dos personas, Jesús, el Hijo de Dios, y el Hijo del Hombre se encuentra el enorme karma de la humanidad. *(El destino de la humanidad)

Jesús se dirigió a la fiesta de Pascua, en Jerusalén, donde muchos pueblos de la Tierra estaban representados. Las personas enviaron mensajeros para el Getsemaní a fin de buscar a Jesús. Fue la época en la que los seres humanos, tomados de odio y de brutalidad terrena, ordenaron a sus mensajeros que buscasen al Enviado de Dios. Fijaos pues, en el momento en el que él salió del jardín, estando ellos parados ante él, con armas y antorchas, con pensamientos de destrucción.

Cuando el Hijo de Dios pronunció las palabras: “¡Yo soy!”, entregándose con eso a la humanidad, tuvo inicio el enorme karma con el que la humanidad se ha sobrecargado. Desde ese momento hacia adelante pesó sobre la humanidad, forzándola, de acuerdo con las leyes inexorables del Universo, cada vez más hacia la Tierra, hasta acercarse el rescate final. ¡Nos encontramos cerca de eso!

Cerrará como un circuito oval. ¡El rescate vendrá a través del Hijo del Hombre!

¡Cuando los seres humanos, debido a los graves acontecimientos, queden desanimados, desesperados, y exhaustos, pequeños, muy pequeños, entonces habrá llegado la hora en la que ansiarán por el prometido Enviado de Dios y lo buscarán! Y cuando sepan dónde se encuentra, enviarán, como antaño, mensajeros. Sin embargo, éstos no llevarán en su interior, entonces, pensamientos de destrucción ni de odio, sino que, a través de ellos, la humanidad vendrá esta vez exhausta, humilde, suplicante y llena de confianza en la dirección de aquél que fue elegido por el Supremo Dirigente de todos los mundos para liberarlos de la expulsión, de aquél que les trae ayuda y liberación de las aflicciones, tanto espirituales como terrenales.

También esos mensajeros se lo preguntarán. Y así como antaño el Hijo de Dios, en el Getsemaní, pronunció las palabras: “¡Yo soy!”, con lo que el karma de la humanidad tuvo inicio, de igual manera el Enviado de Dios contestará esta vez con las mismas palabras: “¡Yo soy!”, y con eso se disolverá, entonces, el pesado karma de la humanidad. Las mismas palabras, que hicieron girar la gran culpa sobre la humanidad llena de odio de aquella época, la retirarán nuevamente con la misma pregunta de la humanidad, que llega ahora recelosa y, sin embargo, con confianza y suplicante.

El movimiento circular de ese karma es inmenso y, sin embargo, conducido de modo tan firme y exacto, que las profecías se cumplirán en él. Y desde el momento en el que esas palabras sean pronunciadas para la humanidad, por segunda vez por un Enviado de Dios, toma la dirección ascendente. ¡Sólo entonces se inicia, de acuerdo con la voluntad del Supremo, el Reino de la Paz, no antes!

Ved, de un lado, a los mensajeros de la humanidad, invadidos de odio, acercarse al Hijo de Dios, amarrándolo y maltratándolo, aparentemente triunfando sobre él. A eso se sigue, entonces, la constante decadencia, provocada por ellos mismos, dentro de la inevitable reciprocidad. Con eso, sin embargo, al mismo tiempo, también el fortalecimiento y la madurez de una siembra lanzada por Jesús. Ahora se acerca, anunciado por el propio Jesús, el Hijo del Hombre, como Enviado de Dios que, a servicio del Hijo de Dios, continua y complementa su obra, trayendo la cosecha y separando, de esa forma, según la justicia divina, la paja del trigo.

Jesús, el Hijo de Dios, bajó hacia los seres humanos por amor, a fin de restablecer la ligazón que la humanidad rompió. El Hijo del Hombre es el Hombre que está en Dios y que concluye la ligazón en el movimiento circular, de modo que la armonía pura nuevamente pueda fluir a través de la Creación entera.


11. Dios

¿Por que motivos evitan los seres humanos tan recelosamente esta palabra que, sin embargo, a ellos les debería de ser más familiar que todo lo demás? ¿Qué es lo que les impide reflexionar profundamente, penetrar en ella intuitivamente, para comprenderla verdaderamente?

¿Será veneración? No. ¿Será, además, este extraño “no osar” por algo grande, admirable, o profundo? Jamás; pues considerad: vosotros oráis para Dios, y en la oración ni siquiera sois capaces de tener una noción correcta de Aquél para quien vosotros oráis, al contrario, estáis confusos, porque a tal respecto, sea en las escuelas, sea en las iglesias, jamás os han administrado información clara, que satisfaga vuestro impulso interior por la Verdad. En el fondo, la verdadera trinidad aún siguió siendo un misterio para vosotros, ante el cual buscasteis conformaros de la mejor manera posible.

¿Puede, bajo tales circunstancias, la oración ser tan fervorosa, tan confiada como debe de ser? Imposible. ¿Si vosotros, sin embargo, conocéis a vuestro Dios, tornándose Él con eso más familiar para vosotros, no estará, entonces, la oración acompañada de intuiciones más profundas, no será mucho más directa, más fervorosa?

¡Sin embargo, necesitáis y debéis llegar más cerca de vuestro Dios! No debéis solamente quedaros parados, de lejos. Cuán insensato es, pues, decir que podría ser un error ocuparse de tantos pormenores con Dios. ¡La pereza y la comodidad incluso afirman que eso es injuria! Yo, sin embargo, os digo: Dios quiere eso. La condición para la aproximación se encuentra en la Creación entera. ¡Por consiguiente, quien esquiva esta aproximación no tiene humildad, sino al contrario, ilimitada arrogancia! Pues exige con eso que Dios se aproxime a él, para que pueda comprenderlo, en lugar de intentar él acercarse hacia Dios para reconocerlo. ¡Para dónde uno se vuelva, se ve y se escucha hipocresía y comodidad, y todo ello bajo el manto de falsa humildad!

Vosotros, sin embargo, los que no queréis dormir más, que buscáis con fervor y anheláis por la Verdad, aceptad la revelación y buscad comprender lo correcto:

¿Qué es tu Dios? Tu lo sabes, Él ha dicho: “¡Yo soy el Señor, tu Dios, tu no deberás tener otros dioses a mi lado!”

Existe solamente un Dios, solo una fuerza. ¿Sin embargo, qué es entonces la Trinidad? ¿La Trinidad? ¿Dios-Padre, Dios-Hijo y Dios, el Espíritu Santo?

Cuando la propia humanidad se cerró para ella misma el Paraíso, por la razón de no dejarse conducir más por la intuición, que es espiritual puro y, por lo tanto, también próxima a Dios, sino que arbitrariamente cultivó el intelecto terreno y a éste se sometió, convirtiéndose con eso en esclava de su propio instrumento, que le ha sido dado para utilización, ella se alejó muy naturalmente más y más de Dios. Con eso se ha consumado la separación, puesto que la humanidad se ha inclinado predominantemente solamente para lo terrenal, que está incondicionalmente atado a espacio y tiempo, lo que Dios en Su especie no conoce, con lo cual Él jamás tampoco podrá ser comprendido. A cada generación se le fue ampliando más el abismo, los seres humanos cada vez más se engrillaban solamente a la Tierra. Se convirtieron en seres humanos de intelecto atados a la Tierra, que se nombran materialistas, denominándose de ese modo hasta con orgullo, porque ni siquiera presienten sus esposas, puesto que en la condición de estar firmemente atados a espacio y tiempo, naturalmente se estrechó simultáneamente su horizonte. ¿Cómo habría de ser encontrado, desde ahí, el camino de regreso a Dios? ¡Jamás!

Seria imposible, si el auxilio no viniese de Dios. A partir de Él debería, por eso, ser nuevamente lanzado un puente, si debiese venir auxilio. Y Él se compadeció. El propio Dios en Su pureza no podía revelarse más a los bajos seres humanos de intelecto porque éstos, debido al trabajo de su intelecto, no estaban más capacitados para sentir, ver u oír a Sus mensajeros, y los pocos que todavía lo lograban eran burlados, porque el horizonte estrechado de los materialistas, atado solamente a espacio y tiempo, recusaba como imposible cada pensamiento referente a una ampliación existente por encima de eso, por resultarles incomprensible. Por eso tampoco bastaban más los profetas, de cuya fuerza ya no lograba hacerse valer, porque, finalmente, hasta los pensamientos básicos de todas las tendencias religiosas se habían convertido en puramente materialistas. Por lo tanto, tenía que venir un mediador entre la divinidad y la humanidad perdida, que dispusiese de más fuerza que todos los demás hasta entonces, para poder hacerse valer. ¿Se debería decir: a causa de los pocos que, bajo el más craso materialismo, todavía anhelaban a Dios? Sería lo correcto, pero estaría designado por los adversarios preferencialmente como presunción de los fieles, en lugar de reconocer en eso el enorme amor de Dios y también la severa justicia, que con la recompensa y el castigo ofrece al mismo tiempo la redención.

El mediador, sin embargo, que poseía la fuerza para penetrar en esa confusión, debía ser, él mismo, divino, puesto que lo que es bajo ya se había alastrado de tal forma, que también los profetas como enviados nada más consiguieron. Por ese motivo Dios, en Su amor, por un acto de voluntad, separó una parte de Sí mismo, encarnándola *(Ingresándola en la materia gruesa) en carne y sangre, en un cuerpo humano de sexo masculino: ¡Jesús de Nazaret, como siendo a partir de ahora el Verbo hecho carne, el Amor de Dios encarnado, el Hijo de Dios!

La parte así preparada, y a pesar de eso todavía espiritualmente íntimamente ligada, se tornó con eso personal. También después de haberse desnudado el cuerpo terrenal, en su más estrecha reunificación con Dios-Padre, continuó siendo personal debido a su encarnación.

¡Dios-Padre y Dios-Hijo son, por lo tanto, dos y en la realidad solo uno! ¿Y el “Espíritu Santo”? ¡En relación a él, el propio Cristo dijo que pecados contra Dios-Padre y Dios-Hijo podrían ser perdonados, jamás, sin embargo, los pecados contra el “Espíritu Santo”!

¿Es entonces el “Espíritu Santo” más elevado o algo más que Dios-Padre y Dios-Hijo? Esta pregunta ya oprimió y preocupó a tantos corazones, habiendo desnorteado a unos cuantos niños.

El “Espíritu Santo” es el Espíritu del Padre que, apartado de Él, actúa separadamente en toda la Creación y que, así como el Hijo, a pesar de eso, todavía permaneció estrechamente ligado a Él, uno solo con Él. ¡Las leyes férreas de la Creación, que atraviesan todo el Universo como hilos nerviosos, resultando en la absoluta reciprocidad, el destino del ser humano o su karma son... del “Espíritu Santo!” *(Disertación Nro. 52: Desarrollo de la Creación) o más explícitamente: de su actuar.

Por eso, dijo el Salvador que nadie podría pecar contra el Espíritu Santo impunemente, porque según la inexorable e inalterable reciprocidad, la retribución regresa al autor, al punto de partida, sea algo bueno o malo. Y como el Hijo de Dios es del Padre, del mismo modo lo es el Espíritu Santo. Ambos, por consiguiente, partes de Él mismo, perteneciéndole enteramente, de modo inseparable, puesto que de lo contrario, a Él Le faltaría una parte. Así como los brazos de un cuerpo, que realizan movimientos independientes y, aun así, hacen parte de él, si el cuerpo debe ser completo; y que también solo pueden realizar movimientos independientes en ligazón con el todo siendo, por lo tanto, imprescindiblemente uno con él.

Así es Dios-Padre en Su omnipotencia y sabiduría, teniendo a la derecha, como una parte Suya, a Dios-Hijo, el Amor, y a la izquierda, a Dios, el Espíritu Santo, la Justicia. Ambos salidos de Dios-Padre y perteneciendo a Él en un conjunto uno. Ésta es la Trinidad del Dios uno.

¡Antes de la Creación, Dios era uno! Durante la Creación separó Él una parte de Su voluntad, para que actuase autonómicamente en la Creación, tornándose así dual. ¡Cuando se tornó necesario proveer un mediador a la humanidad perdida, porque la pureza de Dios no permitía, sin encarnación, una ligazón directa con la humanidad que se encadenaba por sí sola, Él separó, movido por amor, una parte de Sí mismo para la encarnación temporal, a fin de que nuevamente pudiese tornarse comprensible para la humanidad, y con el nacimiento de Cristo se tornó trino!

Lo que son Dios-Padre y Dios-Hijo ya estaba claro para muchos, pero el “Espíritu Santo” permaneció una noción confusa. Él es la justicia en acción, cuyas leyes eternas, inamovibles e incorruptibles palpitan en el Universo y que hasta ahora solo fueron denominadas vagamente de: ¡Destino!... ¡Karma! ¡La voluntad divina!


12. La voz interior

¡La así llamada “voz interior”, lo espiritual en la criatura humana, a la cual puede sí escuchar, es la intuición!

No es en vano que la voz del pueblo diga: “La primera impresión es siempre la correcta”. Como en todas esas frases y proverbios semejantes reside la profunda verdad, así también en este caso. Por impresión se comprende, en general, la intuición. Lo que una persona, por ejemplo, intuye en el primer encuentro con una otra hasta entonces desconocida, o es una especie de advertencia para cuidarse, pudiendo ir hasta la repulsa total, o algo agradable hasta la simpatía plena, y en algunos casos también indiferencia. Si entonces esa impresión, en el transcurso de la conversación y en las relaciones posteriores, es alterada o totalmente borrada al criterio del intelecto, de modo que surja la idea de que la intuición original haya sido equivocada, en el final de tales relaciones casi siempre resulta la precisión de la primera intuición. A menudo por el amargo dolor de aquellos que, a través del intelecto, se dejaron engañar por el carácter simulado de otros.

La intuición, que no está conectada a espacio ni tiempo, y que está en conexión con lo que es de especie igual, con lo espiritual, el eterno, pronto reconoció en el otro la verdadera naturaleza, no dejándose engañar por la habilidad del intelecto.

Un error es totalmente imposible en la intuición.

Siempre que los seres humanos son engañados, ocurre por dos motivos que son los causantes de los errores: ¡el intelecto o el sentimiento!

Cuántas veces se oye también decir: “En esta o en aquella cosa me he dejado llevar por mi sentimiento y me perjudiqué. ¡Uno sólo debe confiar en el intelecto!” Tales personas cometen el equívoco de tomar el sentimiento por la voz interior. Preconizan elogio al intelecto sin presentir que justamente este representa un papel importante junto al sentimiento.

Por eso, ¡sed vigilantes! ¡Sentimiento no es intuición! El sentimiento emana del cuerpo de materia gruesa. Este produce instintos que, conducidos por el intelecto, hacen surgir el sentimiento. Una gran diferencia con la intuición. El trabajo conjunto del sentimiento con el intelecto, sin embargo, hace que nazca la fantasía.

Así, pues, tenemos por el lado espiritual solamente la intuición, que se halla por encima de espacio y tiempo. *(Disertación Nro. 86: Intuición) Por el lado terreno tenemos, en primer lugar, el cuerpo de materia gruesa atado a espacio y tiempo. Desde ese cuerpo emanan entonces impulsos que, a través de la cooperación del intelecto, resultan en sentimientos.

El intelecto, un producto del cerebro atado a espacio y tiempo, puede, a su vez, como lo existente de más fino y de más elevado en la materia, producir, en colaboración con el sentimiento, la fantasía. Por lo tanto, la fantasía es el producto del trabajo conjunto del sentimiento con el intelecto. Ella es de materia fina, pero sin fuerza espiritual. Por eso la fantasía sólo logra tener efecto retroactivo. Logra solamente influir sobre el sentimiento de su propio generador, pero jamás enviar por si sólo una fuente de fuerza para otros. La fantasía actúa, por lo tanto, solamente retroactivamente, sobre el sentimiento de aquél que la produjo, sólo pudiendo inflamar el propio entusiasmo, pero jamás actuando sobre el ambiente. Con eso es claramente reconocible el cuño de gradación inferior. Diferentemente con la intuición. Ésta contiene en sí energía espiritual creadora y vivificante, y actúa de esa forma irradiando sobre otros, arrebatándoles y convenciéndoles.

Tenemos, por lo tanto, por un lado la intuición, y por el otro lado el cuerpo – impulso – intelecto – sentimiento – fantasía.

La intuición es espiritual puro, está por encima de espacio y tiempo. El sentimiento es constituido de materia gruesa fina, dependiente de los instintos y del intelecto, por lo tanto, de nivel inferior.

A pesar de que el sentimiento esté constituido por esa materia gruesa fina, jamás podrá ocurrir, sin embargo, una mezcla con la intuición espiritual, por lo tanto, tampoco ninguna turbación de la intuición. La intuición permanecerá siempre clara y pura, porque es espiritual. Es también siempre intuida o “escuchada” de modo claro por los seres humanos, si... ¡es realmente la intuición la que habla! Los seres humanos, sin embargo, en su mayor parte, se cerraron a esa intuición, cuando pusieron el sentimiento en primer plano, cual denso envoltorio, una pared, tomando equivocadamente el sentimiento como la voz interior, razón por la cual vivencian muchas decepciones, confiando entonces cada vez más solamente en el intelecto, no presintiendo que justamente a través de la cooperación del intelecto es como pudieron ser engañados. Debido a ese equívoco condenan precipitadamente todo cuanto es espiritual, con lo cual sus experiencias nada tenían que ver, en absoluto, atándose cada vez más a cosas de poca valía.

¡El mal básico es, como en muchos otros casos, también aquí, siempre de nuevo, la sumisión voluntaria de esas criaturas humanas al intelecto atado a espacio y tiempo!

El ser humano que se somete totalmente a su intelecto, se somete también enteramente a las restricciones del intelecto, que está atado firmemente a espacio y tiempo, como producto del cerebro de materia gruesa. De esa forma el ser humano se encadena completamente a la materia gruesa.

Todo cuanto el ser humano hace proviene de él mismo, voluntariamente. ¡Por lo tanto, no está siendo encadenado, sino que él mismo se encadena! Se deja dominar por el intelecto (pues si él mismo no quisiese, jamás podría suceder de esa manera), que lo retiene, según su propia especie, también a espacio y tiempo y no lo deja más reconocer, comprender lo que está fuera de espacio y tiempo. Por eso se extiende ahí sobre la intuición independiente de espacio y tiempo, debido a la facultad restricta de comprensión, un envoltorio firmemente adjunto a espacio y tiempo, una barrera, y el ser humano de esa forma no logra oír nada más, es decir, su “voz interior pura” se perdió, o él solamente está capacitado para todavía “escuchar” el sentimiento conectado al intelecto, en lugar de la intuición.

Se produce un concepto equivocado al decirse: el sentimiento subjuzga la intuición pura; pues nada es más fuerte que la intuición, ella es la fuerza más elevada del ser humano, jamás puede ser subjuzgada o simplemente perjudicada por otra cosa. Será más correcto decir: el ser humano se torna incapaz de reconocer la intuición.

El fracasar depende siempre sólo de la propia persona y jamás de la intensidad más fuerte o más débil de ciertos dones, ¡pues justamente el don fundamental, la fuerza propiamente dicha, lo más poderoso de todo en el ser humano, que encierra en sí toda la vida y es inmortal, es concedido en partes iguales a cada uno! En cuanto a eso, nadie presenta ventaja sobre los demás. ¡Todas las diferencias residen solamente en la aplicación!

¡Tampoco este don fundamental, la chispa inmortal, podrá jamás ser turbado o manchado! Se conserva puro hasta en el más grande lodazal. Solamente debéis romper el envoltorio con el que vosotros mismos os cubristeis por medio de la restricción voluntaria de la facultad de comprensión. ¡Entonces, sin tardanza quemará tan límpido y claro conforme era en el principio, se desarrollará de modo vivo y fuerte, y se conectará a la Luz, a lo espiritual! ¡Regocijaos de ese tesoro que yace en vosotros así intangible! ¡Poco importa que seáis considerados valiosos o no por vuestro prójimo! Ante la buena voluntad sincera puede ser eliminada cualquier mugre que se ha juntado, cual una barrera, alrededor de esa chispa espiritual. ¡Si hubieseis ejecutado ese trabajo y desenterrado el tesoro, seríais tan valiosos como aquél que jamás lo ha enterrado!

Pero, ¡ay de aquél, que por comodidad se abstenga constantemente de querer el bien! En la hora del juicio le será quitado ese tesoro, y con eso él dejará de existir.

¡Despertad, por eso, oh vosotros los que os mantenéis aislados y que, con la limitación de la facultad de comprensión, colocáis el manto del intelecto sobre la intuición! ¡Estad alerta y escuchad los llamamientos que os alcanzan! Sea por un dolor violento, una fuerte conmoción anímica, un inmenso sufrimiento o una alegría sublime y pura, que sea capaz de romper la capa oscura de los bajos sentimientos, no dejéis que nada de eso pase inútilmente por vosotros. ¡Son auxilios que os indican el camino! Sin embargo, mejor será que no esperéis por ello, pero sí que iniciéis ya con voluntad sincera hacia todo el bien y hacia la escalada espiritual. Así, pronto se convertirá más delgada y ligera la capa separadora, hasta terminar desvaneciéndose, y la chispa siempre pura e inmaculada irrumpirá en llama ardiente. Aún así, ese primer paso puede y debe ser dado solamente por la misma persona, de otra manera no puede ser ayudada.

Y en cuanto a ello tenéis que distinguir rigurosamente entre desear y querer. Con el desear, aún nada está hecho, no es suficiente para cualquier avance. Tiene que ser el querer, lo que también condiciona la acción, ya la trae en sí. La acción ya se inicia con el querer sincero.

Aunque ahí muchos también tengan que seguir por un sinfín de obstáculos, por haberse atado hasta entonces solamente al intelecto, no deben hesitar. ¡También ellos lucran! Su meta es clarificar el intelecto, al vivenciar cada uno de esos caminos, descartando y librándose gradualmente de todo cuanto es obstáculo.

Por eso, adelante, sin vacilación. ¡Con el querer sincero cada camino conduce finalmente hacia la meta!


13. La religión del amor

La religión del amor es comprendida equivocadamente, debido a las múltiples deformaciones y tergiversaciones del concepto amor; ¡pues la mayor parte del verdadero amor es severidad! Lo que actualmente es nombrado amor es todo, menos amor. Al ser examinados inexorablemente en el fondo todos los así denominados amores, no restará otra cosa más que egoísmo, vanidad, debilidad, pereza, arrogancia o instintos.

¡El verdadero amor no se preocupa de lo que le agrada al otro, o le brinda placer y alegría, sino que cuidará sólo de lo que le es útil! Sin importar si eso le cause o no alegría. Éste es el verdadero amar y servir.

Por lo tanto, si está escrito: “¡Amad a vuestros enemigos!”, entonces significa: “¡Haced lo que les sea útil! ¡También castigadlos, pues, si de otra forma no pueden llegar al reconocimiento!” Eso es servirlos. Pero en eso debe imperar la justicia; ¡pues el amor no se deja separar de la justicia, son una sola unidad! Condescendencia impropia equivale a cultivar más aún los errores de los enemigos y de ese modo continuar dejándolos que resbalen por el camino en declive. ¿Sería eso el amor? ¡Al contrario, con ello se sobrecargaría con una culpa!

Solamente debido a los deseos manifiestos de las criaturas humanas, la religión del amor fue convertida en una religión de flojedad, como también la persona del portador de la Verdad, Cristo Jesús, fue rebajada a una debilidad y una indulgencia que jamás poseyó. Precisamente debido al amor universal, fue áspero y severo entre las criaturas humanas de intelecto. Su tristeza, que le acometía muchas veces, era simplemente natural, teniendo en cuenta su elevada misión y el material humano que tenía que enfrentar. Con debilidad no tenía absolutamente nada que ver.

Después de la eliminación de todas las desfiguraciones y estrechamientos dogmáticos, *(En lo que se refiere a doctrina) la religión del amor será una doctrina de la más rigurosa consecuencia, en la cual no se halla debilidad alguna ni condescendencia ilógica.


14. El Redentor

¡El Salvador en la cruz! Son millares las cruces que están puestas como símbolo de que Cristo sufrió y murió a causa de la humanidad. Desde todas las partes claman a los fieles: “¡Pensad en ello!” En sitios solitarios, en las calles agitadas de las metrópolis, en las habitaciones silenciosas, en las iglesias, en los cementerios y en las fiestas de bodas, por todas partes sirve de consuelo, de fortalecimiento y de advertencia. ¡Pensad en ello! A causa de vuestros pecados el Hijo de Dios, que os trajo la salvación a la Tierra, sufrió y murió en la cruz.

Con estremecimiento íntimo, en profunda reverencia y lleno de gratitud, el fiel camina en su dirección. Con sensación de alegría deja después el lugar, consciente de que con aquella muerte por sacrificio también él ha quedado libre de sus pecados.

Pero tú, buscador sincero, ¡vete y párate ante el símbolo de la sagrada severidad y esfuérzate por comprender a tu Redentor! Despójate del suave manto de la indolencia que tan agradablemente te calienta y produce una sensación de bienestar y seguridad, que te deja dormitar hasta la última hora terrena, cuando entonces serás sacado repentinamente de tu somnolencia, despréndete de la estrechez terrena y confróntate repentinamente con la verdad límpida. Entonces habrá terminado de pronto tu sueño, al cual te habías agarrado, con el cual te hundiste en la inercia.

Por lo tanto, ¡despierta, tu tiempo terreno es precioso! Es literalmente cierto e indiscutible que el Salvador vino a causa de nuestros pecados. Y, incluso, que él murió a causa de la culpa de la humanidad.

¡Todavía, a través de eso no te serán quitados tus pecados! La obra de redención del Salvador fue entablar la lucha con las tinieblas, para traer Luz a la humanidad, abriéndole el camino al perdón de todos los pecados. Recorrer ese camino, cada cual tiene que hacerlo por sí sólo, según las leyes inamovibles del Creador. Tampoco Cristo vino para derribar las leyes, sino para cumplirlas. ¡No malinterpretes a aquél que debe ser tu mejor amigo! ¡No atribuyas un significado equivocado a las palabras legitimas!

Cuando se dice correctamente: a causa de los pecados de la humanidad todo eso sucedió, entonces se quiere decir que la venida de Jesús sólo se tornó indispensable porque la humanidad ya no lograba, por sí sola, encontrar la salida de las tinieblas producidas por ella misma y liberarse de sus garras. Cristo tuvo que abrir ese camino nuevamente y mostrárselo a la humanidad. Si ésta no se hubiese enredado tan profundamente en sus pecados, es decir, si la humanidad no hubiese caminado en el camino errado, la venida de Jesús no hubiera sido necesaria, y le habría sido evitado el camino de lucha y sufrimiento. Así es perfectamente correcto que él tuvo que venir solamente a causa de los pecados de la humanidad, para que ésta, en el camino errado, no tuviese que resbalar completamente hacia el abismo, hacia las tinieblas.

Pero eso no significa que, con ello, a cualquiera también le deban ser perdonadas, en un instante, sus culpas personales, en cuanto crea realmente en las palabras de Jesús y viva según ellas. Sin embargo, si viva según las palabras de Jesús, entonces sus pecados le serán perdonados. Sin embargo, solamente poco a poco, en un tiempo cuando el remate a través del trabajo contrario de buena voluntad se efectúe en la reciprocidad, conforme a las palabras de Jesús. No de otra manera. Diferentemente, sin embargo, será con aquellos que no viven según las palabras de Jesús, siéndoles absolutamente imposible el perdón.

Esto no significa, sin embargo, que solamente los adeptos de la iglesia cristiana puedan obtener el perdón de sus pecados.

Jesús anunció la Verdad. Por consiguiente, sus palabras deben de contener también todas las verdades de otras religiones. Él no quiso fundar una iglesia, pero sí mostrar a la humanidad el verdadero camino, el cual puede seguir igualmente a través de las verdades de otras religiones. Por eso también es que se hallan en sus palabras tantas consonancias con las religiones ya existentes en aquél tiempo. Jesús no las ha sacado de aquellas religiones, sino que, como él trajo la Verdad, debía hallarse en ella también todo aquello que en otras religiones ya existía de la Verdad.

Incluso, quién no conoce las palabras de Jesús y anhela de modo sincero a la Verdad y el ennoblecimiento ya vive muchas veces enteramente en el sentido de esas palabras y por eso marcha con seguridad también hacia una creencia pura y el perdón de sus pecados. Guárdate, pues, de concepciones unilaterales. Eso es desvaluación de la obra del Redentor, rebajamiento del espíritu divino.

Quién se esfuerce seriamente por la Verdad, por la pureza, a ése tampoco le falta el amor. Será conducido espiritualmente hacia arriba, de escalón en escalón, aunque a veces a través de duras luchas y dudas y, sea cual sea la religión a la que pertenezca, ya sea aquí o también solamente en el mundo de materia fina, encontrará al espíritu de Cristo, el cual entonces le llevará por fin hasta el Padre, con lo que también se cumple la sentencia: “Nadie viene al Padre, sino por mí”.

Ese “por fin”, sin embargo, no comienza en las últimas horas terrenas, sino a partir de un cierto grado en el desarrollo del ser humano espiritual, para el cual el pasar del mundo de materia gruesa al de materia fina significa solamente una mudanza.

Ahora, cuanto al acontecimiento propiamente dicho de la gran obra de redención: la humanidad andaba al acaso en la oscuridad espiritual. Ella misma la creó, al someterse cada vez más y más solamente al intelecto que había cultivado arduamente. Con ello limitaron cada vez más los bordes de su capacidad de comprensión, hasta que quedaron incondicionalmente atados a espacio y tiempo, tal como el cerebro, sin posibilidades de alcanzar más el camino hacia el infinito y el eterno. Así quedaron enteramente atados a la Tierra, restrictos a espacio y tiempo. Quedó cortada con ello toda ligazón con la Luz, con lo que es puro, espiritual. La voluntad de los seres humanos sólo lograba dirigirse hacia lo que era terrenal, a excepción de unos pocos que, como profetas, no poseían el poder para imponerse y abrir el libre camino hacia la Luz.

Debido a ese estado, todas las puertas quedaron abiertas para el mal. Tinieblas espirituales emanaban burbujeando, derramándose de manera funesta sobre la Tierra. Eso sólo podría resultar en un fin: la muerte espiritual. Lo más terrible que puede alcanzar el ser humano.

¡La culpa de toda esa miseria, sin embargo, pertenecía a los seres humanos! La provocaron, considerando que deliberadamente eligieron seguir en esa dirección. La desearon y la cultivaron, quedándose orgullosos de tal adquisición, en su ceguera desmedida, sin reconocer lo terrible que serían las consecuencias, debido a la restricción de la comprensión a la cual ellos mismos duramente se impusieron. Ningún camino podía ser abierto a partir de esa humanidad hacia la Luz. El estrechamiento voluntario ya era demasiado grande.

Además, si todavía hubiese se tornado posible una salvación, entonces debía venir el auxilio de la Luz. De lo contrario, no podría ser impedida la zozobra de la humanidad hacia el interior de las tinieblas.

Las propias tinieblas, debido a su impureza, tienen una mayor densidad que resulta en peso espiritual. Debido a ese peso, ellas consiguen elevarse por sí mismas solamente hasta un determinado límite de peso, siempre que no les llegue del otro lado una fuerza de atracción en su auxilio. La Luz, sin embargo, posee una ligereza que corresponde a su pureza, por lo que la imposibilita de bajar hacia esas tinieblas.

¡Existe, sin embargo, entre esas dos partes un abismo intraspasable, en el cual se encuentra la criatura humana con su Tierra!

Está, pues, en manos de los seres humanos, según la especie de su voluntad y de sus deseos, ir hacia el encuentro de la Luz o de las tinieblas, abrir los portones y allanar los caminos para que la Luz o las tinieblas se derramen sobre la Tierra. Ellos mismos constituyen en eso los mediadores, a través de cuya fuerza de voluntad la Luz o las tinieblas encuentran firme apoyo, pudiendo a partir de ahí actuar con mayor o menor fuerza. Cuanto más, de esa manera, la Luz o las tinieblas ganen poder sobre la Tierra, tanto más cubren a la humanidad con aquello que pueden aportar, con cosas buenas o malas, salvación o infortunio, felicidad o desgracia, paz paradisíaca o suplicios infernales.

La voluntad pura de los seres humanos se había vuelto demasiado débil para que, en medio de las pesadas tinieblas que dominaban y a todo sofocaban con soberbia, pudiese ofrecer a la Luz un punto de apoyo en la Tierra, en el cual se pudiese agarrar, uniéndose de tal modo que, en pureza cristalina y consecuente fuerza plena, lograse destruir a las tinieblas, liberando a la humanidad, la cual entonces podría proveerse de fuerzas en la fuente así abierta y encontrar el camino ascendente hacia las alturas luminosas.

A la propia Luz no era posible bajar tanto hasta la mugre, sin que para ello fuese ofrecido un fuerte apoyo. Por eso era necesario que viniese un mediador. Solamente un emisario de los paramos luminosos, a través de la encarnación, podría tumbar la muralla de las tinieblas levantada por la voluntad de los seres humanos, y luego formar entre todos los males aquella base de materia gruesa hacia la Luz divina, que se halla sólida entre las pesadas tinieblas. Partiendo de ese anclaje, podrían entonces las irradiaciones puras de la Luz separar y diseminar a las masas oscuras, con el fin de que la humanidad no sucumbiese totalmente en las tinieblas, ahogándose.

¡De esa manera, Jesús vino a causa de la humanidad y de sus pecados!

La nueva ligazón, así creada con la Luz no podía, debido a la pureza y fuerza del emisario de la Luz, ser cortada por las tinieblas. Con eso estaba así abierto para los seres humanos un nuevo camino hacia las alturas espirituales. A partir de Jesús, ese punto de apoyo terreno surgido de la Luz por medio de la encarnación, salían entonces las irradiaciones hacia las tinieblas ante la Palabra Viva, que traía la Verdad. Él podía transmitir esa Verdad inalterada, porque su ligazón con la Luz, debido a la fuerza de la misma, era pura y no podía ser turbada por las tinieblas.

Los seres humanos fueron entonces estremecidos de su estado de somnolencia a través los milagros que simultáneamente ocurrían. Al seguirlos, encontraban la Palabra. Oyendo la Verdad traída por Jesús y en ella reflexionando, empezó a nacer en cientos de miles de personas, gradualmente, el deseo de seguir hacia el encuentro de esa Verdad y de saber más sobre ella. Entonces, lentamente se esforzaban hacia la dirección de la Luz. A causa de tal deseo las tinieblas que los envolvían fueron flojeando, irradiaciones y más irradiaciones de la Luz penetraban victoriosamente, mientras los seres humanos reflexionaban sobre las palabras y las tomaban como ciertas. En su rededor el ambiente se fue aclarando cada vez más, las tinieblas no hallaban más ningún apoyo firme y, finalmente, cayeron deslizándose, con lo que perdían cada vez más terreno. Así la Palabra de la Verdad actuaba en las tinieblas como un grano de mostaza en germinación y como la levadura en la masa del pan.

Y ésa fue la obra de redención de Jesús, Hijo de Dios, del portador de la Luz y de la Verdad.

Las tinieblas, que suponían ya tener el dominio sobre toda la humanidad, se contorcían, levantándose en una lucha salvaje, a fin de tornar irrealizable la obra de redención. Al mismo Jesús no podían aproximarse, pues resbalaban en su intuición pura. Era natural entonces que se valiesen de las herramientas solicitas de las que disponían para el combate.

Ésas eran las criaturas humanas que acertadamente se denominaban “seres humanos de intelecto”, es decir, que se sometían al intelecto y, al igual que este, estaban consecuentemente firmemente atadas a espacio y tiempo, por lo tanto imposibilitadas de discernir los conceptos espirituales más elevados, ubicados muy por encima de espacio y tiempo. Por lo tanto les era también imposible seguir la doctrina de la Verdad. Todas ellas se hallaban, según sus propias convicciones, en un suelo demasiado “real”, igual que a tantas también todavía hoy en día. Terreno real, sin embargo, significa en verdad un suelo demasiado restricto. Y todos esos seres humanos constituían precisamente la mayor parte de aquellos que representaban la autoridad, es decir, que tenían en manos el poder gubernamental y religioso.

Así las tinieblas, en su defensa furiosa, fustigaban a estos seres humanos hasta las graves transgresiones contra Jesús, sirviéndose del poder terreno que poseían.

Las tinieblas esperaban con eso hacer que Jesús vacilase y, al mismo tiempo en el último momento, poder destruir la obra de redención. Que pudiesen ejercer ese poder sobre la Tierra hasta tal punto fue exclusivamente culpa de la humanidad, que por su deliberada sintonización errada ha estrechado su facultad de comprensión, permitiendo así la supremacía a las tinieblas.

Esta culpa, por si sola, fue el pecado de la humanidad, que dio continuidad a todos los otros males.

¡Y a causa de esa culpa de la humanidad Jesús tuvo que sufrir! Las tinieblas fustigaban aún más, hasta el extremo: Jesús pasaría por la muerte en la cruz, si persistiese en sus aseveraciones de ser el portador de la Verdad y de la Luz. Se trataba de la última decisión. Una huida, una retirada total de todo podía salvarle de la muerte en la cruz. Pero eso hubiera significado una victoria de las tinieblas en el último momento, porque así toda la actuación de Jesús se habría hundido de a poco en la arena, siendo posible, así, que las tinieblas se hiciesen nuevamente cargo de todo victoriosamente. Jesús no habría cumplido su misión, la iniciada obra de redención habría quedado inacabada.

La lucha interior en el Getsemaní fue dura, pero breve. Jesús no temía la muerte terrenal, sino que permaneció firme dirigiéndose tranquilamente hacia el desenlace terrenal, a favor de la Verdad por él traída. A través de su sangre en la cruz, dejó sellado todo cuanto dijo y vivió.

Con ese acto él venció totalmente a las tinieblas, las cuales con eso habían jugado su última carta. Jesús venció. Por amor al Padre, a la Verdad, por amor a la humanidad, para la cual con eso quedó abierto el camino hacia la libertad hacia la Luz, pues con esa victoria fue fortalecida con la verdad de sus palabras.

Una retirada a través de la huida y la consecuente renuncia a su obra habría traído dudas a la humanidad.

¡Jesús murió, por lo tanto, debido a los pecados de la humanidad! Si no hubiesen sido los pecados de la humanidad, el alejamiento de Dios causado por la restricción del intelecto, sería posible haber sido evitada la venida de Jesús y, de esa forma, también su camino de sufrimiento y su muerte en la cruz. Es enteramente correcto, por lo tanto, cuando se dice: ¡fue a causa de nuestros pecados por lo que Jesús vino, padeció y sufrió la muerte en la cruz!

¡Eso, sin embargo, no significa que tú mismo no tengas que redimir tus pecados!

Sólo que ahora puedes hacerlo fácilmente, porque Jesús te ha mostrado el camino a través de la transmisión de la Verdad en sus palabras. Igualmente, la muerte de Jesús en la cruz no puede simplemente borrar tus propios pecados. Si así fuese, entonces antes habría que desmoronar todas las leyes universales. Esto no ocurre. El mismo Jesús hace referencia muchas veces a todo lo “que está escrito”, es decir, al antiguo. El nuevo evangelio del amor tampoco tiene la intención de destruir o de anular al antiguo de la justicia, pero sí completarlo. Quiere que con él sea conectado.

¡No olvidéis, pues, de la justicia del gran Creador de todas las cosas, la cual no permite desplazarse ni siquiera a causa de un hilo de cabello y que permanece inmóvil desde el principio del mundo hasta su fin! Ella no podría permitir que alguien echara sobre sí la culpa de otro para redimirla.

A causa de la culpa de otros, es decir, debido a la culpa de otros, Jesús pudo venir, sufrir y morir, presentándose como luchador a favor de la Verdad, mas él mismo permaneció puro e inalcanzado por esa culpa, razón por la cual no podría cargarla sobre sí personalmente.

La obra de redención no es por eso menor, sino que un sacrificio como no puede haber mayor. ¡Por ti bajó Jesús desde las alturas luminosas hasta el lodo, ha luchado por ti, sufrió y murió por ti, para traerte la Luz en el camino correcto hacia lo alto, a fin de que no te perdieses ni te hundieses en las tinieblas!

Así se presenta ante ti tu Redentor. Esa fue su enorme obra de amor.

La justicia de Dios ha quedado seria y severa en las leyes del mundo; pues lo que el ser humano siembre, lo cosechará, dice también el mismo Jesús en su mensaje. ¡Ni un centavo le puede ser perdonado, según la justicia divina!

Acuérdate de ello cuando estés delante del símbolo de la sagrada severidad. Agradece de todo corazón que el Redentor, con su Palabra, abrió para ti nuevamente el camino para el perdón de tus pecados, y deja estos lugares con el firme propósito de seguir el camino que te ha sido mostrado, para que te pueda sobrevenir el perdón. Seguir el camino, sin embargo, no quiere decir solamente aprender la Palabra y creer en ella, ¡sino vivir esa Palabra! Creer en ella, considerarla correcta y no obrar en todo de acuerdo con la misma, de nada te serviría. Al contrario, estarás en peor situación de que aquellos que nada saben de la Palabra.

Por eso, ¡despierta, el tiempo terreno es precioso para ti!


15. El misterio del nacimiento

Cuando los seres humanos dicen que existe una gran injusticia en la manera por la cual se presenta la distribución de los nacimientos, ¡entonces no saben lo qué con eso hacen!

Con gran insistencia afirma uno: “Si existe una justicia, ¡cómo puede nacer un niño ya con el peso de una enfermedad hereditaria! El niño inocente tiene que cargar consigo los pecados de los padres.”

U otro: “Un niño nace en la riqueza, otro en amarga pobreza y miseria. Con eso no se puede surgir cualquier creencia en la justicia.”

O aún así: “Suponiéndose que los padres son los que deban ser castigados, no es cierto que ello se cumpla mediante la enfermedad y la muerte de un niño. El niño, de ese modo, tendría que sufrir inocentemente.”

Millares de estas y otras observaciones se multiplican entre la humanidad. Hasta los buscadores sinceros a veces se rompen la cabeza con ello.

Con la simple declaración de que “éstos son los inescrutables caminos de Dios, que todo conducen hacia lo mejor” no se quita del mundo el anhelo del saber el “por qué”. Quién con eso se satisfaga tendrá que concordar apáticamente, o reprimir inmediatamente como injusto cualquier pensamiento indagador.

¡Pero eso no es lo deseado! Es preguntando que uno encuentra el camino correcto. La apatía o vehemente represión sólo traen a la memoria la esclavitud. ¡Pero Dios no quiere esclavos! No quiere obediencia apática, sino un mirar libre y consciente hacia las alturas. ¡Sus maravillosas y sabias disposiciones no necesitan estar envueltas por la oscuridad mística, sino al contrario, ganan en su sublime e inalcanzable magnitud y perfección, cuando están expuestas abiertamente ante nosotros! De forma inmutable e incorruptible, en una seguridad y serenidad uniforme, ejecutan continuamente su eterno actuar. No se preocupan por el rencor ni por el reconocimiento de los seres humanos, ni tampoco por su ignorancia, sino que restituyen a cada uno, incluso en los más ínfimos matices, en frutos maduros, de lo que ellos hayan sembrado.

“Los molinos de Dios muelen despacio, pero seguros”, dice la voz del pueblo tan acertada con respecto a ese tejer de incondicional reciprocidad que se haya en toda la Creación, cuyas leyes inmutables traen en si la justicia de Dios, ejecutándola. Emana, fluye y discurre, y se vierte sobre todos los seres humanos, quieran o no, quienes, sometiéndose o sublevándose, habrán de recibirla como castigo justo y como perdón, o como recompensa en la elevación.

Si uno de los que protestan o un escéptico pudiese solamente arrojar una única mirada hacia el flotante y tejedor movimiento en la materia fina, sobrepasado y soportado por el riguroso espiritual, que traspasa y envuelve toda la Creación, y en el cual ésta se halla, siendo incluso una parte de él, vivo como un telar de Dios en eterno funcionamiento, pronto silenciaría lleno de vergüenza y reconocería, asustado, la arrogancia contenida en sus palabras. La serena sublimidad y seguridad que observa, le obligarían a postrarse, pidiendo perdón. ¡Cuán mezquino, pues, se había imaginado a su Dios! Y, aún así, que increíble grandeza encuentra en Sus obras. Reconocerá entonces que, con sus más elevadas conceptuaciones terrenas, sólo podría haber tratado de disminuir a Dios y restringir la perfección de la gran obra con el vano esfuerzo de querer contenerla en el limitado ámbito, que el cultivo del intelecto ha creado, el cual jamás podrá elevarse por encima de espacio y tiempo. El ser humano no debe olvidarse de que él se encuentra en la obra de Dios, que él mismo es una parte de la obra y que, por consiguiente, está incondicionalmente también sujeto a las leyes de esa obra.

Sin embargo, esta obra no alcanza solamente las cosas visibles a los ojos terrenos, pero también el mundo de materia fina que contiene en sí la mayor parte de la verdadera existencia y actividad humana. Las respectivas vidas terrenas son solamente pequeñas partes de eso, pero siempre importantes puntos de transición.

El nacimiento terreno constituye siempre solamente el principio de una etapa importante en toda la existencia de una criatura humana, pero no su comienzo propiamente dicho.

Cuando empieza su peregrinación por la Creación, el ser humano como tal se halla libre, sin hilos del destino, éstos parten hacia el mundo de materia fina, convirtiéndose cada vez más fuertes en el camino debido a la fuerza de atracción de la igual especie, cruzándose con otros, entretejiéndose y actuando retroactivamente sobre el autor, con quien hayan permanecido conectados, conduciendo consigo el destino o karma. Los efectos de los hilos que regresan simultáneamente se mezclan entre si por lo que los colores, originalmente definidos de un modo nítido, reciben otras tonalidades, produciendo nuevos cuadros combinados. *(Disertación Nro. 6: Destino) Los hilos individuales constituyen el camino de los efectos de retorno hasta que el autor no ofrezca ningún punto de apoyo más en su íntimo para los elementos de la igual especie, por lo tanto, cuando por su parte no cuida más de este camino, ni lo conserve, por lo que esos hilos ya no pueden atarse más o engancharse, secándose y cayendo, tanto para el bien como para el mal.

Cada hilo del destino es, por lo tanto, formado en la materia fina por el acto de voluntad en la decisión para una acción, emigra, pero permanece, pese a eso, anclado en el autor y constituye así el camino seguro para especies iguales, tornándolas más fuertes, pero también, simultáneamente recibiendo fuerza de éstas, la cual regresa al punto inicial por ese camino. A partir de ese proceso se produce la ayuda que llega a los que se esfuerzan por el bien, tal y como fue prometido, o sin embargo, la circunstancia por la que “el mal continua generando el mal”. *(Disertación Nro. 30: El ser humano y su libre arbitrio)

Los efectos recíprocos de esos hilos en curso, a los cuales, diariamente, el ser humano se ata a otros nuevos, llevan así, a cada ser humano su destino, creado por él mismo y bajo el cual está sujeto. Toda arbitrariedad queda ahí excluida, por lo tanto, también toda injusticia. El karma que una persona lleva consigo y que se parece a una predestinación unilateral es de hecho solamente la consecuencia indiscutible de su pasado, siempre que ésta no haya sido redimida a través de la reciprocidad.

El verdadero inicio de la existencia de una persona es siempre bueno, y para muchas también el fin, a excepción de aquellas que se pierden por si solas, por haber, voluntariamente, a través de sus resoluciones, tendido la mano hacia el mal, lo cual, por su parte, les hundió completamente hacia la miseria. Las vicisitudes ocurren siempre solamente en el intervalo de tiempo que va desde la época de formación hasta la madurez interior.

El propio humano, por lo tanto, siempre es quien produce su vida futura. Él suministra los hilos y así determina el color y la forma del ropaje que el telar de Dios le teje a través de la ley de la reciprocidad.

Frecuentemente, yacen muy lejos las causas que actúan de modo determinante para las circunstancias en las que un alma nacerá, así como la época bajo cuyas influencias el niño vendrá al mundo terreno, para que éste entonces influya continuadamente durante su peregrinación en la Tierra, y logre lo que es necesario para la remisión, el pulimento, la eliminación del karma y el desarrollo justamente de ese alma.

Tampoco eso, sin embargo, se cumple unilateralmente solamente para el niño, sino que los hilos se tejen naturalmente, de forma que establecen también un efecto recíproco en lo terrenal. Los padres proporcionan al hijo precisamente lo que éste necesita para su desarrollo continuo y, de modo inverso, el hijo en relación a los padres, sea algo bueno o malo; pues al desarrollo continuo y a la elevación pertenece también, naturalmente, la liberación del mal al agotarlo, con lo que es reconocido como tal y rechazado. Y la oportunidad para ello siempre lleva la reciprocidad. Sin ésta, no podría jamás, realmente, el ser humano liberarse de su pasado. Por lo tanto, se halla en las leyes de la reciprocidad, como una gran dádiva de gracia, el camino hacia la libertad o la ascensión. Por consiguiente, no se puede hablar, de ninguna manera, de castigo. Castigo es una expresión errada, ya que precisamente en ello reside el gran amor, la mano que el Creador extiende para el perdón y la liberación.

La venida terrena del ser humano se compone de generación, encarnación y nacimiento. La encarnación es el ingreso, propiamente dicho, de la criatura humana en la existencia terrena. *(Disertación Nro. 7: La creación del ser humano)

Por lo tanto, millares son los hilos que contribuyen en la determinación de una encarnación. Hay siempre, sin embargo, también en esos fenómenos de la Creación una justicia sintonizada hasta en los más mínimos detalles, la cual se efectúa e impulsa hacia el beneficio de todos los ahí involucrados.

Así, el nacimiento de un niño se torna algo mucho más sagrado, más importante y más valioso de lo que, en general, es supuesto. Ocurre, pues, de esa forma, simultáneamente al niño, a los padres, y también a los posibles hermanos y otras personas que tendrán contacto con el niño, con su ingreso en el mundo terreno, una nueva y especial gracia del Creador, con lo que todos reciben la oportunidad de avanzar de alguna manera. A los padres les puede ser dada, por el cuidado necesario en el tratamiento de una enfermedad, o por grave preocupación o sufrimiento, la oportunidad para el lucro espiritual, sea como remedio, como simple medio para un fin o también como verdadera redención de una culpa antigua, tal vez, incluso como expiación anticipada de un karma amenazador. Pues ocurre muchas veces que, con la ya iniciada buena voluntad, la propia enfermedad grave de una persona, que debía alcanzarla según la ley de la reciprocidad como karma, sea anticipadamente redimida por la gracia, en consecuencia de su buena voluntad al dispensar, por libre resolución, cuidados abnegados a otro o a su propio hijo. Una verdadera redención sólo puede suceder mediante la intuición, a través del vivenciar pleno. En la ejecución de un cuidadoso tratamiento con verdadero amor, el vivenciar, frecuentemente, es todavía más grande que la propia enfermedad. Es más profundo en la ansiedad, en el dolor durante la enfermedad de un hijo o de alguien a quien realmente se le considera como un prójimo querido. Igual de profunda es también la alegría ante su recuperación. Y ese fuerte vivenciar por si sólo imprime sus marcas indelebles en la intuición, en el ser humano espiritual, cambiándolo con eso y cortando con esa transformación los hilos del destino que de otra forma aún le habrían alcanzado. Debido a ese corte o abandono, los hilos regresan como gomas estiradas hacia el lado opuesto, a las centrales de materia fina de igual especie, por cuya fuerza de atracción son entonces atraídos de modo unilateral. Así queda excluido cada efecto subsecuente sobre el ser humano transformado, por la falta de camino de conexión para ello.

Por lo tanto, existen millares de maneras de rescates bajo esa forma, cuando una persona voluntariamente y de buen agrado toma hacia si algún deber ante otra por amor o por misericordia, que es similar al amor.

En cuanto a eso Jesús mostró los mejores ejemplos en sus parábolas. Tanto en su Sermón de la Montaña, así como en todas las demás predicaciones, indicó muy claramente los buenos resultados de semejantes prácticas. Siempre hacía referencia al “prójimo”, y mostraba así, en la forma más sencilla y más clara, el mejor camino para la expiación del karma y para la ascensión. “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, exhortó, brindando con eso la clave hacia el portal de toda escalada. No es necesario que se trate siempre de una enfermedad. Los niños, su necesario trato y educación, ofrecen de la forma más natural tantas oportunidades, que contienen en si todo lo que se puede considerar como expiatorio. ¡Por eso mismo los niños traen bendiciones, sin importar como nacieron y se desarrollaron!

Lo que vale para los padres, es válido también para los hermanos y para todos los que se relacionan con niños. También ellos tienen la oportunidad de lucrar con el nuevo habitante de la Tierra, cuando se esfuerzan, sea también solamente para liberarse de malos hábitos o de algo similar, con la tolerancia, de los cuidadosos auxilios de la más variada especie.

Para el niño mismo, el auxilio no es menor. ¡Cada cual, a través del nacimiento, es colocado ante la posibilidad de escalar una inmensa parte del camino! Donde eso no suceda, la propia persona es la culpable. Significando que no lo quiso hacer de ese modo. Se debe, por consiguiente, considerar a cada nacimiento como un bondadoso regalo de Dios que es distribuido proporcionalmente. Tampoco para aquél que no tiene hijos y adopta un niño de otro la bendición queda reducida, sino al contrario, es todavía más grande por el acto de adopción, siempre que ésta suceda a causa del niño y no por satisfacción personal.

En una encarnación ordinaria, por lo tanto, la fuerza de atracción de la igual especie espiritual juega un papel predominante en cooperación con los efectos recíprocos. Características que son consideradas como hereditarias, en realidad, no son transmitidas por herencia, sino que deben ser atribuidas simplemente a esa fuerza de atracción. Nada se halla ahí de heredado espiritualmente de la madre o del padre, pues el niño también es una persona individual, al igual que ellos, llevando en si solamente especies iguales, por las cuales se sintió atraído.

Sin embargo, no es solamente esa fuerza de atracción de la igual especie la que actúa de modo determinante en la encarnación, sino que también cooperan otros hilos del destino en su curso, a los cuales el alma a ser encarnada se halla conectado y que tal vez estén de alguna forma atados a un miembro de la familia al cual es conducida. Todo ello colabora conjuntamente, se atrae mutuamente y, por último, conduce a la encarnación.

Pero es distinto cuando un alma acepta voluntariamente una misión *(Envío, incumbencia) para ayudar a determinados seres humanos terrenos o para colaborar en una obra de ayuda para toda la humanidad. En estos casos el alma acepta ya desde pronto y voluntariamente sobre sí lo que se va a encontrar en la Tierra, con lo que tampoco se puede hablar aquí de injusticia alguna. Por lo que la recompensa tiene que sobrevenirle como resultado del efecto de la reciprocidad, siempre que todo suceda por amor incondicional, que por su parte no pregunta por recompensa. En las familias en las cuales hay enfermedades hereditarias, se encarnan las almas que necesitan tales enfermedades, para conseguir a través de la reciprocidad, la liberación, la purificación o el progreso.

Los hilos conductores y sostenedores no permiten en absoluto que ocurra una encarnación equivocada, es decir, injusta. Excluyen con eso todo error. Sería intentar nadar contra una corriente que sigue su curso bajo unas reglas con fuerza férrea e imperturbable, excluyendo de antemano cualquier resistencia, de manera que ni siquiera sea factible intentarlo. Sin embargo, bajo la rigurosa observancia de sus propiedades, no ofrece nada más que bendiciones.

Y todo es tomado en cuenta, incluso en los casos de encarnaciones voluntarias, cuando las enfermedades son asumidas espontáneamente para alcanzar una cierta finalidad. Si, por un casual, el padre o la madre han atraído la enfermedad sobre sí mismos, a causa de una culpa, aunque producida solamente por la inobservancia de las leyes naturales que exigen una atención incondicional para la preservación de la salud del cuerpo a ellos confiado, entonces el dolor de reproducir nuevamente esa enfermedad en el hijo ya lleva en si una expiación que conducirá a la purificación, siempre y cuando ese dolor sea verdaderamente intuido.

Mencionar ejemplos específicos de poco serviría, ya que cada nacimiento individual brindaría un nuevo cuadro, debido a los hilos del destino múltiplemente entrelazados, divergiendo de los demás, y aún cada especie igual tendría que presentarse en millares de variaciones, debido a los delicados matices de las reciprocidades de sus mezclas.

Pero pongamos solamente un ejemplo sencillo: una madre ama tanto a su hijo, que le impide por todos los medios que él la deje para casarse. Manteniéndole atado a ella por un tiempo indeterminado. Ese amor es errado, puramente egoísta, egocéntrico, aun cuando la madre, según su propia opinión, ofrezca todo para tornar la vida terrena del hijo lo más agradable posible. Debido a ese amor egoísta, se ha interpuesto injustamente en la vida del hijo. El verdadero amor jamás piensa en sí mismo, sino que siempre quiere el bien de la persona amada y actúa en ese sentido, aunque esté vinculado con un renunciamiento personal. La hora en la que la madre sea llamada para partir al más allá llegará. El hijo está sólo ahora. Para él se ha tornado demasiado tarde, para que todavía logre dar el impulso alegre para la realización de sus propios deseos, el impulso brindado por la juventud. A pesar de todo, él todavía ha lucrado algo con eso; porque con la renuncia circunstancial, algo redime. Puede tratarse de una especie igual que se originó en su vida anterior, con lo que simultáneamente se desvió del aislamiento interior por un matrimonio lo cual, con el matrimonio, tendría que sobrevenirle de algun modo, o de cualquier otra cosa. En dichas circunstancias, sólo existe beneficio para él. La madre, sin embargo, ha llevado consigo su amor egoísta. La fuerza de atracción de la especie igual espiritual la arrastra irresistiblemente hacia las personas con propiedades idénticas, porque en sus cercanías está la posibilidad de poder intuir conjuntamente una pequeña parte de su propia pasión en la vida intuitiva de tales personas, cuando ejerzan su amor egoísta sobre otro. De esa forma, permanece ligada a la Tierra. Sin embargo, cuando ocurra una procreación en una de las personas con quien esté constantemente próxima, ella misma se encarnará debido a la ligazón de ese entrelazamiento espiritual existente. Cambiándose así los papeles. Ahora, como niño, bajo idéntica característica paterna o materna, sufrirá lo mismo que antaño impuso a su hijo. No podrá liberarse de la casa paterna, a pesar de sus deseos y de las oportunidades que se ofrecen. Así su culpa quedará redimida, cuando ella, a través de sus propias vivencias, reconozca tales maneras de proceder como injustas siendo así liberada de ello.

Por la ligazón con el cuerpo de materia gruesa, es decir, con la encarnación, una venda es puesta en cada persona, que les impide ver su existencia anterior. También eso, como todo acontecimiento en la Creación, sólo sirve como una ventaja de la respectiva persona. En ello, una vez más, se halla la sabiduría y el amor del Creador. Si cada uno recordase exactamente su existencia anterior, permanecería en su nueva vida terrena solamente como un pasivo observador, quedándose al margen, en la convicción de conquistar con eso un avance o de redimir algo, en lo que igualmente sólo reside progreso. Precisamente debido a eso, sin embargo, no habría para él avanzo alguno, sino, al contrario, correría un gran peligro de resbalar hacia bajo. La existencia terrena debe ser vivenciada realmente, si es que tiene una finalidad. Solamente lo que es vivenciado en el intimo en todos sus altos y bajos, por lo tanto, intuido, se torna algo propio. Si una persona siempre supiese con anticipación claramente la dirección exacta que le sería útil, no existiría para ella reflexión ni decisión alguna. De esa forma, tampoco podría recibir fuerza alguna ni autonomía alguna, lo que es absolutamente indispensables para ella. De esa forma, sin embargo, toma cada situación de su vida terrena de forma más real. Todo lo que es realmente vivenciado graba firmemente impresiones en la intuición, en el eterno, que el ser humano en su metamorfosis lleva consigo hacia el más Allá como algo suyo, como parte de él mismo, moldeándolo de forma nueva de acuerdo con sus impresiones. Pero también solamente aquello que es realmente vivenciado, todo lo demás desaparece con la muerte terrena. ¡Lo vivenciado, sin embargo, permanece su lucro como contenido principal purificado de la existencia terrena! No todo lo que fue aprendido es parte de lo vivenciado. De lo que fue aprendido, sin embargo, restará solamente aquello lo que el ser humano absorbió para sí mismo a través de la vivencia. Toda la acumulación restante de cosas inútiles de lo que ha sido aprendido, a que tantas personas sacrifican la existencia terrena entera, se quedará atrás como paja. Por eso, cada instante de la vida jamás puede ser tomado de modo suficientemente serio, a fin de que a través de los pensamientos, palabras y acciones fluya el fuerte calor vital, evitando así decaer en hábitos vacíos.

El niño recién nacido por eso parece, debido a la venda que le es impuesta ante los ojos en el acto de la encarnación, totalmente ignorante, por eso también es tomado equivocadamente como inocente. No es raro que lleve consigo un gran karma, que le dé la oportunidad de redimir caminos errados anteriores, con el agotamiento vivencial. El karma es, en la predestinación, solamente la consecuencia necesaria de hechos pasados. En las misiones, es una aceptación voluntaria, con la finalidad de alcanzar con ello la comprensión y la madurez terrena para el cumplimiento de la misión, a no ser que sea parte de la misma.

¡Por esa razón, el ser humano no debería lamentarse más de la injusticia en los nacimientos, sino que debería alzar su mirada con gratitud hacia el Creador, el cual con cada nacimiento individual, solamente ofrece nuevas bendiciones!


16. ¿Es aconsejable el aprendizaje del ocultismo?

A esta pregunta ha de responderse con un rotundo “no”. El aprendizaje del ocultismo, que en general engloba ejercicios destinados a la adquisición de la clarividencia, clariaudición, etc., es un obstáculo para el libre desarrollo interior y para la verdadera escalada espiritual. Los que de ese modo puedan ser formados son los que en tiempos pasados eran comprendidos como los llamados magos, *(Hechiceros) siempre y cuando el aprendizaje haya resultado más o menos favorable.

Es un tanteo unilateral, de abajo hacia arriba, sin poder nunca ser sobrepasada la denominada área terrenal. Siempre se tratará, en todos esos eventos alcanzables, solamente de cosas de especie inferior y muy inferior, que no son capaces de elevar interiormente a los seres humanos, pero sí de inducirles a errores.

El ser humano logra con ello solamente penetrar en el ámbito de materia fina que le esté más cercano, cuyas inteligencias muchas veces son incluso más ignorantes de que las de los propios seres humanos terrenos. Lo único que con eso logra alcanzar es abrirse a peligros por él desconocidos, de los cuales permanece protegido exactamente por el hecho de no abrirse.

Quién, por medio del aprendizaje se haya tornado clarividente o clariaudiente verá o escuchará, en ese ámbito inferior, muchas veces también cosas que tienen apariencia de ser algo elevado y puro, y que, sin embargo, están muy lejos de serlo. A ello contribuye también la propia fantasía, sobreexcitada por los ejercicios, la cual crea un ambiente dónde el aprendiz, de ese modo, ve y oye efectivamente, dando lugar a la confusión. Tal persona, no estando firme en sus pies, debido al aprendizaje artificial, más no puede diferenciar ni, a pesar de su mejor voluntad, puede trazar un límite claro entre la verdad y la ilusión, como tampoco puede diferenciar la multiforme fuerza formadora en la vida de la materia fina. Por último, se agrega también las influencias inferiores, absolutamente nocivas para él, a las cuales él mismo, voluntariamente y con mucho esfuerzo, se ha abierto camino, siendo incapaz de oponerles una fuerza superior, convirtiéndose rápidamente en una nave sin timón sobre un mar desconocido, constituyendo un peligro para todo lo que se cruce con él.

Es idéntico a una persona que no sabe nadar. Cuando se encuentra protegida en una barca, puede perfectamente atravesar con toda la seguridad el elemento que no le es familiar. Eso es comparable a la vida terrena. Si, sin embargo, durante el trayecto, arranca una plancha de la barca protectora, romperá una brecha en el abrigo, por donde entrará el agua, privándole de su protección y arrastrándole al fondo. Por no saber nadar, tal persona será solamente una víctima del elemento desconocido para él.

Tal es el proceso del aprendizaje del ocultismo. ¡Así la persona sólo arranca una plancha de su embarcación protectora, pero no aprende a nadar!

Sin embargo, existen también nadadores que a sí se denominan maestros. Los nadadores en ese sector son aquellos que ya llevan consigo un don preparado, y lo complementan mediante determinados ejercicios, a fin de ponerlo en evidencia, buscando también ampliarlo cada vez más. En tales casos, por lo tanto, una predisposición más o menos evolucionada será conectada a un aprendizaje artificial. Pero hasta al nadador mejor preparado siempre tiene impuestos límites muy estrechos. Si osa alejarse demasiado, sus fuerzas se tornan débiles, y terminará por perderse de la misma forma que uno que no sabe nadar, si... si no recibe socorro al igual que el que no sabe.

Este socorro, sin embargo, en el mundo de materia fina, sólo puede venir de las alturas luminosas, de lo espiritual puro. Y esa ayuda, a su vez, sólo puede acercarse, si la persona que se halla en peligro ya ha alcanzado un cierto grado de pureza en su desarrollo anímico, que pueda servirle de punto de apoyo. Y esa pureza no podrá ser conseguida mediante el aprendizaje del ocultismo con el propósito de experiencias, sino que sólo puede venir a través de la elevación de la legítima moral interior, en el constante mirar hacia la pureza de la Luz.

Si una persona sigue ese camino, el cual con el tiempo le proporcionará un cierto grado de pureza interior, que naturalmente también se reflejará en sus pensamientos, palabras y obras, obtendrá entonces, poco a poco, ligazón con las alturas más puras y desde allí, recibirá recíprocamente, una fuerza intensificada. Así, tendrá una ligazón a través de todos los escalones intermediarios, que la sostiene y en la cual puede apoyarse. No tardará mucho y le será dado sin esfuerzo personal, todo lo que los nadadores inútilmente se esforzaban en obtener. Pero con un cuidado y precaución que yacen en las rígidas leyes de la reciprocidad, de forma que siempre recibirá sólo la misma proporción de aquello cuanto puede dar de fuerza equivalente, por lo menos en la misma intensidad, con lo que de antemano queda eliminado cualquier peligro. Por último, la barrera separadora, que puede compararse con las planchas de una barca, se irá haciendo más y más delgada, hasta desaparecer por completo. Este es entonces también el momento en el que tal persona, cual el pez en el agua, se sentirá como en su propia casa en el mundo de materia fina hasta las alturas luminosas. Ese es el único camino correcto. Cualquier entrenamiento prematuro mediante el aprendizaje artificial es errado. Solamente para el pez en el agua, ésta se presenta realmente sin peligros, por tratarse de “su elemento” y para el cual lleva en sí todo el equipaje que ni siquiera un nadador experimentado jamás logrará alcanzar.

Si una persona prefiere seguir tal aprendizaje, éste se inicia a través de una previa resolución voluntaria, a cuyas consecuencias estará sometida. Por consiguiente, tampoco se puede contar con que una ayuda le deba de ser dada. Se dispone, antes, de una resolución de libre albedrío.

Aquella persona, sin embargo, que incite a otros a tales aprendizajes, exponiéndolos, por ello, a múltiples peligros, habrá de cargar con una gran parte de las consecuencias, como culpa por cada uno individualmente. Quedará encadenada a todos en la materia fina. Después de su muerte terrena tendrá que descender, irrevocablemente, hasta aquellos que la precedieron, quienes sucumbieron a los peligros, hasta aquel que haya caído más profundamente. Ella misma no conseguirá ascender, mientras no haya ayudado a cada uno de aquellos a elevarse nuevamente, mientras no haya extinguido el camino errado y, además, recuperado lo que fue perdido a su paso. Así es el equilibrio en la reciprocidad y al mismo tiempo el camino de la gracia hacia ella, a fin de corregir el mal cometido y ascender.

Además, si tal persona ha actuado no solamente a través de la palabra, sino también por la escritura, su situación será todavía peor, porque sus escritos seguirán causando daños, aún después de su propia muerte terrena. Tendrá entonces que esperar en la vida de materia fina, hasta que no llegue al más Allá ninguno más de aquellos que se dejaron desviar por los escritos, a los cuales, por ello, tendrá que ayudarles a elevarse nuevamente. Siglos podrán transcurrir hasta que eso tenga lugar.

¡Pero no quiere decirse con eso que el mundo de la materia fina deba permanecer inaccesible e inexplotable durante la vida terrena!

A los interiormente maduros eso siempre les será proporcionado en el momento oportuno, para que se sientan como en casa allí donde para los demás se ocultan peligros. Les será permitido descubrir la verdad y propagarla. Pero también tendrán una visión clara de los peligros que amenazan a aquellos que, unilateralmente, mediante el aprendizaje del ocultismo, quieren entrar en las profundidades de un terreno que les es desconocido. Tales maduros jamás inducirán a aprendizajes ocultistas.


17. Espiritismo

¡Espiritismo! ¡Mediumnidad! En vigorosa discusión son debatidos los puntos a favor y en contra. No es mi tarea hablar algo sobre los adversarios y su afán en negarlo. Eso sería una pérdida de tiempo; pues todo ser humano que raciocine lógicamente necesitará solamente leer el contenido de los denominados exámenes o investigaciones, para por si mismo reconocer que atestan completo desconocimiento y categórica inhabilidad por parte de los “examinadores”. ¿Por qué? Si quiero investigar la tierra, tengo que orientarme según la tierra y su constitución. Si, sin embargo, pretendo investigar el mar, no me queda otra alternativa más que orientarme de acuerdo a la constitución del agua y servirme de los medios de auxilio correspondientes a su constitución. Querer arremeter contra el agua con pala y azadón, o con máquinas perforadoras, sería poco provechoso para mis investigaciones. ¿A caso tendría que negar el agua, por no oponer resistencia al ingreso de la pala, al contrario de lo que sucede con la tierra, de consistencia más compacta y a mi más familiar? ¿O ya que no me es posible tampoco caminar sobre ella, como suelo caminar en tierra firme? Los adversarios dirán: Eso es distinto, pues la existencia del agua la veo y la siento; por lo tanto, ¡nadie la puede negar!

¿Cuánto tiempo hace que el hombre negaba muy enérgicamente la existencia de los millones de seres vivos multicolores contenidos en una sola gota de agua, cuya existencia hoy en día cada niño conoce? ¿Y por qué se lo negaba? ¡Solamente porque no eran vistos! Solamente después de haber sido inventado un instrumento ajustado a su constitución, fue posible reconocer, ver y observar ese nuevo mundo.

¡Lo mismo ocurre con el mundo extramaterial, el denominado más Allá! ¡Tornaos, pues, capaces de ver! Y, entonces, ¡permitíos juzgar! Depende de vosotros, y no del “otro mundo”. Lleváis en vosotros, además de vuestro cuerpo de materia gruesa, también la materia del otro mundo, mientras que los que se hallan en el más Allá ya no poseen vuestra materia gruesa. Exigís y esperáis que los del más Allá, quienes ya no disponen de la materia gruesa, se aproximen de vosotros (dando señales, etc.). Esperáis que os den prueba de su existencia, mientras que vosotros, que estáis constituidos no sólo de materia gruesa, sino también de la materia que ellos disponen, permanecéis sentados con actitudes de juez.

¡Edificad vosotros, pues, el puente que vosotros podéis extender, trabajad de una vez con la misma materia que también tenéis a vuestra disposición y así os tornaréis capaces de ver! O de lo contrario, si no lo comprendéis, callaos y continuad cebando sólo lo que es de materia gruesa, que cada vez sobrecarga más a lo que es de materia fina. En algún momento llegará el día en el que lo que es de materia fina tendrá que separarse de lo que es de materia gruesa, quedando entonces inerte, cansado, por haberse desacostumbrado totalmente a emprender el vuelo; pues también ello, al igual que todo está bajo las leyes terrenas como el cuerpo terrenal. ¡Solamente el movimiento produce fuerza! No necesitáis de médiums para poder reconocer lo que es de materia fina. Basta que observéis la vida que vuestra propia materia fina manifiesta dentro de vosotros. Proporcionadle, mediante vuestra voluntad, lo que ella necesite para fortalecerse. ¿O es que también pretendéis negar la existencia de vuestra voluntad, ya que no podéis verla ni tocarla?

Cuántas veces habréis sentido los efectos de vuestra voluntad en vosotros mismos. Podéis sentirlos bien, pero verlos o tocarlos, no. Tratándose de exaltaciones como la alegría o el sufrimiento, la cólera o la envidia. Apenas resulte efecto, tiene que poseer también una fuerza, que produzca una presión; porque sin presión no puede haber ningún efecto, ni ninguna percepción. Por lo que donde hay una presión, tiene que actuar un cuerpo, algo sólido de la misma materia, de lo contrario no puede surgir presión alguna.

Por lo tanto, debe de haber formas sólidas de una materia que no podéis ver ni tocar con vuestro cuerpo de materia gruesa. Tal es la materia del más Allá, que solamente podéis reconocer con la especie igual, también inherente a vosotros.

Extraña es la disputa en pro y en contra sobre una vida después de la muerte terrena, a veces, hasta rayando en lo ridículo. Quién sea capaz de, con un intento sereno, imparcial y neutro, reflexionar y observar, pronto concluirá que en la verdad, todo, absolutamente todo, habla a favor de la posibilidad de la existencia de un mundo de otra materia, un mundo que la actual criatura humana media no consigue percibir. Son tantos los acontecimientos que siempre y siempre de nuevo advierten a tal respecto que ya no pueden ser echados a un lado simplemente como si no existiesen. Sin embargo, en pro de un fin incondicional, después de la muerte terrena, no existe más que el deseo de muchos a quienes les gustarían sustraerse de toda responsabilidad espiritual, donde no importan ahí la inteligencia o las habilidades, sino solamente la verdadera intuición. —

Ahora bien, en lo que respecta a los adeptos del espiritismo, del espiritualismo o como quieran llamarlo, lo que a fin de cuentas viene a dar lo mismo, es decir, ¡grandes errores!

¡Los adeptos son muchas veces mucho más peligrosos y nocivos para la Verdad que los adversarios!

Son solamente unos pocos, entre millones, los que permiten que se les diga la verdad. La mayoría está enredada en una gigantesca trama de pequeños errores, que no les permite encontrar más el camino de salida, rumbo a la sencilla verdad. ¿Dónde está la falta? ¿En los del más Allá? ¡No! ¿Talvez en los médiums? ¡Tampoco! ¡Está solamente en el propio ser humano individual! Éste no es lo suficiente sincero y severo consigo mismo, no quiere derribar opiniones preconcebidas, teme destruir la imagen que él mismo se ha formado respecto al más Allá, la cual le proporcionó, durante mucho tiempo, en su fantasía, una santa inquietud y un cierto bienestar. Y ¡ay de quien ose tocarlo! ¡Cada uno de los adeptos tiene ya preparada la piedra que ha de arrojar! Se agarra firmemente en eso y está más fácilmente dispuesto a tachar a los del más Allá de mentirosos o de espíritus chistosos, o a tachar de insuficientes a los médiums, antes de empezar primeramente por un sereno examen de sí mismo, reflexionando si su concepción por algún casual no hubiera sido errada.

¿Por dónde debería yo empezar a arrancar tanta maleza? Seria un trabajo interminable. Por esa razón, que sea dirigido aquello que aquí hablo, solamente a los que realmente buscan con sinceridad; pues solamente ellos lo deben encontrar.

Pongamos un ejemplo: una persona va a consultar a un médium, ¡sea éste importante o no! Allí están con ella también otros miembros reunidos. Empieza una “sesión”. El médium “fracasa”. No pasa nada. ¿La consecuencia? Unos dirán: El médium era una nulidad. Otros: El espiritismo no vale para nada. Los expertos declararán ufanamente: Las propiedades mediúmnicas del médium, tantas veces puestas a prueba, eran un embuste; pues siempre que nosotros llegamos, el médium nada más osa. ¡Y los “espíritus” se callan! Pero los fieles y los convictos salen abatidos. La fama del médium se resiente y, si los “fracasos” se repiten, podrá llegar a reducirse a la nada. Pero si se encuentra allí un cierto gerente *(Empresario) del médium y hubiera intereses monetarios, entonces el gerente, nervioso, instigará al médium para que haga un esfuerzo, por las personas que han pagado, etc. En resumen: habrá dudas, burlas, y descontentos, por lo que el médium, en un nuevo intento, se pondrá de una forma forzada en estado de trance, pudiendo decir, tal vez inconscientemente en nerviosa auto-ilusión, algo que cree oír, o bien optará por el fraude, cosa que, por ejemplo, no le resulta muy difícil a un médium de manifiesto oral. Conclusión: habrá embuste, negación total del espiritismo; y todo ello porque tal vez en aquellas determinadas circunstancias algunos médiums usaron recursos fraudulentos, a fin de evitar hostilidades crecientes. Sobre tal caso particular, algunas preguntas:

1. ¿En qué clase social humana, sea la que sea, no existen farsantes? ¿A causa de algunos farsantes se condena también, en otros terrenos, inmediatamente la capacitación de los que trabajan honestamente?

2. ¿Por qué precisamente en ese caso y no en ningún otro?

A estas preguntas cualquier persona podrá contestarse fácilmente.

Pero ¿sobre quién recae ahora la culpa principal de este estado indigno de cosas? No sobre el médium, ¡sino en los propios seres humanos! Por sus opiniones excesivamente unilaterales y, sobre todo, por su total ignorancia, obligan al médium a eligir entre las hostilidades injustas y los fraudes.

Difícilmente los seres humanos permiten al médium optar por un camino intermedio.

Me refiero aquí únicamente a un médium digno de ser tomado en consideración, y no a los innumerables individuos con un aire de mediumnidad, que buscan poner en evidencia sus facultades mediocres. También lejos de mi está defender, de alguna forma, a los grandes séquitos de los médiums; pues muy raramente existe un valor real en tales espiritas que se reúnen alrededor de un médium, a excepción de los buscadores sinceros que se enfrentan a ese nuevo campo con el fin de aprender, pero no con la finalidad de juzgar ignorantemente. Para la gran mayoría de esos que se llaman creyentes, la asistencia a tales “sesiones” no les proporciona progreso alguno, sino una estagnación o regresión. Se tornan tan dependientes, que no son más capaces de tomar una resolución propia en nada, queriendo siempre pedir el consejo de “los que se hallan en el más Allá”. Muchas veces hasta en temas de lo más ridículos y, en general, para bagatelas terrenales.

El investigador serio o el que busque con sinceridad siempre ha de indignarse con la increíble estrechez precisamente de aquellos que durante años y años, como visitantes asiduos, se sienten mientras están con un médium “como en su propia casa”. Con aires de extraordinaria inteligencia y superioridad dicen las mayores insensateces, y se ponen así con actitud hipócrita de devoción, para sentir las agradables sensaciones que la convivencia con las fuerzas invisibles les ofrece para su fantasía. Muchos médiums se deleitan así con las palabras aduladoras de tales asiduos visitantes que, en realidad, denotan con eso solamente el mero deseo egoísta de querer, ellos mismos, “vivenciar” muchas experiencias. Pero para ellos el “vivenciar” significa solamente ver u oír, es decir, entretenerse. Nunca llegará a ser en ellos un verdadero “vivenciar”.

¿Qué debe, pues, pensar una persona seria ante tales hechos?

Que un médium no puede, en absoluto, contribuir al “éxito”, si no es abriéndose interiormente, es decir, entregándose, y en lo demás, permaneciendo a la espera; pues nada más es una herramienta esperando a ser utilizada, un instrumento que por si sólo no puede producir sonido alguno si no es hecho vibrar. Por lo tanto, debido a eso, no puede ocurrir un malogro. Quien tal cosa afirma, indica su estrechez mental, debiendo quitar sus manos de eso y no manifestar opiniones, pues no puede juzgar. Tal como aquél que debería de abstenerse de cursar una universidad, si tiene dificultades en aprender. Un médium es, por lo tanto, simplemente un puente o un medio para una finalidad.

Que ahí, sin embargo, ¡los visitantes juegan un papel muy importante! No por su apariencia ni tampoco por su condición social, ¡sino por su vida interior! La vida interior constituye, como es reconocido hasta por los mayores burladores, un mundo de por sí. No puede naturalmente ser una “nada”, con sus intuiciones, con sus pensamientos generadores y que nutren, sino que tienen que ser, lógicamente, cuerpos o cosas de materia fina, los cuales, mediante presión o efectos, producen intuiciones, porque de otra manera éstas no podrían surgir. Tampoco pueden ser vistas imágenes en el espíritu, si no existiera nada ahí. Justamente tal concepción significaría la mayor laguna en las leyes de las ciencias exactas. Por lo tanto, ahí tiene que existir algo, y precisamente existe algo ahí; pues el pensamiento generador crea inmediatamente en el mundo de materia fina, es decir, en el mundo del más Allá, formas correspondientes, cuya densidad y vitalidad dependen de la fuerza intuitiva de los respectivos pensamientos generadores. Así, pues, se origina con lo que es llamado “vida interior” de una persona, también un medio ambiente correspondiente de materia fina de forma análoga alrededor de ésta.

Y ese ambiente es el que, de modo agradable o desagradable, hasta incluso dolorosamente, debe de afectar al médium, que está más fuertemente sintonizado con el mundo de la materia fina. Por esa razón puede suceder que manifestaciones autenticas procedentes del mundo de materia fina no sean susceptibles de ser transmitidas de modo tan puro, cuando el médium se siente aprisionado, oprimido, o turbado por la presencia de personas de vida interior impura, sea de materia fina o espiritual. Pero más aún. Esa impureza constituye una muralla para la materia fina más pura, incluso cuando ésta sea conducida por un espíritu personal, con libre albedrío en el más Allá, de forma que una manifestación, por ese motivo, ni siquiera puede ocurrir, más que a través de la especie igual de materia fina impura.

Tratándose de visitantes de vida interior pura, es naturalmente posible la ligazón con un ambiente de materia fina correspondientemente puro. ¡Toda diferencia, sin embargo, establece un abismo infranqueable! De aquí los distintos resultados en las denominadas sesiones espiritistas, de aquí muchas veces el completo fracaso o la confusión. Todo eso se basa en leyes inmutables, meramente físicas, que actúan tanto en el más Allá como en el aquí.

Con eso, los informes desfavorables de los “examinadores” se presentan bajo una luz diferente. Quienquiera que sea capaz de observar a los fenómenos de materia fina no podrá menos que reírse al ver que muchos de los examinadores, con sus informes, pronuncian solamente su propio juicio y, desnudando su vida interior, reprochan solamente su propio estado anímico.

Un segundo ejemplo: una persona va a consultar a un médium. Acontece que uno de los miembros de su familia, ya fallecido, le habla a través del médium. Esa persona le pide consejo sobre un asunto terrenal, tal vez de cierta importancia. El fallecido le da algunas sugerencias, a las cuales el consultante pronto se acoge como si fuese un evangelio, como una revelación procedente del más Allá, guiándose por ellas con precisión y, a causa de eso... fracasa, sufriendo muchas veces serios daños.

¿La consecuencia? En primer lugar, el consultante pasa a dudar del médium debido a su decepción y enojado por los daños sufridos, tal vez irá contra él, en algunos casos hasta se sentirá obligado a atacarle públicamente, a fin de preservar a otros de idénticos daños y fracasos. (Aquí yo tendría que aclarar la vida del más Allá, de como tal persona se abre así a las corrientes afines del más Allá, a través de la atracción de la especie espiritual igual, y de como, entonces, se convierte en una fanática, siendo el instrumento de tales corrientes opuestas, en la orgullosa convicción de colocarse a favor de la verdad y así prestar un gran servicio a la humanidad, cuando en la realidad se ha hecho esclava de la impureza, sobrecargándose con un karma para cuya remisión necesitará de toda una vida terrena y más, de donde entonces parten, repetidamente, nuevos hilos, que acaban por formar una red en la cual queda enredada, terminando sin saber lo que más hacer, y de ese modo, hostilmente, se revuelve aún mas furiosa.)

Si el consultante decepcionado, no considera el médium un impostor, por lo menos pasará a desconfiar de todo el más Allá o tomará el camino cómodo que tantos miles recorren, y dirá: “Qué me importa a mi el más Allá. Los demás que se rompan sus cabezas con ello. Yo tengo algo mejor que hacer”. Sin embargo ese “algo mejor” consiste en servir solamente al cuerpo, ganando dinero y alejándose así todavía más de lo que es de materia fina. Pero entonces, ¿dónde reside, verdaderamente, la falta? ¡Otra vez, solamente en él mismo! Él fue quien forjó una falsa imagen, cuando acogió lo que le fue dicho como un evangelio. Ése fue únicamente su error y no la falta de otro cualquiera. Porque supuso que un ser fallecido, debido a su materia fina, tendría que ser convertido al mismo tiempo en parte omnisciente o que, por lo menos, supiese más. En eso reside el error de muchos cientos de miles de personas. Todo cuanto una persona fallecida sabe de más, debido a su metamorfosis, es que ella realmente, con la denominada muerte, no ha dejado de existir.

Sin embargo, eso también lo será todo, mientras no aproveche la oportunidad de progresar en el mundo de la materia fina, por lo que también allí depende de su propia libre resolución. Dará, por lo tanto, al ser consultada en cuestiones terrenales, su opinión, con la buena voluntad de satisfacer el deseo formulado, con la convicción de así dar su mejor; pero ignora que no se halla en situación de emitir un juicio claro sobre cosas y situaciones terrenales, como una persona viva de carne y sangre, ya que no dispone de la materia gruesa que necesitaría absolutamente para emitir un juicio correcto. Su punto de vista debe así dar también lo mejor con la mejor buena voluntad. Por lo tanto, ni ella ni el médium merecen reproche alguno. Por eso mismo tampoco es un espíritu embustero, sino que sólo deberíamos hacer distinción entre espíritus que saben y espíritus que no saben; porque en cuanto un espíritu se hunde, es decir, cuando se torna más impuro y pesado, su punto de vista simultáneamente también se limita, de modo muy natural. Él siempre da y actúa según lo que siente: y vive solamente por intuiciones, no por el intelecto calculador, lo cual él ya no posee, ya que este estaba atado al cerebro terreno y, de ese modo, también a espacio y tiempo. En cuanto eso dejó de existir con la muerte, no hubo más para él un pensar ni un raciocinar, ¡pero solamente un intuir, un experimentar vivencial, inmediato y continuo!

El error es de los que todavía quieren recibir consejos, sobre cosas terrenales atadas a espacio y tiempo, de aquellos que ya no disponen de esas limitaciones, no pudiendo, por lo tanto, tampoco comprenderlas.

Los del más Allá están de hecho en condiciones de reconocer en que dirección, en cuanto a una determinada cosa, esté lo cierto y lo errado, pero solo al ser humano, con sus medios auxiliares terrenos, es decir, con el intelecto y con su experiencia, le incumbe reflexionar de que forma podrá tomar el rumbo correcto. ¡Habrá de equilibrarlo eso con todas las posibilidades terrenas! Esa es su tarea.

Aún cuando un espíritu profundamente hundido encuentre el deseo de hablar e influir, nadie podrá declarar que está mintiendo o que pretende inducir a error, pues él transmite lo que vive, procurando así convencer a los demás de ello. Nada podrá dar de diferente.

Innumerables son, pues, los errores en la concepción de los espiritas.

El “espiritismo” se ha vuelto muy desmoralizado, no por sí mismo, sino a causa de la mayor parte de los partidarios que, ya después de pocos resultados, y muchas veces muy escasos productos, suponen, entusiasmados, que el velo ya les ha sido retirado, deseando entonces proporcionar a los demás una idea de la vida de materia fina imaginada por ellos mismos, creada por una fantasía desenfrenada y correspondiendo en primer lugar y completamente a sus propios deseos. ¡Pero muy raras veces tales imágenes coinciden de todo con la verdad!


18. Atado a la Tierra

Tal expresión ha sido muy utilizada. Pero, ¿quién comprende realmente lo que con eso profiere? “Atado a la Tierra” suena algo así como a un castigo horrible. La mayoría de los seres humanos siente un cierto pavor, atemorizándose delante de aquellos que todavía se hallan atados a la Tierra. Sin embargo, el sentido de ese término no es tan malo. Seguramente existe mucha cosa sombría que deja que una u otra persona se torne atada a la Tierra. En general, sin embargo, son cosas muy simples las cuales hacen llevar al aprisionamiento a la Tierra.

Tomemos un caso como ejemplo: ¡los pecados de los padres se vengan hasta en la tercera y cuarta generación!

Un niño hace a la familia una pregunta cualquiera sobre el más Allá o sobre Dios, cuestiones que ha oído en la escuela o en la iglesia. El padre pronto rechaza eso con el comentario: “¡Déjate de tonterías! Cuando yo muera, todo estará terminado.” El niño se queda perplejo y lleno de dudas. Las manifestaciones despectivas del padre o de la madre se repiten, el niño también escucha lo mismo por parte de otros y acaba por aceptar esa opinión.

Ahora llega, sin embargo, la hora del pasaje del padre al otro mundo. Reconoce con eso, para su espanto, que no ha dejado de existir. Despierta en él entonces un deseo ardiente de comunicar ese reconocimiento a su hijo. Ese deseo le ata al niño. El hijo, sin embargo, no le escucha y no siente su presencia; porque vive ahora en la convicción de que el padre ya no existe, y eso se interpone como una firme e infranqueable muralla entre él y los esfuerzos de su padre. Y el tormento del padre por tener que contemplar que, por su iniciativa, el hijo sigue un camino errado que le lleva cada vez más lejos de la verdad, el miedo de que el hijo, en ese camino errado no pueda huir a los peligros hundiéndose así todavía más y, sobre todo, que esté muy fácilmente expuesto, ahora se manifiesta simultáneamente en él, como un castigo, por el hecho de haber conducido al hijo por ese sendero. Raramente logra transmitir a éste el reconocimiento de alguna manera. Tiene que presenciar como la idea errada del hijo se retransmite a los hijos de éste, y así sucesivamente y todo ello como consecuencia de su propio error. No se liberará, mientras uno de sus descendientes no reconozca y siga el camino correcto, haciendo también influencia sobre los demás, con lo que a menudo será liberado y podrá pensar en su encumbramiento personal.

Otro caso: un fumador inveterado lleva consigo al otro lado el fuerte impulso de fumar; pues es una intuición, por lo tanto, es espiritual. Ese impulso se convierte en un ardiente deseo, y el pensamiento para la satisfacción del impulso le retiene allí, dónde puede alcanzar esa satisfacción… en la Tierra. La encuentra persiguiendo a los fumadores y también disfrutando con ellos a través de las intuiciones de éstos. Si ningún karma pesado a esos tales les retiene en otro lugar, se sienten muy a su gusto, y raramente quedan conscientes de un castigo real. Únicamente aquel que comprende toda su existencia reconoce el castigo en la inevitable reciprocidad, el cual hace que éste no pueda ascender mientras el deseo para la satisfacción, que vibra constantemente en la “vivencia”, lo mantenga atado a otros seres humanos de carne y sangre que todavía viven en la Tierra, a través de cuya intuición, únicamente, puede alcanzar una satisfacción conjunta.

Tal cual sucede también con la satisfacción sexual, con la bebida, e incluso con la predilección especial por las comidas. Igualmente en este caso, muchos están atados a causa de tal predilección, debiendo de merodear por despensas y cocinas, a fin de participar a través de otros en el disfrute de los alimentos y por lo menos poder sentir una pequeña parte de ese placer. Estrictamente considerado, se trata, lógicamente, de un “castigo”. Pero el deseo urgente de los “que se hallan atados a la Tierra” no les permite intuir eso, sino al contrario, domina todo lo demás y por lo tanto el anhelo por las cosas más elevadas, las más nobles, no puede tornarse lo suficientemente intenso hasta el punto de llegar a ser una vivencia dominante, que pueda liberarlos de ese modo de otros deseos, elevándoles. Lo que realmente pierden con eso, no lo perciben, hasta que ese deseo de satisfacción, que además solamente puede constituir una pequeña parte de la satisfacción a través de otro, termine por aflojarse y debilitarse como un lento deshabituamiento, dando lugar así a que otras intuiciones en él latentes, y con menor fuerza de deseo, gradualmente avancen hasta el mismo lugar y después hasta el primero, llegando de inmediato al vivenciar y, por lo tanto, a la fuerza de la realidad. La naturaleza de las intuiciones así revividas le conduce entonces hacia allá dónde se encuentre la de especie igual, sea de nivel más elevado o más inferior, hasta que también ésta, al igual que la anterior, a menudo sea rescatada por el deshabituamiento, dando lugar así a que otra que aún exista, se evidencie. Por lo tanto, con el tiempo, se realiza la purificación de las varias escorias que habrá cargado hacia el más Allá. ¿Acaso no quedará detenido ahí en algún sitio por una última intuición? ¿O debilitado de fuerza intuitiva? ¡No! Porque cuando finalmente las intuiciones inferiores, a menudo, mueren o son abandonadas, siguiendo en dirección ascendente, despierta la nostalgia continuada por cosas cada vez más elevadas y puras, y ésta le empuja permanentemente hacia arriba. ¡Tal es la marcha normal! Pero hay miles de incidentes. El peligro de caída o enganche es mucho mayor que cuando se está en carne y sangre en la Tierra. Si ya te encuentras en plan más elevado y te rindes ante alguna intuición inferior, por un solo momento aunque sea, tal intuición inmediatamente se convertirá en una vivencia y, con eso, en una realidad. Te habrás vuelto más denso y más pesado, caerás hacia las regiones de especie igual. De esa forma, tu horizonte se limita y tendrás que nueva y lentamente hacer un esfuerzo hacia arriba, si es que no te hundes cada vez más. “¡Velad y orad!”, por lo tanto, no es una expresión vacía. Ahora la materia fina existente en ti todavía se encuentra protegida por tu cuerpo, sostenida como por un firme anclaje. Cuando sobrevenga el desenlace, en la denominada muerte y descomposición del cuerpo, estarás entonces sin esa protección y, por ser de materia fina, serás irremediablemente atraído por la especie igual, sea ésta elevada o inferior, sin posibilidad de huir. Solamente una gran fuerza motriz podrá ayudarte a ascender, tu firme voluntad para las cosas elevadas, hacia el bien, que se convierte en nostalgia e intuición y así también en vivenciar y realidad, según la ley del mundo de la materia fina, que sólo conoce intuición. Por consiguiente, ¡prepárate, para que desde ya empieces con esa voluntad, a fin de que en el momento de la transición, que puede alcanzarte en cualquier hora, tal voluntad no quede suplantada por deseos terrenales demasiado fuertes! ¡Ponte en guardia, oh criatura humana, y vigila!


19. ¿Es la abstinencia sexual necesaria o aconsejable?

Cuando las criaturas humanas se hayan finalmente liberado del error de las ventajas de la abstinencia sexual, habrá también mucha menos infelicidad. La abstinencia forzada es una transgresión que puede vengarse amargamente. Las leyes en la Creación entera, adondequiera que se mire, muestran el camino de forma lo suficiente clara. La supresión es antinatural. Y todo lo que es antinatural se convierte en una rebelión contra las leyes naturales, es decir, contra las leyes divinas, por lo que, como en todas las cosas, tampoco aquí trae buenas consecuencias. Por lo tanto en ese preciso punto no hay excepción alguna. El ser humano simplemente no debe dejarse dominar por el impulso sexual, no debe hacerse esclavo de sus instintos, pues entonces los transforma en una pasión, por lo que lo natural y sano, se transforma en mórbido vicio.

El ser humano debe de ponerse por encima de eso, es decir: no debe por acaso forzar la abstinencia, sino ejercer un control con su moral interior pura, a fin de evitar males para si mismo y para otros.

Si alguien supone elevarse más espiritualmente a través de la abstinencia, le puede fácilmente suceder precisamente todo lo contrario. Según su disposición, habrá de mantener una lucha más o menos constante contra sus instintos naturales. Esa lucha le absorbe gran parte de sus energías espirituales, por lo tanto, las mantiene atadas, con lo que no logran actuar de otra forma. De esa manera, queda impedido el libre desabrochar de las fuerzas espirituales. Tal persona sufre, de cuando en cuando, graves opresiones anímicas las cuales le impiden una jubilosa elevación interior.

El cuerpo es una dadiva confiada por el Creador, con lo cual el ser humano tiene la obligación cuidarlo. De la misma forma como el ser humano no puede abstenerse impunemente de las exigencias corporales como comer, beber, descansar, dormir, la evacuación de la vejiga e intestinal, así como la falta de aire fresco y el poco ejercicio pronto se hacen sentir de forma desagradable, de igual manera tampoco podrá interferir en las exigencias sanas de un cuerpo maduro en la actividad sexual, sin que con eso se perjudique a sí mismo de alguna forma.

La satisfacción de las necesidades naturales del cuerpo sólo puede favorecer al ser humano interiormente, es decir, al desarrollo de lo espiritual, jamás molestar, pues de lo contrario el Creador jamás la habría instituido. Pero en eso como en todo lo demás, todo exceso es nocivo. Es preciso observar atentamente que esa exigencia no es sólo consecuencia de una fantasía provocada artificialmente, de un cuerpo debilitado o de nervios sobreexcitados por lecturas u otras causas. Ha de tratarse realmente solo de la exigencia de un cuerpo sano, la cual nunca se manifiesta de forma muy frecuente al ser humano.

Eso sólo ocurrirá cuando exista previamente una completa armonía espiritual entre ambos sexos, la cual finalmente tiende a veces también a una unión corporal.

Todas las demás causas son para ambas partes denigrantes, impuras e inmorales, incluso en el matrimonio. Dondequiera que no exista armonía espiritual, la continuación del matrimonio se tornará una absoluta inmoralidad.

Si la reglamentación social todavía no ha encontrado un camino correcto para tal propósito, en nada altera tal falta a las leyes naturales, las cuales jamás se regirán según las disposiciones humanas y conceptos equivocadamente adoctrinados. A los seres humanos no les restará más que ajustar sus convenciones estatales y sociales a las leyes naturales, es decir, a las leyes divinas, si lo que quieran es la salud y la paz interior.

La abstinencia sexual tampoco tiene nada que ver con la castidad. La abstinencia podría ser clasificada con el concepto de “decencia”, derivado de la autodisciplina, educación o autocontrol.

Como legitima castidad se debe comprender la pureza de los pensamientos, pero pureza en todas las cosas, hasta incluso en los pensamientos profesionales. La castidad es una característica puramente espiritual, no es física. Incluso en la satisfacción del instinto sexual, la castidad puede ser mantenida plenamente por la pureza mutua de pensamientos.

Además, la unión corporal no tiene como finalidad solamente la procreación, sino que debe realizarse así el proceso no menos valioso y necesario de fusión íntima y del intercambio de fluidos un mayor desenvolvimiento de fuerzas.


20. El Juicio Final

¡El mundo! Cuando el ser humano emplea esta palabra, en la mayoría de los casos la articula sin pensar, sin llegar a hacerse una idea de cómo eso, por él llamado de mundo, es en realidad. Sin embargo, muchas personas que buscan imaginarse algo definido en ese sentido, ven mentalmente innumerables cuerpos celestes de constitución y porte de los más diversos, ordenados en sistemas solares, recorriendo sus determinadas orbitas en el Universo. Saben que, con el desarrollo de instrumentos más fuertes y de mayor alcance, siempre nuevos y numerosos cuerpos celestes se irán tornando visibles. El ser humano promedio se deleita así con la palabra “infinito”, iniciándose en él el error de una noción falsa.

El mundo no es infinito. Él es la Creación, es decir, la obra del Creador. Esta obra, como todas las demás, se encuentra al lado del Creador, y es, como tal, limitada.

Los denominados progresistas frecuentemente se sienten orgullosos de poseer el reconocimiento de que Dios reposa en la Creación entera, en cada flor, en cada roca, y de que la fuerza propulsora de la naturaleza sea Dios, por consiguiente, todo lo que es inescrutable, que se torna perceptible, pero que no es posible de comprender realmente. Una fuerza primordial permanentemente en acción, la fuente de fuerzas que eternamente se renueva y se desarrolla por sí misma, la Luz primordial inenteal. Se consideran sumamente avanzados con la concepción de que Dios, por ser una fuerza propulsora que, penetrando en todo, actuando siempre con la única finalidad del desarrollo para la perfección, puede ser hallado y encontrado en toda parte.

Pero eso, sin embargo, es cierto solamente en un determinado sentido. Encontramos en la Creación entera solamente Su voluntad y con ello, Su espíritu, Su fuerza. Él mismo se encuentra muy por encima de la Creación. La Creación, como Su obra, como la expresión de Su voluntad, fue sometida, ya en la hora del surgimiento, bajo las leyes inmutables del formar y del descomponer; pues aquello que nosotros llamamos como leyes de la naturaleza, es la voluntad creadora de Dios, que actuando constantemente, forma y deshace mundos. Esa voluntad creadora es uniforme en toda la Creación, a la cual pertenecen, como una sola cosa, los mundos de materia fina y de materia gruesa. ¡Y toda esta Creación es, como una obra, pero no simplemente limitada como cualquier obra, sino también efímera! La uniformidad incondicional e inamovible de las leyes primordiales, es decir, de la voluntad primordial, produce que hasta en los mínimos fenómenos de la Tierra de materia gruesa todo siempre se desenrolla exactamente como tiene que ocurrir en cualquier fenómeno, por lo tanto, incluso en los más gigantescos acontecimientos de la Creación entera, al igual que en el propio génesis.

La forma rigurosa de la voluntad primordial es simple y sencilla. La encontraremos fácilmente, una vez reconocida, en todas las cosas. La causa de la confusión y de la incomprensibilidad de muchos fenómenos reside solamente en el múltiplo entrelazamiento de los desvíos y atajos, formados por la diferente volición de los seres humanos.

La obra de Dios, el mundo, está, por lo tanto, así como la Creación, bajo las leyes divinas, que en todo permanecen uniformes y perfectas, también a partir de ellas se originó y, por consiguiente, es limitada.

El artista está, por ejemplo, también en su obra, se identifica con ella y a pesar de ello, se encuentra personalmente a su lado. La obra es limitada y efímera, pero no por eso lo es la capacidad del artista. Éste, por lo tanto, el creador de la obra, puede destruir la misma, en la cual reside su voluntad, sin que él mismo sea alcanzado. Sin embargo, continuará siendo siempre el artista. Reconocemos y encontramos al artista en su obra, y él se nos torna familiar, sin que sea necesario visualizarle personalmente. Tenemos sus obras, su voluntad yace dentro de ellas y actúa sobre nosotros, por intermedio de éstas él viene hacia nuestro encuentro, pudiendo, sin embargo, vivir por sí mismo, lejos de nosotros.

El artista auto-creador y su obra reflejan una débil imagen de la relación entre el Creador y la Creación.

Eterno y sin fin, es decir, infinito, es solamente el ciclo de la Creación, en su incesante devenir, perecer, y volver a tomar nueva forma.

En esos acontecimientos se cumplen también todas las revelaciones y profecías. ¡Así por último se cumplirá con ello para la Tierra también el “Juicio Final”!

El Juicio Final, es decir, el último Juicio, llega una vez para cada cuerpo sideral material, pero eso, sin embargo, no ocurre al mismo tiempo en toda la Creación.

Se trata de un fenómeno necesario en aquella respectiva parte de la Creación, la cual ya haya alcanzado, en su ciclo, el punto en el que su disolución deba comenzar, a fin de poder tomar nueva forma en el camino a seguir.

Como este eterno ciclo no se entiende al ciclo rotativo de la Tierra y de otros astros alrededor de sus soles, sino al gran y más poderoso ciclo que a su vez todos los sistemas solares deben recorrer, mientras aún ejecuten en sí, de forma especial, sus propios movimientos.

El punto, en el cual se debe iniciar la disolución de cada cuerpo sideral, está fijado con precisión, nuevamente en base a la consecuencia lógica de leyes naturales. Se trata de un lugar bien determinado en el cual debe operarse el proceso de la descomposición, independiente del estado del respectivo cuerpo sideral y de sus habitantes. De modo irresistible, el movimiento circular impele a cada cuerpo sideral en esa dirección y sin retardo se cumplirá la hora de su descomposición que, como en todo en la Creación, significa en realidad solamente una transformación, la oportunidad para una evolución progresiva. Entonces habrá llegado así la hora de la “decisión” para cada ser humano. O será erguido hacia la Luz, en el caso de que anhele lo espiritual, o quedará encadenado a la materia a la cual está adherido, en el caso de que declare, por convicción, que solo le son de valor las cosas materiales. En tal caso, de acuerdo con la ley, no conseguirá elevarse de la materialidad, en consecuencia de su propia voluntad, y será arrastrado con ella en el último trecho del camino hacia la descomposición. ¡Esta es la muerte espiritual! Corresponde a ser borrado del Libro de la Vida. Este proceso, en sí mismo totalmente natural, es denominado también condenación eterna, ya que aquél que es llevado de esta forma hacia la descomposición, “habrá de dejar de existir”, será pulverizado y mezclado en la semilla primordial, impregnándola aún después de la descomposición con fuerzas espirituales. Nunca más podrá volver a ser “personal”. Lo más terrible que puede alcanzar una criatura humana. Siendo considerada una “piedra rechazada”, inaprovechable para una construcción espiritual, debiendo por lo tanto ser triturada.

Esa separación del espíritu de la materia, sucediendo también en base a leyes y fenómenos totalmente naturales, es el así llamado “Juicio Final”, que se halla unido a grandes transformaciones y cambios.

Que tal disolución no se procesará en un día terrenal, es muy comprensible para todos; pues en los fenómenos cósmicos mil años son como un dia.

Sin embargo, ya nos encontramos en el umbral de ese período. La Tierra está llegando ahora al punto en el que se alejará de la orbita de hasta entonces, fenómeno este que se hará sentir con fuerza también en la materia gruesa. Entonces se establecerá cada vez más intensamente la separación entre todos los seres humanos, separación esta que ya fue preparada en los últimos tiempos, pronunciándose por ahora solamente en “opiniones y convicciones”.

Por esta razón, cada hora de una existencia terrena es más preciosa de lo que nunca. Quién busque con sinceridad y quiera aprender, habrá de despegarse con todo el empeño de pensamientos bajos, los cuales tienen que encadenarle a las cosas terrenas. En caso contrario, correrá el peligro de permanecer adherido a la materia y de con ella ser arrastrado a la disolución total. Pero aquellos, sin embargo, que anhelan por la Luz, serán poco a poco desprendidos de la materia y por fin elevados hacia la patria de todo lo espiritual.

Entonces estará definitivamente realizada la separación entre la Luz y las tinieblas, y cumplido el Juicio.

“El mundo”, es decir, la Creación entera, no perecerá con esto, porque los cuerpos siderales solamente serán arrastrados hacia el proceso de descomposición cuando en su curso alcancen el punto en el que la disolución y con ésta la previa separación deban procesarse. El inicio para ello ya está en curso para la Tierra, pronto todo se moverá hacia delante con pasos agigantados.

La ejecución se rompe por el efecto natural de las leyes divinas, que desde los primordios de la Creación en ella residían, que originaron la propia Creación y que tanto hoy como en el futuro sostienen con firmeza la voluntad del Creador. En el eterno ciclo, es un incesante crear, sembrar, madurar, cosechar y desintegrar, a fin de que, en el cambio de combinación, tome nuevamente, tonificado, otras formas, que se muevan hacia el encuentro de un nuevo ciclo.

Uno puede imaginarse ese ciclo de la Creación como un colosal embudo o una enorme cavidad de especie fino-material, por dónde irrumpe, en un torrente incesante, la semilla primordial igualmente fino-material que, en movimientos circulatorios, va en busca de nueva combinación y desarrollo. Tal cual la ciencia ya sabe y ya describió acertadamente. Espesas nieblas, tornándose grueso-materiales, se forman ante fricción y fusión, constituyéndose así, a su vez, cuerpos siderales que se unen, según las leyes incontradecibles, en segura consecuencia lógica, en sistemas solares y que, en su propio movimiento circular acompañarán unidos al grande ciclo, que es lo eterno. Así como en el fenómeno visible a los ojos terrenos, advienen de la semilla el desarrollo, la formación, la maduración y la cosecha, o la desintegración, lo que tiene como consecuencia una transformación, una descomposición para un ulterior desarrollo, tratándose tanto de plantas, como de cuerpos animales o humanos, exactamente así sucede también en los grandes fenómenos universales. Los cuerpos siderales, visibles en la materia gruesa, que cargan consigo un ambiente de materia fina mucho mayor, por lo tanto, no visible a los ojos terrenos, se hallan sometidos a idéntico fenómeno en su eterno ciclo, porque en ellos actúan las mismas leyes.

La existencia de la semilla primordial no puede ser negada ni por lo más fanático séptico, sin embargo, no puede ser notada por ningún ojo terreno, porque se trata de otra materia, a de lo “más Allá”. Nombrémosla de nuevo, tranquilamente, como materia fina.

Tampoco es difícil de comprender que, de modo natural, el mundo que primeramente se forma de ella es igualmente de materia fina y no es reconocible a los ojos terrenos. Solamente el sedimento más grueso que después resulta de eso, partiendo y dependiendo del mundo de materia fina, es el que forma, poco a poco, el mundo de materia gruesa con sus cuerpos de materia gruesa, y únicamente eso puede ser observado desde los mínimos inicios con los ojos terrenos y con todos los medios auxiliares de materia gruesa que a ella pertenecen. Ahora bien, cuando se trate de moléculas, electrones o de otras cosas, formarán parte, siempre, solamente de las precipitaciones más gruesas del mundo fino-material, que ya mucho antes tuvo sus formas listas y su vida.

Lo mismo ocurre con el envoltorio del verdadero ser humano, en su especie espiritual, del cual aún hablaré. En sus peregrinaciones a través de los mundos de especies distintas, sus vestidos, su manto, su envoltorio, cuerpo o herramienta, en fin, sea cual sea el nombre que se le quiera asignar al envoltorio, todo habrá de adquirir la especie de materia idéntica a la del respectivo ambiente en el que ingresa, a fin de servirse de él como protección y medio auxiliar necesario, si quiere tener la posibilidad para actuar directamente en ella de modo eficaz. Sin embargo, como el mundo de materia gruesa se origina y depende del mundo de materia fina, de eso resulta también el efecto retroactivo de todos los acontecimientos del mundo de materia gruesa hacia lo de materia fina.

Ese gran ambiente de materia fina también ha sido creado a partir de la semilla primordial, por lo tanto, acompaña al ciclo eterno, resultando también ser aspirado y arrastrado hacia el lado posterior del gigantesco embudo ya mencionado, donde se procesa la descomposición, para ser expelido por el otro lado como semilla primordial, para nuevo ciclo. Como en la actividad del corazón y en la circulación de la sangre, así el embudo es como el corazón de la Creación. El proceso de descomposición alcanza, por consiguiente, a la Creación entera, incluyendo a la parte de materia fina, puesto que todo ha de disolverse en la semilla primordial, para un nuevo formarse. En ninguna parte se encuentra una arbitrariedad, al contrario, todo se procesa según la consecuencia lógica de las leyes primordiales, que no admiten otro camino. Por eso mismo, en un determinado punto del gran ciclo, llega para todo lo que ha sido creado, sea de materia gruesa o fina, el momento en el que el proceso de descomposición de lo existente, se prepara de manera autónoma, irrumpiendo finalmente.

Ese mundo de materia fina es, pues, el lugar de permanencia transitoria para las personas terrenalmente fallecidas, el así llamado más Allá. Se encuentra estrechamente interconectado con el mundo de materia gruesa, que es parte de él, que es un todo con él. En el momento del fallecimiento, el ser humano ingresa con su cuerpo de materia fina, que trae conjuntamente con el de materia gruesa, en el ambiente de especie fino-material igual, que envuelve al mundo de materia gruesa, mientras que deja en éste su cuerpo de materia gruesa. Ese mundo de materia fina, es decir, el más Allá, pertenece a la Creación, está sujeto a las mismas leyes del continuo desarrollo y la descomposición. Al iniciarse la descomposición, se procesa, a su vez, una separación entre lo espiritual y lo material de modo completamente natural. Según el estado espiritual del ser humano en el mundo de materia gruesa, bien como en el de materia fina, habrá el ser humano espiritual, el “yo” propiamente dicho, de moverse hacia las alturas o permanecer encadenado a la materia. El sincero anhelo por la Verdad y por la Luz tornará a cada uno espiritualmente más puro y así más luminoso, debido a su concomitante modificación, de modo que esa circunstancia le desplegará, natural y gradualmente, de la densa materia y le impulsará hacia las alturas, conforme a su pureza y ligereza. Pero aquél, sin embargo, que solamente cree en la materialidad, se mantiene, debido a sus convicciones, unido a la materialidad y en ella permanece encadenado, no pudiendo por eso ser llevado hacia lo alto. A través de la decisión del libre albedrío de cada uno es que se opera ahora una separación entre los que se empeñan hacia la Luz y los que permanecen ligados a las tinieblas, de acuerdo con las leyes naturales existentes de la gravedad espiritual.

¡Esa separación es el Juicio Final!

Se torna así evidente que también habrá un fin real para la posibilidad del desarrollo de las personas terrenalmente fallecidas, en el proceso de purificación del así llamado más Allá. ¡Una decisión final! Los seres humanos en ambos mundos o se vuelven de tal modo ennoblecidos pudiendo ser elevados hacia las regiones de la Luz, o permanecen presos debido a su condición inferior, conforme a su propia voluntad, siendo finalmente, a través de eso, lanzados hacia la “condenación eterna”, es decir, sufrirán la descomposición junto con la materia de la cual no pueden liberarse, la sufriendo dolorosamente, y dejando así de ser personales. ¡Como paja lanzada al viento, ellos se dispersarán, siendo así borrados del Libro dorado de la Vida!

El así llamado Juicio Final, es decir: el último Juicio es, por consiguiente, también un proceso que se realiza naturalmente por la actuación de las leyes que mantienen a la Creación, de tal manera que no podría suceder de modo diferente. El ser humano recibe también aquí siempre solamente los frutos de aquello que él mismo lo quiso, por lo tanto, de lo que provocó con sus convicciones.

El hecho de saber que todo lo que en la Creación ocurre se realiza según la más severa consecuencia lógica, de que el hilo conductor del destino humano es siempre el resultado del propio ser humano, a través de sus deseos y de su voluntad, de que el Creador no interfiere observando, a fin de recompensar o castigar, no disminuye la grandeza del Creador, sino solamente puede dar motivo para imaginarlo aún mucho más sublime. La grandeza reside en la perfección de Su obra, y ésta obliga a la respetuosa contemplación, ya que el mayor amor y la más incorruptible justicia deben estar contenidos tanto en los acontecimientos mayores como en los menores, sin distinción. ¡Grande es también el ser humano, colocado como tal dentro de la Creación, como señor de su propio destino! Él puede, por sí mismo, ante su voluntad, erguirse hacia fuera de la obra y contribuir para el más elevado desarrollo de ésta; como también puede degradarla y en ella enredarse, sin poder jamás desvencijarse, siguiendo con ella al encuentro de la disolución, sea en el mundo de materia gruesa, o en el de materia fina. Por lo tanto, luchad para liberaos de todos los vínculos con los bajos sentimientos; ¡pues el tiempo urge! ¡Se acerca la hora del final del plazo! ¡Despertad en vosotros el anhelo por lo que es puro, verdadero y noble! —

¡Muy por encima del eterno ciclo de la Creación flota en el centro, como una corona, una “Isla Azul”, los páramos de los bien-aventurados, de los espíritus purificados, que ya pueden permanecer en las regiones de la Luz! Esa isla yace separada del mundo. Por consiguiente, tampoco acompaña el circular, sin embargo, a pesar de la altura en la que yace por encima de la Creación circulante, constituye el apoyo y punto central, de donde emanan las fuerzas espirituales. Es la isla que contiene en su punto elevado la tan enaltecida ciudad de las calles de oro, la celestial Jerusalén. Allí, nada más está sujeto a la transformación. No hay que temer ningún Juicio Final más. Aquellos que pueden permanecer allí, se hallan en la “patria”. ¡Como final, sin embargo, en esa isla Azul, como lo más elevado entonces, se haya, inaccesible para los no autorizados, la... Mansión del Grial, ¡ya mencionada tantas veces en poesías!

¡Envuelta en leyendas, como el deseo de incontables criaturas, flota allí en el fulgor de la suprema magnificencia y guarda el cáliz sagrado, el símbolo *(Emblema) del amor puro del Omnipotente, el Grial!

Como guardianes fueron elegidos los más puros de los espíritus, que se hallan más cerca del trono del Altísimo. Son los portadores del amor divino en su forma más pura, que es sustancialmente diferente de lo que los seres humanos en la Tierra imaginan, aunque lo vivencien cada hora y cada día. Esa Mansión forma el portal hacia los escalones del trono del Supremo. Nadie consigue llegar a los escalones, sin haber recorrido la Mansión del Grial. Rigurosa es la guardia ante el portal dorado, severa e inflexible, para que la pureza del Grial permanezca conservada, con lo que él puede derramar la bendición sobre todos los que buscan.

A través de revelaciones, la noticia de la existencia de esa Mansión ha bajado por muchos escalones el largo trayecto, desde la isla Azul a través del mundo de materia fina, hasta llegar finalmente, debido a la inspiración profundada de algunos poetas, a los seres humanos de la Tierra de materia gruesa. De escalón en escalón transmitida más hacia abajo, aquello que es verdad acabó sufriendo, también involuntariamente, varias distorsiones, de forma que la ultima transmisión pudo permanecer solamente como un reflejo muy turbado, volviéndose así la causa de muchos errores.

Sin embargo, cuando desde una parte de la gran Creación sube hasta el Creador una suplica ardiente a causa del gran sufrimiento, entonces es enviado un siervo del cáliz para, como portador de ese amor, intervenir ayudando en la aflicción espiritual. ¡Así es como, aquello que solamente como mito y leyenda fluctúa en la obra de la Creación, entra entonces de modo vivo en ella! Pero, tales misiones no se realizan con frecuencia. Son siempre acompañadas de incisivas modificaciones, grandes transformaciones. En la mayoría de las veces, milenios las separan. Tales mensajeros traen Luz y Verdad a los que perdieron el camino, paz a los desesperados, extienden la mano con su mensaje a todos cuanto buscan, reúnen a todos los fieles para ofrecerles nuevo coraje y nueva energía, guiándoles así a través de toda la oscuridad hacia arriba, rumbo a la Luz.

Llegan solamente para aquellos que anhelan el auxilio de la Luz, y no, sin embargo, para los burlones y arrogantes. Que la próxima venida de un enviado del Grial de esa especie sea una señal para todos los que buscan y así, con fuerza, cobren ánimo hacia lo bien, lo noble; pues advertirá el Juicio inevitable, que habrá de venir un día como Juicio Final. ¡Bienaventurado aquél que entonces no permanezca más atado a la materialidad debido a la mente limitada, para que pueda ser elevado hacia la Luz!


21. La lucha

Sobre una reñida confrontación de dos concepciones del mundo no se podía hablar hasta ahora. La expresión lucha es, por lo tanto, inadecuadamente elegida para lo que ocurre realmente entre los seres humanos de intelecto y los que buscan con sinceridad la Verdad. Todo lo que ha sucedido hasta ahora ha consistido en ataques unilaterales de los seres humanos de intelecto, ataques tales que para los observadores serenos tienen que parecer visiblemente infundados y muchas veces ridículos. Contra todos aquellos, que buscan desarrollarse espiritualmente cada vez más hacia lo alto, irrumpen burlas, hostilidades y hasta incluso persecuciones de la peor forma, aunque conserven serena reserva. Hay siempre algunos que intenten, con escarnio o con violencia, retener a los que se esfuerzan por lo elevado, arrastrándoles hacia abajo, a la somnolencia apática o para a la hipocresía de las masas. Muchos se habían, por eso mismo, que convertirse en auténticos mártires, porque no solamente la gran mayoría humana sino también los poderes terrenos estaban del lado de las criaturas humanas de intelecto. Lo que éstas pueden dar ya se halla nítidamente indicado en la palabra “intelecto”. Es decir: estrecha limitación de la capacidad de comprensión, visualizando lo puramente terreno, por lo tanto, la parte más ínfima de la verdadera existencia.

Que esto no pueda de manera alguna traer algo de perfecto, es más, nada bueno, para una humanidad, cuya existencia pasa principalmente a través de regiones que las propias criaturas humanas de intelecto han cerrado para sí mismas, es fácilmente comprensible. Además cuando uno considera que precisamente la diminuta vida terrena debe tornarse un importante punto de transición para toda la existencia, resultando incisivas intervenciones en otras regiones que son para los seres humanos de intelecto completamente incomprensibles. La responsabilidad de los seres humanos de intelecto, ya profundamente decaídos, crece de ese modo en enormes dimensiones; ella contribuirá como una inmensa presión comprimiéndoles cada vez más y más rápido hacia el objetivo elegido, para que al fin sean obligados a degustar los frutos de aquello que propagaron con tenacidad y arrogancia.

Como seres humanos de intelecto se debe de entender a aquellos que se sometieron incondicionalmente a su propio intelecto. Éstos creyeron, desde hace milenios, y de manera extraña, poseer un derecho absoluto de imponer sus convicciones restrictas, usando la ley y la violencia, también sobre aquellos que deseaban vivir de acuerdo a otra convicción. Esa arrogancia totalmente ilógica reside, por su parte, solamente en la restricta capacidad de comprensión de los seres humanos de intelecto, la cual no consigue elevarse más alto. Precisamente la limitación les trae así denominado clímax de comprensión, hecho por el cual han de surgir tales ilusiones presuntuosas, por creerse que se encuentran realmente en las alturas máximas. Para ellos mismos, eso es así, pues llega ahí el limite que no logran sobrepasar.

Sus ataques contra los que buscan la Verdad muestran, sin embargo, en la odiosidad tantas veces incomprensible, observándoles más de cerca, nítidamente el blandir del látigo de las tinieblas tras ellos. Raramente uno encuentra algo de intención sincera en esas embestidas hostiles, que pudiese justificar, más o menos, la manera del tan abominable procedimiento. En la mayoría de los casos se trata de un desencadenamiento de cólera ciega, a la cual le hace falta cualquier clase de lógica verdadera. Basta con examinar con toda la calma tales ataques. Cuán raro es ahí un artículo, cuyo contenido muestre el intento de profundizarse de forma realmente objetiva en las conversaciones o en las disertaciones de un buscador de la Verdad.

¡Totalmente sorprendente se evidencia la inconsistente mediocridad de los ataques siempre precisamente en el hecho de que éstos nunca son mantenidos absolutamente objetivos! Constituyen siempre, clara u ocultamente, maculas para la persona buscadora de la Verdad. Actúa de esa forma sólo quién no es capaz de contraponer nada objetivamente. Un buscador o portador de la Verdad no se muestra personalmente, sino que trae aquello que dice.

¡La palabra es que debe ser sometida a examen, no la persona! Pero es costumbre de los seres humanos de intelecto que uno busque primero focalizar a la persona, para después considerar si pueden prestar oídos a sus palabras. Éstos, en su estrecha limitación de la capacidad de comprensión, necesitan tal apoyo exterior, porque tienen que agarrarse a exterioridades, a fin de no confundirse. Esa es la construcción vacía que ellos mismos levantan y que es inaprovechable para los seres humanos, y un gran obstáculo para el progreso. Si en su interior dispusiesen de una base firme, entonces permitirían simplemente hablar de hecho contra hecho, excluyendo así a las personas. Ellos, sin embargo, todavía no son capaces. Lo evitan, intencionadamente, porque presienten o saben en parte que en un torneo bien organizado pronto se caerían de la montura. La frecuente alusión irónica de “predicador laico” o “interpretaciones de laicos” pone a muestra algo tan ridículamente presuntuoso, que cada ser humano sensato de inmediato intuirá: “Aquí se emplea un escudo, a fin de esconder por todos los medios un estado de oquedad. ¡Tapando el propio vacío con un letrero barato!”

Una estrategia tosca, que no puede mantenerse por mucho tiempo. Ella tiene por objetivo colocar previamente a los buscadores de la Verdad, que pueden tornarse incómodos, en un escalón “inferior” ante los ojos de los demás, si no incluso a una clase ridícula o al menos en la de “charlatanes”, para que no sean tomados en serio. Mediante tal procedimiento pretenden impedir que haya quien se ocupe seriamente de las palabras presentadas. El motivo de tal procedimiento no resulta, sin embargo, de la preocupación de que los demás seres humanos puedan ser retenidos, por doctrinas falsas, de su íntima escalada, sino por un vago recelo de perder influencia y de así ser obligados a profundizarse más de lo que hasta entonces, necesitando modificar mucho de lo que hasta ahora debía ser considerado como intocable y era cómodo.

Justamente esa frecuente alusión a los “laicos”, esa extraña mirada por encima del hombro a aquellos que, a través de su intuición fortalecida y más influenciada, se encuentran mucho más cerca de la Verdad, personas que no erigieron murallas a través de las rígidas formas del intelecto, son factores que ponen al descubierto una debilidad, cuyos peligros no pueden pasar desapercibidos ante ningún investigador. Quién profesa tales opiniones queda pronto excluido de la posibilidad de ser un maestro y un guía no influenciado; pues se encuentra así mucho más lejano de Dios y de Su obra que cualquier otro. El conocimiento del desarrollo de las religiones con todos sus errores y faltas no lleva a los seres humanos más cerca de Dios, lo mismo ocurriendo con la interpretación intelectual de la Biblia o de otros escritos valiosos de las diferentes religiones. El intelecto está y permanece atado a espacio y tiempo, por lo tanto, preso a la Tierra, mientras que la divinidad y, por consiguiente, también el reconocimiento de Dios y de Su voluntad está arriba de tiempo y espacio y de todo cuanto es transitorio, nunca pudiendo por esa razón ser comprendido por el limitado intelecto. Por esa sencilla razón, el intelecto tampoco está destinado a traer esclarecimientos en valores eternos. Se contradiría a sí mismo. Así, pues, quién en tales asuntos se vanagloria de cualificaciones universitarias, queriendo despreciar a las personas que no se dejan influenciar, ya demuestra su incapacidad y estrechez. ¡Las personas que razonen intuirán inmediatamente la unilateralidad y emplearán la cautela hacia aquél, que de tal manera les pone en alerta!

Solamente los convocados pueden ser legítimos maestros. Y los convocados son aquellos que traen en sí mismos la capacidad para ello. Tales dones de capacitación no requieren, sin embargo, de formación universitaria, sino de vibraciones de una capacidad intuitiva más refinada que consigue elevarse por encima de espacio y tiempo, es decir, por encima de los límites de la comprensión del intelecto terreno.

Además, todo ser humano interiormente libre siempre dará valor a una cosa o a una doctrina por lo que ella trae, y no por quién la presente. Esta última hipótesis es, para aquel que la examine, una declaración de pobreza como no puede imaginarse otro mayor. El oro es oro, esté en las manos de un príncipe, o en las de un mendigo.

Esa irrevocable realidad, sin embargo, uno la intenta omitir y cambiar con tenacidad, cuando precisamente se trata de las cosas más preciosas del ser humano espiritual. Evidentemente con tan poco resultado como en el caso del oro. Pues aquellos que realmente buscan con sinceridad no se dejan influenciar por tales distracciones, con el sentido de examinar la cuestión personalmente. Aquellos, sin embargo, que se dejan influenciar por ello aún no han madurado para recibir la Verdad, ella no es para ellos.

Sin embargo, no está lejos la hora en la que debe comenzar una lucha que hasta aquí hacía falta. La unilateralidad acabará, y vendrá una confrontación rigurosa, destruyendo todas las falsas presunciones.


22. Formas de pensamiento

Sentaos en cualquier restaurante o cervecería y observad las mesas ocupadas a vuestro alrededor. Prestad atención a las conversaciones. Escuchad lo que las personas tienen que decirse las unas a las otras. Frecuentad familias, observad vuestro ambiente más cercano en las horas de ocio, cuando el trabajo no más apremia.

Con espanto verificaréis la vacuidad de todo sobre lo que las personas conversan, cuando no pueden hablar respecto a sus ocupaciones en general. Intuiréis, hasta la aversión, el vacío de sus pensamientos, la estrechez opresora del círculo de sus intereses, como también su terrible superficialidad, simplemente cuando os ocupéis de ello seriamente con aguzada observación. Las pocas excepciones que allí encontraréis, cuyas palabras en las horas de ocio de la vida cotidiana se hallen sobrepasadas por el deseo del perfeccionamiento del alma, os parecerán hasta solitarias extrañas en medio de las turbulencias de un parque de diversiones.

Precisamente en las así llamadas horas de ocio podréis conseguir reconocer con mayor facilidad al verdadero íntimo del ser humano, después de que el apoyo externo y el campo específico de sus conocimientos hayan cesado con el alejamiento de sus actividades profesionales habituales. Lo qué entonces resta a continuación es el auténtico individuo. Mirad hacia él y escuchad con atención sus palabras como observadores sin interés. Muy pronto tendréis que interrumpir las observaciones, porque se os tornarán insoportables. Profunda tristeza vendrá sobre vosotros cuando reconozcáis cuántos seres humanos no son tan muy diferentes de los animales. No tan toscos, por su mayor capacidad mental, pero en general idénticos. Como provistos de anteojeras, atraviesan unilateralmente la existencia terrena, viendo ante sí siempre solamente lo meramente terrenal. Se preocupan por la comida, la bebida, tratan de acumular una cantidad mayor o menor de valores terrenos, se esfuerzan por los placeres corporales y consideran cualquier reflexión sobre cosas que no pueden ver como un desperdicio de tiempo, el cual en su opinión, está mucho mejor empleado en la “recreación”.

No pueden, ni jamás comprenderán que en la existencia terrena, con todos sus placeres y alegrías, uno solamente obtendrá el real contenido cuando uno esté de cierto modo familiarizado con el mundo de materia fina a él perteneciente, conozca los efectos recíprocos que a él nos atan y, así no más tenga la sensación de estar sujeto al azar. Repelen eso lejos de sí mismos, con la falsa concepción de que, si existiese realmente un mundo de materia fina, de ahí solamente les podrían advenir incomodidades o temores, apenas se ocupasen de él.

Extraña les es la idea de que toda la vida terrena solamente adquiere el valor real con el deseo por algo más elevado, y que, con eso, el más maravilloso calor vital también late a través de todas las alegrías y placeres terrenales. No, por acaso, los dejando de lado, sino que proporcionando una ardiente afirmación por la vida, en el más bello efecto recíproco, a los que anhelan por algo más puro y más elevado y a los que buscan sinceramente, la cual muchas veces resuena en un jubiloso entusiasmo por todo lo que existe y lo que se ofrece.

¡Insensatos, los que pasan por alto todo eso! Son cobardes, a los cuales las maravillosas alegrías de un corajudo progreso permanecerán siempre denegadas.

¡Regocijaos, pues, ya que todo a vuestro alrededor vive, explayándose a parajes aparentemente inconmensurables! Nada está muerto, nada está vacío como aparenta. Todo actúa y se teje en la ley de la reciprocidad, en cuyo centro os halláis vosotros como seres humanos, para dar forma de nuevo a los hilos y dirigirlos, como puntos de partida y meta final. Poderosos regentes, cada uno de vosotros individualmente forma su reino, para que lo eleve o entierre. ¡Despertad! Utilizad el poder que os fue concedido, con el pleno conocimiento del inmenso acontecimiento, para que, como ahora, por estupidez, terquedad o incluso por pereza, no generéis más solamente monstruos nocivos, los cuales sofocan lo sano y lo bueno, terminando por llevar al propio generador a oscilar y caer.

Ya el ambiente de materia fina más cercano del ser humano consigue contribuir bastante para elevarlo o derribarlo. Se trata del singular mundo de las formas de pensamientos, cuya vivacidad constituye solamente una pequeña parte del gigantesco engranaje de toda la Creación. Pero sus hilos van hasta lo que es de materia gruesa, ascendiendo hacia lo que es de materia aún más fina, como también, igualmente bajan hacia el reino de las tinieblas. ¡Igual que una gigantesca red de venas o nervios, todo se encuentra entretejido y entrelazado de manera indestructible, inseparable! ¡Prestad atención a eso!

Los más favorecidos consiguen ver aquí y allá una parte de ello, pero la mayor parte, sin embargo, solamente la pueden presentir. Así, pues, alguna cosa ya llegó al conocimiento de la humanidad. Éstos buscaron proseguir edificando sobre ello, a fin de obtener un cuadro completo. Sin embargo, no dejaron de aparecer errores y lagunas. Muchos investigadores en el campo de la materia fina dieron grandes saltos, por lo que debía de resultar una pérdida de conexión. Otros, a su vez, llenaron las lagunas con figuras fantásticas, las cuales causaron deformaciones y desfiguraciones, que necesariamente habían de estremecer la fe en el todo. El resultado fue la burla justificada que, basada en la falta de lógica por parte de los nombrados investigadores espirituales, hubo de triunfar.

Puesto que se debe hablar sobre ello, entonces en primer lugar ha de ser extendida una cuerda a través de todos los acontecimientos en la obra de la Creación, en la cual el observador pueda asirse y a través de la cual él sea capaz de alzarse. Muchos fenómenos que le son incomprensibles ya encuentran su punto de partida en el ambiente más cercano. Una mirada hacia dentro del mundo de las formas de pensamientos debería enseñarle a comprender muchas cosas que antes le parecían inexplicables. Incluso la justicia ejecutante, al juzgar a algunos casos, encontraría como verdaderos causadores a otros de los que fueron imputados por ella, llevándoles en primer lugar a la responsabilidad. La clave de todo eso se encuentra en la conexión del ser humano individual con el mundo de las formas de pensamientos, que se encuentra como el más próximo a la humanidad terrena. Es, sin duda, un beneficio para muchos que porten la venda, la cual no les deja ver más allá de lo que sus ojos terreno-corpóreos son capaces de alcanzar. La especie de las actuales formas de pensamientos les dejaría estremecidos. Un terror paralizador se extendería sobre muchos de los que ahora se pasan la vida inescrupulosamente de modo ingenuo o incluso inconsciente. Pues cada pensamiento generado adquiere pronto una forma, como todo lo del mundo de materia fina, la cual se personifica y presenta el verdadero sentido de tal pensamiento.

La fuerza viva creadora que fluye en los seres humanos reúne, por la voluntad concentrada de un pensamiento formulado, lo que es de materia fina y lo une conectándolo de forma que se exprese la voluntad de tal pensamiento. Por lo tanto, se trata de algo real, vivo, que en ese mundo de formas de pensamientos, debido a la ley de la atracción de la misma especie, atrae a elementos homólogos o por ellos se deja atraer, conforme a su propia fuerza. Así como un pensamiento, al irrumpir, es al mismo tiempo co-intuido, con mayor o menor intensidad, de igual manera su forma de materia fina traerá en si la vida correspondiente. Densamente poblado se encuentra ese mundo de pensamientos. Centrales enteras se han formado por la fuerza de atracción recíproca, de las cuales, debido a sus fuerzas concentradas, emanan las influencias sobre los seres humanos.

En primer lugar siempre sobre aquellos que son propensos a la igual especie, es decir, los que contienen en sí algo semejante. Éstos serán de ese modo fortalecidos en su voluntad correspondiente y estimulados para la continuada renovada producción de formas semejantes que, actuando de manera análoga, entran en el mundo de las formas de pensamientos.

Pero también otras personas que no llevan en sí tales particularidades pueden ser acosadas por ellas y poco a poco atraídas hacia ellas, si esas centrales reciben fuerzas inimaginables por el continuo y renovado flujo. Solamente se hallan protegidas de ello aquellas que poseen algo de otra especie en mayor intensidad, con lo que una ligazón con algo semejante se torna imposible.

Lamentablemente, en la época actual, son solamente el odio, la envidia, los celos, la codicia, la avaricia y todos los otros males, los que debido al mayor numero de seguidores, poseen las centrales de fuerza más poderosas en el mundo de las formas de pensamientos. En menor escala, la pureza y el amor. Por esa razón el mal crece, expandiéndose con una velocidad vertiginosa. Ocurre todavía que esas centrales de fuerza de las formas de pensamientos, a su vez, reciben ligazones con las esferas de igual especie procedentes de las tinieblas. Desde allí son especialmente atizadas para una actividad cada vez mayor, de manera que, progresando, consiguen provocar verdaderas devastaciones entre la humanidad.

Bendita, por lo tanto, sea la hora en la que los pensamientos del puro amor divino adquieran nuevamente un lugar más amplio entre la humanidad, para que así se desarrollen fuertes centrales de la misma especie en el mundo de las formas de pensamientos, las cuales pueden recibir refuerzos de las esferas más luminosas y así no solamente propiciar fortalecimiento a los que anhelen por el bien, sino también actuar lentamente, de modo purificador, sobre los ánimos más oscurecidos.

Uno puede, sin embargo, observar también todavía otra actividad en ese mundo de materia fina: las formas de pensamientos son impulsadas por la voluntad del generador hacia determinadas personas, a las cuales pueden adherirse. Tratándose de formas de pensamiento de especie pura y noble, constituyen ellas un embellecimiento de la persona a la que fueron destinadas, refuerzan a su alrededor la protección de su pureza, y pueden, por la semejanza de las instituciones interiores, elevarla más aún y fortalecerla para la ascensión. Pero los pensamientos impuros han de macular a la persona en cuestión, de la misma forma que un cuerpo de materia gruesa se torna mugriento por los lanzamientos de inmundicia y lodo. Si una persona así alcanzada no está interiormente bien anclada en las centrales de corrientes luminosas, le puede suceder que su intuición llegue a ser perturbada con el tiempo, debido a eses lanzamientos de pensamientos impuros. Esto es posible debido a que las formas adheridas de pensamientos impuros consiguen atraer algo de la misma especie, con lo que ellas, de esa forma reforzadas, envenenan poco a poco los pensamientos de la persona circundada.

Por supuesto, la responsabilidad mayor recae sobre la persona que generó los pensamientos impuros y los envió hacia la persona en cuestión por su deseo o codicia; puesto que las formas de pensamiento también permanecen ligadas a su promotor, actuando retroactivamente sobre él, del modo correspondiente.

Por ese motivo debe siempre de nuevo ser llamada la atención de todos los que buscan sinceramente: “¡Cuidad de la pureza de vuestros pensamientos!” Emplead en ello todas vuestras fuerzas. No podéis imaginar lo qué creáis así. ¡Hay en eso algo de gigantesco! Con ello podéis actuar cual vigorosos luchadores, como pioneros a favor de la Luz y, consecuentemente, a favor de la liberación de vuestros semejantes del enmarañado de las lianas de los pastos venenosos en el mundo de las formas de pensamientos.

Si fuese ahora quitada la venda de los ojos a una persona cualquiera, de manera que ella pudiese ver el ámbito más próximo de la materia fina, en principio ella descubriría temerosa una tremenda confusión que le podría inculcar el miedo. Pero solamente duraría hasta que reconociese la fuerza en ella latente, con la cual está apta para abrirse libre camino, como si fuese con una afilada espada. Sin esfuerzos, valiéndose únicamente de la propia voluntad. En cientos de miles de variedades ella ve las formas de pensamientos, todas las configuraciones posibles y para los ojos terrenos muchas veces imposibles. Cada una, sin embargo, manifestada nítidamente, mostrando y viviendo exactamente aquello que fue la verdadera voluntad en el momento de la generación de tal pensamiento. Sin adornos, libre de todos los artificios encubridores.

Pero a pesar de las miles de especies, uno reconoce con el tiempo inmediatamente la esencia de cada forma de pensamiento, es decir, uno sabe a qué categoría pertenecen, a pesar de sus diversas configuraciones. Así como uno puede distinguir por la fisonomía a un hombre de un animal, o incluso las diversas razas humanas por determinadas características fisonómicas, exactamente así las formas de pensamientos tienen expresiones bien determinadas, que indican claramente si la forma pertenece al odio, a la envidia, a la codicia o a cualquier otra categoría básica. Cada una de esas categorías básicas posee su determinado sello, que es impreso en las formas de pensamientos aislados, como base de las características por ella corporificadas, sea cual sea la configuración externa que esas formas hayan adquirido por el pensamiento generador. Luego, por lo tanto, a pesar de las más extrañas desfiguraciones de una forma en horrorosas deformidades, uno puede reconocer inmediatamente a que especie básica ella pertenece. Con ese reconocimiento, también la aparente y desordenada confusión deja de presentarse como tal.

Uno ve el inamovible orden y el rigor de las leyes básicas que fluyen en toda la Creación, las cuales, cuando las conocemos y nos ajustamos a su curso, conceden infinita protección y traen grandes bendiciones. Pero, quién se oponga a tales leyes será naturalmente atacado y sufrirá, cuando no sea derribado y aplastado, por lo menos dolorosas excoriaciones que, bajo dolores y amargas experiencias vivenciales, le remodelarán hasta que se adapte a la corriente de esas leyes, no suponiendo ser más un obstáculo. Solamente después de ello es que podrá ser llevado hacia arriba.

Estas formas de pensamientos no solamente emiten sus efectos sobre la humanidad, sino que alcanzan aún más lejos; pues al ámbito más próximo de ese mismo mundo de materia fina pertenece también la mayor parte de los seres de la naturaleza. Quién ya se haya conformado con el hecho de que todo vive y, consecuentemente, de que todo está en formas, sean terrenalmente visible o no, a éste ya no le será difícil concebir que también las fuerzas naturales se hallan formadas. A éstas pertenecen los ya vistos por muchos – antaño más de lo que ahora – gnomos, elfos, silfos, ondinas, etc., los entes de la tierra, del aire, del fuego y del agua. Ellos son influenciados por las formas de pensamientos, con lo que a su vez se originan muchos beneficios o muchos males. Y así por consiguiente. Una cosa se engrana con la otra, como en un conjunto de engranajes de un motor perfeccionado al máximo esmero.

¡En medio de todo ese engranaje, sin embargo, se halla el ser humano! Equipado con los medios necesarios para determinar la especie de los tejidos que deben resultar de su actuación en la Creación, para maniobrar el conjunto de los engranajes en diversos sentidos. Tornaos conscientes de esa inconmensurable responsabilidad; pues todo se desarrolla solamente en la propia esfera de vuestro ambiente terrenal. De acuerdo con la sabia disposición del Creador, nada de eso se sale más allá, sino que regresa solamente hacia vosotros mismos. Conseguís así con vuestros deseos, pensamientos y voluntad, envenenar el aquí y el más allá de la Tierra, o bien purificarlos y elevarlos hacia el encuentro de la Luz. ¡Por lo tanto, tornaos conductores del destino, que lleva hacia las alturas, mediante la pureza de vuestros pensamientos!


23. Moralidad

Sobre la humanidad paira algo así como una oscura nube de tempestad. Sofocante se halla la atmosfera. De modo apático, bajo una presión irrespirable, trabaja la facultad de intuición de cada individuo. Excesivamente tensos se encuentran solamente los nervios que actúan sobre la vida sensorial e impulsiva del cuerpo. Estimulados artificialmente por los errores de una educación falsa, por una concepción errada y el autoengaño. En ese sentido el ser humano actual no es normal, sino que lleva consigo una impulsividad sexual malsana, elevada hasta la décima, la cual busca exaltar, adorándola en centenares de formas y variantes, lo que deberá de resultar la perdición de la humanidad entera.

De modo contagioso, transmisible como un aliento pestilente, actúa con el tiempo incluso sobre aquellos que tratan de aferrarse obstinadamente a un ideal, cuyo resplandor todavía ven en el escondrijo de su semi-consciencia. Anhelantes estiran sus brazos hacia eso pero, suspirando, los bajan siempre de nuevo, sin esperanza, desesperados, cuando vuelven su mirada hacia lo qué les rodea. En caótica impotencia ven, aterrorizados, con que gran velocidad se va turbando la visión clara en relación con la moralidad e inmoralidad, perdiendo la facultad de discernimiento, cambiando en ese campo la pauta de los conceptos, de tal modo que mucho de aquello de lo que poco tiempo antes habría causado repugnancia y desprecio, rápidamente pasa a ser admitido como algo completamente natural, ya no más escandalizando. Pero pronto el cáliz estará lleno hasta el borde. ¡Habrá de sobrevenir un terrible despertar!

Incluso ahora, a veces sobre esas masas fustigadas por los sentidos, pasa algo así como un repentino y tímido encogimiento, completamente irreflexivo e inconsciente. La incertidumbre se apodera por un instante de muchos corazones; pero sin embargo, no llega a un despertar, a una intuición nítida de su actuación indigna. Se acude entonces a un esmero redoblado por reprimir o ahogar tales “debilidades” o “últimos resquicios” de conceptos anticuados. Ha de haber progreso a cualquier precio. Pero progresar es posible en dos direcciones. Hacia arriba o hacia bajo. Conforme a la elección realizada. Y tal y como se está ahora, esto conduce a una velocidad vertiginosa hacia bajo. El golpe habrá de reventar a los que así se precipitan hacia bajo, cuando suene la hora en la que choquen contra una fuerte resistencia.

En ese ambiente sofocante, la nube de tempestad se condensa siniestramente cada vez más. En cualquier momento se espera el primer relámpago, que rasgue y claree la oscuridad, que ilumine con flameante llama lo que está más escondido, con tal inexorabilidad y agudeza que trae en sí la liberación para aquellos que anhelen por luz y claridad, pero destrucción sin embargo, para los que no posean anhelo por la Luz. Cuanto más tiempo disponga esta nube para densificar su oscuridad y peso, tanto más penetrante y aterrorizante será también el rayo que provoque. Disipará la atmosfera débil y floja que esconde codicias viscosas en los pliegues de su indolencia; pues al primer relámpago le seguirá naturalmente una corriente de aire fresco y seco, que trae nueva vida. En la fría claridad de la Luz se encontrarán, de inmediato, ante los ojos de la humanidad aterrorizada, todas las monstruosidades de la fantasía morbosa, despidas de sus mentiras de falso brillo. Al igual que el temblor de un poderoso trueno será el despertar en las almas, de modo que el manantial de agua vivificante de la Verdad límpida pueda emanar y discurrir con estruendo sobre el suelo ya reblandecido. Despunta el día de la libertad. Liberación del yugo de una inmoralidad existente desde hace milenios y que ahora ha llegado a su máximo florecimiento.

¡Mirad a vuestro alrededor! ¡Observad las lecturas, los bailes, las ropas! La época actual se esfuerza, más do que nunca, en el derrumbe de todas las barreras entre los dos sexos, para turbar sistemáticamente la pureza de la intuición, deformarla con tal enturbamiento y ponerle mascaras engañosas, si es posible, por fin, asfixiarla por completo. Las reflexiones que surgen, los seres humanos sofocan con palabras altisonantes, las cuales, sin embargo, examinadas nítidamente, solamente provienen del tembloroso impulso sexual, a fin de dar siempre nuevo alimento a las codicias, de incontables maneras hábiles e torpes, de modo discreto o sin rodeos.

Hablan del preludio de una humanidad libre e independiente, de un desarrollo del fortalecimiento interior, de la cultura del cuerpo, de la belleza de la desnudez, de deporte ennoblecido, y de una educación para la vivificación del lema: “¡Para el puro, todo es puro!”, en resumen: ¡la elevación del género humano por medio de la extinción de todo el “pudor”, *(Decencia aparente) para así crear al ser humano libre y noble que ha de conducir el futuro! ¡Ay de aquél que ose hablar de algo en contra! ¡Tal atrevido será inmediatamente apedreado, bajo un gran vocerío, con insultos similares a las afirmaciones de que solamente pensamientos impuros podrían hacerle a “encontrar algo en eso”!

Un frenético remolino de aguas podridas, del cual exhala una emanación narcótica y venenosa que, como un éxtasis de morfina, deflagra ilusiones perturbadoras de los sentidos, hacia las cuales se dejan deslizar permanentemente miles y miles de personas, hasta perecer debilitadas en ello. El hermano trata de enseñar a la hermana, los hijos, a sus padres. Como un diluvio, todo eso va precipitándose sobre todos los seres humanos, y un furioso embate de olas surge de allí, dondequiera algunos prudentes que, tomados de asco, reaccionan aislados como arrecifes en el mar. A éstos se agarran muchos de los que en el torbellino perciben que la propia fuerza les amenaza faltar. Complace ver a estos pequeños grupos, que se encuentran como Oasis en medio del desierto. Son igual de reconfortantes que aquellos, invitando al reposo y descanso del viajero que, luchando arduamente, consiguió atravesar la tempestad de arena que le amenazaba aniquilar.

Todo cuanto hoy en dia está siendo predicado bajo los lindos mantos del progreso, no es otra cosa más que un disfrazado estímulo de la gran desvergüenza, el envenenamiento de todas las intuiciones más elevadas en el ser humano. La mayor epidemia que jamás se haya abatido sobre la humanidad. Y hay algo extraño: es como si muchos solamente hubiesen aguardado para que les fuese dada una excusa creíble, para que ellos mismos pudiesen rebajarse al nivel de animales. ¡Para incontables personas todo eso es bienvenido!

Pero quién conozca las leyes espirituales que actúan en el Universo se alejará con repugnancia de las tendencias actuales. Tomemos como ejemplo solamente a uno de esos “inofensivos” entretenimientos: “Los baños mixtos”. “¡Para el puro, todo es puro!” Suena tan bien que, bajo la protección de ese acorde armonioso, uno puede permitirse muchas cosas. Observemos, sin embargo, los más sencillos fenómenos en la materia fina durante uno de esos tales baños. Supongamos que allí se encuentran treinta personas de ambos sexos, y que, de todas ellas, veintinueve sean realmente puras en todos los sentidos. Una suposición que de antemano ya es del todo imposible; pues lo contrario es lo que sería más correcto, aunque incluso sería raro. Pero supongamos tal cosa. Ese individuo, el trigésimo, incentivado por lo que está viendo, tiene pensamientos impuros, a pesar de que exteriormente tal vez se porte correctamente. Tales pensamientos se corporifican en la esfera de materia fina inmediatamente en formas de pensamientos vivas, se dirigen hacia el objeto de su contemplación y se adhieren a él. ¡Eso corresponde a una mácula, llegue a cualquier manifestación o acto de agresión, o no! La persona así alcanzada saldrá de allí llevando consigo esa mácula, capaz de atraer formas de pensamientos semejantes que vaguean por ahí. De esa manera se torna cada vez más denso en su alrededor, pudiendo finalmente influenciarla y envenenarla, del mismo modo que la hiedra parasita muchas veces consigue matar el árbol más sano. Tales son los fenómenos de materia fina, en los llamados “inofensivos” baños mixtos, en los juegos de sociedad, bailes u otros más.

¡Sin embargo, uno debe de tener en consideración que tales baños y diversiones, en todo caso, son frecuentados por aquellos que intencionadamente buscan algo para incentivar especialmente sus pensamientos y sentimientos, ante tales contemplaciones! Por lo tanto, la clase de mugre que con eso es cultivada, sin que externamente se note algo en la esfera de la materia gruesa, no es difícil de explicar. De la misma forma es evidente que esa nube siempre creciente y condensada de formas de pensamientos sensuales tiene que, gradualmente, actuar sobre un número incontable de personas que por sí mismas no busquen tales cosas. En ellas van surgiendo primeramente de modo débil, pero después más fuerte y más vivo, pensamientos análogos, que van siendo alimentados constantemente por la clase actual de tales “progresos” de su ambiente, y así es como uno tras otro se desliza hacia dentro de la corriente oscura y viscosa, dónde la facultad de comprensión de la auténtica pureza y de la moralidad se va oscureciendo cada vez más, hasta arrastrar todo hacia las profundidades de la más completa oscuridad.

¡Esas oportunidades y estímulos para tales excrecencias que proliferan deben, en primer lugar, ser nuevamente eliminadas! No pasan de ser más que incubadoras en donde los parásitos pestilentes de los seres humanos inmorales pueden lanzar sus pensamientos que, a seguir, desarrollando con fuerza, crecen y devastadoramente se extienden por sobre toda la humanidad, creando siempre nuevos focos de proliferación y constituyendo finalmente solamente un inmenso campo de excrecencias repugnantes, de las cuales emana un hedor venenoso que asfixia hasta lo que es bueno.

Alejaos a la fuerza de tal sopor que, cual narcótico, aparenta ser un fortalecimiento, pero que en realidad solamente consigue actuar debilitando y destruyendo. Es evidente, aunque también entristecedor, que en primer lugar precisamente el sexo femenino ultrapase nuevamente todos los limites y, en su vestuario, se haya rebajado sin escrúpulos hasta la condición de prostitución. Pero esto solamente comprueba la precisión de lo que quedó aclarado sobre los fenómenos de la materia fina. Es precisamente la mujer la que, por naturaleza, con su mayor facultad de intuición, recibe y cosecha en primer lugar y mucho más ampliamente ese veneno del pestilente mundo de las formas de pensamientos de la materia fina, sin mismo darse cuenta. Ella se halla más expuesta a tales peligros, por lo tanto también es arrastrada en primer lugar y, con incomprensible rapidez y de forma sorprendente, va ultrapasando cualquier límite. No en vano se dice: “¡La mujer, cuando es mala, es peor que un hombre!” ¡Eso se hace sentir en todo, ya sea en la crueldad, en el odio o en el amor! ¡La conducta de la mujer será siempre el resultado del mundo de materia fina que le rodea! En eso, naturalmente, existen excepciones. Pero no por esa razón ella está exenta de responsabilidad; ¡pues puede percibir las influencias que la acosan y dirigir su voluntad y su actuar conforme su albedrío si... lo quiere! Que eso, lamentablemente, no suceda así con la mayoría, es una falta del sexo femenino, que solamente proviene de la absoluta ignorancia sobre estas cosas. Lo grave para los tiempos actuales es, sin embargo, que en realidad la mujer también tiene el futuro del pueblo en sus manos. Esto sucede por ser su estado anímico mucho más decisivo sobre la descendencia que el hombre. ¡Que decadencia, consecuentemente, deberá traer el futuro! ¡Inevitable! No podrá ser detenida ni con las armas, ni con el dinero, ni tampoco con los inventos. Tampoco con la bondad, o con una política consciente. Ahí habrán de venir medios más tajantes.

Pero no corresponde únicamente a la mujer esta inmensa culpa. Ella será siempre solamente el fiel reflejo de aquel mundo de formas de pensamientos que paira por sobre su pueblo. Este hecho no debe de ser olvidado. ¡Respectad y honrad a la mujer como tal y ella se formará de acuerdo con ello, tornándose aquello que veáis en ella, y así elevaréis a todo vuestro pueblo! Antes de eso, todavía falta que las mujeres pasen por un gran proceso de transformación. ¡Tal y como son ellas actualmente, un restablecimiento solamente podrá ocurrir por medio de una operación radical, con un corte implacable y violento, que retire a todas las excrecencias con cuchillos afilados, y las arroje al fuego! De lo contrario, ellas aún destruirían todas las partes sanas.

¡Para esa intervención, necesaria para la humanidad entera, acude el tiempo actual sin detención, deprisa, cada vez más deprisa, la deflagrando finalmente por sí misma! Será doloroso, terrible, pero al fin será la cura. Solamente entonces habrá llegado el momento para que uno hable de moralidad. Hoy en día, esto se perdería como palabras arrojadas a la tempestad. ¡Sin embargo, después de que pase la hora, en la que la Babel de los pecados sucumba, porque se haya desmoronado podrida, observad entonces al sexo femenino! Su conducta y su comportamiento os mostrarán a vosotros siempre como sois, porque la mujer, debido a su intuición más fina, vive aquello que las formas de pensamientos deseen.

Este hecho nos da también la certeza de que, con la pureza de los pensamientos y de las intuiciones, la feminidad se elevará más rápidamente en primer lugar hacia aquel ideal que consideramos como un ser humano noble. ¡Será entonces cuando la moralidad aparecerá con todo el brillo de su pureza!


24. ¡Vela y ora!

Cuántas veces este dictamen del Hijo de Dios es transmitido como un bienintencionado consejo y advertencia, sin que, sin embargo, ni el consejero ni aquél al que le es dado el consejo se tomen la molestia de reflexionar sobre lo que estas palabras realmente deban decir.

Lo que se comprende por orar cada criatura humana lo sabe, o dicho más acertadamente, acredita saberlo, aunque no obstante, en realidad lo ignora. También supone comprender exactamente el velar, pero sin embargo, está lejos de ello.

“¡Velad y orad” es la reproducción simbólica de la advertencia para la vivacidad de la facultad de intuición, es decir, para la actividad del espíritu! Espíritu en el legítimo sentido, y no comprendido como la actividad del cerebro; pues la manera del expresarse del espíritu vivo del ser humano es solamente y únicamente la intuición. En nada más actúa el espíritu del ser humano, es decir, su núcleo de origen, que se ha formado en el “yo” propiamente dicho, con la peregrinación a través de la Creación posterior.

“Vela y ora” no significa nada más que la exigencia para el refinamiento y el fortalecimiento de la facultad de intuición del ser humano terrenal, equivalente a la vivificación del espíritu, el cual es el único valor eterno del ser humano, el único que puede regresar al Paraíso, a la Creación primordial, desde donde se ha originado. Tendrá que regresar hacia allí, ya sea de forma madura y autoconsciente, o ya sea vuelto de nuevo inconciente, como un Yo vivo, de acuerdo con la voluntad de la Luz, convertido útil en la Creación, o como un yo dilacerado y muerto, si ha sido inútil en la Creación.

La exhortación del Hijo de Dios, “vela y ora”, es por lo tanto una de las más graves que ha legado a los seres humanos terrenales. Al mismo tiempo es una advertencia amenazadora para que se torne útil en la Creación, a fin de que no se caiga en la condena, debido a la actuación natural de las leyes divinas en la Creación.

¡Mirad a la mujer! Ella posee como el más elevado bien de la femineidad una delicadeza en la intuición, que ninguna otra criatura puede alcanzar. Por eso, se debería de poder hablar solamente de noble femineidad en esta Creación, porque femineidad trae en sí las más fuertes dádivas para la realización de todo lo que es bueno. Así, pues, recae sobre la mujer también la mayor de las responsabilidades. Por ese motivo Lucifer, con todas las huestes que dispone, ha establecido en la mujer su principal objetivo, a fin de someter con ello a toda la Creación bajo su poder.

Y lamentablemente Lucifer ha encontrado, en la mujer de la Creación posterior, un terreno demasiado liviano. Con los ojos bien abiertos ella voló hacia su encuentro envenenando así, debido a su especie, a toda la Creación posterior, con la inversión de conceptos puros en reflejos desfigurados, los cuales deberían de resultar una confusión para todos los espíritus humanos. La flor pura de la noble femineidad, como corona de esta Creación posterior, pronto se rebajó, por la influencia del tentador, a la altura de una planta venenosa que ostenta vivos colores y que con su perfume atractivo arrastra todo hacia el lugar donde ella medra, es decir, hacia el pantano, en cuyo lodazal viscoso y asfixiante ahondan los así arrastrados.

¡Ay de la mujer! Ya que le fueron conferidos los más elevados de todos los valores, los cuales no ha empleado correctamente, tiene que ser la primera sobre la que la espada de la justicia divina se abatirá si no se decide, con la rapidez de su intuición espiritual que le es propia, a ir por delante en la indispensable escalada de la humanidad terrena, saliendo de las ruinas de una estructuración errada de conceptos deteriorados, que se han originado exclusivamente por la insuflación de Lucifer. La mujer terrena puso, en lugar del anhelo ejemplar por la joya de la blanca flor de su noble pureza, el coqueteo y la vanidad, que encontraron su campo de acción en el coqueteo de una vida social erradamente cultivada. Ella sentía, sí, que de ese modo perdería la verdadera joya de la femineidad y agarró el sucedáneo que le fue ofrecido por las tinieblas, al buscar exponer sus atractivos corporales, convirtiéndose en una desvergonzada esclava de la moda, con lo que solamente ha deslizado aún más hacia el abismo, arrastrando consigo a los hombres a través de la intensificación de sus deseos, lo que había de impedir el desarrollo de su espíritu.

Sin embargo, de ese modo, ellas mismas sembraron en su interior el germen que ahora en el Juicio indispensable llevará hacia la destrucción, por medio de la acción recíproca, a todas las que así faltaron y se convirtieron en frutos podridos de esta Creación, porque con ello se han tornado incapaces de resistir a los vendavales purificadores que se acercan vigorosamente. Que nadie se deje ensuciar las manos con los adoradores del ídolo de la vanidad y del coqueteo, cuando éstos quieran agarrároslas, para salvarse de sus aflicciones. Dejadlos ahondar, rechazadlos, pues no hay en ellos valor alguno que pueda ser aprovechado para la nueva construcción que está prometida.

Ellos no perciben lo ridículo y lo vacío de su actuación. Sus risas y burlas, sin embargo, sobre las pocas que aún intentan sostener delante de sí mismas el decoro y la pureza de la verdadera femineidad, no dejando reprimir en sí lo más hermoso adorno de la joven y la mujer, es decir, el delicado sentimiento del pudor; ¡el escarnio de ellos pronto se transformará en gritos de dolor, silenciándose en ellos!

La mujer de la Creación posterior se encuentra puesta como sobre el filo de un cuchillo, a causa de los altos dones que ha recibido. Pues ahora tendrá que dar cuentas de cómo los ha utilizado hasta entonces. ¡Para ella no existe excusa alguna! La vuelta o el regreso son imposibles; pues el tiempo ha terminado. Todas ellas deberían haber pensado en ello antes y haber sabido que su opinión no puede oponerse a la voluntad inamovible de Dios, en la cual sólo reside la pureza límpida como el cristal. —

La mujer del futuro, sin embargo, la que haya podido salvarse con sus valores en medio de esta época de la vida degenerada de esta Sodoma y Gomorra de la actualidad, y aquella que nazca de nuevo llevará finalmente la femineidad hacia el florecimiento, ante la cual todo podrá acercarse solamente con sagrada timidez de la más pura reverencia. Ella será aquella mujer que vivirá de acuerdo con la voluntad divina, es decir, que se encontrará en la Creación de tal manera que corresponderá a la corona radiante que puede y debe ser, perfluyendo todo con las vibraciones que ella recibe desde las alturas luminosas, pudiendo transmitirlas sin obscurecimiento, debido a su facultad que se encuentra en la delicadeza de la intuición femenina.

La sentencia del Hijo de Dios: “Velad y orad” quedará personificada en cada mujer del futuro, como ya debería estar personificada en cada mujer del presente; ¡pues en las vibraciones de la facultad de intuición femenina se encuentra, siempre que se empeñen hacia la pureza y hacia la Luz, el velar permanente y el orar más bello, que es del agrado de Dios!

¡Tal vibrar trae la vivencia de una alegría llena de gratitud! ¡Y eso es la oración tal y como debe ser! ¡El vibrar, sin embargo, contiene al mismo tiempo una vigilancia constante, es decir, un velar! Pues todo lo que no es bonito y que intente acercarse, y cada mala intención, son captados y percibidos por tales vibraciones de sensibilidad delicada, ya mucho antes de puedan convertirse en pensamientos, y entonces le resultará algo fácil a la mujer de ahora y siempre protegerse en el momento correcto, si es que ella misma no lo quiera diferentemente.

Y, a pesar de la delicadeza de esas vibraciones, se encuentra ahí una fuerza que es capaz de transformarlo todo en la Creación. ¡No hay nada que pueda resistirse a ella; pues esa fuerza trae Luz y, por lo tanto, vida!

¡Eso lo sabía muy bien Lucifer! ¡Y por esa razón se dirigió también principalmente con todos sus ataques y tentaciones contra toda la femineidad! Sabía que lo conseguiría todo, si solamente conquistase a la mujer. ¡Y lamentablemente, lamentablemente lo ha conseguido, como puede ver hoy en día claramente cada uno quien quiera ver!

¡Por lo tanto, la llamada de la Luz, en primer lugar, se dirige nuevamente a la mujer! Ella debería, por fin, reconocer el bajo escalón que está ahora ocupando. Debería, si... la vanidad lo permitiese. ¡Pero esa trampa de Lucifer mantiene a toda la femineidad en la esfera de su poder, tan firmemente, que ni siquiera ella puede reconocer más la Luz, más aún, ya tampoco lo quiere! No lo quiere, porque la mujer moderna de la actualidad ya no puede separarse de sus livianas futilidades, a pesar de que vagamente ya intuya lo que ha perdido con ello. ¡Lo sabe incluso exactamente! ¡Y para adormecer esa intuición exhortadora, equivalente al saber, ella corre desvariadamente, como si fuese a ciegas, golpeada, hacia el encuentro de nuevas ridiculeces, masculinizándose tanto el su profesión como en todo su ser!

¡En lugar de regresar a la legítima femineidad, que es lo más precioso de los bienes en toda la Creación! ¡Y con ello a la misión que le fue determinada por la Luz!

Es ella la que, con eso, roba al hombre todo cuanto es sublime, impidiendo también con ello el florecimiento de la noble hombría.

¡Allí, dónde el hombre no sea capaz de erguir su mirada hacia la mujer en su femineidad, ninguna nación, ni ningún pueblo consigue florecer rumbo a las alturas!

¡Solamente la legítima, la más pura femineidad puede llevar y despertar al hombre a realizar grandes hazañas! Nada más. ¡Y esa es la misión de la mujer en la Creación, según la voluntad divina! Pues así ella eleva al pueblo y a la humanidad, sí, a toda la Creación posterior; ¡pues únicamente en ella reside esa elevada fuerza de suave actuación! ¡Un poder irresistible y dominador, bendito por la fuerza divina allí, donde se da la voluntad purísima! Nada se le equivale; ¡pues ella trae la belleza en la forma más pura en todo lo que hace y en lo que de ella emana! ¡Por eso mismo su actuación debe traspasar a toda la Creación de modo refrescante, elevándola, favoreciéndola y vivificándola, como un soplo del anhelado Paraíso!

¡A esa perla, de entre todas las dádivas de vuestro Creador, fue a quien Lucifer extendió su mano en primer lugar con toda su astucia y malicia, sabiendo que con ello rompería vuestro apoyo y vuestro anhelo por la Luz! Pues en la mujer se halla el precioso secreto capaz de desencadenar en la Creación la pureza y la nobleza de todos los pensamientos, el impulso por la mayor actividad, para la más noble actuación... con la condición de que esa mujer sea tal y como el Creador lo quiso que fuese, al colmarla con tales dones.

¡Sin embargo, vosotros os dejasteis iludir demasiado fácilmente! Os entregasteis a las tentaciones por completo sin lucha alguna. ¡Como una esclava obediente de Lucifer, la mujer ahora dirige los efectos de las bellas dádivas de Dios inversamente y, con ello, somete a toda la Creación posterior bajo las tinieblas! ¡Hoy en día existen solamente caricaturas horrendas de todo aquello que Dios pretendía dejar surgir en esta Creación para la alegría y felicidad de todas las criaturas! ¡De hecho, todo surgió, pero, bajo la influencia de Lucifer, alterado, torcido y errado! ¡La mujer de la Creación posterior se prestó para tanto a servir de intermediaria! Sobre el terreno límpido de la pureza se ha formado un pantano sofocante. El entusiasmo radiante fue sustituido por la embriaguez de los sentidos. ¡Ahora queréis luchar, pero en contra de cualquier exigencia de la Luz! ¡A fin de permanecer en el delirio de las vanidosas presunciones que os embriagan!

No son muchas aún, las que hoy en día son capaces de soportar una mirada clara. La mayoría de ellas se revelan como leprosas, cuya belleza, es decir, la verdadera femineidad, ya se encuentra carcomida, por lo que nunca más podrá ser reparada. Para muchas sobrevendrá la repugnancia de sí mismas si, a pesar de todo, aún pudiesen ser salvas y, después de muchos años, se acuerden de todo aquello que hasta hoy consideran como bello y bueno. ¡Será como un despertar y convalecer de los más pesados sueños febriles!

Sin embargo, así como la mujer fue capaz de degradar profundamente a toda la Creación posterior, ella también posee la fuerza para elevarla nuevamente y favorecerla, pues el hombre también la seguirá. Pronto vendrá el tiempo, después de la purificación, en el que se podrá exclamar, jubilosamente: He aquí la mujer tal como debe ser, la legitima mujer en toda su grandeza, en su más noble pureza y poder, y en ella vivenciaréis la sentencia de Cristo: “¡Vela y ora” con toda la naturalidad y la más bella forma!


25. El Matrimonio

¡Matrimonios son contraídos en el cielo! Esta frase es proferida mucha veces con enojo y amargura por los casados. Pero también es utilizada con hipocresía por los que se encuentran más lejos del cielo. La consecuencia natural es la de que al respecto de esta frase solamente se da de hombros, se sonríe, se burlan y incluso se escarnece.

Con vista a todos los matrimonios, que una persona alcanza conocer en el curso de los años en su ambiente más cercano o lejano, eso se torna comprensible. Los escarnecedores tienen razón. ¡Sin embargo sería mejor no escarnecer de esa expresión, pero de los propios matrimonios! Son ésos que en su mayoría merecen no solamente burla y escarnio, pero incluso desprecio.

Los matrimonios, conforme se presentan actualmente, así como ya hace siglos, socavan la verdad de la frase, no permiten a nadie creerla. Representan, lamentablemente, con solamente rarísimas excepciones, un estado nítidamente inmoral, a lo cual no se puede dar un fin suficientemente rápido, para resguardar miles de esa vergüenza, a la cual, en acuerdo con las costumbres de la época actual, recurren ciegamente. Suponen que no puede ser de otra forma, porque así es usual. Se agrega incluso que exactamente en la época actual todo está tallado hasta la falta de pudor, a fin de turbar y sofocar cada intuición más pura. Ser humano algún piensa en tornar la personalidad, incluso a través del respeto por el cuerpo, en aquello que debía ser, puede ser y tiene que ser.

El cuerpo, así como el alma, tiene que ser algo precioso, por lo tanto, intangible, que no se pone a la vista como artificio. ¡Algo elevado, sagrado! Y por lo tanto, en la Tierra, también a ese respecto el cuerpo no es separable del alma. Ambos tienen que ser, concomitantemente, estimados y resguardados como santuario, si deban tener algún valor. Caso contrario, se transforman en trapos, en contacto con los cuales nos maculamos, que solamente merecen ser tirados en un rincón, a fin de pertenecer a precio bajo al primer trapero que aparezca. Si surgiese hoy en la Tierra un ejercito de tales traperos y rematadores, encontrarían una cantidad inimaginable de esos trapos. A cada paso, encontrarían nuevos montes ya a su espera. Y tales rematadores y traperos ya vaguean de hecho por ahí en densos bandos. Son los emisarios e instrumentos de las tinieblas que toman pose, vorazmente, de las presas fáciles a fin de, triunfando, arrastrarlas cada vez más y más hacia bajo, hacia su reino oscuro, hasta que todo los cubra con negror y no puedan hallar, nunca más, el camino de vuelta hacia la Luz. ¡No es de extrañarse que todos se ríen, apenas cuando alguien todavía hable seriamente que matrimonios son contraídos en el cielo!

El casamiento civil nada más es de lo que un simple acto comercial. Los que se unen por su intermedio no lo hacen a fin de dedicarse, en común, con seriedad a una obra, que eleve el valor intrínseco y extrínseco de las personas involucradas, que los deje aspirar conjuntamente a elevadas metas y con eso traiga bendiciones a ellas propias, a la humanidad, bien como a toda la Creación, pero si como un simple contracto, ante lo cual, recíprocamente, se garantizan económicamente, a fin de que la mutua entrega corporal pueda darse sin consideraciones calculistas. ¿Dónde queda, ahí, la santidad del cuerpo, que por ambos los lados debe ser traída para el matrimonio y en él también conservada? Ésta, ni siquiera es llevada en consideración.

La mujer ocupa en todo eso un lugar tan degradante, que sería necesario alejarse de ella. En ochenta por ciento de los casos, ella se contracta o se vende simplemente al servicio del hombre, que no busca en ella una compañera de igual valor, pero si, además de un objeto de contemplación, una gobernanta barata y obediente que le torne agradable el hogar y con la cual él, bajo el manto de una falsa honestidad, también pueda conjuntamente y sin perturbaciones satisfacer los deseos.

Muchas veces, por los motivos más ínfimos, mozas abandonan la casa de los padres, a fin de contraer un matrimonio. A veces se han cansado de la casa de los padres, desean un ambiente de actuación en lo cual ellas mismas puedan disponer. A otras parece interesante representar el papel de una joven señora, o esperan una vida con más movimiento. Creen tal vez también llegar a condiciones económicas mejores. Idénticamente existen casos en que mozas contraen nupcias por mero capricho, para con eso irritar a otros. También impulsos puramente corporales proveen el motivo para el casamiento. Por lecturas impropias, conversas y juegos impropios, han sido ellos despiertos y artificialmente cultivados.

Raramente se trata de verdadero amor anímico que las induce a dar ese paso, que es lo más serio de todos en la vida terrena. Las mozas, bajo la cuidadosa asistencia de muchos padres, son supuestamente “demasiado astutas” para dejarse conducir solamente por intuiciones más puras, pero con eso corren justamente hacia el encuentro de la infelicidad. Ésas tienen su recompensa por esta superficialidad, en parte, ya en el propio matrimonio. ¡Pero solamente en parte! El amargo vivenciar de los efectos recíprocos, como consecuencia de tales matrimonios errados, viene mucho más tarde; pues el mal principal ahí se encuentra en la negligencia livianamente provocada de ese modo, en detrimento de posible progreso. Muchas vidas terrenas quedan así enteramente perdidas para la verdadera finalidad de la existencia personal. Eso resulta incluso un grave retroceso, que por su vez tendrá que ser recuperado penosamente.

¡Cuán diferente, cuando un matrimonio es contraído en bases ciertas y se desarrolla harmoniosamente! Alegres, un a servicio espontáneo del otro, crecen lado a lado hacia el alto, para ennoblecimiento espiritual, encarando sonrientes, hombro a hombro, las dificultades terrenas. El matrimonio pasa entonces a ser un lucro para la existencia entera, debido a la felicidad. ¡Y en esa felicidad se encuentra un impulso hacia arriba, no solamente individual, pero para toda la humanidad! Ay, por lo tanto, de los padres que impelen sus hijos a matrimonios errados por medio de persuasión, astucia u obligación provenientes de motivos racionales. El peso de la responsabilidad, que en eso alcanza más lejos de lo que solamente el propio hijo, recae, tarde o temprano, tan fuertemente sobre ellos, que desearían nunca haber tenido “ideas tan brillantes”.

El matrimonio religioso es considerado por muchos solamente como una parte de una fiesta puramente terrena. Las propias iglesias o sus representantes emplean la sentencia: “¡Lo que Dios unió, la criatura humana no debe separar!” En los cultos religiosos predomina la idea básica de que ambos los novios, por la ceremonia de un casamiento, son unidos por Dios. Los “más avanzados” son, en lugar de eso, de opinión de que los dos que contraen matrimonio son así unidos ante Dios. La última interpretación por lo menos tiene mayor justificativa de lo que la primera.

¡Con estas palabras, sin embargo, no se desea tal interpretación! Ellas deben decir algo totalmente diferente. En ellas queda fundamentado el hecho de que matrimonios son realmente contraídos en el cielo.

Alejándose de esa frase todos los falsos conceptos e interpretaciones, pronto cesa cualquier razón para risas, burlas o sarcasmos, y el sentido yace ante nosotros en toda su seriedad y en su inalterable verdad. Pero la consecuencia natural es, entonces, también el reconocimiento de que los matrimonios son idealizados y deseados de modo completamente diferente de lo que los de hoy son, es decir, que un matrimonio solamente debe ser contraído bajo presuposiciones totalmente diferentes, con aspectos y convicciones enteramente diferentes y con propósitos totalmente puros.

“Los matrimonios son contraídos en el cielo”, demuestra, en primer lugar, que ya con el ingreso en la vida terrena cada persona trae consigo determinadas cualidades, cuyo desarrollo harmonioso solamente puede ser alcanzado por personas de cualidades de acuerdo. Cualidades de acuerdo, sin embargo, no son las mismas, pero si aquellas que completan y que, ante esa complementación, las tornan de pleno valor. En ese pleno valor, sin embargo, resuenan todas las cuerdas en un acorde armonioso. Si, sin embargo, una parte se convierta de pleno valor a través de otra, también esa otra parte, que se aproxima, se torna, a través de la segunda, idénticamente de pleno valor y, en la unión de ambas, es decir, en la convivencia y en el actuar, sonará ese armonioso acorde. Así es el matrimonio que fue contraído en el cielo.

Así, sin embargo, no queda expreso que para una persona sería adecuada, para un matrimonio armonioso, solamente una otra cierta determinada persona en la Tierra, pero en general existen varias que traen en si el complemento de la otra parte. No es necesario, por lo tanto, que se peregrine por la Tierra durante décadas para encontrar esa segunda parte de acuerdo y complementar. Bastará solamente emplear para tanto la necesaria seriedad, estar con los ojos, oídos y el corazón abiertos y, principalmente, desistir de las actuales condiciones preliminares, consideradas exigencias para un matrimonio. Justamente aquello que hoy es valido no debe prevalecer. Un trabajo en común y metas elevadas condicionan un matrimonio sano tan indispensablemente cuanto un cuerpo sano, el movimiento y el aire fresco. Quién cuenta con comodidad y la mayor despreocupación posible, deseando en esa base construir la vida en común, habrá de cosechar en el fin solamente algo enfermo con todos sus efectos colaterales. Por eso buscad, finalmente, firmar matrimonios que sean contraídos en el cielo. ¡Entonces la felicidad os alcanzará!

Contraído en el cielo significa estar predestinados uno para el otro, ya antes o con el ingreso en la vida terrena. La predestinación consiste, sin embargo, solamente en las cualidades traídas, con las cuales las dos partes se completan mutua e integralmente. Estas son, de ese modo, destinadas una para la otra.

Ser destinadas puede también ser expreso “que combinan una con la otra”, completándose, por lo tanto, realmente. En eso reside la destinación.

“Lo que Dios unió, la creatura humana no debe separar”. La incomprensión de ese dictamen de Cristo ya ha provocado muchos males. Muchos hasta ahora suponían con: “Lo que Dios unió” el casamiento. Éste, hasta ahora, prácticamente nada tuvo que ver con el sentido de tales palabras. Aquello que Dios unió es una unión, en la cual son rellenas las condiciones que exigen una armonía plena, que, por lo tanto, es contraída en el cielo. Si, a ese respeto, fue dada o no una permisión del Estado o de la iglesia, en nada altera el caso.

Lógicamente es necesario encuadrase también ahí en el orden civil. Si entonces, en una unión así firmada, un casamiento es incluso ratificado con la ceremonia de casamiento por el respectivo culto religioso, en correspondiente devoción, es muy natural que esa unión adquiera consagración mucho más elevada, por la disposición interior de los participantes, propiciando vigorosas y legitimas bendiciones espirituales a la pareja. Un tal matrimonio habrá sido entonces de hecho realizado por Dios y ante Dios y contraído en el cielo.

Viene a seguir la advertencia: “¡La criatura humana no debe separar!” Como ha sido amezquindado también el alto sentido de esas palabras. ¡Ahí, sin embargo, la verdad se evidencia tan claramente! Dondequiera que exista una unión que ha sido contraída en el cielo, es decir, donde dos se completan de tal modo, que surja un pleno acorde armonioso, allá ninguna tercera persona debe intentar provocar una separación. Aunque sea introduciendo una desarmonía, tornando imposible una unión o provocando una separación, no importa, tal procedimiento sería pecado. Un agravio que, en su efecto recíproco, hay que adherir pesadamente al autor, toda vez que con eso son alcanzadas, simultáneamente, dos personas y con éstas también las bendiciones que se habrían diseminado, a través de su felicidad, en el mundo de materia gruesa y en lo de materia fina. Hay en esas palabras una verdad sencilla que se torna reconocible por todos los lados. La advertencia visa proteger solamente aquellas uniones que han sido contraídas en el cielo, debido a las condiciones previas ya antes mencionadas, para lo que tienen su actuación ante las propiedades anímicas traídas, que mutuamente se completan.

¡Entre tales, ninguna tercera persona debe entrometerse, tampoco los padres! Los dos interesados, ellos propios, nunca tendrán la idea de desear una separación. La armonía divina, que constituye la base, debido a sus mutuas propiedades anímicas, no dejará que surja tal pensamiento. Su felicidad y la estabilidad de su matrimonio están así de antemano aseguradas. Si haya solicitación de separación por parte de uno de los cónyuges, con eso dará este la mejor prueba de que no existe como base la necesaria armonía, el matrimonio, por lo tanto, no puede haber sido contraído en el cielo. En tal caso un matrimonio debería ser deshecho impreteriblemente; para elevación de la autoconciencia moral de ambos los cónyuges, que viven en tal ambiente insano. Tales matrimonios errados constituyen hoy la gran mayoría. Ese estado pernicioso proviene principalmente del retroceso moral de la humanidad, bien como de la adoración predominante del intelecto.

La separación de aquello que Dios ha unido, sin embargo, no se refiere solamente al matrimonio, pero también a la aproximación anterior de dos almas, que podrían, por sus propiedades complementares, desarrollar sólo armonía, por lo tanto, que están predestinadas una a otra. ¡Una vez concluida tal unión y una tercera persona busca entrometerse por medio de difamación o por semejantes medios conocidos, entonces tal intención ya es adulterio consumado!

El sentido de las palabras: “Lo que Dios unió, la criatura humana no debe separar” es tan simple y claro que es difícil comprender como pudo surgir a tal respecto una acepción errónea. Eso sólo fue posible ante la separación errada entre el mundo espiritual y el mundo terreno, con lo que el concepto estrecho del intelecto ha logrado imponerse, y la cual jamás ha resultado en valores reales.

¡Desde el espiritual han sido dadas esas palabras, por lo tanto, solamente en el espiritual ellas pueden encontrar su verdadero esclarecimiento!


26. El derecho del hijo respecto a los padres

Muchos hijos viven respecto a los padres en una suposición infeliz, que se les revierte en el mayor perjuicio. Creen poder lanzar sobre los padres el motivo de su propia existencia terrena. A menudo se escucha la observación: “Es lógico que mis padres tengan que cuidar de mí; pues ellos son los que me trajeron al mundo. No tengo la culpa de estar aquí.”

No hay nada más insensato que pueda decirse. ¡Cada persona está aquí en esta Tierra por su propio pedido o por su propia culpa! Los padres solamente ofrecen la posibilidad de la encarnación, nada más. ¡Y cada alma encarnada debe estar agradecida de que se le haya concedido tal posibilidad!

El alma de un niño no es nada más que un huésped de sus padres. ¡Ya sólo en esa evidencia yace el esclarecimiento suficiente como para que quede explícito que un hijo, de hecho, no puede querer imponer cualquier derecho respecto a los padres! Derechos espirituales relacionados a los padres, ¡él no los tiene! Los derechos terrenos, sin embargo, se han originado solamente del orden social, puramente terrenal, de lo que el Estado establece, para que él mismo no necesite asumir cualquier obligación.

¡El niño es, espiritualmente, una personalidad individual por sí solo! A excepción el cuerpo terreno, que es necesario como instrumento para actuar en esta Tierra de materia gruesa, nada ha recibido de los padres. Por consiguiente, solamente un alojamiento que el alma, previamente independiente, puede utilizar.

Sin embargo, con la procreación, asumen los padres la obligación de alimentar ese alojamiento así formado y de conservarlo, hasta que el alma, que de él ha tomado posesión, sea capaz de asumir por sí misma su manutención. La época para ello es mostrada por el propio desarrollo natural del cuerpo. Todo lo que se haga después de ahí es un regalo de los padres.

Los hijos deberían, por lo tanto, parar de contar de una vez con los padres, y preferir pensar en firmarse, lo antes posible, sobre sus propios pies. Evidentemente, es independiente si ejercen actividades en la casa paterna o fuera de ella. Pero actividad ha de existir, sin que consista en las diversiones y cumplimientos de los llamados compromisos sociales, sino en un determinado cumplimiento de un deber real y útil, en el sentido de que la respectiva actividad haya de ser ejecutada por otra persona especialmente contratada para ese fin, en caso de que el hijo no la realice más. ¡Solamente así se puede hablar de una existencia útil en la Tierra, lo que resulta en la madurez del espíritu! Si un hijo cumple en la casa paterna con tales tareas, sea cual fuere su sexo, masculino o femenino, debería recibir de los padres también aquella recompensa que le correspondería igualmente a una persona extraña, empleada para tal finalidad. En otras palabras: el hijo, que cumple con sus obligaciones, debe ser considerado y tratado como una persona realmente independiente. Si lazos especiales de amor, confianza y amistad unen a padres e hijos, entonces será un tanto más bello para ambos; ¡puesto que entonces es una unión voluntaria, resultado de la íntima convicción y, por consiguiente, mucho más valiosa! Es entonces legítima, y les mantiene unidos incluso en el más Allá para mutuo beneficio y alegría. Imposiciones y costumbres familiares, sin embargo, son insanas y condenables, en cuanto un determinado límite en la edad de los niños sea ultrapasado.

Naturalmente, tampoco existen los denominados derechos de parentesco, en los cuales principalmente tías, tíos, primas, primos y todos los demás que todavía tratan de presentarse como parientes, se apoyan tantas veces. Precisamente esos derechos de parentesco constituyen un abuso condenable, que siempre producirá repugnancia en aquellas personas en sí ya maduradas.

Lamentablemente, debido a las tradiciones, eso ya se ha transformado en una costumbre, hasta el punto de que, generalmente, la persona tampoco intenta pensar de otra forma y se adapta a ello en silencio, aunque con aversión. Pero quién, sin embargo, ose dar el pequeño paso y reflexione sobre ello libremente, sentirá en el fondo de su alma todo tan ridículo, tan repugnante que, indignado, terminará alejándose de tales petulancias así establecidas.

¡Se debe terminar un dia con este tipo de cosas tan antinaturales! Una vez que despierte en sí una nueva y sana especie humana, tales abusos no serán soportados más, por ser opuestos a todo y cualquier sentido sano. De tales distorsiones artificiales de la vida natural, no podría surgir nunca nada de realmente grandioso, porque con ello los seres humanos permanecen demasiado tullidos. En esas cosas aparentemente secundarias existe un gigantesco atamiento. ¡Aquí tiene que ser establecida la libertad, al desprenderse cada individuo de sus costumbres indignas! ¡La verdadera libertad solamente existe en el correcto reconocimiento de las obligaciones, lo que permanece ligado al cumplimiento voluntario de los deberes! ¡Únicamente el cumplimiento del deber otorga derechos! Esto también concierne a los hijos, a los cuales, igualmente, solamente con el cumplimiento más fiel de los deberes, pueden resultar derechos. —

Pero existe toda una serie de deberes muy severos para todos los padres, que no están relacionados con los derechos de los hijos.

Cada adulto tiene que estar consciente de aquello que realmente se relaciona con la procreación. La imprudencia y la irreflexión de hasta ahora a ese respeto, tanto como los conceptos errados, se han vengado de manera muy nefasta.

Solamente tened claro para vosotros que en el más Allá más próximo existe un gran número de almas que ya se hallan listas y a la espera de una posibilidad para la reencarnación en la Tierra. Se trata, en su mayoría, de aquellas almas humanas que, presas de los hilos kármicos, buscan cualquier rescate en una nueva vida terrena.

En cuanto se les ofrezca una posibilidad para ello, se apegan a los lugares en donde se haya realizado un acto de procreación, a fin de acompañar, esperando, el desarrollo del nuevo cuerpo humano para alojamiento. Durante esa espera, se van tejiendo hilos de materia fina desde el cuerpo en formación hacia el alma, que se mantiene obstinadamente muy cerca de la futura madre, y en sentido contrario, hasta un cierto grado de madurez, tales hilos sirven así de puente facilitando el ingreso del alma extraña procedente del más Allá en el nuevo cuerpo, del cual toma posesión también inmediatamente. ¡Ingresa, por consiguiente, un huésped extraño que puede causar, debido a su karma, muchas aflicciones a los educadores! ¡Un huésped extraño! ¡Que incómodo pensamiento! Esto el ser humano debería tenerlo siempre ante los ojos y jamás olvidarse que puede co-decidir en la elección del alma que permanece a la espera, mientras no deje pasar livianamente el tiempo para ello. La encarnación se halla, sin duda, sujeta a la ley de la atracción de la igual especie. Sin embargo, no es absolutamente necesario que para ello la especie afín de uno de los progenitores le sirva de polo, sino que, a veces, de alguna persona que se encuentre frecuentemente en la proximidad de la futura madre. Cuánto infortunio puede entonces ser evitado, en cuanto el ser humano conozca correctamente todo el proceso y de él se ocupe conscientemente. Sin embargo, pasan el tiempo livianamente, frecuentan diversiones y bailes, ofrecen recepciones y no se preocupan mucho por lo que se está preparando de importante entretanto y que más tarde habrá de influir poderosamente durante toda su vida.

En la oración, la cual siempre tiene como base el ardiente deseo, deberían conscientemente dirigir muchos factores, debilitar el mal, fortalecer el bien. ¡El extraño huésped que entonces ingresa como un hijo en su hogar, se presentaría de tal modo, que sería bien-venido en todos los sentidos! Se dicen muchos disparates sobre la educación prenatal, en la habitual semicomprensión o en la comprensión errada de los muchos efectos que resultan exteriormente perceptibles.

Pero, como frecuentemente, aquí también las conclusiones humanas de tales observaciones son erradas. ¡No existe ninguna posibilidad de educación prenatal, pero sí una absoluta posibilidad de influir en la atracción, cuando sucede durante el tiempo oportuno y con la debida seriedad! Esta una diferencia, en la que en las consecuencias alcanza más lejos de lo que la supuesta educación prenatal jamás lograría alcanzar.

Quienquiera que, por lo tanto, esté esclarecido a tal respecto y todavía realice de manera irreflexiva ligazones imprudentemente no merece nada más que ingrese en su círculo un espíritu humano que solamente le cause desasosiego y, tal vez, incluso desgracia.

La procreación debe ser para un ser humano, espiritualmente libre, nada más allá de lo que la prueba de su buena voluntad para acoger a un espíritu humano extraño como huésped permanente en la familia, ofreciéndole la oportunidad de redimirse en la Tierra y de madurar. Solamente cuando en ambas partes exista el íntimo deseo hacia esa finalidad, es que se debe realizar la oportunidad de procreación. Contemplad ahora una vez a los padres e hijos, desde esas realidades, entonces mucha cosa cambiará por si sola. El trato mutuo, la educación, todo recibirá otras bases, más serias de lo que hasta ahora ha sido usual en innumerables familias. Habrá más consideración y más respeto mutuo. Consciencia de independencia y esfuerzos de responsabilidad se harán sentir, lo que trae como consecuencia la natural ascensión social del pueblo. Los hijos, sin embargo, pronto se olvidarán de querer arrogarse derechos que nunca existieron. —


27. La oración

Si se quiere hablar de la oración, es evidente que las palabras valen solamente para aquellos que se ocupan de la oración. Quién no sienta en sí el impulso para una oración, puede abstenerse tranquilamente de ello pues sus palabras o pensamientos, finalmente, han de deshacerse en la nada. Si una oración no es intuida profundamente, entonces no tiene valor y, por lo tanto, tampoco ningún efecto. Tanto el momento de un sentimiento de gratitud transbordando en gran alegría, así como la intuición del más profundo dolor en el sufrimiento, forman la mejor base para una oración de la cual se pueda esperar efecto. En tales momentos la criatura humana está penetrada por una determinada intuición, que sobrepasa en ella todo lo demás. Así es posible que el deseo principal de la oración, ya sea un agradecimiento o un ruego, reciba una fuerza sin turbación.

Además, muchas veces los seres humanos se hacen una imagen errada de la sucesión y de la formación de una oración y su ulterior desarrollo. No todas las oraciones llegan al más elevado Dirigente de los mundos. Sino al contrario, se trata de una rarísima excepción cuando una oración realmente logra alcanzar hasta los escalones del trono. También aquí la fuerza de atracción de la misma especie, como ley básica, representa el papel más importante.

Una oración sinceramente intencionada y profundamente intuida, atrayendo por sí misma y siendo atraída por la misma especie, entra en contacto con un centro de fuerzas de aquella especie de la cual el contenido principal de la oración se halla impregnado. Los centros de fuerzas podrían también ser denominados departamentos de las esferas o tener cualquier otra designación, en el fondo, concluirá siempre en lo mismo. La reciprocidad trae entonces aquello que fue el deseo esencial de la oración. Ya sea tranquilidad, fuerza, restablecimiento, planes súbitamente surgidos en el intimo, solución a difíciles preguntas u otras muchas cosas. Siempre advendrá desde ahí algo positivo, aunque sea solamente la propia tranquilidad y concentración fortalecida, que a su vez conducen hacia una salida, hacia una salvación.

También es posible que esas oraciones emitidas, profundizadas con su fuerza por el efecto recíproco de los centros de fuerza de la misma especie, encuentren un camino fino-material hacia las personas que, debido a eso, son estimuladas para traer el auxilio de alguna forma y, con ello, el cumplimiento de la oración. Todos estos acontecimientos son fácilmente comprensibles con la observación de la vida de la materia fina. Igualmente en esto, reside otra vez la justicia en el hecho de que el factor decisivo de una oración siempre será la disposición interior de la persona que ora, la cual, de acuerdo con su profundidad, determina la fuerza, es decir, la vitalidad y la eficiencia de la oración.

En el gran acontecimiento fino-material del Universo, cada clase de intuición encuentra a su determinada especie igual, ya que no solamente no podría ser atraída por otras, sino que incluso repelida. Solamente cuando surge una especie igual es cuando se da la ligazón y, con ello, el fortalecimiento. Una oración, que contenga varias intuiciones, las cuales, debido a la gran profundidad del que ora, aún poseen cierta fuerza, no obstante su desmembramiento, atraerá, por consiguiente, diversos efectos. Si con ello sucede o no una realización, dependerá completamente de la clase de las partes individuales, las cuales pueden tener efectos que se favorezcan o se obstaculicen mutuamente. En cualquier caso, sin embargo, será mejor emitir en una oración solamente un pensamiento, como intuición, para que no surja ninguna confusión.

Así, Cristo de ninguna manera tampoco quiso que el “Padre Nuestro” fuese orado necesariamente de modo integral, sino que solamente indicó con ello, de manera concentrada, todo aquello que el ser humano, con voluntad sincera, puede pedir en primer lugar con seguridad de obtener la realización.

En tales peticiones están contenidas las bases para todo cuanto la persona necesita para su bienestar corporal y su ascensión espiritual. ¡Pero ofrecen aún más! Las peticiones muestran al mismo tiempo las pautas hacia el esfuerzo que la persona debe seguir en su vida terrena. La composición de las peticiones es, por si sola, una obra maestra. El “Padre Nuestro” únicamente puede serlo todo para la criatura humana que busque, cuando en él profundice y lo comprenda correctamente. Tampoco necesitaría más que el “Padre Nuestro”. Éste le muestra todo el Evangelio de la forma más concentrada. Es la llave hacia las alturas luminosas para aquél que sepa vivenciarlo de manera correcta. ¡Puede ser para cada persona, simultáneamente, el bastón y la antorcha para el proseguimiento y la ascensión! Tal es lo inconmensurable que trae en sí. *(Disertación Nro. 28: El Padre Nuestro)

Ya esa misma riqueza indica la verdadera finalidad del “Padre Nuestro”. ¡Jesús dio a la humanidad con el “Padre Nuestro” la llave hacia el Reino de Dios! El núcleo de su mensaje. Pero él no quiso decir con esto que debería ser recitado de esa manera.

La criatura humana solamente necesita prestar atención, después de orar, y por sí misma reconocerá cuánta distracción eso le trajo y cómo se ha debilitado la profundidad de su intuición, al seguir la secuencia de las peticiones individuales, aunque éstas le resulten demasiado familiares.

¡Le es imposible pasar sucesivamente de un pedido a otro con el fervor necesario de una verdadera oración! Jesús, sin embargo, según su manera, facilitó todo a la humanidad. La expresión correcta es “tan fácil como si fuera para niños”. Él indicó especialmente: “¡Volveos como niños!” Es decir, pensando con toda sencillez y buscando el mínimo de dificultades. Jamás habría esperado de la humanidad algo tan imposible, como lo que exige el orar profundizado realmente en el “Padre Nuestro”. Este hecho debe de llevar también a la humanidad hacia la convicción de que Jesús deseaba algo diferente, algo más grande. ¡Él dio la llave hacia el Reino de Dios, no una simple oración!

La pluralidad de una oración siempre la debilitará. Un niño tampoco se dirige a su padre con siete peticiones al mismo tiempo, sino simplemente con aquella que justamente más le oprime su corazón, sea un sufrimiento o un deseo.

Así es también como una persona en aflicción debe, suplicando, dirigirse a su Dios con aquello que le oprime. En la mayoría de los casos, de hecho, se tratará solamente de un asunto en particular y no de varios seguidos. Tampoco se debe de pedir algo que no oprima por el momento. Dado que tal petición tampoco puede ser intuida con suficiente vivacidad en su íntimo, se convierte en una forma vacía y naturalmente debilita a otro pedido tal vez realmente necesario.

Por lo tanto, ¡siempre se debe pedir solamente aquello que es realmente necesario! ¡Nada de fórmulas vacías que han de dispersarse y que, con el tiempo, cultivan la hipocresía!

La oración requiere la más profunda seriedad. Se ha de orar con calma y pureza, para que, a través de la calma, la fuerza de la intuición sea aumentada y que ésta, por la pureza, obtenga aquella ligereza luminosa, capaz de elevar a la oración hasta las alturas de todo cuanto es luminoso, de todo cuanto es puro. ¡Entonces le llegará al suplicante también aquella realización que será la más provechosa y que le llevará hacia adelante en toda su existencia!

No es la fuerza de la oración lo que consigue lanzarla hacia lo alto o impulsarla, sino solamente la pureza con su correspondiente ligereza. La pureza en la oración, sin embargo, la puede conseguir cualquier persona, aunque no en todas sus oraciones, en cuanto el impulso para rogar se torne vivo en ella. Para esto no es necesario que ya se halle con toda su vida en la pureza. Eso no logra impedirlo para que, en la oración, sea temporalmente aquí y allá, se eleve por lo menos temporalmente en la pureza de su intuición.

Para la fuerza de la oración, sin embargo, no solo contribuye la calma absoluta y la así posibilitada profunda concentración, sino también cada fuerte emoción como la angustia, la preocupación, la alegría.

Sin embargo, no quiere decirse con esto que la realización de una oración corresponda siempre, incondicionalmente, a las ideas y a los deseos terrenalmente concebidos, ni que esté en concordancia con ellos. ¡La realización se extiende benéficamente para mucho más allá de eso, y conduce al todo hacia lo mejor, no al instante terreno! Muchas veces, por lo tanto, un aparente incumplimiento debe ser reconocido, más tarde, como la única correcta y mejor realización, sintiéndose así feliz la persona por que no haya sucedido según sus deseos momentáneos.

¡Ahora la intercesión! El oyente muchas veces se pregunta como la acción recíproca en una intercesión, es decir, cómo el ruego de otro, puede hallar el camino hacia una persona que propiamente no haya orado, ya que el efecto retroactivo refluye, por el camino preparado, retornando hacia aquél que ha rogado.

Tampoco hay en este caso ningún desvío de las leyes establecidas. Un intercesor piensa durante su oración de un modo muy intenso en la persona por quien ruega, que a causa de ello su desear es primeramente anclado o firmemente amarrado en aquella persona y de ese modo, desde allí, toma su camino hacia lo alto, pudiendo, por lo tanto, incluso volver hacia esa persona, hacia la cual el fuerte deseo del intercesor, de cualquier modo, ya se tornó vivo, circulando a su alrededor. Es una suposición indispensable, sin embargo, que el terreno de aquella persona, en favor de quien se ora, esté en condiciones receptivas y con la misma especie capacitado para un anclaje, y no poniendo obstáculos a ello.

En caso de que el terreno no esté en condiciones receptivas, por lo tanto, sea indigno, hay en el deslizamiento de las intercesiones, otra vez de nuevo, la maravillosa justicia de las leyes divinas, las cuales no pueden permitir que a un terreno totalmente estéril le llegue desde afuera una ayuda a través de otros. Ese rechazo o desvío del intencionado anclaje de una intercesión de una persona, objeto de ese ruego, que sea indigna a causa de su estado interior, resulta en la imposibilidad de una acción de auxilio. ¡Existe también aquí, nuevamente, algo tan perfecto en esa actuación autónoma y lógica, que el ser humano se encuentra admirado delante de la distribución integral y justa, ligada a ello, de los frutos de todo cuanto fue deseado por uno mismo!

Si eso no se procesase tan inexorablemente, entonces el engranaje de la Creación provocaría una laguna, que permitiría posibilidades de injusticia contra aquellos indignos, que no pueden tener intercesores, a pesar de que los intercesores también surgen solamente por la reciprocidad de amistades anteriores o por algo semejante.

Las intercesiones de personas, que las practican sin el propio impulso interior y absoluto de verdaderas intuiciones, no tienen ningún valor ni resultado. Son solamente paja vacía.

Existe aún una otra clase de efecto de las intercesiones legitimas. ¡Se trata de indicar el rumbo! La oración asciende directamente y señala hacia la persona necesitada. Si es enviado un mensajero espiritual, por medio de ese camino indicado, para el apoyo, entonces la posibilidad de un auxilio está sujeta bajo a las mismas leyes del valor o desvalor, por lo tanto, por la facultad receptiva o el rechazo. Si el necesitado está interiormente inclinado hacia las tinieblas, el mensajero con deseo de ayudar, basado en la intercesión, no podrá obtener contacto alguno, no logrará influir habiendo de regresar sin lograr nada. Así la intercesión, por lo tanto, no pudo ser realizada, ya que las leyes, en su vivacidad, no se lo permitieron. ¡Pero si haya el terreno adecuado, entonces una legitima intercesión tendrá un valor incalculable! Llevará auxilio, aun cuando el necesitado nada sepa de ello, o bien se unirá al deseo u oración del necesitado, proveyéndole así de un gran fortalecimiento.


28. El Padre Nuestro

Son muy pocas las personas que buscan hacerse conscientes de lo que realmente quieren, cuando profieren la oración “Padre Nuestro”. Menos aún son las que realmente saben cuál es el sentido de las frases que están recitando. Recitar es probablemente la única expresión adecuada para el procedimiento que el ser humano, en este caso, define como orar.

Quienquiera que se examine rigurosamente en tal respecto tiene que admitir esto, o entonces atestiguará que pasa toda su vida de idéntica manera... superficialmente, no siendo, ni jamás habiendo sido capaz de concebir un solo pensamiento profundo. Existen muchos de ellos en esta Tierra quienes, sin duda, se toman en serio, pero, ni con la más buena voluntad, pueden ser tomados en serio por otros.

Precisamente el inicio de esta oración desde tiempos inmemoriales fue intuido erradamente, aunque de diferentes maneras. ¡Las personas que buscan proferir con seriedad esta oración, es decir, las que en ella se empeñan con una cierta buena voluntad, sienten surgir en sí mismas, en seguida o durante las primeras palabras, un cierto sentimiento de seguridad, de tranquilidad anímica! Y este sentimiento predomina en ellas unos pocos segundos después de orar.

¡Esto explica dos hechos: en primer lugar, que quien reza solamente puede mantener su seriedad durante las primeras palabras, a través de las cuales se deflagra tal sentimiento, y en segundo lugar, que precisamente la deflagración de este sentimiento prueba cuan lejos está de comprender lo que así profiere!

Muestra con ello, claramente, su incapacidad de mantener la profundidad de su pensar, o incluso su superficialidad; porque, de no ser así, con las palabras siguientes, inmediatamente debería de surgir algún otro sentimiento, correspondiente al contenido alterado de las palabras, en cuanto ellas se tornen realmente vivas en él.

Por lo tanto, en él permanece solamente aquello que las primeras palabras despertaron. Si entendiese, sin embargo, el sentido correcto y el verdadero significado de las palabras, éstas habrían de despertarle una intuición muy diferente de un agradable sentimiento de protección.

Personas más presuntuosas ven a su vez en la palabra “Padre” la confirmación de descender directamente de Dios, y por consiguiente, en un desarrollar correcto, de tornarse, finalmente, incluso divinas, llevando sin embargo, sin duda, algo divino dentro de sí mismas. Y así existen todavía muchos otros errores entre los seres humanos en cuanto a esta frase. ¡La mayoría, sin embargo, la considera simplemente como la invocación en la oración, la apelación! Así pueden pensar lo mínimo posible. Y correspondentemente es recitada sin reflexión alguna, cuando precisamente en la invocación a Dios debería residir todo el fervor del que un alma humana, finalmente, puede tornarse capaz de dar.

Pero todo eso esta primera frase no debe decir, ni tampoco ser, sin embargo, el Hijo de Dios insertó con la elección de las palabras simultáneamente la explicación o la indicación de la manera que un alma humana debe dirigirse hacia la oración, la manera en la que puede y debe presentarse ante su Dios, si su oración deba ser atendida. Dice exactamente cuál es la disposición que él debe adoptar en dicho momento, cómo ha de ser su estado de intuición purificada, si quiere depositar su pedido ante las gradas del trono de Dios.

Así, la oración completa se divide en tres partes. La primera parte es la entrega total, la rendición del alma ante su Dios. Metafóricamente, ella se abre por completo ante Él, antes de acercarse con una súplica, dando testimonio previamente de su propia fuerza de voluntad purificada. ¡El Hijo de Dios quiere con eso dejar claro cuál debe ser la intuición que únicamente puede servir de base para establecer un acercamiento a Dios! Por eso, se presenta como un gran sacrosanto juramento, cuando en el comienzo se hallan las palabras: “¡Padre nuestro, que estás en los cielos!” ¡Considerad que la oración no es sinónimo de petición! De lo contrario, no habría oraciones de agradecimiento ya que no contienen ningún pedido. Orar no es pedir. Incluso hasta el “Padre Nuestro” ha sido siempre incomprendido hasta el momento, debido a la mala costumbre del ser humano de nunca dirigirse a Dios, si no es esperado algo al mismo tiempo o incluso hasta exigiéndolo; pues en la expectativa reside la exigencia. ¡Y así la criatura humana realmente siempre espera algo, esto no lo puede negar! Aunque solo, hablando en aspectos generales, exista en ella simplemente el sentimiento nebuloso de recibir algún día un lugar en el cielo. ¡El ser humano no conoce la jubilosa gratitud del alegre usufructo de su existencia consciente que le ha sido regalada, manifiesta en la cooperación deseada por Dios o por Dios con razón esperada en la gran Creación para el beneficio de su entorno! Tampoco presiente que es justamente eso, y solamente eso, que contiene su propio y verdadero bienestar, su progreso y su ascensión.

Sobre tal base deseada por Dios, reposa en realidad la oración “¡Padre Nuestro!” ¡De otra forma el Hijo de Dios ni siquiera podría haberla dado, pues solamente deseaba el bien de los seres humanos, que reside únicamente en la correcta observación y cumplimiento de la voluntad de Dios!

La oración dada por él es, por lo tanto, de todo menos una oración de súplica, es un gran juramento del ser humano que todo lo alcanza, ¡el cual así se postra ante los pies de su Dios! ¡La dio Jesús a sus discípulos, que estaban dispuestos en aquel tiempo a vivir en la adoración pura de Dios, a servir a Dios con su vida en la Creación y con ese servicio, honrar Su sacrosanta voluntad!

¡La criatura humana debería pensar bien y profundamente si puede atreverse, finalmente, a servirse de esta oración y a proferirla; debería considerar seriamente si, al proferirla, trata o no de mentir a Dios!

¡Las frases introductorias advierten con claridad suficiente que cada uno debe comprobar si también es realmente tal y como en ellas se presenta! ¡Si con eso osa aproximarse sin falsedad ante el trono de Dios!

Si, todavía, vivenciáis en vosotros mismos las tres primeras frases de la oración, entonces ellas vos conducirán ante las gradas del trono de Dios. ¡Ellas son el camino a seguir, en cuanto un alma llega a un vivenciarlas! Ningún otro lleva hasta allí. ¡Pero éste, seguramente! Al no vivenciar tales frases, sin embargo, ninguna de vuestras peticiones podrá llegar hasta allí.

Debe ser una invocación humilde, y no obstante jubilosa, cuando oséis proferir: “¡Padre nuestro que estás en los cielos!”

En esa exclamación reposa vuestra sincera afirmación: “¡A ti, oh Dios, te doy todos los derechos de Padre sobre mí, a los cuales quiero someterme con obediencia infantil! ¡Y reconozco con ello también Tu omnisciencia, Dios, en todo lo que Tu determinación traiga, y te pido que dispongas de mí como un padre tiene que disponer de sus hijos! ¡Aquí estoy, Señor, para escucharte y obedecerte candorosamente!”

La segunda frase: “¡Santificado sea Tu nombre!” Esta es la afirmación del alma en estado de adoración, de cuán sincero es en ella todo cuanto osa decirle a Dios. ¡Estando presente con plena intuición en cada palabra y pensamiento, sin abusar con superficialidad del nombre de Dios! ¡Pues el nombre de Dios es demasiado sagrado para ello! ¡Considerad, vosotros los que oráis, lo que con ello prometéis! ¡Si queréis ser enteramente sinceros con vosotros mismos, tendréis que reconocer que vosotros, seres humanos, hasta el momento, precisamente con esto, habéis mentido ante el semblante de Dios; porque nunca fuisteis tan sinceros en la oración conforme a lo que estableció el Hijo de Dios con tales palabras como condición!

¡La tercera frase: “¡Venga a nosotros Tu reino!” nuevamente no es ningún pedido, sino solamente una promesa más! ¡Es el compromiso de que a través del alma humana todo debe tornarse aquí en la Tierra como es en el Reino de Dios! Por eso la expresión: “¡Venga a nosotros Tu reino!” Esto quiere decir: ¡Nosotros seres humanos queremos hacer todo lo posible aquí en la Tierra para que Tu reino perfecto pueda extenderse hasta aquí! El suelo debe ser preparado por nosotros mismos de modo que todo viva solo según Tu santa voluntad, es decir, cumpliendo plenamente Tus leyes en la Creación, de manera que todo se realice como es en Tú reino, el reino espiritual donde se hallan los espíritus maduros y libres de todas las culpas y cargas, que solamente viven sirviendo a la voluntad de Dios, porque solamente mediante su cumplimento incondicional surge lo bueno, por la perfección en ella latente. Es, por lo tanto, la afirmación de querer tornarse así, para que también en la Tierra, mediante el alma humana, ¡ sea un reino de cumplimento de la voluntad de Dios!

Tal afirmación se ve también reforzada por la siguiente frase: “¡Hágase Tu voluntad, como en el cielo, así también en la Tierra!” Esta no es solamente una declaración de buena voluntad para encuadrarse enteramente bajo la voluntad divina, sino también está en ella incluida la promesa de interesarse por esa voluntad, esforzándose con toda la diligencia, después del reconocimiento de tal voluntad. ¡Dicho esfuerzo tiene, sí, de preceder a una adaptación a esa voluntad; pues mientras la criatura humana no la conozca bien, no será capaz de orientarse según ella con su intuir, su pensar, hablar y actuar! Qué enorme y condenable liviandad es, pues, la de cada ser humano que hace siempre promesas de nuevo a su Dios, cuando en realidad ni se interesa siquiera por cómo es la voluntad de Dios, la cual se halla firmemente anclada en la Creación. ¡El ser humano miente, sí, con cada palabra de la oración, cuando osa proferirla! ¡De ese modo, se presenta como un hipócrita finalmente hasta digno de lastima, cuando él, en su cuerpo de materia fina, haya de sucumbir en el más Allá bajo tal fardo. ¡Para reconocer correctamente la voluntad de Dios, le fue dada la ya la oportunidad por tres veces! Una vez a través de Moisés, quien para ello fue inspirado. *(Iluminado) La segunda vez, a través del propio Hijo de Dios, Jesús, quien trajo la Verdad dentro de sí mismo, y ahora, la tercera vez y, con eso, la última vez en el Mensaje del Grial que fue extraído directamente desde la Verdad. —

Solamente cuando esas frases hayan sido realmente cumplidas en un alma, como condición preliminar, será cuando podrá continuar diciendo: “¡El pan nuestro de cada día dánosle hoy!” Eso es como decir: “¡Si yo cumplo con aquello que afirmé ser, permite entonces que Tu bendición repose sobre mi actuación terrena, a fin de que yo, en las actividades para la obtención de mis necesidades grueso-materiales, disponga siempre de tiempo para poder vivir según Tu voluntad!

“¡Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores!” Ahí yace el conocimiento sobre la interacción incorrupta, el equitativo efecto retroactivo de las leyes espirituales, que transmiten la voluntad de Dios. Simultáneamente también la expresión de la confirmación en plena confianza en ello; pues la petición de perdón, es decir, la remisión de la culpa, está condicionalmente basada en el cumplimento anterior, por el alma humana, del mismo perdonar de todas las injusticias que los semejantes le hicieron. ¡Sin embargo, quién es capaz de eso, quién ya perdonó a su prójimo, éste también está de tal forma purificado interiormente, que él mismo intencionalmente nunca cometerá injusticias! Con ello, todavía, también quedará libre ante Dios de toda culpa, ya que solamente es considerado como injusticia lo que haya sido hecho intencionalmente con mala voluntad. Solamente así es como llega a ser una injusticia. Ahí reside una gran diferencia en relación con todas las leyes humanas y los conceptos terrenos actualmente vigentes.

Así pues, también en esa frase, como base, se encuentra nuevamente una promesa ante su Dios de cada alma que aspira a la Luz, la declaración de su verdadera voluntad, para cuya realización espera, a través de la profundización y comprensión de si misma, recibir fuerza en la oración, que en una sintonización correcta, también recibirá según la ley de la reciprocidad.

“¡No nos dejes caer en tentación!” Es un concepto errado cuando la criatura humana quiere leer en esas palabras que iba a ser tentada por Dios. ¡Dios no tienta a nadie! En este caso, se trata solamente de una transmisión incierta que escogió inhábilmente el término tentación. Su sentido correcto debe ser clasificado en términos como errar, perderse, es decir, caminar errado, buscar erradamente el camino al encuentro de la Luz. Equivale a decir: “¡No nos dejes tomar caminos errados, buscar erradamente, no nos dejes hacer mal uso del tiempo! ¡Desperdiciarlo, malbaratarlo! Antes bien reténganos a la fuerza, si necesario es, incluso si dicha necesidad nos haya de alcanzar con sufrimiento y dolor.” Ese sentido el ser humano también ha de identificarlo a través de la siguiente frase, y de acuerdo con el contenido que está directamente ligado a ella: “¡Mas líbranos del mal!” Ese “mas” muestra muy claramente la unión de las frases. El significado equivale a decir: Haznos reconocer el mal, sea cual sea el precio que eso nos cueste, incluso a costa del sufrimiento. Capacítanos para ello a través de Tus efectos recíprocos en cada una de nuestras faltas. ¡En el reconocer se encuentra también la remisión para aquellos que tengan buena voluntad para ello!

Con eso termina la segunda parte, el diálogo con Dios. La tercera parte es la conclusión: “¡Pues Tuyo es el reino, la fuerza y la magnificencia por toda la eternidad! ¡Amén!”

¡Es una confesión jubilosa del sentimiento de ser acogido en la omnipotencia de Dios a través del cumplimento de todo lo que el alma, con la oración, Le deposita a sus pies como juramento! —

Así pues, la oración legada por el Hijo de Dios consta de dos partes. La introducción con la aproximación y el diálogo. Por último, sobrevino por Lutero la confesión jubilosa del conocimiento de la ayuda para todo aquello que el diálogo contiene, el recibimiento de la fuerza para el cumplimento de aquello que el alma prometió a su Dios. ¡Y el cumplimento habrá de llevar el alma hacia el Reino de Dios, el país de la felicidad eterna y de la Luz! ¡Por lo tanto, el Padre Nuestro, si es realmente vivenciado, se torna el apoyo y el bastón de la escalada hacia el reino espiritual!

¡El ser humano no debe olvidarse de que en la oración tiene que buscar, en realidad, la fuerza, para poder realizar él mismo lo que pide! ¡Así es como debe orar! ¡Y así también es constituida la oración que el Hijo de Dios entregó a sus discípulos!


29. Adoración a Dios

Se puede decir sin recelo que el ser humano todavía no ha comprendido la absoluta naturalidad para él de una adoración a Dios, menos aún la ha practicado. ¡Observad como ha sido hecha hasta hoy la adoración a Dios! ¡Se conoce solamente uno pedir o, mejor dicho, uno mendigar! Solamente aquí y allá también ocurre alguna vez, por fin, que se eleven oraciones de gratitud procedentes realmente desde el corazón. Eso, sin embargo, sólo ocurre, como gran excepción, siempre cuando y dondequiera una persona reciba inesperadamente una dádiva toda especial, o es salva súbitamente de un gran peligro. Para ella se torna necesario que haya ahí el inesperado y el súbito, cuando, en fin, decide hacer una oración de agradecimiento. De la misma forma, los hechos más extraordinarios pueden caerle en el regazo sin merecimiento, sin embargo, jamás o solamente muy raramente llegará a pensar en agradecimiento, apenas cuando todo pase de manera serena y normal. Mientras a ella, bien como a todos que ama, es siempre regalada salud de modo sorprendente, y mientras no tenga preocupaciones terrenas, entonces difícilmente decidirá hacer una sincera oración de agradecimiento. A fin de provocar en si un sentimiento más fuerte, el ser humano necesita siempre, lamentablemente, de un impulso todo especial. Cuando las cosas les resultan bien, nunca se da espontáneamente a ese trabajo. Él la tiene tal vez en la boca, aquí y allá, o también va a la iglesia a fin de, en esa oportunidad, murmurar una oración de agradecimiento, pero ni siquiera le ocurre a su mente estar presente con toda su alma, aunque sea solamente por un único minuto. Solamente cuando una verdadera aflicción a él se le depara es que entonces muy rápidamente se recuerda de que existe alguien capaz de ayudarlo. ¡El miedo lo impele, para finalmente una vez balbucear también una oración! Eso, sin embargo, será siempre solamente un pedir, pero ninguna adoración.

¡Así es el ser humano que todavía se considera bueno, que se tiene en cuenta de religioso! ¡Y ésos son pocos en la Tierra! ¡Excepciones dignas de alabanza!

¡Imaginad ahora una vez ante vuestros ojos el cuadro deplorable! ¡Como éste se presenta a vosotros, seres humanos, en una observación correcta! ¡Cuánto más miserable, sin embargo, se encuentra tal persona ante su Dios! ¡Pero así, lamentablemente, es la realidad! Podéis volveros y revolveros del modo que quisiereis, tales hechos permanecen, apenas cuando os esforcéis en investigar el tema profundamente, excluyendo cualquier disimulación. Habréis que quedar ahí un tanto aprensivos; pues ni el pedir tampoco el agradecimiento pertenecen a la adoración.

¡Adoración es veneración! ¡Y esa, sin embargo, realmente no encontráis por toda esta Tierra! Contemplad una vez las celebraciones o solemnidades que deben servir para alabanza a Dios, donde una vez, excepcionalmente, se deja de pedir y mendigar. ¡Ahí están los oratorios! *(Piezas musicales religiosas) ¡Buscad los cantantes que cantan en adoración a Dios! Fijaos cuando se preparan para tanto en el escenario o en la iglesia. Todos ellos quieren realizar algo, a fin de agradar a los seres humanos. Dios ahí les es bastante indiferente. ¡Justamente Él, a quién, sí, lo debería ser dedicado! ¡Mirad para el maestro de la orquestra! Él exige aplausos, quiere mostrar a los seres humanos de lo que es capaz.

Proseguid, todavía. Contemplad las majestosas edificaciones, iglesias, catedrales que en alabanza a Dios... debían existir. El artista, el arquitecto y el constructor luchan solamente por el reconocimiento terreno, cada ciudad se vanagloria con esas edificaciones... para honor de si misma. Han incluso que servir para atraer extranjeros. ¡Pero no acaso para adoración a Dios, al contrario, para que acuda a la ciudad dinero resultado del movimiento aumentado! ¡Solamente el impulso por las exterioridades terrenas, para donde mires! ¡Y todo eso bajo el pretexto de adoración a Dios!

Aún cuando exista, aquí y allá, una persona cuya alma suele abrirse en la floresta o en las montañas, que hasta se recuerde ahí, temporalmente, también de la grandeza del criador de toda la belleza a su alrededor, pero, de modo bien lejano y en segundo plan. En eso su alma se expande, pero no en un vuelo de jubilo hacia las alturas, pero... ella se expande literalmente en el placer del bien-estar. Eso no debe ser confundido con un vuelo hacia las alturas. No debe ser evaluado de manera diferente que de la satisfacción de un glotón ante una mesa ricamente surtida. Ese tipo de arrebatamiento del alma es tomado erróneamente como adoración; permanece sin contenido, exaltación, sensación de bien-estar propio, que aquél que así intuye considera como un agradecimiento al Criador. Es mero acontecimiento terrenal. También muchos de los entusiastas de la naturaleza consideran exactamente esa embriaguez como siendo adoración correcta a Dios, considerándose también ahí muy encima de cuantos no tienen las posibilidades de desfrutar de esas bellezas de formaciones terrenas. Es un tosco fariseísmo, resultado únicamente de la sensación del propio bien-estar. Lentejuela, a la cual hace falta cualquier valor. Cuando esas personas un dia hubieren que buscar sus tesoros de alma, a fin de utilizarlos para su ascensión, encontrarán el receptáculo dentro de si enteramente vacío; pues el tesoro imaginado era solamente una embriaguez de belleza, nada más. Le hacía falta la verdadera veneración por el Criador. —

¡La verdadera adoración a Dios no se manifiesta en exaltación, tampoco en preces murmuradas o en suplicas, arrodillarse, contorsiones de manos, tampoco en estremecimiento bien-aventurado, pero en alegre acción! ¡En la jubilosa afirmación de esa existencia terrena! ¡Por el usufructo de cada momento! Disfrutar significa aprovechar. ¡Aprovechar, a su vez... vivenciar! ¡No, sin embargo, en juegos y danzas, tampoco en desperdicios de tiempo que perjudican el cuerpo y el alma, los cuales el intelecto busca y necesita como equilibrio y estimulo de su actividad, pero en el mirar vuelto hacia la Luz y para la voluntad de la misma, que estimula, eleva y ennoblece todo cuanto existe en la Creación!

Para tanto es indispensable, sin embargo, como condición básica, el conocimiento exacto de las leyes de Dios en la Creación. ¡Éstas le muestran de que manera él debe vivir, si quiera ser sano de cuerpo y de alma, muestran exactamente el camino que conduce hacia arriba, al reino espiritual, sin embargo, dejan también que él reconozca de modo claro cuales los horrores que han que sobrevenirle cuando se opone a esas leyes!

¡Considerando que las leyes de la Creación actúan de modo autónomo y vivo, inflexible, inabalable, con una fuerza, contra la cual los espíritus humanos son de todo impotentes, entonces, en el fondo, es solamente natural que la necesidad más urgente de cada ser humano tiene que ser la de reconocer irrestrictamente esas leyes, a cuyos efectos él, en cualquier caso, realmente permanece expuesto sin defensa!

¡Y, sin embargo, esa humanidad es tan restricta, que busca pasar inadvertidamente por sobre esa necesidad tan nítida y sencilla, a pesar de no haber algo más evidente! Es notorio que a la humanidad no se le ocurren jamás los pensamientos más sencillos. Ahí cualquier animal es extrañamente más astuto de lo que el ser humano. Se adapta a la Creación y en ella es favorecido, mientras el ser humano no busque impedirlo en eso. El ser humano, sin embargo, quiere dominar aquello, a cuya actuación autónoma está y siempre estará sujeto. ¡Presume, en su vanidad, ya dominar fuerzas, cuando solamente alcanza aprender a utilizarse, para sus fines, de pequeñas derivaciones de irradiaciones, o cuando se utiliza, en escala muy reducida, de los efectos del aire, del agua y del fuego! Ahí no pondera que para esas utilizaciones, relativamente aún muy pequeñas, necesita, antes de nada más, aprender y observar, a fin de utilizarse de las facultades o fuerzas ya existentes, exactamente en acuerdo con sus propiedades especificas. ¡Él tiene que buscar adaptarse ahí, caso deba haber éxito! ¡Él, totalmente sólo! Eso no es ningún dominar, tampoco subjugar, pero un sujetarse, un encuadrarse en las leyes vigentes.

¡El ser humano debería finalmente haber reconocido en eso que solamente un adaptarse aprendiendo le puede traer el provecho! En eso debería proseguir, gratamente. ¡Pero no! Se vanagloria y se comporta cada vez más presuntuosamente de lo que antes. ¡Exactamente ahí donde él se curve, sirviendo a la voluntad divina en la Creación, obteniendo a través de eso inmediatamente, provechos visibles, busca de modo pueril presentar eso de tal forma, como se fuese él un vencedor! ¡Un vencedor de la naturaleza! Esa mentalidad absurda alcanza el apogeo de toda su tontería en el hecho del él pasar, de esa forma, ciegamente por aquello que realmente es grande; pues con una mentalidad correcta seria realmente un vencedor... sobre si mismo y su vanidad, porque él, en la observación lógica de todas las notables conquistas, aprendiendo antes, se ha curvado al ya existente. Solamente así le adviene éxito. Cada inventor, así como todo aquello que es realmente grande, ha adaptado su pensar y su querer a las leyes vigentes de la naturaleza. Lo que quiera oponerse o incluso actuar en sentido contrario será aplastado, triturado, desmenuzado. Es imposible que alguna vez pueda llegar realmente a la vida.

¡Así como las experiencias en escala pequeña, tampoco ocurre diferentemente con toda la existencia del ser humano, ni diferentemente consigo mismo!

¡Él, que tiene que peregrinar no solamente a través del corto período terreno, sino a través de toda la Creación, necesita para tanto, incondicionalmente, del conocimiento de las leyes a que se halla sometida la Creación entera, y no solamente el ambiente visible más cercano de cada ser humano terreno! Si no las conozca, quedará retenido e impedido, herido, dejado para atrás, o incluso triturado, porque en su ignorancia no pudo seguir con las corrientes de fuerza de las leyes, pero sí se ha colocado de manera tan errada, que ellas hubieran que empujarlo hacia bajo en vez de hacia arriba.

¡Un espíritu humano no se presenta grande, digno de admiración, pero que solamente ridículo, siempre cuando se esfuerce por negar ciega y obstinadamente los hechos que tiene que reconocer diariamente en sus efectos por toda parte, apenas cuando deba utilizarlos no solamente en su actividad y en toda la técnica, pero también fundamentalmente para sí y para toda su alma! Él tiene siempre la oportunidad de ver, en su existencia terrena y en su actuar, la absoluta perfección y uniformidad de todos los efectos básicos, apenas cuando no se cierre liviana o incluso malévolamente y duerma.

¡Ahí no hay excepción alguna en la Creación entera, tampoco para un alma humana! ¡Tiene que someterse a las leyes de la Creación, si sus efectos deban ser favorables para ella! Y esa simples evidencia la criatura humana ha ignorado totalmente hasta ahora, de la manera más liviana.

La ha considerado tan sencilla, que precisamente por eso hubo que tornarse lo más difícil que había para ella en el reconocimiento. Cumplir esa tarea difícil se le ha tornado con el tiempo totalmente imposible. ¡Se halla hoy así delante la ruina, del descalabro anímico, que debe destruir conjuntamente todo cuanto ha construido!

Solamente una cosa podrá salvarla: el conocimiento irrestricto de las leyes de Dios en la Creación. Solamente eso podrá impelerla de nuevo hacia delante, hacerla subir y, con ella, todo lo que buscar edificar en el futuro.

No decid que vosotros, como espíritus humanos, no podéis reconocer tan fácilmente las leyes de la Creación, que la Verdad difícilmente se deja diferenciar de las conclusiones engañadoras. ¡Eso no es verdad! Quién hace tales declaraciones intenta con eso solamente encubrir nuevamente la pereza, que trae en si, solamente no quiere dejar reconocible la indiferencia de su alma o busca disculparse ante si mismo para su propia tranquilidad.

Nada, sin embargo, le sirve; ¡pues cada ser humano indiferente, cada indolente, será ahora condenado! Solamente aquél, que congrega todas sus fuerzas para utilizarlas irrestrictamente en la obtención de aquello que es más necesario para su alma, puede aún tener la perspectiva de salvación. Hacer las cosas a medias vale tanto como nada. Igualmente cada hesitar, el prorrogar ya es una total negligencia. A la humanidad no es dejado más tiempo, porque ella ya ha esperado hasta el punto que constituye el ultimo limite.

¡Evidentemente, en esta oportunidad no le será tan facilitado tampoco será tan fácil, considerando que ella misma, a causa de la más despreocupada tibieza de hasta ahora en esas cosas, se ha privado de cualquier facultad, incluso de creer en la profunda seriedad de una necesaria y última resolución! ¡Y éste punto constituye exactamente la mayor debilidad, se tornará la caída infalible de tantos!

¡Durante milenios mucho ha sido hecho a fin de vos tornar clara la voluntad de Dios o la uniformidad de las leyes en la Creación, por lo menos tanto cuanto necesitasteis, para que pudieseis ascender a la Creación primordial desde donde salisteis, para que hallaseis nuevamente el camino hacia allá! No por las así nombradas ciencias terrenas, tampoco por las iglesias, pero por los servos de Dios, los profetas de los tiempos antiguos, así como después por el mensaje del propio Hijo de Dios. ¡A pesar de ésta vos haber sido dada de modo tan sencillo, hacéis solamente referencia a ella, sin embargo, jamás os habéis esforzado seriamente para comprenderla correctamente, menos aún vivir de acuerdo! ¡Eso era, según vuestra concepción indolente, exigir por demasiado de vosotros, aunque fuera vuestra única salvación! ¡Queréis ser salvos, sin que os esforcéis de manera alguna para tanto! Si reflexionéis al respecto, habéis de llegar a ese triste reconocimiento.

¡Hicisteis de cada mensaje de Dios una religión! ¡Para vuestra comodidad! ¡Y eso fue errado! ¡Pues a una religión construisteis un escalón todo especial y elevado, separado de las actividades cotidianas! Y en eso se hallaba el más grande error que pudisteis cometer; ¡pues con eso pusisteis también la voluntad de Dios en separado de la vida cotidiana, o, lo que viene a dar en el mismo, vosotros vos pusisteis en separado de la voluntad de Dios, en vez de os unificareis con ella, de inserirla en el centro de la vida y de la actividad de vuestro dia a dia! ¡De vos tornar una sólo cosa con ella! ¡Debéis asimilar de forma absolutamente natural y practica cada mensaje de Dios, debéis incorporarla a vuestro trabajo, a vuestro pensar, a toda vuestra vida! ¡No debéis hacer de ella algo a ser mantenido a parte, conforme sucede en la actualidad, algo hacia que solamente os conducís para visitas en horas de ocio! Donde por corto espacio de tiempo os buscáis entregarse a la contrición, o al agradecimiento, al descanso. De esa forma, eso no se ha tornado para vosotros algo evidente, que os sea propio como el hambre o el sueño.

Comprended finalmente con acierto: ¡vosotros debéis vivir en esa voluntad de Dios, a fin de que os orientéis correctamente en todos los caminos, los cuales traen el bien para vosotros! ¡Los mensajes de Dios son indicaciones preciosas de las cuales necesitáis, sin cuyo conocimiento y observancia estáis perdidos! ¡Por lo tanto, no debéis colocarlas dentro de una vitrina para contemplarlas con bien-aventurado estremecimiento, como algo sagrado, solamente a los días domingos, o bien para, en la aflicción, en el miedo, ahí os refugiéis en búsqueda de fuerzas! ¡Desventurados, no debéis venerar el Mensaje, pero utilizarla! ¡Debéis tomarla con voluntad, no solamente con trajes de fiesta, pero con las manos callosas de la vida laboriosa, que jamás deshonoran o humillan, pero honoran a cualquiera! ¡La joya brilla en la mano callosa, sucia de sudor y de tierra, de modo mucho más puro, más intenso, de lo que en los dedos bien cuidados de un ocioso indolente, que pasa su tiempo terreno solamente en contemplaciones!

¡Cada mensaje de Dios debía tornarse algo propio en vosotros, es decir, tonarse una parte de vosotros! ¡Debéis buscar comprender el sentido correctamente!

No debíais considerarla como algo a parte, que queda lejano de vosotros, y al cual soléis acercarse con tímida reserva. ¡Asimilad la Palabra de Dios en vuestro íntimo, para que cada uno sepa de que forma tendrá que vivir y conducirse, a fin de alcanzar el Reino de Dios!

¡Por lo tanto, despertad por fin! Aprended a conocer las leyes de la Creación. ¡Para tanto no vos ayudará en nada cualquier inteligencia terrena tampoco el insignificante saber de observaciones técnicas, algo tan mínimo es insuficiente para el camino que vuestra alma debe tomar! Tenéis que elevar la mirada hacia mucho más arriba de la Tierra y reconocer para donde vos conduce el camino después de esta existencia terrena, a fin de que en eso vos llegue simultáneamente la conciencia del porque y para cual finalidad estáis en esta Tierra. Y, a su vez, exactamente así como os encontráis en esta vida, si pobre, si rico, sano o enfermo, en paz o en lucha, alegría o sufrimiento, aprenderéis a reconocer la causa y también la finalidad, y con eso quedaréis alegres y ligeros, agradecidos por el vivenciar que hasta ahora vos ha sido dado. ¡Aprenderéis a apreciar valerosamente cada segundo y, por encima de todo, a aprovecharlo! ¡Aprovecharlo para la escalada rumbo a la existencia llena de alegría, a la felicidad grandiosa y pura!

Y a causa de os hubisteis enmarañado y desorientado demasiado por vosotros propios, vino a vosotros antaño, por intermedio del Hijo de Dios, el mensaje de Dios como salvación, después de que las advertencias transmitidas por los profetas no habían encontrado oídos. ¡El mensaje de Dios a vosotros indicaba el camino, el único para vuestra salvación del pantano que ya a vosotros amenazaba asfixiar! ¡El Hijo de Dios ha buscado vos guiar por medio de parábolas en este camino! Los que querían creer y los examinadores las acogieran con sus oídos, más adelante, sin embargo, ellas no iban. Nunca buscaron vivir de acuerdo.

La religión y la vida cotidiana permanecieron siempre dos cosas distintas para vosotros. ¡Vosotros siempre quedasteis a su borde, en vez de por dentro! ¡Los efectos de las leyes en la Creación explicados en las parábolas permanecieron totalmente incomprendidos por vosotros, porque en ellas no han buscado!

¡Ahora viene en el Mensaje del Grial una vez más la misma interpretación de las leyes en la forma a vosotros más comprensible para la época actual! Son en la realidad exactamente las mismas que Cristo ya ha traído antaño, en la forma adecuada de entonces. ¡Él mostraba como los seres humanos deben pensar, hablar y actuar, a fin de, madurando espiritualmente, conseguir acender en la Creación! Más la humanidad ni necesitaba. Para tanto no hay ninguna laguna en el mensaje de antaño. El Mensaje del Grial trae ahora exactamente la misma cosa, solamente en la forma actual.

Todo aquél que por fin se orienta por ella en su pensar, hablar y actuar, practica con eso la más pura adoración a Dios; ¡pues ésta reposa exclusivamente en la acción!

¡Quién se sintoniza de buen agrado con las leyes actúa siempre con acierto! Con eso prueba su respecto por la sabiduría de Dios, se curva jubiloso a Su voluntad que reside en las leyes. ¡De esa forma viene a ser favorecido y protegido por sus efectos, libertado de todo sufrimiento y elevado hacia el reino del espíritu luminoso, donde, en jubiloso vivenciar, la omnisciencia de Dios se torna visible a cada uno, sin turbación, y donde la adoración a Dios consiste en la propia vida! Donde cada respiración, cada intuición, cada acción es apoyada por la más alegre gratitud y así permanece como un constante placer. ¡Nascido de la felicidad, sembrando felicidad y, por lo tanto, cosechando felicidad! La adoración a Dios en la vida y en el vivenciar reside únicamente en la observancia de las leyes divinas. Solamente así será asegurada la felicidad. ¡Así deberá ser en el reino venidero, el Milenio, que se denominará el Reino de Dios sobre la Tierra! De esa forma, todos los adeptos del Mensaje del Grial deberán tornarse faroleros y indicadores del camino en el medio a la humanidad.

Quién no lo pueda o no lo quiera, éste nuevamente no hay entendido el mensaje. El servicio del Grial debe ser verdadero, viva adoración a Dios. Adoración a Dios es el primer servicio a Dios que no consiste en cosas exteriores, que no se muestra solamente externamente, pero que vive también en cada ser humano en las horas de recogimiento más intimo, y que se muestra en su pensar y en su actuar, como algo evidente.

¡Quién no quiera reconocer eso espontáneamente, éste no presenciará la época próxima del Reino de Dios, será destruido o aún obligado a incondicional sumisión con fuerza divina y poder terreno! ¡Para el bien de toda la humanidad, que está agraciada para finalmente encontrar en ese Reino la paz y la felicidad!


30. El ser humano y su libre arbitrio

¡Para que se pueda dar un cuadro completo al respecto, es necesario reunir muchos elementos de fuera que ejercen sus influencias mayores o menores sobre el factor principal!

¡El libre arbitrio! Es algo delante lo cual incluso seres humanos eminentes se detienen pensativamente, porque habiendo una responsabilidad, según las leyes de la justicia, también debe haber incondicionalmente una posibilidad de libre resolución.

Adondequiera que se ande, de todos los lados se oye la exclamación: ¿dónde es que existe una voluntad libre en el ser humano, cuando hay de hecho providencia, conducción, determinaciones, influencias astrales y karma? *(Destino) ¡Pues el ser humano es impelido, ajustado y conformado, quiera o no!

Con ahínco los investigadores sinceros se lanzan sobre todo aquello que dice sobre el libre arbitrio, en el reconocimiento muy acertado de que, justamente a ese respecto, se necesita imprescindiblemente de un aclaramiento. Mientras éste hace falta, el ser humano tampoco consigue encuadrarse bien, a fin de imponerse en la gran Creación como aquello que realmente es. Si, sin embargo, no esté sintonizado de manera cierta con referencia a la Creación, habrá que permanecer en ella como un extraño, vagará al acaso, habrá que dejarse empujar, ajustar y moldar, porque le hace falta la conciencia del albo. ¡Así resulta entonces una cosa de la otra, y, como consecuencia natural, el ser humano se ha tornado por fin aquel que él hoy es, pero que, en la verdad, no debe ser!

Su gran defecto es el hecho de que él no sabe dónde realmente se encuentra su libre-arbitrio y como actúa. Tal contingencia muestra también que ha perdido completamente el camino hacia su libre-arbitrio, no sabiendo más como encontrarlo.

El portal del camino para la comprensión no es más reconocible, debido a la arena movediza amontonada. Se disiparon los rastros. La criatura humana, indecisa, corre ahí en círculos, fatigándose, hasta que por fin un viento refrescante abra nuevamente los caminos. Es natural y evidente que anteriormente toda esa arena movediza será arremolinada violentamente y, al desaparecer, aún podrá turbar la vista de muchos que, ansiosos, continúan a buscar la apertura del camino. Por ese motivo, cada uno debe ejercitar el máximo cuidado para conservar la vista libre, hasta que el ultimo granosito de esa arena movediza también se haya disipado. En lo contrario, puede resultar que esté viendo el camino, sin embargo, con la visión ligeramente turbada, pise en falso, tropiece y caiga, para, ya con el camino delante de si, aún ahondar. —

La incomprensión siempre de nuevo manifestada obstinadamente por los seres humanos con relación a la verdadera existencia de un libre-arbitrio se basa principalmente en la no comprensión de lo que el libre-arbitrio realmente es.

La explicación, en la verdad, ya se encuentra en la propia definición, sin embargo, como por toda parte, aquí tampoco se ve la cosa realmente sencilla, a causa de tanta simplicidad, pero sí se busca en lugares errados, no llegando de esa manera a formar una noción del libre-arbitrio.

Por arbitrio, el mayor numero de los seres humanos actualmente entiende aquella sintonización forzada del cerebro terreno, cuando el intelecto, atado a espacio y tiempo, indica y determina alguna determinada dirección para el pensar y el sentir.

¡Ese, sin embargo, no es el libre-arbitrio, pero el arbitrio atado por el intelecto terreno!

Tal equivoco hecho por tantas personas causa grandes errores, yergue las barreras que imposibilitan un reconocimiento y una comprensión. Se admira entonces el ser humano cuando ahí encuentra lagunas, encuentra con contradicciones y no consigue introducir lógica ninguna.

El libre-arbitrio, que sólo actúa tan incisivamente en la verdadera vida, de modo que se extiende hasta lejos en el mundo del más Allá, que imprime su cuño a el alma, siendo capaz de moldarla, es de especie totalmente diferente. Mucho mayor para ser tan terrenal. Por eso no está en ninguna ligazón con el cuerpo terreno de materia gruesa, por lo tanto, tampoco con el cerebro. Se encuentra exclusivamente en el propio espíritu, en el alma del ser humano.

Si el ser humano no otorgase al intelecto, siempre de nuevo, la soberanía ilimitada, podría el libre-arbitrio, con la visión más amplia de su verdadero “yo” espiritual, indicar al cerebro del intelecto la dirección, originaria de la fina intuición. Por ese motivo, la voluntad atada, que es absolutamente necesaria para la realización de todas las finalidades terrenas, ligadas a espacio y tiempo, tendría entonces que encaminarse muchas veces por otro camino, diferente de lo que ocurre ahora. Que con eso también el destino toma otro rumbo es fácil de se explicar, porque el karma, debido a los diferentes caminos tomados, también ata otros hilos, trayendo otro efecto recíproco.

Esa explicación, naturalmente, aún no puede traer una comprensión correcta sobre el libre-arbitrio. Para que sea trazado un cuadro completo de eso, es necesario saber de que forma el libre-arbitrio ya ha actuado. Y de que manera ha ocurrido la trama tantas veces intrincada de un karma ya vigente, que es capaz de, en sus efectos, encubrir el libre-arbitrio de tal forma, que su existencia mal o de forma alguna pueda aún ser reconocida.

Tal explicación, sin embargo, solamente podrá ser dada, por su vez, si es recurrido al proceso evolutivo completo del ser humano espiritual, a fin de partir de aquel momento en que la semilla espiritual del ser humano inmerge por la primera vez en el envoltorio de materia fina, en el limite extremo de la materialidad. —

Vemos entonces que el ser humano no es en absoluto lo que cuida ser. Nunca tiene en el bolsillo el derecho absoluto a la bienaventuranza y a la continuación eterna de una vida personal. *(Disertación Nro. 20: El Juicio Final) ¡La expresión: “Somos todos hijos de Dios”, en el sentido interpretado o imaginado por los seres humanos, es errada! No todo ser humano es un hijo de Dios, sino que solamente cuando para tanto se haya desarrollado.

El ser humano es lanzado en la Creación como un germen espiritual. Ese germen contiene en si todo para poder transformarse en un hijo de Dios, personalmente consciente. Ahí, sin embargo, es presupuesto que para tanto él desenvuelva las correspondientes facultades y las cuide, sin dejar que se atrofien.

Grande y poderoso es el proceso, y, sin embargo, enteramente natural en cada etapa del fenómeno. Nada se encuentra ahí afuera de una evolución lógica; porque la lógica está en todo el actuar divino, por ser éste perfecto y todo cuanto es perfecto no puede dispensar la lógica. Cada uno de esos gérmenes espirituales contiene las mismas facultades en si, visto que emanan de un sólo espíritu, y cada una de esas facultades individuales encierra una promesa, cuyo cumplimiento se realiza incondicionalmente, apenas cuando la facultad es llevada al desenvolvimiento. ¡Pero solamente entonces! Esa es la perspectiva de cada germen en la siembra. ¡Sin embargo...!

Ha salido un sembrador a sembrar: allá donde el divinal, el eterno, paira sobre la Creación, y donde el más etéreo de la materia fina de la Creación toca la entealidad, es el campo para la siembra de los gérmenes espirituales humanos. Pequeñas chispas salen desde el enteal transponiendo el limite y ahondan en el suelo virgen de la parte fino-material de la Creación, tal como en las descargas eléctricas de un temporal. Es como si la mano creadora del espíritu Santo diseminase semillas en la materialidad.

Mientras el siembre se desenvuelve y lentamente madura para la cosecha, muchos granos se pierden. No resultan, es decir, no desenvolvieron sus facultades más elevadas, pero pudrieron o secaron y deben perderse en la materia. Aquellos, sin embargo, que resultaron y sobresalen del suelo, serán examinados rigurosamente por ocasión de la cosecha, las espigas vacías separadas de las espigas llenas. Después de la cosecha, el joyo será una vez más separado cuidadosamente del trigo.

Así es la imagen del proceso en general. Y ahora, a fin de conocer el libre-arbitrio, tenemos que acompañar más detalladamente el proceso evolutivo propiamente dicho del ser humano:

Como lo más elevado, lo más puro, es, en su esplendor, el eterno, el divinal, el punto de partida de todo, el inicio y el fin, rodeado por el luminoso enteal.

Cuando entonces chispas desde el enteal saltan para el campo de la extremidad fino-material de la Creación material, se cierra instantáneamente al rededor de esa chispa un envoltorio gaseoso de idéntica especie de materia de esa más delicada región de la materialidad. Con eso, el germen espiritual del ser humano ha ingresado en la Creación, la cual, como todo lo que es materia, está sujeta a alteraciones y a la descomposición. Él aun está libre de karma y espera las cosas que habrán que venir.

Hasta esas más extremas ramificaciones llegan entonces las vibraciones de las fuertes vivencias que se procesan incesantemente en el medio de la Creación en todo el formar y decomponer.

Aún cuando se trate de los más delicados vislumbres que atraviesan esa materia fina gaseosa como un soplo, son, pues, suficientes para despertar la voluntad sensible en el germen espiritual y llamar su atención. Él quiere “probar” ésta o aquella vibración y seguirla o, caso se quiera expresar de otra forma, dejarse llevar por ella, lo que equivale a un dejarse atraer. Ahí, hay la primera decisión del germen espiritual múltiplemente dotado y que de ahora en adelante será, según su elección, atraído para aquí o allá. Ahí también ya se van atando los primeros hilos más delicados del tejido que más tarde constituirá su tapiz de vida.

Ahora, sin embargo, podrá ese germen, que se desenvuelve rápidamente, utilizarse de cada momento para entregarse a las vibraciones de otras especies que cruzan de modo permanente y múltiplo su camino. Apenas cuando lo realice, es decir, lo desee, modificará así su dirección, siguiendo la especie recién elegida o, expreso de otra forma, dejándose arrastrar por ella.

A través de su deseo él puede cambiar, como que por un timón, el curso en las corrientes, apenas cuando una de ellas no más le guste. Así alcanza “probar” aquí y allá.

En ese probar él madura más y más, recibe lentamente la facultad de discernir y por fin la capacidad de juzgar, hasta que finalmente, tornándose cada vez más conciente y seguro, sigue en una determinada dirección. Su elección de las vibraciones, las cuales está dispuesto a seguir, no queda ahí sin un efecto más profundo sobre él propio. Es solamente una consecuencia muy natural que esas vibraciones, en las cuales él, debido a su libre voluntad, por así decir, fluctúa, influencien en la reciprocidad el germen espiritual en acuerdo con su especie.

¡Pero el propio germen espiritual, sin embargo, posee en si solamente cualidades nobles y puras! Ese es el dote con que debe “crecer excesivamente” en la Creación. Si él entregarse a vibraciones nobles, éstas, en la ley de la reciprocidad, vivificarán, despertarán, fortalecerán y desenvolverán las propiedades latentes en el germen, de modo que éstas con el tiempo producen interés abundantes y distribuyen grandes bendiciones en la Creación. Un ser humano espiritual que de esa forma se desenvuelve se tornará con eso un buen administrador.

Pero, si él se decida predominantemente por vibraciones bajas, éstas pueden con el tiempo influenciarlo tan fuertemente que la especie de ellas queda adherida a él, cubriendo y sofocando las propias facultades puras del germen espiritual, no dejando que lleguen a un verdadero despertar y florecer. Éstas tienen, por fin, que ser consideradas como de hecho “enterradas”, por lo que el respectivo ser humano se tornará un malo administrador del dote a él confiado.

Un germen espiritual no consigue, por lo tanto, ser por si originariamente impuro, porque proviene desde aquello que es puro y trae solamente pureza en si. Puede, sin embargo, después de su inmersión en la materialidad, macular su envoltorio igualmente material por el “probar” de las vibraciones impuras de acuerdo con la propia voluntad, es decir, por medio de tentaciones, puede incluso con eso adquirir anímica y exteriormente cosas impuras, por fuertes sofocaciones de aquello que es noble, con lo que él entonces recibe características impuras, en contraste a las facultades inherentes y heredadas por el espíritu. El alma es solamente el envoltorio fino-material más etéreo, gaseoso, del espíritu, y solamente existente en la Creación material. Después de un eventual regreso para el puro espíritu-enteal, situado más arriba, el alma es dejada hacia tras y solamente existe todavía el espíritu, que de otra forma tampoco podría ultrapasar el limite de la Creación material para regresar al espiritual. Su regreso, su retorno, sin embargo, ocurre entonces de forma viva, conciente, mientras la chispa que ha partido todavía no lo era en el inicio.

¡Cada culpa y todo el karma es solamente de orden material! ¡Solamente dentro del ámbito de la Creación material, no diferentemente! Tampoco puede transferirse para el espíritu, pero solamente adherirse a él. Razón por la cual es posible un lavarse de toda la culpa.

Ese reconocimiento nada derrumba, pero solamente confirma todo lo que la religión y la Iglesia dicen figuradamente. Sobre todo, reconocemos siempre más y más la gran Verdad que Cristo trajo a la humanidad.

Es también evidente que un germen espiritual, que se ha sobrecargado de cosas impuras en la materialidad, no puede más regresar nuevamente con esa carga para el espiritual, pero deberá permanecer en la materia hasta que haya se soltado de ese fardo y podido librarse de él. Habrá así, naturalmente, que permanecer siempre en la región para la cual el peso de su carga lo obliga, siendo para eso factor determinante lo mayor o menor grado de impureza. Caso no alcance libertarse y echar fuera el fardo hasta el dia del Juicio, no conseguirá acender, a pesar de la siempre permaneciente pureza del germen espiritual, que además, por la sobrepujanza de las cosas impuras, no pudo desenvolver correspondientemente sus reales capacidades. El impuro, por su peso, lo retiene y lo arrastra junto para la descomposición de todo cuanto es material.*(Disertación Nro. 20: El Juicio Final)

Cuanto más conciente se torna entonces un germen espiritual en su desenvolvimiento, tanto más el envoltorio exterior irá amoldándose a las características interiores. O aspirará a lo que es noble o a lo que es vil, es decir, al bello o al feo.

Cada mudanza de dirección que él haga, formará un nudo en los hilos, que él va arrastrando tras de si que, en muchos caminos errados, en muchas idas y venidas, pueden resultar formar numerosas meadas como en una red, en la cual él se enmaraña, por lo que o en ella ahonda, porque lo retiene, o habrá que libertarse violentamente. Las vibraciones a las cuales se ha entregado, probando o usufructuando durante sus trayectos, quedan atadas a él y se arrastran tras él como hilos, transmitiéndole, sin embargo, también de esta forma, incesantemente, su especie de vibraciones. Si él entonces mantuviere por largo tiempo la misma dirección, así los hilos anteriores que se encuentran más lejos, bien como los que están más cerca, podrán actuar con intensidad no diminuida. Caso, sin embargo, cambie el rumbo, las vibraciones anteriores poco a poco se irán debilitando en su influencia, a causa de ese cruce, pues habrán que pasar primero por un nudo que actúe sobre ellas de modo embarazoso, porque el enlace en si ya constituye una ligazón y fusión con la nueva y diferente dirección. La nueva dirección de ahí resultante sigue actuando en su especie diferente sobre la anterior, desagregando y disolviendo, caso no pertenezca a una especie semejante a la primera. Y así sigue sucesivamente. Los hilos se van tornando más espesos y más fuertes con el crecimiento del germen espiritual, formando el karma, cuyo efecto ulterior puede, por fin, adquirir tanto poder, que asocia al espíritu éste o aquél “pendiente”, que finalmente es capaz de perjudicar sus libres decisiones, dándoles una dirección ya antes estimable. Con eso el libre-arbitrio está entonces obscurecido, no puede más actuar como tal.

Desde el inicio, por lo tanto, existe el libre-arbitrio, sólo que muchos arbitrios están más tarde de tal forma sobrecargados, que son fuertemente influenciados por la manera ya mencionada, no pudiendo más ser, por lo tanto, ningún libre-arbitrio.

El germen del espíritu, que de esa forma se va desenvolviendo más y más, debe, pues, ir aproximándose cada vez más de la Tierra, visto que desde ahí parten las vibraciones de modo más fuerte y él, direccionando de forma cada vez más conciente, las sigue, o mejor dicho, se deja “atraer” por ellas, a fin de poder probar cada vez más intensamente las especies elegidas según su inclinación. Quiere pasar del picar para el real “probar” y, luego, para el “desfrutar”.

Las vibraciones originarias desde la Tierra son por eso tan fuertes, porque aquí sobreviene algo de nuevo, muy energético: ¡la fuerza sexual corporal de la materia gruesa! *(Disertación Nro. 62: La fuerza sexual en su significación para la ascensión espiritual)

Esa tiene la finalidad y la capacidad de “hacer incandescente” toda la intuición espiritual. El espíritu solamente así obtiene correcta ligazón con la Creación material y puede por lo tanto, solamente así, en ella tornarse activo con plena energía. Incluye entonces todo cuando es necesario para hacerse valer plenamente en la materialidad, a fin de firmarse en ella en todos los sentidos, pudiendo actuar de manera penetrante y dominadora, estando armado contra todo y también protegido de todo.

Desde ahí las colosales olas de fuerza que emanan del vivenciar que se procesa a través de los seres humanos en la Tierra. Alcanzan, sin embargo, siempre solamente tan lejos cuanto la Creación material, sin embargo, en ella vibrando hasta las ramificaciones más delicadas.

Una persona en la Tierra que fuese espiritualmente elevada y noble, y que por eso viniese con elevado amor espiritual a sus prójimos, les permanecería extraña, no pudiendo acercarse interiormente, apenas cuando fuese excluida su fuerza sexual. Así, haría falta un puente para el entendimiento y para el intuir anímico, existiría consecuentemente un abismo.

En el momento, sin embargo, en que tal amor espiritual ingresa en pura ligazón con la fuerza sexual, y se torna incandescente por ésta, el flujo para toda la materialidad recibe una vida muy diferente, se torna en eso terrenalmente más real y consigue así actuar sobre los seres humanos terrenos y sobre toda la materialidad de modo pleno y comprensible. Sólo así él es asimilado y comprendido por ésta y puede traer aquella bendición a la Creación, que el espíritu del ser humano deba traer.

Hay algo gigantesco en esa ligazón. ¡Ése es también el objetivo propiamente dicho, por lo menos la finalidad principal, de ese inmensurable impulso natural, para tantos enigmático, a fin de dejar el espiritual desenvolverse en la materialidad hasta la plena fuerza de actuación! Sin eso él permanecería demasiado extraño a la materialidad, para poder manifestarse bien. La finalidad procreadora sólo viene en segundo lugar. El hecho principal es el impulso hacia arriba que resulta de esa ligazón en el ser humano. Con eso el espíritu humano también recibe su fuerza plena, su calor y su vitalidad, queda, por así decir, listo con este proceso. ¡Por eso principia aquí, pero también solamente ahora, su plena responsabilidad!

La sabida justicia de Dios otorga al ser humano, sin embargo, en ese importante punto de transición, también simultáneamente, no solamente la posibilidad, pero si incluso el impulso natural para desembarazarse fácilmente de todo el karma con lo que hasta entonces ha sobrecargado su libre-arbitrio. De esa forma, el ser humano consigue otra vez libertar el arbitrio completamente, para entonces, estando concientemente de modo poderoso en la Creación, tornarse un hijo de Dios, actuar en Su sentido y subir hacia las alturas en puras y elevadas intuiciones, para donde más tarde será atraído, cuando haya dejado su cuerpo de materia gruesa.

Si el ser humano no hiciere eso, la culpa es suya; pues con el ingreso de la fuerza sexual se manifiesta en él, de modo preponderante, un impulso poderoso hacia arriba, para lo que es ideal, bello y puro. Eso siempre puede ser observado nítidamente en la juventud incorrupta de ambos los sexos. Por eso los entusiasmos de los años de la juventud, lamentablemente muchas veces ridiculizado por los adultos, y que no deben ser confundidos con los de los años de la infancia. Por eso también en eses años las intuiciones inexplicables, ligeramente melancólicas y con un aire de seriedad. No son infundadas las horas en que a un joven o a una joven les parece haber que cargar todo el dolor del mundo, cuando les vienen presentimientos de una profunda seriedad. También el no sentirse comprendido, que tan frecuentemente ocurre, contiene en si, en la realidad, mucho de verdadero. Es el reconocimiento temporal de la conformación errada del mundo alrededor, lo cual no quiere tampoco puede comprender el sagrado inicio de un vuelo puro hacia las alturas, y solamente queda satisfecho cuando esa tan fuerte intuición exhortadota en las almas en madurez es arrastrada hacia bajo, para el “más real” y sensato, que le es más comprensible y que considera más adecuado a la humanidad, juzgando, en su sentido intelectual unilateral, como lo único normal.

A pesar de eso, existen innúmeros materialistas inveterados que, en idéntica época de su vida, intuyeron de la misma forma como una severa advertencia y que, aquí y allá, hablan con placer del tiempo áureo del primero amor con un ligero acceso de cierta sensibilidad, incluso de melancolía, que expresa inconcientemente un dolor por algo perdido, que no es posible describir más pormenorizadamente. ¡Y en eso todos ellos tienen razón! Lo más precioso les fue tomado, o ellos propios lo echaron livianamente, cuando, en el gris dia a dia del trabajo, o bajo el sarcasmo de los así nombrados “amigos” y “amigas”, o por medio de malos libros y ejemplos, enterraron tímidamente la joya, cuyo brillo, a pesar de eso, irrumpe nuevamente durante su vida posterior, una vez aquí y allá, dejando ahí en un instante latir más alto el corazón insatisfecho, en un inexplicable tremor de una enigmática tristeza y nostalgia.

Aun cuando tales intuiciones son siempre de nuevo recalcadas y ridiculizadas rápidamente en amargo auto-escarnio, comprueban aún así la existencia de ese tesoro, y afortunadamente pocos son aquellos que pueden afirmar nunca haber tenido tales intuiciones. Y ésos también solamente serian dignos de lastima; pues nunca vivieron.

Pero incluso tales corrompidos, o digamos dignos de lastima, sienten entonces una nostalgia, cuando se les da la oportunidad de encontrar una persona que utilice esa fuerza propulsora con disposición correcta, y que, por lo tanto, así se ha tornado pura y ya se encuentra en la Tierra interiormente elevada. El efecto de semejante nostalgia en tales personas es, sin embargo, en la mayoría de las veces, primeramente el reconocimiento involuntario de la propia bajeza y negligencia, que acaba transformándose entonces en odio, que puede llegar incluso a una cólera ciega. Tampoco es raro ocurrir que una persona perceptiblemente ya anímicamente elevada atraiga sobre si el odio de masas enteras, sin que ella propia realmente hubiese dado motivo reconocible externamente para tanto. Tales masas entonces no saben nada más sino gritar: “¡crucificadlo, crucificadlo!”. Desde ahí el gran numero de mártires que la historia de la humanidad hay registrado.

La causa es el dolor feroz de ver en otros algo precioso, que ellos propios han perdido. Un dolor que sólo reconocen como odio. En personas con mayor calor interior, que han sido detenidas o arrastradas para la mugre solamente debido a malos ejemplos, la nostalgia de aquello que propiamente no fue conseguido provoca, en un encuentro con una persona interiormente elevada, muchas veces también ilimitado amor y veneración. Dondequiera que se dirija tal persona, hay siempre solamente un pro o un contra en su alrededor. Indiferencia no consigue resistir.

¡La gracia misteriosamente irradiante de una joven incorrupta o de un joven incorrupto otra cosa no es sino el impulso puro de la fuerza sexual que despierta en unión con la fuerza espiritual para cosas más elevadas y más nobles, intuido conjuntamente por su ambiente debido a las fuertes vibraciones! Celosamente, ha cuidado el Creador de que eso sólo ocurre al ser humano en una edad en que pudiese tornarse plenamente conciente de su voluntad y de sus actos. Entonces es llegado el tiempo en lo cual él puede y debería desembarazarse, como que jugando, de todo cuanto pertenece al pasado, en ligazón con la fuerza plena en él ahora existente. Caería incluso por si, caso el ser humano mantuviese su voluntad hacia el bien, al que en esa época se siente impulsado sin cesar. ¡Podría, entonces, como las intuiciones muy correctamente indican, escalar sin esfuerzo hacia aquel escalón al cual él, como ser humano, pertenece! ¡Ved la actitud soñadora de la mocedad incorrupta! Nada más es sino la intuición del impulso hacia arriba, la voluntad de libertarse de todo el mugre, el anhelo ardiente por lo que es ideal. La inquietud impulsionante, sin embargo, es la señal para no perder el tiempo, pero desembarazarse enérgicamente del karma y empezar la escalada del espíritu.

¡Por eso la gran importancia, el gran punto de transición que la Tierra es para la creatura humana!

¡Es algo de esplendido hallarse en esa fuerza concentrada, actuar en ella y con ella! Eso, mientras la dirección que el ser humano ha elegido es buena. Pero tampoco existe nada más miserable de lo que malbaratar esas energías unilateralmente en ciega embriaguez de los sentidos y así resultar en paralizar su espíritu, privándolo de una gran parte del impulso de que tanto necesita para llegar hacia las alturas.

Y, sin embargo, el ser humano, en la mayoría de los casos, pierde esa preciosa época transitoria, dejándose conducir por el ambiente “entendido” para caminos errados, los cuales lo retienen y, lamentablemente, con demasiada frecuencia incluso lo conducen hacia bajo. Debido a eso no consigue libertarse de las turbas vibraciones en él adherentes, las cuales, al contrario, reciben solamente nueva provisión de fuerzas y, así, envuelven más y más su libre-arbitrio, hasta que él no consigue más reconocerlo.

Así ocurre en la primera encarnación en la Tierra. En las consecutivas encarnaciones, que son necesarias, el ser humano llevará consigo un karma mucho más pesado. La posibilidad de desvencijarse, sin embargo, se presenta, a pesar de eso, siempre de nuevo, y ningún karma podría ser más fuerte de lo que el espíritu del ser humano al llegar en la plenitud de su vigor, apenas cuando reciba a través de la fuerza sexual la ligazón sin lagunas con la materialidad, a la cual, sí, el karma pertenece.

Si, sin embargo, el ser humano ha desperdiciado esas épocas para desvencijarse de su karma y para la recuperación a eso atada de su libre-arbitrio, habiendo se enmarañado más aún, habiendo tal vez hasta caído profundamente, a pesar de eso, aún se ofrece a él un poderoso aliado para el combate del karma y para la ascensión. El mayor vencedor que hay, capaz de todo sobrepujar. La sabiduría del Creador dispuso las cosas en la materialidad de tal manera, que los períodos mencionados no son los únicos en que el ser humano puede encontrar la posibilidad de auxilio rápido, en los cuales él consigue encontrar a si mismo, bien como su real valor, recibe incluso para tanto un impulso extraordinariamente fuerte, a fin de que ponga atención a eso.

¡Ese poder mágico, que está a la disposición de cada ser humano durante toda su existencia terrena, en constante prontitud de auxilio, pero que también se origina de la misma unión de la fuerza sexual con la fuerza espiritual, pudiendo provocar la eliminación del karma, es el amor! No el amor ambicioso de la materia gruesa, pero el elevado y puro amor que otra cosa no conoce tampoco desea sino el bien de la persona amada, que nunca piensa en si propio. Él pertenece también a la Creación material y no exige renuncia tampoco penitencia, pero quiere siempre solamente lo mejor para el otro, se preocupa con él, sufre con él, pero divide también con él las alegrías.

Como base, tiene él las intuiciones semejantes de anhelo por el ideal de la juventud incorrupta en el romper de la fuerza sexual, pero también estimula el ser humano responsable, es decir, maduro, para la fuerza plena de toda su capacidad, hasta al heroísmo, de modo que la fuerza productiva y combativa sea concentrada a la máxima intensidad. ¡Aquí, en relación a la edad, no son colocados limites! Apenas cuando una persona provee guarida al amor puro, sea el lo de un hombre por una mujer o vise-versa, o por un amigo, o por una amiga, o por los padres, por los hijos, no importa, si este solamente es puro, traerá como primera dádiva la oportunidad para librarse de todo el karma, que entonces solamente es remido aún de forma puramente “simbólica”, *(Disertación Nro. 37: Simbolismo el destino humano) para el desabrochar del libre y conciente arbitrio, que sólo puede ser conducido hacia arriba. Como consecuencia natural, se inicia entonces la escalada, el rescate de las cadenas indignas que la retienen.

La primera intuición que se manifiesta cuando despierta el amor puro es la de juzgarse indigno ante el ser querido. En otras palabras, se puede describir ese fenómeno como el principio de la modestia y de la humildad, por lo tanto, el recibimiento de dos grandes virtudes. A seguir, se adjunta a eso el impulso de querer mantener la mano sobre el otro, de forma protectora, a fin de que no le ocurra mal algun de ningún lado, pero si que su camino lo conduzca por veredas floridas y con mucho sol. El “querer llevar en las palmas de las manos” no es un dictado hueco, pero sí caracteriza muy acertadamente la intuición que brota. En eso, sin embargo, se encuentra una abdicación de la propia personalidad, una gran voluntad de servir, lo que, por si sólo, podría bastar para eliminar en poco tiempo todo el karma, apenas cuando esa voluntad perdure y no de lugar a impulsos puramente sensuales. Por ultimo, se manifiesta incluso, en el amor puro, el deseo ardiente de poder hacer algo muy grande para el otro ser querido, en el sentido noble, de no lo insultar o herir con ningún gesto, ningún pensamiento, ninguna palabra, mucho menos aún con alguna acción fea. Se torna viva la más delicada consideración.

Se trata, entonces, de agarrar esas puras intuiciones y ponerlas encima de todo lo demás. Nunca alguien, entonces, querrá o hará algo de mal. Simplemente no lo consigue, pero sí, al contrario, tiene en eso la mejor protección, la mayor fuerza, lo más bien-intencionado consejero y auxiliador.

¡Por ese motivo también Cristo, siempre de nuevo, indica para la omnipotencia del amor! Solamente él todo sobrepuja, todo consigue. Sin embargo, presuponiendo siempre que no se trate solamente del amor terreno y codicioso, que contiene en sí el celo y sus vicios análogos.

¡El Creador, en Su sabiduría, ha lanzado con eso un flotador de salvación en la Creación, que no solamente una vez en la vida terrena toca en cada criatura humana, a fin de que en ella se firme y por ella se alce!

Ese auxilio está a la disposición de todos. No hace ninguna diferencia, ni en la edad ni en el sexo, ni en el pobre ni en el rico, tampoco en el noble o humilde. ¡Por esa razón, el amor es también la mayor dadiva de Dios! ¡Quien comprende eso, ése está cierto de la salvación de todas las vicisitudes y de todas las profundidades! Se liberta, recupera así de modo más fácil y más rápido un límpido libre-arbitrio, que lo conduce hacia arriba.

Aun cuando se encuentre en una profundidad, que debe llevarlo al desespero, el amor es capaz de arrancarlo con el impetu de un huracán hacia arriba, hacia el encuentro de la Luz, de Dios, que es el propio amor. Apenas cuando en una persona despierte un amor puro ante cualquier impulso, tiene ella también la más directa ligazón con Dios, el fuente primordial de todo el amor, y con eso también el más fuerte auxilio. Pero si un ser humano poseyera todo y no tuviese el amor, sólo seria un metal sonante o un cascabel, es decir, sin calor, sin vida… ¡nada!

Si viene a sentir, sin embargo, amor verdadero por cualquiera de sus semejantes, lo cual sólo se esfuerza para dar a la persona amada luz y alegría, no a degradar delante codicias insensatas, pero sí erguirla protegiéndola, entonces él sirve a ella, sin tornarse conciente del servir, propiamente, visto que así se torna un desinteresado donador y regalador. ¡Y ése servir lo liberta!

Muchos dirán para sí mismos: ¡Es exactamente eso que hago, o por lo menos ya me esfuerzo! Busco por todos los medios tornar fácil la vida terrena de mi mujer o familia, proporcionarles placeres, empeñándome en conseguir tantos medios para que puedan tener una vida cómoda, agradable y libre de preocupaciones. Millares golpearán en el pecho, sintiéndose elevados y juzgándose por demasiado buenos y nobles. ¡Se engañan! ¡Ése no es el amor vivo! Éste no es tan unilateralmente terreno, pero impulsa al mismo tiempo mucho más fuertemente para lo que es más elevado, más noble e ideal. Claro es que nadie debe impunemente, es decir, sin consecuencias prejudiciales, descuidarse de las necesidades terrenas, no las debe descuidar, pero éstas no deben constituir la finalidad principal del pensar y del actuar. Encima de eso paira, de modo inmenso y fuerte, el desear, tan misterioso para muchos, de poder ser, realmente, ante si mismos, aquello que valen delante aquellos por los cuales son amados. ¡Y ese desear es el camino cierto! Conduce siempre solamente hacia el alto.

El amor verdadero y puro no necesita ser esclarecido aún más detalladamente. Cada ser humano siente perfectamente cómo él es constituido. Busca solamente engañarse con frecuencia a tal respeto, cuando ve ahí sus errores e intuye de modo claro cuan lejos se encuentra todavía realmente de amar de modo verdadero y puro. Pero él debe entonces animarse, no puede parar con hesitación y llegar por fin a faltar; ¡pues para él no existe más un libre-arbitrio sin el verdadero amor!

Cuantas oportunidades son, por lo tanto, proporcionadas al ser humano, a fin de que se animen y se lancen rumbo al alto, sin que las aprovechen. ¡Por eso, en la mayoría, sus lamentos y búsquedas no son legítimos! Tampoco quieren, apenas cuando ellos propios tengan que contribuir con algo, aun que sea solamente una pequeña modificación de sus hábitos y opiniones. ¡En la mayor parte es mentira, auto-ilusión! Dios es que debe venir hasta ellos y soerguirlos hacia Si, sin que necesiten renunciar a la tan querida comodidad y a su auto-adoración. Entonces, también, consentirían en acompañar, pero no sin esperar para tanto aún un agradecimiento todo especial de Dios.

¡Dejad que tales zánganos sigan su camino hacia la ruina! No merecen que alguien se esfuerce por ellos. Dejarán pasar siempre de nuevo, quejándose y rezando, las oportunidades que se les ofrecen. Si una tal persona, sin embargo, se aprovechase de ellas una vez, entonces seguramente las iría privar de su más distinto adorno, de la pureza y altruismo, para arrastrar ese preciosísimo bien hacia el lodo de las pasiones.

¡Investigadores y eruditos deben finalmente animarse y desviarse de esas personas! No deben pensar que están haciendo obra agradable a Dios, cuando ofrecen continuamente Su Palabra y Su voluntad sagrada como mercadería barata y por medio de tentativas de enseñanzas, dando así cuasi la apariencia de que el Creador necesitaría mendingar por intermedio de Sus fieles para ampliar el circulo de los adeptos. Es una maculación, si es ofrecida a esos que con las manos mugrientas la agarran. No se debe olvidar la sentencia que prohíbe “tirar perlas a los cerdos”.

Y otra cosa no se da en tales casos. Desnecesario desperdicio de tiempo, que en tal medida no debe ser más derrochado, sin que, por fin, en la acción retroactiva, se convierta perjudicial. Solamente deben ser ayudados aquellos que buscan.

La inquietud que por toda parte surge en muchas personas, el investigar y el buscar por el paradero del libre-arbitrio son perfectamente justificados y constituyen una señal de que no hay tiempo a perder. Este hecho es reforzado con el presentimiento inconciente de un posible tarde demás para tal. Eso mantiene ahora el buscar constantemente vivo. Pero es en gran parte inútil. ¡Los seres humanos de la actualidad, en su mayor parte, no consiguen más activar el libre-arbitrio, porque se han demasiado enmarañado!

Lo han vendido y lo han comercializado… ¡por nada!

Cuanto a eso no podrán responsabilizar Dios, como se intenta hacer siempre de nuevo tan frecuentemente, ante todo el tipo de interpretaciones, para eximirse del pensamiento de una responsabilidad propia que los espera, pero habrán que acusar a sí mismos. Y aun cuando tal auto-acusación fuera prepasada de la más acerba amargura y del más profundo dolor, aún así no sería suficientemente fuerte para dar una relativa compensación por el valor del bien perdido, que ha sido insensatamente calcado o desperdiciado.

A pesar de eso, el ser humano todavía puede encontrar el camino para conquistarlo nuevamente, apenas cuando se esfuerce seriamente en ese sentido. Sin embargo, siempre solamente cuando él lo desee del más fundo de su intimo. Si ese deseo realmente vivir en él y jamás debilitarse. Debe llevar el más ardiente anhelo para tanto. Y aun cuando debiese empeñar en eso toda su existencia terrena, solamente habría que ganar con eso; ¡pues extremamente seria y necesaria para el ser humano es la recuperación del libre-arbitrio! Podemos en lugar de recuperación decir desenterramiento, o purificación libertadora. Resulta exactamente lo mismo.

Pero mientras el ser humano solamente piense y cavile a tal respecto, no conseguirá nada. El mayor esfuerzo y pertinacia han que faltar ahí, visto que a través de pensamientos y cavilaciones no conseguirá nunca ultrapasar los limites de tiempo y espacio, es decir, jamás llegará hasta dónde se encuentre la solución. Y como actualmente el pensar y el cavilar han sido considerados como el principal camino para todo el investigar, no existe, tampoco, ninguna perspectiva de que se pueda esperar un progreso además de las cosas puramente terrenas. A menos que los seres humanos se cambien en eso fundamentalmente.

¡Aprovechad el tiempo de la existencia terrena! ¡Pensad en el gran punto de transición que lleva consigo la plena responsabilidad!

Por ese motivo, un niño aún no se encuentra espiritualmente capacitado, porque la ligazón entre el espiritual y el material todavía no se ha realizado en ella a través de la fuerza sexual. Solamente en el momento del ingreso de tal fuerza es que sus intuiciones adquirirán aquella energía capaz de prepasar de modo incisivo la Creación material, transformándola y remodelándola, con lo que asumirá, de modo espontáneo, plena y entera responsabilidad. Antes, los efectos retroactivos tampoco son tan fuertes, porque la capacidad de intuición actúa de modo mucho más débil. Por eso, en la primera encarnación *(Ingreso del ser humano en la existencia terrena) en la Tierra, un karma no puede ser tan pesado, pero, cuando mucho, puede influir en la ocasión del nacimiento, determinando el ambiente en que el nacimiento ocurre, a fin de que ayude el espíritu, durante su vida terrena, a libertarse del karma ante el reconocimiento de sus propiedades especificas. Los puntos de atracción de las especies iguales representarían ahí un papel predominante. Todo, sin embargo, solamente en sentido blando. El karma, propiamente dicho, potente e incisivo, solamente se inicia cuando en el ser humano la fuerza sexual se une a su fuerza espiritual, por lo que él se torna en la materia no solamente de pleno valor, pero puede, en todos los sentidos, sobrepujarla ampliamente, caso se sintonice correspondientemente.

Hasta ahí tampoco las tinieblas, el mal, alcanzan llegar directamente al ser humano. De eso un niño se encuentra protegido por la falta de ligazón con el material. Como que separado. Hace falta el puente.

Por eso, a muchos oyentes se tornará también más comprensible por que los niños desfrutan de una protección mucho mayor contra el mal, lo que ya es proverbial. Por el mismo camino, sin embargo, que forma el puente para la fuerza sexual se inicia, y sobre el cual el ser humano puede andar luchando en su pleno vigor, puede llegarle naturalmente también todo lo más, si no esté suficientemente vigilante. Pero en caso alguno eso puede ocurrir antes que posee también la necesaria fuerza defensiva. No existe en momento alguno una desigualdad que permita surgir una excusa.

¡Por esa razón, la responsabilidad de los padres asume proporciones gigantescas! Ay de aquellos que privan los propios hijos de la oportunidad de desembarazarse de su karma y de ascender, sea por burlas inoportunas, sea por educación errada, si no hasta por malos ejemplos, a los cuales pertenecen también las ambiciones exageradas en los más variados sectores. Las tentaciones de la vida terrena, ya por si sólo, atraen en este o en aquel sentido. Y por no ser explicada a los adolescentes su real posición de poder, ellos ni emplean su fuerza o la emplean de modo insuficiente, o la desperdician de la manera más irresponsable, cuando no hacen de ella hasta uso errado y malo.

Por lo tanto, en la ignorancia, se inicia, pues, el inevitable karma con ímpetu cada vez mayor, lanza adelante, influenciando, sus irradiaciones a través de algun pendiente para esto o aquello, y restringe con eso el libre-arbitrio propiamente dicho en las decisiones, de modo que él no es más libre. Ha decorrido de eso también el hecho de la mayoría de la humanidad, actualmente, no más poder activar libre-arbitrio alguno. Ella se ha atado, encadenado, esclavizado por propia culpa. ¡Cuan infantiles e indignos se presentan los seres humanos, cuando buscan repeler el pensamiento de una responsabilidad incondicional, prefiriendo en eso echar al Creador una censura de injusticia! Cuan ridículo suena el pretexto de que incluso ni tendrían ningún libre-arbitrio propio, pero serian conducidos, empurrados, allanados y modelados, sin poder hacer algo en contra.

Si al menos por un momento quisiesen tomar conciencia del misero papel que representan realmente con tal comportamiento. Si, antes de todo lo demás, finalmente quisiesen examinarse de forma verdaderamente critica en relación a la posición de poder que les ha sido concedida, a fin de reconocer como ellos la desperdician, sin reflexión, en niñerías y futilidades transitorias, como en cambio, elevan bagatelas a una posición de importancia despreciable, se sienten grandes en cosas en las cuales, sin embargo, han que parecer tan pequeños en relación a su destino real como seres humanos en la Creación. ¡El ser humano actual es como un hombre al cual fue dado un reino y que prefiere perder su tiempo con los más simple juguetes infantiles!

Es solamente evidente, y no de esperarse diferentemente, que las fuerzas poderosas concedidas al ser humano deban aplastarlo, si no sepa conducirlas.

¡Ha llegado el ultimo momento para finalmente despertar! Debía el ser humano aprovechar plenamente el tiempo y la gracia que le son regalados con cada vida terrena. Todavía no presiente cuan indispensable eso ya lo es. En el momento en que se liberte nuevamente el arbitrio, que actualmente se halla preso, le servirá todo lo que ahora parece muchas veces estar contra él. Incluso las irradiaciones de los astros, temidas por tantos, solamente existen para servirlo y ayudarlo. Poco importa de que naturaleza sean.

¡Y cada cual lo consigue, aun cuando el karma todavía pese pesadamente en él! Aun cuando las irradiaciones de los astros parezcan ser predominantemente desfavorables. Todo eso se realiza de modo pernicioso solamente en el caso de un arbitrio atado. Pero también ahí solamente aparentemente; porque, en la realidad, aún así será para su bien, si no sepa más ayudar a si mismo de otra manera. De ese modo será forzado a defenderse, a despertar y a estar alerta.

El miedo de las irradiaciones de los astros no es, sin embargo, apropiado, porque los fenómenos colaterales que ahí se efectúan son siempre solamente los hilos del karma, que está actuando para la respectiva persona. Las irradiaciones de los astros constituyen solamente canales, para los cuales es conducido todo el karma que, en la ocasión, se encuentra suspenso para una persona, hasta el punto en que éste, en su especie, corresponda a las respectivas irradiaciones de igual especie. Si, por lo tanto, las irradiaciones de los astros son desfavorables, entonces se añadirá en esos canales solamente karma suspenso desfavorable para el ser humano, aquello que corresponde exactamente a la especie de las irradiaciones, nada diferente. Igualmente en los casos de irradiaciones favorables. Conducido así más concentradamente, puede también efectuarse sobre el ser humano siempre de modo más sensible. Pero dónde no hay karma nocivo, las irradiaciones desfavorables de los astros tampoco podrán actuar de modo nocivo. Una cosa no es separable de la otra. También ahí se reconoce más una vez el grande amor del Creador. Los astros controlan o conducen los efectos del karma. ¡Consecuentemente, un karma nocivo no puede actuar sin interrupciones, pero también en este tiempo tiene que dejar al ser humano intervalos para tomar aliento, porque los astros irradian alternadamente y, así, en el periodo de irradiaciones benignas, el malo karma está imposibilitado de actuar! Ha, pues, que interrumpir y esperar hasta que recomiencen las irradiaciones desfavorables, no pudiendo, por consiguiente, oprimir enteramente una persona tan fácilmente. No habiendo, al lado del karma nocivo de la criatura humana, tampoco alguno karma benigno que se efectúe a través de las irradiaciones favorables de los astros, entonces, por las irradiaciones favorables, por lo menos se consigue que el sufrimiento tenga interrupciones durante las épocas de irradiaciones benignas.

Así se engranan también aquí, una el la otra, las ruedas de los acontecimientos. Una cosa resulta en otra, dentro de la más restricta lógica, y la controla simultáneamente, a fin de que no puedan ocurrir irregularidades. Y así prosigue, como en un gigantesco conjunto de engranajes. De todos los lados los dientes de los engranajes se encajan de forma precisa y exacta, moviendo y impulsando todo adelante, para el desenvolvimiento.

En el centro de todo, sin embargo, se encuentra el ser humano con el incalculable poder que le es confiado para dar, por medio de su voluntad, la dirección a ese gigantesco engranaje. ¡Sin embargo, siempre solamente para si propio! Podrá llevarlo hacia arriba o hacia abajo. Únicamente la sintonización es la determinante para el fin.

Pero, el engranaje de la Creación no es constituido de material rígido, pero de formas y seres, todos vivos que, actuando conjuntamente, causan una impresión aún más gigantesca. Pero todo ese maravilloso tejer sirve solamente para ayudar el ser humano, para servirlo, mientras él no interfiera con el poder que a él le fue dado, de modo a embarazarlo por el derroche infantil y empleo errado. Es urgente, por fin, que se encuadre diferentemente para tornarse lo que deba ser. ¡Obedecer otra cosa no significa, en la realidad, sino comprender! Servir es auxiliar. Auxiliar, sin embargo, significa reinar. En poco tiempo cada uno puede libertar su arbitrio conforme debe ser. Y de esa forma todo cambia para él, pues él propio primeramente ha cambiado su intimo.

Pero para millares, centenares de millares, sí, para millones de seres humanos se tornará demasiado tarde, porque no lo quieren diferentemente. Es solamente natural que la fuerza erradamente dirigida destruya la maquina, fuerza que, de otra forma, hubiera le servido para realizar un trabajo bendito.

Cuando sobrevengan los acontecimientos, todos los que hesitan se recordarán de nuevo repentinamente de rezar, pero no podrán encontrar más la manera adecuada, la cual, únicamente, podría proporcionar auxilio. Reconociendo entonces la falta, pasarán pronto, en su desespero, a blasfemar y a afirmar acusadoramente que no podría existir un Dios, si Él permite tales cosas. No quieren creer en la justicia férrea, tampoco que les haya sido dado el poder de cambiar todo aún en tiempo. Y que eso también les hubiera sido dicho con suficiente frecuencia.

Pero ellos exigen para sí, con obstinación infantil, según su modo, un Dios amoroso que todo perdona. ¡Solamente en eso quieren reconocer Su grandeza! ¿Cómo debería ese Dios, según sus ideas, proceder entonces con aquellos que siempre Lo buscaron sinceramente, pero que justamente a causa de ese buscar han sido pisados, escarnecidos y perseguidos por aquellos que esperan perdón?

Necios ésos que, en su ceguera y sordera siempre de nuevo deseadas, corren al encuentro de la ruina, ellos propios crean con fervor su destrucción. Que queden entregues a las tinieblas, al encuentro de las cuales se dirigen porfiadamente, debido a todo lo saber mejor. Solamente ante el propio vivenciar es que aún podrán llegar a la reflexión. Por eso también las tinieblas serán su mejor escuela. Pero llegará el dia, la hora, en que ese camino también será demasiado tarde, porque el tiempo no será mas suficiente para, luego de un reconocimiento final por el vivenciar, aún libertarse de las tinieblas y acender. Por ese motivo, ya es tiempo de, finalmente, ocuparse seriamente con la Verdad.


31. Moderna ciencia del espíritu

¡Moderna ciencia del espíritu! ¡Cuánto se halla reunido bajo esa bandera! ¡Lo que se encuentra ahí, y lo que también se combate ahí! Se trata de una arena de serias investigaciones, de poca sabiduría, grandes planes, vanidad, estupidez y muchas veces también de una vacía fanfarronería y incluso además de intereses comerciales los más inescrupulosos. No raro florecen desde ese alboroto la envidia y el odio sin limite, redundando por fin en pérfidas venganzas de la más baja especie.

En tales circunstancias naturalmente no es de extrañar cuando muchas personas se esquivan de todo ese pandemonio, con un recelo como si ellos fuesen envenenarse, caso entrasen en contacto con eso. Éstas no dejan de tener cierta razón; pues innumerables adeptos de la ciencia del espíritu no muestran en su conducta realmente nada que seduzca, mucho menos que atraiga, sino antes todo en ellos advierte cada ser humano para que tenga la máxima cautela.

Es curioso que todo el dominio de la nombrada ciencia del espíritu, confundida muchas veces, por los maléficos o por los ignorantes, con la ciencia de los espíritus, constituya aún hoy una especie de terreno libre, donde cualquiera pueda hacer lo que bien entiende desobstruida, sí, desenfrenada e impunemente.

Así se lo admite. ¡Sin embargo, las experiencias ya enseñaron muy frecuentemente que no lo es así!

Innumeros pioneros en ese terreno, que han sido lo suficiente irresponsables para osar avanzar algunos pasos solamente con conocimientos imaginarios, se tornaron victimas indefensas de su imprudencia. ¡Solamente lamentable ahí es que todas esas victimas hayan caído, sin que con eso pudiese ser proporcionado lo mínimo lucro para la humanidad!

Cada uno de esos casos, en la verdad, debería haber sido una prueba de que el camino tomado no es el cierto, una vez que solamente ocasiona maleficios e incluso destrucción, pero ninguna bendición. Sin embargo, con una porfía característica son mantenidos esos falsos caminos y hechas siempre nuevas victimas; ante cada granosito de cualquiera evidencia reconocida en la gigantesca Creación, es alzada enorme gritería y son escritas innumeras disertaciones, que deben desestimular muchos investigadores sinceros, porque el palpar incierto ahí se convierte nítidamente perceptible.

Todo el investigar de hasta el momento, en la realidad, puede ser llamado de un juego peligroso con hondo de buena intención.

El campo de la ciencia del espíritu, considerado como campo libre, nunca podrá ser pisado impunemente, mientras previamente no se sepa tomar en cuenta las leyes espirituales en toda su amplitud. Toda y cualquier oposición conciente o inconciente, es decir, la “no-observancia” de las mismas, lo que equivale a una transgresión, habrá que alcanzar, por el inevitable efecto de retorno, el osado, el frívolo o el liviano que no las considera o no consigue observarlas de forma exacta.

Querer recorrer el extraterreno con medios y posibilidades terrenas, otra cosa no es, sino colocar y dejar un niño aún no desenvuelto, aún no familiarizado con los peligros terrenos, sólo en una mata virgen, donde solamente un adulto, con correspondiente equipos, en su fuerza plena y con toda la cautela, podrá tener probabilidades de transponerla incólume.

No es diferente con relación a los modernos cientistas del espíritu en su actual modo de trabajar, aún que juzguen llevarlo extremamente en serio y que realmente sólo osen muchas cosas debido al saber, a fin de, así, ayudar los seres humanos a avanzar para transponer un borde donde hace mucho esperan, golpeando en la puerta.

Como niños esos investigadores aún se quedan allí, desamparados, palpando, desconociendo los peligros que a cualquier momento les pueden sobrevenir o a través de ellos irrumpir sobre otras personas, apenas cuando con sus experiencias inciertas caven una brecha o abran una puerta en la muralla de natural protección que, para muchos, seria mejor si quedase cerrada.

Todo eso sólo puede tener la designación de liviandad, y no de osadía, mientras los que quieran avanzar así no sepan exactamente si son capaces de dominar inmediatamente, de modo total, todos los peligros que posiblemente se presenten, no solamente para ellos propios, pero también para otros.

De manera la más irresponsable actúan aquellos “investigadores” que se ocupan con experiencias. Sobre el crimen de la hipnosis *(Disertación Nro. 35: El crimen de la hipnosis) varias veces ya ha sido hecha referencia. Los investigadores que aún emprenden experiencias de otra especie cometen, en la mayoría de los casos, el lamentable error, que ellos, en nada sabiendo al respecto – pues del contrario seguramente no lo harían -, ponen otras personas muy sensibles o mediúnicas en sueño magnético o incluso hipnótico, a fin de con eso acercarlas de las influencias corpóreamente invisibles del mundo del “más Allá”, en la esperanza de poder así oír u observar algo, que en estado de completa conciencia diurna de las respectivas personas en experiencia no sería posible.

En lo mínimo, en noventa y cinco de cien casos exponen tales personas a grandes peligros, a los cuales aún no son capaces de contraponerse; pues todo el tipo de ayuda artificial para el profundizar constituye un atamiento del alma, debido al cual ella ingresa en un estado de sensibilidad que va más Allá de lo que lo permitiría su desenvolvimiento natural.

La consecuencia es que tal victima de las experiencias se halle de súbito anímicamente en un campo donde esté privada de su protección natural debito a la ayuda artificial, o para lo cual no posee su protección natural, que solamente puede surgir por el propio y sano desenvolvimiento interior.

Se debe imaginar figuradamente tal persona, digna de lastima, como se fuese atada desnuda en un pilar e impelida como chamariz hacia una región peligrosa, a fin de atraer e incluso dejar actuar sobre si la vida y actuación aún desconocida, para poder proveer un relato, o para que diversos efectos se vuelvan visibles también a otros, ante su cooperación, poniendo disponibles ciertos elementos terrenos de su cuerpo.

Tal persona sometida a la experiencia consigue así, temporalmente, a través de la ligazón que su alma impelida necesita mantener con el cuerpo terreno, transmitir a los espectadores todo lo que ocurre, como que por medio de un teléfono.

Si con eso, sin embargo, el centinela, dispuesto así artificialmente en área avanzada, sufra cualquier ataque, no conseguirá defenderse por falta de protección natural, está expuesto de forma desamparada porque, a través de la cooperación de otro, ha sido impelido solamente artificialmente para un campo, a lo cual, según su propio desenvolvimiento, él aún no pertenece, o no pertenece en absoluto. Tampoco el así nombrado investigador que lo empujó hacia ahí, por avidez de conocimiento, podrá ayudarlo, una vez que él propio es extraño e inexperiente Allá de donde viene el peligro, no pudiendo por lo tanto hacer nada en favor de cualquier protección.

Así ocurre que los investigadores involuntariamente se conviertan criminosos y sin que puedan ser llevados a la justicia terrena. Eso no excluye, sin embargo, que las leyes espirituales ejerzan sus efectos retroactivos con toda la severidad y encadenen el investigador a su victima.

Varias personas sometidas a experiencias sufren agresiones de materia fina cuyo efecto, con el tiempo, muchas veces también rápida o inmediatamente, también se hace sentir físicamente en la materia gruesa, evolucionando para una enfermedad terrena o la muerte, con lo que, sin embargo, el daño anímico aún no estará reparado.

Sin embargo, los observadores que se nombran investigadores, que empujan sus victimas para regiones desconocidas, permanecen durante tales peligrosas experiencias, en la mayoría de los casos, muy abrigados terrenamente, bajo la protección de sus cuerpos y de la conciencia diurna.

Raro es el caso de que tomen parte simultáneamente en los peligros a que las personas son sometidas en las experiencias, y que tales peligros, por lo tanto, se extienden inmediatamente sobre ellos. Pero con su muerte terrena, con el traspase para el mundo de materia fina, debido al atamiento a sus victimas, habrán que seguir en todo el caso hacia ahí, para dondequiera que éstas hayan sido arrastradas, sólo pudiendo, en conjunto con ellas, elevarse lentamente de nuevo.

El empujar artificial de un alma hacia otro campo no debe ser entendido siempre como si tal alma abandonase el cuerpo y flotase hacia una otra región. En la mayor parte de los casos ella permanece tranquilamente en el cuerpo. Solamente es sensibilizada por el sueño magnético o hipnótico de manera anómala, de modo a captar corrientes e influencias muchísimos más finas de lo que sería posible en estado natural. Es evidente que en ese estado anormal no existe la fuerza plena de la cual, al contrario, dispondría si hubiese llegado hacia ese punto por si propia, a través del desenvolvimiento interior, y así se mantendría firme y segura en ese terreno nuevo y mucho más sutil, contraponiendo a todas esas influencias la misma fuerza. Debido a esa falta de fuerza plena y sana, resulta por la artificialidad una desigualdad, que hay que causar perturbaciones. La consecuencia de eso es la absoluta turbación en todas las intuiciones, resultando deformaciones de la realidad.

La causa de los falsos relatos y de los innumerables errores es dada siempre de nuevo solamente por los propios investigadores a través de su ayuda perjudicial. Proviene desde ahí, también, que en los muchos asuntos ya “investigados” del campo oculto, ya existentes, mucha cosa no se deja armonizar con la lógica severa. Se hallan ahí innumerables errores que hasta hoy no pudieron ser reconocidos como tales.

Por esos caminos visiblemente errados, no será alcanzado ni siquiera lo mínimo que pudiera tener algo de útil o benéfico para los seres humanos.

De provecho para los seres humanos puede ser en la realidad solamente algo que los ayude hacia arriba o que, por lo menos, muestre un camino para tanto. ¡Pero todo eso es de antemano y para siempre totalmente imposible en esas experiencias! Ante ayuda artificial podrá, a veces, un investigador conseguir por fin empujar una persona de sensibilidad más apurada o mediúnica hacia fuera del cuerpo de materia gruesa terrena, hacia el mundo de materia fina que se halla más cerca de ella, jamás, sin embargo, más alto ni siquiera un milímetro de lo que el nivel al cual, de todas las maneras, ella pertenezca por su conformación interior. Al contrario, por medio de ayuda artificial tampoco conseguirá elevarla hacia allá, pero siempre solamente hacia el ambiente más próximo de todo cuanto es terrenal.

Ese ambiente más próximo del terrenal, sin embargo, solamente puede contener del más Allá todo aquello que aún se halla estrechamente ligado a la Tierra y que, debido a su mediocridad, vicios y pasiones, permanece encadenado a ella.

Naturalmente, también alguna cosa más adelantada estará, aquí y Allá, de modo transitorio en ese ambiente. Eso, sin embargo, no es de esperarse siempre. Algo elevado no puede encontrarse ahí, por motivos absolutamente de acuerdo con las leyes naturales. Seria más fácil el mundo salir de sus ejes o... ¡seria necesario que hubiese en una persona una base para anclaje de la Luz!

No es admisible, sin embargo, que eso se de en una persona que se somete a la experiencia o en un investigador que así palpa. Por lo tanto, permanecen el peligro y la inutilidad de todas esas experiencias.

Es cierto también que algo realmente más elevado no puede aproximarse de un medium sin la presencia de una persona más desenvuelta, purificando todo lo que es más grueso, menos aún hablar a través del medium. Materializaciones *(Corporificaciones en la materia gruesa) de círculos más elevados no entran en absoluto en consideración, y mucho menos aún los pasatiempos graciosos y populares de sonidos, movimiento de objetos y así por delante. El abismo para tanto es demasiado grande, para que pueda ser transpuesto sin más ni menos.

A pesar de la presencia de un medium, todas estas cosas solamente pueden ser efectuadas por aquellos del más Allá que aún estén muy estrechamente ligados a la materia. Si fuese posible de otro modo, es decir, que algo elevado pudiese colocarse tan fácilmente en contacto con la humanidad, entonces no habría habido necesidad de Cristo tornarse ser humano, al contrario, podría haber cumplido su misión sin ese sacrificio. *(Disertación Nro. 14: El Redentor) Los seres humanos de actualmente, sin embargo, seguramente no se hallan más desenvueltos anímicamente de lo que en la época terrena de Jesús, no siendo, por consiguiente, de suponer que una ligazón con la Luz sea más fácil de establecerse de lo que en aquella época.

Ahora los adeptos de la ciencia del espíritu, sin embargo, alegan que visan en primero lugar averiguar la vida en el más Allá, es decir, la continuación de la vida después de la muerte terrena, y que, a causa del escepticismo dominante actualmente de un modo general, es necesaria la utilización de armas fuertes y gruesas, es decir, pruebas terrenas concretas, a fin de abrir una brecha en la resistencia de los adversarios.

¡Tal argumentación no justifica, sin embargo, que almas humanas sean siempre y siempre de nuevo expuestas a riesgos, así tan irresponsablemente! ¡Además, no hay ninguna necesidad premente para que se quiera convencer a todo costo los adversarios malévolos! Es notorio, y también ya expreso en las palabras de Cristo, que éstos no estarían propensos a acreditar, aunque un ángel bajase directamente desde el cielo para les anunciar la Verdad. Apenas cuando el ángel se fuese, estarían listos para declarar que todo no pasara de una ilusión colectiva, pero no de un ángel, o entonces arreglarían otra excusa. Y si alguna cosa o persona fuese traída, que siga en la materia, es decir, no desapareciendo otra vez tampoco se volviendo invisible, entonces existen nuevamente otras excusas, justamente porque para los que no propenden a acreditar en un mundo del más Allá eso seria también demasiado terreno. No retrocederían en clasificar como fraude semejante prueba, de apuntar tal ser humano como lunático, un fantasista o incluso como un impostor. Sea demasiado terrenal o extraterrenal o las dos cosas juntas, siempre tendrán algo para criticar o dudar. Y no habiendo más al qué recurrir, lanzan entonces inmundicias, pasando también a ataques más fuertes, no recelando emplear actos de violencia.

¡Para convencer esos tales, pues, no es adecuado recurrir a sacrificios! Y aún menos para muchos de los así nombrados adeptos. Éstos juzgan, debido a una singular especie de arrogancia y a una creencia en la vida del más Allá, creencia en la mayoría de los casos algo confusa y fantástica, tener el derecho de presentar determinadas exigencias para, a su turno, “ver” o “vivenciar” algo. Esperan de sus guías señales del más Allá, como recompensa por su buen comportamiento. Se tornan, muchas veces, hasta ridículas las expectativas evidentes que viven exponiendo, así como la sonrisa de perdón benevolente con aires de sabiduría con que dejan trasparecer la propia ignorancia. Es veneno querer proveer también aún espectáculos a esas masas; pues, a causa de juzgarse muy sabios, tales experiencias son consideradas por ellos en lo máximo como horas de divertimiento bien merecido, para lo que los del más Allá deben concurrir como artistas de circo.

Abandonemos, sin embargo, ahora una vez las experiencias de grande porte y examinemos las menores, como el movimiento de mesas. ¡Éstas no son en absoluto tan inofensivas conforme se piensa, al contrario, constituyen por la increíble facilidad de propagación un peligro muy serio!

¡De eso cada cual debería ser advertido! Los entendidos deben alejarse con horror, cuando ven con que irresponsabilidad se opera con tales cosas. Cuántos adeptos buscan mostrar su “sabiduría” en diversas ruedas, proponiendo experiencias ante movimiento de mesas, o entonces presentan en familias, sea sonriendo, sea bajo susurros misteriosos, las experiencias con letras y vasos u otros recursos, experiencias esas más parecidas con juegos, donde, ante el leve toque de mano por encima del vaso, éste se mueve o es atraído en dirección a diferentes letras, formando palabras. Con rapidez sinistra todo eso se desenvolvió a categoría de divertimientos sociales, donde son practicados bajo sonrisas, escarnio y a veces agradables escalofrios.

Diariamente se reúnen entonces, en familia, señoras mayores y jóvenes al rededor de una mesa, o incluso aisladamente, ante letras dibujadas en un cartón y que, siempre que posible, deben estar dispuestas de modo bien determinado, para que no le hagan falta ostentaciones místicas, incitando a la fantasía que, además, es ahí absolutamente dispensable; pues todo resultaría aún sin eso, cuando la respectiva persona posee alguna propensión para tanto. ¡Y de éstas hay innumeras!

Los modernos cientistas del espíritu y los dirigentes de los círculos de ocultismo se alegran ante el hecho de formarse ahí palabras y frases reales sin el influjo mental conciente o inconciente del practicante. Él debe, con eso, ser convencido, aumentando así el numero de adeptos del “oculto”.

¡Los escritos de orientación ocultista indican para eso, los oradores intervienen en favor, medios auxiliares son fabricados y vendidos, facilitando así todo ese abuso, y de esa forma cuasi todo el mundo del ocultismo se presenta como servidero servo de las tinieblas, en la sincera convicción de ser con eso sacerdotes de la Luz!

¡Esos acontecimientos por si sólo ya comprueban la completa ignorancia que reina en las tendencias ocultistas de este tipo! ¡Muestran que ningún de los que a eso pertenecen es de hecho vidente! No debe servir contraprueba, si alguno buen medium se ha desenvuelto aquí y allí de tales orígenes, o, al contrario, lo que es más cierto, si un buen medium, en el principio, fue atraído temporalmente para eso.

Las pocas personas que de antemano son predestinadas a eso tienen en su propio desenvolvimiento natural una protección vigilante y cuidadosa de especie enteramente diversa y que se extiende de escalón en escalón, protección ésta que los otros no disfrutan. ¡Dicha protección actúa, sin embargo, también sólo en un desenvolvimiento propio natural, sin ninguna ayuda artificial! Y eso exactamente porque solamente en todo cuando es natural es que reposa una protección como algo evidente.

Apenas cuando surja en eso la menor ayuda, sea por los ejercicios de la propia persona o advenga de otra parte por sueño magnético o por hipnosis, deja así de ser natural y de ese modo ya no más se ajusta totalmente a las leyes naturales, las únicas facultadas a ofrecer protección. Si a eso juntarse aún la ignorancia existente ahora por toda parte, entonces la fatalidad está ahí. El sólo querer jamás sustituirá la facultad cuando se trata de actuar. Nadie, sin embargo, debe ultrapasar la propia capacitación.

Evidentemente no está excluido que, entre los cientos de milles, que se dedican a eses juegos peligrosos, aquí y allí una persona escape impune y esté bien protegida. Del mismo modo, muchas otras solamente serán perjudicadas de una forma aún no perceptible terrenamente, de modo que solamente después de su desenlace habrán que reconocer, repentinamente, qué tonterías de hecho cometieron. Sin embargo, también existen muchas que son alcanzadas por daños ya terrenamente visibles, aún que durante su existencia terrena tampoco nunca lleguen al reconocimiento de la verdadera causa.

Por esa razón, hay que ser explicado una vez el fenómeno de materia fina y espiritual durante estos juegos. Es del mismo modo sencillo, como todo en la Creación, y de forma alguna tan complejo, sin embargo, también mucho más grave de lo que muchos imaginan.

De la manera como la Tierra se presenta actualmente, las tinieblas ganaron supremacía sobre toda la materia, debido a la voluntad de la humanidad. Ellas se hallan, por lo tanto, en todas las cosas materiales, por así decir, como que en terreno propio y familiar a ellas, pudiendo, debido a eso, también actuar plenamente en la materia. Se hallan, por lo tanto, en su elemento, combaten en un terreno que bien conocen. Por ese motivo, en la actualidad, ellas se muestran superiores a la Luz en todo cuanto es material, es decir, de materia gruesa.

La consecuencia de eso es que en toda la materia la fuerza de las tinieblas es más fuerte de lo que la de la Luz. Sin embargo, en tales divertimientos, como el movimiento de mesas, etc., la Luz, es decir, algo elevado, no entra en absoluto en consideración. Podemos hablar en lo máximo de algo malo, por lo tanto, oscuro, y de algo mejor, por lo tanto, más claro.

Sirviéndose entonces una persona de una mesa o de un vaso, o, además, de cualquier objeto grueso-material, se coloca así en un terreno de lucha familiar a las tinieblas. Un terreno que todas las tinieblas consideran como suyo. Ella, así, les cede de antemano una fuerza, contra la cual no puede oponer ninguna protección eficiente.

Observemos, una vez, una actividad espirita o también cualquier divertimiento social con la mesa y sigamos ahí los fenómenos espirituales, mejor dicho, los de materia fina.

Cuando una o más personas se disponen al rededor de una mesa con la intención de entrar en contacto con los del más Allá, siendo que éstes se manifiesten a través de golpes, o a través de movimiento de la mesa, lo que es más común, a fin de a través de estos señales poder formar palabras, desde luego ese contacto material resulta atraer principalmente las tinieblas, que pasan a encargarse de los mensajes. Con gran habilidad se utilizan de palabras no raro pomposas, buscan contestar los pensamientos de las personas, fáciles de leer para ellos, en la forma deseada, sin embargo, las conducen siempre por veredas falsas en temas serios, y buscan, si eso ocurre frecuentemente, colocarlas poco a poco bajo su influencia siempre creciente, y así, lenta, mas, seguramente, arrastrarlas hacia bajo. Con eso, de forma muy astuta, dejan los desencaminados en la creencia de que están subiendo.

Caso, sin embargo, apenas de inicio o también en cualquier otra ocasión aparezca y se manifieste algun pariente fallecido o amigo, llegando a expresarse por intermedio de la mesa, hecho que ocurre frecuentemente, entonces el embuste aún se vuelve más fácilmente realizable. Las personas reconocen que debe ser realmente un determinado amigo que se manifiesta y por eso creen que es siempre él, cuando a través de la mesa lleguen cualquier comunicaciones, se mencionando como autor el nombre de aquél conocido.

¡Pero tal no es el caso! No solamente las tinieblas siempre atentas utilizan hábilmente el nombre, a fin de dar a los mensajes engañadores un aspecto lo más creíble posible, adquiriendo así la confianza de las personas indagadoras, pero va incluso hacia al punto de un elemento oscuro involucrarse en una frase iniciada por el amigo real, la terminando intencionalmente de modo falso. Ocurre entonces el hecho poco conocido de en la transmisión de una frase sencilla e ininterrupta haber dos involucrados. Primero, el autentico amigo, talvez bien claro, por lo tanto, más puro, y después uno más oscuro, mal intencionado, sin que el indagador lo perciba algo de eso.

Las consecuencias de eso son fáciles de imaginar. El que confía es iludido y abalado en su fe. El adversario se utiliza del acontecimiento para el fortalecimiento de sus burlas y de sus dudas, a veces para fuertes ataques contra la causa toda. En realidad, sin embargo, ambos están sin razón, debiendo todo ser atribuido a la ignorancia que predomina sobre todo ese campo.

El fenómeno, sin embargo, se desenrolla con toda su naturalidad: caso esté en la mesa un amigo más claro y verdadero, que se manifiesta a fin de satisfacer el deseo de aquél que formula las preguntas, y se entromete un espíritu oscuro, tendrá lo más claro que retroceder, pues lo más oscuro puede desenvolver una fuerza más fuerte, a través de la materia mediadora de la mesa, porque actualmente toda la materia es el campo de las tinieblas propiamente dicho.

Tal error comete el ser humano que elige cosas materiales, creando así de antemano un terreno desigual. Lo que es espeso, pesado, por lo tanto, oscuro, ya se encuentra en densidad más próximo de la materia gruesa de lo que aquél que es luminoso, puro y más liviano, y así, debido a la ligazón más estrecha, desenvuelve mayor fuerza.

Pero por su turno, lo que es más claro, y que aún puede manifestarse a través de la materia, dispone igualmente aún de una densidad hasta cierto grado contigua, pues del contrario tampoco seria más posible una ligazón con la materia para cualquier comunicación. Eso presupone una contigüidad con la materia, la cual lleva consigo, por su vez, la posibilidad de una macula, apenas cuando, a través de la materia, se realice la ligazón con las tinieblas. Para que no resulte en ese peligro, no resta otra cosa al más claro de lo que retirarse deprisa de la materia, es decir, de la mesa o de otros medios auxiliares, apenas cuando uno más oscuro se les apropie, para desconectar el aro intermediario, que constituiría un puente sobre el natural abismo separador y, con eso, protector.

No podrá ser evitado del lado del más Allá, entonces, que en tales casos la persona que se entrega a tales experiencias, se sirviendo de la mesa, haya que ser expuesta a las influencias bajas. Ha sido ella quien tampoco quiso otra cosa, por su propio modo de actuar; pues el desconocimiento de las leyes tampoco consigue protegerla aquí.

¡Con esos acontecimientos quedará aclarado para muchas personas mucho de lo que hasta ahora era inexplicable, innumerables contradicciones enigmáticas encuentran su solución, y ojala que ahora también muchas personas pongan de lado tales divertimientos tan peligrosos!

Del mismo modo minucioso, podrían entonces ser descritos también los peligros de todas las demás experiencias que son mucho mayores y más fuertes. Sin embargo, limitémonos mientras tanto a eses temas más usuales y diseminados.

Solamente un otro peligro debe aún ser mencionado. A causa de ese tipo de preguntas y de la exigencia de respuestas y consejos, las personas terminan se volviendo indecisas y dependientes. Lo contrario de aquello que la existencia terrena tiene por finalidad.

¡El camino es errado sea cual sea su dirección! Sólo resulta en daños, ninguna ventaja. Es un arrastrarse por el suelo, donde hay el peligro de encontrar siempre de nuevo gusanos repugnantes, de desperdiciar sus fuerzas y, por fin, quedar extenuado en el recorrido... ¡por nada!

¡Con esa “ansia de investigar”, sin embargo, resultan también grandes daños a los que se hallan en al más Allá!

A muchos oscuros es dada así la oportunidad, son con eso incluso directamente llevados a la tentación de practicar el mal, cargándose con nueva culpa, lo que, del contrario, no les sería tan fácil. Otros, sin embargo, debido al constante atamiento a deseos y pensamientos, son impedidos en sus esfuerzos para acender. Por la observación clara de estos métodos de investigación se hacen patentes cuanto todo eso, muchas veces, es infantilmente porfiado, prepasado del más desconsiderado egoísmo sin consideración y al mismo tiempo tan tonto, que se llega a menear la cabeza y preguntar como es posible, a final, que haya quién quiera abrir para la colectividad en general un territorio del cual él propio realmente no conoce siquiera un paso.

Es errado también que la investigación toda se desenrolle ante el publico en general. Con eso se crea pista libre para los fantasistas y embusteros, *(Charlatanes, estafadores) y se hace difícil a la humanidad para adquirir confianza.

En ningún otro campo ya ha ocurrido eso. Y toda investigación, de la cual el pleno suceso hoy es reconocido, tuvo antes, en la fase de investigaciónn, numerables malogros. ¡Pero no se permitía al publico coparticipar tanto! Él se cansa de eso y, con el tiempo, pierde cualquier interese. La consecuencia es que, al encontrar finalmente la Verdad, la fuerza principal de un entusiasmo transformador y eficaz tuvo antes que perderse. La humanidad ya no consigue más cobrar animo para una alegría jubilosa que todo arrastra de forma convencedora.

¡Los reveses en el reconocimiento de caminos errados se tornan armas afiladas en las manos de muchos enemigos, los cuales pueden con el tiempo inculcar en cientos de milles de seres humanos una desconfianza tal, que esos dignos de lastima, por ocasión del surgimiento de la Verdad, no más desearán examinarla seriamente, por grande recelo de nueva ilusión! Taparán sus oídos, que de otra forma habrían abierto, perdiendo así el ultimo lapso de tiempo que aún podía darles el deseo de escalar rumbo la Luz. ¡Con eso las tinieblas obtuvieron entonces una nueva vitoria! ¡Pueden agradecer a los investigadores que les extendieron las manos para eso y que de prestimosos y orgullosos atribuyen a si el titulo de dirigentes de las modernas ciencias del espíritu!


32. Caminos errados

¡Las criaturas humanas, con pocas excepciones, se hallan en un ilimitado engaño y, para ellas, funesto!

Dios no necesita correr tras ellas tampoco rogarles que crean en Su existencia. Tampoco Sus servos son enviados para advertir continuamente, para que no Le abandonen. Sería incluso ridículo. Es una depreciación y rebajamiento de la divinidad excelsa pensar y esperar tal cosa. Esta concepción errónea causa gran daño. Es alimentada por el procedimiento de muchos párrocos realmente serios, que en sincero amor a Dios y a los seres humanos buscan siempre de nuevo convertir criaturas humanas, orientadas solamente para lo que es terreno, convencerlas y conquistarlas para la iglesia. Todo eso solamente contribuye para aumentar desmedidamente ya la suficiente presunción existente del ser humano sobre su importancia, dando por fin a muchos la ilusión de que deben ser implorados para querer el bien. Eso también lleva consigo la extraña opinión de la mayoría de los “fieles”, que más bien representan ejemplos aterradores de lo que modelos. Millares y millares sienten en si una cierta satisfacción, un sentimiento de elevación en la conciencia de que creen en Dios, que recitan sus oraciones con la seriedad que les es posible y que, intencionalmente, no causan daño al próximo.

En esa “sensación de elevación” interior ellos sienten una cierta compensación por el bien, un agradecimiento de Dios por su obediencia, perciben una especie de ligazón con Dios, en quien también a veces piensan con cierto estremecimiento sagrado, que causa o deja una sensación de bienestar, que desfrutan con felicidad.

Pero esas multitudes de fieles se engañan en el camino. Viven felices en una ilusión por ellas propias criada, que las deja inconcientemente sumarse a aquellos fariseos que llevaban sus pequeñas ofrendas con sentimiento de gratitud real, todavía, errado: “Te agradezco, Señor, porque yo no soy como aquellos”. Eso no es pronunciado, de hecho tampoco pensado, pero el “eufórico sentimiento” en el intimo no significa más de lo que aquella inconciente oración de agradecimiento, que también Cristo ya ha declarado como falsa.

La “sensación de elevación” interior otra cosa no representa en tales casos sino la consecuencia de una auto-satisfacción provocada por la oración o por pensamientos intencionalmente buenos. ¡Los que se tienen como humildes se hallan, en general, muy lejos de ser realmente humildes! Muchas veces es preciso autodominio para hablar con tales fieles. ¡Jamás alcanzarán en tal estado el bienestar que ya suponen seguramente poseer! Que cuiden de no perderse de todo en su presunción espiritual, que consideran humildad. Muchos de los que hasta hoy todavía son incrédulos absolutos tendrán más facilidad para ingresar en el Reino de Dios de lo que todas las multitudes con su presuntuosa humildad que, en verdad, no se presentan ante Dios simplemente rogando, pero si indirectamente exigiendo, para que Él las recompense por sus oraciones y palabras piadosas. Sus ruegos son exigencias, su manera de ser, hipocresía. Serán barridas de Su semblante como paja huera. Recibirán la recompensa, sí, pero solamente de modo diferente de lo que piensan. Se saciaron ya lo suficiente en la Tierra, en conciencia de su propio valor.

La sensación de bien-estar pronto desaparecerá en el traspase para el mundo de materia fina, donde se pone en evidencia la intuición intima, aquí mal presentida, mientras el sentimiento hasta entonces predominantemente producido solamente por pensamientos se disipa en nada.

La expectativa intima, silenciosa, denominada humilde, por algo mejor, nada más es en realidad de lo que una exigencia, incluso cuando expresa de manera diferente en palabras, por más bellas que sean. Cada exigencia es, sin embargo, una arrogancia. ¡Solamente Dios debe exigir! Tampoco Cristo vino rogando hacia las criaturas humanas con su mensaje, sino advirtiendo y exigiendo. Dio, si, aclaraciones sobre la Verdad, pero no expuso atrayentes recompensas ante los ojos de sus oyentes para, de esa manera, estimularles a tornarse mejores. Él ordeno a los que buscaban con seriedad, serena y severamente: ¡Id y actuad de acuerdo!

Exigiendo se halla Dios ante la humanidad, no atrayendo ni suplicando, no quejándose ni lamentando. ¡Tranquilamente abandonará en las tinieblas todos los malos, incluso todos los indecisos, para no más exponer a los ataques aquellos que anhelan a las alturas, y para dejar que los otros vivencien profundamente todo cuanto consideran cierto, a fin de que puedan llegar al reconocimiento de su error!


33. Seres humanos ideales

Queremos, sin embargo, mejor decir: ¡seres humanos que quieren ser ideales! Pero también aquí deben ser excluidos, en primer lugar, muy cuidadosamente, todos aquellos que así se nombran, o que con placer permiten que así sean llamados, pero que tampoco pertenecen a los que quieren ser ideales. Se trata de la grande clase de personas de ambos los sexos, débiles y soñadoras, a las cuales aún se adjuntan las personas dotadas de fantasías, que nunca pudieron aprender a dominar su don y utilizarlo de manera útil. Deberán ser excluidas igualmente aquellas que siempre están insatisfechas con las condiciones existentes y atribuyen este descontentamiento al hecho de ser dotadas de forma más ideal de lo que todas las demás, no encajándose por lo tanto en su época. Entonces encontramos aún las masas de los así llamados “incomprendidos”, de ambos los sexos, constituidos en la mayor parte por mozas y señoras. Este tipo de seres humanos imagina ser incomprendido. Es decir, hablando muy claramente, viven permanentemente en la ilusión de llevar en si un tesoro de valores que la otra parte, con la cual en el momento se relacionan, no es capaz de reconocer. En la realidad, sin embargo, en tales almas ni tampoco se encuentran tesoros ocultos, pero en lugar de éstos solamente una fuente inagotable de deseos desmedidos, jamás saciables.

Se puede tranquilamente denominar todos los así llamados seres humanos incomprendidos simplemente de “imprestables”, a causa de mostrarse imprestables para la autentica vida en el presente, tendiendo solamente para lo irreal y en parte incluso para la imprudencia. Siempre, sin embargo, hacia aquello que no condice con una vida terrena sana. El camino de tales mozas y señoras eternamente incomprendidas, sin embargo, conduce, lamentablemente, muchas veces a una vida que comúnmente se denomina de “imprudente”, inmoral, porque siempre solamente quieren dejarse “consolar” con mucho placer, mucha facilidad y también demasiada frecuencia, al que una cierta especie de hombres naturalmente sabe y hace provecho inescrupulosamente. Pero, justamente esas incomprendidas también serán y permanecerán siempre, en todos los sentidos, indignas de confianza. Se tienen en cuenta como ideales, sin embargo son totalmente sin valor, de modo que, para una persona sincera, que no nutre bajas intenciones, sería mejor que saliese de sus caminos. Sería inútil prestar auxilio. A ellas se les acercan también así siempre solamente “consoladores” con malas intenciones, con lo que la reciprocidad se deflagra ahí muy rápidamente; pues cerca del corazón o en los brazos de un así nombrado consolador una joven incomprendida, o una tal señora, ya después de pocos días o semanas, se sentirá nuevamente “incomprendida” y querrá un nuevo estado de ser comprendida, porque, además, tampoco sabe lo que realmente quiere. ¡A todos estos grupos imprestables se agrega, aún por fin, también el grupo de los soñadores inofensivos! Aparentemente, inofensivos como los niños. La ingenuidad de un tal soñador, sin embargo, sólo existe en relación al efecto contra él propio, sobre su propia personalidad, y no, sin embargo, sobre su ambiente y todas las personas con las cuales entra en contacto. Para muchos, un así inofensivo soñador ya obra, por la charla, directamente como un veneno de lenta acción, destruyendo, corroyendo, porque, con sus explanaciones de ideas, él es capaz de arrancarlos de la vida terrena normal y por lo tanto sana, para conducirlos hacia el reino de lo que es impropio, irreal para la época terrena. Sin embargo, bien notado: yo no digo que un tal soñador sea impuro o incluso malo, al contrario. Puede él querer lo mejor, pero siempre lo deseará de modo irreal para la Tierra, irrealizable en la practica, y por lo tanto no obra de modo benéfico para la existencia terrena, sino dificultando, destruyendo.

Sin embargo, también entre los seres humanos entonces restantes “que anhelan por ideales” debemos hacer una división más, observar con criterio. Encontramos entonces aún dos categorías más: personas que “buscan seguir” ideales y personas que anhelan por ideales. Las personas que buscan seguir ideales son, en su mayoría, débiles, que desean constantemente por algo que, además, jamás puede ser alcanzado. Por lo menos no en la Tierra, y las cuales, por lo tanto, jamás podrán ser realmente felices o al menos alegres. Están muy cerca del grupo de los “incomprendidos” y terminan, con el tiempo, cayendo en un sentimentalismo mórbido que no conduce a nada de bueno. Si, entonces, hubiéramos separado de tal forma rigurosa, debemos, hablando figuradamente, buscar de hecho con la linterna durante el dia los que aún restan por fin, tan pocos que son. Estos pocos, sin embargo, aún no pueden ser nombrados de “seres humanos ideales”, sino, conforme ya he dicho, personas que “anhelan por ideales”. Considerando anhelar por ideales como una facultad personal que obra en la Tierra. Éstos son, sólo entonces, los seres humanos que pueden ser plenamente valorizados, que tienen bajo su puntería, sí, un gran blanco, muchas veces grandioso, jamás ahí llegando, sin embargo a vacilar, pero que se firman solidamente en la vida terrena con ambos los pies, a fin de no perderse en aquello que es irreal para la Tierra. Se empeñan, escalón por escalón, con visión sana y mano habilidosa en dirección hacia el blanco ampliamente planificado, sin, sin embargo, perjudicar otras personas inmerecidamente. El provecho que tal especie de seres humanos proporciona raramente se extiende a solamente algunas personas. Una exploración de cualquier especie jamás entrará ahí en cuestión, considerando que entonces la denominación “anhelar por ideales” no se justificaría. Y cada persona puede y debe ser alguien que anhele por ideales, sea cual sea la actividad que desenvuelva aquí en la Tierra. Puede con eso ennoblecer cualquier especie de trabajo y darle finalidades amplias. Pero jamás debe olvidarse ahí de mantener todo en el ámbito de la vida terrena. Si lo ultrapasa, se tornará irreal para la Tierra y por lo tanto enfermo. La consecuencia es que jamás se conseguirá un progreso, lo que es condición básica y característica de todo cuanto anhela por ideales. En la Tierra, el ser humano tiene el deber de colocar como blanco lo que para él es lo más alto alcanzable y de empeñarse con todas las fuerzas para atingir este blanco. ¡Como ser humano! Eso excluye, de antemano, que se esfuerce tan solamente por la comida y bebida como los animales, conforme lo hacen lamentablemente tantas personas, o que se permita azotar por el intelecto, a fin de adquirir grandeza o celebridad puramente terrenas, sin visar ahí, como finalidad principal, el bien general y la elevación de la humanidad. Todos éstos valen para la Tierra menos de lo que los animales, porque un animal siempre es, sin artificios, integralmente aquello que debe ser, aunque su finalidad sirva solamente para conservar alertas las criaturas, a fin de que no se establezca un relajamiento que estorba, que podría tener como consecuencia la decadencia y la descomposición, considerando que el movimiento en la Creación permanece condición vital. ¡Estar alerta! ¡El ser humano que realmente anhela por ideales es reconocido, por lo tanto, por buscar elevar todo lo que existe en la Tierra, no acaso en el sentido intelectivo de aumento de poder, pero sí en lo de ennoblecimiento! Todas sus ideas tendrán, sin embargo, incluso la posibilidad de realización terrena, resultando provecho, tanto para la persona individual como también para la colectividad, mientras que las personas que solamente quieren ser ideales se complacen en ideas, las cuales son imposibles de ser aprovechadas de modo practico en una vida terrena sana, pero que solamente desvían de ella, conduciendo para un mundo de sueños, que resulta el perjuicio de dejar sin aprovechar el presente para la madurez de su espíritu, que cada ser humano, en su vida actual, debe formar y desenvolver.

Por lo tanto, tomado en serio, también las personas con pensamientos ideales comunistas son nocivas a la humanidad, porque la concretización de éstos sólo resultaría en algo de enfermo, a pesar de ellas, por si propias, desear el bien. Se asemejan a constructores que montan cuidadosamente en la oficina una casa para un otro local. Ella parece vistosa y bella... en la oficina. Pero cuando transportada para el verdadero terreno, se halla desequilibrada y poco firme, de modo que no puede ser habitada por nadie, porque el suelo era desigual y no dejó nivelarse, a pesar de los mayores empeños y esfuerzos. Los constructores se olvidaron de tomarlo en cuenta. ¡No consideraron la evaluación correcta de lo existente que, para esta construcción era esencial e inalterable! ¡Alguien que realmente anhele por ideales, así no lo hace!

¡Las ideas comunistas ideales no pueden, en su ejecución, crecer del suelo, tampoco en él ser ancladas, ni tampoco a él conectadas, considerando que a este suelo, los seres humanos ni tampoco se adaptan! Es demasiado desigual y así permanecerá siempre, porque no es posible conseguirse una madurez uniforme de todos los seres humanos en la Tierra. ¡Habrá siempre y siempre una gran diferencia en la respectiva madurez, porque los seres humanos individuales, espiritualmente, son y seguirán siendo personalidades totalmente distintas, que solamente podrán desenvolverse de manera diferente, visto que de estas personas espirituales jamás deberá ser quitado el libre arbitrio sobre si propias! ¡El libre arbitrio de hasta entonces, obrando externamente, ha sido quitado de la humanidad con la transición universal, causada por la encarnación de la Voluntad de Dios en la Tierra, la cual ahora, de modo totalmente natural, tiene que dominar la voluntad humana, porque se halla arriba de ésta y es más fuerte! ¡Solamente interiormente podrá cada uno, individualmente, decidir una vez aún sobre el camino de su espíritu, que lo conduce hacia la luz de la subsistencia o hacia la oscuridad de la desintegración! Buscad ahora reconocer en la Tierra los seres humanos que verdaderamente anhelan por ideales, a fin de apoyar sus obras, porque ellos, edificando, solamente proveerán beneficios. —


34. Lanzad sobre él toda la culpa

Esta frase, tan frecuentemente empleada, es uno de los principales tranquilizantes de todos cuantos se nombram cristianos fieles. Pero, el calmante es una toxina que produce embriaguez. Como muchas toxinas que son utilizadas en enfermedades solamente para entorpecer dolores físicas, resultando así una tranquilidad aparente, igual ocurre en relación espiritual con las palabras: “¡Lanzad sobre él toda la culpa; pues él nos ha libertado y a través de sus heridas estamos curados!”

Toda vez que esto es considerado por los fieles como una de las columnas básicas de las doctrinas eclesiásticas cristianas, actúa entre ellos aún más devastadoramente. Edifican sobre ella toda su sintonización interior. Por lo tanto, sin embargo, ingresan en un lío mortal de una creencia ciega, en lo cual consiguen ver todo lo más solamente aún muy turbado, hasta que por fin toda la imagen se disloca y sobre la Verdad baja un velo gris, de modo que sólo pueden encontrar aún un apoyo en la construcción artificial de teorías desfiguradoras, que habrá que caerse con ellas, en el dia del reconocimiento.

“¡Lanzad sobre él toda la culpa...!” ¡Vana ilusión! ¡Como fuego pasará la Verdad por entre las legiones de doctrinadores falsos y de los fieles indolentes y, inflamando, quemará todo lo inverídico! Cómodamente, masas aún hoy se complacen en la creencia de que todo cuanto el Salvador hizo y sofrió ha sido a causa de ellas. En la indolencia de su pensar, lo denominan osado, ultrajante por parte de cada persona que presume que también tiene que contribuir personalmente con algo para poder entrar en el cielo. A tal respecto muchos disponen de una admirable modestia y humildad, que en otros aspectos en vano se puede procurar en ellos. Según su opinión, equivaldría a una blasfemia dar lugar, aunque muy atenuada y tímidamente, al pensamiento de que la bajada del Salvador a la Tierra y los sufrimientos y la muerte, que así ha tomado para si, aun no pudiesen bastar para borrar los pecados de todos aquellos seres humanos que no más dudan de su existencia terrena de antaño.

“Lanzad sobre él toda la culpa...” piensan ellos con fervorosa devoción y no saben lo qué realmente hacen. ¡Duermen, pero su despertar un dia será horrible! Su creencia aparentemente humilde nada más es sino vanidad e ilimitada soberbia, al suponer que un Hijo de Dios baje, a fin de prepararles servilmente el camino, en lo cual entonces podarán trotar como toscos, directamente hacia el reino del cielo. En la realidad, cualquiera debería reconocer inmediatamente y sin más tardanza tal vacuidad. ¡Ella solamente puede haber surgido del más indescriptible comodísimo e irresponsabilidad, si no fuese porque la astucia la haya criado como artificio para fines de ventajas terrenas!

La humanidad se ha perdido en millares de caminos errados, iludiéndose a si misma con su creencia vana. Que degradación de Dios hay ahí. Qué es el ser humano para osar esperar que un Dios enviase Su Hijo Primogénito, es decir, una parte de Su propia vitalidad inenteal, para que los seres humanos pudiesen echarle el lastre de sus pecados, solamente para que ellos mismos no necesitasen esforzarse en lavar sus vestes sucias y redimir la situación oscura con que se sobrecargaron. ¡Ay de los que hubieren que prestar cuentas un dia por tales pensamientos! ¡Es la más atrevida macula a la sublime divinidad! La misión de Cristo no fue así banal, pero sí elevada, apuntando de modo exigente hacia el Padre.

Ya una vez me réferi a la grande obra de redención del Hijo de Dios. *(Disertación Nro. 14: El Redentor) Su grande obra de amor brotó en el Aquí y en el más Allá, y trajo frutos de toda especie. En ese intervalo, sin embargo, personas convocadas solamente por seres humanos buscaban muchas veces pasar por convocadas por Dios, tomaban con manos profanas las puras enseñanzas y, las obscureciendo, las arrastraban hacia su dirección, hacia bajo. La humanidad, que en ellas confiaba sin examinar seriamente la palabra que enseñaban, cayó junto. El núcleo elevado de la Verdad divina fue envuelto con estrechezas terrenas, de modo que la forma talvez haya se conservado, sin embargo, todo el fulgor ha sucumbido en el deseo por el poder y ventajas terrenas. Solamente un pálido crepúsculo reina allí donde podía existir el más claro resplandor de vida espiritual. De la humanidad suplicante ha sido robada la joya que Cristo Jesús trajo para todos cuantos anhelan por eso. Desfigurado por el envoltorio de deseos egoístas, a los que buscan es apuntado un camino errado, lo cual no solamente hace con que ellos pierdan tiempo precioso, sino incluso los impele muchas veces hacia los brazos de las tinieblas.

Rápidamente, doctrinas erradas tomaron vida. Sofocaron la sencillez, la Verdad, y la cubrieron con un manto centelleante de cuya pujanza de colores, sin embargo, emanan peligros como en las plantas venenosas, entorpeciendo todo lo que se les acerca, con lo que la vigilancia de los fieles sobre si mismos debilita, por fin, se apaga. ¡Con eso se pierde también toda la posibilidad de ascensión para la verdadera Luz! Una vez más resonará el grande llamado de la Verdad por todos los países. Entonces, sin embargo, vendrá el ajuste de cuentas para cada uno, por el destino que ha tejido para si mismo. Los seres humanos, finalmente, recibirán aquello que hasta ahí han defendido con persistencia. Habrán que vivenciar todos los errores que establecieron en sus deseos o pensamientos atrevidos, o a los cuales buscaron seguir. Para muchos, la consecuencia será un aullar salvaje, y empezará un chocar de dientes, causado por el miedo, por la rabia y por el desespero.

Los así pesadamente alcanzados por el mal y condenados en el Juicio intuirán entonces, de inmediato, como siendo injusticia y dureza, apenas cuando sean empujados hacia aquella realidad, la cual ellos, en su vida terrena, hasta entonces querían reconocer como siendo la única verdadera, con la cual también continuadamente proveyeron sus semejantes. ¡Entonces aquel Dios aún debe ayudar, a Quién ellos confrontaban con tan ilimitada arrogancia! A Él implorarán, llamarán por Él, también esperarán que Él, en Su divinidad, perdone fácilmente también las peores cosas a los homúnculos “ignorantes”. Él, súbitamente, será demasiado “grande”, según su suposición, para poder tener rencor de tal cosa. ¡Él, lo Cual ellos hasta ahora tanto vilipendiaron!

¡Sin embargo, Él no les dará oídos, no más les ayudará, porque antes no quisieron oír Su Palabra, que Él les ha enviado! Y ahí hay justicia, que nunca puede ser separada de Su gran amor.

Era deber de los seres humanos examinar la propia Palabra, que Él les dio. Aunque si no quisiesen reconocer Sus mensajeros como tales. A ellos resonará, por lo tanto, de forma retumbante: “¡Vosotros no lo quisisteis! ¡Por lo tanto, seáis ahora exterminados y borrados del Libro de la Vida!”


35. El crimen de la hipnosis

¡Extraño! Hace veinte años, todavía vociferaban contra la afirmación de que la hipnosis realmente existe, adelante de todos ahí estaban los médicos. No se intimidaron de llamar la hipnosis de trampa y fraude, conforme poco antes ya habían hecho con el magnetismo terapéutico, que hoy se ha convertido en una gran bendición para muchos. Los que lo practicaban eran atacados mordazmente, llamados de charlatanes y trapaceros.

Hoy, por su turno, son justamente los médicos que en gran parte se han apropiado de la hipnosis. Lo que hace veinte años todavía ha sido negado con las más severas expresiones, actualmente defienden.

Eso puede ser analizado por dos lados. Quien ha examinado de modo muy objetivo la lucha encarnizada de aquél tiempo no podrá hoy dejar de reprimir naturalmente una sonrisa, cuando nuevamente tiene que observar cómo los fervorosos adversarios de antaño buscan, ahora, aún con mayor fervor, emplear la hipnosis por ellos tan desdeñada. Por otra parte, tiene que ser reconocido, por su turno, que tal transformación casi grotesca aún así también merece aprecio. Necesario es cierto coraje para exponerse al peligro del ridículo, que justamente en este caso está muy cerca. Se debe reconocer ahí la sinceridad, que realmente desea ser útil a la humanidad y, por ese motivo, no retrocede incluso ante aceptar un tal peligro.

Lamentable es solamente que desde ahí no se haya sacado lecciones también para el futuro, tornándose más cauteloso en los juicios y – digamos tranquilamente – en las acciones hostiles, cuando se trata de cosas que pertenecen al mismo campo en que la hipnosis se encuentra. Lamentablemente nuevamente hoy, en muchos otros sectores de ese mismo dominio, se procede de modo idéntico y casi aún peor, a pesar de todas las experiencias. Sin embargo, el mismo espectáculo habrá por fin que repetirse, lo cual, sin transición, se defienda repentinamente con fervor, algo que hasta ahora se buscaba negar con tanta tenacidad. Aún más, que se busca inescrupulosamente por todos las formas tener tantas cosas solamente en las propias manos, para ejecución, cuyo investigar y descubrir ha sido dejado inicialmente, de modo cauteloso y bajo continuo combate, para los demás, en la mayoría de las veces para los así llamados “laicos”. Si esto, entonces, aún pueda ser designado como un mérito o una acción de coraje, resta saber. Al contrario, es mucho más probable que esas eternas repeticiones también puedan colocar bajo una otra luz las acciones ya mencionadas como mérito. Hasta ahí, lo resultado de una análisis superficial.

Mucho más grave, sin embargo, se torna cuando se conoce bien los efectos del empleo de la hipnosis. Que la existencia de la hipnosis, a final, haya encontrado reconocimiento y confirmación, cesando así los ataques llenos de locuacidades de la ciencia que, según la experiencia actual, revelan solamente ignorancia, es bueno. Pero que, con eso, bajo la protección favorecedora de los adversarios de hasta entonces, que se han tornado repentinamente concientes, también el empleo haya encontrado tan amplia propagación, prueba que los tales entendidos se hallan mucho más lejos del legitimo reconocimiento de lo que los tan difamados laicos, que inicialmente investigaban.

Es estremecedor saber qué desgracia así resulta del hecho de millares que se entregan hoy, llenos de confianza, a las manos llamadas convocadas, a fin de someterse a una hipnosis, voluntariamente, por ser persuadidos a eso o, lo que es lo más condenable, que sin su conocimiento sean de esa forma violentados. ¡Aunque todo ocurra con las mejores intenciones de con eso querer hacer algo de bueno, no altera en nada los inconmensurables daños que esa practica causa en todo caso! Manos convocadas no son las que utilizan la hipnosis. Convocado solamente puede ser aquel que es totalmente versado en el campo a que pertenece todo aquello que utiliza. ¡En el caso de la hipnosis sería el campo de materia fina! Y quién conoce realmente ese campo, sin que presuntamente solamente lo imagine, jamás utilizará la hipnosis, en cuanto quiera lo mejor para su prójimo. Excepto que quiera perjudicarlo pesadamente con pleno conocimiento. ¡Consecuentemente, se peca por dondequiera que la hipnosis llegue a ser practicada, no importando tratarse de laicos o no! ¡En cuanto a eso, no existe una sola excepción!

Aunque se busque, con la mayor sencillez, pensar solamente dentro de la lógica, hay que llegarse a la conclusión de que, en la realidad, se trata de ilimitada irresponsabilidad lidiar con algo, cuyo alcance solamente puede ser comprendido en los más restrictos escalones, y cuyo efecto final es aún desconocido. Cuando tal irresponsabilidad en los temas del bien y del mal del prójimo no solamente resulta daños a la respectiva persona de la experiencia, sino la responsabilidad recae doblemente pesada también sobre el practicante, entonces eso no provee tranquilidad. Las personas, de preferencia, no deberían entregarse con tanta confianza a algo que ellas mismas tampoco conocen a fundo. Si eso se procesa sin su conocimiento y su voluntad, semejante procedimiento correspondería a un legitimo crimen, aunque ejecutado por manos denominadas convocadas.

Toda vez que no se supone que todos los que trabajan con la hipnosis tengan la intención de perjudicar el prójimo, resta solamente constatar el hecho de que ellos ignoran totalmente la naturaleza de la hipnosis, hallándose completamente sin comprensión ante las consecuencias de su propia actividad. Con relación a eso tampoco existe la menor duda; pues solamente una cosa u otra es considerada. Por lo tanto, resta solamente la incomprensión.

¡Si una persona utiliza la hipnosis en su prójimo, ata así el espíritu de éste! Ese atamiento en sí es un delito o un crimen espiritual. No elimina la culpa, si la hipnosis es utilizada con la finalidad de cura de una enfermedad del cuerpo o como medio para una mejora psíquica. Tampoco puede ser presentado como defensa el hecho de que, con las alteraciones anímicas conseguidas para el bien, también el querer del sometido haya mejorado, de modo que la persona tratada por la hipnosis haya conferido provechos con eso. Vivir y actuar en tal creencia es una auto-ilusión; porque solamente aquello que un espíritu emprende por voluntad enteramente libre y no influenciada puede traerle el provecho de que necesita para una real ascensión. Todo lo demás son exterioridades que solamente transitoriamente pueden traerle aparente provecho o daño. Cada atamiento del espíritu, para cualquier finalidad que ha ocurrido, constituye un embarazo absoluto en la posibilidad del progreso indispensable. Sin tomar en cuenta que un tal atamiento resulta mucho más peligros de lo que ventajas. Un espíritu así atado se halla no solamente accesible a la influencia del hipnotizador, sino, hasta cierto punto, a pesar de una eventual prohibición por parte del hipnotizador, queda también expuesto indefenso a otras influencias de la materia fina, por hacerle falta, a causa del atamiento, la protección tan necesaria, la cual, únicamente, puede ofrecerle la libertad absoluta de acción. El hecho de los seres humanos nada percibir de esas luchas continuas, de los ataques y de la propia defensa, eficaz o no, no excluye la vivacidad en el mundo de materia fina y su propio actuar en conjunto ahí.

Cada uno que es sometido a una hipnosis eficiente ha sido, por lo tanto, más o menos fuertemente impedido en el progreso real de su núcleo más profundo. Las circunstancias exteriores, hayan ellas se tornado con eso aún más desfavorables, o aparente y transitoriamente benéficas, sólo representan un papel secundario, por lo tanto, tampoco deben ser determinantes para una evaluación. ¡En todo caso el espíritu tiene que permanecer libre, porque a final se trata única y exclusivamente de él!

Supongamos que ocurra una mejoría exteriormente reconocible, en lo que los que trabajan con la hipnosis tanto les gustan firmarse, entonces la respectiva persona, en la realidad, no tiene lucro alguno con eso. Su espíritu atado no consigue obrar de inmediato en la materia fina de manera criadora, como un espíritu enteramente libre. Las creaciones de materia fina, que se originan por su voluntad tullida o forzada, son desprovistas de fuerza, por haber sido formadas solamente por una segunda mano, y pronto secan en el mundo de materia fina. Por esa razón su voluntad tornada mejor no le puede traer aquel provecho en la reciprocidad, que infaliblemente se espera en los actos criadores del espíritu libre. De modo idéntico, naturalmente, también ocurre cuando un espíritu atado desea y ejecuta algo malo a mando de su hipnotizador. Por la falta de fuerza de las acciones creadoras de materia fina, éstas desaparecerán pronto, a pesar de las malas acciones de materia gruesa, o serán absorbidas por otras especies iguales, de manera que una reciprocidad de materia fina ni puede ocurrir, por lo que a las personas así forzadas puede resultar una responsabilidad terrena, no sin embargo una responsabilidad espiritual. Idéntico es el proceso, en se tratando de locos. A través de eso vemos, una vez más, la justicia sin lagunas del Criador, que se efectúa en el mundo de materia fina a través de las leyes vivas, inalcanzable en su perfección. Una persona así forzada, a pesar de las malas practicas a causa del deseo ajeno, no podrá ser alcanzada por ninguna culpa, pero tampoco por alguna bendición, porque sus mejores actos han sido ejecutados bajo la voluntad de otro, en los cuales ella no ha tomado parte como “yo” autónomo.

En lugar de eso, ocurre sin embargo, algo diferente: el atamiento forzado del espíritu por medio de la hipnosis prende, concomitantemente, la persona que practica hipnosis a su victima como si con cadenas muy fuertes. Y no la liberta, mientras no haya ayudado a la persona, violentamente embargada en su propio libre desenvolvimiento, a progresar al punto que debiera haber alcanzado, si no tuviese realizado aquel atamiento. Tendrá de ir, después de su muerte terrena, hasta allá donde vaya el espíritu por ella atado, aunque sea hasta las mayores profundidades. Lo que, por lo tanto, espera tales seres humanos, que mucho se ocupan con la practica de la hipnosis, es fácil de imaginar. Cuando, al despertar después de su muerte terrena, llegan de nuevo a la lucidez, verificarán aterrorizados cuántos atamientos los agarran a personas ya fallecidas anteriormente, así como a otras que aún peregrinan en la Tierra. A ninguno de ellos se les podrá perdonar. Aro por aro, él tendrá que deshacerlos, aunque con eso pierda milenios. Es probable, sin embargo, que con eso no más pueda llegar completamente hasta el fin, pero sí sea arrastrado a la descomposición, que destruye la personalidad de su propio “yo”;

¡pues él ha pecado gravemente contra el espíritu!


36. Astrología

De arte regia es llamada, y no sin acierto. No, sin embargo, por ser la soberana entre todas las artes, tampoco por ser reservada solamente a los reyes terrenos, pero quien la consiguiese practicar realmente estaría apto a asumir espiritualmente una categoría regia, porque con eso se tornaría dirigente de la realización y de la no realización de muchos acontecimientos.

Pero no existe un único ser humano terreno, al cual sean confiadas esas facultades. Por lo tanto, todos los trabajos en ese sentido deben permanecer tristes intentos, no confiables, en cuanto considerados serios por los que las practican, criminosos, en cuanto, en lugar de la profunda seriedad, cooperan ahí la presunción y la fantasía malsana.

El mero calculo astrológico, además, poco puede servir; porque a las irradiaciones de los astros pertenece, como verdadera fuerza del efecto, también incondicionalmente la materia fina viva, en toda su actividad, como, por ejemplo, el mundo de las formas de pensamientos, del karma, las corrientes de las tinieblas y de la Luz en la materialidad, y muchas cosas más. ¿Cuál ser humano puede vanagloriarse de abarcar todo eso de modo nítido y claro, incluso los abismos más profundos e incluso las alturas más elevadas de la materialidad?

Las irradiaciones de los astros forman solamente los caminos y los canales, a través de los cuales todo lo que es vivo en la materia fina puede llegar más concentradamente a un alma humana, a fin de allí realizarse. Hablando en forma figurada, se puede decir: los astros dan la señal para las épocas en que las acciones de efecto retroactivo a través de la conducción de sus irradiaciones pueden fluir más concentrada y cerradamente sobre el ser humano. A las irradiaciones desfavorables u hostiles de los astros se congregan en la materia fina acciones retroactivas malas pendientes destinadas al respectivo ser humano, a las irradiaciones favorables, a su vez, solamente las buenas, de acuerdo con la igual especie. Es por eso que los propios cálculos no son de todo destituidos de valor. Pero es condición indispensable que, en la ocasión de las irradiaciones desfavorables de un ser humano, haya también efectos retroactivos desfavorables o, por ocasión de las irradiaciones benéficas, efectos retroactivos benéficos. Al contrario, será imposible cualquier efecto. A su vez, sin embargo, también las irradiaciones de los astros no son por acaso fantasmagóricas, ineficaces por sí mismas sin ligazón con otras fuerzas, pero poseen también efectos naturales, dentro de una cierta restricción. Si para determinada persona solamente hubiera acciones de retorno maléficas en el mundo de materia fina, listas para actuar, tal actividad, sin embargo, quedará bloqueada, reprimida o por lo menos bastante represada en los días u horas de irradiaciones astrales benéficas, según la especie de las irradiaciones. De idéntico modo, evidentemente, también lo revés, de manera que, en los efectos retroactivos benéficos en actividad, lo favorable queda bloqueado por la irradiación desfavorable por el tiempo correspondiente a las irradiaciones.

Por consiguiente, aun que los canales de las irradiaciones siderales corran vacíos a causa de la falta de efectos de igual especie, sirven al menos como bloqueo temporario contra efectos recíprocos de especie diferentes eventualmente en actividad, de modo que nunca permanecen de todo sin influencia. Solamente no pueden, precisamente las irradiaciones de todo benéficas, traer siempre algo de bueno o las irradiaciones malas siempre algo de malo, si para la respectiva persona en los efectos recíprocos tal cosa no esté disponible.

A ese respecto los astrólogos no pueden decir: “Entonces, por lo tanto, tenemos de hecho razón”. Pues ese tener razón es solamente condicional y muy restricto. No justifica las afirmaciones muchas veces arrogantes y las promociones comerciales. Canales vacíos de las irradiaciones de los astros pueden de hecho resultar interrupciones, sin embargo, nada más ni de bueno ni de malo. Se debe admitir, a su vez, que en cierto sentido la interrupción temporaria de malos efectos también ya es propiamente algo de bueno. Pues provee, a quien se halla fuertemente molestado por el mal, un tiempo para tomar aliento y con eso fuerzas para seguir soportando.

Los cálculos de los astrólogos, a pesar de todo, podrían ser bien recibidos, si no se diese atención a las innumerables fanfarronices y a la propaganda de tantos. Contribuyen, sin embargo, aún otras circunstancias importantes que tornan tales cálculos muy dudosos, de modo que ellos, en la realidad, en general producen más daños de lo que provechos.

En la verdad, no entran en cogitación solamente los pocos astros que hoy están a la disposición de los astrólogos para los cálculos. Innumerables otros astros, ni siquiera conocidos por los astrólogos, reduciendo los efectos, fortaleciendo, cruzando y dislocando, cumplen un papel tan grande, que el resultado final del calculo muchas veces puede ser totalmente opuesto a lo que al mejor astrólogo es posible decir actualmente.

Por fin, un punto más es decisivo, lo mayor y lo más difícil: ¡éste es el alma de cada ser humano individual! ¡Solamente aquel que, a pesar de todas las otras exigencias, es capaz de pesar con exactitud cada una de esas almas, hasta el ultimo grado, con todas sus facultades, características, complicaciones karmicos, y en todos sus empeños, por ultimo, en su verdadera madurez o inmadurez en el más Allá, podría talvez osar hacer cálculos! Aunque las irradiaciones astrales puedan ser benéficas para un ser humano, nada de luminoso podrá alcanzarlo, es decir, nada de bueno, si él tenga en su alrededor mucho de tinieblas, debido al estado de su alma. En el caso opuesto, sin embargo, la persona cuyo estado anímico solamente permite en su alrededor la limpidez y lo que es luminoso, la más desfavorable de todas las corrientes astrales no podrá oprimir tanto que ella sufra serios daños, por ultimo, todo habrá que volverse siempre hacia el bien. La omnipotencia y la sabiduría de Dios no son tan unilaterales como tienen en sus cálculos los discípulos de la astrología. Él no sincroniza el destino de Sus seres humanos, es decir, su bien y su mal solamente a las irradiaciones de los astros. Éstas, sí, cooperan vigorosamente no solamente en relación a cada ser humano aisladamente, pero en relación a todos los fenómenos mundiales. Sin embargo, también ahí ellas son meros instrumentos, cuya actuación no solamente está en conexión con muchas otras, pero también con eso permanecen dependientes, en sus posibilidades, de todos los efectos. Aún cuando tantos astrólogos suponen trabajar por convicción interior, bajo sugerencia, inspiración, entonces eso no puede contribuir tanto para una profundidad, que se permita depositar mucho mayor confianza en la aproximación de una realidad de los cálculos.

Las intuiciones de ésos no pueden venir de un lugar elevado, permanece, desde Allá, un velo antepuesto, debido al inmensurable abismo que se halla entre el espíritu que todo abarca y la humanidad. Los cálculos permanecen fragmentos unilaterales, insuficientes, con lagunas, en resumen: imperfectos, por lo tanto errados. Llevan inquietud entre los seres humanos. La inquietud, sin embargo, es la enemiga más peligrosa del alma; pues estremece la muralla de protección natural, dejando justamente así entrar muchas veces lo que es del mal, que al contrario no habría encontrado cualquier entrada. Inquietos se tornan muchos seres humanos al decir para si mismos que poseen en el momento irradiaciones maléficas, pero muchas veces con demasiada confianza y con eso imprudentes, cuando están convictos de estar justamente sujetos a irradiaciones benéficas. Por la insuficiencia de todos los cálculos, se sobrecargan ellos, con eso, solamente con preocupaciones desnecesarias, en lugar de poseer siempre un espíritu libre y alegre, que reúna más fuerzas para la defensa de lo que consiguen las más fuertes corrientes malas para oprimir. ¡Los astrólogos debían, si no consiguen diferentemente, seguir tranquilamente sus trabajos y buscar perfeccionarse en eso, pero solamente en silencio y para si propios, conforme hacen también los que entre ellos realmente deben ser tomados en serio! Deberían incluso proteger los demás seres humanos de tales imperfecciones, ya que sólo actúan maléficamente, trayendo como fruto estremecimiento del auto confianza, atamiento nocivo de espíritus libres que, incondicionalmente, tiene que ser evitado.


37. Simbolismo *(Rescate simbólico) en el destino humano

Si los seres humanos no se dedicasen completamente a las necesidades y a las muchas niñerías cotidianas, pero quisiesen poner también alguna atención a los pequeños y grandes acontecimientos a su alrededor, a ellos les debería pronto llegar un nuevo reconocimiento. Se sorprenderían con ellos mismos y mal creerían que hasta entonces pudiesen haber pasado impensadamente por cosas tan espectaculares. Existen, de hecho, muchas razones para que, llenos de compasión de ellos mismos, meneen las cabezas. Con un poco de observación solamente, a ellos se les descortinará, de repente, todo un mundo de acontecimientos vivos, severamente ordenados, dejando reconocer nítidamente una dirección firme de mano superior: ¡el mundo del simbolismo!

Éste se halla profundamente enraizado en la parte de materia fina de la Creación, y solamente sus últimas extremidades, como ramificaciones, entran en la parte terrena visible. Es como en un mar, que aparenta estar absolutamente calmo y cuyo movimiento continuo no se percibe, sólo pudiendo entonces ser notado en la playa, en sus últimos efectos. El ser humano no presiente que, ante muy reducido esfuerzo, con un poco de atención, es capaz de observar claramente la actividad del karma para él tan incisivo y por él tan temido. Posible le es tornarse más familiarizado con eso, con lo que, poco a poco, el miedo, muchas veces brotado en los seres humanos que piensan, se deshace con el tiempo, perdiendo el karma su terror. Para muchos eso puede tornarse un camino hacia la ascensión, cuando aprendan a sentir, a través de los fenómenos terrenalmente visibles, las ondulaciones más profundas de la vida de materia fina y puedan seguirlo, con lo que surge con el tiempo la convicción de la existencia de efectos recíprocos absolutamente lógicos. Apenas cuando un ser humano alcance tal punto, se adaptará entonces lentamente, paso a paso, hasta que por ultimo reconozca la fuerza propulsora rigurosamente lógica y sin lagunas de la conciente voluntad divina en toda la Creación, por lo tanto, en el mundo de materia gruesa y de materia fina. A partir de ese momento contará con ella y se curvará voluntariamente a ella. Esto, sin embargo, significa para él un nadar en la fuerza, cuyos efectos, con eso, solamente le pueden ser provechosos. Ella le sirve porque la sabe utilizar, cuando se adapta, se ajusta, él propio, correctamente. De esa forma entonces, el efecto recíproco solamente puede deflagrarse como portador de felicidad para él. Sonriendo, verá entonces concretizada literalmente cada palabra bíblica que, debido a su sencillez infantil, a veces quería tornarse para él una piedra de tropiezo, cuyo cumplimiento, por lo tanto, muchas veces amenazaba se le tornar difícil, porque, según su opinión de hasta entonces, exigía una mentalidad de esclavo. La exigencia arbitraria de obedecer, intuida por él de modo desagradable, se convierte poco a poco, ante sus ojos tornados lúcidos, en la distinción más alta que una criatura puede experimentar; en una verdadera dádiva divina, que encierra la posibilidad de un desenvolvimiento enorme de fuerza espiritual, que permite una cooperación personal y conciente en la maravillosa Creación. Las expresiones: “Solamente aquél que se rebaja a si propio será elevado”, el ser humano debe “humildemente curvarse ante su Dios”, a fin de poder ingresar en Su reino, él debe “obedecer”, “servir”, y lo que aún más exista de consejos bíblicos, en principio, impactan un poco la persona moderna en su manera de expresión sencilla, infantil y, sin embargo, tan acertada, porque hieren su orgullo que reside en la conciencia del saber intelectivo. No más quiere ser conducida tan a las ciegas, pero ella propia, reconociendo, quiere cooperar en todo concientemente, a fin de adquirir, por convicción, el impulso interior, indispensable para todo cuanto es grande. ¡Y éste no es ningún error!

El ser humano debe, en su desenvolvimiento continuo, estar de modo más conciente en la Creación de lo que antaño. Y cuando con alegría haya reconocido que las sencillas expresiones bíblicas, en su manera tan extraña a la época de hoy, aconsejan exactamente todo aquello a lo que él, al conocer las poderosas leyes de la naturaleza, también se decide de modo voluntario y con plena convicción, entonces como que se le cae una venda de los ojos. Se encuentra estremecido ante el hecho de que hasta entonces solamente hubiera condenado las antigas enseñanzas por los haber interpretado de modo errado, jamás buscando seriamente penetrar en ellos de modo cierto, armonizarlos con la actual facultad de concepción.

Cuando se dice entonces: “curvarse en humildad a la voluntad de Dios”, o “servirse de la manera y del actuar de las poderosas leyes de la naturaleza, después de reconocerlas acertadamente”, es lo mismo.

El ser humano solamente puede sacar provecho de las fuerzas portadoras de la voluntad de Dios si las estudie correctamente, es decir, si las reconozca y entonces se oriente por ellas. ¡Lo contar con ellas u orientarse por ellas es, sin embargo, en la realidad, nada más de lo que un adaptarse, por lo tanto, un curvarse! No colocarse en contra esas fuerzas, sino seguir con ellas. Solamente al adaptar su querer a las características de las fuerzas, es decir, al seguir en la misma dirección, el ser humano consigue utilizar el poder de las fuerzas. ¡Eso no significa un subyugar de las fuerzas, pero sí un curvarse humildemente a la voluntad divina! Aunque el ser humano denomine tanta cosa también de una perspicacia o de una conquista del saber, en nada altera el hecho de que todo solamente signifique un así nombrado “descubrir” de efectos de leyes naturales vigentes, es decir, de la voluntad divina, que con eso se “reconoció” y con el aprovechamiento o empleo se “sujeta” a esa voluntad. ¡Eso es incondicionalmente un curvarse lleno de humildad ante la voluntad de Dios, un “obedecer”!

¡Sin embargo, ahora al simbolismo! Todo acontecimiento en la Creación, es decir, en la materialidad, tiene que alcanzar en su curso circular un término cierto o, como también se puede decir: se debe cerrar en un circulo. Por eso, de acuerdo con las leyes de la Creación, todo también regresa incondicionalmente a su punto de partida, donde únicamente puede encontrar su conclusión, es decir, donde es disuelto, remido o extinto como algo actuante. Así pasa con la Creación toda, como cualquier fenómeno individual. De ahí se origina el efecto recíproco incondicional, que a su vez resulta el simbolismo.

Ya que todas las acciones deben terminar allá donde se originaron, entonces uno deprende de ahí que toda acción debe terminar también en la misma especie de materia en que se ha originado. Por lo tanto, un comienzo en la materia fina tiene que tener un fin en la materia fina, un comienzo en la materia gruesa, sin embargo, un fin en la materia gruesa. El fino material, las criaturas humanas no consiguen ver, el final grueso-material de cada acontecimiento, sin embargo, ellas lo llaman de simbolismo. Les es visible, si, pero a muchos hace falta la verdadera clave para tanto, es decir, el comienzo, que en la mayoría de los casos se encuentra en una existencia anterior de materia gruesa.

Aunque también en esto la mayor parte de todo el desenrollar del efecto recíproco pase solamente en el mundo de materia fina, el karma, que de ese modo actúa, jamás podría encontrar una remisión total, si el fin no se introduzca de alguna forma en el mundo de materia gruesa y se torne allí visible. Uno circulo en curso solamente puede ser cerrado con un procedimiento visible, correspondiente al sentido de la reciprocidad, con lo que se realiza entonces la completa remisión, poco importando si, de acuerdo con el comienzo, antaño, ella sea buena o mala, traiga felicidad o infelicidad, bendiciones o perdón por el remate. Este último efecto visible tiene que realizarse en el mismo lugar donde reside el origen, es decir, en aquello ser humano, que por cualquiera acción ha dado antaño el comienzo a eso. En ningún caso él puede ser evitado.

Si, entonces, en ese intervalo la respectiva criatura humana se haya cambiado interiormente, de tal modo que en ella se haya tornado vivo algo mejor de lo que ha sido el acto de antaño, entonces el efecto retroactivo en su especie no puede anclarse en ella. No más encuentra terreno de igual especie en el alma que se empeña en acender, la cual se ha tornado más luminosa y por lo tanto más ligera, según la ley de la gravedad espiritual. *(Disertación Nro. 6: Destino) La consecuencia natural es que un efecto más turbo, al aproximarse, es impregnado por el ambiente más luminoso de la respectiva persona y con eso substancialmente debilitado. Aún así, sin embargo, la ley del curso circular y de la reciprocidad tiene que cumplirse plenamente, en su fuerza de actuación natural. Una revocación de cualquier ley natural es imposible.

Es porque una reciprocidad así debilitada en sus efectos de retorno tendrá, de acuerdo a las leyes inmutables, que manifestarse visiblemente también en la materia gruesa, a fin de realmente ser remida, es decir, extinta. El fin tiene que refluir al principio. Debido al ambiente tornado más claro, sin embargo, el karma obscuro no puede causar malos a la respectiva persona, y así ocurre que ese efecto recíproco debilitado pase a actuar solamente de tal modo sobre el ambiente más próximo, que el alcanzado se ve en la contingencia de voluntariamente hacer algo, cuya naturaleza solamente corresponda aún al sentido de la reciprocidad en retorno. La diferencia con relación a la intensidad originalmente integral del efecto del curso obscuro de retorno a él destinado es que no le causa ningún dolor o daño, sino talvez incluso provee alegría.

Esto es entonces un remate puramente simbólico de algun karma pesado, pero que corresponde perfectamente a las leyes de la Creación, debido al cambio del estado de alma, actuando de esa forma naturalmente. Por esa razón, para la mayoría de los seres humanos, eso muchas veces permanece también totalmente inconciente. Con eso, el karma ha sido remido y la justicia inquebrantable ha sido satisfecha incluso en sus más delicados cursos. En eses procesos naturales, según las leyes de la Creación, se encuentran grandes acciones de gracias como solamente la omnisciencia del Creador podría realizar en Su obra perfecta.

¡Existen muchos de esos remates de efectos recíprocos puramente simbólicos, que al contrario, alcanzarían pesadamente!

Tomemos un ejemplo: una persona de carácter antaño duro y despótico, que ha oprimido con el empleo de esas propiedades sus semejantes, acumuló sobre ella un karma pesado que, vivo en sus características, sigue su curso circular y entonces tiene que recaer sobre ella de modo idéntico, muchas veces aumentado. Al acercarse, ese curso de despotismo implacable, muchas veces enormemente aumentado por la ley de atracción de igual especie fino-material, impregnará de tal modo todo el ambiente de materia fina de la respectiva persona, que éste actúa de manera incisiva sobre el ambiente de materia gruesa conectado estrechamente a ella y cría así circunstancias que obligan el causador de antaño a sufrir de modo mucho mayor, bajo idéntico despotismo, de lo que sus semejantes, por él molestados en tiempos pasados.

Pero si, en ese intervalo, tal ser humano haya llegado a un mejor reconocimiento, obteniendo, a través de esfuerzos sinceros hacia la escalada, un ámbito luminoso y mas ligero, así se cambia con eso lógicamente también la especie del ultimo efecto. Las tinieblas más densas que vuelven serán prepasadas, de acuerdo con la fuerza luminosa del nuevo ambiente de la respectiva persona, con mayor o menor intensidad por esa Luz, por consiguiente, serán también más o menos neutralizadas. Si la persona antes tan despótica haya se elevado bastante, es decir, en la hipótesis de una regeneración extraordinaria del culpado, es posible incluso suceder que el efecto propiamente dicho sea como que anulado y que él solamente temporalmente haga algo que, de acuerdo con la apariencia eterna, se asemeje a una expiación. Supongamos que se trate de una mujer. Bastaría que ella una vez agarrase el escobón de las manos de la sirvienta para mostrarle, con toda la amabilidad, de que modo el piso debería ser fregado. Aunque sean solamente pocos movimientos en ese sentido, es lo suficiente para el simbolismo del más bajo servir. Esa breve acción resulta en un remate, que necesitaba ejecutarse de modo visible y que, a pesar de su ligereza, es capaz de poner fin a un pesado karma.

De idéntico modo puede la reordenación de una única habitación tornarse el símbolo para el remate y la extinción de una culpa, cuya penitencia o retorno, propiamente, hubiera requerido una transformación mayor, dolorosamente incisiva. Tales hechos resultan, de cualquier forma, de las influencias debilitadas de un efecto retroactivo, o también acciones ocasionales son hábilmente utilizadas por los guías espirituales para conducir hacia una absolución.

Naturalmente es presupuesto en todo eso que ya haya ocurrido una extraordinaria mejora, y también la transformación del estado anímico a eso atado. Circunstancias que un astrólogo naturalmente no consigue tomar en cuenta, razón por la cual muchas veces causa preocupaciones desnecesarias con sus cálculos, a veces incluso tanto miedo, que solamente su intensidad ya es capaz de causar o formar de nuevo algo desagradable, con lo que, además, solamente aparentemente un calculo entonces se concretiza, lo cual, no hubiera sido ese miedo, se hubiera patentado como errado. En tales casos, sin embargo, la respectiva persona, ella misma, abrió una puerta en el circulo luminoso que la ronda, debido a su miedo. Dondequiera tienda voluntariamente la mano hacia más allá del envoltorio protector, no le podrá venir auxilio de ninguna parte. Su propia voluntad rompe desde dentro hacia fuera cada protección, en cuanto que desde fuera, debido a la Luz, nada podrá alcanzarla sin su propia voluntad.

Así, pues, el mínimo favor prestado a sus semejantes, un verdadero sentimiento de dolor por el prójimo, una única palabra amistosa, pueden transformarse en remisiones simbólicas de un karma, toda vez que interiormente esté formada como base la voluntad sincera hacia al bien.

Eso evidentemente tiene que preceder; pues del contrario no se puede hablar de una remisión simbólica, porque todo lo que retorna se efectúa entonces plenamente en todos los sentidos. Pero, apenas cuando se inicie en la criatura humana realmente la voluntad sincera hacia la escalada, muy pronto puede observar cómo, poco a poco, se manifiesta más y más vida en su ambiente, como se le fuesen colocadas en el camino toda especie de cosas, las cuales, sin embargo, resultan siempre bien. Los ven incluso. Por ultimo, del mismo modo sorprendente, resultará un período donde empieza más tranquilidad o cuando todos los acontecimientos, nítidamente reconocibles, sirven también para el progreso terreno. Entonces ha pasado la época de las remisiones. Con alegre reconocimiento puede entregarse a la idea de que mucha culpa se le ha desplegado, que de otro modo debería haber cumplido pesadamente. ¡Debe entonces estar vigilante, a fin de que todos los hilos del destino, que ata de nuevo por su voluntad y por su desear, sean solamente buenos, para que también solamente lo que es bueno pueda alcanzarlo!


38. Creencia

La creencia no es así, como la mayoría de los así llamados fieles la demuestra. La verdadera creencia solamente surge, cuando la persona se haya enterado totalmente del contenido de los Mensajes de Dios, y con eso los haya transformado en convicción viva y voluntaria.

Mensajes de Dios provienen a través de la Palabra de Dios, así como a través de Su Creación. Todo da testigo de Él y de Su voluntad. Apenas cuando una persona pueda vivenciar, concientemente, todo el evolucionar y el existir, su intuir, pensar y actuar serán una única y alegre afirmación de Dios. Silenciará entonces, no hablara mucho sobre eso, se ha tornado, sin embargo, una personalidad que, con esa adoración silenciosa a Dios, la cual también puede ser denominada de confianza en Dios, estará de modo firme y seguro en la Creación entera. No se entregará a devaneos fantasiosos, no caerá en éxtasis, tampoco vivirá en la Tierra solamente en lo espiritual, pero cumplirá con sentido común y sano coraje su obra terrena, empleando también ahí hábilmente el intelecto frío como arma afilada, en la necesaria defensa en casos de agresión, sin naturalmente tornarse injusta. No debe absolutamente tolerar, callada, cuando le ocurre una injusticia. De lo contrario sostendría y fortalecería el mal con eso.

¡Existen, sin embargo, muchísimas criaturas humanas que solamente se imaginan fieles! A pesar de toda la concordancia interior sobre la existencia de Dios y de Su actuación, temen la sonrisa de los escépticos. Les es desagradable y penoso, pasan en las conversaciones por encima de eso silenciosamente con expresión diplomática en la fisonomía, haciendo, a causa del embarazo, constantemente concesiones a los escépticos, ante su comportamiento. ¡Eso no es creencia, pero un mero asentimiento interior! Reniegan de esa forma, en la realidad, a su Dios, a Quién oran a las escondidas y de Quién esperan, por eso, todo lo que es bueno.

La falsa consideración en relación a los escépticos no puede ser disculpada con las palabras de que para los “fieles” el tema es “demasiado sagrado y serio”, para que ellos puedan querer exponerlo a eventual escarnio. ¡Eso tampoco aún puede ser denominado modestia, pero solamente baja cobardía! ¡Hablad por ultimo con toda franqueza, de cual Espíritu sois hijos! ¡Sin miedo delante de cada persona, con aquel orgullo que corresponde a la filiación de Dios! Sólo entonces también los escépticos, por fin, se verán obligados a refrenar su sarcasmo, que solamente denuncia inseguridad. Ahora, sin embargo, él sólo está siendo cultivado y nutrido por el medroso comportamiento de tantos “fieles”.

Esas personas se engañan a si mismas, porque dieron a la palabra “creencia” un sentido muy diferente de lo que esa palabra requiere. ¡La creencia precisa ser viva, es decir, debe tornarse más de lo que convicción, tornarse acción! Se tornará acción apenas haya traspasado todo, todo el intuir, el pensar y el actuar. Ella debe, partiendo desde dentro, en todo lo que hace parte del ser humano, tornarse discretamente palpable y visible, es decir, una evidencia. No se la debe usar ni como disfrace, ni como escudo; al contrario, todo lo que se torna exteriormente perceptible debe resultar exclusivamente de la irradiación natural del núcleo interior espiritual. Hablando popularmente, la verdadera creencia debe ser, por lo tanto, una fuerza que, irradiando del espíritu del ser humano, penetre su carne y su sangre, tornándose así una única evidencia natural. ¡Nada de artificial, nada de forzado, nada de aprendido, sino solamente vida!

Mirad para muchos fieles: éstos afirman que creen firmemente en la continuación de la vida después de la muerte, aparentemente sintonizan también sus pensamientos en eso. ¡Pero si alguna vez les fuera dada la oportunidad de obtener una prueba de vida del más Allá, afuera de la más sencilla observación cotidiana, se asustan o quedan profundamente abalados! Con eso muestran justamente que en el fundo no estaban así tan convictos de la vida del más Allá; pues del contrario tal prueba ocasional les debería parecer absolutamente natural. No deberían, por lo tanto, ni asustarse, ni estremecerse de forma especial con eso. Al lado de eso existen aún innumerables fenómenos que muestran nítidamente cuán poco creyentes son, pues, los así llamados fieles. La creencia no esta viva en ellos.


39. Bienes terrenos

Surge con mucha frecuencia la cuestión si el ser humano debe separarse de bienes terrenos o despreciarlos, en cuanto anhele por provecho espiritual. ¡Establecer tal principio seria tontería! Cuando se dice que la criatura humana no debe prenderse a bienes terrenos, apenas cuando se esfuerce en dirección hacia el reino celeste, no se dice con eso que ella deba dar de regalo o echar bienes terrenos, para vivir en la pobreza. El ser humano puede y debe usar alegremente aquel que Dios a él le torna accesible a través de Su Creación. El “no deber prenderse” a bienes terrenos significa solamente que uno ser humano no debe dejarse arrebatar a tal punto que considere la cumulación de bienes terrenos como finalidad máxima de su vida terrena, por lo tanto, de “prenderse” a través de eso predominantemente a ese pensamiento. Semejante actitud terminaría, evidentemente, por desviarlo de blancos más elevados. No tendría más tiempo disponible para tal y estaría dependiente con todas las fibras de su ser solamente hacia esta única finalidad de adquirir poses terrenas. Siendo, pues, a causa de los propios bienes, o a causa del placer que la pose posibilita, o también a causa de otras finalidades, no importa, en el fundo, permanecería siempre el mismo resultado. Con eso, el ser humano queda dependiente y se ata al puramente terrenal, por lo que pierde la visión hacia el alto y no consigue subir.

Esa concepción errada de que los bienes terrenos no hacen parte de un progreso espiritual ha provocado, en la mayoría de los seres humanos, el concepto absurdo de que todos los emprendimientos espirituales nada pueden tener en común con bienes terrenos, si es que deban ser tomados en serio. Del daño que la humanidad ha causado con eso para si misma ella, extrañamente, nunca ha se tornado conciente.

Con eso, devalúan para si mismos los dones espirituales, es decir, los más elevados que a ellos pueden ser concedidos; pues como, a causa de ese concepto extraño, todos los emprendimientos espirituales, hasta ahora, tendrían que depender de sacrificios y donaciones, semejante a los mendigos, se ha inmiscuido con eso, también de modo imperceptible, igualmente en relación a los emprendimientos espirituales, la misma actitud que se manifiesta en relación a los mendigos. Razón por qué ésos nunca pudieron obtener aquel respecto que, en la realidad, les es debido en primer lugar. Esos emprendimientos, sin embargo, hubieron, por la misma razón, que traer en si de antemano el germen de la muerte, porque nunca han podido firmarse en los propios pies, pero siempre permanecer dependientes de la buena voluntad de las criaturas humanas. ¡Es justamente para proteger y defender ante la humanidad aquello que de más sagrado posee, lo espiritual, que aquél que se esfuerza sinceramente no debe despreciar bienes terrenos! Deben servirle ahora predominantemente como escudo en el mundo de materia gruesa, a fin de poder rechazar el igual con el igual. ¡Seria provocada una situación insana si, en la época de los materialistas, los que se esfuerzan por progresar espiritualmente quisiesen desdeñar la arma más fuerte de los adversarios inescrupulosos! Eso sería una irresponsabilidad, que podría vengarse pesadamente.

¡Por lo tanto vosotros, fieles legítimos, no menospreciéis bienes terrenos, que también solamente pudieron ser criados por la voluntad de Dios, a Quién buscáis honrar! Sin embargo, no os dejéis quedar dormidos por el conforto que la pose de bienes terrenos puede traer consigo, sino los usad de modo sano.

Lo mismo ocurre con los dones especiales de aquellas fuerzas que sirven para curar diversas enfermedades o con capacitaciones semejantes, ricas en bendiciones. De la manera más ingenua o, digamos más acertadamente, de la manera más inescrupulosa, presuponen las criaturas humanas que esas capacitaciones les son puestas gratuitamente a la disposición, toda vez que también han sido dadas por las esferas espirituales como dádiva especiales para ser colocadas en practica. Llega incluso al punto que ciertas personas esperan una especial manifestación de alegría cuando “condescienden” en servirse de auxilio de este tipo por ocasión de gran aflicción. ¡Tales personas deben ser excluidas de todo auxilio, aunque también fuese lo único que aún les pudiese ayudar!

Las personas así dotadas, sin embargo, debían ellas mismas, antes de todo, aprender a dar aprecio más alto a esa su dádiva de Dios, para que las perlas no sean siempre de nuevo lanzadas a los cerdos. Para una asistencia eficiente necesitan de mucho más fuerzas físicas y fino-materiales, así como de tiempo, de lo que un abogado para su mejor discurso de defensa, o un medico por ocasión de muchas visitas a enfermos, o un pintor para la creación de un cuadro. A persona alguna jamás le pasaría la idea de exigir de un abogado, de un medico o de un pintor un trabajo gratuito, aunque una buena capacidad de comprensión sea también solamente una “dádiva de Dios”, como cualquier otro don, nada más. Echad, por ultimo, esas ropas de mendigos y os presentad con los trajes que merecéis.


40. La muerte

¡Algo en que todas las personas creen, sin excepción, es la muerte! Cada uno está convicto de su llegada. Ese es uno de los pocos hechos sobre lo cual no reina cualquier controversia y cualquier ignorancia. Aunque todos los seres humanos cuenten, desde la niñez, con el hecho de tener que morirse un dia, la mayoría, sin embargo, siempre busca alejar tal pensamiento. Muchos incluso se enojan, cuando alguna vez se habla de eso en su presencia. Otros, a su vez, evitan cuidadosamente visitar cementerios, se desvían de funerales y buscan lo más pronto posible deshacer nuevamente cualquier impresión, si por acaso una vez encuentren un féretro en la calle. En esa ocasión, los oprime siempre un miedo secreto de que un dia podrían ser repentinamente sorprendidos por la muerte. Miedo indefinido los impide de acercarse con pensamientos serios de ese hecho inamovible.

Seguramente no existe ningún otro acontecimiento que, a pesar de su inevitabilidad, sea siempre de nuevo dejado de lado, en pensamiento, como la muerte. Pero también seguramente ningún acontecimiento tan importante existe en la vida terrena, sino el nacimiento. Es, sin embargo, notorio que el ser humano quiera ocuparse tan poco precisamente con el comienzo y el fin de su existencia terrena, mientras que a todos los otros acontecimientos, incluso a las cosas de importancia totalmente secundaria, busque prestar significación profunda. Investiga y preescruta todos los episodios intermediarios con más ahínco de lo que aquello que le daría aclaramiento de todo: el principio y el fin de su peregrinación terrena. Muerte y nacimiento son tan estrechamente conectados, porque uno es consecuencia del otro.

¡Cuán poca seriedad, sin embargo, es dedicada ya a la concepción! Tal vez en muy raros casos se encuentra a tal respecto algo digno del ser humano. Justamente en ese acto es que los seres humanos prefieren identificarse con los animales, y no consiguen, sin embargo, mantener la inocencia de éstos. Eso resulta en una actitud inferior a la del animal. Pues éste actúa conforme su escalón, que ocupa en la Creación. El ser humano, sin embargo, no consigue o no quiere respetar el escalón que a él le corresponde. Baja aún más profundo y entonces se admira cuando la humanidad entera en varios sentidos poco a poco va decayendo. Ya los hábitos de los matrimonios son todos orientados para considerar la unión conyugal solamente como un hecho puramente terreno. En muchos casos, llega incluso al punto de que personas de índole seria se alejan con asco delante de pormenores inequívocos que visan solamente relaciones terrenas. Las conmemoraciones de nupcias en clases sociales bajas, como también más altas, han degenerado en muchos casos solamente a fiestas de verdadera intriga, de cuya frecuencia todos los padres, concientes de su alta responsabilidad, deberían prohibir a los hijos con la mayor severidad. Jóvenes, sin embargo, que ante tales costumbres y alusiones durante una tal fiesta no sientan surgir en sí el asco y, por ese motivo, ante su propia responsabilidad por su conducta, no permanezcan alejados, ya pueden de cualquier forma tener en cuenta de pertenecer al mismo bajo nivel, por lo tanto, no pueden más ser llevados en consideración por ocasión de una evaluación. Es como si también en esa contingencia las criaturas humanas buscasen, en una envenenada embriagues, engañarse a si mismas sobre algo en que no quieran pensar.

Si la vida terrena es, entonces, construida en bases tan irresponsables, conforme ya se ha tornado habito y costumbre, se puede comprender que los seres humanos también busquen iludirse en relación a la muerte, se esforzando obstinadamente para no pensar en ella. Ese irse para lejos de todos los pensamientos serios está en intima ligazón con la propia posición decadente en el acto de la procreación. El miedo indefinido, que como una sombra acompaña el ser humano durante toda la vida terrena, resulta en gran parte de la plena noción de todo el mal de los actos irresponsables que degradan las criaturas humanas. Y cuando ellas no pueden de modo alguno adquirir tranquilidad de otra forma, se agarran por último de manera obstinada y artificial a la auto-ilusión de que todo termina con la muerte, al que testifican completamente la conciencia de su mediocridad y su cobardía ante una eventual responsabilidad, o se agarran a la esperanza de que tampoco son muy peores de lo que otras personas.

Pero todas esas imaginaciones no cambian siquiera un mínimo grano del hecho de que la muerte terrena se les acerca. ¡A cada dia, a cada hora llega más cerca! Es lastimoso ver, muchas veces, cuando, en las últimas horas de la mayoría de aquellos que buscaban con porfía negar una responsabilidad en una continuación de la vida, empieza el gran y angustiante preguntar, que prueba como llegan a dudar repentinamente de la propia convicción. Pero eso entonces no les puede valer mucho; pues nuevamente es solamente cobardía que poco antes del gran paso hacia afuera de la existencia terrena los hace ver ante si, de repente, la posibilidad de una continuación de la vida y, justamente con esa, una responsabilidad. Sin embargo, el miedo, la angustia y la cobardía permiten tan poco la reducción o el rescate de la incondicional reciprocidad de todas las acciones cuanto la porfía. Un comprender, es decir, un llegar al reconocimiento, igualmente no se procesa de esa manera. A causa del miedo, la astucia de su intelecto, tantas veces puesta a la prueba en la vida terrena, incluso en las ultimas horas, emplea un golpe dañoso en los moribundos, buscando repentinamente, en su habitual precaución, dejar la criatura humana tornarse aún, rápidamente, beata en el sentido intelectual, apenas cuando la separación del ser humano de materia fina, que sigue viviendo, del cuerpo de materia gruesa ya haya alcanzado un grado tan adelantado, que la vida intuitiva en ese desenlace se iguale al vigor del intelecto, bajo lo cual hasta ahí estuvo subordinado a fuerza.

¡De esa forma nada lucran! Cosecharán lo que durante su vida terrena sembraron por medio de pensamientos y acciones. ¡Ni lo mínimo es con eso mejorado o siquiera modificado! Irresistiblemente serán arrastrados hacia los engranajes de las leyes de la reciprocidad en severa actuación, a fin de en ellas vivenciar en el mundo de materia fina todo aquello que erraron, es decir, pensaron e hicieron por convicción errada. Tienen toda la razón para temer la hora del desenlace del cuerpo terreno de materia gruesa, que por algun tiempo les ha servido de resguardo protector contra muchos acontecimientos de materia fina. Esa pared protectora les ha sido dada como escudo y abrigo por un tiempo, para que tras ella pudiesen modificar, en sosegada tranquilidad, mucha cosa para mejor, e incluso redimir totalmente aquello que, sin esa protección, pesadamente debería haberlos alcanzado.

Doblemente triste, si, diez veces triste es para aquél que, en irresponsable auto-ilusión, pasa tambaleando, como que en estado de embriaguez, por esa época de gracias a una existencia terrena. La angustia y el pavor son, por lo tanto, justificados en muchos de ellos.

Muy diferente con los que no desperdiciaron su existencia terrena, que aún en tiempo cierto, aunque en hora tardía, pero no por miedo y pavor, han tomado el camino de la ascensión espiritual. Llevan consigo su búsqueda sincera como bastón y apoyo para el mundo de materia fina. Pueden sin recelo y aprensión emprender el paso de la materia gruesa hacia la materia fina, lo cual es inevitable para cada uno, considerando que todo lo que es efímero, como el cuerpo de materia gruesa, también una vez tiene que perecer. Pueden saludar la hora de esta desconexión, pues constituye para ellos un progreso absoluto, no importando lo qué habrán que vivenciar en la vida de materia fina. Entonces lo que es bueno los hará felices, lo pesado les será sorprendentemente facilitado; pues ahí la buena voluntad ayuda más vigorosamente de lo que jamás suponían.

El propio proceso de la muerte nada más es de lo que el nacimiento para el mundo de materia fina. Semejante al proceso del nacimiento para el mundo de materia gruesa. Durante algun tiempo, después del desenlace, el cuerpo de materia fina permanece ligado al cuerpo de materia gruesa, como por un cordón umbilical, que es tanto más flojo cuanto más elevado el así nascido para el mundo de materia fina ya haya desarrollado su alma en la existencia terrena en dirección hacia el mundo de materia fina, como transición hacia el Reino de Dios. Cuanto más, por su voluntad, él propio se ha atado a la Tierra, por lo tanto, a la materia gruesa, y así nada ha querido saber de la continuación de la vida en el mundo de materia fina, tanto más firmemente constituido, por consiguiente, debido a su propia voluntad, será ahora este cordón, que lo ate al cuerpo de materia gruesa y, con eso, también a su cuerpo de materia fina, del cual él necesita como vestuario del espíritu en el mundo de materia fina. Pero cuanto más espeso sea su cuerpo de materia fina, tanto más pesado será según las leyes vigentes, y tanto más oscuro también tendrá que parecer. En virtud de esa gran semejanza y parentesco próximo con todo lo que es de materia gruesa, le será también muy difícil separarse del cuerpo de materia gruesa, ocurriendo, pues, que tal persona haya también que sentir aún los últimos dolores corporales de la materia gruesa, así como toda la desintegración durante la descomposición. En la cremación, tampoco queda insensible. Después de la separación definitiva de este cordón de ligazón, sin embargo, baja hacia el mundo de materia fina hasta el punto en que su ambiente tenga idéntica densidad y peso. Allá encuentra entonces, en la misma gravedad, también solamente los de índole idéntica. Es comprensible que ahí sea peor de lo que en el cuerpo de materia gruesa en la Tierra, porque en el mundo de materia fina todas las intuiciones son vividas de modo total y sin obstrucciones.

Diferente es con los seres humanos que ya en la vida terrena iniciaron la ascensión hacia todo cuanto es más noble. Debido al hecho de que ellos llevan vivamente en si la convicción del paso hacia el mundo de materia fina, la separación también es mucho más fácil. El cuerpo de materia fina y con él el cordón de ligazón no es denso, y esa diferencia, en su heterogeneidad recíproca con el cuerpo de materia gruesa, deja también la desconexión efectuarse muy rápidamente, de modo que el cuerpo de materia fina, durante toda la llamada agonía o ultimas contracciones musculares del cuerpo de materia gruesa, ya hace mucho se encuentra al lado de él, si además se pueda referirse como agonía en un fallecimiento normal de una tal persona. El estado débil, poco denso del cordón de ligazón no permite que el ser humano de materia fina, que se encuentra al lado, sufra el mínimo dolor, porque ese tenue cordón de ligazón no puede, en su estado poco denso, constituir cualquier transmisor de dolor de la materia gruesa a la materia fina. Ese cordón, en consecuencia de su mayor delicadeza, rompe también la ligazón de modo más rápido, de manera que el cuerpo de materia fina se liberta totalmente en un plazo mucho más corto, ascendiendo entonces hacia aquella región constituida de idéntica especie, más fina y más ligera. Ahí, él también solamente podrá encontrar los de índole idéntica, recibiendo paz y felicidad en la vida intuitiva más elevada y buena. Un tal cuerpo de materia fina, ligero y menos denso, se mostrará naturalmente también más luminoso y más claro, hasta alcanzar por fin tal refinamiento, que lo puro espiritual en él existente comience a irrumpir de modo fulgurante, antes de ingresar en el puro espíritu-enteal de modo totalmente luminoso-radiante.

Que sean, sin embargo, advertidas las personas que rodean un moribundo, para que no irrumpan el altas lamentaciones. Por el dolor de la separación exageradamente manifiesta puede la criatura humana de materia fina, que se encuentra en vías de desconexión o tal vez ya se encuentre al lado, ser alcanzada, es decir, oírlo o sentirlo. Si en ella despierte, de ese modo, la compasión o el deseo de decir aún palabras de consuelo, ese deseo la conectará de nuevo, más fuertemente, con la necesidad de manifestarse de modo comprensible a los que lamentan llenos de dolor. Solamente puede hacerse entender terrenamente al utilizarse del cerebro. El deseo, sin embargo, resulta la estrecha ligazón con el cuerpo de materia gruesa, la condiciona, resultando por eso, como consecuencia, que no solamente un cuerpo de materia fina que aún se halla en vías de desconexión se ate de nuevo más estrechamente al cuerpo de materia gruesa, pero que también una criatura humana de materia fina que ya se encuentre desconectada y al lado, sea una vez más atraída de vuelta al cuerpo de materia gruesa. El resultado final es el retorno a todos los dolores, de los cuales ya estaba libre. El nuevo desenlace ocurre entonces de modo mucho más difícil, pudiendo incluso durar algunos días. Ocurre entonces la así nombrada agonía prolongada, que se torna realmente dolorosa y difícil para quien quiera desconectarse. Culpados son todos aquellos, que con sus lamentaciones egoístas, la hicieron retroceder de su desenvolvimiento natural. A causa de esa interrupción del curso normal, se ha dado una nueva ligazón forzada, aunque solamente a través del débil intento de una concentración para hacerse entender. Disolver nuevamente esa ligazón antinatural no es tan fácil para aquello que en eso aún es totalmente inexperto. Auxilios, ahí, no le pueden ser dados, visto que él propio quiso la nueva ligazón. Esa ligazón puede establecerse fácilmente, mientras el cuerpo de materia gruesa aún no haya se enfriado de todo y el cordón de ligazón exista, lo cual muchas veces solamente se rompe después de muchas semanas. Por lo tanto, un martirio desnecesario para aquel que pasa hacia el otro lado, una falta de consideración y crueldad de los que se encuentran al rededor. ¡Por lo tanto, en un recinto de muerte, debe imperar absoluta calma, una seriedad condigna, que corresponda a la hora tan significativa! Las personas que no puedan dominarse deberían ser alejadas a fuerza, aunque sean los parientes más próximos.


41. Fallecido

Solitaria y sin comprender nada se encuentra un alma en el recinto de muerte. Sin comprender nada, porque el ser humano que yace en el lecho se ha recusado, en su vida terrena, a creer en la continuación de la vida después de dejar el cuerpo de materia gruesa, lo cual, por eso, jamás se ha ocupado seriamente con el pensamiento, burlando de todos los que hablaban sobre eso. Confuso, mira a su alrededor. Ve a si mismo el su lecho de muerte, ve al rededor personas conocidas que lloran, oye las palabras que dicen, y probablemente siente también el dolor que ellos intuyen en sus lamentaciones por él haber muerto. ¡Tiene ganas de reírse y gritar que aún vive! ¡Llama! Y tiene que notar, admirado, que no lo oyen. Repetidamente llama alto y cada vez más alto. Las personas no escuchan, siguen lamentando. Miedo comienza a brotar en él. Pues oye, bien alto, su propia voz y siente también distintamente su cuerpo. Una vez más grita angustiadamente. Nadie le da atención. Miran, llorando, para el cuerpo inerte que él reconoce como siendo suyo, y lo cual, sin embargo, considera de repente como siendo algo extraño, que no más le pertenece; pues se encuentra con su cuerpo al lado, libre de todo el dolor que hasta entonces sentía.

Con amor llama entonces el nombre de su esposa, en rodillas allí cerca al que hasta ahora era su lecho. Pero el llanto no cesa, ninguna palabra, ningún movimiento denota que ella lo ha oído. Desesperado, se acerca de ella, la sacude con rudeza por su hombro. Ella no percibe. Él no lo sabe, pues, que ha tocado en el cuerpo de materia fina de la esposa, lo sacudiendo, y no en lo de la materia gruesa, y que su esposa, que como él nunca ha pensado existir algo más de lo que el cuerpo terreno, tampoco puede sentir el toque en su cuerpo de materia fina.

Un indecible sentimiento de miedo lo hace estremecer. La debilidad del desamparo lo oprime hasta el piso, su conciencia desvanece.

A través de una voz a que él conocía, despierta de nuevo lentamente. Ve el cuerpo que usaba en la Tierra, acostado, rodeado de flores. Quiere irse, pero le es imposible desvencijarse de aquel cuerpo frío e inmoble. Percibe nítidamente que aún se halla atado a él. Y entonces torna a oír la voz que lo había despierto del dormitar. Se trata de su amigo que habla con otra persona. Ambos han traído una corona funeraria y, mientras la depositan, charlan. Nadie más está junto a él. ¡El amigo! ¡Quiere hacerse notar por él y por el otro, que con el amigo muchas veces ha sido su querido huésped! Tiene que decirles que en él la vida, extrañamente, aún sigue, que aún puede oír lo que las personas hablan. ¡Llama! Sin embargo, calmamente su amigo se vuelve para el acompañante y sigue hablando. Pero lo qué habla le prepasa como un susto a través de sus miembros. ¡Es ése su amigo! Así habla de él ahora. Escucha, aterrado, las palabras de esas personas, con las cuales tantas veces ha bebido y reído, que sólo le decían cosas buenas mientras comían en su mesa y frecuentaban su casa hospitalera.

Se han ido, llegaron nuevamente otros. ¡Como podía ahora reconocer a las personas! Tantas, a quienes tenia en alta consideración, ahora, sólo le despertaban asco y rabia, en cuanto otras, a quienes nunca ha dado atención, de buen agrado hubiera apretado la mano con gratitud. ¡Pero ellas no lo oían, no lo sentían, a pesar de exaltarse, gritar, a fin de probar que estaba vivo!—

Con enorme acompañamiento conducieron entonces el cuerpo a la sepultura. Estaba sentado, como que cabalgando, en el propio ataúd. ¡Amargueado y desesperado, ahora solamente aún conseguía reírse, reírse! La sonrisa, sin embargo, pronto ha dado lugar a lo más profundo desaliento, e inmensa soledad le sobrevino. Se canso, durmió. — — — —

Al despertar, oscuro estaba a su alrededor. No sabía cuanto tiempo hubiera dormido. Sentía, sin embargo, que ya no más podía estar conectado como hasta entonces a su cuerpo terreno; pues estaba libre. Libre en la oscuridad que le pesaba de modo extrañamente opresor.

Llamaba. Ningún sonido. No oía su propia voz. Gimiendo, cayó hacia tras. Sin embargo, golpeó fuertemente con la cabeza en una piedra puntiaguda. Cuando, después de largo tiempo, ha vuelto a despertar, había aún la misma oscuridad, lo mismo silencio lúgubre. Quería levantarse rápido, pero los miembros estaban pesados y se recusaban a servirle. Con toda la fuerza, proveniente de lo más angustiado desespero, se levanto tambaleando, palpando para allá y para acá. Muchas veces caía en el suelo, se hería, se golpeaba también a la derecha y a la izquierda, en puntas y rincones, pero algo no le daba tranquilidad para esperar; pues un fuerte impulso lo forzaba continuadamente a avanzar palpando y a buscar. ¡Buscar! ¿Pero lo qué? Su pensar estaba confuso, cansado y sin esperanzas. Buscaba algo que no podía comprender. ¡Buscaba!

¡Lo impulsaba hacia delante, siempre hacia delante! Hasta nuevamente caerse, para de nuevo levantarse y retomar las caminatas. Se han pasado años así, decenios, hasta que finalmente le sobrevinieron lagrimas, sollozos temblaron su pecho y... un pensamiento se ha desplegado, una suplica, cual grito de un alma exhausta, que desea un fin para el sombrío desespero. El grito de lo más desmedido desespero y del dolor sin esperanza ha traído, sin embargo, el nacimiento del primer pensar en el deseo de salir de aquel estado. Buscó reconocer lo que lo ha conducido a ese estado tan pavoroso, lo que lo ha obligado tan cruelmente a vaguear por la oscuridad. Palpó a su alrededor: ¡rocas ásperas! Seria la Tierra o tal vez, si el otro mundo en lo cual jamás pudo creer? ¡El otro mundo! Entonces estaba muerto terrenamente y, sin embargo, vivía, si es que quisiese llamar de vivir a este estado. El pensar se ha tornado inmensamente difícil. Así tambaleaba adelante, buscando. Años han decorrido nuevamente. ¡Hacia afuera, afuera de esa oscuridad! Ese deseo se ha tornado un impulso impetuoso, de lo cual se ha formado nostalgia. Nostalgia, sin embargo, es el intuir más puro que se despliega del impulso grosero, y de la nostalgia broto tímidamente una oración. Esa oración de nostalgia irrumpio por fin de él, semejante a un fuente, y silenciosa y benéfica paz, humildad y sumisión han entrado con eso en su alma. Pero cuando él se levantó para seguir sus caminatas, una corriente de intenso vivenciar ha recorrido su cuerpo; ¡pues crepúsculo lo rodeaba ahora, de repente podía ver! Lejos, muy lejos percibió una luz, igual a un antorcha, que lo saludaba. ¡Jubilosamente extendió los brazos hacia aquella dirección, tomado de profunda felicidad se arrodillo nuevamente y dio gracias, dio gracias con el corazón a transbordar, a Aquél que le concedió la luz! Con nueva fuerza caminaba entonces hacia esa luz, que no se le acercaba, pero que así mismo esperaba alcanzar, después de lo que vivenciara, aunque levase siglos. Lo que ahora le sucedió podía repetirse y conducirlo finalmente hacia afuera del amontonamiento de piedras, para un país más cálido y rayado de luz, si humildemente implorase por eso.

“Dios mío..., ¡ayúdeme para eso!” broto aflicto del pecho lleno de esperanzas. ¡Y que placer, nuevamente ha oído su voz! ¡Aunque inicialmente solamente débil, sin embargo oía! La felicidad que sintió le dio nuevas fuerzas y, con esperanza, volvió a seguir adelante. — —

Así el inicio de la historia de un alma en el mundo de materia fina. El alma no podría ser denominada mala. En la Tierra incluso era considerada muy buena. Un gran industrial, muy ocupado, esforzado en cumplir fielmente todas las leyes terrenas.—

Sobre ese proceso, un aclaramiento todavía: el ser humano que durante su existencia terrena nada quiere saber de que después de la muerte aún hay vida y que será obligado a responsabilizarse por todas sus acciones, en su especie, la cual no esta de acuerdo con el punto de vista terreno actual, es ciego y sordo en la materia fina, cuando haya que pasar hacia el otro lado. Solamente mientras permanezca conectado, por días o semanas, a su cuerpo de materia gruesa que ha dejado, consigue temporalmente también percibir lo que ocurre a su alrededor.

Apenas cuando, sin embargo, esté libre del cuerpo de materia gruesa en descomposición, pierde tal posibilidad. No oye ni ve nada mas. No se trata de un castigo, sino de algo absolutamente natural, porque no quiso ver ni oír nada del mundo de materia fina. Su propia voluntad, capaz de rápidamente formar la materia fina correspondientemente, es que impide que su cuerpo de materia fina pueda ver y también oír. Hasta que se manifieste, lentamente, una alteración en esa alma. Si eso, entonces, tarde años, decenios, tal vez siglos, es asunto particular de cada persona. Su voluntad le es dejada integralmente. También el auxilio llega para ella solamente cuando ella propia lo desee. No antes. Nunca será forzada a eso.

La luz que esa alma, que ha adquirido visión, saludó con gran alegría, siempre ha estado ahí. Sólo que antes aún no podía verla. Ella también es más clara y más fuerte de lo que el alma, hasta ahora ciega, inicialmente la ve. El modo por lo cual la ve, si fuerte, si débil, depende de ella exclusivamente. ¡Ella no da ningún paso a su encuentro, sino que está allá! Podrá disfrutarla a cualquier momento, bastando desearlo de manera humilde y sincera.

Pero eso que aquí aclaro sólo se refiere a esa tal especie de almas humanas. No, sin embargo, a otras. En las propias tinieblas y en sus planicies no se encuentra luz. Allá no es valido que aquél, que progresa en si, pueda de repente ver la luz, pero si, para eso, en primer lugar tiene que ser conducido hacia afuera del ambiente que lo retiene.

Seguramente la situación de esa alma, aquí apreciada, ya es de ser calificada de angustiosa, principalmente porque está tomada de gran pavor y no tiene en si cualquier esperanza, sin embargo, ella misma no había deseado de otra forma. Recibe solamente aquello que ha forzado para si. No quiso saber nada de la vida conciente después del fallecimiento terreno. La propia continuación de la vida, el alma no puede con eso eliminar para si; pues sobre eso ella no puede disponer, sin embargo, construye para si misma una esfera estéril de materia fina, paraliza los órganos sensoriales del cuerpo de materia fina, de modo que, en la materia fina, no pueda ver ni oír, hasta que... por fin ella cambie su opinión.

Son esas las almas que hoy son vistas a los millares sobre la Tierra, aún calificadas de decentes, a pesar de nada querer saber de la eternidad o de Dios. Las de mala voluntad, naturalmente, pasan peor, sin embargo, de ellas no hablaremos aquí pero solamente de las así llamadas criaturas humanas decentes.—

Cuando, pues, se dice que Dios extiende Su mano en auxilio, eso se pasa en la Palabra que Él envía a las criaturas humanas, en la cual les indica de que modo pueden libertarse de la culpa en que se enmarañaron. Y Su gracia se encuentra previamente en todas las grandes posibilidades concedidas a los espíritus humanos en la Creación para utilización. Eso es tan inmenso, como no puede el ser humano de hoy imaginar, porque jamás se ha ocupado con eso, no de manera lo suficiente seria; ¡pues Allá, donde tal ha ocurrido, fue solamente de modo pueril o para fines de vanidosa auto-elevación!

¡Sin embargo, apenas cuando los espíritus humanos reconozcan en la Palabra de Dios el verdadero valor, su profunda seriedad, realizarán grandes hechos en toda la Creación! Hasta ahora hubieran preferido siempre solamente su propio saber y, por lo tanto, todo ha quedado como obra incompleta del más bajo grado en relación al contenido de la Palabra de Dios, que incluso hoy, nuevamente no reconocido, lo quieren colocar al lado; pues ningún ser humano sabe del verdadero valor del Mensaje del Grial. Ni siquiera un único en la Tierra. Aun cuando juzgue conocer el sentido, aun cuando ya intuye espiritualmente las ventajas que ha conquistado para si en el reconocimiento parcial... ¡él no lo conoce, el real valor, no lo ha asimilado todavía ni en su centésima parte! Eso lo digo yo, que traigo este Mensaje. ¡Vosotros no sabéis lo que tenéis con eso en las manos!

¡Él es el camino, el portal y también la clave, que os conduce hacia la vida. Para la vida, que no puede ser evaluada ni adquirida con todos los tesoros de esta Tierra, todos los tesoros de todo el Universo! Agotad, pues, del Mensaje. Tomad del tesoro, de lo más precioso que podéis encontrar. Agarradlo, como lo es, pero no buscad en él y no uséis de sofismas a su respeto. Buscar e interpretar en él no trae ningún valor. No es este Mensaje que debéis tornar a vosotros comprensible, pero vuestro trabajo es de simplemente crear para él un lugar en el centro de vuestra alma. ¡Allá debéis buscar, debéis interpretar, para encontrar lo que no ayuda a adornar el recinto, cuando este Mensaje entre en vosotros! Vosotros debéis descubrir lo que aún embaraza en ese recinto que dentro de vosotros tiene que tornarse un templo. ¡Criad ese templo dentro de vosotros, sin en eso tocar en mi Mensaje y todos que así actúen también serán auxiliados!— — — —


42. Milagros

La explicación para eso reside en la propia palabra. Milagro es un acontecimiento sobre lo cual el ser humano queda admirado. Es algo que no juzga posible. Pero también solamente juzga, pues, que es posible, la propia efectuación del milagro ya lo ha comprobado.

¡Milagros, según las concepciones de muchas personas que creen en Dios, no existen! Éstas consideran un milagro como algo que ocurre afuera de las leyes de la naturaleza, incluso aún como algo que es contrario a todas las leyes de la naturaleza. ¡Exactamente ahí ven el divinal! Para ellas un milagro es algo posible solamente a su Dios, que con eso muestra Su gracia especial, y emplea Su omnipotencia para tal.

Las pobres criaturas humanas imaginan bajo omnipotencia erróneamente la posibilidad de actos arbitrarios, y los milagros como tales actos arbitrarios. No reflexionan lo cuanto, con eso, disminuyen a Dios; pues esa especie de milagros seria todo excepto divina.

En el actuar divino reside en primer lugar una perfección incondicional, sin faltas, sin laguna. Y perfección condiciona la más severa lógica, absoluta consecuencia en todos los sentidos. Un milagro, por consiguiente, tiene que efectuarse solamente en consecuencia lógica, sin lagunas, en el acontecimiento. La diferencia consiste solamente en el hecho de que en un milagro el camino de desenvolvimiento, que según conceptos terrenos llevaría más tiempo, de hecho se desenrolla de manera normal, sin embargo, con grande rapidez, sea ante la fuerza especialmente concedida a una persona, sea por otros caminos, de modo a poder ser denominado milagroso por los seres humanos, debido a todo el desenrollar extraordinariamente rápido, en resumen, como milagro.

Puede, igualmente, tratarse de algo encima del desenvolvimiento actual, que es cumplido a causa de fuerza concentrada. Pero nunca, en tiempo algun, se colocará afuera de las leyes naturales existentes, o incluso en oposición a las mismas. En tal momento, que en si es de cualquier forma imposible, tal acontecimiento perdería todo lo divino y se tornaría un acto de arbitrariedad. Por lo tanto, precisamente lo contrario de aquello que suponen muchos de los que creen en Dios. Todo que depienda de una severa consecuencia lógica no es divino. Cada milagro es un proceso absolutamente natural, solamente en una extraordinaria rapidez y fuerza concentrada; jamás podrá suceder algo antinatural. Eso está totalmente excluido.

Cuando se realizan curas de enfermedades hasta entonces consideradas incurables, no hay ahí ninguna alteración de las leyes de la naturaleza, pero eso muestra solamente las grandes lagunas en el saber humano. Tanto más ahí debe ser reconocido como una gracia del Criador, que, aquí y Allá, capacita algunos seres humanos con fuerza especial, que éstos pueden utilizar en beneficio de la humanidad sufrida. Serán siempre, sin embargo, solamente aquellos que se conservan apartados de toda la presunción de una ciencia, visto que el conocimiento atado a la Tierra sofoca, de forma totalmente natural, la posibilidad de recibir dádivas más elevadas.

La ciencia atada a la Tierra quiere conquistar, jamás, sin embargo, consigue recibir de modo puro, es decir, infantilmente. ¡Sin embargo, fuerzas que vienen de aquello que es sin espacio y tiempo solamente pueden ser recibidas de modo sencillo, nunca conquistadas! ¡Esa circunstancia, por si sólo, muestra lo que es lo más valioso, lo más fuerte y, por consiguiente, también lo más acertado!


43. El bautismo

Si el bautismo de un niño sea ministrado por un sacerdote que lo considere como mero deber del oficio, quedará absolutamente sin significado, no produciendo beneficios tampoco daños. En el bautismo de una persona adulta, al contrario, su receptividad interior contribuye, de acuerdo con su fuerza y pureza, para que de hecho sea recibido algo espiritual, o no.

En un niño, solamente la fe del bautizante puede ser llevada en consideración, como medio para el fin. Conforme la fuerza y la pureza de él, el niño recibe a través del acto un cierto fortalecimiento espiritual, bien como una pared protectora contra malas corrientes.

El bautismo es un acto que no puede ser realizado, de modo eficaz, por cualquier persona investida por dirigentes eclesiásticos terrenos. Para tanto, se hace necesario una persona que esté en ligazón con la Luz. Solamente una tal persona consigue transmitir Luz. Esa capacidad, sin embargo, no se logra ante estudios terrenos tampoco por la consagración eclesiástica o investidura en el cargo. De modo algún está en conexión con costumbres terrenas, sino es exclusivamente una dádiva del propio Altísimo.

Uno así agraciado se torna con eso un convocado! Ésos no existen en gran numero; pues tal dádiva condiciona, como requisito previo, un terreno correspondiente en la propia persona. No existiendo en ella tal condición preliminar, entonces la ligazón proveniente desde la Luz no puede ser establecida. La Luz no puede bajar en suelo no preparado o que de ella se aleje, considerando que también ese proceso está sometido severamente, como todo lo demás, a las leyes primordiales que todo perfluyen.

Un tal convocado puede, sin embargo, por el acto del bautismo, transmitir realmente espíritu y fuerza, de modo que el bautismo reciba aquél valor que simbólicamente exprime. A pesar de eso, será siempre aún preferible proporcionar el bautismo solamente a personas que estén plenamente concientes de los efectos de ese acto y que intuyan el nostálgico deseo para tanto. El bautismo exige, por consiguiente, cierta madurez y el deseo voluntario del bautizando, bien como un convocado quien lo bautize, para que, de hecho, pueda tener valor completo.

Juan, el Bautista, que todavía hoy es considerado y reconocido por todas las iglesias cristianas como verdadero convocado, tuvo sus mayores adversarios justamente entre los escribas y fariseos, que en aquél tiempo se tenían en cuenta de los más credenciados para juzgar al respecto. El propio pueblo de Israel de antaño era el pueblo convocado. Cuanto a eso, no hay duda. En su medio debía el Hijo de Dios realizar su obra terrena. Con ese cumplimiento, sin embargo, la convocación de todo el pueblo estaba extinta. Una nueva Israel surgirá para nuevo cumplimiento. En el tiempo de Juan, sin embargo, la antigua Israel todavía era el pueblo convocado. Consecuentemente, también los sacerdotes de ese pueblo, en aquél tiempo, debían haber sido los más credenciados para el bautismo. A pesar de eso, hubo que venir Juan, el Bautista, para, como único convocado, bautizar el Hijo de Dios en su envoltorio terreno, en el inicio de su actividad terrena propiamente dicha. Ese acontecimiento comprueba igualmente que investiduras terrenas en un cargo nada tienen que ver con las convocaciones divinas. La ejecución de actos en nombre de Dios, es decir, a Su orden, como debe ser en un bautismo, por su vez, solamente convocados por Dios lo pueden realizar de modo eficiente. El convocado por Dios, Juan, el Bautista, que no fue reconocido por el entonces sumo-sacerdote del pueblo convocado, nombraba a esos sus adversarios de “banda de víboras”. Se les negó el derecho a venir hacia él.

Esos mismos sacerdotes del pueblo antaño convocado tampoco reconocieron el propio Hijo de Dios, lo persiguieron continuamente y trabajaron por su destrucción terrena, por ser superior a ellos y, por lo tanto, incómodo. Si Cristo, en la actualidad, apareciese bajo nueva forma entre los seres humanos, vendría sin duda a confrontarse con la misma recusa y hostilidad como se pasó antaño. Idénticamente le pasaría a uno, su emisario. Además por la humanidad considerarse hoy “más adelantada”.

No solamente de ese caso aislado de Juan, el Bautista, pero de innumerables casos análogos, queda comprobado claramente que consagraciones eclesiástico-terrenas y investiduras en los cargos que, además, pertenecen como tales siempre solamente a las “organizaciones de las iglesias”, jamás podrán proporcionar una capacitación más amplia para actos espirituales, si la propia persona ya no sea convocada para eso.

Observado correctamente, también el bautismo de los representantes eclesiásticos nada más es, por lo tanto, de lo que un acto de admisión provisoria en la comunidad de una congregación religiosa. No una admisión junto a Dios, pero una admisión en la correspondiente comunidad eclesiástico-terrena. La confirmación y la comunión que más tarde siguen pueden ser consideradas solamente como una ratificación y una más amplia admisión en la participación de los rituales de esas comunidades. El sacerdote actúa como “siervo instituido por la iglesia”, es decir, puramente terreno, ya que Dios y iglesia no son una sola cosa.


44. El Santo Grial

Innumeras son las interpretaciones de las composiciones poéticas que existen sobre el Santo Grial. Los más serios eruditos e investigadores se han ocupado con ese misterio. Mucho de eso tiene elevado valor ético, sin embargo, todo trae en si el gran error de solamente mostrar una construcción que parte del plano terreno hacia arriba, mientras hace falta lo principal, la antorcha de luz desde arriba hacia abajo, la única que podría traer la vivificación y el aclaramiento. Todo cuanto se esfuerza desde abajo hacia arriba tiene que detenerse en el umbral de la materia, aunque le haya sido concedido lo que de más elevado pueda obtener. En la mayoría de los casos, sin embargo, aunque con condiciones preliminares favorables, mal puede ser recorrida la mitad de ese camino. ¡Cuan largo, sin embargo, todavía queda el camino hacia el verdadero reconocimiento del Santo Grial!

Esa intuición de la inaccesibilidad se torna, por fin, perceptible en los investigadores. El resultado de eso es que ahora buscan considerar el Grial como siendo una designación puramente simbólica de un concepto, a fin de así darle aquella altitud, cuya necesidad para tal designación intuyen muy correctamente. Con eso, sin embargo, en la realidad, van hacia tras, no hacia adelante. Hacia abajo, en lugar de hacia arriba. Se desvían del camino cierto ya contenido en parte en las composiciones poéticas. Solamente éstas dejan presentir la verdad. Pero también solamente presentir, porque las elevadas inspiraciones y las imágenes en sueños de los poetas han sido demasiado terrenalizadas en la transmisión, por la participación activa del intelecto. Dieron a la retransmisión de lo espiritualmente recibido el imagen de su ambiente terrenal contemporáneo, a fin de tornar el sentido de sus obras poéticas más comprensible a las criaturas humanas, lo que, pese a eso, no han conseguido, porque ellos propios no pudieron acercarse del núcleo propiamente dicho de la verdad.

Así ha sido dada, de antemano, una base incierta para las ulteriores investigaciones y búsquedas; colocado con eso un restricto limite a cada éxito. No es, por lo tanto, de sorprenderse que por último solamente se pudiera pensar en un mero simbolismo, transfiriendo la redención por el Grial para el intimo de cada ser humano.

Las interpretaciones existentes no son destituidas de grande valor ético, pero no pueden tener ninguna pretensión de constituir un aclaramiento de las obras poéticas, y mucho menos aún de acercarse de la verdad del Santo Grial.

Tampoco se entiende por Santo Grial el cáliz del cual el Hijo de Dios se sirvió en el fin de su trayectoria terrena por ocasión de la ultima cena junto a sus discípulos, y en lo cual ha sido recogida, después, su sangre en la cruz. Ese cáliz es un recuerdo sagrado de la sublime obra redentora del Hijo de Dios, pero no es el Santo Grial, para cuyo alabanza los poetas de las leyendas han sido agraciados. Esas obras poéticas han sido erradamente interpretadas por la humanidad.

¡Debían ser promesas provenientes de elevadísimas alturas, cuyas realizaciones las criaturas humanas tienen que esperar! Hubiesen sido interpretadas como tales, entonces, seguramente, ya hace mucho, otro camino hubiera sido también encontrado, que podría conducir las investigaciones aún un poco más adelante de lo que hasta ahora. Pero así tubo que presentarse, por ultimo, un punto muerto en todas las interpretaciones, porque jamás pudo ser alcanzada una solución total, sin lagunas, toda vez que el punto de partida de cada investigación se encontraba de antemano en base errada, debido a la concepción errada de hasta entonces. — —

¡Jamás un espíritu humano conseguirá, esté él también por fin en su mayor perfección e inmortalidad, poder estar delante del Santo Grial! Por tal motivo, tampoco jamás puede bajar desde allá hasta la materia, a la Tierra, una noticia satisfactoria sobre eso, que no sea a través de un mensajero que haya sido enviado desde allá. Para el espíritu humano, por lo tanto, el Santo Grial tendrá que permanecer siempre y eternamente un misterio.

Que siga el ser humano en aquello que pueda comprender espiritualmente y busque, antes de nada más, cumplir todo aquello que esté en sus fuerzas, y llevarlo hacia la más noble florescencia. Lamentablemente, sin embargo, en su anhelo siempre extiende de buen agrado la mano para mucho más allá, sin desenvolver su real capacidad, con lo que comete así una negligencia, que no lo deja alcanzar ni siquiera aquello de que seria capaz, en cuanto que lo deseado, de cualquier forma, jamás podrá alcanzar. Se priva con eso de lo que hay de más bello y más elevado en su verdadera existencia, obtiene solamente un completo faltar del cumplimiento de su finalidad existencial. — — —

El Parsival es una gran promesa. Las faltas y errores que los poetas de las leyendas añadieron, a causa de su pensar demasiado terreno, desfiguran la verdadera esencia de esa figura. Parsival es uno con el Hijo del Hombre, cuya venida el propio Hijo de Dios ha anunciado. *(Disertación Nro. 10: Hijo de Dios y Hijo del Hombre) Un Enviado de Dios, habrá él que pasar por las más difíciles penurias terrenas con una venda ante los ojos espirituales, como ser humano entre los seres humanos. Liberto de esa venda después de determinado tiempo, debe reconocer nuevamente su punto de partida y, con eso, a si propio, así como ver delante de si nítidamente también su misión. Esa misión igualmente traerá una redención de la humanidad que busca sinceramente, atada a un riguroso Juicio. Para tanto, no puede ser supuesta una persona cualquier, mucho menos aún se deba reconocer en eso la posible experiencia vivencial de muchos o incluso de todos los seres humanos; pero solamente un muy determinado, elegido, especialmente enviado traerá esa posibilidad en si.

En las leyes inamovibles de toda la voluntad divina no es posible ocurrir diferentemente, si no que cada cosa, después del recurrido del desenvolvimiento en su más alta perfección, pueda regresar nuevamente al punto de partida de su ser original, nunca, sin embargo, más allá de éste. Así también el espíritu humano. Él tiene origen como semilla espiritual en el espíritu-enteal, para donde pueda regresar, como espíritu conciente en forma enteal, después de su recurrido a través de la materialidad, habiendo alcanzado la más alta perfección y adquirido pureza viva. Su camino consigue conducirlo, en la mejor de las hipótesis, hasta la antesala del Burgo del Grial, que se halla como el más elevado en el espíritu-enteal y en él constituye el portal para los escalones del trono, en lo cual el origen de todo el ser, Dios-Padre, en su inentealidad divina, se envuelve temporalmente en el manto del divino-enteal, por lo tanto, toma forma. Ningun espíritu-enteal, por más elevado, puro y radiante que sea, consigue ultrapasar el limite del divino. El limite y la imposibilidad de ultrapasarlo reside aquí también, como en las esferas o planos de la Creación material, simplemente en la naturaleza de la cosa, en la heterogeneidad de la especie.

Como supremo y más elevado está el propio Dios en Su inentealidad divina. En la secuencia, como lo más cerca, un poco más abajo, viene el espíritu-enteal. Ambos son eternos. A éste solamente entonces se ata, bajando más y más hacia bajo, la obra de la Creación material, iniciando con la materia fina gaseosa, tornándose, en planos o esferas descendentes, cada vez más densa, hasta por fin a la materia gruesa, visible a los seres humanos. La materia fina de la Creación material es lo que los seres humanos nombran de más Allá. Por lo tanto, aquello que se encuentre más allá de su capacidad de visión terrenal y grueso-material. Ambas, sin embargo, son parte de la obra de la Creación, no siendo eternas en su forma, pero sujetas a la modificación para fines de renovación y de la reanimación.

En el punto de partida más alto del eterno espíritu-enteal se encuentra entonces el Burgo del Grial, espiritualmente visible y palpable, porque aún es de la misma especie espíritu-enteal. Ese Burgo del Grial contiene un recinto que, a su vez, se halla en el limite más extremos en dirección al divino, siendo, por lo tanto, aún más etéreo de lo que todo lo más del espíritu-enteal. En ese recinto se encuentra, como garantía de la bondad eterna de Dios_Padre y como símbolo de Su más puro amor divino, e igualmente como punto de partida directamente de la fuerza divina: ¡el Santo Grial!

Es una copa donde algo como sangre rubro burbuja y ondula ininterruptamente, sin jamás transbordar. Radiantemente envuelta por la más clara luz, solamente a los más puros de todos los espíritus-enteales es concedido poder mirar hacia esa luz. ¡Y éstos son los guardianes del Santo Grial! Cuando se dice en las obras poéticas que los más puros de los seres humanos son destinados a tornarse guardianes del Grial, ese es un punto que el poeta agraciado ha transportado demasiado para el plano terreno, porque no ha conseguido expresarse de otra manera. Ningún espíritu humano puede ingresar en ese recinto sagrado. Aunque en su mayor perfección de entealidad espiritual, después de su regreso del recurrido a través de la materialidad, aún no está suficiente eterizado para poder transponer el umbral, es decir, el limite para ese recinto. Aunque en su perfeccionamento máximo en la entealidad, es demasiado denso para tanto. Una eterización mayor para él, sin embargo, equivaldría a una completa desintegración o combustión, toda vez que su especie, ya en el origen, no es apta para tornarse aún más radiante y luminosa, es decir, aún más etérea. Ella no lo soportaría.

Los guardianes del Grial son eternos, puro-espirituales, que jamás han sido seres humanos, los ápices de todo el espíritu-enteal. Necesitan, sin embargo, de la fuerza divino-inenteal, dependen de ella como todo lo más depende del divino-inenteal, el origen de toda la fuerza, Dios-Padre.

De tiempos en tiempos, entonces, en el dia de la Paloma Sagrada, surge la Paloma sobre el cáliz, como señal renovado del inmutable amor divino del Padre. Es la hora de la unión, que trae la renovación de la fuerza. Los guardianes del Grial la reciben con humilde devoción, y pueden entonces retransmitir esa fuerza milagrosa recibida.

¡De eso depende la existencia de la Creación entera!

Es el momento en que en el Templo del Santo Grial, el amor del Criador se derrama radiantemente para un nuevo existir, para nuevo impulso criador que, bajando, se distribuye por el Universo entero en forma de pulsaciones. Un estremecer traspasa ahí todas las esferas, un temblor sagrado de alegría presentida, de inmensa felicidad. Solamente el espíritu de las criaturas humanas terrenas permanece de lado, sin intuir lo que está aconteciendo justamente a él, cuán inmensa dádiva toscamente recibe, porque su auto-restricción en el intelecto no más permite la comprensión de tal grandiosidad.

¡Es el momento del aprovisionamiento de vida para la Creación entera!

Es la continua e indispensable repetición de una confirmación del pacto, que el Criador mantiene en relación a Su obra. Se un dia tal aflujo fuese interrumpido, estuviese suspenso, todo cuanto existe tendría que secar poco a poco, envejecer y decomponerse. ¡Resultaría entonces el fin de todos los días y solamente restaría el propio Dios, como era en el principio! Porque únicamente Él es la vida.

Ese fenómeno está transmitido en la leyenda. Es incluso hecha alusión, como todo tiene que envejecer y perecer, si el dia de la Paloma Sagrada, es decir, el “desvelar” del Grial, no vuelva, en el envejecimiento de los caballeros del Grial, durante el tiempo en que Amfortas no más desvela el Grial, hasta la hora en que Parsival surge como Rey del Grial.

¡El ser humano debería alejarse de la idea de considerar el Santo Grial solamente como algo inconcebible; pues existe realmente! Sin embargo, es negado al espíritu humano, por su naturaleza, poder contemplarlo una vez siquiera. Pero las bendiciones, que desde él fluyen y que pueden ser retransmitidas por los guardianes del Grial y que también son retransmitidas, ésas los espíritus humanos las pueden recibir y usufructuar. En ese sentido, algunas interpretaciones no pueden ser tomadas en cuenta de totalmente erradas, bajo la condición que no intenten incluir en sus explicaciones el propio Santo Grial. Son ciertas y, sin embargo, tampoco lo son.

El aparecimiento de la Paloma en el dia determinado de la Paloma Sagrada indica la misión periódica del Espíritu Santo; pues esa Paloma se halla en intima relación con él. Pero es algo que el espíritu humano solamente es capaz de comprender por imágenes, porque conforme la naturaleza de la cosa, aunque tenga lo más alto desenvolvimiento, en la realidad solamente puede pensar, saber e intuir hasta allá de donde él propio vino, es decir, hasta aquella especie que es una con su más pura condición de origen. Éste es el eterno puro espíritu-enteal. Ese limite él jamás podrá ultrapasar, ni siquiera en el pensar. Algo diferente tampoco nunca podrá comprender. Eso es tan evidente, lógico y sencillo, que toda persona puede acompañar ese curso de pensamientos.

¡Lo que, sin embargo, exista encima de eso, será y deberá ser y permanecer, por esa razón, siempre un misterio para la humanidad!

Cada ser humano vive por eso en una ilusión errada, se imagina tener Dios en si, o ser él propio divino, o poder tornarse divino. Tiene en si puro-espiritual, pero no divinal. Y hay en eso una diferencia intransponible. Él es una criatura, y no una parte del Criador, conforme tantos buscan persuadirse. El ser humano es y sigue sendo una obra, jamás podrá tornarse mestre.

Por consiguiente, también es errado cuando se declara que el espíritu humano viene del propio Dios-Padre y a Él regresa. El origen del ser humano es el espíritu-enteal, no el divino-inenteal. Solamente podrá, por lo tanto, en el caso de alcanzar la perfección, regresar al espíritu-enteal. Correctamente hablando, el espíritu humano se origina del Reino de Dios y por eso también, cuando haya se tornado perfecto, podrá regresar nuevamente para el Reino de Dios, no, sin embargo, para Él propio. El Reino de Dios es el puro espíritu-enteal.

El Hijo de Dios se ha tornado el mediador entre el divino-inenteal y el puro espíritu-enteal. Él parte del divino-inenteal hacia el espíritu-enteal, como él antaño también vino para la materia. La venida del Hijo del Hombre trae la conclusión de la elevada misión divina del Hijo de Dios. Después del cumplimiento, el Hijo de Dios volverá nuevamente para el divino-inenteal, en cuanto que el Hijo del Hombre asume en su lugar la función del mediador, tornándose así el guía de los guardianes del Santo Grial, el Rey del Grial, que vela el cáliz sagrado.

El Hijo del Hombre se tornará para el espíritu humano entonces el A y el O, porque él dará el inicio y el fin para la capacidad de comprensión del espíritu humano; pues él consigue atravesar el limite para el divino-inenteal y, de esa forma, comprender todo con la vista.


45. El misterio Lucifer

Un velo grisáceo paira sobre todo lo que se relaciona con Lucifer. Es como si todo tuviese miedo de erguir la punta de ese velo. El retroceder asustado es en la realidad solamente la incapacidad de penetrar en el reino de las tinieblas. La incapacidad yace, a su vez, en la naturaleza de la cosa, porque también en ese caso el espíritu humano no consigue penetrar tan lejos, por serle puesta una limitación, debido a su constitución. Igual como no consigue ir hasta la altura máxima, de la misma forma tampoco puede penetrar hasta la profundidad más baja, además, jamás lo conseguirá.

Así, la fantasía ha criado substitutivos para lo que hacía falta, es decir, seres de varias formas. Se habla del diablo bajo las más extravagantes formas, del arcángel decaído y expulsado, de la corporificación del malo principio, *(Conducta, ley básica) y lo que aún más exista. De la verdadera naturaleza de Lucifer nada se comprende, a pesar de el espíritu humano ser alcanzado por él y, por lo tanto, muchas veces lanzado en el medio de una enorme discordia, que puede ser denominada de lucha.

Aquellos que hablan de un arcángel decaído, y también los que se refieren a la corporificación del malo principio son los que más se acercan del hecho. Solamente que también aquí hay una concepción errónea que confiere a todo una imagen errada. Una corporificación del malo principio lleva a pensar en el punto culminante, en la meta final, la encarnación viva de todo el mal, por lo tanto, la coronación, el final absoluto. Lucifer, sin embargo, al contrario, constituye el origen del principio errado, el punto de partida y la fuerza propulsora. Aquello que él provoca, tampoco se debería denominar de malo principio, pero sí de principio errado. Errado, entendido como el concepto de incorrecto, y no de injusto. El ámbito de acción de ese principio erróneo es la Creación material. Únicamente en la materialidad es que se encuentran los efectos de lo que es luminoso y los efectos de lo que es de las tinieblas, es decir, los dos principios opuestos, y en ella actúan constantemente sobre el alma humana, mientras ésta recorre la materialidad para su desenvolvimiento. Ahora bien, a cual principio el alma humana más se entrega, según su propio deseo, es decisivo para su ascensión hacia la Luz o bajada hacia las tinieblas.

Enorme es el abismo que existe entre la Luz y las tinieblas. Él es rellenado por la obra de la Creación de la materialidad, que se encuentra sujeta a la transitoriedad de las formas, es decir, a la descomposición de las respectivas formas existentes y a un nuevo formar.

Visto que un circuito, en acuerdo con las leyes que la voluntad de Dios-Padre coloca en la Creación, solamente puede ser considerado concluido y cumplido cuando su final vuelva al origen, así también el curso de un espíritu humano solamente puede ser tomado como cumplido cuando regresa al espíritu-enteal, que se encuentra más cerca de la Luz primordial, porque su semilla ha salido de ese espíritu-enteal. Dejándose desviar en dirección a las tinieblas, él resultará en el peligro de ser arrastrado hacia allá del circulo más externo de su curso normal, hacia las profundidades, de donde entonces no más podrá reencontrar la escalada. Él, sin embargo, tampoco consigue, a partir de las tinieblas fino-materiales más densas y profundas, ir aún más fundo, allá del limite extremo de las mismas, hacia afuera de la materialidad, como podría hacerlo hacia arriba, en dirección al reino espíritu-enteal, por ser éste su punto de partida, y, por ese motivo, será continuamente arrastrado junto en el poderoso circular de la Creación material, hasta, por ultimo, hacia la descomposición, porque su oscura vestimenta de materia fina, por lo tanto, densa y pesada, denominada también cuerpo del más Allá, lo retiene. La descomposición deshace entonces su personalidad espiritual como tal, adquirida durante la peregrinación por la Creación, de modo que sufre la muerte espiritual y será pulverizado a la semilla espiritual original.

El propio Lucifer se encuentra afuera de la Creación material, por lo tanto, no será arrastrado juntamente hacia la descomposición, como se da con las victimas de su principio; pues Lucifer es eterno. Se origina de una parte del divino-enteal. La discordia empezó después del comienzo de la formación de todo lo que es materia. Enviado para amparar el espíritu-enteal en la materia y favorecerlo en el desenvolvimiento, no cumplió esa su incumbencia en el sentido de la voluntad criadora de Dios-Padre, al contrario, eligió otros caminos de los que le fueran indicados por esa voluntad criadora, debido a un querer saber mejor, que le vino durante su actuación en la materialidad.

Haciendo malo uso de la fuerza que le fue concedida, ha introducido el principio de las tentaciones, en el lugar del principio del auxilio amparador, que equivale al amor servidero. Amor servidero en la acepción divina, que nada tiene en común con el servir esclavo, pero solamente visa la ascensión espiritual y con eso la felicidad eterna del próximo, actuando como corresponda.

El principio de la tentación, sin embargo, equivale a la colocación de trampas, en las cuales las criaturas humanas no suficiente firmes pronto tropiezan, caen y se pierden, mientras otras, al contrario, se fortalecen con eso en vigilancia y vigor, para entonces florecer poderosamente en dirección a las alturas espirituales. Todo lo que es débil, sin embargo, es de antemano entregue irremediablemente a la destrucción. El principio no conoce ni bondad, ni misericordia; le hace falta el amor de Dios-Padre, con eso, sin embargo, también la más poderosa fuerza propulsora y el más fuerte apoyo que existe.

La tentación en el Paraíso, narrada en la Biblia, muestra el efecto de la introducción del principio de Lucifer, al describir figuradamente como éste, ante tentación, busca probar la fuerza y la perseverancia de la pareja humana, a fin de, ante la menor vacilación, pronto lanzarla sin piedad en el camino de la destrucción.

La perseverancia hubiera sido equivalente a un someterse jubilosamente a la voluntad divina, que se encuentra en las leyes sencillas de la naturaleza o de la Creación. Y esa voluntad, el mandamiento divino, era de pleno conocimiento de la pareja humana. No vacilar sería al mismo tiempo un reconocimiento y un cumplimento de esas leyes, con lo que el ser humano puede beneficiarse de ellas, de modo cierto e irrestricto, y así tornarse el verdadero “señor de la Creación”, porque “sigue con ellas”. Entonces todas las fuerzas se encontrarán a su servicio, si no se oponga, y trabajarán naturalmente a su favor. Ahí consiste, entonces, el cumplimiento de los mandamientos del Criador, que nada más visan de lo que la manutención y el cultivo puro y libre de todas las posibilidades de desenvolvimiento que residen en Su obra maravillosa. Esa simple observancia es, alcanzando más lejos, a su vez, un conciente co-actuar en el sano desenvolvimiento ulterior de la Creación o del mundo material.

Quién no hace eso es un estorbo que, o tiene que dejarse lapidar para alcanzar la forma correcta, o será aplastado por las engranajes del mecanismo universal, es decir, por las leyes de la Creación. Quien no quiera curvarse tendrá que quebrar, porque no puede haber paralización.

Lucifer no quiere aguardar con bondad la madurez y el fortalecimiento graduales, no quiere ser, como debería, un jardinero amoroso que apara, protege y cuida de las plantas a él confiadas, al contrario, con él, literalmente, “el chivo se ha tornado jardinero”. Visa la destrucción de todo cuanto es débil y, en ese sentido, trabaja sin piedad.

En la verdad, él desprecia las victimas que se rinden a sus tentaciones y trampas, y quiere que perezcan en su debilidad.

Él también tiene asco de la bajeza y de la vileza que éstas victimas decaídas ponen en los efectos de su principio; pues solamente los seres humanos los transforman en la depravación repugnante en que se presentan, instigando Lucifer con eso más aún a ver en ellos criaturas que únicamente merecen destrucción, no amor y amparo.

Y para la realización de esa destrucción contribuye, no poco, el principio del vivir hasta agotarse, que se asocia al principio de la tentación, como consecuencia natural. El vivir hasta agotarse se procesa en las regiones inferiores de las tinieblas y ya es empleado terrenamente en la nombrada psicoanálisis *(Investigación del alma) por diversos practicantes, en la suposición de que también en la Tierra el vivir hasta agotarse madura y liberta.

¡Sin embargo, qué terrible miseria no debe resultar la practica de ese principio en la Tierra! Que desgracia debe causar, toda vez que en la Tierra, al contrario de las regiones de las tinieblas, donde solamente se junta aquello que es de igual especie, aún vive junto y lado a lado lo que es más oscuro como lo que es más luminoso. Basta que se piense solamente en la vida sexual y cosas análogas. Si un tal principio, en su practica, esté suelto sobre la humanidad, debe haber por fin solamente una Sodoma y Gomorra, de la cual no hay escapatoria, pero donde solamente el pavor de la peor especie puede traer un fin.

Pero, sin tomarlo en consideración, ya son vistas hoy innumeras victimas de doctrinas análogas, vagando por ahí inseguras, cuya diminuta autoconciencia, además, todo el pensar personal, terminó siendo deshojado totalmente y aniquilado allá, donde ellas, llenas de confianza, esperaban ayuda. Se encuentran ahí como personas, de cuyos cuerpos fueran arrancadas sistemáticamente todas las ropas, para que sean obligadas entonces a vestirse con nuevas ropas a ellas ofrecidas. Las así desnudas, sin embargo, en la mayoría de los casos, lamentablemente, no más pueden comprender porque todavía deben vertirse con nuevos trajes. Por la sistemática intromisión en sus asuntos y derechos, los más personales, han perdido con el tiempo también la intuición del pudor, conservador de la autoconciencia personal, sin lo cual no puede existir nada de personal y lo cual constituye propiamente una parte de lo que es personal.

En terreno así revuelto, pues, no se puede erigir ninguna nueva y firme construcción. Esas personas, con raras excepciones, permanecen dependientes, llegando incluso al desamparo temporario, visto que también les fue tomado lo poco apoyo que antes aún tenían.

Ambos los principios, lo de vivir hasta agotarse y lo de la tentación, están tan estrechamente atados uno al otro, que la tentación debe preceder incondicionalmente el vivir hasta agotarse. Es, por lo tanto, el efectivo cumplimiento y la diseminación del principio de Lucifer.

Para el verdadero medico de alma no hay necesidad de destruir. Éste cura primero y, entonces, continua edificando. ¡El verdadero principio proporciona una modificación de deseos errados a través de reconocimiento espiritual!

La practica de ese principio destituido de amor, sin embargo, tenia que, evidentemente, separar Lucifer, por la naturaleza de la cosa, cada vez más de la voluntad llena de amor del Criador omnipotente, lo que resulto la propia separación o expulsión de la Luz y, con eso, la caída cada vez más profunda de Lucifer. Lucifer es uno “que se ha separado por si propio de la Luz”, que equivale a un expulsado.

La expulsión tenia que procesarse también de acuerdo con las leyes primordiales vigentes, la inamovible sagrada voluntad de Dios-Padre, porque un otro fenómeno no es posible.

Como, sin embargo, únicamente la voluntad de Dios-Padre, del Criador de todas las cosas, es omnipotente, la cual también está firmemente arraigada en la Creación material y en su desenvolvimiento, Lucifer consigue, sí, introducir su principio en la materialidad, pero sus efectos podrán siempre moverse solamente dentro de las leyes primordiales instituidas por Dios-Padre y tendrán que formarse en la dirección de ellas.

Así Lucifer incluso puede, con el proseguimiento de su principio erróneo, dar un impulso a caminos peligrosos para la humanidad, sin embargo, no consigue forzar los seres humanos para cualquier cosa, en cuanto éstos voluntariamente no se decidan a eso.

De hecho, Lucifer solamente puede intentar. La criatura humana, como tal, se encuentra, sin embargo, más firme de lo que él en la Creación material y, por consiguiente, mucho más segura y más vigorosa, de lo que la influencia de Lucifer jamás podrá alcanzarla. Así, cada persona se halla de tal modo protegida, que es para ella una vergüenza diez veces mayor cuando se permite atraerse por una fuerza comparativamente más débil de lo que la de la suya. Debe considerar que el propio Lucifer se encuentra afuera de la materialidad, mientras ella se encuentre enraizada con los pies firmes en un terreno y en un suelo que le es totalmente familiar. Lucifer se ve obligado, para aplicar su principio, a servirse de sus tropas auxiliares, constituidas de espíritus humanos decaídos por las tentaciones.

A éstos, sin embargo, a su vez, cada espíritu humano que se esfuerza hacia el alto, no solamente está plenamente igualado, sino las supera ampliamente en fuerza. Un único y sincero acto de voluntad es suficiente para hacer desaparecer un ejercito de ellos, sin dejar vestigio. Entendido que éstos, con sus tentaciones, no encuentren ningún eco o resonancia donde puedan agarrarse.

Además, Lucifer seria impotente, si la humanidad se esforzase por reconocer y seguir las leyes primordiales introducidas por el Criador. Lamentablemente, sin embargo, las criaturas humanas cada vez más apoyan su principio ante su actual manera de ser y por lo tanto también tendrán que sucumbir en la mayor parte.

Imposible es que alguno espíritu humano pueda trabar una lucha con el propio Lucifer, por la simple razón de no poder llegar hasta él, debido a constitución diferente. El espíritu humano solamente puede entrar en contacto con los que sucumbieron al principio errado, que en el fondo tienen la misma especie que él.

El origen de Lucifer condiciona que solamente puede acercarse de él y enfrentarlo personalmente quien tenga origen idéntica; pues solamente éste es capaz de llegar hasta él. Tendrá que ser un emisario de Dios, venido y relleno del divino-inenteal, proveido de la sacrosanta seriedad de su misión y confiando en el origen de todas las fuerzas, en el propio Dios-Padre.

Esa misión está reservada al anunciado Hijo del Hombre.

La lucha es personal, frente a frente, y no solamente simbólica de modo general, conforme muchos investigadores quieren deducir de profecías. Es la realización de la promesa en Parsival. Lucifer empleo mal la “Lanza sagrada”, el poder, y , a través de su principio, ha abierto una herida dolorosa en el espíritu-enteal y, con eso, en la humanidad, como chispa y extremidad de éste. Pero en esa lucha ella le será tomada. Después, ya en la “mano cierta”, es decir, en la realización del legitimo principio del Grial del amor puro y severo, curará la herida que ha abierto antes por la mano impropia, es decir, por la utilización errada.

¡A causa del principio de Lucifer, es decir, a causa de la utilización errada del poder divino, equivalente a la “Lanza sagrada” en mano impropia, es conferida una herida en el espíritu-enteal, que no puede cerrarse! Es reproducido figuradamente con ese pensamiento de modo acertado en la leyenda; pues ese fenómeno se asemeja realmente a una herida abierta que no se cierra.

Reflexiona que los espíritus humanos, como semillas espirituales inconcientes o chispas, fluyen o saltan de la extremidad más baja del espíritu-enteal hacia la Creación de la materialidad, en la esperanza de que esas partículas emanadas, después de su recurrido a través de la materialidad, despiertas y desenvueltas para la conciencia personal, vuelvan nuevamente, en la conclusión del ciclo, hacia el espíritu-enteal. ¡Semejante a la circulación de la sangre en el cuerpo de materia gruesa! Sin embargo, el principio de Lucifer desvía una gran parte de esa corriente circulatoria espiritual, con lo que mucho del espíritu-enteal se pierde. Por ese motivo el necesario ciclo no puede ser cerrado y efectuase como el constante sangrar debilitador de una herida abierta.

Sin embargo, si pasar ahora la “Lanza sagrada”, es decir, el poder divino, para la mano cierta, que se encuentra en la voluntad del Criador, indicando el camino cierto al espíritu-enteal que recorre la materialidad como un factor vivificante, camino éste que lo conduce hacia arriba, a su punto de partida, al luminoso Reino de Dios-Padre, entonces él no más se perderá, pero fluye de vuelta a su origen, como la sangre al corazón, con lo que será cerrada la herida que hasta ahora vertía debilitadoramente en el espíritu-enteal. La cura, pues, solamente puede ocurrir por intermedio de la misma Lanza que ha causado la herida.

¡Para tanto, sin embargo, antes, la Lanza tiene que ser arrancada de Lucifer, pasando para la mano cierta, lo que se realiza en la lucha personal del Hijo del Hombre con Lucifer!

Las luchas siguientes, que se traban aún en la materia fina y en la materia gruesa, son solamente repercusiones de esa grande lucha, que debe traer el prometido encadenamiento de Lucifer, que anuncia el comienzo del Reino del Milenio. Significan la extirpación de las consecuencias del principio de Lucifer.

Éste se opone al actuar del amor divino, cuyas bendiciones son concedidas a las criaturas humanas en su recorrido por la materialidad. Si, por lo tanto, la humanidad se esfuerce simplemente en el sentido de ese amor divino, estaría pronto protegida completamente contra cualquiera tentación de Lucifer, y éste sería despojado de todos los horrores que el espíritu humano teje en su alrededor.

También resultan de la fantasía variada del cerebro humano esas formas horrendas y feas que erróneamente se busca atribuir a Lucifer. En la realidad, tampoco ningún ojo de criatura humana ha alcanzado verlo todavía, por el simple motivo de la diferente naturaleza de especie, ni siquiera el ojo espiritual que, muchas veces ya durante la vida terrena, es capaz de reconocer la materia fina del más Allá.

Al contrario de todas las concepciones, Lucifer puede ser llamado de altivo y bello, de una belleza sobrenatural, de majestad sombría, con ojos claros, grandes, azules, pero que dan testigo de la gélida expresión de la falta de amor. Él no es solamente un concepto, como generalmente se intenta presentarlo después de otras frustradas interpretaciones, sino que es personal.

La humanidad debe aprender a comprender que también para ella son trazados limites, debido a su propia especie, los cuales jamás podrá transponer, evidentemente ni siquiera en el pensar y que, además de esos limites, mensajes solamente podrán advenir por el camino de la gracia. Todavía, no a través de médiums, que tampoco pueden alterar su especie a través de condiciones extraterrenas, tampoco a través de la ciencia. Justamente ésta tiene, sí, a través de la química, la oportunidad de verificar que la heterogeneidad de las especies puede establecer barreras intransponibles. Esas leyes, sin embargo, parten del origen y no son encontradas solamente en la obra de la Creación.


46. Las regiones de las tinieblas y la condenación

Cuando se ven cuadros que deban reproducir la vida en el así nombrado infierno, se pasa adelante dando de hombros con una sonrisa un tanto irónica, con un tanto de compasión, y con el pensamiento de que sólo una fantasía insana o una creencia ciega fanática podría concebir escenas de tal genero. Raramente habrá alguien que busque en eso siquiera el menor grano de verdad. Y, sin embargo, tampoco la fantasía más lúgubre consigue esbozar de forma aproximada un cuadro que, de acuerdo con la expresión, se acerque de los tormentos de la vida en las regiones de tiniebla. ¡Pobres ciegos los que suponen poder pasar por encima de eso irresponsablemente, con un dar de hombros escarnecedor! El momento vendrá en que la irresponsabilidad se vengará amargamente con el surgimiento estremecedor de la Verdad. Entonces no servirá cualquier resistencia, ningún alejamiento, serán arrastrados hacia dentro del remolino que los espera, si no se deshacen a tiempo de esa convicción de una ignorancia, que siempre caracteriza solamente el vacío y la estrechez de un tal ser humano.

Apenas se dio el despliegue del cuerpo de materia fina del cuerpo de materia gruesa, *(Disertación Nro. 40: La muerte) ellos ya encuentran entonces la primera grande sorpresa en la vivencia de que la existencia y la vida concientes con eso aún no están terminadas. ¡La primera consecuencia es la perplejidad, a la cual se sigue un temor inconcebible, que se transforma muchas veces en resignación tosca o en lo más angustiante desespero! Es inútil oponerse entonces, inútil todo el lamentar, inútil, sin embargo, también el pedir; pues habrán que cosechar lo que sembraron en la vida terrena.

Si han burlado de la Palabra, que les ha sido traída de Dios, que indica para la vida después de la muerte terrena y para la responsabilidad a eso atada de cada pensar y actuar profundo, entonces lo mínimo que los espera es aquello que querían: ¡profunda oscuridad! Sus ojos, oídos y bocas de materia fina se hallan cerrados por la propia voluntad. Están sordos, ciegos y mudos en su nuevo ambiente. Eso es lo que de más favorable les puede suceder. Un guía o auxiliador desde más Allá a ellos no se les puede tornar comprensible, porque ellos propios se mantienen cerrados a eso. Una triste situación, a la cual solamente el lento madurar interior de la respectiva persona, lo que se da por el desespero creciente, puede traer una gradual modificación. Con el creciente anhelo por la Luz que, cual grito incesante por socorro, sube de tales almas oprimidas y martirizadas, finalmente, poco a poco, se tornará más claro a su alrededor, hasta aprender a ver también otras que, igual que ella, necesitan de auxilio. Teniendo ella, ahora, la intención de auxiliar aquellos que esperan en la oscuridad aún más profunda, para que también se pueda tornar más claro su ambiente, entonces ella se robustece cada vez más en el desempeño de ese intento de auxiliar, a través del indispensable esfuerzo para tanto, hasta que alguno otro, ya más adelantado, pueda llegar hasta ella a fin de también ayudarla rumbo a las regiones más luminosas.

Así se hallan agachados, desconsolados, toda vez que, debido a el no querer, sus cuerpos de materia fina también están demasiado débiles para caminar. Permanece por eso un penoso, inseguro rastrear en el suelo, caso llegue una vez a algun movimiento. Otros, a su vez, caminan palpando en esa oscuridad, tropiezan, caen, se levantan siempre de nuevo, para pronto chocar aquí y allá, con lo que no tardan heridas doloridas; pues, visto que un alma humana, siempre solamente debido a la especie de su propia oscuridad, la cual camina de manos dadas con la mayor o menor densidad, y la cual, a su vez, resulta un peso correspondiente, ahonda hacia aquella región que le corresponda exactamente su peso fino-material, por lo tanto, de idéntica especie de materia fina, así su nuevo ambiente se le torna para ella del mismo modo palpable, sensible y impenetrable, como ocurre con un cuerpo grueso-material en ambiente de materia gruesa. Por lo tanto, cada golpe, cada caída o cada herida lo siente allá de forma tan dolorosa como su cuerpo de materia gruesa ha sentido durante la existencia terrena, en la Tierra de materia gruesa.

Así es en cada región, sea cual sea la profundidad o altura a la que pertenezca. Idéntica materialidad, idéntica sensibilidad, idéntica impenetrabilidad recíproca. Sin embargo, cada región más elevada o cada especie diferente de materia puede atravesar sin impedimento las especies de materias más bajas y más densas, así como todo lo que es de materia fina atraviesa la materia gruesa, que es de otra especie.

Diferentemente, sin embargo, es con aquellas almas que, a pesar de todo lo demás, tienen que redimir alguna injusticia cometida. El hecho en si es algo a parte. Puede ser redimido en el momento en que el autor consigue pleno y sincero perdón de la parte alcanzada. Pero aquello que más pesadamente ata un alma humana es el impulso o el péndulo, que forma la fuerza motora para una o más acciones. Ese péndulo perdura en el alma humana, incluso después del traspase, después de la desconexión del cuerpo de materia gruesa. Llegará incluso a evidenciarse aún más fuerte en el cuerpo de materia fina, apenas cuando anulada la limitación de todo cuanto sea de materia gruesa, visto que, entonces, las intuiciones actúan mucho más vivas y más libres. Es un tal péndulo también, a su vez, que se torna decisivo para la densidad, es decir, el peso del cuerpo de materia fina. Consecuencia de eso es que el cuerpo de materia fina, después de liberto del cuerpo de materia gruesa, ahonda inmediatamente hacia aquella región que corresponda exactamente a su peso y, por consiguiente, a la idéntica densidad. Por esa razón, encontrará ahí también todos aquellos que se entregan al mismo péndulo. Por las irradiaciones de estos, el suyo aún será nutrido, aumentado, y entonces él se entregará desenfrenadamente a la practica de ese péndulo. De la misma forma, evidentemente, también los demás, que allí se encuentran junto con él. Que semejantes excesos desenfrenados deban constituir un suplicio para los que están en contacto con él, no es difícil comprender. Como eso, sin embargo, en tales regiones siempre es recíproco, cada cual habrá que sufrir amargamente con los otros todo aquello que, a su vez, busca causar constantemente a los demás. Así, la vida allí se le torna un infierno, hasta que una tal alma humana, poco a poco, llegue a fatigarse, sintiendo asco de eso. Entonces, finalmente, después de longa duración, despertará gradualmente el anhelo de salir de semejante especie. El anhelo y el asco constituyen el comienzo de una mejora. Se intensificarán, hasta tornarse un grito de socorro, y, por fin, una oración. Solamente entonces es que le puede ser extendida la mano para la escalada, lo que muchas veces tarda décadas y siglos, a veces también más tiempo aún. El péndulo en un alma humana es, por lo tanto, aquello que ata de modo más fuerte.

¡Desde ahí se depriende que un acto irreflexionado puede ser redimido mucho más fácilmente y mucho más deprisa, de lo que un péndulo que se encuentra en una persona, no importando si éste tenga o no se transformado en acción!

Una persona que lleva en si un péndulo poco limpio, sin nunca dejar que éste se torne acción, porque las condiciones terrenas le son favorables, habrá por eso que expiar más pesadamente de lo que una persona que ha cometido una o más faltas irreflexionadamente, sin haber tenido ahí una mala intención. El acto irreflexionado puede ser perdonado inmediatamente a esta última, sin desenvolver un karma malo, el péndulo, sin embargo, solamente cuando haya sido completamente extinto en la criatura humana. Y de éstos existen muchas especies. Sea, pues, la codicia y la avaricia de ella pariente, sea el sensualismo inmundo, el impulso para el robo o asesinato, para atizar fuego o también solamente para el logro y para descuidos irresponsables, no importa, un tal péndulo siempre hará con que la respectiva persona ahonde o sea atraída hacia allá donde se encuentran sus iguales. No saca nada con reproducir cuadros vivos de esto. Son frecuentemente de tamaño horror, que a un espíritu humano aún aquí en la Tierra le costará creer en tales realidades, sin verlas. Y aún así juzgaría tratarse solamente de configuraciones de fantasías provocadas por una fiebre altísima. Debe bastarle, por consiguiente, que sienta recelo moral de todo eso, recelo que le liberta de los vínculos de todo cuanto es bajo, para que más ningún impedimento se encuentre en el camino de ascensión hacia la Luz.

Así son las regiones sombrías, como efectos del principio que Lucifer busca introducir. El eterno circular de la Creación prosigue y llega al punto en que empieza la descomposición, en que todo lo que es materia pierde la forma, a fin de desintegrarse en semilla primordial y, con eso, en el desenrollar progresivo, traer nueva mistura, nuevas formas con energía renovada y suelo virgen. Lo que hasta entonces no ha podido desconectarse de las materias gruesas y finas, para, al transponer el limite más elevado, más fino y más ligero, dejando hacia tras todo cuanto es material, penetrar en el espíritu-enteal, será impreteriblemente arrastrado junto hacia la descomposición, con lo que también su forma y lo que es personal en él será destruido. ¡Solamente ésta es entonces la condenación eterna, el extinguir de todo lo cuanto es personal conciente!


47. Las regiones de la Luz y el Paraíso

¡Luz irradiante! ¡Limpidez ofuscadora! ¡Bien-aventurada ligereza! Todo eso ya dice tanto por sí sólo, que es cuasi desnecesario aún mencionar detalles. Cuanto menos el cuerpo de materia fina, es decir, el manto del espíritu humano en el más Allá, se halla cargado con cualquier péndulo para cosas inferiores, con cualquiera codicia para cosas de materia gruesa y placeres, tanto menos se sentirá atraído a eso, tanto menos denso y así también tanto menos pesado será su cuerpo de materia fina, lo cual se forma de acuerdo con su voluntad, y tanto más deprisa será elevado, debido a su ligereza, hacia las regiones más luminosas, que corresponden a la menor densidad de su cuerpo de materia fina.

Cuanto menos denso, por lo tanto, menos concentrado y más fino tornarse ese cuerpo de materia fina, debido a su estado interior purificado de deseos inferiores, tanto más claro y más luminoso también deberá parecer, porque entonces el núcleo del espíritu-enteal en el alma humana, por su naturaleza ya irradiante, translucirá cada vez más desde adentro hacia afuera el cuerpo de materia fina que se torna menos denso, en cuanto que en las regiones inferiores ese núcleo irradiante acaba quedando encubierto y oscurecido por la mayor densidad y peso del cuerpo de materia fina.

También en las regiones de la Luz cada alma humana encontrará la igual especie, es decir, de ideas análogas, de acuerdo con la constitución de su cuerpo de materia fina. Una vez que solamente lo realmente noble, lo que quiere el bien, es capaz de esforzarse hacia arriba, libre de codicias inferiores, así él encontrará, como siendo su igual especie, también solamente lo que es noble. Es, también, fácil de comprender que el habitante de una tal región no tenga que sufrir ningún tormento, pero usufructúa solamente la bendición de la misma especie noble que él irradia, sintiéndose bien-aventurado con eso y, a su turno, él propio también despierte alegría en los demás con su propia actuación, compartiéndola. Puede decir que camina en los paramos de los bien-aventurados, es decir, de los que se sienten bien-aventurados. Estimulado con eso, su alegría por lo que es puro y elevado se tornará cada vez más intensa y lo elevará cada vez más alto. Su cuerpo de materia fina se tornará, prepasado por ese intuir, cada vez más fino y menos denso, de modo que el fulgor del núcleo espíritu-enteal irrumpe de forma cada vez más irradiante y, por fin, también las ultimas partículas de ese cuerpo de materia fina se deshacen como que consumidas por las llamas, con lo que entonces el espíritu humano así perfecto y conciente, tornado personal, puede transponer, en su especie totalmente puro espíritu-enteal, los limites hacia el espíritu-enteal. Solamente con eso él entra en el reino eterno de Dios-Padre, en el Paraíso eterno.

Así como un pintor, en un cuadro, no podría reproducir los tormentos de la vida real en las regiones de las tinieblas, tampoco él consigue describir el encantamiento que reside en la vida de las regiones de la Luz, también cuando esas regiones aún pertenecen a la transitoria materia fina y el limite para el reino eterno de Dios-Padre todavía no ha sido transpuesto.

Cada descripción y cada intento de reproducir la vida en imágenes significaría infaliblemente una disminución, que hubiera que traer al alma humana, por lo tanto, solamente daño en lugar de provecho.


48. Fenómenos universales

No hay peligro mayor para una cosa de lo que dejar una laguna, cuya necesidad de relleno es intuida muchas veces. De nada sirve, entonces, querer pasar por sobre eso; porque una tal laguna impide cada progreso y, apenas cuando por sobre ella sea erigida una construcción, dejará derruirla algun dia, aunque sea ejecutada con la mayor habilidad y con material realmente bueno.

Así se presentan hoy las diversas comunidades religiosas cristianas. Con tenaz energía cierran los ojos y oídos ante muchos trechos de sus doctrinas que dejan percibir una falta de lógica. Con palabras huecas buscan pasar por sobre eso, en lugar de realmente hacer una vez una seria reflexión en su interior. Lo intuyen el peligro de que los puentes, transitoriamente extendidos sobre tales abismos, debido a una doctrina de fe ciega, podrán un dia no ser más suficientes, y temen el momento que debe dejar reconocer, por elucidación, esa construcción frágil. Saben también que entonces nadie más será inducido a tomar un camino tan engañoso, con lo que, evidentemente, la sólida construcción progresiva y el camino, que entonces siguen nuevamente, deberán igual quedar vacíos. De la misma forma, es de su conocimiento, que una única ráfaga de verdad refrescante debe alejar tales configuraciones artificiales. Sin embargo, en la falta de algo mejor, buscan, a pesar de todos los peligros, asegurar la tabla oscilante. Antes, están incluso decididos a defenderla por todos los medios y a destruir quien osar traer, por la propia Verdad, un pasaje más sólido. Sin hesitar intentarían repetir el mismo acontecimiento, que se desenrolló hace cuasi dos mil años en esta Tierra, que aún lanza su sombra hasta los días de hoy, y lo cual, sin embargo, ellos mismos, como grande acusación contra la ceguera y la porfía perniciosa de los seres humanos, han transformado en el foco principal de sus doctrinas y de su creencia. Fueron los representantes de religiones y los eruditos de aquellos tiempos que, en su estrechez dogmática y en su presunción que demuestra debilidad, no pudieron reconocer la Verdad ni el Hijo de Dios, también se cerraron ante eso y odiaron y persiguieron a él y a sus adeptos por miedo y envidia, mientras que otras personas se abrieron con más facilidad al reconocimiento e intuían más deprisa la Verdad de la Palabra. A pesar de los actuales representantes de las comunidades religiosas cristianas acentuar especialmente el camino de sufrimiento del Hijo de Dios, ellos propios nada aprendieron con ese hecho y no sacaron provecho de eso. Justamente los actuales dirigentes de esas comunidades fundamentadas en las enseñanzas de Cristo, así como los de los movimientos más recientes, también hoy intentarían nuevamente neutralizar cada uno que a través de la propia Verdad pudiese poner en peligro los pasajes oscilantes extendidos sobre lagunas o abismos peligrosos en sus enseñanzas e interpretaciones. Lo perseguirían con su odio nacido del miedo y mucho más aún oriundo de la vanidad, tal cual ya ocurrió una vez.

Les faltaría la grandeza de aceptar que su saber no sería suficiente para reconocer la propia Verdad y llenar las lagunas, a fin de, con eso, allanar el camino a los seres humanos, para más fácil comprensión y pleno entendimiento.

¡Y, sin embargo, para la humanidad sólo es posible una ascensión a través de la comprensión plena, jamás por la creencia ciega e ignorante!

Una tal laguna debido a la transmisión errada es el concepto relativo al “Hijo del Hombre”. Se agarran enfermizamente a eso, semejante a los fariseos que no quisieron abrirse a la Verdad a través del Hijo de Dios, colocada adelante de sus tradicionales y rígidas doctrinas. Cristo se ha referido a si solamente como el Hijo de Dios. La falta de lógica, de denominarse al mismo tiempo de Hijo del Hombre, estaba lejos de él. Aunque, debido a las propias dudas, haya se intentado, con la mayor destreza y habilidad en todas las direcciones, aclarar esa contradicción patente entre Hijo de Dios y Hijo del Hombre, intuida por toda persona que reflexionaba sensatamente, entonces no puede ser afirmado, a pesar de todos los esfuerzos, que haya sido encontrada una unificación. La más conveniente de todas las interpretaciones había que mostrar siempre y siempre de nuevo una naturaleza dupla que permanecía lado a lado, pero que nunca podía parecer como uno sólo.

Eso también se encuentra enteramente en la naturaleza de la cuestión. El Hijo de Dios no puede tornarse el Hijo del Hombre solamente porque tuvo que nacer desde un cuerpo humano para poder caminar por la Tierra.

A cada cristiano es sabido que el Hijo de Dios vino solamente en misión espiritual y que todas sus palabras se referían al reino espiritual, es decir, eran intencionadas de forma espiritual. ¡Por consiguiente, tampoco su repetida indicación al Hijo del Hombre debe, de antemano, ser entendida de modo diferente! ¿Por que debe haber aquí una excepción? ¡Espiritualmente, sin embargo Cristo ha sido y ha siempre permanecido el Hijo de Dios! Cuando entonces hablaba del Hijo del Hombre, no podía referirse con eso a si mismo. Hay en todo eso algo mucho más grandioso, de lo que transmiten las actuales interpretaciones de las religiones cristianas. La contradicción declarada ya debería, desde hace mucho, haber estimulado más seriamente a un reflexionar, si la restricción dogmática no oscureciese todo. En lugar de eso, se partió, sin la más seria análisis, absolutamente indispensable en temas tan incisivos, para un obstinado agarrarse a la Palabra transmitida y se coloco, de ese modo, anteojeras, que impidieron la visión libre. La consecuencia natural es que tales interpretes y mestres a pesar de que se hallen en la Creación de su Dios, ni son capaces de reconocerla bien, a través de lo que, únicamente, existe la posibilidad de llegarse también más cerca del propio Criador, el punto de partida de la obra.

Cristo enseño, en primer lugar, la completa naturalidad, es decir, adaptarse a las leyes de la naturaleza, por lo tanto, de la Creación. Sin embargo, adaptarse solamente puede aquél que conoce las leyes de la naturaleza. Las leyes de la naturaleza, a su vez, traen en si la voluntad del Criador y pueden, así, abrir también el camino hacia el reconocimiento del propio Criador. Quien entonces conoce las leyes de la naturaleza, también toma conocimiento de que modo inamovible ellas se engranan unas en las otras actuando; sabe por lo tanto que ese actuar es inmutable en su lógica constante y que impulsa, así como también la voluntad del Criador, de Dios-Padre.

Cualquier desvío significaría una alteración de la voluntad divina. Una alteración, sin embargo, denotaría imperfección. Como, sin embargo, la fuente primordial de todo el existir, Dios-Padre, sólo es uniforme y perfecta, así también el menor desvío dentro de las leyes de la naturaleza, por lo tanto, de las leyes del desenvolvimiento, debe ser simplemente imposible y estar de antemano excluido. Ese hecho condiciona que también la ciencia de la religión y la ciencia de la naturaleza tienen que ser una cosa sólo bajo todos los aspectos, en una clareza y lógica sin lagunas, si es que deban transmitir la Verdad.

No se niega que la ciencia de la naturaleza aún hoy tiene un limite de conocimiento muy bajo en relación a la Creación toda, pues se ha restringido solamente a la materia gruesa debido al hecho de que el intelecto, en la acepción actual, solamente ser capaz de ocuparse con aquello que está conectado a espacio y tiempo. El único error, además, también imperdonable en eso es que los discípulos de esa ciencia intentan negar irónicamente, como siendo inexistente, todo lo que va más allá de eso, con excepción de pocos eruditos que se irguieron por sobre la mediocridad y adquirieron visión más amplia, y que despreciaron encubrir la ignorancia con presunción.

La ciencia de la religión, sin embargo, va mucho más allá, pero queda, a pesar de eso, dependiendo igualmente de las leyes de la naturaleza que ultrapasan aquello que está atado a espacio y tiempo, las cuales, originarias de la fuente primordial, entran para lo terrenalmente visible sin interrupción y sin alteración de su especie. Por ese motivo, tampoco las doctrinas religiosas pueden poseer faltas ni contradicciones, si deban corresponder realmente a la Verdad, es decir, a las leyes de la naturaleza o a la voluntad divina, si, por lo tanto, deban encerrar la Verdad. ¡Doctrinas de grande responsabilidad y que sirven como guías no pueden permitirse libertades de fe ciega!

Gravemente pesa, por lo tanto, el error al respecto del concepto del Hijo del Hombre sobre los adeptos de las verdaderas enseñanzas de Cristo, porque calmamente aceptan y propagan tradiciones erróneas, a pesar de que, a veces, en muchas personas una intuición contraria amonesta ligeramente.

Es exactamente la inmutabilidad de la voluntad divina, en su perfección, que excluye una intervención arbitraria de Dios en la Creación. Pero es también ella que, después de la separación de Lucifer, a causa de su actuar erróneo, *(Disertación Nro. 45: El misterio Lucifer) no puede excluirlo simplemente, y del mismo modo tiene que permitir un abuso de las leyes naturales, de la voluntad divina, por parte de los seres humanos, visto que al espíritu humano es reservada una libre decisión debido a su origen del eterno espíritu-enteal. *(Disertación Nro. 5: Responsabilidad) ¡En los fenómenos de la Creación de materia fina y gruesa debe justamente patentarse la inamovible perfección de la voluntad del Criador, como una especie de obligación! Sin embargo, solamente mediocres y ínfimos espíritus humanos pueden ver en ese reconocimiento una restricción de poder y grandeza. Tal concepción seria únicamente el producto de su propia estrechez.

La inmensurabilidad del todo los perturba, porque de hecho solamente les es posible imaginar un cuadro de eso, si éste – correspondiente a su comprensión – tenga una delimitación más restricta.

Quien, sin embargo, se esfuerce realmente por reconocer su Criador en Su actuación, recibirá en el camino seguro de las leyes naturales una noción convincente de los acontecimientos de amplio alcance, cuya orígenes residen en la fuente primordial, es decir, en el punto de partida de todos los acontecimientos, para desde ahí prepasar la Creación, como que inamovibles vías férreas, en las cuales toda la vida ulterior deberá entonces se desenrollar, según la dirección dada por el posicionamiento de la llave de desvío. El posicionamiento de la llave, sin embargo, ejecuta el espíritu humano automáticamente en su peregrinación a través de la materialidad. *(Disertación Nro. 30: El ser humano y su libre-arbitrio) Y, lamentablemente, a causa del principio de Lucifer, la mayoría se deja persuadir a un posicionamiento errado de la llave, y así entonces se desenrolla su vida según las inmutables leyes de evolución, las cuales, semejante a las vías férreas, prepasan la materia, bajando cada vez más y más en la dirección de una muy determinada meta final, de acuerdo con el posicionamiento ejecutado.

El posicionamiento de la llave por la libre resolución puede entonces ser exactamente observado o intuido desde el origen, después de lo que el trayecto ulterior queda claramente reconocible, visto que, después de una resolución tomada, tendrá que recurrir, en la evolución, solamente por las correspondientes vías férreas de las leyes ancladas en la Creación. Esa circunstancia posibilita la previsión de varios acontecimientos, porque las leyes de la naturaleza o de la Creación jamás se desvían en su impulso de desenvolvimiento. Milenios ahí no representan cualquier papel. En esos previstos puntos finales absolutos se originan entonces las grandes revelaciones, mostradas espiritualmente a agraciados en imágenes, llegando por retransmisión al conocimiento de la humanidad. Solamente una cosa, sin embargo, no puede ser predicha con seguridad: ¡el tiempo terreno en que tales revelaciones y promesas se cumplirán!

Eso se dará en la hora en que un tal trayecto de vida, rodando por los carriles elegidos, llegar a una estación intermediaria predeterminada o en la meta final. El destino del ser humano, así como lo del pueblo y, finalmente, de toda la humanidad, es comparable a un tren que se halla parado, esperando en una línea férrea de una sólo vía, delante un entroncamiento de carriles para todas las direcciones. El ser humano posiciona una de las llaves de mudanza de vía según su preferencia, sube y suelta el vapor, es decir, lo vivifica. Al entrar en el carril por él elegido, solamente es posible mencionarse las estaciones intermediarias y la estación final, no, sin embargo, la hora exacta de las respectivas llegadas, pues eso depende de la velocidad de la marcha, que puede variar según la especie de la persona, pues el ser humano vivifica la maquina y la impelerá de acuerdo con su propia especie a una marcha uniforme y serena, o con impetuosidad desenfrenada, o con ambas, alternadamente. Cuanto más un tal tren, sea de una sólo persona, de pueblos o de la humanidad, se acerca de una estación, de la dirección de sus carriles o de su destino, tanto más exacto podrá entonces ser vista y indicada la llegada inminente. La red ferroviaria, sin embargo, posee también líneas de interconexión, las cuales pueden ser utilizadas durante el viaje, ante correspondientes cambios en el posicionamiento de la llave de desvío, a fin de obtener hacia abajo dirección y de ese modo llegar, también, a hacia abajo punto final de lo que aquél inicialmente visado. Eso entonces exige, evidentemente, la disminución de la marcha al acercarse de uno de esos desvíos, una parada y un cambio en el posicionamiento de la clave de desvío. El disminuir de la marcha es el raciocinar; el parar, la resolución del ser humano, la cual, hasta un último punto de decisión, siempre le es posible, y el cambio de dirección de la acción que se sigue a esa resolución.

La voluntad divina, que, en las leyes de la naturaleza firmemente establecidas, prepasa la materia como que vías férreas, puede ser llamada también de nervios en la obra de la Creación, que hacen sentir o anuncian al punto de partida, a la fuente primordial criadora, cualquier desigualdad en el poderoso cuerpo de la obra.

¡Esa visión firme, que incluye hasta todos los puntos finales, con base en las leyes inamovibles, hace con que el Criador acrescente a Sus revelaciones también promesas, que anuncian, a tiempo, auxiliares venidos de Él para la época en que se acercan las más peligrosas curvas, estaciones intermediarias o finales! Esos auxiliares están equipados por Él para, poco antes de ocurrir catástrofes inevitables o que lleguen a las curvas peligrosas, abrir los ojos de los espíritus humanos que enveredaron por estos carriles errados, al anunciarles la Verdad, para que les sea posible aún a tiempo maniobrar otra llave de desvío, a fin de evitar los lugares que se tornan cada vez más peligrosos y, a través de la nueva dirección, escapar también de la funesta estación final. ¡Ay del ser humano, en el Acá y en el más Allá, que no percibe o que negligencia la ultima de todas las llaves de desvío y con eso la posibilidad de una dirección mejor! Él está irremediablemente perdido.

Como el Criador no puede alterar la perfección de Su voluntad, así también cumplirá en ese auxiliar exactamente otra vez las mejores leyes. Con otras palabras: Su voluntad es perfecta desde los primordios. Cada uno de Sus nuevos actos de voluntad, evidentemente, también serán perfectos. Eso condiciona que cada nuevo acto de voluntad proveniente de Él también tiene que traer en sí exactamente las mismas leyes, como las ya precedentes. La consecuencia de eso es nuevamente la adaptación exacta al fenómeno de desenvolvimiento del mundo de materia fina y gruesa. Hacia abajo posibilidad queda excluida de una vez para siempre, justamente debido a la perfección de Dios. Se originó de esa previsión ya aclarada la promesa de la encarnación del Hijo de Dios, a fin de, con la anunciación de la Verdad, inducir la humanidad a la mudanza de la llave de desvío. El acto de esa mudanza queda reservado al propio espíritu humano, de acuerdo con las leyes. Así, sin embargo, está afuera de una previsión reconocer la especie de la resolución; pues solamente pueden ser incluidas con la visión con exactitud, en todas sus estaciones y curvas hasta el punto final, aquellas líneas ya elegidas por los espíritus humanos, para las cuales ellos habían cambiado la llave de desvío, según su libre resolución. De ahí están excluidos, por evidencia lógica, los puntos de transición donde es decisiva una libre resolución de la humanidad; pues también ese derecho es idénticamente inamovible como todo lo demás, debido a la natural regularidad de las leyes de creación y de desenvolvimiento provenientes de la perfección de Dios, y como el Criador otorgó ese derecho a los espíritus humanos, por su origen del espíritu-enteal, Él tampoco exige saber de antemano como será su decisión. Solamente la consecuencia de una tal decisión Él puede reconocer con exactitud, hasta su final, porque ésta se procesará entonces dentro de esa voluntad que se encuentra en las leyes de la Creación de materia fina y gruesa. Si fuese diferente, entonces la causa de eso, por ese motivo, solamente podría significar una falta de perfección, lo que está absolutamente excluido.

El ser humano, por lo tanto, debe tener siempre plena conciencia de esa su enorme responsabilidad, de que es realmente independiente en sus decisiones básicas. Lamentablemente, sin embargo, él imagina ser o un servo totalmente dependiente o se superestima como siendo una parte del divinal. Probablemente la causa de eso se encuentra en el hecho de que, en ambos los casos, se juzga dispensado de la responsabilidad. En un caso, como criatura demasiado inferior y dependiente, en otro caso, como siendo muy superior. ¡Ambos, sin embargo, son errados! Puede considerarse como administrador, al cual, en ciertas cosas, corresponda una libre resolución, sin embargo, también la plena responsabilidad, lo cual, por consiguiente, goza de grande confianza, de la cual no debe abusar ante una mala administración.

Justamente esa perfección torna necesario que el Criador en la realización de auxilios inmediatos para la humanidad, que toma un rumbo errado, también tenga que contar con un fallar de la humanidad en su tomada de decisión. En Su sabiduría y amor que, como Le siendo propios son igualmente de acuerdo con la ley y naturales, reserva para tales casos nuevos caminos de auxilio, que entonces se atan como continuación al primer camino eventualmente cortado por el fallar de la humanidad.

Así, ya antes del tiempo de la encarnación del Hijo de Dios, ha sido preparado en el reino eterno del Padre hacia abajo enviado para una misión, para el caso de que la humanidad venga a fallar, a pesar del grande sacrificio de amor del Padre. Si el Hijo de Dios, con su sintonización puramente divina, no fuese oído de tal modo, que la humanidad, a su advertencia, maniobrase la llave del desvío de sus carriles para la dirección que les indicaba, pero permaneciese ciegamente en sus carriles de hasta entonces rumbo a la ruina, debería salir entonces uno emisario más, que pudiese estar más prójimo de la esencia más intrínseca de la humanidad de lo que el Hijo de Dios, a fin de, en la ultima hora, servir una vez más como advertidor y guía si – – – – ella quisiese escuchar a su llamado de la Verdad. Ése es el Hijo del Hombre.

Cristo, como Hijo de Dios, sabía de eso. Cuando reconoció, durante su actuar, el suelo sufocado y resecado de las almas de la humanidad, se le torno claro, que su peregrinación en la Tierra no traería aquellos frutos que, con la buena voluntad de la humanidad, tendrían que madurar. Él se entristeció profundamente con eso, pues a causa de las leyes de la Creación, por él tan bien conocidas, las cuales llevan la voluntad de su Padre, él abarcaba con la visión el incondicional proseguimiento hacia el fin inevitable, que la índole y voluntad de los seres humanos tenían que causar. Y ahí empezó a hablar del Hijo del Hombre, de su venida que estaba se tornando necesaria debido a los hechos que iban surgiendo. Cuanto más iba dando cumplimiento a su gran misión que, conforme la decisión de la humanidad, dejo abiertos dos caminos, o una grande obediencia a sus enseñanzas con la consecuente ascensión, evitando todo lo que trae la ruina, o un malogro y desabalada corrida en la autopista en declive que hubiera que llevar a la destrucción, tanto más claramente veía que la decisión de la mayor parte de la humanidad se inclinaba para el fallar y con eso a la queda. Debido e eso, sus alusiones al Hijo del Hombre se han transformado en promesas y anunciaciones directas, al hablar: “Pero cuando venga el Hijo del Hombre...” etc.

Con eso, él designaba la época poco antes del peligro de la queda que, según las leyes divinas, debía cumplirse en el mundo material, debido al fallar de la humanidad ante su misión, como meta final del rumbo obstinadamente proseguido. Profundamente ha sufrido él antaño con ese reconocimiento.

Errado es cada legado que afirma que Jesús, el Hijo de Dios, hubiera se designado como siendo simultáneamente también el Hijo del Hombre. Tal falta de lógica no se encuentra en las leyes divinas, tampoco puede ser atribuida al Hijo de Dios, como conocedor y portador de esas leyes. Los discípulos no tenían conocimiento de eso, conforme se aprehende de sus propias preguntas. Únicamente de ellos surgió el error, que hasta hoy ha perdurado. Suponían que el Hijo de Dios designaba a si mismo con la expresión Hijo del Hombre, y en esa suposición transmitieron este error también a la posteridad, la cual, de la misma forma que los propios discípulos, no se ha ocupado más seriamente con la falta de lógica ahí inherente, sino simplemente ha pasado por sobre eso, en parte por temor, en parte por comodidad, a pesar de que, en la rectificación, el amor universal del Criador aún sobresale más nítido y más poderoso. Siguiendo en las huellas del Hijo de Dios, es decir, tomando y prosiguiendo su misión, el Hijo del Hombre, como segundo enviado de Dios-Padre, ira confrontar la humanidad en la Tierra, a fin de arrancarla de vuelta del trayecto de hasta entonces, por la anunciación de la Verdad, y llevarla a la decisión voluntaria de hacia abajo sintonización, que desvíe de los focos de destrucción que ahora la aguardan.

¡Hijo de Dios – Hijo del Hombre! Que ahí deba haber una diferencia, seguramente no es tan difícil de concluir. Cada una de esas palabras tiene su sentido nítidamente delimitado y exactamente expreso, que debe tachar de indolencia del pensar una mezcla y fusión en una sólo cosa. Oyentes y lectores de las disertaciones estarán concientes del desenvolvimiento natural que, partiendo desde la Luz primordial, Dios-Padre, se extiende hacia abajo, hasta el cuerpo sideral de materia gruesa. El Hijo de Dios vino del divino-inenteal, atravesando rápidamente el espíritu-enteal y la materia fina, para la encarnación en el mundo de materia gruesa. Por lo tanto debe, con todo el derecho, ser nombrado la parte de Dios hecha hombre o Hijo de Dios. El pasaje rápido por el espíritu-enteal, solamente en lo cual el espíritu humano tiene su punto de partida, no dejó que él asegurase el pie allá, como tampoco en la subsecuente parte de materia fina de la Creación, de tal modo que su espíritu divino-inenteal pudiese llevar consigo fuertes envoltorios protectores de esas diferentes especies, pero sí estos envoltorios, normalmente sirviendo de coraza, permanecieron tenues. Eso trajo la ventaja de que la esencia divina irradiase más fácil y más fuertemente, por lo tanto, irrumpiese, pero también la desventaja de que en los planos inferiores de la Tierra, hostiles a la Luz, pudiese ser tanto más rápidamente combatida y furiosamente agredida, por llamar la atención. El poderoso divinal, solamente tenuemente cubierto en el envoltorio de materia grueso-terrenal, tuvo que quedar extraño entre las criaturas humanas por estar demasiado distante. Expreso figuradamente, se podaría decir, por lo tanto, que su espíritu divino no se hallaba lo suficiente preparado y armado para lo terrenal inferior de materia gruesa, debido a la carencia de agregación originaria del espíritu-enteal y de la materia fina. El abismo entre el divinal y el terrenal quedo solamente débilmente transpuesto.

Una vez que los seres humanos no dieron aprecio tampoco preservaron esa dádiva del amor divino, pero sí, debido al impulso natural de todo cuanto es de las tinieblas, enfrentaron el luminoso Hijo de Dios con hostilidades y odio, así había que venir un segundo emisario en el Hijo del Hombre, más fuertemente armado para el mundo de materia gruesa.

También el Hijo del Hombre es un enviado de Dios, proveniente del divino-inenteal. ¡Sin embargo, antes de su envío al mundo de materia gruesa, él fue encarnado en el eterno puro espíritu-enteal, es decir, estrechamente atado con la esencia espiritual, de lo cual promana la semilla del espíritu humano! Con eso el núcleo divino-inenteal de este segundo enviado se acerca más del espíritu humano en su origen por lo que él gana también mayor protección y fuerza directa contra éste.

En las alturas más elevadas de igual especie del espíritu humano vive, pues, para todo lo que existe, un ideal perfecto de aquello que la evolución a partir del espíritu-enteal puede traer dentro de si. Así también el eterno ideal puro espíritu-enteal de toda la feminelidad, por así decir, como reina de la feminelidad con todas las virtudes vivas. Cada germen espiritual femenino carga dentro de si el anhelo inconciente de buscar seguir el ejemplo de este ideal puro, vivo, en la forma más noble. Lamentablemente, muchas veces durante el pasaje a través de la materialidad, ese anhelo inconciente degenera para la vanidad que, simulando y en auto-ilusión, debe sustituir mucha cosa no tornada viva, pero todavía anhelada. Sin embargo, ese anhelo se torna más conciente al acender hacia la Luz, aún en el mundo de materia fina. Apenas cuando las bajas codicias empiezan a desplegarse, él irrumpe cada vez más fuerte para, por último, avivar y fortalecer las virtudes. El imán y foco de esa nostalgia noble por las virtudes femeninas es la Reina de la feminelidad en el reino eterno del Padre, el puro espíritu-enteal. El núcleo divino inenteal del segundo enviado de Dios fue entonces introducido en este ideal espíritu-enteal de la feminelidad y por ella, como madre espíritu-enteal, educado en el eterno reino de Dios-Padre, con el Burgo del Grial como patria de su juventud espiritual. Solamente a partir de ahí se dio entonces su envío al mundo de materia gruesa, en una época, para que él, en la hora cierta, pueda entrar en el campo de lucha, a fin de poder indicar para los que buscan Dios con sinceridad, pidiendo por conducción espiritual, el camino cierto al reino del Padre y, al mismo tiempo, conceder protección contra los ataques de los que propenden hacia abajo y les son hostiles.

¡Como él, diferentemente del Hijo de Dios, pasó su juventud espiritual en el espíritu-enteal, por lo tanto, en el origen y punto de partida del espíritu humano, está enraizado simultáneamente, además de en lo divino-inenteal, también firmemente en el espíritu-enteal, con eso, en su especie, se acerca más de la humanidad y es en la dualidad del origen y juventud verdaderamente un ser humano divino! Procediendo desde el divino-inenteal y también desde el puro espíritu-enteal, del origen de la humanidad. ¡Por ese motivo él es llamado, al contrario del puro Hijo de Dios, el Hijo del Hombre, al cual, debido a su origen, está abierto el camino hacia el divino-inenteal! Por lo tanto, él trae en si fuerza y poder divino y se encuentra con eso muy preparado para la lucha delante toda la humanidad como también delante Lucifer.

¡Velad, por lo tanto, para que lo reconocéis, apenas haya llegado la hora para él; pues él trae también la hora para vosotros!


49. La diferencia en el origen entre el ser humano y el animal

Para aclarar la diferencia del origen entre el ser humano y el animal, se hace indispensable una división más pormenorizada de la Creación de lo que hasta ahora. Con las expresiones usuales como “alma colectiva” del animal, ante el “yo” personal del ser humano, no es hecho lo suficiente para eso, a pesar de ser, en sí, pensadas ya muy acertadamente. Pero se delinea ahí, muy ampliamente, solamente lo general y lo que se halla más prójimo al terrenal, sin embargo, no se menciona la propia diferencia.

Necesario se hace aquí conocer el desenvolvimiento de la Creación que está explicado en la disertación “Desenvolvimiento de la Creación”. *(Disertación Nro. 52)

Para una visión general más fácil, sean una vez más reproducidos los principales escalones hasta ahora mencionados, desde arriba hacia abajo:

1. Divino:Divino-inenteal
Divino-enteal
2. Espíritu-enteal:Espíritu-enteal conciente
Espíritu-enteal inconciente
3. Enteal:Enteal conciente
Enteal inconciente
4. Materia:Materia fina
Materia gruesa

El ser humano tiene su origen espiritual en el espíritu-enteal inconciente. El animal, por su parte, tiene su origen enteal en el enteal inconciente. Entre estos dos escalones hay una diferencia gigantesca. El núcleo vivificador del ser humano es espíritu. El núcleo vivificador del animal, sin embargo, es solamente enteal.

Un espíritu se encuentra muy arriba del enteal; el origen interior del ser humano, por consiguiente, también mucho más elevada de lo que lo del animal, mientras ambos tienen en común solamente el origen del cuerpo de materia gruesa. Sin embargo, el espíritu del ser humano, con el tiempo, ha perfeccionado su cuerpo de origen meramente animal más de lo que fue posible a la esencia del animal.

La doctrina del desenvolvimiento natural del cuerpo de materia gruesa, empezando desde el cuerpo animal más inferior hasta el cuerpo del ser humano, es, por esa razón, correcta. Muestra bajo todos los aspectos el trabajo progresivo y sin lagunas de la voluntad criadora en la naturaleza. Una señal de la perfección.

En esa doctrina fue cometido solamente un error, además, también grande, de no se haber ido más allá de la materia gruesa. Cuando se dice que el cuerpo humano, es decir, el manto de materia gruesa del ser humano, desciende del cuerpo animal, que ya existía antes del cuerpo humano, entonces eso está cierto. Esos cuerpos, sin embargo, no constituyen ni el ser humano ni el animal, pero solamente pertenecen a ellos como algo necesario en la materia gruesa. Querer concluir desde ahí, sin embargo, que también la vitalidad interior del ser humano desciende de la del animal es un error imperdonable y desencaminador, que tiene que despertar discordancia. Debido a esa discordancia surge también, en tantas personas, la saludable intuición contra semejante acepción errónea. Por un lado, ellas se sienten atraídas por la justeza de la acepción en la parte referente a los cuerpos, por otro lado, sin embargo, repelidas a causa de la grosera negligencia que quiere, sin más ni menos, entretejer conjuntamente el origen interior.

La ciencia, de hecho, hasta ahora mal era capaz de otra cosa sino afirmar que el ser humano, en el desenvolvimiento natural, por fin tiene que decender del animal y, en primer lugar, de un animal semejante al macaco que, en su forma, más se acercaba del cuerpo humano, porque ella hasta ahora solamente consiguió ocuparse con aquello que es material. Preponderantemente hasta solamente con la materia gruesa, que constituye una parte muy pequeña de la Creación. Y de ésta, ella también solamente conoce las exterioridades más gruesas. En la realidad, por lo tanto, infinitamente poco, tanto cuanto nada. Hoy ella incluso consigue utilizar, finalmente, diversos elementos de más valía, pero aún no los conoce en su esencia real, habiendo forzosamente que se contentar con algunas palabras extranjeras que coloca en el lugar del saber. Esas palabras designan exclusivamente la clasificación interina de algo existente y ya utilizable, pero cuya naturaleza esencial no se conoce, y mucho menos aún el origen.

El enteal, sin embargo, y mucho más aun el espiritual se encuentran por sobre de todo cuanto es material, son, de la Tierra en dirección al alto, la continuación hasta el origen de todo cuanto existe, o, lo que es más natural, desde arriba hacia abajo, lo que precedió el material en el desenvolvimiento.

Se debe llevar en consideración que todo el espiritual, como también todo el enteal, necesita evidentemente, y condicionado de modo natural por el desenvolvimiento, del manto de un cuerpo de materia gruesa, apenas cuando, en obediencia a las leyes de evolución, penetre, como factor formador y núcleo vivo, hasta la materia gruesa. Cada discordia se deshacerá pronto, cuando finalmente o se progrese más hacia arriba en todo el investigar, es decir, para allá de todo lo que es material, o cuando se consiga seguir el camino natural de desenvolvimiento desde arriba hacia abajo. Es llegado el tiempo en que se debe dar el paso para tanto. Sin embargo, la mayor cautela es requerida ahí, a fin de que el saber espiritual, que trae de modo evidente la lógica en sí, se no le pase desapercibido rebajado para ignorante fantasía. Se debe poner atención que el enteal y el espiritual también solamente pueden ser abordados con espíritu claro, libre, no como en el material, con balanzas, bisturís y tubos ensayo.

Sin embargo, tampoco con espíritu limitado o con prejuicio, conforme se intenta tantas veces. Eso se prohíbe por si sólo de manera intraspasable, según las leyes vigentes de la Creación. En eso, una pequeña criatura humana, aunque con la mayor arrogancia, nada podrá torcer en la férrea voluntad de su Criador en Su perfección.

La verdadera diferencia entre el ser humano y el animal se encuentra, por lo tanto, exclusivamente en su intimo. El animal, después de desnudar el cuerpo de materia gruesa, también solamente puede regresar al enteal, mientras el ser humano vuelve al espiritual, que se halla mucho más arriba.

El ser humano consigue, en cierto sentido, bajar muchas veces al nivel del animal, sin embargo, siempre tiene que permanecer ser humano, ya que le es imposible esquivarse a la responsabilidad que su germen posee en su origen espiritual; el animal, sin embargo, con su origen solamente enteal, nunca pode elevarse a la condición de ser humano. La diferencia entre los cuerpos reside, sin embargo, solamente en la forma y en el desenvolvimiento más noble en la criatura humana, provocado por el espíritu después que penetró en el cuerpo de materia gruesa. *(Disertación Nro. 7: La creación del ser humano)


50. La separación entre la humanidad y la ciencia

Esa separación no necesitaba existir; pues la humanidad entera tiene pleno derecho a la ciencia. Ésta solamente busca tornar más comprensible la dádiva de Dios, la Creación. La verdadera actividad de cada ramo de la ciencia se encuentra en el intento de examinar más de cerca las leyes del Criador, a fin de que esas, por su conocimiento más apurado, puedan ser mejor utilizadas para el bien y el provecho de la humanidad.

Todo eso no es nada más de lo que un querer someterse a la voluntad divina.

Visto que la Creación y las leyes de la naturaleza o de Dios, las cuales la sostienen, son tan extremamente nítidas y sencillas en su perfección, debía ser dada, por la consecuencia lógica, también una explicación simple y sencilla por aquél que realmente las haya reconocido.

Se establece aquí, sin embargo, una diferencia sensible que, por su naturaleza malsana, abre un abismo cada vez más ancho entre la humanidad y los que se denominan discípulos de la ciencia, por lo tanto, discípulos del saber o de la Verdad.

Éstos no se expresan de modo tan sencillo y natural como correspondería a la Verdad, por lo tanto, al verdadero saber, sí, como la Verdad, además, requiere como consecuencia natural.

Tiene eso dos causas, en la verdad tres. Por el esfuerzo del estudio, según su opinión, especial, ellos esperan una posición de destaque. Prefieren no querer reconocer que tal estudio constituye también solamente un préstamo tomado junto a la Creación lista, semejante a lo que hace un simples campesino con la serena observación de la naturaleza, para él necesaria, o como otras personas lo deben hacer en sus trabajos prácticos.

Además de eso, en cuanto un discípulo de la ciencia, en su saber, no se aproxime realmente de la Verdad, habrá, por la naturaleza de la cosa, siempre que expresarse sin clareza. Solamente cuando hubiera comprendido realmente la propia Verdad, se tornará, también por la naturaleza de la cosa, necesariamente sencillo y natural en sus descripciones. No es, pues, secreto alguno que exactamente a los que nada saben, en sus fases transitorias para el saber, les gustan hablar más de los que los propios entendidos y habrán ahí de servirse siempre de la falta de clareza, porque de otra manera no son capaces, si aún no tuvieren delante de si la Verdad, es decir, el real saber.

En tercer lugar, existe realmente el peligro de que la mayoría de las criaturas humanas daría poco aprecio a la ciencia, si ésta quisiese mostrarse con el manto natural de la Verdad. Los seres humanos la encontrarían entonces “demasiado natural” para poder darle mucho valor.

No raciocinan que exactamente eso es lo único cierto, proporcionando incluso el padrón para todo cuanto es legitimo y verdadero. Tan solamente en la evidencia natural reside la garantía de la Verdad.

Pero para tanto los seres humanos no pueden ser convencidos tan fácilmente, pues tampoco quisieron reconocer en Jesús el Hijo de Dios, porque él les vino “demasiado sencillo”.

Los discípulos de la ciencia desde siempre conocían ese peligro muy bien. Por lo tanto, se cerraron, por prudencia, cada vez más a la sencillez natural de la Verdad. A fin de dar más prestigio a si mismos y a su ciencia, crearon, en sus reflexiones cismadoras, obstáculos cada vez más difíciles.

El cientista, que se fue destacando de la masa, despreciaba por ultimo expresarse de modo sencillo y comprensible a todos. Muchas veces solamente por el motivo, por él propio mal conocido, de que seguramente no le restaría mucho de destaque, si no formase un modo de expresión que hubiera que ser aprendido especialmente en largos años de estudio.

El hecho de no tornarse comprensible a todos le proporcionó con el tiempo una primacía artificial, que fue conservada a cualquier precio por los alumnos y sucesores, porque si no, para muchos, el estudio de años y los sacrificios monetarios a eso atados realmente habrían sido en vano.

Se llegó así hoy a tal punto que a muchos cientistas ni es más posible expresarse ante personas sencillas de modo claro y comprensible, es decir, de manera sencilla Tal empeño, ahora, exigiría seguramente lo más difícil estudio y llevaría más tiempo de lo que una generación entera. Antes de todo, sin embargo, produciría el resultado, para muchos desagradable, de que entonces solamente sobresaldrían aún aquellas personas que con real capacidad tendrían algo a dar a la humanidad, estando con eso dispuestas a servirla.

Actualmente, la mistificación por incomprensibilidad es, para el publico en general, una característica especialmente marcante del mundo de los cientistas, como semejantemente ya se torno habito en asuntos eclesiásticos, donde servidores de Dios nombrados terrenalmente como guías y conductores solamente hablaban en latín a todos cuantos buscaban devoción y elevación, lo que éstos no entendían y, por lo tanto, tampoco podían abarcar ni asimilar, de lo que únicamente conseguirían obtener algun provecho. Los servidores de Dios, en la ocasión, podrían haber hablado igualmente en siamés, con el mismo malogro.

El verdadero saber no debe necesitar tornarse incomprensible; pues encierra en si al mismo tiempo la facultad, sí, la necesidad de expresarse con palabras simples. La Verdad es, sin excepción, para todas las criaturas humanas; pues éstas se originan de ella, porque la Verdad es viva en el espíritu-enteal, el punto de partida del espíritu humano. Eso permite concluir que la Verdad, en su simplicidad natural, también puede ser comprendida por todas las criaturas humanas. Apenas cuando, sin embargo, al ser transmitida, se torna complicada e incomprensible, no más permanece pura y verdadera, o entonces las descripciones se pierden en cosas secundarias que no tienen aquél sentido como el núcleo. Ese núcleo, el autentico saber, tiene que ser comprensible a todos. Algo artificialmente arquitetado, por su distancia de la naturalidad, puede contener en si solamente poca sabiduría. Quién no es capaz de transmitir el verdadero saber de modo sencillo y natural no lo comprendió, o entonces busca involuntariamente encubrir algo, o se presenta como un muñeco adornado y sin vida.

Quien en la consecuencia lógica aún deje lagunas y exija creencia ciega, reduce el Dios perfecto a un ídolo defectuoso y prueba que él propio no está en el camino cierto, no pudiendo, por lo tanto, guiar con seguridad. ¡Esto sea una advertencia a cada investigador sincero!


51. Espíritu

Se usa tan frecuentemente la expresión “espíritu”, sin que aquel que sobre eso hable esté conciente de lo que realmente sea espíritu. Sin hesitar, uno denomina de espíritu la vida interior del ser humano, otro confunde alma y espíritu, muchas veces se habla también en seres humanos espirituosos, pensando ahí en nada más de lo que en el simple trabajo cerebral. Se habla de relámpagos del espíritu y de muchas otras cosas. Pero nadie se pone una vez a aclarar bien lo que es espíritu. Lo más elevado que hasta ahora se ha comprendido yace en la expresión: ¡“Dios es espíritu”! De eso, entonces, todo es derivado. Se intentó, a través de esa afirmación, poder comprender también el propio Dios, y en eso encontrar un aclaramiento sobre Él.

Justamente eso, sin embargo, tuvo que desviar nuevamente de la realidad y, por eso, también resultar errores; pues es errado decir simplemente: Dios es espíritu.

¡Dios es divino y no espiritual! En eso ya consiste la explicación. No se debe nunca designar de espíritu lo que es divino. Solamente lo que es espiritual es espíritu. El error de concepción de hasta ahora es explicable por el hecho del ser humano provenir del espiritual, no consiguiendo por eso pensar más allá del espiritual, siendo, por consiguiente, todo el espiritual lo más elevado para él. Es, pues, admisible que él quiera entonces ver lo más límpido y lo más perfecto de eso como origen de toda la Creación, por lo tanto, como Dios. Así se puede suponer que esa conceptuación errada no se ha originado solamente de la necesidad de imaginar su Dios según la propia especie, aunque perfecto en todos los sentidos, a fin de sentirse más íntimamente conectado a Él, pero la razón se encuentra principalmente en la incapacidad de comprender la verdadera excelsitud de Dios.

Dios es divino, solamente Su voluntad es espíritu. Y desde esa voluntad viva se originó el ambiente espiritual que Le está más cercano, el Paraíso con sus habitantes. Sin embargo de ese Paraíso, por lo tanto, de la voluntad divina tornada forma, advino la criatura humana como semilla espiritual, a fin de proseguir su trayecto por la Creación ulterior, como un corpúsculo de la voluntad divina. El ser humano es, en la verdad, portador de la voluntad divina, por consiguiente, portador del espíritu en toda la Creación material. Por este motivo, también en sus acciones, se encuentra atado a la pura voluntad primordial de Dios, habiendo que asumir toda la responsabilidad, si dejar que ella, debido a influencias externas de la materia, resulte cubierta de impurezas y, bajo ciertas circunstancias, soterrada temporalmente de modo total.

Éste es el tesoro o el talento que en su mano debía dar interés y interés sobre interés. De la falsa acepción de que el propio Dios sea espíritu, por lo tanto, de idéntica especie como la del origen del propio ser humano, resulta nítidamente que el ser humano jamás pudo hacer una idea exacta de la divinidad. Él no debe solamente imaginar en eso lo más perfecto de si propio, sino habrá que ir mucho más allá, hasta una especie que siempre le permanecerá incomprensible, porque para la comprensión de ella jamás estará apto por su propia especie espiritual.

El espíritu es, por consiguiente, la voluntad de Dios, el elixir de vida de toda la Creación, que por él necesita estar prepasada a fin de permanecer conservada. El ser humano es, en parte, el portador de ese espíritu que, al tornarse autoconsciente, debe contribuir para el sobre erguimiento y el desenvolvimiento continuo de toda la Creación. Para eso es necesario, sin embargo, que aprenda a utilizar bien las fuerzas de la naturaleza y que las aproveche para el progreso coordenado.


52. Desarrollo de la Creación

Ya he señalado una vez que las historias escritas sobre la Creación no deben ser interpretadas en sentido terreno. Tampoco la historia de la Creación en la Biblia se refiere a la Tierra. La creación de la Tierra fue meramente una consecuencia natural que advino de la primera Creación, efectuada por el propio Criador, en su desarrollo continuo. Es cuasi incomprensible que investigadores de las escrituras pudiesen haber dado un salto tan grande, tan ilógico y lagunoso, con la suposición de que Dios, inmediatamente después de Su perfección, habría criado, sin transición, la Tierra de materia gruesa.

No es necesario alterarse la “Palabra” en las escrituras para nos acercar de la verdad de los fenómenos. Al contrario, la Palabra de la historia de la Creación reproduce con mucho mayor claridad esa verdad de lo que todas las suposiciones lagunosas y erradas. Solamente las interpretaciones erróneas es que provocaron la incapacidad de comprensión de tantas criaturas humanas.

Éstas intuyen muy acertadamente el error que con eso se comete, queriendo colocar el Paraíso mencionado en la Biblia, incondicionalmente en la Tierra de materia gruesa, tan alejada del divinal. No es, por fin, tan así desconocido que la Biblia es antes de todo un libro espiritual. Ella da aclaramiento sobre fenómenos espirituales, donde seres humanos solamente son mencionados allá, donde se encuentran en conexión directa para la elucidación de esas cosas espirituales, para ilustrarlas.

Por ultimo es comprensible también al intelecto humano, por ser natural, si la descripción de la Creación hecha en la Biblia no se refiera a la Tierra tan alejada del Criador. Difícilmente habrá alguien que tenga la osadía de negar el hecho de que esa Creación directa de Dios, designada como primera, también solamente pueda ser buscada en Su proximidad inmediata, ya que ha salido como primera del propio Creador y por lo tanto tiene que estar en conexión más intima con Él. Nadie, pensando serena y claramente, esperará que esa primera y verdadera Creación haya se procesado exactamente aquí en la Tierra, que más se encuentra alejada del divinal, y que solamente se formó en el trayecto progresivo de la evolución.

De un Paraíso en la Tierra, por lo tanto, no podía tratarse. Lo que Dios crió personalmente, conforme está claramente expreso en la historia de la Creación, permaneció evidentemente también atado directamente a Él, debiendo se hallar solamente en Su ambiente más prójimo. De la misma forma, fácilmente explicable y natural es la conclusión, que todo cuanto ha sido criado o emanado en tan gran proximidad también conserve la mayor semejanza con la propia perfección del Criador. ¡Y esto es única y exclusivamente también el Paraíso, el Reino eterno de Dios!

Pero imaginar eso en la Tierra de materia gruesa, debe criar escépticos. La idea de una “expulsión” del Paraíso terreno, donde los expulsados en todo caso deben permanecer sobre la misma Tierra, demuestra tanto de enfermizo, es tan visible y groseramente trasladada para el terrenal, que casi puede ser llamada de grotesca. Una imagen muerta que trae el sello de un dogma forzadamente introducido, con lo cual ningún ser humano sensato sabe lo qué hacer.

Mientras menos perfecto, tanto más lejanamente apartado de la perfección. Tampoco los seres espirituales criados de la perfección pueden ser los seres humanos de la Tierra, pero deben encontrarse en la mayor proximidad de esa perfección y constituir, por lo tanto, los modelos más ideales para los seres humanos. Son los espíritus eternos, que nunca vienen a la materialidad, y que, por lo tanto, tampoco se tornan seres humanos terrenos. Son figuras ideales irradiantes, que actúan atrayendo igual que imanes, pero también fortaleciendo sobre todas las facultades de los gérmenes espirituales humanos y sobre los espíritus que más tarde se tornaron concientes.

El Paraíso, que en la Biblia es mencionado como tal, no debe, por consiguiente, ser confundido con la Tierra.

Para aclaración más detallada, se torna necesario presentar una vez más un cuadro completo de todo lo que existe, a fin de tornar más fácil a la persona investigadora hallar el camino hacia el reino eterno de Dios, el Paraíso, de donde desciende en sus orígenes espirituales.

El ser humano imagine el divinal como lo que hay de superior y más elevado. El propio Dios, como punto de partida de todo lo existente, como fuente primordial de toda la vida, es, en Su perfección absoluta, inenteal. Él se envuelve temporalmente, tomando forma, en el manto de la intentealidad divina entonces adyacente. Después del propio Dios, en Su inentealidad intrínseca, se sigue ese circulo del divino-enteal. De este se originan los primeros seres que necesariamente tomaron forma. A estos pertenecen en primera línea los cuatro arcángelos, en segunda y tercera línea un pequeño numero de ancianos. Éstos últimos no consiguen entrar en el divino-inenteal, son, sin embargo, de gran importancia para el desarrollo continuo rumbo al espíritu-enteal, de la misma forma como más tarde los seres enteales concientes tienen gran importancia para el desarrollo de la materia. Lucifer ha sido enviado desde el divino-enteal, a fin de ser un apoyo directo a la Creación en el natural desarrollo continuo de ésta.

El Hijo de Dios, sin embargo, vino desde el divino-inenteal, como una parte que después de su misión de auxilio tiene que regresar al divino-inenteal, a fin de reunificarse con el Padre. El Hijo del Hombre desciende igualmente del divino-inenteal, directamente de Dios. Su apartación se tornó imperativa para permanecer separado debido a la ligazón con el espíritu-enteal conciente y, sin embargo, también por su parte para estar directamente atado con el divino-inenteal, a fin de que pueda seguir eternamente como mediador entre Dios y Su obra. Después que Lucifer, originario del divino-enteal, faltó en su actuación, tuvo que ser enviado en su lugar uno más fuerte, que lo engrillase y que ayudase la Creación. Por eso, el Hijo del Hombre, a eso destinado, desciende del divino-inenteal.

Al divino-enteal se ata, en seguida, el Paraíso, el eterno Reino de Dios. Está en primer lugar, como lo más prójimo, el espíritu-enteal conciente, que consiste de los eternos seres espirituales criados, también nombrados espíritus. Éstos son las figuras ideales perfectas para todo aquello a que los espíritus humanos, en su más perfecto desarrollo, puedan y deban anhelar. Ellos atraen magnéticamente hacia arriba los que se esfuercen por acender. Esa ligazón espontánea se hace sentir a los que buscan y se empeñan en acender, como una nostalgia muchas veces inexplicable, que los hace sentir el impulso para buscar y esforzarse en acender.

Son los espíritus que jamás fueran encarnados en la materialidad y que el propio Dios, fuente primordial de todo el ser y de toda la vida, ha criado como los primeros seres puro espirituales, que, por lo tanto, también más se acercan de Su propia perfección. ¡Son ellos, igualmente, los que son realmente según Su imagen! No se debe omitir que en la historia de la Creación está expresamente dicho: según Su imagen. Esa indicación tampoco aquí está sin significación; pues sólo según Su imagen pueden ellos ser, no según Él propio, por consiguiente, solamente como Él se muestra, porque el propio puro divinal es, como único, inenteal.

Para mostrarse, conforme ya mencionado, Dios tiene que cubrirse antes con el divino-enteal. Pero tampoco entonces puede ser visto por espíritu-enteales, pero solamente por divino-enteales, y eso también solamente por una pequeña parte; pues todo el puro divinal tiene que ofuscar, en su pureza y claridad perfectas, lo que no es divino. ¡Incluso los divino-enteales no consiguen contemplar el semblante de Dios! La diferencia entre el divino-inenteal y el divino-enteal aún es demasiado grande para eso.

En ese Paraíso de los espíritu-enteales concientes vive simultáneamente también el espíritu-enteal inconciente. Él contiene las mismas bases de las cuales se compone el espíritu-enteal conciente, es decir, los gérmenes para eso. En estos gérmenes, sin embargo, reside vida, y la vida en toda la Creación impulsiona hacia el desarrollo, según la voluntad divina. Hacia el desarrollo hasta la concientización. Ese es un proceso totalmente natural y sano. El tornarse conciente, sin embargo, solamente puede emerger del inconciente a través de experiencias, y ese impulso hacia el desarrollo continuo a través de la experiencia acaba expeliendo por fin naturalmente tales gérmenes del espíritu-enteal inconciente, que así van madurando o presionando, o, como si quiera decir, expulsándolos hacia afuera de los limites del espíritu-enteal. Una vez que ese expeler o expulsar de un germen no puede darse hacia arriba, él tiene que tomar el camino hacia bajo, que le es libre.

¡Y ésa es la expulsión natural del Paraíso, del espíritu-enteal, necesaria a los gérmenes espirituales que se esfuerzan por tornarse conscientes!

Ésta también es en la realidad la expulsión del Paraíso, mencionada en la Biblia. De modo figurado es eso muy acertadamente transmitido, cuando es dicho: Con el sudor de tu rostro deberás comer tu pan. Quiere decir, en la dificultad de las experiencias, con la necesidad que ahí surge de defenderse y de luchar, frente a las influencias oriundas del ambiente inferior, en lo cual penetra como extraño.

Ese expelimiento, exclusión o expulsión del Paraíso no es de forma alguna un castigo, sino una necesidad absoluta, natural y espontánea, al manifestarse una determinada madurez en cada germen espiritual, por el impulso hacia el desarrollo rumbo a la concientización. Es el nacimiento proveniente del espíritu-enteal inconciente hacia el enteal y después hacia el material, con la finalidad de desarrollo. ¡Por consiguiente, un progreso, no acaso un retroceso!

Es, también, una descripción muy cierta en la historia de la Creación, cuando en ella es dicho que el ser humano ha sentido necesidad de “tapar su desnudez”, después que despertó en él la noción del bien y del mal, el lento iniciar de la concientización.

Con el impulso cada vez más fuerte para tornarse conciente, ocurre naturalmente el expelimiento o expulsión de la Creación primordial, del Paraíso, a fin de entrar en la materia, a través del enteal. Apenas cuando la semilla espiritual sale de la esfera del espíritu-enteal, estaría como tal “desnuda” en el ambiente más inferior, de otra especie y más denso. Dicho de otra forma, estaría “destapada”. Con eso se acerca a ella no solamente la necesidad, sino la absoluta exigencia de taparse de modo protector con la especie enteal y material de su ambiente, vestir una especie de manto, tomando el envoltorio enteal, el cuerpo de materia fina y entonces, por fin, también el cuerpo de materia gruesa.

Solamente al envolverse con el manto de materia gruesa o cuerpo es que despierta entonces el instinto sexual absoluto y con eso también el pudor físico.

Cuanto mayor, por lo tanto, sea ese pudor, tanto más noble es el impulso y tanto más elevado también se encuentra el ser humano espiritual. ¡La manifestación mayor o menor del pudor físico del ser humano terreno es la medida directa de su valor espiritual interior! Esa medida es infalible y fácilmente reconocible a cada persona. Con el estrangulamiento o alejamiento del sentimiento del pudor exterior, siempre es sofocado al mismo tiempo también el sentimiento del pudor anímico, mucho más sutil y de especie totalmente diversa, y con eso es tornado sin valor el ser humano interior.

¡Una señal infalible de queda profunda y de decadencia cierta es cuando la humanidad empieza, bajo la mentira del progreso, a querer “erguirse” arriba de la joya del sentimiento de pudor, tan favorecedora bajo todos los aspectos! Sea eso, pues, bajo el manto del deporte, de la higiene, de la moda, de la educación infantil o bajo muchos otros pretextos para eso bien-venidos. La decadencia y queda, entonces, no pueden ser impedidas, y solamente un susto de la peor especie podrá llevar aún algunos a la reflexión, entre todos aquellos que se dejaron arrastrar irreflexionadamente para ese camino.

Desde el instante del expelimiento natural se suceden, con el peregrinar de tal germen espiritual a través de la entealidad y de las materialidades de la Creación posterior, no solamente una, pero siempre más y más necesidades urgentes de una nueva existencia en estos planos inferiores de la Creación para su desarrollo continuo y elevación, que, por su parte, actúan retroactivamente, de modo a fortalecer e asegurar ese germen, no solamente contribuyendo para el desarrollo de él propio, con vistas a la concientización, pero, antes de nada más, posibilitando eso.

Es un colosal actuar y tejer, millares de veces entrelazado, pero, a pesar de toda su espontaneidad viva, se engrana de modo tan obligatoriamente lógico con sus efectos recíprocos, que un único trayecto de un tal germen espiritual hasta su conclusión se presenta como parte de un tapiz multicolor, hecho por hábil mano de artista, sea ascendente con la concientización, sea descendiente con la descomposición que se sigue para la protección de los demás.

En la obra admirable de la Creación se encuentran tantas leyes actuando serena y seguramente, que seria posible escribir la disertación sobre cada uno de los millares de fenómenos en la existencia de los seres humanos, los cuales, sin embargo, siempre de nuevo regresarían para la única grande característica fundamental: para la perfección del Creador como punto de partida, cuya voluntad es espíritu creador vivo. ¡El espíritu Santo! ¡Todo lo espiritual, sin embargo, es obra de él!

Como el ser humano desciende de esa obra espíritu-enteal, trae dentro de si una partícula de ese espíritu, que sin duda contiene en si la fuerza de la decisión libre, y con eso la responsabilidad, sin embargo, no es idéntico al propio divinal, como muchas veces es erróneamente supuesto y explicado.

Todos los efectos de la voluntad divina que actúan en la Creación como leyes naturales, auxiliando y beneficiando, tienen que formarse entonces para los contempladores aclarados en un cántico de jubilo maravillosamente armónico. En un único sentimiento de alegría y gratitud, convergiendo por millones de canales hacia ese punto de partida.

El proceso de desarrollo que se repite eternamente en la Creación, lo cual resulta en la respectiva expulsión del germen espiritual hacia afuera del Paraíso, en un determinado estado de madurez, se presenta también visible a los ojos terrenos en todas las cosas del acontecimiento en la Tierra, visto que por toda la parte se encuentra la copia del mismo acontecimiento.

Se puede denominar esa expulsión, que se desarrolla en un proceso evolutivo natural, también de fenómeno de desconexión espontánea. Exactamente como una manzana madura o cualquier fruta madura cae del árbol para, según la voluntad criadora, al decomponerse, libertar la semilla, que sólo entonces, debido a las influencias externas que así actúan directamente sobre ella, rompe el envoltorio, a fin de tornarse germen y delicada planta. Ésta, por su parte, solamente se torna resistente bajo lluvias, tempestades y sol, pudiendo también solamente así fortalecerse y tornarse un árbol. Con eso, la expulsión de los gérmenes espirituales maduros del Paraíso es una consecuencia necesaria de la evolución, así como también la Creación enteal, material, y por fin terrena, en sus características básicas, es solamente una secuencia de la Creación espíritu-enteal, donde, sin duda, las características básicas de la verdadera Creación se repiten constantemente, pero siempre con la necesaria diferencia de que el efecto se presenta diferentemente, de acuerdo con la especie enteal y material. También en la materia gruesa terrenal ocurre, al recorrer todo lo que es espíritu-enteal, nuevamente la expulsión del alma, apenas cuando llegue el tiempo de madurez para eso. Es la muerte terrena, que significa la expulsión espontánea o el expelimiento hacia afuera de la materia gruesa y, con eso, el nacimiento en la materia fina. También en eso caen los frutos, como de un árbol. En tiempo calmo, solamente los maduros, pero, durante vendavales y tormentas, también los inmaturos. Frutos maduros son aquellos cuyo traspase hacia el más Allá de materia fina ocurre en hora cierta, con semilla interior madura. Éstos están espiritualmente “listos” para el más Allá, se enraízan, por lo tanto, de modo rápido y consiguen crecer con seguridad.

Frutos inmaturos, sin embargo, son aquellos, cuya queda o muerte, con la consecuente descomposición del cuerpo de materia gruesa hasta entonces protector, pone a descubierto la semilla aún inmatura en el más Allá, exponiéndola así prematuramente a todas las influencias, por lo que habrá que fenecer o será obligada a una madurez posterior, antes que pueda enraizarse (familiarizarse) en el suelo del más Allá (contingencias) y con eso poder desarrollarse.

Así prosigue siempre. De escalón de desarrollo a escalón de desarrollo, si, en ese intervalo de tiempo, no ocurra putrefacción, que destruye la semilla aún insuficiente madurada, la cual así se pierde como tal, con ella naturalmente también el vivo crecimiento, en ella latente, para un árbol fructífero independiente, que, cooperando, puede continuar el desarrollo.

La persona que mirar con atención al su alrededor, podrá muchas veces observar exactamente el imagen básica de todos los fenómenos de la Creación en su ambiente más próximo, ya que en las cosas menores siempre también se reflexionan las mayores.— — —

Siguiendo ahora hacia bajo, se encuentra, como lo más próximo de ese Paraíso espíritu-enteal, el reino de todo el enteal. El propio enteal se divide, por su parte, en dos partes. En primer lugar está el enteal conciente. Éste se compone de los seres elementares y de la naturaleza, a los cuales también pertenecen los elfos, gnomos, ondinas, etc. Éstos seres elementares y de la naturaleza han sido el preparo indispensable para el desarrollo continuo en el camino para la creación de la materialidad; pues solamente en ligazón con el enteal pudo surgir el material.

Los seres elementares y de la naturaleza tuvieron que cooperar trabajando en la materialidad en formación, conforme aún hoy ocurre.

En segundo lugar, en el reino del enteal, está el enteal inconciente. De ese enteal inconciente adviene la vida del alma animal. *(Disertación Nro. 49: La diferencia en el origen entre el ser humano y el animal) aquí se debe prestar atención para la diferencia entre el reino del espíritu-enteal y el reino enteal. Solamente todo cuanto es espiritual trae en si desde los primordios la fuerza de la libre deliberación que, como consecuencia, resulta también en la responsabilidad. Eso no ocurre con el enteal que se encuentra más abajo.

Otra consecuencia de la evolución ha sido entonces el surgimiento de la materialidad. ¡Ésta se subdivide en materia fina, que consiste de muchas subdivisiones, y en materia gruesa, que, empezando con la más tenue niebla, se torna visible a los ojos terrenos! Pero en un Paraíso en la Tierra, como ramificación extrema de la materia gruesa, no se puede pensar. Debe un dia surgir en la Tierra un reflejo del verdadero Paraíso, bajo la mano del Hijo del Hombre, en el inicio del Reino del Milenio, como también surgirá con eso, al mismo tiempo, una copia terrena del Burgo del Grial, cuyo original se encuentra en la parte más excelsa del verdadero Paraíso, como el único verdadero Templo de Dios hasta ahora.


53. ¡Yo soy el Señor, tu Dios!

¿Dónde están los seres humanos que realmente colocan en practica este más alto de todos los mandamientos? ¿Dónde está el sacerdote que lo enseña de modo puro y verdadero?

“¡Yo soy el Señor, tu Dios, tu no deberás tener otros dioses a Mi lado! ¡Esas palabras son dadas de modo tan claro, tan absoluto, que ni debería ser posible un desvío! También Cristo señaló reiteradamente para eso, con gran clareza y severidad. Tanto más lastimoso es, pues, que millones de personas pasen por eso sin atención, adhiriendo a cultos que se hallan en brusca oposición a ese más alto de todos los mandamientos. ¡Lo peor en todo eso es que no respetan ese mandamiento de su Dios y Señor con crédulo hervor, en la ilusión de honrar a Dios y de Le ser agradable en esa manifiesta violación de Su mandamiento!

Este gran error sólo puede persistir dentro de una creencia ciega, donde cualquier examen es excluido; pues creencia ciega nada más es de lo que falta de reflexión y pereza espiritual de tales personas, que, tal como los perezosos y dormidos, buscan evitar, lo cuanto posible, el despertar y el levantar, pues resulta en obligaciones, cuyo cumplimiento temen. Cualquier esfuerzo les parece un horror. Es, pues, mucho más cómodo que otros trabajen y piensen en su lugar.

Sin embargo, quien deja que los demás piensen en su lugar les da poder sobre si, se rebaja él propio a lacayo y se torna así dependiente. ¡Dios, sin embargo, dio al ser humano una fuerza de libre resolución, le dio la facultad de raciocinar, de intuir y, para tanto, tendrá que recibir, evidentemente, como prestación de cuentas, todo aquello que esa facultad de libre resolución resulta! ¡Con eso, Él quería criaturas humanas libres, no lacayos!

Es triste cuando un ser humano, por pereza, se torna terrenalmente esclavo, pero terribles son las consecuencias cuando él espiritualmente se devalúa de tal manera, que se torna un adepto tosco de doctrinas que contradicen los mandamientos precisos de su Dios. De nada les sirve se buscan sofocar los escrúpulos, que aquí y allá despiertan, con la excusa de que, por último, habrán que asumir con la mayor responsabilidad aquellas personas que introducieron engaños en las doctrinas. Eso en si ya está cierto, pero, además de eso, cada uno, individualmente, aún es especialmente responsable por todo aquello, que él propio piensa y hace. Integralmente, nada de eso le puede ser perdonado.

¡Aquél que no pone en practica las facultades del intuir y del raciocinar a él regaladas, en toda la amplitud que le es posible, se torna culpable!

No es pecado, sino deber, que cada uno, con el despertar de la madurez, cuando asume plena responsabilidad por si mismo, también comience a reflexionar sobre aquello que hasta ahí le fue enseñado. No pudiendo colocar sus intuiciones en consonancia con algo de eso, entonces tampoco debe aceptarlo ciegamente como cierto. Con eso solamente perjudica a si propio, como en una compra mal hecha. Lo que no le es posible mantener por convicción, debe dejar; pues en el contrario su pensar y su actuar se tornarían hipocresía.

Aquél que omite esto o aquello de realmente bueno, porque no puede comprenderlo, de lejos aún no es tan abyecto como aquellos que, sin convicción, adhieren a un culto que no comprenden totalmente. Todo el actuar y pensar proveniente de tal incomprensión es vacío, y de tal vacuidad no puede resultar, por si solo, ningún efecto recíproco bueno, porque en la vacuidad no se encuentra ninguna base viva para algo de bueno. Así se torna una hipocresía, que equivale a una blasfemia, porque con eso se busca engañar a Dios con algo que no existe. ¡Ausencia de intuiciones vivas! ¡Eso torna aquel que actúa de esa manera despreciable, un expulsado!

Los millones de seres humanos, pues, que impensadamente dan aprecio a cosas que contrarían manifiestamente los mandamientos divinos, a pesar de algun eventual hervor, se encuentran incondicionalmente maniatados y totalmente excluidos de una escalada espiritual.

¡Solamente la convicción libre es viva, y, por consiguiente, puede también crear algo vivo! Una tal convicción, sin embargo, sólo puede despertar ante análisis rigurosa y profundo intuir. Donde haya la menor incomprensión, sin hablar en duda, nunca puede surgir convicción.

¡Solamente el comprender pleno y sin lagunas equivale a la convicción, la cual únicamente posee valor espiritual!

Francamente es doloroso presenciar, cuando en las iglesias multitudes se persignan, se curvan y se arrodillan irreflexionadamente. Tales robots no deben ser contados entre las personas que raciocinan. ¡La señal de la cruz es el signo de la Verdad, y con eso el signo de Dios! Se carga de culpa aquél, que se utiliza de ese signo de la Verdad, en cuanto al mismo tiempo su intimo, en el momento de la practica, no es verdadero en todos los sentidos, si todas sus intuiciones no están totalmente sintonizadas con la absoluta Verdad. Para tales personas seria cien veces mejor que dejasen esa persignación, la reservando para momentos que tengan toda su alma sintonizada con la Verdad, por lo tanto, con eso también con el propio Dios y Su voluntad; pues Dios, su Señor, es la Verdad.

¡Sin embargo, es idolatría y transgresión abierta de lo más sagrado de todos los mandamientos de su Dios, cuando prestan honras a un símbolo, las cuales caben solamente a Dios!

“¡Yo soy el Señor, tu Dios, tu no deberás tener otros dioses a Mi lado!”, está dicho expresamente. Conciso, nítido y claro, sin permitir siquiera el mínimo desvío. También Cristo señaló de forma muy especial para esa observancia necesaria. Intencionalmente y de manera significativa la nombró, justamente ante los fariseos, de ley suprema, es decir, aquella ley que en circunstancia alguna debe ser quebrada o de alguna forma alterada. ¡Esa designación dice, al mismo tiempo, que todas las demás cosas buenas y todas las demás creencias no pueden ganar valor total, si esa ley suprema no sea cumplida de modo integral! ¡Que todo incluso depende de eso!

¡Contemplemos entonces, por ejemplo, totalmente libres de prejuicios, la veneración de la custodia! Se encuentra en eso, en muchas personas, una contradicción al mandamiento claro y supremo.

¿Espera el ser humano que Dios baje hacia esta hostia transmutable, como explicación para el hecho de que él presta a ella honrarías divinas? ¿O que Dios, con la consagración de tal hostia, sea forzado a bajar? Una cosa es tan inimaginable cuanto la otra. Tampoco, sin embargo, puede ser criada una ligazón directa con Dios ante una tal consagración; pues el camino hacia Allá no es tan simple tampoco tan fácil. Por seres humanos y por espíritus humanos él, sin embargo, ni puede ser recorrido hasta el fin.

¡Si, pues, una persona se prostra delante una figura esculpida en madera, una otra delante del Sol y una tercera delante de la custodia, entonces cada una peca contra la suprema ley de Dios, bajo la condición que vea en eso algo divino, por lo tanto, el propio Dios vivo y, por lo tanto, espere de eso inmediata gracia y bendición divinas! ¡En tal errada presuposición, esperanza e intuición se encontraría la verdadera transgresión, idolatría abierta!

Y tal idolatría es practicada muchas veces con hervor por los adeptos de muchas religiones, aunque de maneras diversas.

Cada persona que ejercita su deber de raciocinar sincero, oriundo de sus facultades, tendrá que ahí quedar en duda, la cual sólo conseguirá sofocar temporalmente y de modo forzado ante el error de una creencia ciega, igual que un desocupado negligencia sus deberes cotidianos por el sueño de la indolencia. ¡La persona sincera, sin embargo, intuirá impreteriblemente que tendrá que buscar en primer lugar clareza en todo cuanto se le deba tornar sagrado!

Cuantas veces Cristo explico que los seres humanos debían vivir conforme sus enseñanzas, a fin de obtener lucro de eso, es decir, por lo tanto, a fin de poder llegar a la escalada espiritual y a la vida eterna. En la expresión “vida eterna” ya se patenta la vivacidad espiritual, pero no la indolencia espiritual. Con la indicación hacia el vivir conforme sus enseñanzas, él advirtió, expresa y nítidamente, al respeto de una aceptación tosca de esas enseñanzas, por ser errada e inútil.

Un vivenciar, naturalmente, puede darse siempre solamente a través de la convicción, jamás de modo diferente. Convicción, sin embargo, condiciona plena comprensión. Comprensión, por su parte, un reflexionar intenso y un examinar propio. Se debe evaluar las enseñanzas con las propias intuiciones. Desde ahí se deprende, por si sólo, que una creencia ciega es totalmente errada. Todo cuanto es errado, sin embargo, fácilmente puede llevar a la ruina, a la decadencia, jamás, sin embargo, hacia la escalada. Escalada equivale a la liberación de toda la presión. En cuanto exista aún dondequiera una presión, no se puede hablar de una liberación o redención. El incomprendido, sin embargo, es una presión que no se deshace antes que el lugar de la presión o laguna sea alijado por la comprensión plena.

¡Creencia ciega equivale siempre a la incomprensión, por lo tanto, jamás podrá ser convicción y, consecuentemente, no puede traer ninguna liberación, ninguna redención! Personas que se restringieron en la creencia ciega no pueden ser vivas espiritualmente. Se igualan a los muertos y no tienen ningún valor.

¡Si una persona empieza a raciocinar correctamente, a acompañar serenamente y con atención todos los acontecimientos, los coordinando de modo lógico, entonces llegará por si a la convicción de que Dios, en Su pureza perfecta y de acuerdo con Su propia voluntad criadora, no puede llegar a la Tierra!

La absoluta pureza y perfección, por lo tanto, justamente lo divinal, excluye una bajada a la materia. La diferencia es demasiado grande para que, a propósito, sea posible una ligazón directa, sin que se lleve exactamente en cuenta las necesarias transiciones, que condicionan las especies enteales y materiales, que se encuentran en intermedio. ¡El tomar en cuenta de esas transiciones, sin embargo, solamente puede efectuarse por la encarnación, como se passó con el Hijo de Dios!

Pero como este ahora “ha regresado al Padre”, por lo tanto, de vuelta a su origen, así también él se encuentra otra vez en el divinal, estando por eso de idéntico modo separado del terrenal.

Una excepción en eso significaría una torsión de la divina voluntad criadora y eso, por su parte, manifestaría una falta de perfección.

Como, sin embargo, la perfección es inseparable de la divinidad, no resta ninguna otra posibilidad pero que también Su voluntad criadora sea perfecta, lo que tiene que ser considerado equivalente a inmutable. Si los seres humanos fuesen igualmente perfectos, cada uno debía y podía, por la naturaleza de la cosa, andar siempre exactamente en el mismo camino del otro.

¡Solamente imperfección puede permitir diversidades!

Exactamente en cumplimiento a las perfectas leyes divinas es que es sacada del Hijo de Dios, después del “regreso al Padre”, igual como a Éste mismo, la posibilidad de estar personalmente en la materialidad, por lo tanto, de bajar a la Tierra. ¡No sin encarnación, de acuerdo con las leyes de la Creación!

Por esas razones, toda la adoración divina de cualquier objeto material en la Tierra tiene que equivaler a la transgresión de la ley suprema de Dios; porque únicamente al Dios vivo pueden ser prestadas honras divinas, y Éste no puede estar presente en la Tierra, justamente debido a Su divinidad.

Por su parte, sin embargo, el cuerpo de materia gruesa del Hijo de Dios, debido a la perfección de Dios en Su voluntad criadora, hubo que ser igualmente puramente terreno, no debiendo, por eso, ser denominado o considerado como divino. *(Disertación Nro. 58: Resurrección del cuerpo terreno de Cristo)

¡Todo lo que está en contradicción a eso demuestra lógicamente dudas en la absoluta perfección de Dios, y debe, por consiguiente, ser también errado! Eso es incontestablemente una medida infalible para la verdadera Fe en Dios.

Algo diferente es con el puro simbolismo. Cada símbolo cumple su finalidad buena de modo estimulante, en cuanto sea seriamente considerado como tal; pues su contemplación ayuda muchas personas a una meditación mayor y más concentrada. Para muchos será más fácil, al contemplar los símbolos de su religión, dirigir sus pensamientos hacia el Criador sin turbación, no importando con cual nombre Él les es comprensible. Seria, por lo tanto, errado dudar del elevado valor de las practicas religiosas y del simbolismo, es indispensable, solamente, que ahí nada llegue al punto de adoración y veneración de objetos materiales.

Una vez que el propio Dios no puede llegar a la Tierra, a la materia gruesa, cabe únicamente al espíritu humano subir el camino hasta el espíritu-enteal, de lo cual se origina. Y a fin de mostrar ese camino, ha bajado algo desde el divino ante encarnación, porque solamente en el divinal se encuentra la fuerza primordial, de la cual puede fluir la Palabra Viva. Pero el ser humano no debe suponer que algo de divino ha permanecido en la Tierra, a fin de que cada persona, apenas cuando le surja el deseo, pueda inmediatamente ser absuelta de modo muy especial. ¡Para la obtención de la absolución se encuentran las leyes férreas de Dios en la Creación, y solamente el incondicional cumplimiento de las mismas puede traer absolución! ¡Que se oriente según ellas, quien quiera llegar a las alturas luminosas!

Nadie debe comparar el Dios perfecto con un soberano terreno, que en su criterio imperfecto y humano puede efectuar actos arbitrarios de amnistía, a través de sentencias proferidas por sus jueces de igual especie. ¡Algo así no es posible en la perfección del Criador y de Su voluntad, una con Él!

El espíritu humano necesita por ultimo acostumbrarse al pensamiento de que él mismo tiene que moverse y de modo muy enérgico, a fin de obtener absolución y perdón, y en eso finalmente cumplir su deber que indolentemente ha negligenciado. ¡Él debe animarse y trabajar en si propio, si no quiera caer en la tinieblas de los condenados! Deber confiar en su Salvador significa confiar en las palabras de él. ¡Tornar vivo por la acción lo que él dijo! ¡Nada de diferente consigue ayudar! De nada le sirve la creencia vacía. ¡Creer en él no significa otra cosa sino darle crédito. Irremediablemente perdido está todo aquel que no trabaja con diligencia para alzarse por aquella cuerda que le fue colocada en la mano por la Palabra del Hijo de Dios!

Si la criatura humana quiera realmente tener su Salvador, tiene que finalmente cobrar animo para la vivacidad y actividad espiritual, las cuales no visan exclusivamente ventajas y placeres terrenos, y tiene que empeñarse hacia arriba, al encuentro de él. No puede arrogantemente esperar que éste baje hacia ella. La Palabra le ofrece el camino hacia allá. Dios no corre tras de la humanidad, mendigando, cuando ella forma un imagen errada de Él, alejándose por eso y siguiendo caminos errados. Tan cómodo no es. Pero como tan absurda concepción se instalo en muchas personas, debido a la comprensión errónea, la humanidad, antes de todo, tendrá que aprender nuevamente a temer su Dios, al reconocer en la reciprocidad inevitable de una creencia cómoda o muerta que la voluntad de Él se encuentra firme en la perfección y no se deja torcer. ¡Quién no adaptarse a las leyes divinas será herido o aún triturado, conforme tendrá que suceder por fin a los que se entregan a tales idolatrías, prestando honras divinas al que no es divino! El ser humano tiene que llegar al reconocimiento: ¡el Salvador lo aguarda, pero no lo busca!

¡La creencia, o, más acertadamente dicho, la ilusión, que la mayor parte de la humanidad trae hoy en si, tenia que faltar, conduciendo incluso a la miseria y a la ruina, por ser muerta, y no contener en si verdadera vida!

¡Igual como Cristo, antaño, purifico el templo de los vendedores, del mismo modo, antes de todo, los seres humanos deben ser fustigados, a fin de salir de toda la indolencia de su pensar e intuir en relación a su Dios! Que siga, pues, durmiendo tranquilamente, quien otra cosa no quiera, y se deleite cómodamente en el almohadón blando de la auto-ilusión de que sea acertado pensar muy poco y de que cismar finalmente sea pecado. Horroroso será su despertar que se encuentra más prójimo a él de lo que presume. ¡De acuerdo con su pereza le será entonces medido el quiñón!

Como puede una persona que cree en Dios, que ha reflexionado sobre Su esencia y Su grandeza, que sabe, por sobre todo, como la voluntad perfecta de Dios se encuentra en la Creación en la forma de leyes de la naturaleza actuantes, esperar que le puedan ser perdonados sus pecados ante cualquier penitencia, impuesta de modo absolutamente contrario a esas leyes divinas de imprescindible reciprocidad. Incluso al Criador eso no sería posible, porque las leyes de la Creación y de la evolución emanadas de Su perfección traen en sus efectos, por si sólo y actuando de modo totalmente natural, recompensa o castigo por el madurar y cosechar de buena o mala sembradura del espíritu humano con inamovible justicia.

Sea lo que sea que Dios quiera, cada uno de Sus nuevos actos de voluntad tienen que contener en si, siempre de nuevo, la perfección, no puede, por lo tanto, presentar lo mínimo desvío con relación a los actos de voluntad anteriores, al contrario, debe estar en conformidad con éstos en todos sus sentidos. Todo, pero todo mismo, tiene que seguir, siempre de nuevo, los mismos caminos, debido a la perfección de Dios. Un perdón diferente de aquel obtenido por el cumplimiento de las leyes divinas, que residen en la Creación y por las cuales cada espíritu humano tendrá que pasar obligatoriamente en su trayecto, si quiera llegar al Reino de Dios, es, pues, cosa imposible, por lo tanto, tampoco cualquier perdón directo.

¿Cómo puede una persona, raciocinando un poco, esperar cualquier variaciones? ¡Seria, si, una disminución expresa de su Dios perfecto! Cuando Cristo, en su existencia terrena, dijo a uno o otro: “Tus pecados te están perdonados”, eso estaba absolutamente cierto; pues en el rogar sincero y en la Fe firme se encuentra la garantía de que la respectiva persona pasaría a vivir en el futuro de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, y de esa forma tendría que encontrar el perdón de los pecados, porque se colocaría si de acuerdo con las leyes divinas de la Creación, no más procediendo en contra las mismas.

¡Cuando, pues, una persona impone penitencia a otro, según criterio propio, a fin de entonces declarar sus pecados como quitados, está iludiendo de esa forma a si y a los que de ella solicitan auxilio, no importando si conciente o inconcientemente, y se pone, sin escrúpulos, mucho arriba de la propia divinidad!

¡Si los seres humanos, pues, por ultimo quisiesen considerar su Dios de modo más natural! Él, cuyos actos de voluntad crearon la naturaleza viva. De esa manera, sin embargo, en su creencia ciega e ilusoria, hacen de Él solamente una imagen ilusoria, de Él, que es todo, excepto eso. Justamente en la perfección natural o naturalidad perfecta, como fuente primordial de todo el existir, como punto de partida de todo cuanto es vivo, la magnitud de Dios es tan colosal e inconcebible para un espíritu humano. Pero en las enseñanzas de muchas doctrinas se encuentran frecuentemente torsiones y complicaciones forzadas, por lo que cualquier Fe pura es dificultada sin necesidad al ser humano y a veces se torna de todo imposible, porque en eso tiene que hacerle falta cualquier naturalidad. ¡Y cuantas contradicciones increibles están contenidas en varias doctrinas!

¡Traen, por ejemplo, frecuentemente, como pensamiento fundamental, la omnisciencia y perfección de la voluntad y de la Palabra de Dios de ella originada! En eso, sin embargo, naturalmente, se debe encontrar también una inmutabilidad indesviable, ni siquiera por un hilo de cabello, porque perfección no se puede imaginarse diferentemente. ¡Sin embargo, las actuaciones de muchos representantes de religiones demuestran dudas sobre la propia doctrina, visto encontrarse en directa contradicción con la misma, negando sus bases fundamentales evidentemente por los actos! Confesiones auriculares con subsecuentes penitencias, por ejemplo, el comercio de indulgencias por dinero o oraciones que deben resultar en inmediato perdón de pecados, y otras costumbres similares a éstas, constituyen, pues, analizándose serenamente, una negación de la voluntad de Dios, que reposa en las leyes de la Creación. Quién no conduce los pensamientos, de modo saltador, para cosas fluctuantes inconsistentes, otra cosa no encontrará ahí sino una absoluta disminución de la perfección de Dios.

Es totalmente natural que la errónea presuposición humana de poder ofrecer perdón a los pecados, y otras investidas semejantes contra la perfección de la voluntad divina, hubiera que llevar a groseros excesos. ¡Cuanto tiempo perdurará aún la tontería de suponer que se pueda hacer negocios tan sucios con el Dios justo y Su inmutable voluntad!

Si Jesús, como Hijo de Dios, dijo antaño a sus discípulos: “A quién perdonáis los pecados, a éstos ellos serán perdonados”, entonces eso no se refería a un derecho de actuación general y arbitraria.

Eso incluso hubiera sido equivalente a un desmantelamiento de la voluntad divina en la inamovible fuerza de los efectos recíprocos que, actuando vivamente, encierran en sí recompensa y castigo con justicia incorruptible, es decir, divina y, por lo tanto, perfecta. Una interrupción consentida.

¡Eso Jesús jamás podría y tampoco hubiera hecho, él que vino para “cumplir” las leyes, no para tumbarlas!

¡Con esas palabras se refería él al hecho inherente a la voluntad del Criador y de acuerdo con las leyes de que una persona puede perdonar la otra persona aquello que de mal le ha sido hecho por ésta personalmente! Ella, como siendo la alcanzada, tiene el derecho y el poder de perdonar aquello; porque con el perdón sincero será quebrada, desde ya, la punta del karma que, al contrario, infaliblemente hubiera se formado para la otra en la reciprocidad, sacándole desde pronto la fuerza, siendo que en ese proceso vivo se encuentra también, simultáneamente, real perdón.

Eso, sin embargo, también solamente puede partir de la propia persona alcanzada en relación al causador o autor, no de otra forma. Por lo tanto reside tanta bendición y liberación en el perdón personal, bajo la condición que éste sea intencionado e intuido de modo sincero.

Una persona no directamente participante queda excluida de los hilos de la reciprocidad, por la naturaleza de la cosa, y tampoco puede interferir de modo vivo, es decir, eficiente, por no estar conectada. Solamente intercesión le es posible en tales casos, cuyo efecto, sin embargo, permanece dependiente del estado anímico de las personas directamente involucradas en los respectivos casos. Ella propia tendrá que permanecer de afuera, tampoco puede, por eso, proporcionar perdón. Eso reposa exclusivamente en la voluntad de Dios, que se manifiesta en las leyes de justas reciprocidades, contra las cuales Él propio jamás actuaría, porque, provenientes de Su voluntad, son perfectas desde el principio.

Reside en la justicia de Dios que, sea lo que ocurra o que haya ocurrido, solamente el perjudicado puede perdonar, en la Tierra o más tarde en el mundo de materia fina, si no el ímpetu de la reciprocidad habrá que alcanzar el causador, con cuya efectuación la culpa habrá sido, entonces, de hecho saldada. Pero esa efectuación proporcionará, concomitantemente, el perdón del alcanzado, de alguna manera, que está entrelazada en la efectuación, o el alcanzado con ésta. No es posible de otra forma, toda vez que los hilos de ligazón permanecen insolubles hasta ahí. Eso no es ventaja solamente para el causador, pero también para el alcanzado, visto que éste, sin la concesión del perdón, tampoco podría llegarse de todo a la Luz. La inflexibilidad habría que impedirlo de eso.

Así, ser humano alguno consigue perdonar pecados ajenos, por los cuales no sea él, personalmente, el alcanzado. La ley de la reciprocidad quedaría sin ser influenciada por todo aquello que no esté entrelazado en eso por un hilo vivo, lo cual solamente puede ser generado por aquel que es directamente alcanzado. ¡Únicamente la corrección es el camino hacia el perdón *(Disertación Nro. 6: Destino)!

“¡Yo soy el Señor, tu Dios, tu no deberás tener otros dioses a Mi lado!” ¡debía permanecer señalado como que con letras de fuego en el espíritu de cada ser humano, como protección natural contra toda y cualquiera idolatría!

Quien realmente reconoce Dios en Su sublimidad debe intuir como blasfemia todas las actuaciones divergentes.

Una persona puede y debe visitar un sacerdote, a fin de buscar enseñanzas, bajo la condición que esté de hecho capaz de darselas. Si, sin embargo, alguien exigir disminuir la perfección de Dios por medio de cualquier acción o modo erróneo de pensar, entonces ella debe alejarse de él; pues un siervo de Dios no es simultáneamente un plenipotenciario de Dios, que pudiese tener el derecho de, en Su nombre, exigir y conceder.

También ahí existe un aclaramiento muy natural y sencillo que, sin circunloquios, indica el camino cierto.

¡Un plenipotenciario de Dios, por la naturaleza de la cosa, tampoco puede ser un ser humano, a menos que haya venido directamente del divinal, por lo tanto, que traiga en si propio algo divino! Únicamente ahí puede haber pleno poder.

Como, sin embargo, el ser humano no es divino, entonces también es imposible que puede ser un plenipotenciario o representante de Dios. ¡El poder de Dios no puede ser transferido a ningún ser humano, porque el poder divino reside exclusivamente en el propio divinal!

Ese hecho lógico, en su sencillez absoluta y también de modo natural, excluye totalmente cualquier elección humana de un sustituto terreno de Dios o la proclamación de un Cristo. Cualquier intento en ese sentido habrá que recibir impreso el cuño de la imposibilidad.

¡Por consiguiente, en tales temas, ni puede tomar en consideración una elección o aclamación por criaturas humanas, sino solamente un envío directo del propio Dios!

Las opiniones humanas a ese respecto no son decisivas. Éstas, al contrario, conforme todo lo ocurrido hasta ahora, estuvieron siempre lejos de la realidad, no armonizándose con la voluntad de Dios. Para los que piensan es inconcebible, con qué aumento enfermizo los seres humanos buscan siempre de nuevo ultrapasar su real valor. ¡Ellos que, en su más elevada perfección espiritual, solamente consiguen alcanzar el escalón más bajo del conciente en el eterno espíritu-enteal! Sin embargo, justamente hoy, un gran numero de seres humanos terrenos, en sus intuiciones, pensamientos y esfuerzos, ni siquiera se diferencia mucho de los animales desenvolvimos al máximo, excepto por un grande intelecto.

Tal cuales insectos, revolotean y hormigan en confusión, como si valiese, en su hirviente ajetreo, bullicio y correría, alcanzar el albo máximo. Apenas cuando, sin embargo, sus albos sean examinados más de cerca y con mayor atención, pronto se muestra lo vacío y la nulidad de ese febril esfuerzo, que realmente no es digno de tal dedicación. Y del caos de ese alboroto se eleva la presunción de poder eligir, reconocer o rechazar un enviado de Dios. Ahí habría una evaluación de aquello que ellos jamás serian capaces de comprender, si Aquél, que se halla más arriba, no inclinarse hacia ellos, se les tornando comprensible. Se hace alarde ahora por toda parte de la ciencia, del intelecto y de la lógica, y se acepta en eso las más toscas paradojas, que se encuentran en tantas corrientes contemporáneas.

Para miles no sirve desperdiciar palabras a ese respeto. Se hallan de tal manera imbuidos de su saber, que acabaron perdiendo toda la capacidad para raciocinar sobre algo con simplicidad y de modo sencillo. Se destinan solamente a los que aún consiguieron conservar suficiente naturalidad para desarrollar una sana capacidad de discernimiento propia, apenas cuando les sea dada la línea direccional para tanto. A los que no se juntan ciegamente una vez a ésta, otra vez hacia aquella corriente de la moda, para en seguida y de idéntica manera abandonarla rápidamente ante la primera duda manifiesta por ignorantes.

No es necesario mucho para, en una reflexión serena, llegar al reconocimiento de que desde una especie no puede originarse una otra, la cual no tenga nada en común con la primera. Para verificarse eso, bastan los conocimientos más elementares de las ciencias naturales. Una vez, sin embargo, que las ramificaciones de las leyes de la naturaleza en el mundo de materia gruesa vienen de la fuente primordial viva de Dios, claro se torna que ellas deban ser encontradas con idéntica e inhallable lógica y inflexibilidad también en el camino ulterior en dirección hacia Él, incluso aún más puras y más claras, mientras más próximas se encuentren del punto de partida.

Tampoco el espíritu humano puede ser transplantado para un animal en la Tierra, para que, con eso, un animal vivo deba tornarse un ser humano, tampoco puede algo divino ser implantado en un ser humano. Jamás podrá desarrollarse algo diferente de lo que aquello que el origen trajo consigo. El origen hasta permite, en el desarrollo, diferentes tipos y formas de composición, como se puede conseguir por medio de injerto de árboles o por cruzamiento en las procreaciones, pero incluso los resultados más extraordinarios tendrán que permanecer dentro de las materias básicas constituidas por el origen.

Una mezcla entre ser humano y animal puede mantenerse solamente dentro de los limites de los cuerpos grueso-materiales, a causa de que éstos tengan su origen en la misma materialidad. No puede ser establecido un puente entre el origen interior del ser humano y del animal. *(Disertación Nro. 49: La diferencia en el origen entre el ser humano y el animal)

Es imposible introducir o sacar algo que esté arriba del propio origen, lo que en él, por lo tanto, no estaba contenido, como ocurre con la diferencia entre el origen espiritual del ser humano y el del divinal.*(Disertación Nro. 51: Espíritu)

Cristo, como Hijo de Dios, vino del divino-inenteal; él traía lo divinal en sí de su origen. A él le hubiera sido imposible, sin embargo, transferir ese divinal vivo a uno otro ser humano, que solamente puede promanar del espíritu-enteal. Consecuentemente, tampoco podía dar plenos poderes a nadie para acciones que corresponden únicamente al divinal, como por ejemplo el perdón de los pecados. Esto solamente puede ocurrir como consecuencia de los efectos recíprocos que se equilibran exactamente en los fundamentos de la voluntad divina que se encuentra en la Creación, en la cual la justicia inmutable del Criador vive por si en la perfección, inaprensible al espíritu humano.

¡Un poder de plenos poderes del Hijo de Dios ante los seres humanos podía referirse, por lo tanto, solamente aquellas cosas que, de acuerdo con el origen del espíritu humano, fuesen humanas, jamás al divinal!

Evidentemente, también el origen del ser humano puede, por ultimo, ser reconducida de modo lógico hasta Dios, pero él no está en el propio Dios, pero si afuera del divinal, por lo tanto el ser humano desciende solamente indirectamente de Dios. En eso está la gran diferencia.

Plenos poderes, como, por ejemplo, los que corresponden al oficio de un administrador, podrían existir solamente, por si, en el mismo origen inmediato. Eso puede ser fácilmente comprensible a cada uno, porque un plenipotenciario debe poseer todas las facultades del otorgante de esos poderes, a fin de poder actuar en el lugar de él en una actividad o en un oficio. Uno plenipotenciario, por lo tanto, debía venir directamente desde el divino-inenteal, como lo ha sido Cristo.

Si, a pesar de eso, una persona emprenderlo, aunque de buena fe, resulte, nuevamente, por la naturaleza de la cosa, que su destinación no puede tener ningún valor de gran alcance y ninguna vida, que no sea puramente terrenal. Aquellos, sin embargo, que ven en ella más de lo que eso incurren en un error, que solamente después del fallecimiento se les tornará claro como tal y que los hace perder todo su tiempo terreno para una ascensión. Ovejas perdidas, que siguen un falso pastor.

Como esta ley suprema: “Yo soy el Señor, tu Dios, tu no debes tener otros dioses a Mi lado”, así también las otras leyes son muy frecuentemente violadas y no observadas debido a la incomprensión.

Y, sin embargo, los mandamientos en la realidad otra cosa no son de lo que la explicación de la voluntad divina, que se encuentra en la Creación desde los primordios, y de la cual no se puede desviar ni por la espesura de un hilo de cabello.

¡Como se torna desatinado, bajo esa consideración, el principio de tantos seres humanos, contrario a cada pensamiento divino y a cualquier perfección, de que “un fin justifica los medios”! Que confusión absurda eso no habría que causar en las leyes de la voluntad divina, si pudiesen ser así alteradas. Quien pueda formar por lo menos una pequeña noción de perfección, a él no restará otra cosa que no sea rechazar de antemano tales imposibilidades. ¡Apenas cuando una persona busque formar una imagen cierta de la perfección de Dios, entonces eso podrá servirle como guía indicador y para mejor comprensión de todas las cosas en la Creación! El saber de la perfección de Dios y el hecho de tenerla siempre en mente son la llave para la comprensión de la obra de Dios, a la cual también pertenece el propio ser humano.

Entonces reconoce la fuerza imperiosa y la severa advertencia de la sentencia: “¡Dios no se deja escarnecer!”. En otras palabras: Sus leyes se cumplen o se efectúan inmutablemente. Él deja funcionar las engranajes, conforme las ajustó por ocasión de la creación. Uno homúnculo nada alterará ahí. Si intenta, lo máximo que puede conseguir es que todos aquellos que lo sigan ciegamente sean dilacerados juntamente con él. De nada le sirve, si acredita de modo diferente.

Obtener bendiciones solamente podrá aquél que se ajuste por completo en la voluntad de Dios, que sostiene la Creación en Sus leyes de la naturaleza. Pero eso solo consigue quien las conozca acertadamente.

¡Las doctrinas, que exigen creencia ciega, deben ser condenadas como muertas y, por lo tanto, perjudiciales; solamente aquellas que, como Cristo, instan para el tornarse vivo, es decir, para el raciocinar y analizar, a fin de que pueda surgir la convicción de la verdadera comprensión, proporcionan liberación y redención!

Solamente la más condenable irreflexión puede suponer que la finalidad de la existencia del ser humano consista, principalmente, en la correría visando la obtención de las necesidades y de los placeres corpóreos, para, por ultimo, ante alguna forma exterior y palabras bonitas, dejarse libertar tranquilamente de toda la culpa y de las consecuencias de sus negligencias indolentes en la vida terrena. El trayecto por la vida terrena y el paso hacia el más Allá, por ocasión de la muerte, no son como un viaje cotidiano, para lo cual se necesite comprar el pasaje solamente en el ultimo momento.

¡Con tal creencia el ser humano duplica su culpa! ¡Pues cualquier duda en la justicia incorruptible del Dios perfecto es blasfemia! ¡La creencia en el perdón arbitrario y fácil de los pecados, sin embargo, es un testigo evidente de la duda en la justicia incorruptible de Dios y de Sus leyes, más aún, confirma directamente la creencia en la arbitrariedad de Dios, lo que equivaldría a la imperfección y a la deficiencia!

¡Pobres crédulos, dignos de lastima!

A ellos les sería mejor permanecer aún ateos, entonces podrían encontrar sin impedimentos y más fácilmente el camino que suponen ya tener.

¡Salvación reside solamente en no reprimir con miedo los pensamientos que nacen y la duda que con eso despierta en tantas cosas; pues en eso se manifiesta el sano impulso por la Verdad!

Luchar con la duda, sin embargo, es el analizar, al cual tiene que seguirse, indiscutiblemente, la condenación del lastre dogmático. ¡Solamente uno espíritu enteramente liberto de toda la incomprensión consigue elevarse, alegremente, convicto, hacia las alturas luminosas, al Paraíso!


54. La inmaculada concepción y el nacimiento del Hijo de Dios

La inmaculada concepción no debe ser tomada solamente en sentido corpóreo, pero sobre todo, como tanta cosa en la Biblia, en sentido puramente espiritual. Solamente quien reconoce e intuye el mundo espiritual, como existiendo realmente y actuando de modo vivo, consigue encontrar la llave para la comprensión de la Biblia, lo que, únicamente, es capaz de tornar viva la Palabra. Para todos los demás ella permanecerá un libro con siete sellos.

Inmaculada concepción, en sentido corpóreo, es toda concepción oriunda de un amor puro, en profundo erguir de la mirada hacia el Criador, donde los impulsos sensuales no constituyen la base, pero si permanecen solamente como fuerzas co-participantes.

Ese fenómeno es en la realidad tan raro, que fue justificado su realce especial. La garantía de postergación de los impulsos sensuales fue conseguida ante la anunciación, que por ese motivo es mencionada especialmente, pues en el contrario faltaría una argolla en la cadena de los fenómenos naturales y de la firme colaboración con el mundo espiritual. La virgen María, en todo caso ya proveída con todos los dones para poder cumplir su alta misión, ingresó en tiempo cierto, a través de la conducción espiritual, en contacto con personas profundamente compenetradas de las revelaciones y profecías referentes al Mesías por llegar. Fue ese el primer preparativo en la Tierra que impulsó María en el rumbo de su verdadera finalidad, la dejando al corriente de todo aquello, en lo que ella propia entonces debería representar un papel tan importante, sin que en aquella época ya lo supiese.

De los elegidos, la venda es aflojada siempre de modo cauteloso y poco a poco, para no anticiparse al desarrollo indispensable; pues todas las fases intermediarias deben ser vivenciadas seriamente para, por ultimo, posibilitar una realización, Conocimiento demasiado prematuro de la propia misión dejaría lagunas en el desarrollo, que dificultan una realización posterior. En el constante mirar hacia la meta final, surge el peligro de un avanzar demasiado rápido, por lo que mucha cosa pasa sin ser percibida o es aprendida solamente superficialmente, lo que, para el rellenar de la verdadera destinación, tiene que ser vivenciado necesariamente de modo serio. Vivenciar seriamente, sin embargo, puede el ser humano siempre solamente aquello que en el momento considere como la verdadera misión de su vida. Así también con María.

Cuando entonces llegó el dia en que se encontraba interna y externamente preparada, ella se torno, en un momento de completo reposo y equilibrio anímico, clarividente y clariaudiente, es decir, su intimo se abrió al mundo de otra materia y ella vivencio la anunciación descrita en la Biblia. Con eso, la venda cayó, ella ingresó concientemente en su misión.

La anunciación fue para María una vivencia espiritual tan poderosa y estremecedora que, de esa hora en delante, llenó por completo toda su vida anímica. Desde entonces quedó sintonizada únicamente en una dirección, la de poder esperar una elevada gracia divina. Ese estado de alma era deseado por la Luz a través de la anunciación, a fin de así postergar, de antemano y para lejos, manifestaciones de impulsos inferiores y preparar el suelo, donde un puro receptáculo terreno (el cuerpo infantil) pudiese surgir para la inmaculada concepción espiritual. Con esa extraordinariamente fuerte sintonización anímica de María, se torno “inmaculada” la concepción corpórea posterior, correspondiente a las leyes naturales.

Que María ya ha traído todos los dones para su misión, por lo tanto, que era prenatalmente destinada para tornarse la madre terrena del venidero portador de la Verdad, Jesús, no es difícil de ser comprendido con algun conocimiento del mundo espiritual y de su respectiva actividad ampliamente ramificada que, preparando todos los grandes acontecimientos, pasa como que jugando por encima de los milenios.

Con ese cuerpo de niño en formación, que bajo tales contingencias se tornó el receptáculo más puro, fueron dadas las condiciones terrenas para una “inmaculada concepción espiritual”, la encarnación que se realiza en la mitad del embarazo.

En ese caso entonces no se trata de una de las almas o chispas espirituales, que frecuentemente aguardan encarnación, y que quieren o tienen que recorrer una vida terrena para el desarrollo, cuyo cuerpo de materia fina (o envoltorio) está más o menos turbo, es decir, maculado, con lo que la ligazón directa con la Luz queda obscurecida y, por momentos, completamente cortada. Fue tomada en consideración una parte completa de la pura esencia divina, que por amor fue dada a la humanidad perdida en la oscuridad, suficientemente fuerte para no dejar que se interrumpiese jamás la ligazón directa con la Luz primordial. De ahí resultó una intima ligazón entre la divinidad y la humanidad en ese uno, que se asemejó a una columna luminosa de fuerza y pureza jamás agotable, de la cual todo cuanto es inferior tenia que resbalar. Así surgió también la posibilidad para la transmisión sin turbación de la Verdad, agotada de la Luz, también como la fuerza para las acciones que parecían milagros.

La narrativa de las tentaciones en el deserto muestra como los esfuerzos de corrientes oscuras para la macula resbalaron en la pureza de la intuición, sin poder causar daños.

Después de la inmaculada concepción corpórea de María, pudo advenir la encarnación proveniente directamente de la Luz, lo que ocurre en la mitad del embarazo, con tal vigor, que no permitió cualquier turbación en las fases intermediaras entre la Luz y el cuerpo materno, resultando así también “una inmaculada concepción espiritual”.

Por lo tanto, es perfectamente correcto hablar de una inmaculada concepción, la cual, en la concepción de Jesús, ocurrió corporal y espiritualmente, sin que cualquier ley de la Creación tuviese sido contornada, alterada o necesariamente criada para ese caso especial.

El ser humano no debe pensar ahora que haya ahí una contradicción, porque ha sido prometido que el Salvador hubiera que ser concebido por una virgen.

La contradicción adviene solamente de la interpretación de la palabra “virgen” en la profecía. Si ella dice de una virgen, no se refiere a un concepto más restricto, mucho menos aún a la opinión de un Estado, pero puede tratarse tan solamente de un amplio concepto de la humanidad.

Una opinión más restricta habría que constatar el hecho de que un embarazo y el parto en si, sin pensar ahí en la concepción, ya excluyen la virginidad en sentido común. La profecía, sin embargo, no se refiere a tales cosas. Se dice con eso que Cristo vendría a nascer imprescindiblemente como el primer hijo de una virgen, es decir, de una mujer que aún no tuviese sido madre. En ella todos los órganos necesarios al desarrollo del cuerpo humano están vírgenes, es decir, aún no funcionaron en ese sentido, desde ese cuerpo aún no salió ningún hijo. Con relación a cada primer hijo, los órganos en el cuerpo materno tienen, pues, que ser aún vírgenes. ¡Solamente eso podía entrar en consideración en una profecía tan amplia, porque cada promesa solamente se cumple en la absoluta lógica de las actuantes leyes de la Creación y también es dada dentro de esa previsión confiable! *(Disertación Nro. 48: Fenómenos universales)

La promesa se refiere, por lo tanto, “al primer hijo”, por eso es que ha sido hecha la distinción entre virgen y madre. Otra diferencia no entra en consideración, visto que los conceptos de virgen y de mujer se originaron solamente de las instituciones puramente estatales o sociales del matrimonio, que de modo alguno han sido consideradas en tal promesa.

En la perfección de la Creación, como obra de Dios, el acto de la generación es absolutamente necesario; pues la omnisciencia del Criador desde los primordios ordenó todo de tal manera en la Creación, que nada es demasiado o superfluo. Quien nutre tal pensamiento está diciendo concomitantemente que la obra del Criador no es perfecta. El mismo sirve a lo que afirma que el nacimiento de Cristo ha ocurrido sin la generación normal prescrita por el Criador a la humanidad. ¡Hay que haber ocurrido una generación normal por una persona de carne y sangre! Incluso en este caso.

Cada criatura humana que está conciente de eso de modo cierto, alaba más el Criador y Señor con eso, de lo que aquellas que quieran admitir otras posibilidades. Las primeras dan prueba de confianza tan inalterable en la perfección de su Dios que, según su convicción, una excepción o alteración en las leyes por Él condicionada es de todo imposible. ¡Y ésa es la mayor fe! Además, todos los demás acontecimientos dicen impreteriblemente en favor de eso. Cristo se tornó ser humano terreno. Con esa decisión, hubo que someterse también a las leyes determinadas por Su Padre referentes a la reproducción en la materia gruesa, ya que la perfección de Dios condiciona eso.

Si a ese respeto se deba decir que “junto a Dios cosa alguna es imposible”, tal declaración así velada no satisface; pues en esa expresión reside, por su parte, un sentido muy diferente de lo que muchas personas en su comodísmo imaginan. Bastará que se diga ser imposible haber en Dios imperfección, falta de lógica, injusticia, arbitrariedad y otras tantas, para contradecir el contenido de las palabras de esa frase según el concepto común. ¡Se podría afirmar también que, si en ese sentido junto a Dios cosa alguna es imposible, Él igualmente podría, por un único acto de voluntad, tornar creyentes todos los seres humanos de la Tierra! Así no necesitaría, con la encarnación, exponer Su Hijo a las vicisitudes terrenas y a la muerte en la cruz. Ese inmenso sacrificio hubiera sido evitado. Pero el hecho de que así ocurrió constituye un testimonio de la inflexibilidad de las leyes divinas actuantes desde los primordios en la Creación, en las cuales una violación forzada para cualquier alteración no es posible debido a su perfección.

En relación a eso, por su parte, podría ser replicado por aquellos, que disputan tenaz y ciegamente, que así como aconteció era de la voluntad de Dios. Eso es dicho de modo cierto, pero no es en absoluto una contraprueba, al contrario, en la realidad un concordar de la afirmativa anterior, cuando se abandona la concepción más ingenua y se sigue un aclaramiento más profundo, lo cual, impreteriblemente, exige todos los dichos de naturaleza espiritual.

¡Era de la voluntad de Dios! Eso, sin embargo, nada tiene que ver con una arbitrariedad, pero, al contrario, nada más significa de lo que la confirmación de las leyes inseridas por Dios en la Creación, portadoras de Su voluntad, y el incondicional encuadramiento en ellas a eso conectado, las cuales no admiten una excepción o contorno. Exactamente en la necesidad de cumplir se efectúa y se comprueba, si, la voluntad de Dios.

Por eso Cristo, para el desempeño de su misión, hubo que someterse, inevitablemente, también a todas las leyes de la naturaleza, es decir, a la voluntad de su Padre. Que Cristo haya hecho todo eso, comprueba toda su vida. El nacimiento normal, el crecimiento, el hambre que en él también se manifestaba y el cansancio, los sufrimientos y por ultimo la muerte en la cruz. Bajo a todo cuanto un cuerpo humano terreno está sujeto, también él estaba sujeto. Por que, entonces, única y exclusivamente la concepción debería ser de otra manera, para lo que no había necesidad. ¡Justamente en la naturalidad se torna la misión del Salvador aún mayor, de modo alguno disminuida! Igualmente María, por ese motivo, no ha sido menos agraciada en su elevada convocación.


55. La muerte del Hijo de Dios en la cruz y la Cena

Por ocasión de la muerte de Cristo se rasgó en el Templo la cortina que separaba el Santísimo de la humanidad. Tal acontecimiento es tomado en cuenta como símbolo de que, con la muerte por sacrificio del Salvador, cesaba en el mismo instante la separación existente entre la humanidad y la divinidad, es decir, fue criada una ligazón directa.

Tal interpretación, sin embargo, es errada. ¡Con la crucifixión rechazaron las criaturas humanas el Hijo de Dios como el Mesías esperado, con lo que la separación se ha tornado mayor! Se rasgó la cortina porque, consecuentemente, no había más necesidad del Santísimo. Quedó expuesto a la vista y a las corrientes impuras, una vez que, simbólicamente expreso, el divinal después de ese hecho no puso más su pie sobre la Tierra, con lo que se tornó superfluo el Santísimo. Por lo tanto, exactamente el contrario de las interpretaciones de hasta ahora, en las cuales, nuevamente, como tantas veces, solamente se evidencia la gran presunción del espíritu humano.

La muerte en la cruz tampoco fue un sacrificio necesario, sino uno asesinato, uno verdadero crimen. Cualquier otra explicación constituye una evasiva, que debe valer como excusa o que surgió por ignorancia. Cristo no bajó a la Tierra absolutamente con la intención de dejarse crucificar. ¡En eso tampoco reside la redención! Cristo fue crucificado, sin embargo, como un incomodo portador de la Verdad, a causa de sus enseñanzas.

¡No fue su muerte en la cruz que podía y debía traer la redención, sino la Verdad, que dio a la humanidad en sus palabras!

La Verdad, sin embargo, era incomoda a los entonces dirigentes de religiones y de templos, una molestia, visto temblarles fuertemente su influencia. Exactamente conforme también hoy, nuevamente, pasaría en tantos lugares. Con relación a eso, la humanidad no ha cambiado. Los dirigentes de antaño se apoyaban, así como los de hoy, en antiguas y buenas tradiciones, pero éstas se habían tornado, a causa de los practicantes y aclaradores, mera forma rígida, vacía, sin más ser viva en si. Idéntico cuadro al que hoy nuevamente se presenta de modo frecuente.

Pero aquél que quería traer esa vida necesaria hacia dentro de la Palabra existente, trajo con eso naturalmente una revolución en la practica y en la explicación, no en la propia Palabra. Él libertó el pueblo de la rigidez y vacuidad opresoras, lo salvó de eso, y eso fue naturalmente una grande molestia para aquellos, que pudieron reconocer pronto cuan enérgicamente ha sido interferido así en las riendas de su errada conducción.

Por eso el portador de la Verdad y libertador del fardo de las interpretaciones erróneas hubo que sufrir sospecha y persecución. Cuando no se logró, a pesar de todos los esfuerzos, hacerlo ridículo, se trató de presentarlo como inverosímil. ¡Para tanto, debía servir el “pasado terreno”, como hijo de carpintero, para tacharlo de “inculto y por eso incapaz para una elucidación!” De un “laico”. Tal como pasa también hoy en relación a cada uno que enfrenta dogmas rígidos, los cuales sofocan ya en el germen todo el esfuerzo ascendente, libre y vivo. Por precaución, ninguno de los adversarios se profundizó en sus aclaraciones, pues muy acertadamente sentían que ante una replica puramente objetiva deberían ser derrotados. Se atuvieron, pues, en la difamación vil, ante sus instrumentos venales, a punto de no temer, por último, en momento para ellos propicio, acusarlo publica y falsamente y llevarlo a la cruz, a fin de alejar junto a él la amenaza a su poderío y prestigio.

Esa muerte violenta, antaño comúnmente practicada por los romanos, no constituyó en si la redención y tampoco la trajo. ¡No redimió ninguna culpa de la humanidad, no la libertó de cosa alguna, sino solamente sobrecargó aún más la humanidad, por ser un asesinato de la más baja especie!

Si de eso entonces, hasta los días actuales, aquí y allá se desarrolló un culto, de ver en ese asesinato un hecho esencial necesario de la obra de redención del Hijo de Dios, entonces el ser humano queda con eso alejado justamente de lo que es más precioso, de aquello que única y exclusivamente puede traer la redención. Lo desvía de la verdadera misión del Salvador, de aquello que tornó necesaria su venida del divinal hacia la Tierra. ¡Sin embargo, eso no pasó para sufrir la muerte en la cruz, pero si, para anunciar la Verdad en el amontonado de la rigidez dogmática y de la vacuidad, que arrastran el espíritu humano hacia bajo! Fue para describir las cosas entre Dios, la Creación y el ser humano de tal forma como realmente son. De esa forma, todo cuanto el limitado espíritu humano había engendrado a tal respeto, y que encubría la realidad, tenia que caer por sí sin fuerza. Solamente entonces el ser humano pudo ver claramente ante si el camino que lo conduce hacia arriba.

¡Solamente en el traer esa Verdad y en la liberación de errores conectada a eso reside única y exclusivamente la redención!

Es la redención de la visión turbia, de la creencia ciega. La palabra “ciega” ya caracteriza suficientemente la condición errada.

La Cena antes de su muerte fue una Cena de despedida. Cuando Cristo dijo: “Tomad, comed, este es mi cuerpo. Bebed todos de esto, esta es mi sangre del nuevo testamento, que será derramada para muchos, para el perdón de los pecados”, declaraba con eso que estaba dispuesto incluso a aceptar esa muerte en la cruz, solamente para tener la oportunidad de transmitir a la humanidad perdida la Verdad en sus aclaramientos, que indica, única y exclusivamente, el camino para el perdón de los pecados.

¡Él dice también, textualmente: “para el perdón de muchos”, y no acaso “para el perdón de todos”! Por consiguiente, solamente para aquellos que se interesasen por sus explicaciones y de ellas sacasen lecciones vivas.

Su cuerpo destruido por la muerte en la cruz y su sangre derramada deben contribuir para que se reconozca la necesidad y la seriedad de los aclaramientos traídos por él. ¡Esa urgencia solamente debe ser subrayada por la repetición de la Cena y en la Cena!

Que el Hijo de Dios no haya retrocedido ni mismo delante de una tal hostilidad de la humanidad, cuya probabilidad ya hubiera sido reconocida de antemano, antes de su venida, *(Disertación Nro. 48: Fenómeno universales) debía indicar especialmente para la situación desesperada del espíritu humano, que solamente podría ser arrancado de la ruina por el agarrarse a la cuerda de salvación de la Verdad sin disfraz.

¡La referencia del Hijo de Dios, durante la Cena, a su muerte en la cruz es solamente una ultima y expresa indicación sobre la necesidad urgente de sus enseñanzas, las cuales él ha venido traer!

¡Al tomar la Cena, pues, cada persona debe darse cuenta siempre de nuevo de que el propio Hijo de Dios no temió la presuposición de una muerte en la cruz, causada por la humanidad, y que dio cuerpo y sangre a fin de posibilitar a la humanidad el recibimiento de la descripción del real fenómeno en el Universo, que muestra nítidamente los efectos de las leyes inmutables de la Creación que traen en si la voluntad divina! Con ese reconocimiento de la severidad amarga, que acentúa la necesidad urgente del mensaje para la salvación, debe renacer constantemente en las criaturas humanas nueva fuerza, nuevo impulso para realmente vivir según las claras enseñanzas de Cristo, a fin de no solo comprenderlas bien, sino también actuar en todo en acuerdo con ellas. ¡Con eso obtendrán también perdón de sus pecados y redención! No diferentemente. Tampoco directamente. Pero los encontrarán impreteriblemente en el camino que Cristo muestra en su mensaje.

Por esa razón debe la Cena siempre de nuevo vivificar el acontecimiento, a fin de que no se debilite el único esmero salvador para el cumplimiento de las enseñanzas traídas con tamaño sacrificio; pues por la indiferencia que se inicia o por las formas meramente externas, las criaturas humanas pierden esa cuerda de salvación y vuelven a caer en los tentáculos de los errores y de la destrucción.

Es un gran error las criaturas humanas creer que por la muerte en la cruz esté garantizado el perdón de sus pecados. Ese pensamiento resulta el terrible daño de que todos aquellos que en eso creen serán por eso retenidos del verdadero camino hacia la redención, que reside, única y exclusivamente, en el hecho de vivir de acuerdo con las palabras del Salvador, de acuerdo con las explicaciones que él dio, como conocedor y por abarcar todo con la visión. Y esas explicaciones muestran, en cuadros prácticos, el necesario cumplimiento y observancia de la voluntad divina, que se encuentra en las leyes de la Creación, así como sus efectos, en la observancia y en la inobservancia.

Su obra redentora consistió en traer esa explicación, que debía mostrar las faltas y los daños de la práctica religiosa, pues ella trajo en si la Verdad, a fin de iluminar la oscuridad creciente del espíritu humano. No consistió en la muerte en la cruz, tampoco que la Cena o la hostia consagrada pueden ofrecer perdón de los pecados. ¡Ese pensamiento es contra cada ley divina! Con eso cae también el poder de los seres humanos de perdonar pecados. Una persona solamente tiene el derecho y también el poder de perdonar lo que le ha sido hecho por otra personalmente, e incluso entonces sólo cuando su corazón, sin ser influenciado, a eso impele.

¡Quién reflexione seriamente reconocerá también la Verdad y, así, el camino verdadero! Los que tienen pereza de pensar y los indolentes que no conserven continuamente preparada, con todo cuidado y atención, la lamparilla a ellos confiada por el Criador, es decir, la facultad de examinar y dilucidar, pueden perder fácilmente la hora, cuando la “Palabra de la Verdad” llegar a ellos, como las tolas vírgenes de la parábola. Una vez que se dejaron dormirse en cansado comodísimo y creencia ciega, no serán capaces de reconocer, por su indolencia, el portador de la Verdad o novio. Tienen que quedar hacia tras, cuando los vigilantes entren en el reino de la alegría.


56. “Bájate de la cruz”

“¡Si es Hijo de Dios, entonces bájate de la cruz! ¡Ayuda a ti mismo y a nosotros!” De modo escarnecedor, resonaron esas frases en dirección al Hijo de Dios, cuando sufría en la cruz bajo los rayos abrasadores del Sol. Las criaturas humanas, que así vociferaban, se tenían en cuenta de extraordinariamente sagaces. Escarnecían, triunfaban, se reían llenas de odio, sin tener siquiera un motivo propio para tanto; pues el sufrimiento de Cristo seguramente no era razón para sarcasmo y burla, y mucho menos para risas. Se les desvanecería, si solamente por un instante hubiesen podido “ver” los fenómenos concomitantes en los reinos de materia fina y espiritual; pues sus almas fueran ahí pesadamente atadas por milenios. Aunque el castigo no haya podido tornarse tan rápidamente visible en la materia grosera, vino, sin embargo, en todas las vidas terrenas posteriores, para las cuales por eso las almas pecaminosas fueron forzadas.

Los escarnecedores se tenían antaño como astutos. Sin embargo, no pudieron dar una expresión más acertada como prueba de su estrechez de lo que ésas palabras; pues ahí reside la concepción más pueril que se puede imaginar. Los que así hablan, lejos se encuentran de cualquier comprensión de la Creación y de la voluntad de Dios en la Creación. Como es deprimente, por lo tanto, el triste saber de que también aún hoy gran parte de aquellos, que por ultimo aún creen en Dios y en la misión de antaño de Su Hijo, piensan firmemente que Jesús de Nazareno podría haber bajado de la cruz si solamente lo hubiese deseado.

¡Después de dos mil años, aún la misma soñolienta estrechez, sin modificación para el progreso! Según las opiniones ingenuas de muchos que creen en Dios, Cristo, por haber venido de Dios, debía ser ilimitado en sus actuaciones en esta Tierra.

Es una expectativa oriunda de la más mórbida ingenuidad, una creencia resultante de la pereza de raciocinar.

Con una encarnación, el Hijo de Dios también fue “puesto bajo la ley”, es decir, se sometió con eso a las leyes de la Creación, a la voluntad inamovible de Dios en la Creación. Ahí no hay cualquier alteraciones en lo que se refiera al cuerpo terrenal atado a la Tierra. Obedeciendo a la voluntad de Dios, Cristo se sometió voluntariamente a esa ley, pues no vino para derrumbarla, sino para cumplirla con la encarnación en esta Tierra.

Por eso él estaba atado a todo aquello a lo que el ser humano terreno se halla atado y también como Hijo de Dios no podía bajarse de la cruz, a pesar de su poder y de su fuerza de Dios, en cuanto se encontrase en carne y sangre en la materia gruesa. ¡Eso equivaldría al derrumbamiento de la voluntad divina en la Creación!

Esa voluntad, sin embargo, es perfecta desde el principio. Por toda la parte, no solamente en la materia gruesa terrenal, sino también en la materia fina, así como en el enteal y en el espiritual, con todas sus gradaciones y transiciones. No diferentemente en el divinal y tampoco en el propio Dios.

La actuación divina, la fuerza y el poder divinos se presentan de modo muy diferente de lo que en presentaciones exhibicionistas. Justamente el divinal vivirá solamente en el cumplimiento absoluto de la voluntad divina, jamás queriendo algo diferente. De modo idéntico, la criatura humana que tiene elevada madurez espiritual. Mientras más desarrollada esté, tanto más incondicionalmente se curvará bajo las leyes divinas en la Creación, de modo voluntario, alegre. Jamás esperará actos arbitrarios que se encuentran afuera de las leyes corrientes de la Creación, porque acredita en la perfección de la voluntad divina.

Si un cuerpo de materia gruesa se encuentra clavado en le cruz, realmente firme, no conseguirá liberarse sin ayuda ajena, sin auxilio de materia gruesa. Eso es ley, según la divina voluntad criadora, que no se deja transponer. Quién piensa de modo diferente y espera otra cosa, no cree en la perfección de Dios o en la inmutabilidad de Su voluntad.

Que los seres humanos ahora, además su supuesto progreso en el saber y en la capacidad, aún no se tornaron diferentes, que aún se encuentran allá donde se encontraban antaño, muestran al vociferar nuevamente hoy:

“Si él es el Hijo del Hombre, entonces, así que quiera, puede desencadenar las catástrofes que están anunciadas.” Lo presuponen como algo evidente. Eso significa, sin embargo, con otras palabras: “No consiguiendo tal, entonces no es el Hijo del Hombre.”

Sin embargo, es del conocimiento de los seres humanos que el propio Cristo, como Hijo de Dios, ya ha señalado, a tal propósito, que nadie, que no sea Dios exclusivamente, conoce la hora en que se iniciará el Juicio. Es, por lo tanto, dupla duda cuando las criaturas humanas hablan de esa manera. Duda cuanto al Hijo del Hombre y duda cuanto a la Palabra del Hijo de Dios. Además, tal aserción por su parte solamente da testigo de la falta de comprensión en relación a toda la Creación. La total ignorancia exactamente en todo aquello que para cada ser humano es más urgentemente necesario saber.

Si el Hijo de Dios tuvo que someterse a la voluntad de Dios en la Creación, por ocasión de su encarnación, no pudo evidentemente el Hijo del Hombre encontrarse por sobre esas leyes. Un estar por sobre las leyes es totalmente imposible en la Creación. Quien ingresa en la Creación se encuentra con eso también bajo la ley de la voluntad divina, que jamás se altera. Así también el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre. Una gran laguna en la posibilidad de comprensión de todo eso adviene solamente de la circunstancia de que los seres humanos todavía no hayan buscado esas leyes de Dios en la Creación, por consiguiente, hasta hoy aún tampoco las conocen, teniendo solamente encontrado de vez en cuando pequeños fragmentos de ellas allá, donde por acaso sobre ellos tropezaron.

Si Cristo realiza milagros, que están muy allá de las posibilidades de los seres humanos terrenos, eso no justifica el pensamiento de que él no necesitaba preocuparse con las leyes de la voluntad de Dios que residen en la Creación, de que pasaba por sobre ellas. Eso es imposible. Incluso en los milagros, actuaba en plena concordancia con las leyes de Dios, y no arbitrariamente. Con eso solamente comprobó que trabajaba dentro de la fuerza divina, y no de la espiritual, siendo evidente, por consiguiente, que en los efectos ultrapasase de lejos las capacidades humanas. Los milagros, sin embargo, no estaban afuera de las leyes de la Creación, sino se encuadraban completamente en las mismas.

Tan retrasado quedó el ser humano en su desarrollo espiritual, que ni siquiera consigue llevar al pleno desabrochar las fuerzas espirituales a él disponibles, del contrario también realizaría hechos que, en los conceptos de hoy, llegarían al milagroso.

Con fuerza divina, sin embargo, naturalmente pueden ser criadas obras aún muy diferentes, que jamás podrán ser alcanzadas con fuerza espiritual, y que, ya en su especie, se diferencian de las más elevadas actuaciones espirituales. Sin embargo, todos los acontecimientos permanecen dentro de los limites de la regularidad de las leyes divinas. Nada va allá de eso. Los únicos, que cometen actos arbitrarios dentro de los limites de su libre voluntad a ellos concedidos, son los seres humanos; pues éstos jamás se encuadraron realmente en la voluntad de Dios, allá, donde como seres humanos tienen cierta libertad de actuar según el propio querer. Siempre antepusieron en eso su propia voluntad. Y con eso se tulleron a si mismos, no pudiendo jamás elevarse más alto de lo que su propia voluntad intelectual, atada a la Tierra, lo ha permitido.

Por lo tanto, los seres humanos no conocen siquiera las leyes de la Creación, las cuales desencadenan o liberan su poder espiritual, dentro de las cuales consiguen desarrollar su poder espiritual.

Tanto más admirados se encuentran entonces delante del desenrollar de la fuerza divina. Pero por la misma razón tampoco consiguen reconocer la fuerza divina como tal, o de ella aguardan cosas que se hallan afuera de las leyes divinas dentro de la Creación. A él, sin embargo, haría parte el bajar de un cuerpo de materia gruesa de la cruz de materia gruesa.

Resucitaciones de muertos ante la fuerza divina no están afuera de las leyes divinas, bajo la condición que eso se pase dentro de un cierto tiempo, que para cada persona es diferente. Mientras más espiritualmente madurada es un alma que se despliega del cuerpo de materia gruesa, tanto más rápidamente está libre de él, y tanto menor es el tiempo de la posibilidad, de acuerdo con las leyes, de ser llamada de vuelta, toda vez que eso solamente puede suceder mientras aún haya ligazón del alma con el cuerpo.

El alma vivificada por el espíritu tiene que obedecer a la voluntad divina, es decir, a la fuerza divina y, ante su llamado, volver por el puente de materia fina al cuerpo de materia gruesa ya abandonado, mientras el puente aún no esté roto.

Cuando aquí se habla en fuerza divina y en fuerza espiritual, entonces eso no contesta el hecho de que en la verdad hay solamente una fuerza, que emanó de Dios y que penetra en la Creación entera. Pero existe una diferencia entre la fuerza divina y la espiritual. La fuerza espiritual es dominada por la divina, de la cual se ha originado. No es acaso una fuerza divina debilitada, pero una fuerza modificada, que por su modificación se tornó de especie diversa, recibiendo así limites más restrictos en su capacidad de acción. Son, por lo tanto, dos especies actuando diferentemente y, en la realidad, solamente una fuerza. Se adjunta a eso aún la fuerza enteal, que es una fuerza espiritual modificada. Por lo tanto, tres fuerzas fundamentales, de las cuales la espiritual y la enteal son alimentadas y regidas por la divina. Todas las tres deben ser denominadas como una sólo. Otras fuerzas no existen, sino solamente muchas variaciones que se originaron de la especie fundamental espiritual y enteal, y que, entonces, también tienen heterogeneidad en sus efectos. Cada variación trae, por su parte, por la modificación, también leyes correspondientemente modificadas, las cuales, sin embargo, se agregan siempre lógicamente a la especie fundamental, aunque exteriormente parezcan diferentes, correspondiendo a la modificación de la fuerza. Pero todas las especies, incluso las fundamentales, están subordinadas a la ley de la fuerza divina suprema, pudiendo, en sus propias leyes modificadas, ser diferentes solamente en las formas externas. A causa de eso parecen diferentes, porque cada especie y variación, excepto la voluntad divina, sólo constituyen especies parciales, que por eso son obras parciales, las cuales, por su parte, sólo pueden tener también leyes parciales. Éstas se esfuerzan hacia lo todo, a lo que es perfecto, de donde han sido derivadas, a la pura fuerza divina, que equivale a la voluntad divina, la cual se efectiva como ley inmutable y férrea.

Cada una de las fuerzas actúa ahora con sus variaciones en la materia fina y gruesa existente conforme la respectiva especie y forma en ella, debido a su heterogeneidad propia, también mundos o planos heterogéneos que, considerados aisladamente, constituyen para toda la Creación, cada vez, solamente una parte de ella, porque la fuerza, que la formó, constituye también siempre solamente una parte modificada de la fuerza divina perfecta, no con leyes plenas, sino solamente parciales. Solamente todas las leyes de los planos universales aislados, reunidas, resultan entonces otra vez en leyes plenas, que fueron colocadas por la voluntad divina en la Creación primordial, en el reino puro espiritual.

Por eso, también un germen del espíritu humano tiene que recurrir todos los planos del Universo, de manera a vivenciar sus leyes peculiares y tornarlas vivas dentro de si. Habiendo cosechado ahí todos los buenos frutos, entonces realmente estará conciente de esas leyes y podrá, consecuentemente, si las haya utilizado bien y de acuerdo con la voluntad de Dios, entrar en el Paraíso, será llevado hacia allá por las leyes en sus efectuaciones, a fin de, a partir de allá, intervenir entonces concientemente, auxiliando y beneficiando, en los planos parciales que se encuentran abajo de él, como misión suprema de cada espíritu humano desarrollado. Sobre ocupación jamás podrá ocurrir, visto que los planos universales ahora existentes pueden ser extendidos ilimitadamente; pues pairan en el infinito.

Así el Reino de Dios se va tornando cada vez mayor y mayor, edificado y ampliado cada vez más por la fuerza de los espíritus humanos puros, campo de actuación de los cuales habrá que tornarse la Creación posterior, la cual ellos podrán dirigir del Paraíso, visto que ellos mismos ya recurrieron antes todas las partes y así alcanzaron conocerlas plenamente.

Estas explicaciones están aquí solamente para que no surjan equívocos debido a las referencias a la fuerza divina y a la fuerza espiritual, ya que de hecho sólo existe una fuerza única proveniente de Dios, de la cual se forman las variaciones.

Quien tiene conocimiento de todos esos fenómenos jamás manifestará esperanza pueril sobre cosas, que jamás podrán ocurrir, por hallarse afuera de cada una de las leyes de la Creación. Así también el Hijo del Hombre no puede con el extender de su mano desencadenar catástrofes, las cuales deben realizarse directamente. Eso seria contrario a las existentes y inalterables leyes de la naturaleza. El Hijo del Hombre, como servio de Dios, envía la voluntad divina, la Fuerza divina, para las diversas fuerzas básicas y éstas siguen entonces la nueva dirección que les ha sido dada con eso por la voluntad divina reinante. Ahí actúan en esa dirección ordenada, correspondiendo, sin embargo, exactamente a sus leyes parciales, las cuales no pueden contornar. Seguramente ocurre la gran aceleración, pero también ésa permanecerá siempre sujeta a la posibilidad.

Así el espiritual es, en eso, mucho más móvil y mas ligero, por lo tanto, también más rápido de lo que el enteal. Por lo tanto, el enteal necesita de más tiempo en la efectuación de lo que el espiritual. Por esa razón, naturalmente, el enteal, es decir, el acontecimiento elementar, habrá que concretizarse también más tarde de lo que el espiritual. De la misma forma, a través de esas fuerzas, la materia fina puede ser movida más deprisa de lo que la materia gruesa. Todas son leyes, que deben ser cumplidas, no pueden ser contornadas tampoco rotas.

Todas esas leyes son conocidas en la Luz, y el envío de los emisarios realizadores o de ordenes especiales es dispuesto de tal modo que los efectos finales ocurran como por Dios es deseado.

Un dispendio, de grandeza incomprensible a los seres humanos, se tornó necesario para el actual Juicio. Sin embargo, trabaja de modo preciso, de modo que en la verdad no ocurran retardos... con excepción de los puntos donde la voluntad humana debe colaborar. Solamente los seres humanos buscan, siempre, con vanidosa obstinación, mantenerse afuera de cada realización o incluso colocarse en el camino, impidiendo perturbadora y hostilmente... con presunción que prende a la Tierra.

Afortunadamente, después de la grande falta de las criaturas humanas durante la existencia terrena del Hijo de Dios, eso ahora fue tomado en cuenta. Los seres humanos con su faltar solamente pueden dificultar el camino terreno del Hijo del Hombre hasta cierto tiempo, de modo que él tendrá que caminar por atajos, dar vueltas, pero no consiguen detener los acontecimientos deseados por Dios, o incluso alterar de algun modo el resultado predeterminado; pues ya les fue sacado el apoyo de las tinieblas en la retaguardia, suministradora de fuerzas para sus tonterías, en cuanto las murallas de su actuar intelectivo, por tras de las cuales, ocultados, aún tiran flechas venenosas, desmoronarán rápidamente bajo la presión de la Luz en avanzo. Entonces ella se precipita sobre ellos, y ningún perdón les deberá ser concedido, después del mal que su pensar siempre de nuevo creó funestamente. Así, el dia, ardientemente anhelado por aquellos que se esfuerzan hacia la Luz, no llegará ni una hora más tarde de lo que debe.


57. ¡Esta es mi carne! ¡Esta es mi sangre!

“Quién acepta mi Palabra, acepta a mi”, dijo el Hijo de Dios a sus discípulos, “¡en verdad come de mi carne y bebe de mi sangre!”

Ése es el sentido de las palabras que el Hijo de Dios pronunció cuando instituyó la Cena, y las cuales él simbolizó con la Cena en memoria de su peregrinación por la Tierra. Cómo podía ocurrir que a tal respeto se desencadenasen violentas disputas entre los eruditos y las iglesias. El sentido es tan sencillo y tan claro, si la criatura humana colocar como base que el Hijo de Dios, Jesús Cristo, era la Palabra de Dios encarnada.

Cómo podría él hablar a ese respeto más nítidamente de lo que con las sencillas palabras: “¡Quién acepta mi Palabra, come de mi cuerpo y bebe de mi sangre!” También cuando dijo: “¡La Palabra es verdaderamente mi cuerpo y mi sangre!” Había, pues, que hablar así, porque él propio era la Palabra Viva en carne y sangre. En todas las transmisiones solamente ha sido omitido siempre de nuevo el principal: ¡la indicación a la Palabra que peregrinó por la Tierra! Por ella no haber sido entendida, la juzgaban de poca importancia. Con eso, sin embargo, toda la misión de Cristo fue mal comprendida y mutilada, desfigurada.

También a los discípulos del Hijo de Dios no ha sido dada en aquél tiempo, a pesar de su fe, la posibilidad de comprender acertadamente las palabras de su Maestro, así como tantas cosas, dichas por él, nunca las comprendieron bien. A ese respecto el propio Cristo manifestó su tristeza con bastante frecuencia. Formaron simplemente el sentido de la Cena a la manera como habían comprendido en su sencillez infantil. Es evidente ahí que repropusiesen también las palabras, poco claras para ellos, de manera correspondiente a su propia comprensión, no, sin embargo, como el Hijo de Dios las tenia en mente. —

¡Jesús era la Palabra de Dios encarnada! Por lo tanto, quién acogió bien su Palabra dentro de si, éste acogió con eso a él propio.

¡Y si una persona deja tornarse viva dentro de si la Palabra de Dios a ella ofrecida para que, así, se le torne una evidencia en el pensar y en el actuar, entonces, ella, con la Palabra dentro de si, también torna vivo el espíritu de Cristo, porque el Hijo de Dios fue la Palabra Viva de Dios encarnada!

La criatura humana tiene solamente que esforzarse para penetrar finalmente en ese curso de pensamientos de modo cierto. No debe solamente leer y charlar a respeto, pero también necesita buscar vivificar con imágenes ese curso de pensamientos, es decir, vivenciar serenamente el sentido en imágenes vivas. Entonces también vivenciará realmente la Cena, presuponiendo que reconozca ahí el recibimiento de la Palabra Viva de Dios, cuyo sentido y querer ella naturalmente debe conocer antes en el fondo.

No es tan cómodo así, conforme piensan tantos fieles. Aceptación tosca de la Cena no les puede traer ningún provecho; pues aquello que es vivo, como la Palabra de Dios, quiere y también debe ser tomado de modo vivo. La Iglesia no consigue insuflar vida a la Cena para otro, en cuanto ese participante de la Cena no haya antes preparado en si propio el lugar para recibirla correctamente.

Se ven igualmente cuadros que visan reproducir la bella expresión: “¡Yo golpeo la puerta!” Los cuadros son ciertos. El Hijo de Dios está parado delante de la puerta de la cabaña y golpea, queriendo entrar. Sin embargo, el ser humano ahí ya añadió nuevamente algo de su propio pensar, al dejar ver por la puerta entreabierta la mesa puesta en la cabaña. Surge así el pensamiento de que no debe ser repelido nadie que pida para comer y para beber. El pensamiento es bello y también corresponde a la Palabra de Cristo, pero interpretado de modo demasiado restricto en eso. ¡El “Yo golpeo la puerta” significa más! La caridad es solamente una pequeña parte del contenido de la Palabra de Dios.

¡Cuando Cristo dice: “Yo golpeo la puerta”, quiere él decir con eso que la Palabra de Dios, por él corporificada, está golpeando la puerta del alma humana, no para pedir admisión, pero sí exigiendo entrada! La Palabra dada a las criaturas humanas en toda su plenitud debe ser acepta por éstas. ¡El alma debe abrir su puerta para la entrada de la Palabra! Si obedezca a esa exigencia, entonces, los actos de materia gruesa de la criatura humana terrena serán como evidencia de tal modo, como lo exige la “Palabra”.

La criatura humana siempre busca solamente una comprensión intelectiva, lo que significa desmembramiento y con eso también disminución, un establecimiento de limites más restrictos. Por eso, incurre siempre de nuevo en el peligro de reconocer solamente fragmentos de todo lo que es grande, conforme también aquí ha pasado nuevamente.

La encarnación, por lo tanto, corporificación, de la Palabra Viva de Dios deberá permanecer siempre un misterio a los seres humanos terrenos, porque el inicio de ese fenómeno se desenrolló en el divinal. Incluso en el divinal, sin embargo, la capacidad de comprensión del espíritu humano no consigue penetrar, quedando así vedada a la comprensión de la criatura humana la primera fase para la futura encarnación. Por lo tanto, no es sorprendente que exactamente ésa acción simbólica del Hijo de Dios, que consistió en la distribución del pan y del vino, aún no pudiese ser comprendida hasta hoy por la humanidad. Pero quien después de ese aclaramiento, que a él le permite imaginar un cuadro, aún quiera vociferar contra tal propósito prueba solamente que el limite de su comprensión termina en el espiritual. Su defensa en favor de la explicación literalmente antinatural de hasta ahora de esas palabras de Cristo daría testigo solamente a una obstinación inescrupulosa.


58. Resurrección del cuerpo terreno de Cristo

¡Perfecto es Dios, el Señor! Perfecta Su voluntad, que está en Él y desde Él exhala para generar y mantener la obra de la Creación. Perfectas son, por lo tanto, también las leyes que en Su voluntad prepasan la Creación.

Perfección, sin embargo, excluye de antemano cualquier desvío. ¡Es ésta la base que justifica incondicionalmente la duda sobre tantas afirmaciones! Varias doctrinas se contradicen, porque, al mismo tiempo en que enseñan acertadamente la perfección de Dios, establecen aserciones absolutamente opuestas, y exigen creencia en cosas que excluyen una perfección de Dios y de Su voluntad, que se encuentra en las leyes de la Creación.

Con eso, sin embargo, se diseminó en muchas doctrinas el germen de la enfermedad. Un verme destructivo que un dia deberá hacer desmoronar toda la estructura. ¡El desmoronamiento es tanto más inevitable, dondequiera desde tales contradicciones han sido hechas columnas maestras, que no solamente ponen en duda la perfección de Dios, sino incluso la niegan severamente! Esa negación de la perfección de Dios incluso hace parte de las exigencias de credos dogmáticos, las cuales sólo entonces posibilitan la admisión en las comunidades.

Tenemos ahí la cuestión sobre la resurrección de la carne, con referencia a la resurrección del cuerpo terreno del Hijo de Dios, que es acepta sin reflexión por la mayoría de las personas, sin dejar lo mínimo vestigio de comprensión. Otros, por su parte, se apropian de tal aserción, con desconocimiento totalmente conciente, pues a ellos les hacia falta el preceptor, que pudiese dar una explanación correcta sobre eso.

Qué cuadro triste se ofrece ahí a un observador sereno y sincero. Cuán lamentable se encuentra ante él un tal grupo de personas, las cuales muchas veces aún se consideran orgullosamente como entusiastas fervorosos de su religión, como fieles ortodoxos, cuando ahí demuestran el fervor al mirar, precipitadamente con ignorante arrogancia, del alto para cuantos piensen de modo diverso, sin pensar que exactamente eso tiene que ser considerado como señal infalible de absoluta incomprensión.

Quién, sin cuestionar, acepta y confiesa como su convicción temas importantes muestra con eso ilimitada indiferencia, pero ninguna verdadera fe.

En esta luz se encuentra un tal ser humano delante de aquél que él suele llamar de Altísimo y de Santísimo, lo Cual debe significar para él el contenido y el apoyo para toda la existencia.

Con eso él no es una argolla viva de su religión, a quien pueda advenir ascensión y redención, sino un metal resonante, solamente un cencerro vació y tintineante, que no comprende las leyes de su Creador y ni se empeña en reconocerlas.

Para todos los que así actúan, eso significa una parada y un retroceso en el camino que debe conducirlos a través de la materialidad para fines de evolución y progreso, rumbo a la Luz de la Verdad.

También la conceptuación errada de la resurrección de la carne es, como cualquier otra conceptuación errónea, un estorbo producido artificialmente, que ellos llevan consigo para el más Allá, delante de lo cual también allá tienen que quedar retenidos, no pudiendo proseguir, porque no pueden liberarse solos de eso; pues la creencia errada pende firmemente en ellos, y los ata de tal modo, que cualquier libre visión hacia la Verdad luminosa les es cortada.

No se atreven a pensar diferentemente, y por eso no pueden progresar. Con eso adviene el peligro de que las almas, que se mantengan así atadas por si propias, pierdan aún el ultimo plazo para liberarse y no asciendan hacia la Luz a tiempo, por lo que habrán que resbalar junto hacia la descomposición y encontrar como meta final la condenación eterna.

Condenación eterna es el estar permanentemente desconectado de la Luz. Uno quedarse separado de ella para siempre, por si propio, por la naturaleza del fenómeno lógico, de no poder volver hacia la Luz como personalidad desarrollada, plenamente conciente. Esa circunstancia resulta del arrastramiento a la descomposición, que pulveriza y disuelve junto con el cuerpo de materia fina también todo lo que haya conquistado espiritualmente de personal-conciente. *(Disertación Nro. 20: El Juicio Final) Esta es entonces la así nombrada “muerte espiritual”, de la cual no más puede haber ninguna ascensión hacia la Luz para el “yo” conciente que hasta ahí había se desarrollado, mientras que éste, en una ascensión, no solamente permanece, sino sigue evolucionando hasta la perfección espiritual.

La persona que pasa hacia el más Allá con una creencia errada o irreflexionadamente acepta como siendo propia permanece atada e impedida hasta tornarse viva y libre en si misma ante otra convicción, rompiendo así el obstáculo que, debido a su propia creencia, la impide de tomar el camino cierto y verdadero, y de ahí proseguir.

Pero esa superación y el desenvolvimiento de fuerzas, necesarios para liberarse a sí misma de tal ilusión, son inmensos. Ya el paso para acercarse de tal pensamiento exige, espiritualmente, un enorme impulso. Así, millones se mantienen presos, y no más pueden, por lo tanto, reunir fuerzas, ni mismo para levantar el pie, en la ilusión perniciosa de con eso cometer algo errado. Están como que paralizados y también perdidos, si la propia fuerza viva de Dios no busque el camino hacia ellos. Ésta, sin embargo, solamente puede, por su parte, intervenir ayudando, cuando haya en el alma humana una chispa de voluntad para tanto, yendo a su encuentro.

En ese fenómeno, tan sencillo y natural en si, hay una paralización, como más terrible y fatal no puede existir. Es que, con eso, la bendición de la fuerza de la libre decisión concedida al ser humano se convierte en maldición, debido a la aplicación errada. Cada uno, individualmente, tiene siempre en manos excluirse o unirse. ¡Y precisamente en eso se venga terriblemente, cuando una persona se entrega ciegamente a una doctrina, sin el más cuidadoso y severo examen! ¡La indolencia en eso a él le podrá costar todo su ser!

El peor enemigo del ser humano, bajo el punto de vista puramente terreno, es el comodísimo. ¡Comodísimo en la fe, sin embargo, se torna su muerte espiritual!

¡Ay de aquellos que no despierten pronto y se animan para el examen más riguroso de todo lo cuanto llaman creencia! ¡Destrucción, sin embargo, espera aquellos que causan tan grande miseria! Aquellos que, como falsos pastores, conducen sus ovejas a la selva desoladora. Nada consigue ayudarlos, excepto reconducir las ovejas perdidas hacia el camino cierto. La grande pregunta ahí, sin embargo, es si aún les resta suficiente tiempo para tanto. Que se examine, pues, cada uno a si propio, cuidadosamente, antes de buscar doctrinar el próximo.

¡Creencia errada es herejía! Y ésa, tanto aquí como en el más Allá, mantiene el espíritu humano preso, segura y firmemente, con tal intensidad, que solamente la fuerza viva de la verdadera Palabra de Dios puede romper. Por eso, cada uno que oiga atentamente su llamado, que a él le alcanza. ¡Solamente aquél que intuye el llamado, para este él es destinado! ¡Él que entonces examine y pondere, y se liberte!

No debe olvidarse ahí que solamente su resolución individual es capaz de romper las esposas con las cuales él propio se prendió anteriormente debido a la creencia errónea. ¡Igual como antaño, por comodísimo o pereza, decidió seguir a las ciegas cualquier doctrina, la cual no haya examinado seriamente en todas las partes, o como talvez haya buscado negar Dios, solamente por no haber podido encontrar hasta entonces, él propio, un camino hacia Él, que correspondiese a la necesidad justificada de una secuencia lógica, sin lagunas, así también ahora nuevamente habrá que partir de él propio la primera voluntad para un examen irrestricto en el buscar! Solamente entonces consigue erguir el pie, hasta entonces atado a causa de su propia voluntad, y dar el primer paso que lo conduce a la Verdad y, con eso, a la libertad en la Luz.

Él propio, y siempre solamente él propio, puede, debe y tiene que ponderar, pues trae en sí el don para eso. Tiene también que tomar únicamente sobre si toda la responsabilidad, de una o de otra forma, poco importando lo que quiera y lo que haga.

Ya la conciencia debía obligarlo al más severo examen.

¡Precisamente esa responsabilidad da a cada ser humano no solamente el derecho irrestricto a un tal examen, sino incluso lo convierte a la más urgente necesidad! ¡Considere él eso tranquilamente como un sano instinto de autoconservación, lo que absolutamente no es errado! Pues él tampoco asina cualquier contracto terreno que le imponga una responsabilidad, sin antes examinar rigurosamente palabra por palabra y reflexionar si puede cumplir todo. ¡No es diferente, sin embargo, mucho más serio en las relaciones espirituales con la decisión de entregarse a cualquier creencia! ¡Si a tal propósito los seres humanos pusiesen en practica un instinto de autoconservación tanto más sano, eso no seria pecado, sino bendición!

¡Resurrección de la carne! ¡Cómo puede la carne de materia gruesa acender hasta el reino puro espiritual de Dios-Padre! Materia gruesa, que ni siquiera consigue pasar para la materia fina del más Allá. Todo cuanto es de materia gruesa, incluso aún de materia fina, está sujeto a la descomposición, según las leyes eternas de la naturaleza. Ahí no hay excepciones ni desvíos, pues las leyes son perfectas. ¡Por consiguiente, lo que es de materia gruesa tampoco puede, después de ocurrida la muerte, ascender al reino del Padre y ni tampoco hacia el más Allá de materia fina, igualmente sujeto a la descomposición! ¡Debido a la perfección de las leyes divinas de la naturaleza, tales desvíos son simplemente imposibles!

En escala pequeña, todo eso también es nítidamente observable en las leyes de la Física, las cuales igualmente nada más demuestran de lo que las inamovibles leyes del Criador, que prepasan también ese campo, así como todo en la existencia entera.

Todo cuanto existe se encuentra, pues, sometido bajo las leyes uniformes del origen, las cuales traen en si, de manera clara y nítida, la voluntad divina simple, sin embargo, indesviable. Nada puede ser separado de eso.

¡Tanto más lamentable es, por lo tanto, cuando algunas doctrinas no quieren reconocer precisamente esa poderosa grandeza de Dios que ahí se manifiesta, con la cual Él, visiblemente, tanto se acerca de la comprensión de la humanidad!

Cada doctrina indica de modo absolutamente cierto para la perfección de Dios. Si, por lo tanto, el origen o la fuente primordial, como tal, es perfecta, entonces solamente lo que es perfecto puede provenir de ella. Por consiguiente, deben ser perfectas también, necesariamente, las leyes de la Creación oriundas de los actos de la voluntad. De modo absolutamente natural, una cosa no se deja separar de la otra. Esas leyes perfectas de la Creación, como leyes de la naturaleza, prepasan y sostienen todo cuanto se ha formado. La perfección equivale, sin embargo, a la inalterabilidad. De ahí resulta que es completamente imposible un desvío en esas leyes fisicas o de la naturaleza. Con otras palabras: en circunstancia alguna puede ocurrir excepciones que contradigan a todos los demás fenómenos en su naturalidad.

¡Por lo tanto, no puede ocurrir ninguna resurrección de la carne que, por ser grueso-material, permanezca incondicionalmente atada a la materia gruesa!

Una vez que todas las leyes primordiales se originaron de la perfección divina, un nuevo acto de voluntad de Dios jamás podrá desarrollarse de forma diferente de lo que la dada desde los primordios de la Creación.

Si algunas doctrinas se cierran a esa evidencia, que resulta incondicionalmente de la perfección de Dios, prueban entonces que sus fundamentos están errados, que están edificados sobre el intelecto humano restricto a espacio y tiempo y, consecuentemente, no pueden tener cualquier pretensión al mensaje de Dios, el cual no mostraría cualquier lagunas, toda vez que un tal mensaje sólo puede advenir desde la perfección, desde la propia Verdad, que no posee lagunas y también es comprensible en su grandeza simple. En primer lugar es natural, porque la naturaleza, así denominada por las criaturas humanas, se originó de la perfección de la voluntad divina y conserva aún hoy su vitalidad de manera inalterada, pero tampoco pudiendo, con eso, estar sujeta a excepción alguna.

Cuando Cristo vino a la Tierra, a fin de anunciar el mensaje de Dios, de la Verdad, tuvo para tanto, como cualquier ser humano, también que servirse de un cuerpo de materia gruesa, es decir, de la carne. En eso, cada persona que reflexiona ya debía, por ultimo, reconocer la inalterabilidad de las leyes de la naturaleza, igual como también en la muerte corpórea ocurrida con la crucifixación.

¡Esa carne de materia gruesa, sin embargo, tampoco podía, después de esa muerte, constituir ninguna excepción, pero si debería permanecer en el mundo de materia gruesa! ¡No podía resucitar, a fin de entrar en un otro mundo! Las leyes divinas o naturales firmemente establecidas no consienten eso, a causa de su perfección exhalada de la voluntad divina. Tampoco pueden, al contrario no serian perfectas, y eso, por su parte, resultaría con que también la voluntad de Dios, Su fuerza y Él propio no fuesen perfectos.

Una vez que eso quede excluido, como cada ciencia puede verificar en la propia Creación, es errado y constituye una duda en relación a la perfección de Dios, cuando debe ser afirmado que esta carne de materia gruesa haya resucitado y después de cuarenta días ingresado en un otro mundo.

Si la carne realmente debe resucitar, entonces eso sólo puede ocurrir cuando el alma, aún atada por un cordón de materia fina al cuerpo de materia gruesa durante algun tiempo, es llamada de vuelta a ese cuerpo. *(Disertación Nro. 20: El Juicio Final) De acuerdo con las leyes naturales, eso solamente es posible en cuanto subsista ese cordón. Una vez desligado tal cordón, un resucitar, es decir, una llamada de vuelta del alma al cuerpo de materia gruesa de hasta entonces, sería imposible! Eso igualmente está sujeto estrictamente a las leyes de la naturaleza sin lagunas, y ni el propio Dios lo conseguiría, pues sería contra Sus propias leyes perfectas, contra Su voluntad perfecta que actúa de modo espontáneo en la naturaleza. Exactamente debido a esa perfección, a Él nunca podría ocurrirle idea tan imperfecta, que solamente constituiría un acto de arbitrariedad. Aquí se muestra, otra vez, una aparente subordinación de Dios a la obra de la Creación, debido a Su irrestricta perfección, que tiene que ser cumplida de cualquier forma y no admite alteración alguna, la cual, sin embargo, ni es intencionada tampoco necesaria. No es absolutamente ninguna autentica subordinación de Dios, sino solamente parece como tal al ser humano en algunas cosas, porque no consigue tener una visión sobre todos los fenómenos. Ese no poder abarcar con la visión lo todo es que lo lleva, además, con intenciones bastante buenas y respetuosas, a esperar de su Dios actos de arbitrariedad que, reflexionando bien, sólo tiene que disminuir la perfección divina. Lo que los seres humanos ahí con toda la humildad consideran como bueno no se torna en ese caso un respetuoso erguir de los ojos, pero un rebajar hacia la limitación enteramente natural del espíritu humano.

El cumplimiento incondicional de las leyes de la voluntad divina o de la naturaleza se verifico también en el resucitar de Lázaro, igual que como en el joven de Naum. Éstos pudieron ser resucitados porque el cordón de ligazón con el alma aún subsistía. Ante el llamado del Maestro, pudo el alma tornarse nuevamente una con el cuerpo. Éste, sin embargo, quedó entonces obligado, debido a las leyes de la naturaleza, a permanecer en el mundo de la materia gruesa, hasta que ocurriese un nuevo desenlace entre el cuerpo de materia gruesa y lo de materia fina, posibilitando a este último ingresar en el más Allá de materia fina, es decir, se siguiendo una nueva muerte grueso-material.

El pasaje del cuerpo de materia gruesa para un otro mudo es, sin embargo, una cosa imposible. Si el espíritu de Cristo tuviese reingresado en el cuerpo de materia gruesa o si, tal vez, ni lo tuviese abandonado, hubiera sido obligado a permanecer en la materia gruesa, hasta que sobreviniese una nueva muerte, no diferentemente.

¡Una resurrección en carne para un otro mundo es enteramente imposible, para los seres humanos, así como también antaño para el Cristo encarnado!

El cuerpo terreno del Redentor siguió el mismo camino que tiene que seguir cualquier otro cuerpo de materia gruesa, según las leyes naturales del Criador.

¡Por consiguiente, Jesús de Nazareno, el Hijo de Dios, no resucitó carnalmente!

Y, sin embargo, a pesar de toda la lógica y la mucho mayor veneración a Dios justamente ahí contenida, aún habrá muchos que, en le ceguera y en la indolencia de su creencia errada, no querrán seguir los caminos tan sencillos de la Verdad. Seguramente también muchos que no podrán seguir debido a su propia limitación. Otros, por su parte, que intentarán luchar rabiosamente contra eso con la intención plena, pelo recelo bien fundado de que con eso toda su estructura de creencia cómoda penosamente erguida habrá que colapsar.

De nada les puede servir si ellos, como base, se apoyen solamente en tradiciones verbales; pues los discípulos también eran seres humanos. Es, pues, puramente humano, si en aquél tiempo los discípulos, fuertemente abalados a causa de todo aquel horrible acontecimiento, hayan entretejido, al recordarse, varios pensamientos propios en sus narraciones, y transmitido mucha cosa de modo diferente de lo que en la realidad había ocurrido, debido al anterior presenciar de milagros a ellos propios aún inexplicables.

Sus escritos y narrativas se basaron, igual como en la errónea fusión del Hijo de Dios y del Hijo del Hombre, muchas veces muy fuertemente en las propias presuposiciones humanas, las cuales entonces colocaron la base para muchos errores más tarde.

Aunque ellos hayan tenido a su lado, como auxilio, la más fuerte inspiración espiritual, a pesar de eso, en la retransmisión, opiniones propias preconcebidas interfieren intensamente, y turban muchas veces la más bien-intencionada y la más clara imagen.

El propio Jesús, sin embargo, no dejó cualquier escritos, en los cuales, únicamente seria posible basarse de modo incondicional y categórico.

Nunca hubiera dicho o escrito algo que no concordase de modo pleno e integral con las leyes de su Padre, las leyes divinas de la naturaleza o la voluntad criadora. Él propio dijo, pues expresamente:

¡Vine para cumplir las leyes de Dios!”

Las leyes de Dios, sin embargo, reposan nítidas en la naturaleza, la cual, además, se extiende para más lejos de lo que solamente a la materia gruesa, permaneciendo, sin embargo, “natural” por toda la parte, también en el mundo de materia fina, así como en el enteal y el espiritual. ¡Una persona que reflexiona acertadamente conseguirá encontrar en esas significativas palabras del Redentor algo que va allá de las confusas doctrinas religiosas y que muestra un camino a los que realmente buscan con seriedad!

Además de eso, sin embargo, cada persona también puede encontrar al respecto puntos de referencia en la Biblia; pues Jesús apareció a muchos. ¿Pero qué pasó? En principio, María no lo reconoció, Magdalena tampoco lo reconoció de inmediato, los dos discípulos a camino de Emaus no lo reconocieron durante horas, a pesar de haber andado con ellos y les hablado... ¿Qué se debe concluir de eso? ¡Que debía ser un otro cuerpo lo que ellos vieron, si no todos lo hubieron reconocido inmediatamente! —

¡Pues que siga sordo, quién no quiera oír, y ciego, quién es demasiado indolente para abrir sus ojos!

El concepto general de “resurrección de la carne” encuentra su justificativa en los nacimientos terrenos, que no cesarán mientras hayan criaturas humanas terrenas. Es una gran promesa de concesión de repetidas vidas terrenas, de renovadas encarnaciones con el objetivo de un progreso más rápido y un indispensable rescate de efectos recíprocos de especies inferiores, equivalente a un perdón de los pecados. Una prueba del inconmensurable amor del Criador, cuya gracia se encuentra en el hecho de que para almas desencarnadas, que malbaratan total o parcialmente su tiempo terreno y, por eso, llegaron en el más Allá inmaduras para la escalada, es dada una vez mas oportunidad de envolverse con un nuevo cuerpo o manto de materia gruesa, por lo que su carne dejada celebra una nueva resurrección en la nueva carne. ¡Con eso, el alma desencarnada vivencia una nueva resurrección en la carne!

¡La bendición, que reside en esa realización continuamente repetido de una tan sublima gracia, el espíritu humano, que no consigue abarcar todo con la vista, solamente más tarde podrá comprender!


59. Concepto humano y voluntad de Dios en la ley de la reciprocidad

Cuando se deba hablar en concepto humano y en concepción humana, la que también se encuentra conectada a la justicia terrena, no debe esperarse que eso corresponda a la justicia divina o que siquiera se le acerque. En el contrario, uno debe lamentablemente decir que en la mayor parte de los casos existe incluso una distancia tan grande como el cielo. En esa comparación, la expresión popular “tan grande como el cielo” es apropiada en el más verdadero sentido. Esa diferencia podría ser explicada, muchas veces, con el intelecto de la humanidad, limitado a espacio y tiempo, lo cual en su estrechez no consigue reconocer lo errado propiamente y separarlo del cierto, una vez que eso raramente es reconocible de modo claro por exterioridades, pero reside exclusivamente en lo más intimo de cada persona, para cuya análisis párrafos rígidos de ley y sabiduría teórica no bastan. Es entristecedor, sin embargo, que por ese motivo tantos juicios de las cortes terrenas hayan que estar en oposición brusca a la justicia divina.

No es el caso de hablarse de los tiempos de la Edad Media, tampoco de las épocas tristes de torturas crueles, ni de las nombradas incineraciones de brujas y de otros crímenes de la justicia. Tampoco deben ser mencionadas las innumeras incineraciones, las torturas y asesinatos que deben ser llevados en la cuenta de culpas de las comunidades religiosas y que en sus efectos recíprocos deben alcanzar los practicantes de modo doblemente pavoroso, porque abusaron ahí del nombre del Dios perfecto, cometiendo en Su nombre todos aquellos crímenes, como supuestamente agradables a Él y, con eso, Lo acuñando ante los seres humanos como responsable por aquello. Abusos y barbaridades, que no deberían ser olvidados tan rápidamente, sino que debía hacerse volver a la memoria como advertencia, siempre de nuevo, también en los juicios de hoy, principalmente porque los que antaño así hacían cometían diligentemente tales transgresiones con la apariencia de lo más pleno derecho y de la mejor buena fe.

Mucho ha cambiado. Y, sin embargo, evidentemente vendrá el tiempo en que se volverá a mirar con semejante horror para la justicia actual, como nosotros, hoy, encaramos los tiempos aquí referenciados, los cuales, según nuestro actual reconocimiento, encierran tanta injusticia. Ese es el curso del mundo y un cierto progreso.

Mirándose más profundamente, sin embargo, el aparentemente grande progreso entre el tiempo de antaño y lo de hoy se encuentra solamente en las formas externas. El poder absoluto de uno sólo, sin responsabilidad personal para éste en la Tierra, profundamente incisivo en la existencia entera de tantas personas, continua frecuentemente aún lo mismo. Tampoco han cambiado mucho los seres humanos, ni los muelles propulsoras de sus acciones. Y dondequiera la vida interior aún sea la misma, son iguales también los efectos recíprocos que traen en si el Juicio divino.

Si la humanidad súbitamente se convirtiese vidente a tal respecto, la consecuencia solamente podría ser un único grito de desespero. Un horror que se extendería sobre todos los pueblos. Nadie levantaría la mano contra su semejante con recriminaciones, toda vez que cada uno, individualmente, sentiría sobre si de alguno modo el peso de idéntica culpa. Él no tiene ningún derecho de enfrentar al otro de modo reprensible en eso, toda vez que hasta entonces cada cual ha juzgado erróneamente solamente según las apariencias externas, no dando importancia a toda la verdadera vida.

Muchos se desesperarían consigo mismos en la primera antorcha de luz, si ésta pudiese penetrar en ellos sin estar preparados, mientras otros, que hasta ahora jamás se han dado tiempo para reflexionar, deberían intuir inconmensurable exasperación por haber dormido durante tanto tiempo.

¡Por eso es, pues, oportuno el estimulo para la reflexión serena y para el desenvolvimiento de la justa capacidad de juicio propio, la cual rechaza cualquier inclinación ciega a opiniones ajenas y solamente asimila, piensa, habla y actúa de acuerdo con su propio intuir!

¡Jamás el ser humano debe olvidarse de que él, completamente sólo, tiene que responsabilizarse por todo aquello que él intuye, piensa y hace, aunque lo haya acepto de otro de modo incondicional!

Feliz aquél que alcanza ese nivel elevado, yendo al encuentro de cada parecer de modo criterioso, para entonces actuar según sus propias intuiciones. Así no co-participa de la culpa, como millares que muchas veces se sobrecargan con karmas pesados, solamente por falta de reflexión y sensacionalismo, por prejuicios y difamación, que los llevan a regiones cuyos sufrimientos y dolores jamás necesitarían conocer. Con eso, frecuentemente, ya en la Tierra dejan retenerse de mucho de lo que es realmente bueno, perdiendo con eso no solamente mucho en beneficio propio, pero ponen en juego así tal vez todo, su existencia entera.

Así fue con el odio inflamado e insensato contra Jesús de Nazaret, cuyo verdadero motivo solamente pocos de los malévolos vociferadores conocían, mientras que los demás se entregaban simplemente a una furia totalmente ignorante y ciega, gritando en conjunto, sin que jamás tuviesen, personalmente, estado en contacto con Jesús. No menos perdidos están también todos aquellos que, basados en opiniones erróneas de otros, se alejan de él y ni siquiera oyeron sus palabras, y mucho menos aún se han dado al trabajo de un examen criterioso, con lo que, por ultimo, aún podrían haber reconocido el valor.

¡Solamente así pudo madurar la desvariada tragedia que puso bajo acusación de blasfemia exactamente el Hijo de Dios, lo llevando hacia la cruz! ¡Él, el único que venía directamente de Dios y les anunciaba la Verdad acerca de Dios y Su voluntad!

El hecho es tan grotesco, que en él se patenta con ofuscadora claridad toda la estrechez de las criaturas humanas.

Y desde ahí hasta hoy la humanidad no progresó interiormente, al contrario, solamente retrocedió aún más, a pesar de todos los otros descubrimientos e invenciones.

Solamente lo que progresó, y eso a causa de los éxitos exteriores, fue la presunción de siempre querer saber más, la cual genera y cultiva exactamente la estrechez, la cual, en la verdad, es la característica especifica de la estrechez.

Y desde ese suelo, que durante dos milenios se fue convirtiendo cada vez más fértil, es que brotaron las concepciones humanas actuales, que actúan de modo decisivo y devastador, en cuanto las criaturas humanas, sin presentir, se enredan a si mismas en eso, cada vez más, para su propia horrible fatalidad.

Quién en todo eso, a través de falsas concepciones, atrae hacia si, muchas veces de buena fe, efectos malos de una corriente recíproca, actuando, por lo tanto, contra las leyes divinas, eso hasta ahora raras veces se ha tornado claro a alguien. El numero es grande, y muchos, en su vanidad, sin presentirlo, están incluso orgullosos sobre eso, hasta que un dia habrán que ver la Verdad con angustioso pavor, la cual es tan diferente de aquello que su convicción los dejó imaginar.

Pero entonces será demasiado tarde. La culpa con que se sobrecargan habrá que ser redimida en lucha penosa consigo mismos, muchas veces por decenios.

Largo y difícil es el camino hasta el reconocimiento, cuanto una persona perdió la oportunidad favorable de la existencia terrena y se sobrecargó, incluso intencionalmente, o por ignorancia, aún con nueva culpa.

Excusas, ahí, jamás son tomadas en cuenta. ¡Cada uno puede saberlo, si lo quiera!

Quién sentir el anhelo de reconocer una vez la justicia divina en el decurso de los efectos recíprocos, en contraste con concepciones terrenas, éste que se esfuerce en observar por sobre algun ejemplo de la vida terrena, examinando ahí de que lado se halla realmente lo cierto y lo errado. Muchos a él se le presentarán, diariamente.

A la brevedad su propia capacidad de intuir se desarrollará de forma más acentuada y más viva, para botar afuera, por ultimo, todos los prejuicios aprendidos de concepciones fallas. Surge así una intuición de justicia, que puede confiar en si misma, porque, en el reconocer de todos los efectos recíprocos, acoge la voluntad de Dios, está y actúa en ella.


60. El Hijo del Hombre

Desde el crimen contra el Hijo de Dios, el portador de la Verdad, Jesús de Nazaret, pesa como que una maldición por sobre la humanidad, por ésta no haber reconocido justamente la profecía, la más importante para los seres humanos, de ese mayor de todos los profetas, se encontrando aún hoy ignorante ante ella, como si tuviese una espesa venda ante los ojos. La consecuencia terrible de eso será que gran parte de las criaturas humanas pasará tambaleando por la única posibilidad de su salvación de la condenación, hacia el encuentro de la destrucción.

Se trata de la profecía de la venida del Hijo del Hombre, dada por el Hijo de Dios como estrella de esperanza y, sin embargo, también como severa advertencia, bajo los constantes ataques de las masas que, a causa que se hallan en las tinieblas, lógicamente tenían que odiar el portador de la Verdad. La misma hola de sentimientos y pensamientos erróneos, que en aquél tiempo no dejaba reconocer el Hijo de Dios como tal, perturbaba la comprensión de la importancia de esa anunciación, ya en la época de su origen. El espíritu humano estaba demasiado obscurecido, demasiado convencido de sí, para poder aún recibir, de modo puro, Mensajes de Dios tan elevadas. Mensajes, que venían desde una altura encima de su propio círculo de origen, resbalaban por los oídos, sin efecto. Para una comprensión, hubiera sido necesaria fe proveniente de convicción consciente, de que antaño ni los propios adeptos eran capaces. El suelo, donde las palabras del Redentor caían, aún estaba demasiado cubierto por un enredo de lianas. Además, las colosales vivencias y temblores anímicos de los que se hallaban cerca del Salvador se comprimían en el espacio de solamente pocos años, con lo que todo había que concentrarse sentimentalmente de tal modo en la persona de él, que su hablar sobre una otra persona en un futuro remoto no fue considerado en ese sentido, y sí relacionado nuevamente con él propio.

Así el error perduró hasta los días de hoy en la concepción de los seres humanos, toda vez que los incrédulos no se preocuparon con las palabras del Salvador, mientras los fieles suprimieron, a la fuerza, exactamente a causa de su fe, cualquier análisis seria y critica de las tradiciones, por temor sagrado de no deber acercarse de las palabras del Salvador. En eso, ellos no se dieron cuenta, sin embargo, que no se trataba de las verdaderas palabras originales y propias de él, pero tan solamente de retransmisiones que fueron escritas mucho tiempo después de su pasaje por la Tierra. A causa de eso, sin embargo, estaban susceptibles naturalmente a las alteraciones inconscientes del intelecto humano y de la concepción personal humana. Hay, sin duda, también una grandeza en esa respetuosa conservación de tradición puramente humana y, por lo tanto, tampoco se debe hacer cualquier censura sobre eso.

Sin embargo, nada de eso impide consecuencias estorbadoras de una concepción errónea resultado de tradición errada, porque las leyes de la reciprocidad ni siquiera en ese caso pueden ser derrumbadas. Aunque si, en el rescate para el espíritu humano ellas se efectúen solamente como redes, estorbando la ascensión progresiva, eso significa, sin embargo, un estacionar fatal y un no progresar, en cuanto la palabra libertadora de la elucidación no pueda tornarse viva en él.

Aquél que acredita en el Hijo de Dios y en sus palabras, las habiendo tornado vivas dentro de sí, es decir, las trayendo dentro de sí en la correcta interpretación y actuando de acuerdo, evidentemente no necesita esperar por el prometido Hijo del Hombre, pues éste no le puede traer otra cosa sino lo mismo que el Hijo de Dios ya le trajo. Pre-requisito ahí es que haya comprendido realmente las palabras del Hijo de Dios y que no quede obstinadamente preso a tradiciones erróneas. Caso haya se atado a errores en cualquier parte, no podrá concluir su escalada, hasta obtener aclaración, que quedo reservado al Hijo del Hombre, porque el limitado espíritu humano, por sí, no es capaz de liberarse del enredo de lianas que ahora envuelve cerradamente la Verdad.

Jesús designó la venida del Hijo del Hombre como la última posibilidad de salvación, y señaló también que con él se deflagrará el Juicio, que, por lo tanto, aquellos que incluso entonces no quieran, o dicho de otro modo, no estén dispuestos a recibir aclaración alguna, debido a su propia obstinación o indolencia, habrán que ser definitivamente condenados. Desde eso se debe concluir que en secuencia ulterior no habrá más otra posibilidad de reflexión y de decisión. En eso reside también, inconfundiblemente, la anunciación de una acción severa, la cual trae el fin de una paciente espera. Eso, por su parte, atesta lucha futura de la Luz contra todas las tinieblas, que habrá que concluir con destrucción violenta de todas las tinieblas.

No es de suponerse que eso se desenrolle según las expectativas, deseos y conceptos humanos; pues todos los acontecimientos de hasta ahora hablan en contra eso. Nunca, en los acontecimientos precedentes, el concepto humano se mostró uno con los efectos de la voluntad divina. La realidad siempre fue diferente de la imaginación de los seres humanos y solamente mucho después surgía, a veces, lentamente el reconocimiento del ocurrido. Tampoco de esta vez deberá ser esperada modificación alguna, porque el concepto de los seres humanos y sus concepciones nada ganaron en relación a antiguamente, al contrario, se han convertido aún mucho más “reales”.

¡El Hijo del Hombre! Un velo aún paira por encima de él y de su tiempo. Aunque en muchos espíritus despierte un presentimiento vago, un anhelo por el día de su venida, es probable también que muchos de los que anhelan pasen por él sin sospechar, no queriendo conocerlo, porque el aguardar a ellos les hizo creer en otra realización. El ser humano, pues, solamente muy difícilmente puede familiarizarse con la idea de que el divinal, en la Tierra, no puede ser diferente, exteriormente, de las propias criaturas humanas, en obediencia a la ley de Dios. Él absolutamente quiere ver el divinal solamente de modo sobrenatural y, sin embargo, lamentablemente, ya se maniató de tal modo que ni siquiera sería capaz de divisar aún acertadamente lo que es sobrenatural, mucho menos aún de soportarlo. ¡Eso, además, tampoco ni es necesario!

La persona que busca la voluntad de su Dios en las leyes naturales de toda la Creación, en la brevedad también la reconocerá ahí, sabiendo por fin que el divinal solamente le puede venir por los caminos de esas leyes inmutables, no de otro modo. En consecuencia de eso, se tornará vigilante, examinando cuidadosamente todo lo que ahí se le deparar, sino solamente con vistas a las leyes divinas y no según la opinión de las criaturas humanas. Así, pues, también reconocerá en la hora cierta aquél que a ella le traerá la libertad en la Palabra. A través de propia análisis de aquello que ha sido traído, y no por el vociferar de las masas.

¡Todo aquél que reflexiona ya hay que haber llegado sólo a la conclusión de que el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre no pueden ser uno sólo! La diferencia está expresa nítidamente en las propias palabras.

La pura divinidad del Hijo de Dios traía en sí, durante su misión y encarnación, conforme es natural, exactamente a causa del puro divinal, también la condición de la reunificación con la divinidad. Tampoco es posible diferentemente, por la naturaleza de la cosa. Eso confirma también las alusiones del propio Hijo de Dios por sobre su “reunificación con el Padre”, la expresión de su “regreso al Padre”. Por eso la misión del Hijo de Dios, como mediador entre la divinidad y la Creación, hubo que tener una duración limitada. El Hijo de Dios que, como puro divinal, debido a la fuerza de atracción de la igual especie más fuerte, tenía que ser recogido incondicionalmente hacia el origen divinal, siendo obligado también a permanecer ahí, luego de haber dejado todo lo que era extra-divinal en él adherido, no podía, por lo tanto, seguir a ser el mediador eterno entre la divinidad y la Creación con la humanidad. Así, con el regreso del Hijo de Dios hacia el Padre, hubiera abierto un nuevo abismo, y el mediador entre la pura divinidad y la Creación haría falta nuevamente. El propio Hijo de Dios anunció entonces a la humanidad la venida del Hijo del Hombre, que permanecerá entonces como eterno mediador entre el divinal y la Creación. Reside en eso el grandioso amor del Criador por Su Creación.

La diferencia entre el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios consiste en el hecho de que el Hijo del Hombre se originó, sí, desde el puro divinal, pero al mismo tiempo fue conectado al espiritual consciente, de manera a estar como que con un pie en el divinal y, simultáneamente, con el otro en lo más elevado espiritual consciente. Él es una parte de cada, y forma así el puente eterno entre el divinal y el ápice de la Creación. Esa ligazón, sin embargo, resulta en la ley de haber que permanecer separado del puro divinal, permitiendo, sin embargo, el ingreso en el divinal, lo condicionando incluso.

El aditivo espiritual al divino solamente evita una reunificación, que del contrario sería inevitable. Que eso constituye un nuevo sacrificio de amor del Criador y el cumplimiento de una promesa de tamaña grandeza, como solamente Dios puede ofrecer y realizar, la humanidad jamás comprenderá. Esa es la diferencia entre el Hijo de Dios y el Hijo del Hombre. Eso también justifica la denominación Hijo del Hombre; pues en él ocurrió un nacimiento doble, una vez como Hijo del divino, y por otra parte como Hijo del espiritual consciente, de cuyas extremidades inconscientes se origina el germen del espíritu humano.

La misión del Hijo del Hombre es la continuación y la complementación de la misión del Hijo de Dios, porque la misión del Hijo de Dios solamente podía ser transitoria. Ella es, por lo tanto, con la continuación en la complementación, concomitantemente, una consolidación de la misma.

En cuanto el Hijo de Dios nació directamente para su misión terrena, la trayectoria del Hijo del Hombre, antes de su misión, hubo que pasar por un círculo mucho mayor, antes de poder iniciar su verdadera misión. Como condición para poder cumplir su misión también más terrena, en relación a la del Hijo de Dios, él tuvo que, venido desde las alturas máximas, también recorrer las profundidades más bajas. No solamente en el más Allá, sino también terrenalmente, a fin de poder “vivenciar” en si mismo todo el dolor y todo el sufrimiento de los seres humanos. Solamente de esa manera se encuentra en condiciones para, cuando llegue su hora, interferir en las faltas de modo eficiente y, auxiliando, traer alteración. Por ese motivo no pudo quedar al margen del vivenciar de la humanidad, pero sí tuvo que estar en el medio de eso todo a través de la propia vivencia, incluso de las cosas amargas, y también sufrir con eso. Nuevamente, solamente a causa de las criaturas humanas, ese su tiempo de aprendizaje tuvo que ocurrir de ese modo. Pero precisamente eso buscarán censurar en él, por, en su estrechez, quedar incomprensible una tal conducción superior al espíritu humano, y por solamente ser capaz de formar un juicio según las apariencias externas, a fin de también a él dificultar la misión, igual como a Cristo en su época. Exactamente aquello que tuvo que sufrir a causa de las criaturas humanas, a fin de reconocer los puntos más débiles de los errores, aquello que, por lo tanto, sufrió o a través de vivencia aprendió a conocer a favor del futuro bien-estar de las criaturas humanas, querrán utilizar como piedra, a fin de alcanzarlo con eso en un odio creciente, provocadas a eso por las tinieblas trémulas del miedo de la destrucción.

¡Que algo tan increíble pueda suceder otra vez, a pesar de las experiencias con el pasaje del Hijo de Dios por la Tierra, no es inexplicable, porque en la realidad más de la mitad de los seres humanos, que hoy se encuentran en la Tierra, de modo alguno pertenezcan a ella, pero deberían madurar en regiones mucho más bajas y más oscuras! Solamente debido al continuo retroceso anímico, con el aumento de los esclavos de su propio instrumento, del intelecto limitado, fue colocada la base para tanto. El intelecto limitado, como absoluto soberano, por ser puramente terreno, solamente favorecerá siempre solamente todo aquello que es material y luego cultivará también los subsecuentes malos efectos colaterales. El consecuente declive de la comprensión más elevada formó una apertura y extendió la mano hacia abajo, por la cual pudieron subir almas hacia la encarnación, las cuales, de otro modo, con su peso espiritual debido a la oscuridad más densa, jamás podrían haber subido hacia la superficie de la Tierra.

Sobre todo son también las intuiciones puramente animales en las generaciones, así como otras tendencias por los placeres terrenos, que en la época desmoralizada ya desde siglos han contribuyendo para que almas inferiores puedan subir. Éstas rondan entonces permanentemente las futuras madres y, cuando se ofrece una oportunidad, llegan a la encarnación, porque todo lo que es luminoso hasta ahora ha recogido voluntariamente ante las tinieblas, a fin de no ser maculado.

Así, poco a poco, pudo ocurrir que el ambiente de materia fina de la Tierra se convirtiese cada vez más denso y más oscuro y, con eso, también más pesado, de tal peso, que incluso llega a mantener la propia Tierra de materia gruesa alijada de una órbita que sería más accesible a influencias espirituales más elevadas. Y como la mayoría de todos los encarnados pertenece de hecho a regiones que se hallan situadas mucho más abajo de lo que la propia Tierra, habrá, por lo tanto, también en eso, solamente justicia divina, si tales almas son barridas, para regresar hacia el lugar a lo cual en la verdad pertenezcan, donde, junto a su absoluta igual especie, no más dispongan de oportunidad para que se sobrecarguen aún con nuevas culpas y, con eso, madurar más fácilmente en el sufrimiento en su esfera, rumbo hacia una modificación ascendente.

No es la voluntad humana que podrá un día elegir el Hijo del Hombre enviado por Dios, sino la fuerza de Dios lo erguirá en la hora en que la humanidad desamparada implorar llorando por redención. Entonces, se callarán las injurias, porque el pavor sellará tales bocas, y de buen agrado serán aceptas todas las dadivas que el Criador ofrecer a las criaturas a través de él. Pero quién no quiera recibirlas será banido por toda la eternidad.


61. Errores

Buscando, muchos seres humanos yerguen la mirada hacia la Luz y hacia la Verdad. Su deseo es grande, sin embargo, les hace falta muchas veces la voluntad seria! Más de la mitad de todos los que buscan no son verdaderos. Traen su propia opinión, ya formada. Si hubieren que modificar solamente una fracción de ella, entonces prefieren mucho más rechazar todo cuanto les sea nuevo, aunque ahí se encuentre la Verdad.

Millares de personas tienen que ahondar por haber impedido la libertad de movimiento en el enredamiento de convicción errónea, libertad esa de que necesitan para la salvación ante el impulso hacia arriba.

Existe siempre una parte de ellas, que piensa ya haber comprendido todo lo que es cierto. No cogitan, después de lo que leyeron y oyeron, hacer también un examen severo en relación a si mismas.

¡Naturalmente, no hablo para esas personas!

Tampoco no hablo a iglesias y partidos, ni a ordenes, sectas y sociedades, pero exclusivamente y con toda la sencillez al propio ser humano. Lejos de mi, querer tumbar algo existente; pues yo construyo, complemento cuestiones hasta ahora insolubles, que cada uno debe traer dentro de si, bastando que reflexione un poco.

Solamente una condición básica es indispensable para cada oyente: la búsqueda sincera de la Verdad. Debe examinar las palabras dentro de si y dejar que se tornen vivas, pero no poner atención en la persona del orador. Al contrario no habrá provecho. Para todos aquellos que no anhelan a eso, cualquier sacrificio de tiempo es de antemano inútil.

¡Es increíble con qué ingenuidad la gran mayoría de todos los seres humanos quiere persistir rígidamente en ignorar de donde ellos vienen, quiénes son y para dónde van!

El nacimiento y la muerte, los polos inseparables de toda la existencia en la Tierra, no debían constituir ningún misterio para las criaturas humanas.

Reside divergencia en las concepciones que buscan aclarar el núcleo esencial del ser humano. ¡Eso es la consecuencia de la presunción malsana de los habitantes de la Tierra, que se vanaglorian atrevidamente de que su núcleo esencial sea divino!

¡Observad los seres humanos! ¿Acaso podéis encontrar en ellos algo de divino? Tal aserción desatinada debía ser considerada como blasfemia, pues significa una degradación de la divinidad.

¡La criatura humano no trae en si siquiera uno granosito de polvo del divino!

Esa concepción es meramente una presunción malsana que tiene como origen solamente la conciencia de una incapacidad de comprensión. ¿Dónde está la criatura humana que puede decir sinceramente que tal creencia también se le ha tornado convicción? Aquél que haga un examen de conciencia con seriedad habrá que negar eso. ¡Siente perfectamente que es solamente un anhelo, un deseo de traer en si algo de divino, pero no una certeza! Se habla acertadamente de una chispa de Dios, que la criatura humana lleva en si. ¡Esa chispa de Dios, sin embargo, es espíritu! No es una parte de la divinidad.

La expresión chispa es una designación muy acertada. Una chispa se desenvuelve y se despliega, sin llevar o portar en sí algo de la constitución del generador. Lo mismo se da en este caso. Una chispa de Dios, por sí, no es divina.

¡Donde tales errores ya pueden ser encontrados con relación al origen de una existencia, ahí hay que advenir un fallar en todo el desenvolvimiento! Si yo haya construido sobre cimientos falsos, un dia el edificio entero habrá que venir a oscilar y a colapsar.

¡El origen constituye, pues, apoyo para toda existencia y todo desenvolvimiento de cada uno! Quién ahora, como de costumbre, busca ir mucho más allá del origen, extiende las manos para cosas a él inalcanzables y así, en acontecimiento totalmente natural, pierde todo el apoyo.

Si yo, por ejemplo, me agarro a una rama de un árbol que tiene igual especie, debido a su constitución material con mi cuerpo terreno, gano con esa rama un punto de apoyo y yo puedo, entonces, impulsarme hacia arriba.

Si yo, sin embargo, extiendo las manos hacia más allá de la rama, no puedo encontrar ningún punto de apoyo en la diferente constitución del aire y... ¡por consecuencia, tampoco puedo subir! Eso es claro.

Lo mismo se pasa con la constitución interior del ser humano, que nombramos de alma, y su núcleo, de espíritu.

Si ese espíritu quiera tener el necesario apoyo de su origen, de que necesita, no deberá lógicamente buscarlo en el divino. Eso entonces se torna antinatural; ¡pues el divino se encuentra muchísimo más alto, es de constitución muy diversa!

Y sin embargo, en su presunción, él busca ligazón con tal punto, lo cual jamás conseguirá alcanzar, e interrumpe con eso los acontecimientos naturales. Como una presa, impidiendo, su deseo errado se interpone entre él y su necesaria afluencia de fuerza, proveniente del origen. Él propio se separa de eso.

¡Por lo tanto, afuera con tales errores! ¡Solamente entonces puede el espíritu humano desenvolver su fuerza plena, que hoy aún desdeña descuidadamente, llegando entonces a ser lo que puede y debe ser, señor en la Creación! Pero, muy comprendido, solamente en la Creación, no arriba de ella.

Solamente el divino se encuentra por sobre toda la Creación. —

¡El propio Dios, el origen de todo ser y de la vida, es, conforme la palabra ya dice, divino! ¡El ser humano, sin embargo, como tampoco es desconocido, fue criado por Su espíritu!

¡El ser humano, por lo tanto, no adviene directamente de Dios, pero de Su espíritu! Divino y espiritual no es la misma cosa, espíritu es la voluntad de Dios. ¡Desde esa voluntad, solamente, se originó la primera Creación, no, sin embargo del divinal! Atengamonos, por lo tanto, a esta simple realidad, ella da la posibilidad para una mejor comprensión.

Imaginarse, para comparación, la voluntad propia. Ella es un acto y no una parte del ser humano, pues del contrario cada criatura humana habría que deshacerse con el tiempo en sus múltiplos actos de voluntad. Nada acabaría restando de ella.

¡No es diferente en relación a Dios! ¡Su voluntad creó el Paraíso! Su voluntad, sin embargo, es el espíritu, que se designa por “Espíritu Santo”. El Paraíso, por su parte, fue solamente obra del espíritu, y no una parte de él propio. En eso se constituye una nueva gradación hacia bajo. El espíritu Santo criador, es decir, la voluntad viva de Dios, no ha sido absorbido por su Creación. Tampoco le ha cedido una parte de si mismo, al contrario, permaneció por entero afuera de la Creación. Eso la Biblia ya aclara de forma muy clara y nítida con las palabras: ¡“El espíritu de Dios pairaba por sobre las aguas”, no el propio Dios en persona! Esto, finalmente, es diferente. Por consiguiente, el ser humano tampoco contiene dentro de sí nada del propio espíritu Santo, pero sí solamente del espíritu, que es una obra del espíritu Santo, un acto.

¡En vez de ocuparse ahora con este hecho, ya aquí quiere formarse con toda la fuerza una laguna! ¡Basta que penséis vosotros en la noción conocida a propósito de la primera Creación, el Paraíso! Hubiera haber sido imprescindiblemente aquí en la Tierra. El insignificante intelecto humano ha tirado con eso hacia dentro de su circulo limitado, restricto a espacio y tiempo, los acontecimientos de millones de años necesarios y se presentó como punto central y eje de todos los fenómenos universales. La consecuencia fue que él, de esta manera, perdió pronto el camino hacia el verdadero punto de partida de la vida. En el lugar de ese camino nítido, que él ya no podía más abarcar con la vista, hubo que ser encontrado un sustitutivo en sus concepciones religiosas, si él propio no quisiese designarse como el autor de todo el ser y de la vida y, así, como Dios. ¡La expresión “creencia” le ha dado hasta ahora ese sustitutivo! ¡Y de esa palabra “creencia” pasó a padecer desde entonces la humanidad entera! ¡Sí, además, la palabra desconocida que debía completar todo lo que se hubiera perdido, se le tornó un obstáculo que trajo el completo malogro!

Con creencia se conforma solamente cada indolente. Es también la creencia, en que pueden apegarse los escarnecedores. Y la palabra “creencia”, interpretada erradamente, es la barrera que, obstruyendo, se coloca hoy ante el camino hacia el progresar de la humanidad.

¡Creencia no debe ser el manto, que oculta magnánimamente la indolencia de todo el pensar, que, como una enfermedad del sueño, baja cómodamente paralizando sobre el espíritu del ser humano! En la realidad, la creencia tiene que tornarse convicción. ¡Convicción, sin embargo, exige vida, el más aguzado examinar!

Sin embargo, dondequiera que permanezca una laguna, un problema no-resuelto, ahí será imposible la convicción. Ningún ser humano puede, por lo tanto, tener una verdadera creencia, en cuanto en él haya aún alguna pregunta no aclarada.

¡Ya la expresión “creencia ciega” da a reconocer lo que hay en eso de malsano!

La creencia tiene que ser viva, conforme Cristo ya exigió antaño, del contrario, no tiene finalidad. ¡Vivacidad, sin embargo, significa moverse, ponderar y también analizar! No aceptación bronca de pensamientos ajenos. Creer a las ciegas, quiere decir, explícitamente, no comprender. Aquello, sin embargo, que el ser humano no comprende, tampoco le puede traer provecho espiritual, pues en la incomprensión no puede tornarse vivo dentro de él.

¡Pero, lo que él no vivencie completamente dentro de si, nunca se le tornará algo propio! Y solamente lo que le es propio lo eleva.

Nadie puede, por ultimo, recorrer un camino, ir adelante, si en ese camino se presenten grandes fisuras. El ser humano tiene que detenerse espiritualmente Allá, donde no pueda proseguir concientemente. Tal hecho es indiscutible y por eso mismo fácil de ser comprendido. ¡Quién, por lo tanto, quiera progresar espiritualmente, que despierte!

¡En el sueño nunca podrá tomar el camino rumbo a la Luz de la Verdad! Tampoco con una venda o un velo delante los ojos.

El Criador quiere tener Sus criaturas humanas de ojos abiertos en la Creación. ¡Estar viendo, sin embargo, significa sabiendo! Y al saber no se encaja ninguna creencia ciega. ¡En una tal creencia sólo hay indolencia y pereza de pensar, ninguna grandeza!

¡La prerrogativa de la facultad de pensar conduce el ser humano también al deber de analizar!

Visando hurtarse a todo eso, por comodidad, se disminuyó simplemente el gran Criador de tal modo, que a Él se Le atribuye actos arbitrarios como prueba de omnipotencia.

Quien quiera pensar solamente un poco tiene que encontrar en eso otra vez un gran error. Un acto arbitrario implica la posibilidad de la alteración de leyes vigentes de la naturaleza. Donde, sin embargo, sea posible tal cosa, ahí falta perfección. Pues donde hay perfección, no puede haber alteración. Así, erróneamente, la omnipotencia de Dios está siendo presentada por una gran parte de la humanidad de tal manera, que para aquellos que piensan más profundamente hubiera que valer como una prueba de imperfección. Y en eso reside la raíz de muchos males.

¡Dad vosotros a Dios el honor de la perfección! En eso encontraréis, entonces, la llave para los problemas no-resueltos de toda la existencia. —

Llevar hasta allá los sinceros investigadores hay que ser mi empeño. Un nuevo aliento debe perpasar los círculos de todos los que buscan la Verdad. Por último, terminarán reconociendo con jubilo que en todos los acontecimientos universales no hay ningún secreto, ninguna laguna. Y entonces... ven ante si, claramente, el camino hacia la escalada. Necesitan solamente seguir por él. —

¡El misticismo *(Doctrina oculta) no tiene ninguna justificativa en toda la Creación! En ella no hay lugar para él; pues todo debe presentarse claro y sin lagunas delante el espíritu humano, hasta su origen. Y este campo abarca toda la Creación. Solamente aquello que entonces esté arriba de esta Creación, únicamente el divinal, deberá permanecer para cada espíritu humano lo más sacrosanto misterio, por encontrarse arriba de su origen, lo cual se encuentra en la Creación. Por eso, lo que es divino, nunca será comprendido por él. Ni siquiera con la mejor buena voluntad y el mayor saber. En esa imposibilidad de comprender todo lo que es divino, reside para el ser humano, sin embargo, el acontecimiento más natural que se pueda pensar; pues, como se sabe, nada consigue ultrapasar la composición de su propio origen. ¡Ni siquiera el espíritu de la criatura humana! En la composición diferente reside siempre un limite. Y el divino es de constitución totalmente diversa del espiritual, de lo cual emana el ser humano.

El animal, por ejemplo, aunque en el más pleno desenvolvimiento anímico, jamás podrá tornarse criatura humana. De su entealidad, en hipótesis alguna, podrá florecer el espiritual, que genera el espíritu humano. En la composición de todo cuanto es enteal, falta la especie básica espiritual. Por su parte, sin embargo, el ser humano, que emanó de la parte espiritual de la Creación, tampoco jamás podrá tornarse divino, porque el espiritual nada tiene de la especie del divino. El espíritu humano puede, sí, desenvolverse hasta la perfección, en lo más alto grado, pero a pesar de eso tendrá que permanecer siempre espiritual. No puede alcanzar el divino, por sobre él. La constitución diferente forma también aquí, naturalmente, el limite jamás transponible hacia arriba. La materialidad no desempeña aquí ningún papel, por no tener vida propia y servir solamente de envoltorio, impulsado y moldado por el espiritual y por en enteal.

El enorme dominio del espíritu se extiende por toda la Creación. ¡El ser humano puede, debe y tiene, por consiguiente, que comprenderla y reconocerla plenamente! Y a través de su saber en ella dominará. ¡Sin embargo, dominar, incluso el dominar más severo, significa, reconocido correctamente, solamente servir! —

¡En ninguna parte de toda la Creación, hasta en lo más elevado espiritual, nada se desvía de los acontecimientos naturales! Esa condición, por si sólo, ya torna todo más familiar para cualquier persona. El miedo malsano y velado, el querer esconderse ante tantas cosas aún desconocidas hasta el momento, colapsará ahí por si mismo. Con la naturalidad pasa una corriente de aire fresco por el pesado ambiente sombrío de fantasías mentales, de aquellos que a ellos les gustan de ponerse en evidencia. Sus configuraciones fantásticas y malsanas, que atemorizan los débiles y provocan el sarcasmo de los fuertes, se vuelven ridículas y pueriles ante la mirada cada vez más nítida, que por fin abarca de modo refrescante y jubiloso la admirable naturalidad de todos los acontecimientos, que siempre se procesan solamente en líneas rectas y sencillas, que son claramente reconocibles.

Uniformemente se va procesando todo, en la más severa orden y regularidad. ¡Y esto facilita, a cada uno que busca, la visión amplia y libre, hasta el punto de su verdadero origen!

Para eso, él no necesitará emprender investigaciones laboriosas y ninguna fantasía. Lo principal es conservarse apartado de todos aquellos que, en la confusa manía de secretos, quieren hacer aparentar más los escasos conocimientos parciales.

Todo se presenta tan sencillo ante los seres humanos, que éstos, muchas veces, no llegan al reconocimiento sólo a causa de esa sencillez, porque suponen de antemano que la obra grandiosa de la Creación debía ser mucho más difícil y complicada.

En eso es que tropiezan millares con la mejor buena voluntad, levantan la mirada hacia arriba, buscando, y no presienten que basta que miren simplemente a su frente y al rededor, sin esfuerzo. ¡Verán así que, debido a su existencia terrena, ya se encuentran en el verdadero camino, necesitando solamente que caminen con calma hacia adelante! ¡Sin prisa y sin esfuerzo, pero con los ojos abiertos y los sentidos libres y sin enredos! El ser humano necesita finalmente aprender que la verdadera grandeza sólo se encuentra en los acontecimientos más sencillos y naturales. Que la grandeza condiciona esa sencillez.

¡Así es en la Creación, así es en él propio, que pertenece a la Creación como una parte!

¡Únicamente el pensar y el intuir sencillo pueden darle claridad! ¡Y tan simple como los niños aún los poseen! ¡Una reflexión calma lo hará reconocer que, en la facultad de comprensión, la simplicidad corresponde a la claridad y también a la naturalidad! Ni se puede imaginar una sin las otras. ¡Es un trítono, expresando uno sólo concepto! Todo aquél que lo tome como piedra fundamental de sus búsquedas, romperá rápidamente la confusión nebulosa. Todo cuanto es articulado artificialmente tiene que deshacerse en nada.

¡El ser humano reconoce que en parte alguna los fenómenos naturales pueden ser excluidos y que en ninguna parte se hallan interrumpidos! ¡Y en eso se revela también la grandiosidad de Dios! ¡La inmutable vitalidad de la voluntad criadora autónoma! ¡Pues las leyes de la naturaleza son las leyes férreas de Dios, permanentemente visibles a los ojos de todos los seres humanos, les hablando con insistencia, dando testigo de la grandiosidad del Criador, de una regularidad inmoble, sin excepción! ¡Sin excepción! Pues la semilla de avena sólo puede producir avena, la del trigo, igualmente, solamente trigo, y así por delante.

Así es también en aquella primera Creación que, como la propia obra del Criador, se encuentra más próxima de Su perfección. En ella las leyes básicas se encuentran ancladas de tal manera que, impulsadas por la vitalidad de la voluntad, tuvieron que resultar, por procesos naturalísimos, la formación de la Creación siguiente, por fin hasta abajo, hasta estos cuerpos siderales. Solamente se tornando más gruesos, a medida que la Creación, en la evolución, se distancia de la perfección del origen. —

Vamos, primeramente, contemplar una vez la Creación.

Imaginad que toda la vida en ella consiste solamente de dos especies, poco importando en qué parte ella se encuentra. Una especie es el conciente y la otra, el inconciente. ¡Es de máximo valor prestar atención a estas dos diferencias! Esto está relacionado al “origen del ser humano”. Las diferencias dan también el estimulo para el desenvolvimiento, para la lucha aparente. El inconciente constituye el cimiento de todo el conciente, sin embargo, en la composición, es de especie totalmente idéntica. Tornarse conciente es progreso y desenvolvimiento para el inconciente. Lo cual, debido a coexistencia con el conciente, recibe continuamente el estimulo, para tornarse igualmente conciente.

La primera Creación trajo, al desenvolverse gradualmente hacia bajo, tres grandes divisiones fundamentales: como el supremo y el más elevado, el espiritual, la Creación primordial, al cual se ata el enteal, que se torna más denso y por eso también más pesado. ¡Finalmente aún viene, como lo más bajo, el grande reino de la materialidad que, por su mayor densidad, es lo más pesado, y que, se apartando de la Creación primordial, ha bajado poco a poco! Por ese motivo, ha quedado como el supremo, solamente el puro espiritual, por corporificar, en su especie pura, lo que hay de más ligero y más luminoso. Es lo tan citado Paraíso, la corona de la Creación entera.

Con el bajar de lo que se ha tornado gradualmente más espeso, tocamos ya en la ley de la gravedad, que no está anclada solamente en la materialidad, pero tiene efecto también en toda la Creación, comenzando en el así nombrado Paraíso hasta abajo, hasta nosotros.

La ley de la gravedad es de una importancia tan relevante, que cada persona debía fijarla sobremanera en la mente; pues es la palanca principal en toda la evolución y todo el proceso de desenvolvimiento del espíritu humano.

Ya mencioné que esa gravedad se relaciona no solamente a las condiciones terrenas, como también actúa uniformemente en aquellas partes de la Creación, en que los seres humanos terrenos no más pueden ver y que, por eso, nombran simplemente de más Allá.

Para mejor comprensión, debo dividir aún la materialidad en dos secciones. En materia fina y en materia gruesa. Materia fina es aquella materialidad que no se torna visible a los ojos terrenos, debido a su especie diferente. Y, sin embargo, aún es materialidad.

No se debe confundir el así nombrado “más Allá” con el anhelado Paraíso, que es sólo puro espiritual. Espiritual no debe acaso ser comprendido como “mental”, pero el espiritual es una constitución, como también lo es la entealidad y la materialidad. Se da, pues, así simplemente el nombre de más Allá a esa materia fina, por hallarse más allá de la capacidad visual terrena. Ya la materia gruesa es el Aquí, todo cuanto es terreno, que a nuestros ojos de materia gruesa se torna visible debido a igual especie.

El ser humano debía perder la costumbre de considerar las cosas invisibles a él como siendo también incomprensibles y antinaturales. Todo es natural, incluso el así nombrado más Allá y el Paraíso, que de él aún se encuentra mucho distante.

Así como aquí nuestro cuerpo de materia gruesa es sensible al ambiente de igual especie, que por eso él puede ver, oír y sentir, lo mismo se pasa en las partes de la Creación, cuyas constituciones no son semejantes a las nuestras. La criatura humana de materia fina en el así nombrado más Allá siente, oye y ve solamente su ambiente de igual especie de materia fina, y la criatura humana espiritual, más elevada, sólo puede, por su parte, sentir su ambiente espiritual.

Así ocurre, pues, que algunos habitantes de la Tierra aquí y allá ya pueden, con su cuerpo de materia fina, que traen en si, ver y oír la materia fina, incluso antes que se de la separación del cuerpo terreno de materia gruesa por ocasión del fallecimiento. En eso no se trata absolutamente de algo antinatural.

Al lado de la ley de la gravedad se encuentra, cooperando, aún la no menos valiosa ley de la igual especie.

Ya hice referencia a ella de paso, al decir que una especie sólo puede reconocer siempre otra igual. Los dichos: “los iguales se atraen” y “los que se parecen no se dejan”, parecen extraídos de la ley primordial. Vibra a través de toda la Creación, al lado de la ley de la gravedad.

Una tercera ley primordial se encuentra al lado de estas dos, ya mencionadas, en la Creación: la ley de la reciprocidad. Actúa de tal manera, que el ser humano tiene que cosechar lo que antaño sembró, infaliblemente. No puede cosechar trigo, donde siembre centeno, tampoco trébol, si disemina cardos. Lo mismo se da en el mundo de materia fina. ¡No podrá cosechar bondad si ha intuido odio, tampoco alegría donde ha alimentado envidia dentro de si!

¡Estas tres leyes básicas constituyen marcos de la voluntad divina! ¡Son ellas únicamente que, de forma natural, proporcionan recompensa o castigo a un espíritu humano, con inexorable justicia! De tal modo incorruptible, en las más maravillosas, finísimas gradaciones, que en los acontecimientos gigantescos del Universo el pensamiento de una mínima injusticia se torna imposible.

El efecto de esas leyes sencillas lleva cada ser humano exactamente al lugar a que pertenece por su disposición intima. ¡Un error ahí es imposible, porque la efectuación de esas leyes sólo puede ser puesta en movimiento por el estado más intimo del ser humano, pero, en todo el caso, también infaliblemente será movida! ¡La efectuación condiciona, por lo tanto, como palanca para la actuación, la fuerza puro-espiritual de sus intuiciones que se encuentran en las criaturas humanas! Todo lo demás permanece para eso sin efecto. Por ese motivo, únicamente determinante es solamente la voluntad verdadera, la intuición del ser humano, la cual se desenvuelve para él en el mundo a él invisible, donde deberá ingresar después de su muerte terrena.

Ahí de nada sirve simulación, tampoco auto-engaño. ¡Tendrá entonces que cosechar impreteriblemente aquello haya sembrado con su voluntad! Incluso exactamente de acuerdo con la mayor o menor intensidad de su querer, ella coloca en movimiento, también más o menos, las corrientes de igual especie de los otros mundos, no importando si de odio, envidia, o amor. ¡Un fenómeno enteramente natural, en la mayor sencillez y, sin embargo, de efecto férreo, de la más absoluta justicia!

Quién busque seriamente profundizar el pensamiento en esos fenómenos del más Allá reconocerá cuán inexorable justicia reside en ese efecto natural, ve ya en eso la incomprensible grandiosidad de Dios. Él no necesita interferir, después que coloco Su voluntad como leyes, por lo tanto, perfectas, en la Creación.

Quién, en su escalada, alcance de nuevo el reino del espíritu, éste estará purificado; pues tuvo antes que pasar por las muelas automáticas de la voluntad de Dios. No hay otro camino que lleve a la proximidad de Dios. Y cómo esas muelas actúan en el espíritu humano, depende de su vida interior anterior, de su propia voluntad. Pueden elevarlo benéficamente hacia alturas luminosas o también lanzarlo dolorosamente hacia bajo, para la noche del horror, sí, hasta mismo arrastrarlo hasta la aniquilación total. —

Imagine que, por ocasión del nacimiento terreno, el espíritu humano, que se tornó madurado para la encarnación, ya trae un envoltorio de materia fina o cuerpo, de que ya necesitará en su paso por la materia fina. Queda con él también durante la permanencia en la Tierra, como aro con el cuerpo terreno. La ley de la gravedad ejerce entonces su actuación principal siempre en la parte más densa y más gruesa. En la vida terrena, por lo tanto, en el cuerpo físico. Sin embargo, quedando éste hacia tras al fallecer, entonces el cuerpo de materia fina quedará libre otra vez y está sujeto en ese momento sin protección a esa ley de la gravedad, desde ahí hacia delante como la parte más gruesa.

Cuando se dice que el espíritu da forma a su cuerpo, eso es verdad en relación al cuerpo de materia fina. La constitución interior del ser humano, sus deseos y su verdadero querer Forman la base para eso. El querer encierra la fuerza para moldear la materia fina. Debido al anhelo por las cosas inferiores, o solamente por los placeres terrenos, el cuerpo de materia fina se torna espeso y, por consiguiente, pesado y oscuro, porque la satisfacción de esos deseos se encuentra en la materia gruesa. La criatura humana se ata, ella propia, con eso, al que es grueso, al terreno. Sus deseos arrastran consigo el cuerpo de materia fina, es decir, éste se va tornando tan denso, que se acerca lo más posible de la constitución terrena, donde se encuentra exclusivamente la perspectiva de poder tomar parte en los placeres o en las pasiones terrenas, apenas cuando el cuerpo terreno de materia gruesa haya quedad hacia tras. Quién se empeña en ese sentido tiene que ahondarse, debido a la ley de la gravedad.

Diferente, sin embargo, se da con las personas, cuyo interior se encuentre vuelto principalmente hacia las cosas más elevadas y más nobles. ¡Aquí la voluntad teje naturalmente el cuerpo de materia fina de manera más ligera y, con eso, también más luminosa, para que pueda acercarse de todo aquello que constituye la finalidad del querer sincero de esas personas! Por lo tanto, de la pureza de las alturas luminosas.

Empleando otras palabras: el cuerpo de materia final en el ser humano terreno, debido al respectivo albo del espíritu humano, será concomitantemente equipado de tal manera que, después de la muerte del cuerpo terreno, pueda ir hacia el encuentro de ese albo, sea él lo que sea. Aquí realmente el espíritu moldea el cuerpo; pues su voluntad, siendo espiritual, también lleva en si la fuerza para utilizarse de la materia fina. Jamás podrá esquivarse de ese fenómeno natural. Ocurre con cada voluntad, no importa si le es agradable o desagradable. Y tales formas le permanecen adheridas, en cuanto las alimente con su voluntad e intuición. Lo benefician o lo retienen, conforme la especie, que está sujeta a la ley de la gravedad. Sin embargo, si él cambie su querer y su intuir, surgen con eso de inmediato nuevas formas, mientras las de hasta entonces, a causa del cambio de la voluntad, ya no recibiendo más nutrición, tienen que debilitar y desintegran. Con eso el ser humano modifica también su destino.

Apenas cuando se deshace el anclaje en la Tierra por la muerte del cuerpo terreno, el cuerpo de materia fina, así suelto, ahondará o flotará como corteza en la materia fina que es nombrada de más Allá. Será retenido por la ley de la gravedad exactamente en aquél lugar, que posee la misma gravedad que él; pues ya entonces no podrá proseguir, ni hacia arriba tampoco hacia abajo. Ahí encontrará, naturalmente, toda la igual especie o todos de la misma índole; pues igual especie condiciona la misma gravedad y, lógicamente, la misma gravedad condiciona la especie igual. Por lo tanto, conforme él propio fue, tendrá que sufrir o podrá alegrarse con los de índole igual, hasta modificarse de nuevo interiormente y, con él, su cuerpo de materia fina que, por la acción del peso modificado, tiene que conducirlo más hacia arriba o hacia abajo.

En siendo así, el ser humano ni podrá lastimarse, tampoco necesitará agradecer; pues si venga a ser elevado en dirección hacia la Luz, debe eso a su propia constitución, que resulta el erguimiento obligatorio, y se venga a caer en las tinieblas, ha sido nuevamente su estado que lo ha forzado a eso.

Sin embargo, cada ser humano tiene motivo para glorificar el Criador a causa de la perfección que reside en los efectos de esas tres leyes. ¡Con eso, el espíritu humano se torna incondicionalmente señor absoluto de su propio destino! Ya que su real voluntad, es decir, su verdadero estado interior, tiene que elevarlo o hundirlo.

Si buscáis formar una noción acertada del efecto, aisladamente y entrelazándose, constataréis que en eso se encuentran, medidas con absoluta precisión, recompensa y castigo, gracia o también condenación para cada uno, de acuerdo con él mismo. Es el acontecimiento más sencillo, y muestra la cuerda de salvación resultado de la seria voluntad de una persona, que nunca puede reventar ni fallar. ¡Es la grandeza de una tal sencillez que obliga quien la reconoce a postrarse vehementemente de rodillas ante la inconmensurable sublimidad del Criador!

En todos los acontecimientos y en todas mis explicaciones, deparamos repetidamente, siempre de forma clara y nítida, con el efecto de esa leyes sencillas, cuyo maravilloso entrelazamiento aún debo describir más particularmente.

Apenas cuando el ser humano conozca ese entrelazamiento, quedará de pose de la escalera hacia el reino luminoso del espíritu, hacia el Paraíso. ¡Pero, entonces, distinguirá también el camino que baja hacia las tinieblas!

No necesitará ni siquiera desplazarse, pues será elevado por las engranajes automáticas hacia las alturas, o arrastrado hacia las profundidades, conforme él ajuste el engranaje para si ante su vida interior.

Dependerá siempre de su decisión, por cual camino quiere dejarse llevar.

El ser humano no debe dejarse desorientar en eso por los mofadores.

Dudas y mofas, considerando bien, no son otra cosa sino deseos explícitos. Todo escéptico exprime, de modo enteramente inconciente, aquello que desea, exteriorizando así su intimo a la mirada escrutadora. Pues hasta mismo en la negación, en la defensa, yacen fácilmente reconocibles deseos profundamente escondidos. Qué negligencia y qué pobreza a veces se manifiestan ahí, es triste o también revoltoso, porque justamente a través de eso un ser humano se rebaja en su intimo, no raro más de lo que cualquier animal bronco. Se debería tener compasión de esa gente, sin, sin embargo, ser indulgente; pues indulgencia significaría cultivar la pereza para una analices seria. Quien busca seriamente debe tornarse económico con la indulgencia, o terminará perjudicando a si mismo, sin con eso ayudar a un tercero.

¡Jubilando, sin embargo, con el creciente reconocimiento, se encontrará ante el milagro de una tal Creación, para dejarse elevar concientemente hasta las alturas luminosas, las cuales puede llamar de patria!


62. La fuerza sexual en su significación hacia la ascensión espiritual

Yo llamo una vez más la atención para el hecho de que toda la vida en la Creación consiste de dos especies. Del conciente y del inconciente. El conciente es el progreso de todo el inconciente. Solamente al tornarse conciente, uno moldea también el imagen del Criador, que comprendemos como la forma humana. El molde se procesa uniforme y concomitantemente con la concientización.

En la primera Creación verdadera, entonces, que, por estar más próxima del Espíritu criador, también sólo puede ser espiritual, se encuentra al lado del ser humano espiritual conciente, criado por primero, también el espiritual todavía inconciente. En ese inconciente, con las mismas propiedades del conciente, reside naturalmente el impulso para el desenvolvimiento continuo. Éste sólo se puede dar, sin embargo, con el aumento progresivo de la concientización.

Cuando, por lo tanto, en ese espíritu inconciente el impulso para la concientización haya aumentado hasta cierto grado, se da, en el desenvolvimiento más natural, un fenómeno que corresponde a un nacimiento terreno. Necesitamos solamente prestar atención al nuestro ambiente. Aquí, el cuerpo de materia gruesa expele naturalmente cada fruto madurado. En el animal y en la criatura humana. También cada árbol expele sus frutos. El fenómeno es la repetición de un desenvolvimiento continuo, cuyo fundamento se encuentra en la primera Creación, en el así denominado Paraíso.

De igual modo sucede también allá, en una determinada madurez del inconciente que anhela por la concientización, una repulsión, una separación del inconciente o también denominada expulsión. ¡Esas partículas espirituales inconcientes, así expelidas, forman entonces los gérmenes espirituales de futuros seres humanos!

Este es el acontecimiento de la expulsión del Paraíso, que también fue reproducido en imagen en la Biblia.

Ese fenómeno tiene que ocurrir, porque en el inconciente reside irresponsabilidad, mientras con la concientización madura concomitantemente la responsabilidad.

La separación del inconciente en maduración es, por lo tanto, necesaria para el espiritual, que por impulso natural quiere desenvolverse hacia el conciente. ¡Es un progreso, no un retroceso!

Una vez que eses gérmenes vivos no pueden ser expelidos hacia arriba, hacia la perfección, les resta entonces el único camino hacia bajo. Ahí, sin embargo, penetran en el reino del enteal de más peso, lo cual nada contiene de espiritual.

Así, el germen espiritual que anhela por la concientización se encuentra de súbito en un ambiente de especie diferente de la de él, por lo tanto, extraño, y con eso como si estuviese descubierto. Como siendo espiritual, él se siente descubierto y desnudo en la entealidad más densa. Si quiera permanecer ahí, o proseguir, se le torna una necesidad natural cubrirse con un envoltorio enteal, que tenga la misma especie de su ambiente. De otra manera, no consigue actuar ahí, tampoco mantenerse. Por lo tanto, no siente solamente la necesidad de tapar su desnudez en el camino hacia el reconocimiento, conforme figuradamente la Biblia describe, pero también aquí se trata de un proceso evolutivo necesario.

El germen del espíritu humano en desenvolvimiento es entonces conducido a la materialidad, por caminos naturales.

Aquí lo envuelve una vez más un envoltorio necesario, de la misma constitución de su nuevo ámbito material.

Se encuentra él ahora en el borde más extremo de la materia fina.

La Tierra, sin embargo, es aquel punto de materia gruesa, donde se reúne todo cuanto existe en la Creación. Confluye para aquí desde todos los sectores, los cuales de otro modo se hallan rigurosamente separados, debido a sus características especificas. Todos los hilos, todos los caminos convergen hacia la Tierra, como que hacia un punto de encuentro común. ¡Se atando aquí y también generando nuevos efectos, son lanzados hacia el Universo corrientes de energía en poderoso mar de llamas! De tal modo, como de ninguna otra parte de la materialidad.

Por sobre esta Tierra se procesa el más intenso vivenciar a través de la conglomeración de todas las especies de la Creación, para lo que la materialidad contribuye. Sin embargo, siempre otra vez, puede darse solamente por la conglomeración de todas las especies de la Creación, no de algo del divinal y nada del espíritu Santo, que paira arriba y afuera de la Creación. —

Las ultimas manifestaciones de ese vivenciar en la Tierra afluyen, pues, hacia el encuentro del germen espiritual, apenas cuando él entra en la materia fina. Es envuelto por eses efectos. Son ellos que lo atraen, lo ayudando, sin embargo, a despertar con eso su concientización, y llevarlo hacia el desenvolvimiento.

Sin ligazón todavía, por lo tanto, sin culpa, en ese umbral de toda la materialidad, él intuye las manifestaciones de las vibraciones de fuertes experiencias vivenciales, que se desenrollan en la evolución y en la descomposición de todo cuanto es material. Ahí le adviene entonces el anhelo de un mejor conocimiento. Pero apenas cuando forme en eso un deseo, se sintoniza voluntariamente, al formular ese deseo, con cualquier vibración, sea ella buena o mala. Y, inmediatamente, debido a la actuante ley de la fuerza de atracción de la igual especie, será atraído entonces por una especie igual, que es más fuerte de lo que la suya. Es impelido hacia un punto donde la especie anhelada es venerada de modo más vehemente de lo que era su propio deseo.

Con tal anhelo intimo, su envoltorio de materia fina se condensa pronto de modo correspondiente a ese anhelo, y la ley de la gravedad lo deja ahondar aún más.

¡El verdadero vivenciar, sin embargo, del anhelo en él latente, sólo le ofrece por fin la Tierra de materia gruesa! — —

Se siente, por eso, impelido a proseguir hasta el nacimiento terreno, porque quiere pasar del picar también al probar y degustar. Cuanto más intensos se tornan los deseos por placeres terrenos del espíritu que despierta en el picar, tanto más espeso se forma también el envoltorio de materia fina que lleva consigo. Con eso adquiere también más peso y ahonda vagarosamente en dirección al plano terreno, donde únicamente se encuentra la oportunidad para la realización de los deseos. Habiendo, sin embargo, llegado hasta ese plano terreno, se tornó con eso también madurado para el nacimiento terreno.

En eso, la ley de la fuerza de atracción de la igual especie también se manifiesta más nítidamente. Cada uno de los espíritus inmaturos, exactamente de acuerdo con el deseo o pendiente que lleva en si, es atraído como que magnéticamente por un punto, donde el contenido de su deseo llega a la realización a través de seres humanos terrenos. Si tenga, por ejemplo, un deseo de dominar, no nacerá acaso en un ambiente donde él propio entonces pueda vivir en la realización de su deseo, al contrario, será atraído por una persona con acentuada tendencia para dominar, que, por lo tanto, intuye del mismo modo como él, y así por delante. Expía de esa forma, en parte, también ya lo errado, o encuentra la felicidad en lo cierto. Por lo menos tiene oportunidad para tanto.

¡Debido a ese fenómeno se supone, pues, erróneamente, transmisión hereditaria de propiedades o de facultades espirituales! ¡Eso es errado! Externamente, sin embargo, puede aparentar así. En la realidad, sin embargo, una criatura humana no puede transmitir a los hijos nada de su espíritu vivo.

¡No existe ninguna hereditariedad espiritual!

¡Persona alguna se encuentra en condiciones de ceder siquiera una reducidísima partícula de su espíritu vivo!

¡En ese punto se ha cultivado un error que lanza sus sombras estorbadoras y perturbadores sobre mucha cosa. Ningún hijo puede ser grato a los padres por cualquier facultad espiritual, tampoco, sin embargo, censurarlos por defectos! ¡Seria erróneo y una injusticia condenable!

¡Nunca esta maravillosa obra de la Creación es tan falla y imperfecta, a punto de permitir actos arbitrarios o casuales de hereditariedad espiritual!

Esa fuerza de atracción de todas las especies iguales, tan importante en el nacimiento, puede partir del padre, también como de la madre, así como de cada uno que este en la proximidad de la futura madre. Por eso una futura madre debía ser cautelosa en relación aquellos que ella permite quedar en su proximidad. Cumple ponderar ahí que la fuerza interior reside predominantemente en las debilidades, y no acaso en el carácter exterior. Las debilidades traen períodos importantes de vivenciar interior, que resultan en vigorosa fuerza de atracción.

La venida terrena del ser humano se compone, pues, de generación, encarnación y nacimiento. La encarnación, es decir, la entrada del alma, ocurre en el medio del período del embarazo. El creciente estado mutuo de maduración, tanto de la futura madre, como del alma a punto de encarnación, lleva también aún a una ligazón especial más terrena. Es esa una irradiación que es provocada por el mutuo estado de maduración, y por fenómeno natural se buscan recíprocamente de modo irresistible. Tal irradiación se va tornando cada vez más intensa, atando el alma y la futura madre, una a otra, cada vez más fuerte y de manera exigente, hasta que por ultimo, en determinada madurez del cuerpo en desenvolvimiento en el vientre materno, el alma es literalmente absorbido por lo mismo.

Ese momento de ingreso o de absorción causa también, naturalmente, los primeros temblores del pequeño cuerpo, lo que se manifiesta por contracciones, que son denominados de los primeros movimientos del niño. Con eso se procesa en la futura madre, muchas veces, una transformación de sus intuiciones. De modo bien-aventurado u opresor, conforme la especie del alma humana que ingresó. —

Con el pequeño cuerpo, el alma humana desenvuelta hasta tal punto veste entonces el mando de la materia gruesa, que es necesario para, en la materia gruesa terrena, poder vivenciar, oír, ver y sentir todo, de modo pleno, lo que sólo se torna posible a través de un envoltorio o de un instrumento de la misma materia, de la misma especie. Sólo entonces podrá pasar del picar para el degustar propiamente y, con eso, para el discernimiento. Es comprensible que el alma haya que aprender primero a servirse de ese nuevo cuerpo como instrumento, y a dominarlo.

Ahí resumidamente el proceso evolutivo del ser humano hasta su primer nacimiento terreno.

Pues ya desde mucho tiempo, por fenómeno natural, alma ninguna puede venir más a la Tierra para la primera encarnación, al contrario, los nacimientos trajeron almas que ya habían pasado, en lo mínimo, por una vida terrena. Por eso, ya en el nacimiento se encuentran estrechamente enlazadas por varios karmas. La fuerza sexual propicia la posibilidad de que se liberten de eso.

Debido al envolvimiento por el cuerpo de materia gruesa, el alma de un ser humano queda aislada, durante todos los años de la infancia, de los influjos que desde del lado de fuera buscan alcanzar el ama. Todas las tinieblas, todo el mal, que vivifican el plano terreno, encuentran su camino hacia el alma impedido por el cuerpo térreo de materia gruesa. Por eso, tampoco pueden obtener ninguna influencia sobre el niño, no pueden causarle daño. El mal, sin embargo, que el alma nuevamente encarnada trajo consigo del vivenciar anterior, le permanece mantenida naturalmente de idéntico modo durante la infancia.

El cuerpo constituye esa pared divisoria, en cuanto se encuentre aún incompleto e inmaturo. Es como si el alma tuviese se retirado hacia un castillo, estando el puente levadizo erguido. Así, durante esos años, hay un abismo infranqueable entre el alma infantil y la Creación de materia fina, donde viven las vibraciones de materia fina de culpa y expiación. Queda así el alma acogida en el envoltorio terreno, madurando para la responsabilidad y aguardando el momento que lleva la bajada del puente levadizo erguido, hacia la verdadera vida en la materialidad.

El Criador inculcó a través de leyes naturales el instinto imitativo en cada criatura, en lugar de un libre arbitrio allá, donde todavía ningún libre arbitrio actúa. Se lo denomina en general de “receptibilidad infantil-juvenil”. ¡El instinto de imitación debe preparar el desenvolvimiento para la vida terrena, hasta que, en los animales, él sea enriquecido y amparado por experiencias, en los seres humanos, sin embargo, elevado por el espíritu en el libre arbitrio para el actuar autoconsciente!

Hace falta, pues, al espíritu encarnado en el cuerpo del niño, un puente de irradiación que sólo podrá formarse en la época de la maduración corpórea, con la fuerza sexual. Al espíritu falta ese puente para la actuación plenamente efectiva y realmente laboriosa en la Creación, actuación que solamente puede ser efectuada por la posibilidad de irradiación sin lagunas a través de todas las especies de la Creación. Pues solamente en las irradiaciones se encuentra la vida, y solamente de ellas y a través de ellas surge movimiento.

Durante ese tiempo el niño, que sólo puede actuar de modo pleno sobre su ambiente a partir de su parte enteal, no, sin embargo, a partir del núcleo espiritual, tiene, ante las leyes de la Creación, un poco más de responsabilidad de lo que un animal en desenvolvimiento máximo.

En ese intervalo va madurando el cuerpo joven y, poco a poco, en él despierta la fuerza sexual, que se encuentra solamente en la materia gruesa. Ella es la más fina y la más noble flor de toda la materia gruesa, lo más elevado que la Creación de materia gruesa puede ofrecer. En su delicadeza ella constituye el ápice de todo cuanto es de materia gruesa, es decir, terrenal, que más se aproxima de la entealidad, como ramificación viva más extrema de la materialidad. La fuerza sexual es la vida pulsátil de la materialidad, y sólo ella puede constituir el puente para la entealidad que, por su parte, proporciona la continuación para el espiritual.

Por ese motivo, el despertar de la fuerza sexual en el cuerpo de materia gruesa es como el proceso del bajar del puente levadizo de un castillo hasta entonces cerrado. Con eso podrá, entonces, el habitante de ese castillo, es decir, el alma humana, salir plenamente preparada para la lucha, en la misma medida, sin embargo, podrán llegar a ella también los amigos o enemigos que cercan ese castillo. Tales amigos o enemigos son, antes de todo, las corrientes de materia fina de especie buena o mala, pero también los del más Allá que aguardan solamente que se les extienda la mano ante alguno deseo, con lo que tienen condiciones de agarrarse firmemente y ejercer influencia de igual especie.

Las leyes del Criador, sin embargo, en intensificación la más natural, permiten entrar, desde afuera hacia dentro, siempre sólo la misma fuerza que desde dentro pueda ser contrapuesta, de manera a quedar totalmente excluida una lucha desigual. – En cuanto ahí no se peque. Pues todo y cualquier impulso sexual antinatural, que sea despierto por estimulo artificial, abre prematuramente ese fuerte castillo, por lo que el alma todavía no fortalecida uniformemente queda desamparada. Tendrá que sucumbir a las corrientes malas de materia fina, que vienen se precipitando, las cuales de otro modo estaría absolutamente en condiciones de enfrentar.

En una maduración normal puede haber, debido a fenómeno natural, siempre solamente la misma fuerza en ambos los lados. La decisión ahí, sin embargo, es dada por la voluntad del habitante del castillo y no por la de los sitiadores. Así, con buena voluntad, él siempre vencerá en la materia fina. Es decir, en los acontecimientos del mundo del más Allá, lo cual el ser humano mediano no puede ver mientras se encuentre en la Tierra, y lo cual, sin embargo, está estrechamente atado a él y de modo mucho más vivo de lo que su ambiente de materia gruesa a él visible.

Si el habitante del castillo, sin embargo, espontáneamente, es decir, por deseo propio o libre resolución, extienda la mano a uno amigo o enemigo de materia fina que se encuentra al lado de afuera, o también a corrientes, entonces evidentemente es algo completamente diferente. Visto que, a través de eso, él se sintoniza con una determinada especie de los sitiadores que esperan del lado de fuera, éstos pueden así, fácilmente, desenvolver contra él una fuerza diez y hasta cien veces mayor. Siendo ella buena, recibirá auxilio, bendiciones. Siendo, sin embargo, mala, cosechará destrucción. En esa libre elección se encuentra la actuación de su propio libre arbitrio. Una vez que se decidió a eso, entonces queda sujeto a las consecuencias, incondicionalmente. Para esas consecuencias su libre arbitrio queda entonces excluido. Según la propia elección, se ata a él karma bueno o malo, al cual evidentemente está sujeto, en cuanto no se modifique interiormente. —

La fuerza sexual tiene la tarea y también la capacidad de “encandecer” terrenalmente toda la intuición espiritual de un alma. Sólo así puede el espíritu recibir una ligazón cierta con la materialidad toda, sólo así también se torna de pleno valor, terrenalmente. Solamente entonces consigue abarcar todo lo que es necesario para hacerse valer plenamente en esta materialidad, a fin de estar seguro en ella, influenciar de modo incisivo, tener protección y, equipado de todo, ejercer victoriosa resistencia.

Hay algo grandioso en la ligazón. ¡Esa es la finalidad principal de ese enigmático y inmensurable impulso natural! ¡Debe ayudar el espiritual a desenvolverse en esta materialidad a plena fuerza de actuación! Sin esa fuerza sexual eso seria imposible, por falta de una transición para la vivificación y el dominio de toda la materialidad. El espíritu permanecería demasiado extraño a la materialidad, para en ella poder manifestarse bien.

Con eso , sin embargo, el espíritu humano recibe entonces también la fuerza plena, su calor y su vitalidad. Solamente con ese proceso se torna terrenalmente preparado para la lucha.

¡Por eso principia aquí, pues, la responsabilidad! Un serio punto de transición en la existencia de cada ser humano.

¡La sabia justicia del Criador otorga al ser humano, sin embargo, en ese importante momento, también simultáneamente, no solamente la posibilidad, pero sí incluso el impulso natural para desenredarse con facilidad y sin esfuerzo de todo el karma con que hasta entonces sobrecargó su libre arbitrio!

Cuando el ser humano negligencia el tiempo, entonces la culpa es de él. Reflexionad una vez sobre eso: ¡con la entrada de la fuerza sexual se manifiesta de modo preponderante un impulso poderoso hacia arriba, hacia todo lo que es ideal, bello y puro! Eso pude ser observado nítidamente en la juventud incorrupta de ambos los sexos. Ahí el entusiasmo de los años de la mocedad, lamentablemente muchas veces ridicularizado por los adultos. Por eso también en esos años las intuiciones inexplicables y ligeramente melancólicas.

No son infundadas las horas en que parece que un joven o una joven tendría que cargar todo el dolor del mundo, cuando les surgen presentimientos de una profunda seriedad. También el no sentirse comprendido, que tan frecuentemente ocurre, contiene en sí, en la realidad, mucho de verdadero. ¡Es el reconocimiento temporal de la conformación errada del mundo alrededor, lo cual no quiere tampoco puede comprender el sagrado inicio de un vuelo puro hacia las alturas, y sólo está satisfecho cuando esa tan fuerte intuición exhortadora en las almas en madurez es arrastrada hacia bajo, hacia lo “más real” y sensato, que le es más comprensible y que considera más adecuado a la humanidad, juzgando, en su sentido intelectual unilateral, como lo único sano!

¡La gracia misteriosamente irradiante de una joven o de un joven incorruptos no es otra cosa sino el puro impulso ascendente, intuido conjuntamente por su ambiente, de la fuerza sexual que despierta, visando lo que es más elevado, más noble, en unión con la fuerza espiritual!

Cuidadosamente, el Criador dispuso que eso ocurra en el ser humano solamente en una edad en que pueda tener plena conciencia de su voluntad y de su acción. Entonces, es llegado el momento en que él puede y debía libertarse como que jugando de todo el pasado, en ligazón con la fuerza plena en él ahora existente. Caería hasta por sí, si la persona mantuviese la voluntad hacia el bien, a que ella es impulsada continuamente en ese período. ¡Podría, entonces, como indican muy acertadamente las intuiciones, escalar sin esfuerzo aquel escalón al cual ella pertenece como criatura humana! ¡Contemplad el estado soñador de la juventud incorrupta! No es otra cosa sino la intuición del impulso ascendente, del querer libertarse de toda la impureza, el anhelo ardiente por lo que es ideal. La inquietud impulsadora es, sin embargo, la señal para no negligenciar el tiempo, y sí para libertarse enérgicamente del karma y principiar con la escalada del espíritu.

¡Es algo maravilloso estar en esa fuerza concentrada, actuar dentro de ella y con ella! Sin embargo, solamente en cuanto la dirección que la persona elija sea buena. Además, nada hay de más miserable de lo que malbaratar esas fuerzas unilateralmente en ciego delirio sensual, paralizando con eso su espíritu.

Pero, lamentablemente, lamentablemente el ser humano negligencia en la mayoría de los casos ese tan precioso período de transición, se deja conducir por el ambiente “aclarado” para caminos falsos que lo retienen y, en seguida, lo llevan hacia bajo. Así no consigue libertarse de las vibraciones turbadores que desde él penden, al contrario, éstas solamente reciben nueva provisión de fuerzas de su especie igual y con eso el libre arbitrio del ser humano es enredado más y más, hasta que no consigue más reconocerlo, a causa de tantos sofocamientos desnecesarios. Así como en las hiedras, a las cuales un tronco sano ofrece en el inicio apoyo auxiliador, y que por fin lo quitan la vida, tapándolo enteramente y lo estrangulando.

Si el ser humano diese más atención a si propio y a los fenómenos en toda la Creación, karma alguno podría ser más fuerte de lo que su espíritu que llega a la plenitud de su fuerza, apenas cuando reciba, a través de la fuerza sexual, ligazón sin lagunas con la materialidad, a la cual, pues, pertenece el karma.

Aún cuando el ser humano pierde el período, cuando se enreda más, tal vez hasta cae profundamente, a pesar de eso aún se le ofrece oportunidad hacia la ascensión: ¡a través del amor!

No el amor codicioso de la materia gruesa, pero el elevado y puro amor, que nada más conoce y visa sino el bien de la persona amada. Él también pertenece a la materialidad y no exige ninguna renuncia, ninguna penitencia, pero solamente quiere siempre lo mejor para el otro. Y ese querer, que jamás piensa en si propio, constituye también la mejor protección contra cualquier acto abusivo.

Incluso en la edad más avanzada del ser humano, tiene el amor como fundamento siempre de nuevo las intuiciones que anhelen por ideales de la juventud incorrupta, que ésta siente en el irrumpir de la fuerza sexual. Sin embargo, se manifiesta de otra forma: instila la persona madurada hasta el vigor de su capacidad total, sí, hasta el heroísmo. Sobre tal aspecto no hay limite alguno debido a la edad. La fuerza sexual persiste, aún cuando el impulso sexual inferior se encuentre excluido; pues la fuerza sexual y el impulso sexual no son una sólo cosa.

Apenas cuando una persona de guarida al amor puro, sea el del hombre por la mujer o viceversa, por un amigo, por una amiga, por los padres, por el hijo, no importa, bajo la condición que sea puro, lleva también como primera dádiva la oportunidad para la remisión del karma, que puede disolverse muy rapidamente “de modo simbólico”. “Seca”, por no encontrar más ninguna resonancia análoga, ninguna nutrícion en la criatura humana. ¡Con eso ella se torna libre! Y así empieza la escalada, la redención de las corrientes indignas que la prenden abajo.

La primera intuición que ahí despierta es el juzgarse indigno ante el ser amado. Se puede denominar ese fenómeno de principio de la modéstia y de la humildad, por lo tanto, el recibimiento de dos grandes virtudes. A eso se adjunta el impulso de mantener la mano sobre el otro, protectora, a fin de que no le pase algun mal de ninguna parte. El “querer llevar en las palmas de las manos” no es un dicho hueco, pero sí caracteriza muy acertadamente la intuición que brota. En eso, sin embargo, se encuentra una abdicación de la propia personalidad, una gran voluntad de servir, lo que, por si sólo, podría bastar para eliminar en poco tiempo todo el karma, apenas cuando esa voluntad perdure y no de lugar a impulsos puramente sensuales. Por ultimo, se manifiesta aún, en el amor puro, el deseo ardiente de poder hacer algo muy grande para el otro ser amado, en el sentido noble, de no ofenderlo o herirlo con ningún gesto, ningún pensamiento, ninguna palabra, mucho menos aún con una acción fea. Se torna viva la más delicada consideración.

Debe, entonces, buscar asegurar esa pureza de la intuición y colocarla frente todo lo demás. Nunca alguien, en ese estado, aún querrá o hará algo de mal. Simplemente no consigue, pero si, al contrario, él tiene en esas intuiciones la mejor protección, la mayor fuerza, lo más bien-intencionado consejero y auxiliador.

¡El Criador, en Su sabiduría, dio con eso un flotador de salvación, que no solamente una vez en la existencia terrena toca en cada criatura humana, a fin de que en ella se asegure y por ella se alce!

El auxilio está a la disposición de todos. Nunca hace una distinción, ni a la edad ni a sexo, ni al pobre ni al rico, tampoco al noble o al humilde. ¡Por esa razón el amor es también la mayor dádiva de Dios! ¡Quién comprende eso está cierto de la salvación de toda la aflicción y de toda la profundidad!

El amor es capaz de lanzarlo hacia arriba, con el ímpetu de la tempestad, hacia la Luz, hacia Dios, que es el propio amor. —

Apenas cuando en un ser humano se manifieste amor, que se esfuerza por proporcionar al otro luz y alegría, no degradarlo ante codicias impuras, pero sí elevarlo con protección muy alto, entonces él lo sirve, sin tornarse conciente del verdadero servir; pues así se torna antes un donador desinteresado, un alegre regalador. ¡Y ese servir lo liberta!

A fin de encontrar en eso el camino cierto, ponga atención el ser humano siempre solamente en una cosa. Paira sobre todos los seres humanos terrenos, de modo inmenso y fuerte, un deseo: poder ser, realmente, ante si mismos, aquello que valen ante de aquellos por los cuales son amados. ¡Y ese desear es el camino cierto! Conduce directamente hacia las alturas.

Muchas oportunidades son ofrecidas al ser humano para tomar impulso y acender, sin que de ellas se utilice.

El ser humano de hoy es solamente como un hombre, al cual fue dado un reino, y que prefiere desperdiciar su tiempo con juguetes infantiles.

Es solamente evidente y ni se puede esperar de otro modo, que las fuerzas poderosas, que son dadas al ser humano, tendrán que destrozarlo, si no sepa dirigirlas.

¡También la fuerza sexual tendrá que destruir el ser humano individual, pueblos enteros, allá, donde se abuse de su finalidad principal! La finalidad de la generación sólo viene en segundo lugar.

¡Y que medios de auxilio ofrece la fuerza sexual a cada persona, a fin de que también reconozca la finalidad principal y la vivencie!

¡Pensarse en el pudor corpóreo! Éste despierta simultáneamente con la fuerza sexual, es dado para protección.

Como en toda la Creación, hay también aquí un trítono, y, al bajar, puede ser reconocido siempre también un tornarse más grueso. El pudor, como la primera consecuencia de la fuerza sexual, debe constituir como transición para el impulso sexual el obstáculo, a fin de que el ser humano en su alto nivel no se entregue a la practica sexual de forma animal.

¡Ay el pueblo que no pone atención a eso!

¡Un fuerte pudor cuida para que el ser humano jamás pueda sucumbir a una embriaguez de los sentidos! Protege contra pasión; pues, debido a fenómeno completamente natural, jamás permitirá oportunidades para la pierda del auto control, ni siquiera por la fracción de un momento.

¡Solamente con mucha fuerza consigue el ser humano alejar, ante su voluntad, esa maravillosa dádiva, para entonces comportarse de forma animal! Tal violenta intromisión en el orden universal del Criador tendrá, sin embargo, que tornarse maldición para él; pues la fuerza del impulso sexual corpóreo así liberta no es más natural para él en su desencadenamiento.

Si hace falta el pudor, el ser humano se transforma de señor en servo, es arrancado de su escalón humano y colocado aún abajo del animal.

Reflexione el ser humano, solamente acentuado pudor impide la oportunidad de caída. Con eso le es dada la más vigorosa defensa.

Mientras mayor el pudor, tanto más noble será el impulso, y tanto más alto espiritualmente estará el ser humano. ¡Es esa la mejor medida de su valor espiritual interior! Esa medida es infalible y fácilmente reconocible por cualquier persona. Con el estrangulamiento o alejamiento del sentimiento exterior del pudor, quedan también, concomitantemente, siempre asfixiadas las propiedades anímicas más finas y más valiosas y, con eso, devaluado el ser humano interior.

¡Una señal infalible de caída profunda y de decadencia cierta es cuando la humanidad comienza, bajo la mentira del progreso, a querer “erguirse” arriba de la joya del pudor, tan favorecedora bajo todos los aspectos! Sea eso, pues, bajo el manto del deporte, de la higiene, de la moda, de la educación infantil o bajo muchos otros pretextos para eso bien-venidos. La decadencia y la caída entonces no pueden ser impedidas, y solamente un horror de la peor especie podrá llevar aún algunos a la reflexión.

Y, sin embargo, es facilitado al ser humano terreno enveredar por el camino que lleva hacia las alturas.

¡Él necesita solamente tornarse “más natural”. Ser natural, sin embargo, no significa caminar semidesnudo por ahí, o vaguear descalzo, con trajes extravagantes! ¡Ser natural significa poner atención cuidadosamente a las intimas intuiciones, y no eximirse vehementemente de las amonestaciones de las mismas! Solamente para no parecer anticuado.

Más de la mitad de todas las criaturas humanas, sin embargo, ya llegaron hoy lamentablemente a tal punto, que se tornaron demasiado toscas para aún comprender las intuiciones naturales. Para tanto ya se restringieron excesivamente. ¡Un grito de pavor y de horror será el fin de eso!

¡Feliz de aquél que entonces pueda vivificar nuevamente el pudor! Se le tornará escudo y apoyo, cuando todo lo demás se destroce.


63. “¡Yo soy la resurrección y la vida; nadie llega al Padre, sino por mi!”

Jesús, venido del divinal, usó con derecho esas palabras, porque podía abarcar todo con la vista y era el único que podía aclarar realmente. Su mensaje, que no se deja separar de él propio, muestra, en medio a la confusión de las falsas concepciones, el camino claro hacia arriba, hacia la Luz. Eso significa para todos los espíritus humanos la posibilidad de que se eleven, o la resurrección de la materia en que ellos están hundidos para el propio desenvolvimiento continuo. ¡Tal resurrección es, para cada uno, vida!

Oigan, por favor, con atención: ¡toda la bajeza y todo el mal, por lo tanto, todo cuanto denominamos de tinieblas, se encuentra solamente en la materialidad, tanto en la gruesa como en la fina! Quién comprende eso acertadamente, éste ya lucró mucho con eso.

Apenas cuando el ser humano piense de modo malo o bajo, él se perjudica a sí propio enormemente. La fuerza principal de su voluntad fluye entonces en dirección a lo que es bajo, como un rayo magnético, enviado, y atrae, en virtud del propio peso, la materia fina más densa, por su parte también más oscura debido a la densidad, por lo que el espíritu humano, de quien se origina la voluntad, es envuelto con esa especie densa de la materialidad. También cuando la índole humana es preponderantemente dirigida solamente para las cosas terrenas como en el encanto de alguna pasión, que no necesita ser solamente inmoralidad, juego o borrachera, pero también puede ser una acentuada predilección por cualquier cosa terrenal, entonces un envoltorio de materia fina, más o menos denso, se cerrará al rededor de su espíritu, por el fenómeno que ya he mencionado.

Ese envoltorio denso, y por eso también oscuro, retiene el espíritu de cualquier posibilidad de escalada y permanece, en cuanto ese espíritu no altere el modo de su querer.

Sólo el querer sincero y un serio esfuerzo por el espiritual elevado pueden aflojar semejante envoltorio y por ultimo soltarlo totalmente, porque entonces no más recibe provisiones de fuerzas de igual especie, pierde a los pocos el apoyo y cae por fin disuelto para, con eso, libertar el espíritu para la escalada.

Por materia fina no debe ser entendido acaso un refinamiento de esa materia gruesa visible, pero es una especie totalmente extraña a esa materia gruesa, de otra constitución, pero que, sin embargo, puede ser llamada de materialidad. Es una transición para la entealidad, de la cual se origina el alma del animal.

Si, sin embargo, los seres humanos permanecen en la materialidad, entonces, de acuerdo con la naturaleza de la cosa, ellos tienen que ser arrastrados un dia hacia la descomposición de todo cuanto es material, que a ella está sujeto, porque ellos, debido a su envoltorio, no más consiguen desligarse de la materialidad en tiempo.

¡Ellos que, por deseo propio, hundieron en la materialidad para su desenvolvimiento, en ella permanecen atados, caso no mantengan el camino cierto! No consiguen realizar una re-emersión desde la misma, que significa una resurrección hacia el encuentro de la Luz. — —

Que a ellos les sirva de explicación más detallada, que todo el desenvolvimiento de un germen espiritual que anhela por la autoconciencia personal condiciona el hundir en la materialidad. Sólo por el vivenciar en la materialidad él puede desenvolverse en ese sentido. Ningún otro camino le queda abierto para tanto. Pero no será acaso forzado a eso, en el contrario, ocurrirá solamente cuando en él despierte el anhelo propio para eso. Su desear lo impulsa entonces hacia el encuentro del necesario proceso evolutivo. Hacia afuera del así llamado Paraíso del inconciente y, con eso, también hacia fuera del irresponsable.

Si las criaturas humanas en la materialidad, a causa de deseos erróneos, pierdan el camino cierto que conduce nuevamente hacia arriba, de vuelta hacia la Luz, permanecerán vagueando en la materialidad.

Ahora intenten una vez mirar para los fenómenos en la materia gruesa. Para el formar y el decomponer en su ambiente más próximo y visible.

Pueden observar en el germinar, crecer, madurar y decomponer el formarse, por lo tanto, la ligazón de los elementos básicos, el madurar y el regresar nuevamente para los elementos básicos ante desagregación, es decir, por la desintegración de lo que es formado en la descomposición. Pueden verlo nítidamente en el agua, también en las piedras por la así llamada erosión, en las plantas y en los cuerpos animales y humanos. Sin embargo, como aquí en las cosas pequeñas, así también ocurre exactamente en las cosas grandes y, por ultimo, de modo igual, en todo fenómeno universal. No solamente en la materia gruesa, que es visible al ser humano terreno, pero también en la materia fina, en el así llamado más Allá, que, sin embargo, aún nada tiene que ver con el Paraíso. — —

Toda la materialidad pende, cual enorme guirnalda, como la parte más baja de la Creación, y se mueve en un circulo enorme, cuyo trayecto abarca muchos millones de años. Por lo tanto, en el fenómeno de la grande Creación, todo gira no sólo al rededor de si mismo, pero, además de eso, el todo se mueve irresistiblemente y de forma especial aún en un circular gigantesco. Así como ese gran trayecto resultó de la primera ligazón hasta la perfección actual, de la misma forma sigue adelante, sin interrupción, hasta comenzar y a efectuarse la descomposición, regresando a la materia original. El circular, entonces, prosigue aún así tranquilamente también con esa materia original para, en la nueva ligazón que entonces se sigue, formar otra vez nuevas partes del Universo, las cuales traen en si energías virginales intactas.

Así es el grande proceso que se repite eternamente, tanto en las cosas mínimas como también en las máximas. Y arriba de ese circular está, firme, la primera Creación puramente espiritual, el así llamado Paraíso. Éste, al contrario de la materialidad formada, no está sujeto a la descomposición.

En ese puro espiritual eterno, que se encuentra resplandeciente arriba del circular, se encuentra el punto de partida del germen espiritual inconciente del ser humano. Es también el espiritual que constituye nuevamente la meta final para el espíritu humano, que en la materialidad se tornó conciente de si y con eso también personal. Sale como germen inconciente e irresponsable. Regresa como personalidad propia y conciente, y con eso también responsable, si... no si pierda en su camino necesario a través de la materialidad y por eso quede atado en ella, pero sí celebre la resurrección de ella como espíritu humano tornado plenamente conciente. Es el alegre re-emerger desde la materialidad, hacia el encuentro de esa parte luminosa y eterna de la Creación.

En cuanto el espíritu humano se encuentra, pues, en la materia, participa con ella de una parte del eterno grande circular, evidentemente, sin que él propio lo perciba. Y así él también llega finalmente un dia hacia aquel limite en que la parte del Universo, donde él se hallaba, va lentamente hacia el encuentro de la descomposición. Entonces, sin embargo, será el ultimo momento para todos los espíritus humanos que aún se encuentren en la materialidad, para que se apuren en tornarse de tal modo, que puedan escalar el puerto seguro y luminoso del reino eterno, es decir, encontrar el camino cierto y sobre todo también lo más corto, a fin de salir del alcance de los peligros que se inician en la materialidad, antes que éstos los puedan agarrar.

¡Si no lo consiga, se tornará para él cada vez más difícil y por ultimo demasiado tarde!

Él será entonces arrastrado, con todo lo demás, hacia la descomposición lenta, siendo ahí destruido su “yo” personal por él adquirido. Bajo miles tormentas se transformará con eso nuevamente en la semilla espiritual inconciente. Lo más horrible que puede suceder a un espíritu que haya se tornado personalmente conciente.

Son todos aquellos que desenvolvieron su personalidad en un rumbo errado. Ellos tienen que perderla por eso de nuevo, por ser inútil y nociva. Fijarse bien, descomposición no significa acaso destrucción. Nada puede ser destruido. Es solamente una retrogradación hacia el estado primitivo. Destruido será, en los así perdidos, el “yo” personal hasta ahora adquirido, lo que ocurre bajo los mayores tormentos.

Tales perdidos o condenados dejan de ser con eso espíritus humanos listos, mientras que otros pudieron entrar como espíritus autoconscientes en el reino eterno de la alegría y de la Luz, usufructuando concientemente todo aquel esplendor. —

Así como una labranza de trigo, luego de una serie de años, produce espigas cada vez peores, y solamente recibe nuevas fuerzas por la mudanza de las sembraduras, diferente no es en toda la materialidad. También ésta queda gastada un dia y debe recibir fuerza nueva a través de la descomposición y nueva ligazón. Tal proceso, sin embargo, requiere millones de años, llega una vez un determinado año como limitación decisiva para una separación necesaria de todo cuanto es útil de lo que es inútil.

Y esa época es ahora alcanzada por nosotros en el grande movimiento circular. El espíritu humano que se encuentra en la materialidad tiene que decidirse finalmente por la ascensión, o la materialidad lo mantiene agarrado para la descomposición venidera... que es la condenación eterna, de donde nunca más será posible una resurrección espiritual de modo personal y autoconsciente y una ascensión para la luminosa y eterna parte de la Creación, que paira arriba de tal descomposición. —

En el desenvolvimiento natural de lo todo, desde hace mucho ya fue quitada cualquier posibilidad de que los gérmenes espirituales que anhelan por la concientización puedan encarnarse en este plano terreno súper madurado, pues llevarían demasiado tiempo para salir aún a tiempo de esta materialidad como espíritus concientes de sí propios. En fenómeno natural, el curso de los gérmenes espirituales sólo encuentra aquellas partes del Universo que en eso tienen una especie igual, donde las necesidades de desenvolvimiento requieran exactamente el mismo tiempo que un germen espiritual necesita para el pleno desenvolvimiento, incluso en los casos más demorados. Solamente especie igual del escalón del desenvolvimiento provee camino libre al germen espiritual, mientras una maduración más adelantada de una parte del Universo establece barreras totalmente inaccesibles a los gérmenes espirituales inmaturos. También en eso queda de todo imposible la censura de una injusticia y de una falla. Cada espíritu humano puede, por consiguiente, con la maduración máxima del ambiente material, en lo cual se mueve, estar concomitantemente madurado en aquel limite donde se encuentra ahora aquella parte de la materialidad que en el presente habitamos.

¡No hay siquiera uno, que no pudiese estar maduro! La desigualdad entre los seres humanos es solamente la consecuencia necesaria de su propia voluntad libre. Entra ahora la materialidad, debido a la súper maduración, en descomposición, yendo con eso, concomitantemente, hacia el encuentro de su renacimiento.

Para el campo de los espíritus humanos llega, sin embargo, la siega, la cosecha, y con ella la separación. Lo que esté madurado será elevado hacia la Luz por los efectos de leyes naturales que permiten que sea quitado poco a poco el envoltorio de materia fina, a fin de que el espíritu liberto de eso se eleve concientemente hacia el reino de la igual especie, de todo cuanto es eterno-espiritual. Lo que no sirva, sin embargo, será retenido en la materialidad, debido a la densidad de su cuerpo de materia fina, por él propio deseada. El destino de éstos es entonces tal que su cuerpo de materia fina queda sujeto a las alteraciones que se inician en la materialidad, debiendo en ella sufrir dolorosísima descomposición por milenios. La amplitud de tal tormento se extiende por ultimo al espíritu humano de tal modo, que éste pierde la autoconciencia. Se desintegra con eso, por su parte también, la forma del imagen de Dios, la forma humana, adquirida a través de la conciencia. Luego de la desintegración total de lo que es material, regresando a la materia original, se torna otra vez libre la partícula espiritual ahora inconciente y se eleva de acuerdo con su especie. Sin embargo, no regresa como espíritu humano conciente, pero como semilla inconciente, que un dia reiniciará todo su trayecto en una nueva parte del Universo, debido a un nuevo anhelo que despierte.

Mirando desde ese alto mirador, por lo tanto, desde arriba hacia abajo, Cristo, como siempre, eligió sus palabras de tal modo y, con eso, describió un proceso absolutamente natural en el resurgir de la materialidad, en la cual la semilla espiritual hundió.

Imaginen solamente una vez se encontrando arriba de la materialidad.

Abajo de vosotros yace extendida, cual un campo de cultivo, la materialidad general en sus muchas especies. Venidas desde arriba, los gérmenes espirituales bajan ahora a la materialidad. Poco a poco, después de largo tiempo, emergen desde ahí, con muchos intervalos, espíritus humanos completos, que se tornaron autoconscientes en el vivenciar en la materia y con el impulso para que se esfuercen hacia arriba, pueden dejar hacia tras todo cuanto es material. ¡Éstos celebran con eso resurrección de la materialidad!

Pero ni todos los gérmenes reaparecen madurados en la superficie. Varios de estos quedan atrás, debiendo parecer inútiles en ella. —

Todo es exactamente así como en una labranza de trigo.

Como en el grano de trigo todo el misterioso verdadero desenvolvimiento se procesa dentro de la tierra para eso necesaria, así en un germen espiritual el principal desenvolvimiento se procesa dentro de la materialidad en general. —

Cristo, por medio de cada una de sus frases, aclara siempre figuradamente algun fenómeno natural en la Creación. — —

Si, pues, dijo: Nadie llega al Padre sino a través de mi mensaje, o a través de mi palabra, o a través de mi, es lo mismo. Quiere decir tanto, como: “Nadie encuentra el camino, sino a través de aquello que digo”. Uno significa lo mismo que el otro. De la misma forma, cuando dice: “Yo traigo a vosotros en mi mensaje la posibilidad de resurrección de la materialidad y, con eso, también la vida” o “Yo, con mi palabra, soy para vosotros la resurrección y la vida”.

Los seres humanos deben comprender el sentido, pero no confundirse siempre de nuevo con palabrería inútil. — — —


64. ¿Qué separa hoy tantos seres humanos de la Luz?

¡Como una noche profunda, paira por sobre esta Tierra la oscuridad de materia fina! Ya hace mucho tiempo. Mantiene la Tierra en un cerco sofocante, tan denso y compacto, que cada intuición luminosa que intenta subir se asemeja a una llama que, por falta de oxigeno, pierde la fuerza y pronto, menguando, se extingue en si misma. Terrible es ese estado de la materia fina que actualmente se manifiesta con sus peores efectos. ¡Quién pudiese contemplar solamente por cinco segundos tales acontecimientos, a él el pavor robaría toda la esperanza de salvación! —

Y todo eso fue ocasionado por culpa de la propia humanidad. Por culpa de la propensión hacia lo que es bajo. Así la humanidad se tornó, por si propia, su mayor enemiga. Incluso los pocos, que de nuevo anhelan con sinceridad hacia las alturas, corren ahora el peligro de que sean arrastrados juntos hacia las honduras, hacia el encuentro de las cuales los demás maduran ahora con siniestra rapidez.

Se da como que un enlazamiento a que se sigue necesariamente la absorción mortal. Absorción para el pantano viscoso y sofocante, donde todo sumerge silenciosamente. No es más un luchar, y sí solamente aún un silencioso, mudo y siniestro estrangular.

Y el ser humano no reconoce eso. La pereza espiritual lo torna ciego ante el fenómeno funesto.

El pantano, sin embargo, envía continuamente sus emanaciones venenosas que acaban fatigando lentamente los aún fuertes y despiertos, a fin de que también ellos, adormeciendo, sumerjan juntos, sin fuerzas.

Así es como es actualmente en este Tierra. ¡No es un cuadro que con eso estoy presentando, pero si vida! Como todo cuanto es materia fina tiene formas criadas y vivificadas por las intuiciones de las criaturas humanas, tal proceso se desenrolla de hecho, continuamente. Y éste es el ambiente que aguarda las personas cuando ellas tienen que salir de esta Tierra, y no pueden ser conducidas para los paramos más luminosos y más bellos.

Sin embargo, las tinieblas se concentran cada vez más.

Se acerca, por lo tanto, la época en que esta Tierra, por un espacio de tiempo, deba permanecer entregue al dominio de las tinieblas, sin auxilio directo de la Luz, porque la humanidad ha forzado eso con su voluntad. Las consecuencias de su voluntad, en la mayoría, hubieron que provocar ese fin. – Se trata del tiempo que a Juan le fue permitido ver, antaño, en que Dios encubre Su semblante. —

La noche se extiende alrededor. ¡Sin embargo, en el auge de las aflicciones, cuando todo, hasta mismo lo que es mejor, esté amenazado de sumergir, irrumpe entonces simultáneamente también el alba! Pero el alba trae primeramente los dolores de una gran purificación, que es inevitable, antes que pueda comenzar la salvación de todos los que buscan con sinceridad; ¡pues no podrá ser extendida la mano en auxilio a los que anhelan a cosas bajas! Deben caer hasta los abismos aterrorizantes, donde únicamente aún podrán tener la esperanza de despertar a través de tormentos, los cuales deberán provocar asco de si propios. Los que hasta ahora, mofando, aparentemente impunes, podían criar obstáculos para aquellos que se esfuerzan rumbo a las alturas se tornarán callados y más pensativos, hasta que finalmente, con lamentos y ruegos, suplicarán por la Verdad.

Entonces no les será así tan fácil, serán conducidos incesantemente por las muelas de las férreas leyes de la justicia divina, hasta que, a través de la vivencia, lleguen al reconocimiento de sus errores. —

¡Durante mis viajes pudo reconocer que con mi Palabra ha sido lanzada una antorcha prendida entre los apáticos espíritus humanos, la cual aclara que persona alguna puede decir que trae consigo algo de divino, mientras que, exactamente ahora, en muchos trabajos se visa descubrir Dios adentro de si, para con eso finalmente también tornarse Dios!

¡Por eso, inquietud fue despierta muchas veces con mi Palabra, la humanidad, se rebelando, quiere reaccionar a eso, porque sólo quiere oír palabras soporíferas y tranquilizadoras, que le parezcan agradables!

Los que se rebelan de esa manera son solamente cobardes, que prefieren esconderse de si mismos, solamente para que queden en la penumbra, donde puedan soñar, tan bella y tranquilamente, conforme sus propios deseos.

No es cualquiera que soporta ser expuesto a la Luz de la Verdad, la cual muestra de modo nítido y sin compasión los defectos y las manchas de las vestes.

Con sonrisas, mofarías o ante hostilidad, quieren tales impedir el dia venidero, que deja reconocer claramente los pies de barro de la construcción insostenible del ídolo “yo”. Tales insensatos juegan solamente de bailes de mascaras consigo mismos, a los cuales se seguirá implacablemente el sombrío miércoles de cenizas. Con sus falsas opiniones quieren solamente colocarse como dioses a si propios y de esa manera se sienten terrenamente bien y sosegados. ¡Consideran por eso de antemano como enemigo aquél que les perturba ese sosiego perezoso!

¡Toda esa rebelión, sin embargo, de nada les sirve de esta vez!

¡El auto-endiosamiento, que se encuentra en la afirmativa de que existe algo de divino en el ser humano, es un palpar sucio en dirección a la sublimidad y a la pureza de vuestro Dios, que con eso macula lo que para vosotros hay de más sacrosanto, para lo que levantáis los ojos en la más bien-aventurada confianza! —

En vuestro intimo se halla un altar que debe servir para la adoración de vuestro Dios. Ese altar es vuestra facultad intuitiva. ¡Si ella es pura, tiene ligazón directa con el espiritual y, con eso, con el Paraíso! ¡Hay entonces momentos en que también vosotros podéis intuir plenamente la proximidad de vuestro Dios, conforme muchas veces se pasa en el más profundo dolor y en la mayor alegría!

Entonces intuiréis Su proximidad, de idéntico modo como la vivencian permanentemente en el Paraíso los eternos puro-espirituales, con los cuales sois íntimamente atados en tales momentos. ¡La vibración fuerte proveniente del alboroto de la alegría intensa, así como la del dolor profundo, aleja momentáneamente para lejos todo cuanto es terreno e inferior, y con eso queda libre la pureza de la intuición, formando inmediatamente el puente con la pureza de igual especie que vivifica el Paraíso!

Es ésta la mayor felicidad del espíritu humano, de esa corona de toda la Creación. Los eternos en el Paraíso viven en ella permanentemente. Ella trae la maravillosa certeza de encontrarse abrigado. Ellos están entonces plenamente concientes de la proximidad de su grandioso Dios, en cuya fuerza se encuentran, pero también reconocen como evidente que se encuentran en su altitud máxima, y que nunca podrán ser capaces de contemplar Dios.

Eso no los oprime, pues en el reconocimiento de Su inaccesible grandeza sienten jubilosa gratitud por Su gracia indescriptible, que Él siempre dejó actuar en relación a la pretenciosa criatura.

Y esa felicidad el ser humano terreno ya puede usufructuar. Está totalmente correcto, cuando se dice que el ser humano aquí en la Tierra siente, en momentos solemnes, la proximidad de su Dios. Pero pasará a ser blasfemia, si, con base en ese maravilloso puente del tornarse conciente de la proximidad de Dios, quieran afirmar que poseen, ellos propios, una chispa de la divinidad en su intimo.

De manos dadas con esa afirmación sigue también la degradación del amor divino. ¿Cómo uno puede medir el amor de Dios con la medida de un amor humano? ¿Más aún, colocarlo incluso en el valor abajo de ese amor humano? ¡Fijad en los seres humanos que imaginan el amor divino como el ideal más sublime, sufriendo silenciosamente y, además, perdonando todo! Quieren reconocer algo de divino en eso, en el hecho de tolerar todas las impertinencias de las criaturas muy inferiores, como solamente ocurre con el peor débil, así como con lo más cobarde ser humano, que por eso es despreciado. ¡Reflexionad, pues, sobre el ultraje monstruoso que en eso está anclado!

¡Los seres humanos quieren pecar sin recibir punición, para finalmente con eso proporcionar una alegría a su Dios, permitiendo que Él les perdone las culpas sin cualquier penitencia propia! Suponer tal cosa implica una desmedida estrechez, pereza condenable o el reconocimiento de la propia debilidad sin esperanza en relación a la buena voluntad para la ascensión: una cosa es tan condenable cuanto la otra.

¡Imaginad el amor divino! ¡Límpido como cristal, radiante, puro e inmenso! ¿Podéis imaginar entonces que él pueda ser tan sentimentalmente débil, degradantemente complaciente, como los seres humanos tanto lo quieren? Quieren construir una grandeza errónea allá, donde desean debilidad, presentan un cuadro falso, solamente para engañar aún un poco a si mismos, para que se tranquilicen por sobre la propia imperfección, que los deja diligentemente a servicio de las tinieblas. ¿Dónde se encuentran ahí la limpidez y la fuerza que incondicionalmente hacen parte de la pureza cristalina del amor divino? El amor divino es inseparable de la máxima severidad de la justicia divina. Es ella misma incluso. Justicia es amor y amor, además, solamente reside en la justicia. En ella solamente es que reside también el perdón divino.

¡Está cierto cuando las iglesias dicen que Dios perdona todo! ¡Y realmente perdona! Al contrario de los seres humanos que, aún cuando alguien haya expiado una insignificante culpa, lo consideran continuamente indigno y, con tal especie de pensamiento, se sobrecargan doblemente, porque no actúan en eso según la voluntad de Dios. Aquí hace falta justicia al amor de los seres humanos.

El efecto de la voluntad criadora divina purifica cada espíritu humano de su culpa, en el propio vivenciar o por medio de voluntaria corrección, apenas cuando él se esfuerce hacia arriba.

¡Saliendo de esas mueles en la materialidad, de vuelta a lo espiritual, se encuentra entonces puro en el reino de su Criador, no importa qué haya errado anteriormente! Se encuentra tan puro como aquél que nunca erró. ¡Sin embargo, debido al efecto de las leyes divinas, tiene que recorrer antes su camino, y en ese hecho se encuentra la garantía del perdón divino de Su gracia!

No se oye hoy tantas veces la pregunta atónita: ¿Cómo pudieron ocurrir estos años de tanta aflicción con la voluntad de Dios? ¿Dónde está en eso el amor, dónde la justicia? ¡Indaga la humanidad, indagan las naciones, muchas veces las familias e hasta mismo el ser humano individual! ¿No sería eso antes la prueba de que el amor de Dios sea tal vez diferente de lo que a tantos les gustarían pensar? ¡Intentad, pues, considerar una vez el amor de Dios que todo perdona, así, hasta el fin, conforme se esfuerzan obstinadamente por presentarlo! Sin penitencia propia, todo consintiendo y por ultimo aún perdonando generosamente. ¡Deberá ser un deplorable resultado! ¿Se considera el ser humano tan valioso, que su Dios deba sufrir con eso? ¿Más valioso, por consiguiente, de lo que Dios? Cuánto reside en esa arrogancia de los seres humanos. —

Al reflexionar serenamente, tendréis que tropezar en millares de impedimentos y sólo podréis entonces llegar a una conclusión, si disminuyereis Dios y Lo tornareis imperfecto.

Sin embargo, Él fue, y es y será perfecto, independiente del modo como los seres humanos aceptan ese hecho.

Su perdón reposa en la justicia. No de otra forma. ¡Y es en esa justicia inexorable que reposa también únicamente el grande y hasta ahora tan mal comprendido amor!

Deshabituad vosotros de medir conforme criterios terrenos. La justicia de Dios y el amor de Dios se destinan al espíritu humano. La materia nada tiene que ver con eso. Ella es solamente moldeada por el propio espíritu humano, y sin espíritu ella no tiene vida.

Como os atormentáis vosotros tantas veces con niñerías puramente terrenas, que consideráis como pecado y que no lo son en absoluto.

Solamente aquello que el espíritu quiera, en una actuación, es determinante para las leyes divinas en la Creación. Pero esa voluntad espiritual no es actividad de pensamientos, pero si el intuir más intimo, la voluntad propiamente dicha en el ser humano la cual únicamente puede poner en movimiento las leyes del más Allá y que también las coloca naturalmente en movimiento.

El amor divino no se deja rebajar por los seres humanos; pues en él reposan en la Creación también las leyes férreas de Su voluntad, la cual es conducida por el amor. Y esas leyes actúan de tal modo, conforme el ser humano en ellas se comporta. Pueden atarlo hasta la proximidad de su Dios o constituir una pared divisoria, que nunca podrá ser destruida, que no sea, finalmente, por la adaptación de la criatura humana, lo que corresponde a obedecer, en lo que únicamente él puede encontrar su salvación, su felicidad. Es una pieza homogénea, la grande obra no presenta faltas, ninguna fisura. Cualquier tonto, cualquier insensato, que quiera diferentemente, reventará la cabeza con eso. —

El amor divino sólo proporciona en eso lo que es de provecho a cada espíritu humano, y no lo que le cause alegría en la Tierra y parezca agradable. Su actuación va mucho más allá, porque domina toda la existencia. —

Muchos seres humanos frecuentemente piensan ahora: Si realmente deben ser esperados amarguras, catástrofes, para provocar una grande purificación, entonces Dios debe ser tan justo y enviar antes predicadores de penitencias. El ser humano tiene, pues, que ser advertido con antecedencia ¿Dónde está Juan para anunciar lo que está por venir?

¡Son desdichados en irreflexión, que debe parecer grande! Solamente la arrogancia de un vacío ilimitado se esconde tras tales clamores. ¡Pues lo fustigarían y lo lanzarían en la cárcel!

¡Abrid, por lo tanto, los ojos y los oídos! ¿Los fenómenos naturales y catástrofes, que están aumentando, no son advertencias suficientemente severas? ¿Las situaciones en la Rusia y en la China no hablan un lenguaje serio? ¡Incluso los alemanes de las regiones de frontera envían muchas veces sus lamentaciones bajo el flagelo de sus, de nuestros enemigos! ¡Sin embargo, uno pasa bailando por sobre toda aflicción y calamidades de su semejante, livianamente! ¡No se quiere ver ni oír! —

También ya hace dos mil años precedió un predicador de penitencias, el Verbo hecho carne lo siguió pronto después. Pero las criaturas humanas se empeñaron diligentemente en borrar nuevamente el brillo límpido del Verbo, en oscurecerlo, para que la fuerza de atracción de su fulgor se fuese extinguiendo poco a poco. —

¡Y todos aquellos que quieran libertar el Verbo del enmarañado de obligaciones, pronto habrán que sentir como los mensajeros de las tinieblas se esfuerzan obstinadamente para impedir cualquier despertar jubiloso!

¡Hoy, sin embargo, no más se repite ningún acontecimiento como en el tiempo de Cristo! ¡Ahí vino el Verbo! ¡La humanidad tenía su libre arbitrio y se decidió en aquél tiempo principalmente por le rechazo, por la condenación! De esa época en delante las personas quedaron entonces sometidas a las leyes que naturalmente se incorporaron al libre arbitrio así ejercido antaño. Los seres humanos encontraron después en el camino por ellos escogido todos los frutos de su propia voluntad.

En la brevedad, se cerrará entonces el circulo. Se acumula cada vez más y se represa como un dique, que pronto colapsará por sobre la humanidad, que en embotamiento espiritual vive ahí de modo ignorante. ¡En el final, en la época de la realización, los seres humanos naturalmente no más dispondrán de la libre elección!

Ellos tendrán entonces que cosechar lo que sembraron antaño en los ulteriores caminos falsos.

Todos están encarnados hoy nuevamente en esta Tierra para el ajuste de cuentas, los cuales en el tiempo de Cristo rechazaron la Palabra. Hoy no tienen más el derecho a advertencias previas y a la nueva decisión. ¡En estos dos mil años dispusieron de tiempo suficiente, para cambiar de opinión! También todo aquél que acepta una falsa interpretación de Dios y de Su Creación y no se empeñe por asimilarla con más pureza, éste no la acogió. Es incluso mucho peor, una vez que una creencia errada impide de asimilar la Verdad.

Ay, sin embargo, de aquél que falsea o altera la Verdad, para así obtener prestigio porque en forma más cómoda es también más agradable a los seres humanos. Se sobrecarga no solamente con la culpa de la falsificación y de conducir erróneamente, como también asume toda la responsabilidad por aquellos que ha conseguido atraer hacia si, al proporcionar mayor comodidad y facilidades. Ningún auxilio entonces le será proveído, cuando suene la hora de la retribución. ¡Caerá hacia abismos que nunca podrán devolverlo, y con razón!– También esto Juan pudo ver y de él advertir en su revelación.

Y cuando comience la gran purificación, no restará de esa vez al ser humano tiempo de revolucionarse y mucho menos de oponerse a los acontecimientos. Las leyes divinas, de las cuales al ser humano tanto le gusta hacer una idea falsa, actuarán entonces inexorablemente.

Será exactamente en el momento en que se pasen los hechos más terribles que la Tierra ya presenció, que la humanidad irá aprender finalmente que el amor divino está muy lejos de la flacidez y de la debilidad que ella osó atribuirle.

¡Más de la mitad de todos los seres humanos de la actualidad siquiera pertenece a esta Tierra!

Ya desde milenios esa humanidad ha caído de tal modo, vive tan fondo en la oscuridad que, en su querer impuro, extendió muchos puentes hacia esferas oscuras, situadas muy abajo de este plano terreno. Allá viven profundamente decaídos, cuyo peso de materia fina nunca permitió la posibilidad de subir hacia este plano terreno.

En eso residió protección para todos los que viven sobre la Tierra, bien como para aquellos de la tiniebla. Se encuentran separados por la ley natural de gravedad de la materia fina. Los que se hallan abajo pueden exacerbar sus pasiones, todas las bajezas, sin con eso provocar daños. Al contrario. Su desenfrenado modo de vivir alcanza allá solamente los de igual especie, idénticamente como el modo de vivir de éstos también los ataca. Con eso sufren mutuamente, lo que lleva a la maduración y no al aumento de la culpa. Pues, por el sufrimiento puede pasar que despierte un dia el asco de si propio, y con el asco también el deseo de salir de ese reino. Tal deseo hace nacer con el tiempo el más doloroso desespero, que puede causar, por fin, las más vehementes suplicas y con eso la voluntad sincera de mejorar.

Así debía suceder. ¡Sin embargo, por la voluntad errónea de los seres humanos, sucedió diferentemente!

Las criaturas humanas lanzaron, por medio de su voluntad de tinieblas, un puente hacia la región de las tinieblas. Con eso extendieron las manos a los que Allá viven, posibilitando así, por medio de la fuerza de atracción de la igual especie, que subiesen hacia la Tierra. Aquí encontraron naturalmente también oportunidad para la nueva encarnación, hecho ese que para ellos aún no estaba previsto, según el curso normal de los acontecimientos universales.

Pues, en el plano terreno, donde por intermedio de la materia gruesa pueden convivir con seres humanos más luminosos y mejores, ellos sólo consiguen causar daños y se sobrecargan de esta forma con nuevas culpas. No pueden hacerlo en sus dominios inferiores; pues su vileza sólo puede ser útil a sus semejantes, porque en eso por fin solamente se reconocen a si propios y aprenden a sentir asco de eso, lo que contribuye para una mejora.

Ese camino normal de toda la evolución fue así perturbado por la criatura humana, debido a la baja utilización de su libre arbitrio, con lo que ha formado puentes de materia fina hasta los dominios de las tinieblas, de modo que los que hasta allá hundieron pudieron ser lanzados cual un bando hacia el plano terreno, los cuales, triunfando, ocupan ahora su mayor parte.

Como las almas luminosas tienen que ceder lugar a las tinieblas, allá dondequiera éstas se instalen con firmeza, fue fácil, por lo tanto, para aquellas almas más oscuras, que de modo indebido alcanzaron el plano terreno, encarnar a veces, también, allá donde de otro modo solamente hubiera entrado un alma luminosa. El alma oscura encontró, así, a través de alguien del ambiente de la futura madre, un apoyo que le posibilitó mantenerse y alejar el luminoso, aunque la madre o el padre pertenezcan a los más luminosos.

Se explica, así, también el enigma de poder llegar muchas veces ovejas negras para padres buenos. Si, sin embargo, una futura madre esté más vigilante con relación a si propia, como también a su ambiente más próximo y sus relaciones sociales, entonces él no puede ocurrir.

Por lo tanto, en eso hay que se reconocer solamente amor, cuando los efectos finales de las leyes, con plena justicia, finalmente barran los que no pertenezcan al plano terreno, de modo que ellos se precipiten hacia aquél reino de las tinieblas a que pertenecen por su especie. De esa forma no más podrán estorbar la escalada de los más luminosos y acumular nuevas culpas sobre si propios, al contrario, tal vez aún madurar en el asco de su propio vivenciar. — —

Tiempo vendrá, sin duda, en que los corazones de todos los seres humanos serán tocados con puños de hierro, cuando con terrible inexorabilidad será extirpada la arrogancia espiritual de cada criatura humana. Entonces caerá también toda la duda, que impide ahora el espíritu humano en el reconocimiento de que el divino no existe dentro de él, y sí mucho arriba de él. Y que sólo puede estar como el imagen más pura en el altar de su vida intima, para la cual levanta la mirada en humilde oración. —

No es error, pero si culpa, siempre que un espíritu humano declara también querer ser divino. Una tal presunción deberá causar su caída; pues corresponde a un intento de arrancar el cetro de la mano de su Dios y de rebajarLo al mismo escalón en que se encuentra el ser humano, y cuyo escalón él ni siquiera logró llenar hasta ahora, por querer venir a ser más, volviendo su mirada para altitudes que nunca podrá alcanzar, ni siquiera reconocer. ¡Con eso, sin atención, no ha visto toda la realidad, no ha se tornado solamente inútil en la Creación, pero mucho peor, se ha tornado nocivo!

Por ultimo le será demostrado con siniestra nitidez, causado por su propia disposición falsa, que él, en su actual constitución tan profundamente decaída, no significa siquiera la sombra de una divinidad. Todo el tesoro del saber terreno, que él acumuló penosamente en milenios, se reducirá entonces a nada ante la mirada aterrorizada de sus ojos, vivenciará en si, desamparado, cómo los frutos de sus anhelos terrenos unilaterales se tornan inútiles, a veces incluso una maldición para él. ¡Entonces, podrá recordarse de su propia divinidad, si consiga! — —

De modo grave retumbará en sus oídos: ¡De rodillas, criatura, ante tu Dios y Señor! ¡No intente de forma injuriosa arbolarte a tu mismo a Dios! — —

La excentricidad del perezoso espíritu humano no proseguirá. — —

Sólo entonces podrá esa humanidad pensar también en una ascensión. Y éste será entonces también el tiempo en que colapsará todo lo que no esté en suelo firme. ¡Las existencias ficticias, los falsos profetas y asociaciones que se forman al rededor de éstos, se desmantelarán por si mismas! Con eso también se tornarán evidentes los falsos caminos de hasta ahora. ¡Y, satisfechos consigo mismos, muchos reconocerán, atónitos, que se encuentran al margen de un abismo y, conducidos erróneamente, resbalan rápidamente hacia bajo, en cuanto suponían con orgullo que ya estuviesen se elevando y se aproximando de la Luz! Que abriesen puertas de protección, sin disponer de fuerza suficiente para la defensa. Que atrajesen peligros hacia sí, que en un curso normal hubiesen sido transpuestos por ellos. ¡Feliz aquél que entonces encuentre el camino cierto hacia el regreso!


65. El clamor por el líder

Observemos una vez, más de cerca, todos los seres humanos que hoy buscan, de forma especialmente vivaz, por un líder espiritual y que lo esperan con elevación interior. ¡Se juzgan ya perfectamente preparados espiritualmente para reconocerlo y para oír su palabra!

Lo que observamos en una contemplación serena son muchísimas cisiones. La misión de Cristo, por ejemplo, actuó de manera extraña por sobre tantas personas. Crearon para si un imagen falso de eso. Como de costumbre, la causa para tanto fue auto-evaluación incorrecta, presunción.

En lugar del temor de antaño y de la conservación de una distancia natural y delimitación nítida con relación a su Dios, surgió de un lado un suplicar lamentoso, que siempre sólo quiere recibir, pero de modo alguno hacer algo propio. El “Ora” ellos aceptaron, pero que ahí aún existe el “y trabaja”, “trabaja en ti mismo”, eso ellos no querían saber.

De otro lado, nuevamente, se acredita ser tan autónomo, tan independiente, que se puede hacer todo por si mismo y, con algun esfuerzo, incluso tornarse divino.

Hay también muchos seres humanos que sólo exigen y esperan que Dios corra tras ellos. ¡Pues, como Él ya una vez les había mandado Su Hijo, dio con eso la prueba de lo cuánto Él se interesa que la humanidad se aproxime de Él, sí, que Él, probablemente, incluso necesite de ella!

Adónde uno mira, sólo se puede encontrar en todo solamente todavía arrogancia, ninguna humildad. Hace falta la auto-evaluación correcta. —

En primer lugar, es necesario que el ser humano bajé de su altitud artificial, a fin de poder tornarse verdaderamente ser humano, para, como tal, iniciar su ascensión.

Se encuentra hoy sentado en las faldas de la montaña, encima de un árbol, todo arrogante espiritualmente, en lugar de estar con ambos los pies seguro y firme en el suelo. Así también nunca podrá escalar la montaña, sino que baje antes del árbol o desde allá despeñe.

Mientras tanto, sin embargo, probablemente todos cuantos trillaron calma y sensatamente su camino en el suelo bajo su árbol y para los cuales él miraba con arrogancia, ya llegaron a la cumbre.

Pero en eso los acontecimientos vendrán en su auxilio; pues el árbol caerá en muy poco tiempo. Tal vez entonces el ser humano una vez más reconsidere mejor, cuando allá desde la altura vacilante caiga rudamente en el piso. Entonces, sin embargo, estará más de lo que en tiempo, ninguna hora siquiera le resta para desperdiciar ahí.

Ahora muchos juzgan que todo puede continuar en esa rutina, como ha sido por milenios.

Acomodados y confortables, están sentados en sus sillones y esperan por un líder fuerte.

¡Pero qué idea hacen de ese líder! Es realmente de causar pena.

¡En primer lugar, esperan de él, o, digamos mejor, exigen de él, que él prepare el camino para cada uno rumbo la Luz! ¡Tiene él que esforzarse para construir puentes para el camino de la Verdad a los adeptos de todas las religiones! Tiene él que tornar todo tan fácil y comprensible, que cada cual pueda comprenderlo sin esfuerzo. Sus palabras tienen que ser elegidas de tal modo, que su exactitud convenza, sin mas ni menos, los grandes y los pequeños de todas las camadas sociales.

Apenas cuando la propia criatura humana necesite esforzarse y reflexionar por si propia, entonces no es un líder cierto. Pues si fue convocado para, conduciendo a través de su palabra, mostrar el camino cierto, él habrá naturalmente que esforzarse también en favor de las criaturas humanas. ¡Su tarea es convencerlas, despertarlas! Cristo también Dio su vida.

¡Los que hoy así piensan, y éstos son muchos, ni necesitan esforzarse, pues se asemejan a las vírgenes tontas, van al encuentro del “demasiado tarde”!

El líder seguramente no los despertará, al contrario, dejará que sigan durmiendo tranquilamente, hasta que el portal esté cerrado y ellos no puedan encontrar entrada para la Luz, visto que no pueden libertarse en tiempo cierto del ámbito de la materialidad, para lo que la palabra del líder les indicó el camino.

Pues el ser humano no es tan precioso cuanto imaginaba. ¡Dios no necesita de él, él, sin embargo, de su Dios!

¡Ya que la humanidad con su así llamado progreso hoy no sabe más lo que realmente quiere, se verá por último obligada a saber lo qué debe!

Esa especie de gente pasará buscando y también criticando con superioridad, de la misma forma que tantos antaño pasaron por aquél, para cuya venida todo ya estaba preparado por las revelaciones.

¡Cómo se puede imaginar un líder espiritual de tal manera!

¡Él no hará cualquier concesiones a la humanidad, ni del ancho de un pie y exigirá en toda parte, donde se espera que él dé!

¡Aquél ser humano, sin embargo, que puede raciocinar de modo serio, éste pronto reconocerá que exactamente en el exigir severo, sin consideración, de un atento pensar reposa lo mejor que la humanidad, ya tan profundamente enmarañada en su indolencia espiritual, necesita para la salvación! Exactamente por el hecho de que un líder, para comprensión de sus palabras, exija desde pronto vivacidad espiritual, voluntad seria, auto-esfuerzo, él separa jugando, ya en el inicio, el joyo del trigo. Reside en eso una actuación espontánea, como se da en las leyes divinas. Sucederá a los seres humanos, también en eso, exactamente de acuerdo con aquello que ellos realmente quieren. — —

¡Hay, sin embargo, también aún una otra especie de criaturas humanas que se tienen en cuenta de especialmente ágiles!

Éstas formaron una idea muy diferente de un líder, conforme se puede leer en relatos. Eso, sin embargo, no es menos grotesco; ¡pues esperan en él un... acróbata espiritual!

En todo el caso, ya es supuesto por millares de que la clarividencia, la clariaudición, la clari-intuición, etc., constituirían grande progreso, cuando en la realidad no es así. Tales cosas aprendidas, ejercitadas, incluso las traídas como dote, nunca pueden elevarse por sobre el pesadumbre terreno, se mueven, por lo tanto, solamente en limites inferiores, que jamás podrán pretender niveles elevados, siendo, por esa razón, bastante desproveídos de valor.

¿Se pretende con eso por ventura ayudar la humanidad a subir, le mostrando cosas de materia fina del mismo nivel, o le enseñando a verlas y oírlas?

Eso nada tiene que ver con la real ascensión del espíritu. ¡Tampoco tiene utilidad para fenómenos terrenos! ¡Son acrobacias espirituales, nada más, interesantes para las personas individualmente, pero sin ningún valor para la humanidad toda!

Que todos estos deseen también un líder de igual especie, que de hecho lo sepa mejor de lo que ellos, es, pues, fácilmente comprensible. —

Sin embargo, existe un grande numero de personas que entonces van aún mucho más lejos, hasta el ridículo. Y que, a pesar de eso, lo toman mucho en serio.

¡Para ellas vale como comprobación del liderazgo, por ejemplo, también como condición básica, que un líder... no pueda resfriarse! Quién puede resfriarse, ya está destituido; pues eso no corresponde, según la opinión de ellos, a un líder ideal. Uno fuerte tiene que estar con su espíritu, en todos los casos y en primera línea, por encima de todas estas niñerías.

Eso tal vez suene un poco forzado y ridículo, pero fue sacado de hechos y significa una débil repetición de la exclamación de antaño: “Si es Hijo de Dios, entonces ayúdate a ti mismo y baja de la cruz”. – ¡Eso lo vociferan hasta hoy, antes mismo de aparecer tal líder!

¡Pobres ignorantes seres humanos! Aquél que disciplina su cuerpo de forma tan unilateral, que éste se le torne insensible temporalmente bajo la fuerza del espíritu, éste, de modo alguno es un bulto eminente. Los que lo admiran se parecen con los niños de siglos pasados que acompañaban de boca abierta y ojos arregazados las contorciones de los malabaristas ambulantes, con lo que les despertaba el deseo ardiente de también poder hacer tales cosas.

¡Y tal cual los niños antaño, en ese campo totalmente terreno, no son más avanzados en el campo espiritual muchos de los así llamados buscadores del espíritu o de Dios del tiempo actual!

Prosigamos, pues, considerando: los saltimbancos de los viejos tiempos, de quien recién hablé, se desenvolvieron cada vez más, se tornando acróbatas en los circos, en teatros de variedades. Su talento llegó a proporciones extraordinarias y diariamente millares de espectadores exigentes asisten aún hoy a tales presentaciones con siempre nuevo pasmo, y muchas veces con calofríos interiores.

¿Acaso ganaron para si alguna cosa con eso? ¿Qué lucro les adviene de tales horas? Aunque muchos acróbatas también arriesgan sus vidas en esas exhibiciones. Ni el mínimo provecho; porque aunque teniendo alcanzado la más alta perfección, todas esas cosas deberán permanecer siempre solamente en el contexto de los teatros de variedades y circos. Ellos siempre servirán solamente para entretenimiento, pero nunca traerán cualquier ventaja para la humanidad.

¡Una acrobacia de ese tipo, en el plan espiritual, es lo que se busca ahora como padrón para el grande líder!

¡Dejad tales criaturas humanas con esos bromistas espirituales! ¡Muy pronto vivenciarán para donde eso conduce! Ellas también no saben lo qué realmente anhelan con eso. Ellas imaginan: ¡Grande es solamente aquél, cuyo espíritu domina el cuerpo de tal forma, que éste no más conozca enfermedad!

¡Todo ese tipo de aprendizaje es unilateral, y la unilateralidad produce solamente algo insalubre, enfermizo! ¡Con tales cosas el espíritu no es fortalecido, pero si solamente el cuerpo queda debilitado! Todo el equilibrio necesario para una armonía sana entre el cuerpo y el espíritu queda desplazado, y el fin es que un tal espíritu se desliga mucho más prematuramente del cuerpo así maltratado, que a él no más puede proporcionar la necesaria resonancia sana y vigorosa para el vivenciar terreno. Pero al espíritu, eso le hace falta y llega entonces inmaturo hacia el más Allá. Él será obligado a vivir una vez más su existencia terrena. Se trata san solamente de pequeños artificios espirituales que se procesan a las expensas del cuerpo terreno, lo cual, en la realidad, debe auxiliar el espíritu. El cuerpo pertenece a una fase del desenvolvimiento del espíritu. Caso sea debilitado y oprimido, tampoco puede ser útil al espíritu; pues sus irradiaciones son demasiado débiles, para que produzcan en la materialidad la fuerza total de que éste necesita.

Si un ser humano quiera reprimir una enfermedad, tiene que provocar espiritualmente la presión de un éxtasis sobre el cuerpo, de la misma forma como ocurre en escala menor cuando el miedo del dentista puede alijar los dolores. Un cuerpo soporta tales elevados estados de agitación sin peligro seguramente una vez, tal vez más veces, pero no por períodos prolongados, sin sufrir serios daños.

Y cuando un líder hace o propone esto, entonces no merece ser tomado en cuenta de líder; pues con su actuación viola las leyes naturales de la Creación. El ser humano terreno tiene que preservar su cuerpo, como un bien que le fue confiado, y buscar mantener la armonía sana entre el espíritu y el cuerpo. Caso ésta sea perturbada ante opresión unilateral, entonces eso no es ningún progreso, ninguna ascensión, pero si, será un absoluto estorbo incisivo para la realización de su misión en la Tierra, bien como, además, en la materialidad. ¡La fuerza plena del espíritu en relación a su efecto en la materialidad en eso se pierde, porque él necesita para eso, de cualquier modo, de la fuerza de un cuerpo terreno no subjuzgado, pero si en armonía con el espíritu! ¡Aquél que, se basando en tales cosas, es llamado de maestro, vale menos de lo que un aprendiz que ni conoce las incumbencias del espíritu humano tampoco las necesidades de su evolución! Es incluso perjudicial al espíritu.

No tardarán a reconocer dolorosamente su tontería.

¡Cada falso líder, sin embargo, tendrá que pasar por experiencias amargas! Su ascensión en el más Allá sólo podrá principiar, cuando el último de todos aquellos, que él distrajo o detuvo con sus juegos espirituales, ya haya alcanzado el reconocimiento. En cuanto sus libros, sus escritos, continúen a tener efecto aquí en la Tierra, él permanecerá detenido en más Allá, aunque en ese intervalo haya llegado allí a nociones mejores.

¡Quién aconseje practicas ocultas, éste da a los seres humanos piedras en lugar de pan y muestra con eso que él ni siquiera posee una idea de los verdaderos fenómenos en el más Allá, y menos aún de todo el engranaje universal! — —


66. Materia gruesa, materia fina, irradiaciones, espacio y tiempo

Recibimos muchas preguntas sobre el concepto de mis expresiones materia gruesa y materia fina. La materia gruesa es todo aquello que el ser humano puede ver con sus ojos terrenos, lo que terrenalmente siente y oye. A eso pertenece también aquello que ve por intermedio de recursos terrenos y que aún verá por medio de futuras invenciones. Como, por ejemplo, todo cuanto es visto por el microscopio. La materia gruesa es solamente una determinada especie de la materialidad. El grande dominio de toda la materialidad, sin embargo, abarca varias especies, que desde la base son totalmente diferentes entre si, razón por que jamás se mezclan entre si.

Las diferentes especies de la materialidad se encuentran, una por sobre la otra, muy abajo, en el fondo o fin de la Creación. Nuevamente, como en toda la Creación, comenzando desde arriba con la especie más ligera y terminando en dirección hacia bajo, con la más pesada y más densa. Todas esas especies de la materialidad sirven, únicamente, como medios auxiliares para el desenvolvimiento de todo el espiritual que ahí bucea como semilla en fértil campo de cultivo. Exactamente así como un grano de semilla necesita de la tierra para la germinación y el crecimiento.

La propia materialidad, en las diversas camadas, es por si sólo inactiva, sin fuerzas. Solamente cuando es traspasada y atada por el enteal, que se encuentra por sobre ella, recibe calor y vida, sirve de envoltorios o cuerpos de las más diversas formas y especies.

Conforme ya dije, las diferentes especies de la materialidad no se dejan mezclar, pero sí atar y entretejer múltiplemente a través del enteal. En ese atar y entretejer se originan, pues, calores e irradiaciones. Cada una de las especies de la materialidad produce con eso su propia y determinada irradiación, que se mezcla con las irradiaciones de las otras especies a las cuales está atada y, conjuntamente, forman un aro de irradiaciones que ya hoy se conoce y se denomina sucintamente de aureola o también de irradiación. Así, cada piedra, cada planta, cada animal tiene su irradiación, que puede ser observada y que, de acuerdo con el estado del cuerpo, es decir, del envoltorio o forma, es completamente diferente. Por eso también pueden ser observadas perturbaciones en el aro de irradiaciones y reconocidos así focos de enfermedad del envoltorio.

El aro de irradiaciones provee, por consiguiente, a cada forma un ámbito especial, que constituye una protección en la defensa y, al mismo tiempo, sin embargo, un puente para el ambiente a su alrededor. Además, también alcanza aún la parte interna, a fin de co-participar del desenvolvimiento del núcleo enteal, en el sentido más grueso; pues en la realidad se juntan aún muchas cosas para la verdadera actuación en la Creación, las cuales debo desenrollar solamente muy lentamente, paso a paso, para facilitar a los que buscan seriamente la penetración en las leyes de la Creación.

Sin ser prepasada por el enteal, la materialidad nada es. Lo que ahora observamos, sin embargo, fue solamente la ligazón del enteal con las diversas especies de la materialidad. ¡Y eso, por su parte, proporciona entonces el campo de cultivo para el espíritu! El enteal ata, liga y vivifica lo que es material, el espíritu, sin embargo, domina la materia con el enteal. Luego que el espíritu, por lo tanto, lo que es espiritual, bucea en la ligazón vivificada por el enteal para su desenvolvimiento, esa le queda subordinada sin más ni menos, conforme la naturaleza de la cosa, por lo tanto, incluso el enteal.

El dominio es así entregue al espiritual, de la manera más natural. ¡Triste, si él lo utiliza mal o erradamente! El verdadero aparato del espíritu, para su desenvolvimiento en la materialidad, es, pues, proporcionado por las irradiaciones de que recién hablamos. El suelo para el desenvolvimiento del espíritu ya es, antes de su inmersión, preparado cuidadosamente por el enteal. Los envoltorios lo envuelven automáticamente de forma protectora y su incumbencia es utilizar correctamente el aparato así proporcionado, para su bien y ascensión, no, sin embargo, para su perjuicio y caída.

No es difícil comprender que aquella especie de materialidad del envoltorio del espíritu, que está representada del modo más vigoroso, tiene que ser también decisiva para la especie de la mezcla de irradiaciones; pues en ella dominará naturalmente siempre la irradiación de la especie de la materialidad más fuerte existente. Sin embargo, lo predominante ahí es, por su parte, lo que tiene mayor influencia intrínseca y extrínseca.

La mezcla de irradiaciones tiene, sin embargo, una importancia mucho mayor de lo que la humanidad hasta ahora pudo investigar. ¡De su verdadero objetivo no fue presentida ni la décima parte!

La constitución del aro de irradiaciones es decisiva para la intensidad de las olas, las cuales tienen que absorber vibraciones del sistema de irradiaciones del Universo entero. El oyente y lector no pase aquí superficialmente por sobre eso, al contrario, se profundice en ese pensamiento y así verá ante si, muy súbitamente, todos los cordones de nervios en la Creación, los cuales debe aprender a tocar y utilizar.

¡Debe imaginar la fuerza primordial irradiante derramada por sobre la obra de la Creación! Ella la prepasa, atraviesa cada parte y cada especie. Y cada parte y cada especie la transmitirá modificada de modo irradiante. La constitución diversa de las partes de la Creación produce así modificación en la irradiación primordial, que modifica igualmente el color de esa irradiación. Así, la Creación toda muestra un cuadro maravilloso de admirables irradiaciones coloridas, que pintor alguno seria capaz de reproducir. Y cada parte de la Creación en sí, cada astro, incluso cada cuerpo individualmente, por pequeño e ínfimo que sea, se asemeja a un prisma muy bien pulido, que retransmite cada irradiación, que recibe, múltiplas veces irradiando en diferentes colores. Los colores, por su parte, arrastran tras si un retumbar sonoro que resuena semejante a un acorde rugiente. No son los sonidos que poseen colores, pero los colores poseen sonidos. Es decir, los colores de las irradiaciones, no son los colores muertos empleados por manos humanas. Muertos, en relación a los colores de las irradiaciones.

Y el espíritu del ser humano, equipado con su aparato de irradiaciones de los envoltorios a él concedidos, se enfrenta con ese reino gigantesco de irradiaciones. Hasta el despertar de la fuerza sexual, el fenómeno es como en un lactante. Los envoltorios materiales succionan, ante sus irradiaciones, solamente aquello de lo que necesitan para la maduración. Con el sobrevenir de la fuerza sexual, sin embargo, el espíritu se encuentra completamente equipado, los portales en dirección hacia él se encuentran con eso abiertos, la ligazón directa esta establecida. ¡Recibe entonces, reforzado de varios lados, contacto con las poderosas fuerzas de las irradiaciones en el grande Universo!

Como ahora el ser humano, es decir, el espíritu, desenvuelve y rige los colores de sus propias irradiaciones, igualmente él también sintoniza, como en una radio, sus olas en los colores correspondientes y las capta entonces del Universo. Del mismo modo, el recibimiento también puede ser denominado de atracción o fuerza de atracción de la igual especie. No importa como sea denominado, el proceso en si permanece lo mismo. Los colores designan solamente la especie, y la especie provee el color. En eso se encuentra también la llave perdida para la verdadera arte regia de la astrología, así como la llave para la medicina profundizada en las hierbas y, igualmente, para la tan discutida arte del magnetismo terapéutico físico y espiritual, la llave para la arte de la vida, así como para la escalera de la ascensión espiritual. Pues con esa escalera, la así nombrada escalera hacia el cielo, no se comprende nada más de lo que un simple instrumento, de lo cual debemos nos servir. Las mallas de esa red de irradiaciones en la Creación son los escalones de esa escalera. En eso se encuentra todo, todo el saber y el ultimo secreto de la Creación.

¡Vosotros que buscáis, agarrad en las mallas de esa red de irradiaciones! Concientemente, pero con buena voluntad y con humilde reconocimiento de vuestro Dios, que dio esa maravillosa Creación, la cual podéis dominar como que jugando infantilmente, si por fin, por lo menos una vez, lo queráis sinceramente, y os despojéis de toda la presunción de sabiduría. Antes de todo, el falso lastre tiene que caer de vuestros hombros, de vuestro espíritu, si no, no podéis os levantar vigorosos y libertos.

También en la mezcla de irradiaciones del cuerpo humano debe reinar absoluta armonía, a fin de proporcionar al espíritu los medios integrales para la protección, para el desenvolvimiento y para la ascensión, los cuales le están destinados en el desenvolvimiento normal de la Creación. Exactamente por la elección de la alimentación, de la actividad física, como además, de todas las situaciones de la vida, en muchas cosas esas irradiaciones han sido desviadas unilateralmente, lo que requiere un equilibrio, si una ascensión deba tornarse posible. Hoy, todo ahí es malsano. Nada puede ser llamado de sano. —

La criatura humana puede entonces imaginar qué efectos solamente la elección de alimentos ya ejerce por sobre ese sistema de irradiaciones. Ante la elección de alimentos para la nutrición del cuerpo, ella consigue ayudar equilibrando, fortaleciendo, debilitando algunas cosas, y también alterando lo que predomina, cuando él actúe de modo favorable o inhibidor, de manera que aquella irradiación, que para ella es favorable, se torne dominante y, con eso, también normal; pues solamente el favorable es un estado normal.

Todo eso, sin embargo, no puede acaso condicionar tampoco causar la propia ascensión, pero tan solamente ofrece suelo sano para la actividad integral del espíritu, a la cuya voluntad queda reservado determinar el camino hacia arriba, hacia el lado, o también hacia bajo.

El cuerpo, sin embargo, debe ser fortalecido como el espíritu, apenas cuando se tenga la capacidad de poner atención en eso. Actualmente, sin embargo, se peca en eso gravemente casi por toda la parte, por ignorancia. —

Cuando hablo en materia gruesa y en materia fina, entonces no se debe suponer que la materia fina deba significar un refinamiento de la materia gruesa. La materia fina es una especie totalmente diferente, de otra constitución. Nunca podrá transformarse en materia gruesa, pero sí forma un escalón de transición hacia arriba. Tal como al respecto la materia gruesa, se debe entender por materia fina solamente un envoltorio que tiene que ser atado por el enteal, a fin de poder ser vivificado por él.

Pasando ahora a esas leyes, debo mencionar que las divisiones de modo alguno quedan, con eso, agotadas. Por consiguiente, ya hoy quiero dar a conocer que más allá del espiritual conciente e inconciente, y del enteal para la vivificación de las especies de la materialidad, también aún corrientes de energía de las diversas especies atraviesan la Creación y contribuyen, según sus especies, de modo igualmente diverso, para el desenvolvimiento y progreso. Las corrientes de energía son, por su parte, también solamente lo más próximo, aquello que se ata a la actividad del espiritual y del enteal, o mejor dicho, aquello que, los precediendo, prepara el campo para su actividad. Cuanto más desmembremos y entramos en detalles, tanto más aún vendrá, mucho más.

Una cosa se enfila progresivamente a la otra, a fin de, en ligazón con lo ya antes existente, produzca también siempre nuevas gradaciones. Todo, sin embargo, se deja explicar coherentemente; pues después de la primera Creación sólo podía surgir lo que era coherente. Otra cosa no existe. Y ese hecho también da, absolutamente, la garantía de una solución sin lagunas, de una visión clara. ¡En mis disertaciones ofrezco, pues, la llave! Cada oyente puede abrir entonces para si propio toda la Creación.

Todo de una sola vez, sin embargo, resultaría en una obra, cuya multiplicidad podría confundir las personas. Si, sin embargo, como hasta ahora, yo deje evolucionar calmamente una cosa de la otra en el transcurrir de los decenios venideros, será fácil acompañar y por fin también abarcar con la vista, calma y concientemente, todo muy nítido. Fácil para aquél que quiera seguirme hasta allá. En el principio, quiero primeramente aclarar los más fuertes fundamentos de la Creación, antes de tocar en todos los pormenores.

Al oyente y al lector seguramente pasará así como a una criatura a quién yo muestro, primeramente, el esqueleto de un ser humano y, en seguida, coloco a su lado un ser humano vivo, en la plenitud de su fuerza y actividad. Si ella no tuviese aún cualquier idea del ser humano, no reconocería en la persona viva el esqueleto, tal vez incluso dijese que uno ni tiene conexión con el otro, o aún, que no es la misma cosa. Idénticamente sucederá con aquellos que en mis explanaciones no me sigan calmamente hasta el fin. Quién no busque, desde el principio, entender con sincero ahínco no podrá entonces comprender la Creación toda, cuando yo haya llegado a las ultimas aclaraciones. Tiene que buscar seguir en eso solamente paso a paso. —

Como tuve que hablar en largos trazos, paso ahora lentamente para las cosas nuevas. Si no, seria demasiado incoherente. Además, ya me ha sido dicho muchas veces que en todo doy solamente el esencial, que a una grande parte del publico no se torna tan fácilmente comprensible. Sin embargo, no puedo actuar de otro modo, si yo quiera traer todo aquello que aún tengo por hablar. Si no, hubiéramos que parar en la cuarta parte, visto que, para un aclaramiento más amplio, una existencia terrena por cierto no sería suficiente. Vendrán otros, que podrán escribir uno o mismo más libros de cada una de mis disertaciones. Yo no puedo detenerme en eso ahora. —

Una vez que la materia fina, como yo dije, es de especie diferente de la materia gruesa, resulta de eso algo a que hasta aquí no hice mención. Para no confundir, me serví hasta ahora de expresiones populares al respecto de muchas cosas, las cuales debo ahora ampliar. A eso pertenece, por ejemplo, también la expresión: “¡Estar por sobre tiempo y espacio!”

Eso se refería siempre al extraterrenal. Con vistas a un proseguimiento, necesitamos decir de hoy en delante: la vida en la materia fina “se encuentra por sobre el concepto de espacio y tiempo”; pues también en la materia fina existe un concepto de espacio y tiempo, sin embargo, de especie diferente, en conformidad con la materia fina. ¡El concepto de espacio y tiempo se encuentra incluso en toda la Creación, pero él está siempre atado a la especie determinada! La propia Creación tiene sus limites, con eso, un concepto de espacio también es valido para ella.

¡También todas las leyes básicas que prepasan uniformemente la Creación entera son en sus efectos siempre influenciadas por la respectiva especie de la Creación y subordinadas a sus particularidades! Por eso, las consecuencias de una determinada ley también deben presentarse diferentemente en los diversos sectores de la Creación, lo que llevó a grandes equívocos, contradicciones, dudas cuanto a la uniformidad de las leyes de la Creación o de la voluntad divina, y también a la creencia en actos arbitrarios del Criador. En el fondo, sin embargo, todo residía y reside solamente en la ignorancia de los seres humanos a respecto de la propia Creación.

Sobre esas cosas hablaré más minuciosamente solamente mucho más tarde, pues hoy ellas habrían que desviar y turbar la atención del oyente y del lector. Hablaré, apenas cuando se torne necesario para una comprensión progresiva. No permanecerá ninguna laguna. —


67. El error de la clarividencia

¡Clarividencia! Cuánto esplendor se edifica al rededor de eso, y también cuánta mofa se oye de un lado, mientras que de otro se presenta una curiosidad temerosa; el resto es respetuoso silencio. Los propios videntes caminan orgullosos por ahí, como pavos reales por el gallinero. Se creen agraciados por Dios y, en presuntuosa humildad, se sienten con eso elevados mucho arriba de los demás. Se permiten de buen agrado admirar por algo que en la realidad les es tan extraño, como a su ambiente que mucho pregunta. Envuelven su ignorancia real en sonrisa inexpresiva, que debe aparentar sabiduría. Es, sin embargo, mucho antes la expresión, que se tornó habito, de su desorientación ante preguntas que exigen su conocimiento propio sobre el fenómeno.

En la realidad, no saben más de lo que el martillo y el cincel, con los cuales la mano del artista moldea cualquier obra. Sin embargo, aquí también son nuevamente solamente los propios seres humanos que quieren transformar sus semejantes, dotados de capacidades clarividentes, en algo diferente de lo que realmente son, perjudicándolos así gravemente. Esa es la situación malsana que se encuentra hoy por toda la parte. En la mayoría de los casos, ese “ver” es, sí, real, pero de modo alguno algo de extraordinario que fuese digno de admiración y mucho menos aún de un calofrío, una vez que en la realidad debería ser algo muy natural. Natural, sin embargo, permanece solamente cuando surge por si sólo y, también, es dejado calmamente al verdadero desenvolvimiento, sin ayuda ajena o propia. Una ayuda a tal propósito es tan condenable cuanto seria una ayuda por ocasión del fallecimiento corpóreo.

La videncia, sin embargo, sólo gana valor por el autentico saber. Sólo el saber, exclusivamente, consigue dar seguridad a esa facultad natural y, concomitantemente, también la sintonización cierta con el rumbo cierto. Sin embargo, que eso falte en la gran mayoría de todas las personas clarividentes, se puede desde pronto verificar por el ambicioso exceso de celo, que trae consigo la arrogancia, bien como por el hecho, abiertamente expuesto y también expreso con placer, de que se consideren sabidas.

Y esa imaginación de saber es exactamente aquello que impide a tales personas no solamente de progresar más, pero que incluso les trae la perdición, las levando, en sus esfuerzos, a desvíos que conducen hacia bajo, en lugar de hacia arriba, sin que aquél que se considere más sabido perciba algo de eso. Para tales, como mayor auxilio, solamente puede sobrevenir, aquí y allá, que su clarividencia o clari-audición poco a poco se debilite y se pierda. ¡Eso es salvación! A través de cualquier circunstancia favorable que suceda para ellos, de las cuales hay múltiplas.

Observemos ahora las personas videntes y su convicción errónea, la cual transmiten a otras personas. Exclusivamente a ellas cabe la culpa de que hasta ahora todo ese terreno pudiese haber sido lanzado al lodo como errado y no confiable.

Lo que tales personas ven es, en lo mejor y más avanzado caso, el segundo escalón del así llamado más Allá, caso se quiera dividirlo en escalones (no entendidos por planos) y en los cuales lo de la Luz seria, mas o menos, el vigésimo, solamente para que se obtenga un imagen aproximada de la diferencia. Los seres humanos, sin embargo, que realmente consiguen ver hasta un segundo escalón, piensan realizar con eso algo colosal. Aquellos, sin embargo, que solamente pueden ver hasta el primer escalón, se arrogan, en la mayoría de los casos, aún mucho más.

Se debe, pues, considerar que un ser humano, con su don máximo, en la realidad puede observar siempre sólo hasta donde le permita su propia madurez interior. ¡Está atado ahí a su propio estado intimo! Por la naturaleza de la cosa, le es simplemente imposible ver algo diferente, ver realmente, que no sea su propia igual especie. Por lo tanto, dentro del ámbito en que podría moverse sin impedimento después de su fallecimiento terreno. No más adelante; pues, en el momento en que él iría transponer aquél limite del más Allá, que le prescribe el estado de su propia maduración, tendría que perder inmediatamente cualquier conciencia de su ambiente. Por si sólo, de modo alguno conseguiría transponer ese limite.

Si, sin embargo, su alma, al salir, fuese llevada por alguien del más Allá, perteneciente al próximo escalón más alto, pronto estaría inconciente en los brazos de éste, al transponer el limite para el escalón más alto, es decir, adormecería. Traído de vuelta, podría, a pesar de sus dones clarividentes, recordarse siempre solamente hasta el punto en que su propia maduración le permitió mirar despierto al rededor. Por lo tanto, no le sobrevendría ventaja alguna, pero si perjudicaría su cuerpo de materia fina.

Todo cuanto supone ver más Allá, sean paisajes o personas, jamás fue vivenciado por él de modo realmente vivo, o visto personalmente, pero se trata ahí solamente de imágenes a él mostradas y cuya lenguaje también supone oír. Jamás es la realidad. Tales imágenes son aparentemente tan vivas, que él mismo no consigue distinguir entre lo que solamente le es mostrado y lo que realmente vivencia, porque el acto de voluntad de un espíritu más fuerte puede criar tales imágenes vivas. Ocurre así que muchos clarividentes y clari-oyentes suponen encontrarse mucho más alto, en sus excursiones en el más Allá, de lo que realmente están. Y desde ahí se originan tan numerosos errores.

Igualmente constituye un gran engaño cuando algunos suponen ver u oír Cristo; ¡pues eso sería cosa imposible, debido al enorme abismo que proviene de la ausencia de especie igual, según las leyes de la Creación de la voluntad divina! El Hijo de Dios no puede venir a una sesión espirita, como quien va a una reunión de té, a fin de allí, con distinción, tornar felices a los visitantes, tampoco grandes profetas o espíritus más elevados.

Sin embargo, a ningún espíritu humano, aún atado a la carne y a la sangre, es permitido moverse tan segura y firmemente en el más Allá, durante la vida terrena, para poder ver u oír todo desveladamente, y tal vez, sin más ni menos, incluso correr los escalones hacia arriba. Tan simple no es, a pesar de toda la naturalidad. Ella permanece atada a las leyes inevitables.

Y cuando un clarioyente o un clarividente negligencia sus tareas terrenas, por solamente querer penetrar en el más Allá, pierde más de lo que con eso gana. Cuando le venga entonces la hora para el madurar en el más Allá, llevará consigo una laguna que solamente en la Tierra puede rellenar. Por lo tanto no puede subir más, queda atado hasta cierto punto y tiene que volver a fin de recuperar lo que perdió, antes de poder pensar en una continuación seria de la escalada. También aquí todo es simple y natural, solamente siempre una consecuencia indispensable de lo que quedó hacia tras, que jamás se deja desviar.

Cada escalón de una existencia humana requiere ser vivido realmente con toda la seriedad, con plena capacidad de recepción de la respectiva época actual. Insuficiencia ahí causa un aflojamiento que, en el camino siguiente, tiene que hacerse sentir cada vez más, produciendo por ultimo una ruptura con la consecuente ruina, caso uno no vuelva a tiempo, reparando el local defectuoso ante renovado vivenciar, para que éste se torne firme y seguro. Así es en todos los fenómenos. Lamentablemente, sin embargo, el ser humano adquirió el habito malsano de extender la mano siempre hacia más allá de si mismo, porque se considera ser más de lo que realmente es.


68. Especies de clarividencia

Por mucho tiempo he hesitado en contestar las diversas preguntas sobre clarividencia, porque cada ser humano, que haya leído bien mi Mensaje del Grial, tiene que estar perfectamente informado a tal respeto. Bajo la condición, naturalmente, que no haya leído el Mensaje como mera lectura, como pasatiempo o con prejuicio, pero en él haya se profundizado seriamente y haya considerado importante cada frase, cuyo profundo sentido en sí, así como el hecho de que ella pertenece incondicionalmente a todo el Mensaje, él al menos tiene que esforzarse en examinar; pues así lo es deseado de antemano.

En eso, el espíritu tiene que estar despierto. Personas superficiales deben, de esa manera, ser automáticamente excluidas.

He repetido varias veces que una especie sólo puede ser reconocida siempre por la misma especie. Por esas especies se entiende naturalmente especies de la Creación.

Visto desde abajo hacia arriba, existe la especie de materia gruesa, la especie de materia fina, la especie del enteal y, como más elevada, la especie del espiritual. Cada una de esas especies se subdivide, por su parte, en muchos escalones, de modo a existir fácilmente el peligro de confundir los escalones finos de la materia gruesa con los escalones gruesos de la materia fina. Prácticamente imperceptibles son las transiciones, las cuales en los efectos y fenómenos no son acaso firmemente unidas, al contrario, solamente se engranan unas en las otras.

En cada uno de eses escalones se manifiesta vida de especie diversa. El ser humano dispone de un envoltorio de cada especie de la Creación que se encuentra abajo del espiritual. El núcleo en sí es espiritual. Cada envoltorio corresponde a un cuerpo. El ser humano es, por lo tanto, un núcleo espiritual, que en desenvolvimiento de la autoconciencia adquiere forma humana, la cual, con el desenvolvimiento continuo rumbo a la Luz, se torna cada vez más ideal hasta la más perfecta belleza, con un desenvolvimiento hacia abajo, sin embargo, adquiere cada vez más el contrario de eso, hasta las deformaciones más grotescas. A fin de excluir aquí cualquier equivoco, quiero mencionar especialmente que el envoltorio de materia gruesa o cuerpo no pasa por ese desenvolvimiento. Solamente tiene que cooperar durante corto período y, en el plan terreno de materia gruesa, puede estar sujeto solamente a muy reducidas variaciones.

El ser humano por sobre la Tierra, es decir, en la materia gruesa, lleva consigo los envoltorios de todas las especies de la Creación al mismo tiempo. Cada envoltorio, por lo tanto, cada cuerpo de las diversas especies, tiene también sus propios órganos sensoriales. Los órganos de materia gruesa, por ejemplo, sólo pueden actuar en la misma especie, es decir, en la especie de materia gruesa. Uno desenvolvimiento más refinado ahí provee, en el caso más favorable, la posibilidad de conseguir ver hasta un cierto grado de materia gruesa más fina.

Esa materia gruesa más fina es denominada “astral” por las personas que con ella se ocupan, un concepto, además, que en la verdad tampoco es conocido bien por aquellos que han criado esa expresión, mucho menos aún por los que la repiten. Empleo esa terminología conceptual por ya ser conocida. Además, esa denominación vale, como es usual en investigaciones ocultistas, solamente como una especie concepto colectivo de todo aquello que se conoce, sí, y que se lo presiente como existente, pero que todavía no se puede comprender bien, y menos aún fundamentar. Todo el querer saber de los ocultistas, hasta ahora formulado, nada más es de lo que un grande laberinto de ignorancia criado por ellos propios, un montón de escombro de arrogancias del raciocinar intelectivo, insuficiente para tales cosas. Sin embargo, quiero quedar con la designación “astral”, tan utilizada. Sin embargo, lo que los seres humanos ven y entienden como “astral” no pertenece siquiera a la materia fina, pero tan solamente a la fina materia gruesa.

¡Los investigadores imbuidos de ilusiones humanas todavía tampoco salieron de los parajes de la materia gruesa, pero sí permanecieron en la especie más inferior de la Creación posterior, y hacen por eso tanto alarde con extranjerismos los más “sonantes” posibles! Ni siquiera divisan con los ojos de materia fina, pero tan solamente con la intuición de transición de los ojos de materia gruesa para los de materia fina. Uno podría llamar eso de una visión adquirida ante ejercicio o semi visión.

Cuando una persona se deshace del cuerpo de materia gruesa por la muerte terrena, son abandonados con eso, naturalmente, también los órganos sensoriales de la materia gruesa, porque ellos pertenecen exclusivamente al respectivo envoltorio. La muerte terrena nada más es sino, por lo tanto, el abandono del envoltorio más externo o cáscara, que le hacia posible ver y actuar en la materia gruesa. Pronto después de ese desnudar, se encuentra ella en el así nombrado otro mundo o, mejor dicho, en las planicies de la materia fina. Aquí podrá, nuevamente, solamente actuar con los órganos sensoriales del cuerpo de materia fina, que ahora le quedó como cáscara más externa. Ve, por consiguiente, con los ojos del cuerpo de materia fina, oye con los oídos de éste, etc.

Es natural que el espíritu humano, al entrar en la materia fina, necesite aprender a servirse adecuadamente de los órganos sensoriales del envoltorio de materia fina, que son así de repente obligados a entrar en funcionamiento, como antes los órganos del cuerpo grueso-material en la materia gruesa. Correspondiendo a la materialidad de especie diferente, no tan pesada, el aprendizaje de utilización correcta de los órganos ocurre también de modo más rápido, más ligero. Y así es con cada especie siguiente.

A fin de facilitar ese aclimatarse en las diferentes especies, es proveída la visión de transición o semi visión de los planos intermediarios. Los ojos de materia gruesa consiguen, con ciertos esfuerzos, a través de estados extraordinarios del cuerpo, ver, presintiendo, el plano de interligazón entre la materia gruesa y la materia fina, mientras el ojo de materia fina, en el inicio de sus actividades, alcanza retrospectivamente también el mismo plano de modo semivisual, donde la parte fina de la materia gruesa toca la parte gruesa de la materia fina. Esa semivisión provee al espíritu humano un cierto apoyo durante su transitar, de modo que nunca necesita sentirse completamente perdido. Así ocurre en cada limite entre dos especies diferentes. Para que las dos especies diferentes de materia puedan mantenerse interconectadas y no formen acaso un abismo, por jamás poder mezclarse, se encargan olas de fuerzas enteales que, con su capacidad de atracción magnética, actúan atando y uniendo.

Después de pasar por los diversos sectores de la materia fina, dejando también el cuerpo fino-material, el ser humano entra en la entealidad. Le resto entonces el cuerpo enteal como envoltorio más externo, a través de cuyos ojos tiene ahora que mirar y a través de cuyos oídos tiene que oír, hasta que le sea posible también dejar los envoltorios enteales e ingresar en el reino del espíritu. Solamente aquí él es únicamente él mismo, sin envoltorios, y tiene que ver, oír, hablar, etc., con sus órganos espirituales.

Estas mis explanaciones deben ser analizadas rigorosamente por los lectores, a fin de que puedan hacer para si un imagen correcta de eso. Materializaciones de personas terrenalmente fallecidas no son más de lo que fenómenos donde, a través de la utilización de un medium, los fallecidos terrenalmente, que portan el cuerpo de materia fina, se cubren aún con un envoltorio de la fina materia gruesa. Esa seria, probablemente, la única excepción donde las criaturas humanas terrenas de hoy serian capaces de ver una vez nítidamente la fina materia gruesa con sus ojos de materia gruesa y también abarcarla con sus otros sentidos de materia gruesa. Ellos lo pueden, porque, a pesar de toda la sutileza, se trata siempre aún de la misma especie de sus órganos sensoriales, por lo tanto, aún de materia gruesa.

Por lo tanto, el ser humano debe poner atención que la materia gruesa sólo puede ser “percibida” por la materia gruesa, la materia fina sólo por la materia fina, lo que es enteal sólo por lo que es enteal y lo que es espiritual sólo por lo que es espiritual. En eso no hay mezclas.

Hay, sin embargo, algo: una criatura humana terrena puede ver, aquí y allá, con los ojos de materia gruesa y durante su existencia terrena también ya abrir sus ojos de materia fina, por lo menos temporalmente. Es decir, no acaso al mismo tiempo, pero consecutivamente. Cuando ve con los ojos de materia fina, los ojos de materia gruesa permanecen fuera de acción, totalmente o en parte, y viceversa. Jamás estará apto a ver bien con los ojos de materia gruesa aquello que es realmente de materia fina, tampoco con los ojos de materia fina lo que sea de materia gruesa. Esto es imposible. Afirmaciones contrarias se basarían solamente en errores resultantes del desconocimiento de las leyes de la Creación. Son ilusiones, bajo las cuales tales personas se someten, cuando afirman poder reconocer con los ojos de materia gruesa lo que es de materia fina, o con los ojos de materia fino lo que es espiritual.

Quién considera bien todo eso busca tener una noción clara, reconocerá qué confusión indescriptible tiene que existir ahora en el juicio sobre la clarividencia, hasta que quede imposible conseguirse informaciones seguras al respecto, en cuanto no sean dadas a conocer las leyes sobre eso, lo que no puede ocurrir a través de inspiraciones o manifestaciones en círculos espiritas, una vez que los que se hallan en el más Allá, inspirando y también se manifestando, no poseen, ellos mismos, una visión general, pero si, cada uno tiene que moverse siempre en los limites a los cuales pertenece su respectivo estado de madurez.

Una autentica orden en las aclaraciones de la maravillosa tela de la Creación posterior sólo puede ser dada cuando un saber abarcar todo. Del contrario es imposible. Las criaturas humanas, sin embargo, en su conocido y malsano querer ser sabias, jamás reconocen tal, pero desde pronto se oponen hostilmente a las aclaraciones.

Prefieren proseguir arrogadas en sus mediocres investigaciones y, justamente por eso, jamás pueden llegar a una concordancia, jamás a un resultado real. Si solamente una vez muestreasen una grandiosidad tal y, al vencer su presunción, tomasen realmente en serio el Mensaje del Grial como aclaración universal, sin prejuicios, excluyendo de los estudios todo el querer saber propio, se les abrirían pronto perspectivas que, en consecuencia lógica, aclaran todos los fenómenos incomprendidos y nivelan con grande ímpetu los caminos hacia el hasta entonces desconocido.

Sin embargo, ya es conocido que justamente la porfía es solamente una de las más infalibles señales de verdadera estupidez y estrechez. Todas esas personas ni suponen que precisamente con eso imprimen en sí la señal de su absoluta inutilidad, la cual ya en tiempo próximo las quemará de manera vergüenzaza y excluyente, porque entonces no podrá más ser escondida o negada.

Para el juicio de una clarividencia debía ser conocido, como base, con qué ojos el clarividente ve de cada vez, a qué región, por lo tanto, pertenece su videncia y hasta que punto él está desarrollado en este sentido. Sólo entonces otras conclusiones pueden ser tomadas. En eso, quién conduce tales investigaciones debía, personalmente, de modo absoluto, estar muy claramente informado al respecto de cada escalón de las diferentes especies, bien como al respecto del efecto variado y de la actuación que ahí se desencadenan. Y de eso sufre la época de hoy, donde exactamente aquellas personas se consideran instruidas, que en general nada entienden.

Es lamentable leer la avalancha de publicaciones en folletos y libros sobre toda la suerte de observaciones y experimentos ocultistas, con intentos de aclaración más o menos ilógicas e insostenibles, que, en la mayoría de los casos, aún reciben arrogantemente impreso el sello de cierto saber, en cuanto ellos, sin excepción, no solamente quedan lejos de los hechos, pero incluso traen el contrario. Y como el bando de tales inteligencias se encoleriza hostilmente, cuando, en sencilla secuencia, les es presentada la estructuración de la Creación posterior, sin cuyo conocimiento exacto, en general, nada podrán comprender. De la Creación primordial aquí tampoco queremos hablar.

¡Quién quiera juzgar o aún condenar clarividentes tiene que conocer la Creación toda, conocer realmente! En cuanto ese no es el caso, también se debe calar a tal respeto. Tampoco, sin embargo, también como defensores fervorosos de los hechos de la clarividencia, hacer afirmaciones que, sin el conocimiento exacto de la Creación, no puedan ser comprobadas. Tan nefastos errores son propagados al respecto de todos los fenómenos fuera de la materia gruesa, que urge, finalmente, introducir orden y conformidad con la ley. Felizmente ya no está más lejos el tiempo en que una barredura sana será hecha entre las innumeras figuras, ridículas incluso, en los campos ocultistas en sí tan serios, las cuales, sí, como se sabe, más gritan y son las más importunas con sus teorías. Lástima es que precisamente esos parlanchines, a través de su conducta, ya hayan extraviado muchos entre los que buscan. La responsabilidad de eso, sin embargo, no tardará y recaerá con terrible fuerza sobre todos aquellos que buscan tratar de estos más serios dominios tan livianamente, pero los descaminados y engañados de esa forma poco lucrarán con eso, pero ellos propios tendrán igualmente que sufrir el perjuicio por haber dejado conducirse tan fácilmente a acepciones erradas. En general, se puede calmamente afirmar que exactamente en el campo ocultista, mientras tanto, el charlar aún es designado con la bella expresión “investigar”, siendo, por consiguiente, la mayoría de los investigadores solamente parlanchines.

Entre los clarividentes existe, por lo tanto, una visión de la fina materia gruesa, una visión de la materia fina y una visión de la entealidad. Todo eso con los respectivos ojos de igual especie. Una visión espiritual permaneció, sin embargo, vedada a los seres humanos, pues para eso debía ser un especialmente convocado, que es agraciado para una determinada finalidad, para que pueda abrir sus ojos espirituales ya en la existencia terrena.

Entre estos, sin embargo, no se encuentran los innumerables clarividentes actuales. La mayoría, además, consigue solamente reconocer la materia fina en uno de sus varios escalones y, con el tiempo, tal vez abarcar también más escalones. Les son abiertos, por lo tanto, los ojos de materia fina. Raras veces solamente, ocurre que los ojos del cuerpo enteal también vean.

Si, pues, en ocurrencias terrenas especiales, como, por ejemplo, en casos de crímenes u otros, deba ser utilizada una persona clarividente para fines de aclaración, entonces la parte interesada en eso necesita saber del siguiente: el clarividente ve con sus ojos de materia fina, no pudiendo, por lo tanto, ver el propio acontecimiento de materia gruesa que ocurrió. Cada acontecimiento de materia gruesa, sin embargo, tiene al mismo tiempo sus fenómenos concomitantes de materia fina, que son muchas veces idénticos a las ocurrencias de materia gruesa o, por lo menos, semejantes. Por lo tanto, el clarividente verá, en la practica de un asesinato, el fenómeno de materia fina que ocurrió al mismo tiempo, no lo real de materia gruesa, que es únicamente decisivo para la justicia, según las leyes terrenas hoy vigentes. Ese acontecimiento de materia fina, sin embargo, puede en algunos pormenores desviarse más o menos del acontecimiento de materia gruesa. Es, por consiguiente, errado hablar prematuramente del malogro de la clarividencia o de una visión errónea.

Sigamos, pues, con un asesinato o robo. El clarividente, llamado para la aclaración, verá en parte de modo astral, en parte de modo fino-material. De modo astral, por lo tanto, en la fina materia gruesa, el local de la ocurrencia, de modo fino-material, sin embargo, la propia acción. Sobreviene aún que pude ser ahí también diversas formas de pensamiento originadas en el curso de los pensamientos del asesinato bien como del asesinado o del ladrón. ¡Distinguirlo debe hacer parte de la capacidad de quién conduce las investigaciones! Sólo entonces el resultado será cierto. Pero, mientras tanto, todavía no existe un dirigente de investigaciones así instruido. Por más grotesco que pueda sonar, en virtud de no poseer en la realidad la mínima analogía, quiero citar, sin embargo, un ejemplo secundario referente a la actividad de un perro policial, que también es utilizado, sí, en la elucidación de crímenes. Con referencia a esos perros policiales, evidentemente, quién los conduce debe conocer de manera exacta el modo de actuación del perro y con él trabajar de modo directo, cooperando incluso muy activamente, como es del conocimiento de los iniciados. Se necesita imaginar, pues, esa manera y trabajar solamente de forma mucho más ennoblecida, tenemos entonces la actividad del trabajo conjunto de un dirigente de investigaciones y de un clarividente para la aclaración de crímenes. También aquí el dirigente de investigaciones debe ser quien trabaja activamente y quien calcula observando y quien asume la mayor parte de la actividad, mientras el clarividente continuará solamente como auxiliar, trabajando pasivamente. Para cada juez debe preceder un largo estudio de tal actividad, antes que pueda a eso dedicarse. Es un estudio mucho más difícil de lo que la jurisprudencia.


69. En el reino de los demonios y de los fantasmas

Para tal aclaración es necesario antes el saber de que el ser humano terreno no se halla en la Creación primordial, pero en una Creación posterior. La Creación primordial es, única y exclusivamente, el reino espiritual realmente existente por si, conocido por las criaturas humanas como el Paraíso, cuyo ápice constituye el Burgo del Grial con el portal hacia el divinal, que se halla fuera de la Creación. La Creación posterior, sin embargo, es el así nombrado “mundo” en su eterno circular orbital, abajo de la Creación primordial, y cuyos universos solares aislados están sujetos a la formación y a la desintegración, por lo tanto, al madurar, envejecer y decomponer, porque no han sido criados directamente por el divinal, como la eterna Creación primordial, el Paraíso. La Creación posterior se originó de la voluntad de los primordialmente criados y está sujeta a la influencia de los espíritus humanos en desenvolvimiento, cuyo camino evolutivo pasa a través de esa Creación posterior. Por esa razón también la imperfección en ella, no encontrada en la Creación primordial, que está sujeta a la influencia directa del divino Espíritu Santo.

Para consuelo de los primordialmente criados, totalmente desesperados debido a la imperfección cada vez mayor de la Creación posterior, la cual se hacia sentir cada vez más, fue clamado desde el divinal: “Aguardad aquél que Yo elegí... ¡para vuestro auxilio!”, así como fue interpretado en la leyenda del Grial, razonablemente nítido, como retransmisión proveniente de la Creación primordial. —

Ahora, al propio tema: cada acción terrena puede ser considerada solamente como expresión exterior de un proceso interior. Por “proceso interior” se entiende una voluntad de la intuición espiritual. Cada voluntad de la intuición es acción espiritual que se torna incisiva para la existencia de un ser humano, pues provoca ascensión o bajada. En caso alguno puede ser colocada en el mismo escalón que la voluntad de los pensamientos. La voluntad de la intuición se refiere al núcleo del propio ser humano, la voluntad de los pensamientos, sin embargo, solamente a un circulo exterior, más débil. Sin embargo, ni siempre ambas necesitan tornarse también terrenalmente visibles, a pesar de su efecto incondicional. La acción terrena, grueso-material, no es necesaria para acumular un karma. Por otro lado, no existe ninguna actividad terrena grueso-material a la cual no debiese preceder una voluntad de los pensamientos o una voluntad de la intuición. La actividad terrenalmente visible, por lo tanto, es dependiente de la voluntad de los pensamientos o de la voluntad de la intuición, pero no lo reverso.

Aquello que es realmente incisivo para la existencia de un espíritu humano, para su ascensión o bajada, está, sin embargo, anclado de modo más fuerte en la voluntad de la intuición, a la cual la criatura humana casi ni siquiera pone atención, pero para cuyo efecto incondicional, que jamás falla, no hay ningún escape, tampoco cualquier paliativo o adulteración. Solamente en eso reside el verdadero “vivenciar” del espíritu humano; pues la voluntad de la intuición es la única palanca para el desencadenamiento de las olas de fuerza espiritual, que se encuentran en la obra del Criador y que esperan solamente el estimulo de la voluntad de la intuición de los espíritus humanos, para llevarlas entonces inmediatamente a la efectividad, de modo múltiplemente aumentado. Exactamente a ese tan importante fenómeno, lo más importante incluso, la humanidad ha puesto poca atención hasta ahora.

Por tal motivo quiero señalar siempre de nuevo hacia un punto principal, aparentemente sencillo, pero que encierra todo en si: ¡la fuerza espiritual, que prepasa la obra de la Creación, sólo puede obtener ligazón con la voluntad de la intuición de los espíritus humanos, todo lo demás queda excluido de una ligazón!

Ya la voluntad de los pensamientos no puede obtener más ninguna ligazón, mucho menos cualquier productos de la voluntad de los pensamientos. ¡Ese hecho excluye toda la esperanza de que la verdadera fuerza principal en la Creación alguna vez pudiese ser puesta en correlación con cualquiera “invención”! En contra eso es pasado un cerrojo inamovible. El ser humano no conoce la fuerza principal, tampoco sus efectos, pese encontrarse dentro de ella. ¡Lo que éste o aquél pensador o inventor imagine como fuerza primordial, no lo es! Se trata entonces siempre solamente de una energía muy secundaria, de la cual podrán ser descubiertas muchas aún con efectos sorprendentes, sin con eso acercarse siquiera un paso de la fuerza propiamente, de la cual el espíritu humano se sirve diariamente de modo inconciente. ¡Lamentablemente como que jugando, sin poner atención a las horribles consecuencias de esa desmesurada liviandad! En su irrestricta ignorancia, intenta siempre desviar criminosamente la responsabilidad de las consecuencias para Dios, lo que, sin embargo, no lo liberta de la grande culpa con la cual se sobrecarga por su... no querer saber.

Quiero intentar presentar aquí un imagen claro. Una persona, por ejemplo, intuye envidia. Se dice comúnmente: “¡La envidia brota desde ella!” Al principio se trata de una intuición genérica, muchas veces ni claramente conciente al espíritu humano. Esa intuición, sin embargo, aún ni siquiera moldeada en determinados pensamientos, por lo tanto, sin tener aún “llegado” al cerebro, ya es aquello que trae en si la llave, que únicamente es capaz de establecer ligazón con la “fuerza viva”, de formar el puente hacia allá. Inmediatamente fluye entonces tanto de esa “fuerza viva”, existente en la Creación para la referida intuición cuanto sea su capacidad de asimilación, que es condicionada por la respectiva fuerza de la intuición. Solamente con eso la intuición humana, es decir, “espiritualizada” , se torna viva en si y recibe la enorme capacidad generadora (y no fuerza generadora) en el mundo de materia fina, que torna el ser humano señor entre todas las criaturas, la criatura suprema en la Creación. Ese fenómeno, sin embargo, lo deja ejercer también inmensa influencia sobre toda la Creación posterior, causando con eso... responsabilidad personal, que criatura alguna además de él en la Creación posterior puede tener, una vez que solamente el ser humano posee la facultad determinante para tanto, la cual reside en la constitución del espíritu.

Y solamente él, en toda la Creación posterior, contiene espíritu en su amago más intimo y obtiene por eso, como tal, también exclusivamente ligazón con la fuerza viva superior que reside en la Creación posterior. Por su parte, los primordialmente criados en el Paraíso son de espíritu diferente de lo que los que peregrinan por los mundos, los así llamados seres humanos terrenos, razón por la cual su facultad de ligazón se destine también a una ola de fuerza diferente, más elevada y aún mucho más fuerte, de la cual se utilizan concientemente, pudiendo criar así de modo natural también cosas muy diferentes de lo que los peregrinos de los mundos, a los cuales pertenecen los seres humanos terrenos, cuya ola de fuerza superior es solamente una gradación de la energía latente en la Creación primordial, así como los propios seres humanos terrenos son solamente una gradación de los primordialmente criados.

Lo que hasta hoy ha hecho falta principalmente al saber humano es el conocimiento de las muchas gradaciones de todo aquello que se encuentra en la Creación primordial, que se tornan cada vez más débiles en dirección descendiente, y el reconocimiento de que ellos propios pertenecen solamente a esas gradaciones. Si esta comprensión haya una vez penetrado correctamente, entonces cae la presunción de hasta ahora y así el camino hacia la escalada queda libre.

Colapsará entonces por si, miserablemente, la tonta ilusión de que son los supremos, de que llevan dentro de si incluso aún algo de divinal y, por fin, restará solamente vergüenza libertadora. Los primordialmente criados, tan más superiores y más valiosos, no poseen tal presunción. Solamente sonríen complacientemente de los perdidos vermes terrenos, tal cual sonríen muchos padres de los parlanchines imaginativos de sus hijos.

Pero volvamos a la intuición. ¡La intuición así fortalecida de una persona, en gradación posterior, genera entonces inmediatamente, de modo natural, una configuración que corporifica muy exactamente la especie de la intuición! En ese caso, pues, la envidia. De inicio, la configuración se halla adentro, luego, al lado de su generador, atada a éste por un cordón que nutre. Concomitantemente, sin embargo, bajo el efecto de la ley de atracción de la igual especie, entra ella pronto y naturalmente en contacto con el lugar de concentración de las configuraciones de especies iguales y recibe desde allá vigoroso refuerzo que, juntamente con la nueva configuración, constituye ahora el ambiente de materia fina de la respectiva persona.

En ese intervalo, la intuición sube hasta el cerebro, y aquí despierta pensamientos de igual especie, que delinean nítidamente el albo. Así, los pensamientos se tornan canales o vías por donde las configuraciones siguen en dirección hacia un muy determinado albo, a fin de allí causar daños, si encuentren suelo para tanto. La persona visada como albo, teniendo en si solamente suelo puro, por lo tanto, voluntad pura, no ofrece a esas configuraciones ninguna área de agresión, ninguna base de anclaje. Tampoco por eso ellas se tornan acaso nuevamente inofensivas, pero si siguen a vagar aisladamente o se juntan con las especies iguales en sus locales de aglomeración que pueden ser llamados de “planos”, visto estar sujetas a la ley de su gravedad espiritual y, por eso, tienen que formar determinados planos, los cuales siempre solamente pueden admitir y prender especies iguales. De esa manera, sin embargo, siguen absolutamente peligrosas para todos aquellos espíritus humanos que no traen en si suficiente pureza en la fuerte voluntad hacia el bien, y llevan por fin también destrucción a sus generadores, una vez que siempre permanecen en ligazón con los mismos, y seguidamente dejan refluir por el cordón que nutre nuevas energías de envidas por sobre ellos, que las propias configuraciones reciben de la aglomeración de las centrales. Por eso no es tan fácil a tal generador entregarse nuevamente a intuiciones más puras, porque queda fuertemente tullida debido al reflujo de las energías de envidia. Es continuamente arrancado de eso. Es forzado a emplear mucho más esfuerzos para la escalada, de lo que un espíritu humano que no esté de tal modo tullido. Y solamente ante una constante voluntad pura, fenece, poco a poco, un cordón que nutre del mal, hasta que por fin, secando, caiga sin fuerzas. Esto es la liberación del generador de tal mal, bajo la condición que su configuración no haya hasta ahí causado daño; pues entonces entrarán pronto nuevas ligazones en vigor, las cuales también deben ser rescatadas.

Para una disolución de tales hilos, se hace necesario, entonces, un nuevo encuentro, en el Aquí o en el más Allá, con las personas perjudicadas por ese mal, hasta que ahí surjan el reconocimiento y el perdón. La consecuencia de eso es que una escalada del generador de tales configuraciones no podrá preceder la escalada de aquellos que fueron así alcanzados. Los hilos de ligazón o del destino lo retienen, en cuanto no ocurra una disolución por la reparación y por el perdón.

¡Pero eso todavía no es todo! ¡Esa voluntad de la intuición tiene, bajo el refuerzo de la “fuerza” viva, un efecto aún mucho mayor; pues no solamente puebla el mundo de materia fina, pero también conduce los destinos de toda la Creación posterior, a la cual pertenece la Tierra y todos los astros circunvecinos! Interfiere, por lo tanto, también en la materia gruesa. ¡De modo constructivo o destructivo! A tal respeto debía el ser humano finalmente reconocer cuantos disparates ya cometió, en lugar de cumplir sus deberes oriundos de las facultades de su espíritu, para la bendición de esta Creación posterior y de todas las criaturas. Muchas veces el ser humano pregunta por qué la lucha se manifiesta en la naturaleza y, sin embargo, el enteal en la Creación posterior se orienta... ¡según la índole de las criaturas humanas! A excepción de los enteales primordialmente criados. – Pero prosigamos:

¡Los productos de la voluntad de la intuición del espíritu humano, las configuraciones antes mencionadas, no dejan de existir después que se desprenden de su generador, pero siguen existiendo de manera autónoma, en cuanto estén recibiendo nutrición de los espíritus humanos que tienen la misma especie que ellas! No es necesario que sea su propio generador. Buscan oportunidad para agarrarse a éste o a aquél ser humano dispuesto a tanto o también a seres humanos débiles para una defensa. Son ellas, en el malo sentido, los demonios, oriundos de la envidia, del odio y de todo cuando es similar. En el buen sentido, sin embargo, son entes bienhechores, que establecen la paz con amor y favorecen la ascensión.

En todos eses fenómenos no es absolutamente necesaria una acción terrenalmente visible de las personas, ella añade solamente nuevas cadenas o hilos que habrán que ser rescatados en el plan de la materia gruesa, tornando necesaria una reencarnación, si la remisión no pueda realizarse en una vida terrena.

Esas configuraciones de la voluntad de la intuición del ser humano contienen en si fuerza, porque se originan de la voluntad espiritual en ligazón con la “fuerza principal neutra” y, lo que es el más importante, porque con eso, cuando son formadas, reciben en si algo del enteal, es decir, aquella especie desde donde se desenvuelven los gnomos, etc. La voluntad de un animal no puede realizar eso, porque el alma del animal nada tiene de espiritual en si, pero solamente del enteal. Es, por lo tanto, un fenómeno que solamente se realiza en las configuraciones de la voluntad de la intuición humana, que por eso tiene que traer grande bendición en el caso de voluntad buena, pero incalculable desgracia en el caso de voluntad mala, porque un núcleo enteal de tales configuraciones posee fuerza impulsionadora propia, atada a la capacidad que influencia sobre todo lo que es de materia gruesa. Y, con eso, la responsabilidad del espíritu humano aumenta enormemente. Su voluntad de la intuición cría, de acuerdo con su especie, los entes de voluntad buena, así como también los demonios vivos.

Ambos son exclusivamente productos de la capacidad del espíritu humano en la Creación posterior. Sin embargo, su núcleo naturalmente impulsionador, y con eso imprevisible en su acción, no se origina de la entealidad con capacidad de voluntad, desde donde provienen las almas de los animales, pero de una gradación inferior a eso, que no posee capacidad de voluntad propia. Existen también en la entealidad, así como en la región del espíritu situada por sobre ella, muchas gradaciones y determinadas especies, sobre la cual todavía debo hablar en especial.*(Disertación Nro. 49: La diferencia en el origen entre el ser humano y el animal)

Para aclaración adicional, sirva todavía que el enteal también encuentra contacto con una fuerza viva, latente en la Creación, que, sin embargo, no es la misma a la cual la voluntad del espíritu humano tiene ligazón, pero solamente una gradación de eso.

Precisamente las variadas posibilidades e imposibilidades de ligazón son los más severos guardianes del orden en la Creación posterior, resultando en firme e inamovible estructura en todo el formar y decomponer.

Tan lejos, por lo tanto, alcanza la actuación del espíritu humano. Sobre eso mirad hoy a los seres humanos, los observando correctamente, y podréis imaginar cuánta desgracia ya causaron. ¡Principalmente cuando ahí sean consideradas las ulteriores consecuencias de la actividad de esas configuraciones vivas, que son lanzadas, si, por sobre todas las criaturas! Es, pues, como la piedra que, una vez lanzada por la mano, queda afuera del control y de la voluntad de quién la lanzó.

Al lado de esas configuraciones, para las cuales la descripción de su extensa actividad e influencia seria necesario un libro entero, existe una otra especie que está en intima ligazón con las mismas, pero que constituye una sección más débil. A pesar de eso, es aún bastante peligrosa para molestar muchas personas, obstarlas y incluso llevarlas al desasosiego. Son las configuraciones de los pensamientos. Por lo tanto, las formas de pensamientos, los fantasmas.

La voluntad de los pensamientos, por lo tanto, el producto del cerebro terreno, al contrario de la voluntad de la intuición, no posee la capacidad de entrar en ligazón directa con la fuerza principal neutra existente en la Creación. Debido a eso hace falta a tales formas también el núcleo autónomo de las configuraciones de la intuición, las cuales, en comparación con las almas de los animales, podemos llamar solamente de “sombras anímicas enteales”. Las formas de pensamientos permanecen incondicionalmente dependientes de su generador, con lo cual están atadas de manera semejante a las configuraciones de la voluntad de la intuición. Por lo tanto, ante un cordón que nutre, que forma simultáneamente la vía para los efectos de retorno de la reciprocidad. Sobre esa especie, sin embargo, ya anteriormente hablé una vez de forma pormenorizada en la disertación “Formas de Pensamientos”. *(Disertación Nro. 22) Por eso, puedo ahorrar una repetición en ese punto.

La formas de pensamientos son, en relación a la ley de la reciprocidad, el escalón más débil. A pesar de eso, aún actúan de forma bastante desastrosa, pudiendo causar no solamente la ruina de espíritus humanos aislados, pero incluso de grandes masas, bien como contribuir para la devastación de partes enteras del Universo, apenas cuando sean excesivamente nutridas y cultivadas por las criaturas humanas, recibiendo así un poder no imaginado, conforme ocurrió en los últimos milenios.

Así, todo el mal se originó solamente a través de los propios seres humanos. ¡A través de su incontrolada y errada voluntad de la intuición y de los pensamientos, bien como a través de su imprudencia en eso! —

Estos dos dominios, el reino de las configuraciones de la voluntad de la intuición y el reino de las formas de la voluntad de los pensamientos humanos, donde, naturalmente, también espíritus humanos reales son obligados a vivir, constituían exclusivamente el campo de trabajo y de visión de los mayores “magos” y “maestros” de todos los tiempos, que ahí se enredan y por ultimo, por ocasión del traspase, también ahí quedan detenidos. ¿Y hoy?

Los “grandes maestros en el ocultismo”, los “iluminados” de tantas sectas y tiendas masónicas... ¡no están en situación mejor! Maestros son ellos solamente en esos reinos. Viven entre sus propias configuraciones. ¡Solamente allí pueden ser “maestros”, no, sin embargo, en la verdadera vida del más Allá! Tan lejos nunca va el poder y la maestría de ellos.

Criaturas humanas dignas de lastima, no importando si profesan la magia negra o la blanca, conforme la especie de la voluntad, mala o buena... se tenían y se tienen poderosas en la fuerza del espíritu, cuando, en la verdad, son menos de lo que una persona ignorante a tal respecto. Ésta, con su sencillez infantil, se encuentra muy encima de los campos de actuación, ya por si inferiores, de tales ignorantes “príncipes del espíritu”, por lo tanto, más elevada en el espíritu de lo que éstos.

Todo seria, sí, muy bello y bueno, si los efectos de la actuación de tales sumidades pudiesen recaer retroactivamente solamente sobre ellos propios, pero tales “maestros”, con sus esfuerzos y actividades, dejan más movidas las camadas inferiores, por si propias insignificantes y, sin necesidad, las agitan, las fortalecen, así, a punto de tornarlas peligrosas para todos los débiles en la defensa. Para otros, quedan felizmente inocuas; pues un espíritu humano ingenuo, que se alegra con su existencia de manera infantil, se eleva sin más ni menos hacia allá de esas camadas inferiores, en las cuales los sabelotodos revuelcan, terminando por quedar allí presos por las formas y configuraciones fortalecidas por ellos propios. Por más serio que eso deba ser considerado, al ser visto desde encima, se presenta indeciblemente ridículo y triste, indigno del espíritu humano. Pues, inflados por falsa presunción y adornados de bisuterías, rastrean y hormiguean activamente al rededor, a fin de insuflar vida a un tal reino. Un reino de sombras en el más verdadero sentido, un mundo entero de apariencias, que se torna capaz de simular todo lo posible y lo imposible. ¡Y aquél, que lo evocó primero, por fin no es capaz de expulsarlo nuevamente, tiene que sucumbir! Muchos, pues, examinan con ahínco, para allá y para acá en esas camadas inferiores, suponiendo con orgullo qué altura colosal alcanzaron de esa manera. Un espíritu humano, claro y sencillo, sin embargo, puede pasar descuidadamente, sin más ni menos, por esas camadas inferiores, sin tener que ahí detenerse de algun modo.

¿Qué debo aún decir sobre tales “sumidades”? Ni uno siquiera daría oídos a eso, una vez que en su reino de apariencia pueden por cierto lapso de tiempo aparentar lo que en la verdadera existencia del espíritu vivo jamás conseguirán ser; pues allá está determinado para ellos: “servir”. Entonces el querer ser maestro cesa rápidamente. ¡Por ese motivo luchan contra eso, visto que mucho les es tomado por la verdad! Hace falta el coraje para soportar eso. ¿Quién dejaría caer de buen agrado toda la estructuración de su imaginación y de sus vanidades? ¡Hubiera que ser de hecho una persona correcta y realmente grande! Y una tal no hubiera caído en tales trampas de la vanidad.

Sólo una cosa ahí es entristecedora: cuántas, o mejor dicho, cuán pocas personas son tan aclaradas y firmes en si; cuán pocas aún disponen de tan infantil y alegre ingenuidad, a fin de poder transponer ilesas esos planos, livianamente criados y continuamente fortalecidos por la voluntad de los seres humanos. Para todas las demás, sin embargo, será conjurado con eso un peligro que sólo aumenta constantemente.

¡Si los seres humanos, finalmente, pudiesen tornarse realmente videntes en eso! Cuánta desgracias podría ser evitada. A través de una intuición más pura, del pensar puro de cada ser humano, todos los planes sombríos y oscuros del más Allá habrían que quedar pronto tan debilitados, que incluso a los espíritus humanos allí retenidos y en lucha llegaría una redención más rápida, porque conseguirían librarse más fácilmente del ambiente tornado más débil. —

Exactamente como tantos grandes “maestros” aquí en la Tierra, también en el más Allá espíritus humanos vivencian todo como siendo enteramente legitimo en los diversos ambientes, en las formas y en las configuraciones, sea en las regiones sombrías e inferiores, o en las de materia fina ya más elevadas, más agradables... el miedo como también la alegría, el desespero como la redención libertadora… ¡y, sin embargo, ni se encuentran ahí en el reino de la verdadera vida, pero la única cosa realmente viva ahí son solamente ellos propios! Todo lo demás, su muy variado y mutable ambiente, sólo puede existir a través de ellos mismos y de sus semejantes aquí en la Tierra.

Incluso el propio infierno es solamente producto de los espíritus humanos, existiendo, con efecto, y trayendo en si también serio peligro, desencadenando sufrimientos horribles, y, sin embargo, dependiente totalmente de la voluntad de todos aquellos seres humanos cuyas intuiciones suplen el infierno con fuerza para la existencia, a partir de la fuerza neutra de Dios, a la cual se encuentra en la Creación para utilización de los espíritus humanos. ¡El infierno, por lo tanto, no es institución alguna de Dios, pero una obra de las criaturas humanas!

Quién reconoce eso bien, aprovechando entonces concientemente ese reconocimiento, ayudará a muchos, también él propio escalará más fácilmente hacia la Luz, donde únicamente se encuentra toda la verdadera vida.

¡Si los seres humanos por lo menos una vez aún se abriesen al punto de tornarse aptos a presentir qué tesoro está a su disposición en esta Creación! Un tesoro que debe ser encontrado y erguido por cada espíritu humano individualmente, es decir, que debe ser utilizado concientemente: la fuerza neutra principal, tantas veces por mi mencionada. Ella no conoce la diferencia entre el bien y el mal, pero si se encuentra afuera de tales conceptos, es simplemente “fuerza viva”.

Cada voluntad de la intuición de una persona actúa como llave de ese tesoro, establece contacto con esa fuerza sublime. Tanto la voluntad buena como la voluntad mala. Ambas son reforzadas y vivificadas por la “fuerza”, porque ésta reacciona inmediatamente a la voluntad de la intuición del espíritu humano. Y solamente a ésta, nada más allá de eso. La especie de la voluntad es determinada por el ser humano, está exclusivamente en sus manos. La fuerza no conduce ni lo que es bueno, tampoco lo que es malo, pero ella es simplemente “fuerza” y vivifica lo que el ser humano quiso.

Importante es saber aquí, sin embargo, que el ser humano no lleva en si mismo esa fuerza vivificadora, pero posee solamente la llave para eso, en la capacidad de sus intuiciones. Es, por lo tanto, administrador de esa fuerza criadora y formadora, que actúa en acuerdo con su voluntad. Por ese motivo, tiene que prestar cuentas de la actividad administrativa que ejerce a cada hora. Inconcientemente, sin embargo, juega así con fuego, cual niño ignorante y, por eso, como tal, causa grandes daños. ¡No tiene necesidad, sin embargo, de ser ignorante! ¡Ése es su error! ¡Todos los profetas y por ultimo el Hijo de Dios se empeñaron en proveer claridad al respecto de ese punto ante parábolas y enseñanzas, en mostrar el camino que las criaturas humanas deben seguir, de qué manera deben intuir, pensar y actuar, a fin de proceder de modo cierto!

Fue, sin embargo, en vano. Con ese poder inconmensurable, confiado a ellos, los seres humanos seguirán jugando solamente según su propio parecer, sin oír las advertencias y consejos de la Luz, y llevan así por fin el colapso y la destrucción de sus obras y también de si propios; pues esa fuerza actúa de modo enteramente neutro, fortalece tanto la buena como la mala voluntad de un espíritu humano, pero debido a eso destruye, de modo frío y sin hesitar, también el vehiculo y el conductor, como ocurre con automóviles conducidos erradamente. El imagen es seguramente bastante clara en fin. Ante la voluntad y los pensamientos, los seres humanos conducen los destinos de toda la Creación posterior, bien como también los de ellos mismos, y nada saben de eso. ¡Favorecen el florecer o el fenecer, pueden alcanzar elevación en la mayor armonía o también aquella confusión caótica que actualmente se pasa! En lugar de construir sensatamente, solamente malbaratan sin necesidad el tiempo y la energía con tantas vanidosas futilidades. Sensatos llaman a eso ahora de castigo y juicio, lo que en cierto sentido está correcto, y, sin embargo, han sido los propios seres humanos que forzaron todo cuanto ahora ocurre.

Hubo ya muchas veces pensadores y observadores que presintieron todo eso, pero se equivocaron en la errónea suposición de que ese poder del espíritu humano se manifestase como una señal de la propia divinidad. Eso es un engaño, resultado solamente de observación externa y unilateral. El espíritu humano no es ni Dios, tampoco divino. Esos tales, que pretenden ser sabios, sólo ven el aspecto externo de los fenómenos, pero no el núcleo. En los efectos, confunden la causa. Y, lamentablemente, se originaron de esa insuficiencia muchas doctrinas erróneas y presunciones. Por eso, una vez mas acentúo: la fuerza de Dios que perfluye permanentemente la Creación, y que en ella reside, es solamente prestada a todos los espíritus humanos. ¡Ellos pueden dirigirla, cuando se utilizan de ella, pero no la contienen en si, ella no les pertenece! Tal fuerza pertenece solamente al divinal. Éste la emplea, sin embargo solamente hacia el bien, porque el divinal tampoco conoce las tinieblas. ¡Los espíritus humanos, sin embargo, a los cuales ella es prestada, criaron con eso para si un antro de asesinos!

Por eso más una vez clamo insistentemente a todos: ¡conservad puro el foco de la voluntad y de vuestros pensamientos, con eso estableceréis la paz y seréis felices! De ese modo la Creación posterior, finalmente, aún se asemejará a la Creación primordial, en la cual reinan solamente Luz y alegría. ¡Todo eso está en las manos de los seres humanos, en la capacidad de cada espíritu humano autoconsciente, que no más permanece un extranjero en esta Creación posterior! — —

Muchos de mis oyentes y lectores, íntimamente, desearán que yo aún adjunte a las aclaraciones algun imagen que condice con tal fenómeno, proporcionando un panorama vivo para mejor comprensión. A otros, por su parte, esto estorbará. Puede haber también los que digan a si mismos que yo con eso debilito la seriedad de lo que fue dicho, porque la reproducción de un fenómeno vivo en esos planos fácilmente puede ser considerada como fantasía o videncia. Algo semejante incluso ya tuve que oír, cuando he publicado mis disertaciones: “El Santo Grial” y “Lucifer”. Sin embargo, las personas que investigan a fondo, y que no tienen los oídos espirituales cerrados, intuirán también aquello, para lo que eso es dicho por mi. A ésas, únicamente, se destina también el imagen que quiero dar al respecto; pues sabrán que no es fantasía tampoco videncia, pero si mucho más.

Tomemos, pues, un ejemplo: una madre puso fin a su vida por ahogamiento, arrastrando consigo a la muerte terrena su hijo de dos años. Al despertar en el más Allá, ella se encuentra entonces ahondando en aguas lóbregas, lodosas; pues el ultimo y terrible momento del alma se tornó vivo en la materia fina. Es el lugar donde todas las especies iguales sufren la misma cosa junto con ella, en continuado tormento. Conserva en los brazos su hijo, que a ella se agarra con angustia mortal, aunque en el acto terrenal ella lo haya lanzado antes a las aguas. Esos terribles momentos ella tendrá que vivenciar durante un período menor o mayor, de acuerdo con su constitución anímica, deberá quedar, por lo tanto, se ahogando permanentemente, sin que ahí llegue a un fin, sin perder la conciencia. Puede durar decenios o aún más, hasta que despierte en su alma el legitimo grito de socorro, basado en pura humildad. Eso no ocurre con facilidad; pues en su alrededor solamente existe especie igual, pero ninguna Luz. Oye solamente maldiciones horribles e imprecaciones, palabras crudas, ve solamente brutal falta de consideración.

Con el tiempo, entonces, tal vez le irrumpa en primer lugar el impulso de por lo menos proteger el hijo de aquello, o de sacarlo de aquel ambiente horrible y del peligro y tormento continuos. Angustiada, en el propio tener que ahondarse, ella lo mantiene, por eso, encima de la superficie fétida y viscosa, en cuanto muchas otras figuras a su alrededor, agarrandose a ella, buscan arrastrarla consigo hacia las profundidades.

Esas aguas pesadas como plomo son los pensamientos vivificados en la materia fina, pero aún sin contornos nítidos, de los suicidas por ahogamiento, bien como de todos aquellos que aún se encuentran en la Tierra y se ocupan con pensamientos semejantes. Éstos tienen ligazón entre si y, se atrayendo de modo recíproco, conducen mutuamente siempre nuevos refuerzos, con lo que los tormentos se renovan infinitamente. Tales aguas habrían que secar, si en lugar de esos aflujos de igual especie afluyesen de la Tierra olas de pensamientos refrescantes, alegres, llenos de vida.

La preocupación, pues, por el niño, el cual el instinto natural materno puede con el tiempo aumentar hasta un amor dedicado y cuidados, recibe fuerza bastante a fin de formar el primer escalón de escalera de salvación para la madre, que la conduce hacia afuera de ese tormento que ella misma creó para si, ante tal fin prematuro de su existencia terrena. Al desear ahora resguardar el niño del tormento para lo cual ella propia lo arrastró, ella nutre algo de más noble en si, lo que por fin consigue elevarla hacia el próximo ambiente, no tan lúgubre.

El niño en sus brazos no es, en la realidad, el alma viva del hijo que ella arrastró consigo hacia las aguas, lo matando. Tal injusticia no puede ocurrir. En la mayoría de los casos, el alma viva del niño juega en parajes soleadas, mientras el niño en los brazos de la madre en lucha es solamente... un fantasma, una configuración viva de la intuición de la asesina y también... ¡del niño! Puede ser entonces una configuración de culpa, originada, por lo tanto, bajo la presión de la conciencia de culpabilidad, o una configuración del desespero, del odio, del amor, no importa, la madre supone que sea el propio hijo vivo, porque la configuración se asemeja perfectamente al niño y así también se mueve, llora, etc. No quiero entrar en tales pormenores tampoco en las muchas variaciones.

Innumerables fenómenos podrían ser descritos, cuyas especies siempre se encuentran atadas precisamente a las acciones precedentes.

Una cosa, sin embargo, aún quiero mencionar como ejemplo, de que modo ocurre la transición del Aquí hacia el más Allá.

Admitamos que una señora o una joven haya llegado en la situación no deseada de ser madre y que, conforme lamentablemente ocurre muy frecuentemente, haya hecho algo en contra eso. Aunque todo haya ocurrido, en casos especialmente favorables, sin perjuicios corpóreos, sin embargo, con eso el acto no está concomitantemente remido. El mundo de materia fina, como ambiente después de la muerte terrena, registra de modo exacto y no influenciable. Desde el momento en que eso ocurrió, se agarró al cuello de materia fina de la madre irresponsable el cuerpo de materia fina del niño en formación, para no salir de ese lugar hasta que el acto sea remido. Evidentemente, esto la respectiva joven o señora no notará en cuanto vivir en la Tierra, en el cuerpo de materia gruesa. En el máximo sentirá, como efecto, vez u otra, cierta sensación ligeramente angustiante, porque el pequeño cuerpo de materia fina del niño en relación al cuerpo de materia gruesa tiene la ligereza de una pluma, y la mayoría de las jóvenes, hoy, es demasiado embotada para sentir ese pequeño fardo. Ese embotamiento, sin embargo, no constituye ningún progreso, tampoco una señal de salud robusta, al contrario, significa retroceso, la señal de estar enterrada anímicamente.

En el momento de la muerte terrena, sin embargo, el peso y la densidad del pequeño cuerpo infantil en ella adherido se tornan iguales a los del cuerpo de materia fina de la madre al salir del cuerpo terreno, y con eso un autentico fardo. Causará al cuerpo de materia fina de la madre, inmediatamente, los mismos incómodos como en la Tierra el agarrarse de un cuerpo infantil de materia gruesa a su cuello. Conforme la naturaleza de los hechos anteriores, eso puede crecer hasta un tormento asfixiante. Tendrá la madre que cargar en al más Allá ese cuerpo infantil y de él no estará libre hasta que en ella despierte el amor materno, buscando entonces, de modo cuidadoso, proporcionar al cuerpo infantil todas las facilidades y cuidados, penosamente y con sacrificio de la propia comodidad. ¡Hasta ahí, sin embargo, muchas veces hay un camino largo, lleno de espinos!

Esos acontecimientos no dejan de tener naturalmente también una cierta alegría triste. Basta solamente imaginar que una persona cualquiera, de la cual haya sido retirada la pared separadora entre el Aquí y el más Allá, entre en una familia o reunión social. Ahí tal vez se encuentren señoras sentadas en animada charla. Una de las señoras o “doncellas” emite con revuelta moral durante la charla juicios reprobadores sobre sus semejantes, en cuanto que la visita ve, colgado justamente en el cuello de aquella tan revuelta o orgullosa, uno o hasta varios pequeños cuerpos infantiles. Y no solamente eso, pero en cada una de las demás personas cuelgan las obras de su verdadera voluntad, nítidamente visibles, que frecuentemente se encuentran en la más grotesca oposición con sus palabras y con aquello que a ella le gustaría aparentar y que también busca representar ante el mundo.

Cuantas veces un juez se encuentra mucho más sobrecargado de culpa delante un reo por él propio condenado de lo que éste lo es. Cuán velozes pasarán los pocos años terrenos, y entonces él estará delante de su juez, ante lo cual valen otras leyes. ¿Y qué, entonces?

Lamentablemente, en la mayoría de los casos, el ser humano consigue engañar el mundo de materia gruesa de modo fácil, en el mundo de materia fina, al contrario, eso es imposible. Allá, felizmente, el ser humano tendrá que cosechar realmente aquello que sembró. Por eso nadie necesita desesperarse si aquí en la Tierra, temporalmente, la injusticia mantenga el predominio. Ni siquiera un único mal pensamiento permanecerá inexpiado, aunque no se haya concretizado en una acción de materia gruesa.


70. Aprendizaje del ocultismo, alimentación de carne o alimentación vegetal

Las tendencias, tanto del aprendizaje del ocultismo como de la así llamada reforma de la vida, eligieron un elevado albo, alcanzarlo significa una nueva etapa en el desenvolvimiento de la humanidad. El tiempo de la concretización de esos valiosos albos también vendrá. Los esfuerzos que ahora surgen para ese fin solamente hacen parte del proceso de fermentación de esa nueva era.

¡Sin embargo, mientras los lideres de las tendencias ocultistas, imbuidos de la mejor intención, tomaron un camino totalmente errado en el terreno a ellos mismos desconocido, que no consigue nada más sino abrir libre pasaje hacia las tinieblas y exponer la humanidad a peligros aumentados en el más Allá, los así nombrados reformadores de la vida, para conseguir su albo digno de alabanza, van mucho más allá del mismo, en relación a la época actual! Las actividades de ambas las partes deben ser emprendidas diferentemente. Los ejercicios espirituales exigen, desde la base, una manera más elevada de lo que hasta ahora practicados. Debe ser tomado ahí un camino totalmente diferente, a fin de poder llegar hacia las alturas. El actual camino lleva únicamente al pajonal inferior del más Allá, donde la mayor parte de los seguidores es enteramente enlazada por las tinieblas y arrastrada hacia bajo.

El camino cierto tiene que conducir hacia el alto ya desde el inicio, y no debe perderse primero en ambientes inferiores y, en lo máximo, de nivel idéntico. Los dos caminos no tienen ninguna semejanza, ya son completamente diferentes en su especie básica. El camino cierto pronto eleva interiormente, sigue, por lo tanto, ya desde el inicio hacia arriba, sin tocar antes en el ambiente de materia fina equivalente, mucho menos aún en lo más inferior; pues eso es desnecesario, una vez que en el sentido normal sólo debe haber un anhelar desde la Tierra hacia arriba. Por eso, sea una vez más advertido con relación a toda la acrobacia del espíritu.

Durante su existencia terrena, el espíritu necesita para el pleno cumplimiento de su finalidad de existir, imprescindiblemente, de un cuerpo sano y robusto, terrenalmente en estado normal. En alterarse ese estado del cuerpo, tal alteración perturba la armonía urgentemente necesaria entre el cuerpo y el espíritu. Solamente ésa provee un desenvolvimiento sano y fuerte del espíritu, que no admite excrecencias malsanas.

El cuerpo sano y no oprimido, debido a su estado normal, armonizará siempre con el espíritu de modo absolutamente natural, brindándole así una base firme en la materialidad, en la cual el espíritu no se encuentra sin finalidad, y proveyéndole, con eso, el mejor auxilio para cumplir de modo integral esa su finalidad de auto desenvolvimiento y concomitante beneficio de la Creación.

Cada cuerpo genera determinadas irradiaciones que el espíritu necesita impreteriblemente para su actividad en la materialidad. Es esa, antes de todo, la tan misteriosa fuerza sexual, que permanece independiente del impulso sexual. En el caso de una alteración de la armonía entre el cuerpo y el espíritu, esa fuerza que actúa traspasando e irradiando es tirada hacia otra dirección y, con eso, debilitada en su finalidad real. Eso causa un estorbo o una paralización del cumplimiento en la existencia del espíritu en la materialidad. La consecuencia de eso es que también el espíritu no puede llegar a un desenvolvimiento normal y, por esa razón, incondicionalmente, tendrá que regresar extenuado en algun punto ulterior de su anhelada escalada, a fin de, por la naturaleza de la cosa, una vez más recuperar una gran parte de su curso evolutivo. Pues lo que él negligencia en la materia gruesa no lo puede recuperar en la materia fina, porque allá le hacen falta para tanto las irradiaciones del cuerpo de materia gruesa. Tendrá que volver, para llenar esa laguna.

También en esos acontecimientos se encuentra una tan nítida objetividad, un fenómeno tan natural y sencillo, que ni puede ser diferente. Cualquier niño no tendrá dudas sobre eso, y lo encontrará lógico, una vez que haya comprendido acertadamente las leyes básicas. Exige a mi aún toda una serie de disertaciones, para traer la Creación grandiosa tan cerca de la humanidad, para que ella pueda abarcar con la vista, aunque regresiva y progresivamente, todos los fenómenos en sus consecuencias más naturales en la incomparable y maravillosa conformidad de leyes.

Ese desvío de la fuerza sexual, necesaria al espíritu en la materialidad, puede ocurrir de diversas maneras. Por exceso de las practicas sexuales o solamente por su excitamiento. También como por el aprendizaje del ocultismo o por los falsos ejercicios espirituales, cuando el espíritu se apodera violentamente de esa fuerza del cuerpo madurado para desperdiciarla en esa especie de actividad errada e inútil. En ambos los casos una utilización errada que, con el tiempo, deberá resultar también la debilidad del cuerpo. El cuerpo debilitado, por su vez, no puede producir más irradiaciones tan fuertes como el espíritu realmente de ellas necesita, y así uno enferma debido al otro, más y más. Se llega de ese modo a una unilateralidad que siempre se procesa en detrimento de la finalidad correcta, produciendo por eso daños. No quiero entrar aquí en pormenores sobre otros desvíos, donde el espíritu, idénticamente, necesita demasiado de la fuerza sexual para finalidades erradas, no disponiendo por eso del suficiente para la finalidad principal, como en la absurda lectura de libros que dejan surgir en la fantasía un falso mundo y otras cosas más.

En todos esos casos el espíritu llega inmaturo al mundo de materia fina y lleva consigo también un cuerpo de materia fina débil. Las consecuencias de tales pecados terrenos intervienen en todo el ser de materia tan incisiva, que cada ser humano tendrá que pagar por eso con peso múltiplo. Tal negligencia, tal actuación errada durante el tiempo terreno, se adhiere entonces a él de modo inhibidor, y se torna para él cada vez más pesada, hasta que él, como ya fue dicho, en un cierto punto de su escalada, no puede más proseguir, y entonces tiene que regresas hacia allá, donde su actuación errada se inició. Es hasta el limite, donde aún poseía su armonía.

La fuerza de un espíritu desenvolvió por el aprendizaje del ocultismo, con perjuicio del cuerpo, es también solamente aparente. El espíritu entonces no es fuerte, pero si como una planta de invernadero, que mal puede resistir al viento, mucho menos aún a las tempestades. Un tal espíritu es malsano, y no evoluído. El estado corresponde a una fiebre producida artificialmente. También el enfermo febril puede disponer temporalmente de energías extraordinarias, para entonces recaer aún más en la debilidad. Pero lo que para el enfermo febril representa solamente segundos y minutos, para el espíritu corresponde a decenios y siglos. Llegará el momento en que todo eso se vengará amargamente. ¡Por eso, advierto una vez más! —

Por toda la parte la armonía es la única cosa cierta. Y únicamente el camino del medio proporciona armonía en todo. La belleza y la fuerza de la armonía son, pues, tan frecuentemente cantadas. ¿Por qué no se quiere dejarla valer aquí, pero destruirla absolutamente?

Todos los aprendizajes del ocultismo en el modo de ser de hasta ahora son errados, aunque el albo sea elevado y necesario. —

Totalmente diferente es con los guías y los adeptos de las así nombradas reformas de la vida. El camino aquí es cierto, si, pero se quiera hacer ya hoy aquello que solamente será adecuado para desde aquí a generaciones, y por esa razón es hoy, en el efecto final, no menos peligroso para la mayoría de los seres humanos. Hace falta la transición necesaria. ¡La época para el inicio está ahí! ¡Sin embargo, no se debe sin más ni menos saltar hacia adentro de ella con los dos pies, al contrario, se debe conducir la humanidad lentamente a través de ella. Para eso decenios no bastan! Conforme se practica actualmente, ocurre, en la realidad, aunque con aparente bien-estar del cuerpo, una debilidad debido a la velocidad de la transición. ¡Y el cuerpo así debilitado jamás conseguirá fortalecerse de nuevo!

¡Alimentación vegetal! Produce, muy acertadamente, el refinamiento del cuerpo humano, un ennoblecimiento, también el fortalecimiento y grande saneamiento. Con eso también el espíritu es aún más elevado. Sin embargo, todo eso no es ya para la humanidad de hoy. Se siente la falta de una dirección ponderada en esas tendencias y luchas. Para el cuerpo de hoy no basta, en circunstancia alguna, una alimentación vegetal así de inmediato, como se intenta tan frecuentemente. Es muy bueno, cuando empleada temporalmente, y tal vez durante años en enfermos, indispensable incluso, para curar algo o, fortaleciendo unilateralmente, ayudar en alguna parte, esto, sin embargo, no es para durar mucho tiempo. Deberá entonces ser reiniciada lentamente la alimentación a que hoy los seres humanos están tan acostumbrados, acaso si el cuerpo deba mantener su plena fuerza. La apariencia de bien-estar engaña. Seguramente es muy bueno cuando también los sanos una vez se utilizan durante algun tiempo exclusivamente de la alimentación vegetal. Sin duda se sentirán bien con eso y, igualmente, sentirán un libre impulso de su espíritu. Pero eso es causado por el cambio, como cualquier cambio refresca, también espiritualmente.

Si, sin embargo, mantengan la alimentación unilateral repentinamente para siempre, no notarán entonces que, en la realidad, también se tornan más débiles y para muchas cosas más sensibles. La serenidad y el estado de equilibrio, en la mayoría de los casos, no constituyen fuerza alguna, pero antes una debilidad de bien determinada especie. Se presenta de manera agradable y no opresiva, por no tener su origen en una enfermedad.

El equilibrio es semejante al equilibrio de la vejez aún sana, con excepción del cuerpo quedando más débil. Está, por lo menos, mucho mas próximo de esa especie de debilitad, de lo que de la debilitad de una enfermedad. El cuerpo no puede ahí, por la falta repentina de aquello a que está acostumbrado desde milenios, reunir aquella fuerza sexual de la cual el espíritu necesita para el pleno cumplimiento de su finalidad en la materialidad. —

Muchos fervorosos vegetarianos lo perciben por la leve moderación del impulso sexual, lo que saludan alegremente como progreso. Eso, sin embargo, no es de modo alguno la señal del ennoblecimiento de su espíritu a través de la alimentación vegetal, pero si la disminución de la fuerza sexual, que debe causar igualmente la disminución de su elevación espiritual en la materialidad.

Existen ahí errores por sobre errores, porque el ser humano casi siempre sólo ve ante si el más próximo. Seguramente es de saludarse y constituye un progreso cuando, por el ennoblecimiento del espíritu, el impulso sexual inferior se torna mucho más moderado de lo que es hoy. Cierto también es que ingerir carne aumenta el impulso sexual inferior, pero no debemos medir ahí por la humanidad de hoy; pues en ella el impulso sexual ha sido cultivado de modo unilateral y malsano, siendo hoy de todo antinatural. Eso, sin embargo, no se debe coeditar exclusivamente al uso de la carne.

La moderación del impulso sexual tampoco depende en absoluto de la disminución de la fuerza sexual. Al contrario, ésta es capaz de amparar, favoreciendo, el espíritu humano, lo liberando de la dependencia hoy pronunciada del impulso grueso. La fuerza sexual es incluso el mejor medio para eso. —

Los lideres de las actuales reformas de vida ya deben ser vistos, en sus esfuerzos, como pioneros de la grande época venidera de desenvolvimiento de la humanidad, que pasará bajo todas las circunstancias e impele hacia delante de modo incesante, victorioso, aunque si todo el antiguo oprimido haya de oponerse, luchando desesperadamente. ¡Sin embargo, esos pioneros deben antes tornarse lideres! Un líder no puede ignorar sin cuidados algo existente de la época actual. Él debe simultáneamente mirar hacia adelante hacia el futuro, también aún más Allá de todo lo que es grueso-material. Y entonces él reconocerá que, de la manera actualmente adoptada, debería quedar constantemente una laguna, que siempre será perceptible y, en el final, aunque con la mejor construcción, forzará un desmoronamiento. ¡Hace falta el puente! Para que los cuerpos de la humanidad de hoy también puedan acompañar, sin perjuicio para la actividad del espíritu.

La transición, como primero escalón, es la limitación exclusiva a la carne blanca. Es decir: aves, vitela, cordero y otras, al lado de la alimentación vegetal aumentada. Solamente así puede venir de a poco un paso tras el otro. Hasta que en el final, en calma transición, el cuerpo sea de tal modo preparado que pueda conservar la fuerza plena con la alimentación vegetal.

“¡No descuidad vosotros de vuestro cuerpo”, quiero clamar, advirtiendo, para un grupo! Para otro grupo, el contrario: “¡Pensad en el espíritu!” Entonces, lo que este cierto aún madurará de las confusiones de la época actual.

Sobre opiniones, que ningún animal deba ser muerto, ni entraré en pormenores ahora; pues también la planta posee un alma. Muestra solamente retraso, cuando se piensa de esa manera, y un no profundamiento en los secretos de hasta ahora de la Creación. —


71. Magnetismo terapéutico

El magnetismo terapéutico ocupa una de las posiciones de liderazgo en el desenvolvimiento continuo del genero humano.

Cuando hablo de magnetoterapeutas, se entienda, con eso, únicamente personas serias y capacitadas que, con voluntad sincera, están dispuestas a ayudar la humanidad. No acaso el grupo de aquellos que, con insignificante irradiación media, muchas palabras y gestos misteriosos, suponen realizar algo de grande.

Sin duda, pasa hoy en día una inquietud nerviosa por las hileras de aquellos bravos que, ya hace años, en tantos casos ofrecieron a sus semejantes la mejor dádiva terrena que podían ofrecer: la cura de varios sufrimientos por medio del así nombrado magnetismo de su cuerpo, o ante la transmisión de corrientes semejantes provenientes de la materia fina, del más Allá.

Lamentablemente uno busca, siempre de nuevo, denominar la clase de los magnoterapeutas como de poco valor, sino incluso de algo peor, a fin de enredarlos y de oprimirlos. Con mucho alarde, se exagera demasiado las excepciones aisladas, donde la vil ganancia creó caracteres deshonestos, o donde de antemano ya había intenciones fraudulentas como motivación, visto ni siquiera haber existido esa bella dádiva en los practicantes.

Mirad, pues, al rededor: ¿dónde es que no existen engañadores y charlatanes? ¡Se hallan ellos por toda la parte! En otras profesiones, incluso mucho más aún. Por ese motivo cada uno ve ahí, en esas hostilidades, inmediatamente y de modo claro, el mal muchas veces intencionado.

Pero la envidia, más aún el miedo, hace crecer ahora el numero de los adversarios y de los enemigos. En ruedas de cerveza y vino, evidentemente, ésa arte terapéutica no puede ser adquirida.

¡Ella exige personas serias y, por sobre todo, vigorosas y sanas!

La mayor raíz de toda la envidia, seguramente, reside en eso, lo que produce entonces las principales hostilidades; pues condiciones de tal especie actualmente no son fáciles de rellenar. Y lo que ahí una vez ha sido perdido, no es posible recuperar.

Además, legitima y vigorosa fuerza curativa tampoco puede ser aprendida. Es un don, que designa de convocado aquél así agraciado.

Quién quiera oprimir tales personas prueba con eso que no tiene delante de los ojos el bien de la humanidad, mucho menos aún en el corazón. Se sobrecarga a sí mismo también con una culpa que le tendría resultar fatal.

El pequeño grupo de esos bravos no necesita temer. También ellos son precursores de la nueva era. Los obstáculos son solamente aparentes, insignificantes, pasajeros. En la realidad, constituyen una señal de una breve, alegre y altiva ascensión.


72. ¡Vivid el presente!

Cuando uno observa los seres humanos, se verifican diversas categorías. Una parte vive exclusivamente en el pasado. Es decir, empiezan a comprender algo, solamente cuando ya lo ha pasado. Así pasa que ni pueden alegrarse de hecho con algo que ocurre, tampoco intuir toda la gravedad de una cosa. Solamente después es que empiezan a hablar de él, a entusiasmarse o a entristecerse con él. Y con ese constante hablar solamente sobre aquello que pertenece al pasado, y sentirse bien en eso o lastimarse, descuidan siempre de nuevo del acontecimiento presente. Sólo cuando se tornó viejo, pasado, es que empiezan a apreciarlo.

Un otro grupo, por su parte, vive en el futuro. Siempre desean y esperan solamente del futuro y olvidan, así, que el presente tanto les tiene a ofrecer, olvidan, igualmente, de moverse de tal modo que muchos de sus sueños, referentes al futuro, podrían tornarse realidad.

En la realidad parece que ambos los grupos, a los cuales pertenece la gran mayoría de los seres humanos, siquiera han vivido en la Tierra. Malbaratan su tiempo terreno.

Habrá también personas que comprenderán algo completamente errado con la aclamación: “Vivid el presente”; tal vez que yo quiera incentivar el gozar y el desfrutar de cada momento, habiendo encorajado para una determinada vida imprudente. De éstas hay, pues, tantas que, de ese modo afirmando, tambalean sin sentido por la vida.

Con esa aclamación yo exijo, sí, un aprovechar total de cada minuto, pero interiormente, y no de modo superficial, solamente exterior. ¡Cada hora del presente tiene que tornarse un verdadero vivenciar para el ser humano! Tanto el sufrimiento, como también la alegría. Él, con todo su meditar y pensar, con el intuir, debe estar abierto para cada acontecimiento del presente y, así, alerta. Solamente así él saca provecho de la existencia terrena, lo cual en ella está previsto para él. Ni en los pensamientos en el pasado tampoco en los sueños para el futuro puede encontrar un verdadero vivenciar tan fuerte que estampe un sello en su espíritu, lo cual, como provecho, lleva consigo hacia el más Allá.

Si no vive, tampoco puede madurar, la maduración depende, exclusivamente, del vivenciar.

Si, pues, no haya siempre vivenciado el presente en si en la existencia terrena, volverá vacío y tendrá que recorrer una vez más el tiempo así perdido, porque no estuvo ahí alerta, no se habiendo apropiado de nada a través del vivenciar.

La vida terrena es como un escalón en la existencia entera del ser humano, tan grande, que él no puede saltarlo. Si no coloque, pues, su pie de modo firme y seguro sobre el escalón, no puede, de todas las maneras, subir al siguiente; pues necesita del anterior como base para tanto. Si la criatura humana imagine su existencia entera, desde esta Tierra de vuelta hacia la Luz, ascendiendo en escalones, tendrá entonces que estar conciente de que sólo puede alcanzar el próximo escalón si haya cumplido correctamente el anterior, estando firmemente sobre él. Puede ser expreso incluso de forma más fuerte aún: solamente del cumplimiento completo e incondicional del respectivo escalón a ser vivenciado puede desenvolverse lo inmediatamente superior. Si una criatura humana no cumple por el vivenciar, que únicamente le puede servir para la maduración, aquél escalón en que se encuentra, entonces el nuevo escalón no se le tornará visible, porque ella necesita para éste de la vivencia del escalón anterior. Solamente con la preparación de esta vivencia, recibe la fuerza para reconocer y escalar el próximo y más elevado escalón.

Así, prosigue desde un escalón hacia el otro. Si quiera mirar solamente hacia el albo elevado, sin dar la debida atención a cada escalón que la conduce hacia Allá, jamás alcanzará el albo. Los escalones, que ella misma tiene que construir hacia la escalada, serian entonces demasiado precarios y también demasiado frágiles, terminando por colapsar en el intento de escalada.

Ese peligro, sin embargo, es evitado por el fenómeno natural de que un escalón siguiente siempre sólo puede desenvolverse por el total cumplimiento del escalón presente. Quién, pues, no quiera permanecer durante la mitad de su existencia en un escalón, y siempre de nuevo volver hacia lo mismo, ése que se obligue a pertenecer siempre enteramente al presente, a comprenderlo dentro de sí acertadamente, a vivenciarlo, para que saque provecho espiritual de eso.

En eso tampoco le hará falta el provecho terrenal; ¡pues su primer ventaja de eso es que él no espera otra cosa de los seres humanos y de la época, sino aquello que realmente le pueden dar! Así, jamás se decepcionará y, del mismo modo, estará en armonía con el ambiente.

Si, sin embargo, lleve en si solamente el pasado y los sueños del futuro, muy fácilmente irá más allá del ámbito de su presente en sus expectativas, y debe entrar así en desarmonía con el presente, con lo que no solamente él sufre, sino también su ambiente más próximo. ¡Se debe, sí, pensar también en el pasado, a fin de extraer de él enseñanzas, así como soñar con el futuro, a fin de recibir estímulo, pero vivir plenamente conciente se debe solamente en el presente!


73. El grande cometa

Ya hace años están los entendidos hablando de la venida de esa estrella especialmente significativa. El numero de los que la esperan está aumentando constantemente, y más y más se van haciendo densas las alusiones sobre eso, de manera que ella, en la realidad, también pueda ser esperada a la brevedad. Sin embargo, qué ella significa, qué trae, dónde viene, aún no ha sido aclarado bien.

Creen que causará transformaciones de carácter incisivo. Sin embargo, esa estrella significa mucho más.

Estrella de Belén puede ella ser nombrada, porque es de la mismísima especie como ésta lo ha sido. Su fuerza aspira las aguas para grandes alturas, trae catástrofes climáticas y aún más. La Tierra tiembla cuando sus rayos la envuelven.

Desde el acontecimiento en Belén, algo semejante no ha pasado. Tal como la estrella de Belén, también ésta se desconectó del eterno reino del puro espiritual en una determinada época, a fin de que llegase a actuar en esta Tierra en el momento exacto en que deban pasar por toda la humanidad los años de iluminación espiritual.

La estrella tiene su recorrido en línea recta desde el reino eterno hasta esta parte del Universo. Su núcleo está repleto de elevada fuerza espiritual; se envolverá con la materialidad y de esta forma será visible también a los seres humanos terrenos. Seguro e imperturbable, prosigue el cometa su recorrido y en la hora cierta estará presente, según ya hace milenios hubo sido determinado.

Los primeros e inmediatos efectos ya comenzaron en los últimos años. Quién no quiera verlo y oírlo, quién no intuya el ridículo de pretender considerar todo cuanto ya viene aconteciendo de extraordinario como hechos comunes, a él naturalmente no puede ser dada ayuda. O quiera hacerse de avestruz, por miedo, o está sobrecargado con la peor restricción. A ambas las especies se debe dejar seguir sus caminos tranquilamente, siendo posible solamente dar una sonrisa ante sus afirmaciones de fácil contestación. A los que saben, sin embargo, podría ser dicho también donde irán tocar los primeros rayos fuertes. Pero como los rayos envolverán poco a poco también la Tierra toda, no hay motivo para entrar en mayores explicaciones sobre él. Transcurrirán años hasta que llegue a este punto, y pasarán años hasta que él libere nuevamente la Tierra de la influencia. Y luego ella estará purificada y renovada en todos los sentidos, para bendición y alegría de sus habitantes. Nunca ella fue más bella como entonces habrá de estar, por eso debe cada fiel mirar hacia el futuro con serena confianza, sin atemorizarse con lo que pueda ocurrir en los próximos años. Si pueda volver los ojos hacia Dios, con confianza, a él no le sobrevendrá ningún sufrimiento. — —


74. ¿Qué tiene el ser humano que hacer para poder entrar en el Reino de Dios?

Seria errado contestar a esa pregunta, que se presenta frecuentemente, con una muy determinada regla, diciendo: ¡haga eso y haga aquello! ¡Con eso todavía no se ha indicado ningún camino! No habría en eso nada de vivo y, por ese motivo, tampoco nada de vivo podría originarse desde ahí, que es absolutamente indispensable para un impulso ascendiente; pues únicamente vida posee la necesaria llave hacia la ascensión.

Si yo, sin embargo, digo: “Haga eso y aquello, déjalo”, entonces doy con eso solamente muletas débiles y exteriores, con las cuales nadie puede moverse de modo cierto e independiente, porque esas muletas no le sirven concomitantemente para “ver”. Y, sin embargo, él debe ver el “camino” ante si, nítidamente, del contrario de nada le sirven las muletas. Tal persona cojea errante como un ciego en un camino a él desconocido. No, eso no es lo cierto, una vez más conduciría solamente a un nuevo dogma que, obstando, impide cualquiera escalada.

Que reflexione el ser humano: si quiera entrar en el reino del espíritu, habrá evidentemente que ir hacia allá. Él habrá que ir, el reino no viene a él. Sin embargo, éste se encuentra en la cumbre de la Creación, es la propia cumbre.

El espíritu humano, sin embargo, se encuentra aún en las bajadas de la materia gruesa. Por eso, seguramente será comprensible a cada uno que antes habrá que recorrer el camino de esas bajadas hacia las alturas anheladas, a fin de alcanzar el albo.

Para que no que se pierda, es indispensable también que conozca exactamente todo el trayecto que tendrá que recorrer. Y no solamente este trayecto en si, pero también todo cuanto durante lo mismo le pueda venir hacia su dirección, cuales los peligros que ahí lo amenacen y cuales las ayudas que allá encuentre. Toda vez que todo ese trayecto se encuentre en la Creación, es la Creación, se torna indispensable que un peregrino, que se dirige hacia el reino del espíritu, reconozca antes, por lo tanto, de modo absolutamente exacto, la Creación que lo conduce hacia allá. Pues él quiere atravesarla, o no llegará hacia el albo.

Hasta el momento no hubo, pues, ser humano alguno que pudiese describir la Creación de tal forma como es necesario conocerla para la escalada. Dicho de otro modo, no hubo nadie que pudiese señalar de modo visible y nítido el camino hacia el Burgo del Grial, hacia el punto más alto de la Creación. El camino para aquello Burgo, que se encuentra en el reino del espíritu como el Templo del Altísimo, donde únicamente existe el puro culto a Dios. No solamente imaginado figuradamente, pero existiendo en toda la realidad.

El mensaje del Hijo de Dios ya indicó una vez ese camino. Sin embargo, a causa de el querer ser inteligente de los seres humanos, ella múltiplas veces ha sido empleada erróneamente, con lo que ella, conduciendo al azar, no deja ascender espíritu humano alguno. —

Sin embargo, llegada es la hora en que cada espíritu humano tendrá que decidirse por si propio por el si o por el no, por el dia o por la noche, si deba haber para él una ascensión hacia las alturas luminosas o una bajada, de modo definitivo y irrevocable, sin posibilidad más tarde de una nueva alteración. Por eso, viene nuevamente un mensaje desde el luminoso Burgo. El mensaje ahora corrige otra vez los indicadores del camino, erradamente colocados, a fin de que el camino cierto se torne reconocible a los que buscan sinceramente. ¡Es el Mensaje del Grial, el Evangelio del Grial!

¡Felices todos aquellos que se orienten por ella, con los sentidos lúcidos y el corazón abierto! En ella irán conocer entonces aquello en la Creación, ver los escalones, los cuales su espíritu tiene que utilizar para la escalada, a fin de ingresar en el reino del espíritu, en el Paraíso.

Cada uno individualmente encontrará en él lo que él necesita para, con las facultades que él posea, escalar hacia la Luz.

Sólo eso da vida, libertad para la escalada, desenvolvimiento de las facultades para eso necesarias de cada uno individualmente, y no solamente un yugo tan uniforme en dogma fijo, que los torne esclavos sin voluntad propia, que oprima desenvolvimientos autónomos y, con eso, no solamente estorba la ascensión, pero, para muchos, la destruye totalmente. —

El ser humano, que conoce la Creación en su actuación de acuerdo con las leyes, en ella comprende pronto también la grande voluntad de Dios. Si él se sintoniza bien con eso, luego la Creación le sirve, por lo tanto, también el camino, solamente para la alegre ascensión; pues de ese modo se encuentra también de manera cierta en la voluntad de Dios. ¡Su camino y su vida, por eso, deben ser agradables a Dios! —

No es un beato levantar de la mirada, no es contorsionarse por remordimientos, arrodillarse, rezar, pero es la oración concretizada, ejecutada vivamente con actividad sana, alegre y pura. No es suplicar lloriqueando por un camino, pero verlo con agradecido erguir de la mirada y seguirlo alegremente.

Completamente diferente de lo que se pensó hasta ahora, por lo tanto, se presenta toda la vida que puede ser llamada de agradable a Dios. ¡Mucho más bella, más libre! ¡Es el estar cierto en la Creación, así como quiere vuestro Criador a través de la Creación! En la cual, hablando figuradamente, se asegura la mano de Dios, que Él así ofrece a la humanidad.

Insto, por eso, aún una vez: ¡tomad, finalmente, todo de modo concreto, real, no más figuradamente, y vosotros mismos seréis reales, en lugar de las actuales sombras muertas! ¡Aprended a conocer bien la Creación, en sus leyes!

¡En eso se encuentra el camino hacia el alto, en dirección a la Luz!


75. Tu ves la paja en el ojo de tu hermano, pero no te fijas en la viga en tu ojo

Cada uno considera haber entendido plenamente esas palabras sencillas, y, sin embargo, habrá pocos que han reconocido su verdadero sentido. Es unilateral y errado, si esa palabra sea interpretada como si tuviese sido expresa solamente para que el ser humano aprenda a tener indulgencia para con su próximo. Indulgencia para con su próximo viene espontáneamente con el vivenciar de esta expresión, como algo evidente, pero solamente en segundo lugar. Quién examina así las palabras de Cristo, éste no ha examinado suficientemente a fondo y muestra con eso que se halla muy distante de poder tornar vivas las palabras del Hijo de Dios, o que subestima de antemano la sabiduría contenida en sus palabras. También esas palabras, en las interpretaciones de muchos predicadores, como todo lo demás, son encuadradas en la flacidez y en la flojera de aquél amor, que la Iglesia de tan buen agrado busca presentar como amor cristiano.

El ser humano, sin embargo, puede y debe emplear esta expresión del Hijo de Dios solamente como criterio de sus propios errores. Si mire a su alrededor con ojos abiertos y si, simultáneamente, observe ahí a si propio, reconocerá pronto que exactamente aquellos errores que más le molestan en el próximo son los que se hallan pronunciados en él mismo, en grado mucho más acentuado, y molestos para otros.

A fin de aprender ahora la correcta observación, será mejor que prestéis cuidadosamente atención primero solamente en vuestros semejantes. Difícilmente habrá entre éstos uno que no tenga a reclamar eso o aquello de otro y que también abierta o veladamente se pronuncie al respecto. Apenas cuando eso ocurra, mantened una vez esa persona, que se queja de los defectos de los demás o incluso se irrite, entonces bajo vuestra rigurosa observación. ¡No tardará mucho hasta que descubra, para vuestro espanto, que exactamente aquellos defectos, que la referida persona tan encarnizadamente censura en los demás, existen en ella misma en grado mucho mayor!

Eso es un hecho que en el principio os dejará perplejos, pero que se presenta siempre, sin excepción. Cuando evaluéis las personas, podéis en el futuro considerar eso serenamente como cierto, sin necesitar temer que estáis errando. Permanece el hecho de que una persona, que se irrita con éstos o aquellos defectos de otros, seguramente pose